ENTRE LO CIERTO Y LO VERDADERO

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Esta semana me veo obligado a hablar de la excentricidad del Alcalde de Libertador, (para los no venezolanos: también llamada Alcaldía de Caracas por ser la más importante de la ciudad), quien decide por su cuenta y riesgo prescindiendo de cualquier comunicación hacia afuera, llamar a un puñado de extranjeros a hacer un proyecto gigantesco para una extensa área aledaña al Hipódromo de La Rinconada. Y hablo de extranjeros, no movido por ninguna forma de xenofobia, sino para subrayar hasta qué punto el Régimen venezolano se ha encargado, en los más disímiles aspectos, de privilegiar lo foráneo por encima de lo venezolano, a pesar de sus protestas en contrario y de su esfuerzo permanente por hacer ver ante el mundo externo que lo impulsa el deseo de darle valor a lo que aquí puede hacerse.

Nada más falso. Ha sido exactamente lo contrario. Y cuando se agotan las razones para entender el por qué, se perfila algo que se ha dicho mucho y que en principio uno se ha negado a aceptar: se han seguido los lineamientos de asesores cubanos que sostuvieron a lo largo de todos estos años que había que derrotar a la clase media venezolana en todos los aspectos, incluyendo su capacidad técnica y profesional, además por supuesto de la económica, que sería la principal.
Siempre nos ha parecido que semejante supuesto es absurdo, pero ante noticias como ésta. reseñada en la nota de hoy, de un parque con el nombre del Ausente, que ha sido contratado a Richard Rogers, británico, (con Carlos Ott, uruguayo-canadiense, en segundo término, según parece), y un número no determinado de asesores chinos, no queda sino pensar que, en efecto, la idea central, la estrategia de este Régimen que aún algunos sectores de la izquierda reaccionaria internacional ve con simpatía, ha sido asfixiar el talento venezolano, limitar radicalmente las posibilidades de acción del sector profesional de nuestro país.

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No de otra forma puede entenderse el impulso de llamar a un arquitecto como Richard Rogers a hacer un proyecto aquí, un país que ha sido bañado en divisas extranjeras «útiles para el desarrollo endógeno» y donde sin embargo no es posible comprar tranquilamente un rollo de papel higiénico y donde todo escasea, a nivel industrial y comercial. Un país donde la industria de la construcción se ha visto menospreciada durante quince años con la consecuencia inmediata de pérdida de destrezas técnicas, dificultad para renovación de equipos, abandono de la gente de más experiencia en favor de la rotación excesiva del personal joven, con una productividad muy baja que ha erosionado radicalmente los rendimientos y una crónica falta de recursos financieros producida por un Estado que no hace honor a sus compromisos con puntualidad y rigor, todo en un cuadro de altísima inflación (más de 40% este año) que obliga a complicadas maniobras administrativas para actualizar costos. Un panorama que hace que cualquier obra pública se ejecute a lo largo de extendidos y laboriosos lapsos. Todo lo contrario a lo que ocurrió aquí en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado y que empezó en los ochenta a mostrar su mediocre rostro para extremarse hasta límites inéditos durante el período «revolucionario».
En un escenario así, el régimen que se vende como el más progresista-nacionalista de Latinoamérica decide llamar a Sir Richard Rogers miembro de primera fila del «Star System» del Primer Mundo, para hacer un gigantesco complejo para el cual, ante toda evidencia y dados los atrasos de casi todas las grandes obras de infraestructura públicas, no hay financiamiento suficiente.

El asunto parece una comedia sino fuese una tragedia para los arquitectos venezolanos que han visto pasar quince años con los ingresos más altos que la nación haya tenido nunca sin que se hayan abierto espacios para la arquitectura de las instituciones, confinada, en lo poquísimo que se ha hecho, al territorio de los amigos políticos del Régimen.

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Podría decirse que un cuadro así es análogo al de quienes en España en medio de la burbuja económica, llamaron a las estrellas, pero sólo hay parentesco en cuanto a lo del dinero abundante, pero en nada a la perspectiva político-cultural. En la península se llamaron arquitectos de la Comunidad Económica Europea, y en algunos casos de los Estados Unidos o Japón, medios económico-culturales equiparables con el de España. Que haya habido excesos y gruesos errores y se haya cedido a una suerte de novelería que produjo en algunos casos (Galicia) fracasos estruendosos, no se discute, pero se trataba de un intercambio más o menos simétrico. Lo de aquí nada tiene de simetría. Es buscar la brillantez a base de dinero, de discrecionalidad autoritaria que de impulsiva se convierte en ridícula. Ni siquiera se justifica con la estrategia de convertirse en nuevos Singapur que adoptaron los países del Golfo Pérsico porque precisamente contra eso es que siempre han dicho luchar «revolucionariamente» y en Venezuela sería un escandaloso despropósito.

Y es que contratar a Rogers es optar por el brillo de la alta industrialización occidental, apelar a un arquitecto que, consecuente con la moda en extinción de caracterizar su «firma», ha convertido en marca de fábrica personal el recurrir a las consultoras que hacen construible lo aparatoso, contando con la alta industria metal-mecánica y de aceros especiales, empresas constructoras de primer nivel internacional que incluso diseñan elementos conectores fundidos en acerías especializadas; exige para sus edificios cristales de dimensiones fuera de catálogo, luminarias diseñadas y construidas por encargo, sistemas de instalaciones que cumplen con standards máximos, «gadgets» (herrajes, tornillería, recubrimientos, etc. etc.) típicos de los usos europeos «top of the line»; todo basado en presupuestos excepcionales que llevan por ejemplo, a una puerta de un baño del Aeropuerto de Barajas, a costar lo mismo que una vivienda rural venezolana.

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Muy lejana está la personalidad de Rogers de la de Le Corbusier tal como se manifestó en sus trabajos de La India. Donde se hizo evidente la curiosidad cultural de un hombre abierto a las complejidades de la humanidad que buscó penetrar y entender un mundo ajeno, empeño expresado en su peregrinar como comunicador de ideas y puntos de vista que aspiraban a la universalidad. O la de Luis Kahn en Dacca, Bangladesh, que fue capaz de asumir el reto de construir re-imaginando un Centro Metropolitano con el fundamento de una filosofía del «hacer» que fue capaz de conectarse con una legión de seguidores regados por el mundo, capaces de entrar en sintonía con un modo de ver la arquitectura que se convirtió en trasmisión de conocimiento. No, Rogers es todo lo contrario a esa universalidad amplia y compleja, su visión es restringida, focalizada, distanciada radicalmente de las realidades de un país como Venezuela.

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Si quienes avasallan el espacio político venezolano quisieran superar esa supuesta «cubanización» que condena a la exclusión a todo lo ajeno a sus estrategias, establecerían un marco de acción para el proyecto caraqueño apoyándose en gente nuestra con la eventual participación de alguna asesoría externa. Sobre esa base se convocaría a una etapa ulterior enfocada en el Master Plan que debería someterse a la participación colectiva si en verdad se cree en la participación. De allí se pasaría a la selección del equipo arquitectónico para un Plan de Desarrollo y un esquema de inversiones, selección que podría seguir la modalidad de Concurso abierto o restringido pero que, insisto, en la situación actual venezolana sería absurdo buscarlo en el exterior. Luego se abriría un abanico de opciones, dependientes del financiamiento disponible. Nada de eso se ha hecho. Se actuó con el típico sistema de «caja negra» que ha caracterizado al Régimen y se anuncia lo ya decidido aunque tenga esos contornos irreales y contradictorios como lo que se han hecho públicos.

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Asistimos pues a uno más de los exabruptos de este Régimen. En eso, como digo en la nota, los de aquí se hermanan, aunque no lo deseen, con los jeques, emires y autócratas del mundo del petróleo internacional, pero en nombre de todo lo contrario a los que en esas regiones del mundo se quiere impulsar.

Pero hay una enorme diferencia entre un país regido por jeques o pequeñas monarquías hereditarias que gobiernan comunidades de muy escaso desarrollo en términos de destrezas y experiencias de avance hacia una modernidad y un país como Venezuela. En nuestra nación se han ido estableciendo precedentes, pese a todas las contradicciones que ahora se han hecho escandalosamente manifiestas. Hace más de medio siglo florecieron aquí arquitecturas hechas por nacionales que dejaron huella en la tradición moderna. En la generación siguiente esa senda fue continuada. El que hasta ahora no hayan nuestros historiadores y cronistas trazado con precisión y convicción la cartografía de esos itinerarios personales no quiere decir que no haya habido avances sustantivos y aportes de especial interés. La arquitectura venezolana como posible producto de sus arquitectos no es una posibilidad remota, es un recurso que está allí en muchos de nosotros pugnando por expresarse. Que un Alcalde, apoyado por un Jefe de Estado que ha demostrado ser seguidor ciego de los peores rasgos del Ausente se empeñen en desconocerlo no quiere decir que tengan razón.

Y a los funcionarios-arquitectos, silentes y sobre todo cómplices los volvemos a emplazar: su silencio revela su insinceridad.

LO QUE FALTABA
Oscar Tenreiro
(Publicado en el diario TalCual de Caracas el 10 de Agosto de 2013)

Pareciera la gota que derrama el vaso pero no lo es, vendrán cosas peores de un régimen político en abierta disgregación. Ahora se les ocurre anunciar, siendo vocero el propio Jefe de Estado, que Richard Rogers va a realizar en Caracas un proyecto que, si nos atenemos a lo anunciado, será el más grande que haya visto nunca la ciudad.

Oyó usted bien, sí, Richard Rogers (1933) el arquitecto inglés que, hablando sin matices, podemos decir que integra junto a Norman Foster (1935) el dúo más representativo de lo que se ha llamado la arquitectura High Tech en el mundo. Lo cual dice, entre otras cosas, que su arquitectura es de alta tecnología, caracterizada por el uso de sistemas constructivos, técnicas de construcción, elementos industriales, procedimientos de ensamblaje, materiales, metodología para elaboración de detalles, controles de producción y calidad y concepciones de diseño nutridas esencialmente de aportes de la más alta industria europea, con especificaciones muy exigentes, que elevan sus edificios a unos niveles de costo que los convierten, en todo sitio y circunstancia, en bienes de alta gama para usar el giro español, producto privilegiado de la industria de construcción del Primer Mundo. Algo que se podría decir también de arquitecturas como las de Renzo Piano (1937), su ex-socio para el famoso Centro Pompidou de París (1977), pero que en el caso de Piano está vinculada a una menor inclinación a convertir lo constructivo en protagonista esencial del edificio. En resumen, es un arquitecto estrella de primerísima línea, un emblema más de la opulencia capitalista de los Ejes de Poder durante las últimas tres décadas. Asunto subrayado por el hecho de que uno de los edificios que relanzó la carrera de Rogers después del Pompidou fue la sede del Banco Lloyds (comenzada en 1978) en Londres, un Banco bandera del sistema bancario capitalista, fundado en 1765.

II
¿Que cómo es que este Régimen, de ideología anticapitalista militante, que dice abogar por la superación de la búsqueda del éxito y el dinero, que quiere ser visto como representante de una visión cultural autónoma con raíces en nuestro mundo, selecciona como arquitecto de un parque que llevará el nombre de su venerado Líder a un arquitecto cuya arquitectura se sustenta, permítaseme el símil, en rumiar una forma de uso de la tecnología que es deudora de los más altos niveles industriales hasta el punto del amaneramiento, apuntalada en presupuestos sobredimensionados por la búsqueda del efecto? ¿Porque es talentoso y ha hecho cosas de calidad? Nadie lo niega, pero de allí a darle la responsabilidad de una obra que quiere destacarse por su simbolismo moralizante hay una enorme distancia. La distancia señalada por las inmensas contradicciones de la comedia política venezolana.

Y no es que la idea del Parque y lo que contiene sea mala. Más bien hay que decir que debió habérsele ocurrido mucho antes a los gobiernos democráticos que, para desgracia nuestra, carecieron siempre de empuje político para hacer lo que Caracas necesitaba. No, ese no es el caso, como tampoco se trata de buscar opiniones de especialistas que opinen sobre necesidades viales, problemas de acceso, deficiencias de servicios, impactos en la zona etc. como subterfugio para que no se vaya al fondo: la absurda forma de enfocar la operación.

Porque es absurdo que el Alcalde de Caracas, por su cuenta y supongo que con la anuencia de sus asesores, se haya dedicado a hacer un jugoso contrato en dólares con una estrella de la moda arquitectónica internacional pasando por alto cualquier opción de convocar al talento nuestro, con la modalidad que fuese, concurso de credenciales, concurso restringido o concurso abierto.

III
¿Cómo pueden ser posibles tamañas contradicciones? ¿Donde está la opinión de los arquitectos del Régimen, tan dispuestos al ataque? ¿Dónde los amigos de la revolución que proclamaban su adhesión al difunto y antes de diferir de alguna decisión oficial dejan clara su fe revolucionaria? ¿Donde los asesores del Alcalde, tan progresistas? ¿Por qué asisten ahora silentes y aquiescentes a esta comedia ridícula de un político que se deja seducir por una moda costosa?
Debemos exigirles que se pronuncien frente a esta triple agresión a nuestros recursos.

Por una parte se pagará un fabuloso contrato en dólares cuyo monto querrá mantenerse en secreto. En segundo término se elige a un arquitecto-estrella sin hacer mención alguna al derecho que tiene el talento nacional para optar a un proyecto de esa envergadura, apelando a una persona que opera bajo condiciones culturales y técnicas radicalmente ajenas a las nuestras. Y en tercer término. una vez más, se propone para la ciudad algo de trascendencia prescindiendo de toda participación, a la manera de los más conspicuos dictadores o de los autoritarios jeques del mundo árabe, hermanos en la euforia petrolera.

Pese a la indignación que todo el tema produce, la rabia al ver las formas absurdas de ejercer el Poder, hay un motivo de tranquilidad. No harán nada, como ha pasado con casi todas sus promesas. Están actuando, una vez más, por motivos electorales. El dinero que anuncian para las inversiones ni siquiera alcanzará para pagar el contrato de Rogers, el de Carlos Ott (1946) uruguayo residente en Canadá que también se ha mencionado, sumados a los de los chinos que se dice han ejercido como asesores. Harán el ridículo una vez más, o lo que es peor, lo hará todo nuestro país, porque ha dejado que, hasta hoy, una banda de improvisadores disfrazados de defensores de los humildes muestre a cada instante su principal virtud: gastar dólares fáciles en empresas carentes de sentido.

Leyenda de la fotografía:
Esta arquitectura, la del Banco Lloyds, ¿simboliza al Régimen venezolano?

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