¿DE LAS CENIZAS LA VIDA? (para quienes están dentro del closet ideológico)

Oscar Tenreiro

El Ave Fénix-Antigua Miniatura (Internet)

Rondaba mis veinte años, 1958, y en Chile, donde había ido a un Congreso Panamericano de Estudiantes de Arquitectura, hice amigos que me acercaron a un grupo de espiritualidad católica que captó mi entusiasmo religioso. Era su principal responsable el sacerdote palotino Ernesto Durán, ya fallecido, hombre de verbo sencillo pero particularmente atractivo y motivador quien cada año escogía un lema dirigido a orientar la reflexión. El del año siguiente, ya yo de regreso en Venezuela, que encabezaba como epígrafe las cartas que me enviaban mis nuevos amigos, era Ex Cinere Vita, en latín el título de estas líneas de hoy, frase que aludía al Mito del Ave Fénix https://es.wikipedia.org/wiki/Fénix que resurge de sus cenizas. Con él se buscaba impulsar en la pequeña y muy activa comunidad, la idea de que, de las cenizas de una forma de vida lastrada por la tibieza, nacería otra mucho más rica, más comprometida con un vivir cristiano.

Era desde luego un lema motivante para cualquier sensibilidad adolescente dispuesta al compromiso y su sentido me parecía dirigido muy especialmente a mis expectativas de entonces; aunque pueda decir ahora con la mayor edad, las enseñanzas de la vida, y reflexionando a partir de lecturas y vivencias sobre las complejidades de la psique humana, que esperar de una suerte de borrón en parte de la conciencia personal, que nazca una cuenta nueva, pasa por alto lo que formuló tan acertadamente Carl Gustav Jung al sostener que en nuestra psique está presente tanto lo luminoso como lo oscuro, y pretender ignorar uno de esos aspectos en provecho del otro es tarea vana.

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No podía imaginar yo que mucho tiempo después, ya persona mayor, iba a experimentar en mi país, las desastrosas consecuencias de querer aplicar ese mismo lema a la sociedad en general incluyendo las instituciones y actividades que la soportan, no formulado en latín ni asociado a un Mito, sino sostenido e impulsado por motivaciones diametralmente opuestas a las del grupo que captó mi adhesión. Porque muchos de los revolucionarios venezolanos de hoy, los más duros, los más fanáticos, los ideologizados sin remedio, han trabajado por destruirlo todo, por crear las condiciones para que ello ocurra, o por apoyar y aceptar la destrucción como medio necesario, con la idea de que, al cesar lo que hasta el momento ha existido, de las cenizas del país entero, surgirán nuevas formas sociales, políticas y económicas, más justas, más solidarias, más favorables al desarrollo integral del ser humano. O sea que el mismo concepto que en mis años juveniles motivaba un esfuerzo de superación que podemos llamar espiritual, lo veo ahora (supe de ello ya en mis primeros encuentros con la ideologización marxista) trasladado a la esfera social; así sin más, cometiendo el evidente error de considerar que la sociedad es susceptible a las mismas solicitaciones, impulsos, que caracterizan al espíritu humano individualmente considerado.

Y si como escribo más arriba es muy discutible que pueda haber renovación personal que nazca de una mutilación voluntarista de la psique, con mucha mayor razón resulta un despropósito si se aplica a la sociedad en su conjunto, porque ella es, por definición, múltiple y diversa, suma de tensiones entrecruzadas que se anulan unas con otras, alimentada por motivaciones tan varias como somos varios los seres humanos y las actividades que nos mueven. Con lo cual carece de sentido proponer su aplanamiento, su unificación, su reducción, mediante un esfuerzo sistemático de destrucción de instituciones y recursos, con el supuesto propósito de dar origen a una coincidencia colectiva en una especie de buena nueva. La cual estaría construida y promovida por un hombre nuevo, como acostumbran a decir los más ingenuos (o los que se engañan más a sí mismos).

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Del fracaso de ese error de juicio, de ese esquema ideológico radicado lejos de la razón, hay numerosísimos ejemplos en la historia, pero lo muy duro, lo terriblemente difícil, es que sea el propio país, el lugar donde hemos realizado nuestros mejores esfuerzos, el que se convierta en el más radical ejemplo del absurdo donde conduce la aplicación de esa máxima tenebrosa. Ese es el drama extremo que estamos viviendo los venezolanos, mucho más absurdo por cuanto lo sufre un país por el cual ha pasado una inmensa riqueza ahora disuelta en un caos incomprensible. Bastantes veces oímos decir en conversaciones, en intercambios acerca de lo que veníamos viviendo desde que se inició nuestra pesadilla política en 1998, que el sector duro de la llamada revolución promovía la destrucción como medio esencial para acceder a la utopía, pero nunca le dimos demasiado crédito. Pero ahora resulta evidente de que ha sido ese el objetivo de quienes han asaltado el grueso de las instituciones del Estado venezolano y gobiernan constituidos como oligarquía que responde a la tutela de una camarilla. Porque es esa oligarquía dura, muy ideologizada, sumada a un puñado de criminales que se aferran al poder para no responder ante la justicia, la que ha copado la dirigencia y cierra todos los caminos para salir de la crisis.

Explicar hasta donde se ha llegado en esa labor de destrucción con cierto grado de precisión y orden, escapa de mi capacidad, o incluso de mi interés, tan abrumadores son los hechos que día a día van descubriendo la magnitud del daño. Baste decir que nunca en todo mi tiempo de vida creí que el deterioro llegaría hasta los niveles que se nos van revelando. Y lo peor de todo, la pobreza moral, la abyección, el cinismo de quienes están al mando y han hecho cosas iguales o peores (algunas mucho peores) que las de las dictaduras que ha padecido nuestro continente, la bajeza que muestran en sus iniciativas, en sus formas de represión o en sus esfuerzos por hacer de la mentira verdad. Si ya el populismo de los años anteriores había creado hábitos y expectativas abiertamente inmorales, ahora se ha llegado a cotas impensables. Se ha consumado, no cabe duda de ello, un proceso vil de destrucción social, económica y política. Sumado a la destrucción moral.

Sorprende en extremo que semejante situación, real, evidente, irrefutable, no sea motivo suficiente para que personas con un cierto bagaje cultural, con capacidad plena para saber que Venezuela está en una situación extrema, le quiten el apoyo al Régimen político responsable de ella. Y la razón reside sin duda en que estas personas, además de depender, no sólo intelectual sino psicológicamente, de unas superestructuras ideológicas que les restan (como ya he dicho muchas veces) soberanía sobre sí mismos, han convertido en motivación central, con fe casi religiosa, la idea de que la destrucción es una etapa necesaria antes de lograr la resurrección general.

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Si el calificativo de despropósito que he empleado al referirme a ese supuesto ideológico es puesto en duda, la realidad de la situación venezolana puede ayudarme a reafirmarlo; y más que eso, podría impulsar la rectificación de quienes aún ven lo que ocurre entre nosotros desde lo que he llamado en anterior escrito el closet ideológico.

Han pasado ya casi veinte años de revolución, tiempo más que suficiente para examinar los resultados, entre los cuales tendríamos que poner en primer término el grado de consumación del esfuerzo de destrucción. En su dimensión económica ha sido sin duda muy importante, incluso catastrófico, como lo han dicho muchos economistas y lo deja claro en una entrevista reciente cuyo link acompaño http://ethic.es/2017/06/entrevista-a-ricardo-hausmann/ un experto internacional venezolano. Y en los aspectos institucionales tan extremo como para asombrarse de que haya sido hasta cierto punto soportado pasivamente o por lo menos sin que se hayan dado explosiones puntuales de descontento, lo cual se explica por el control del poder y los múltiples y violentos mecanismos de intimidación que el Régimen ha ensamblado. No me detengo a precisarlos porque sería irrelevante a los efectos de lo que voy exponiendo, pero para cualquier venezolano lo que ve alrededor es deterioro, limitaciones diversas, abandono de responsabilidades, escasez múltiple, estancamiento y atraso. Y se han erosionado radicalmente las garantías constitucionales en todos los aspectos de la acción del Estado, tal como insistió en denunciarlo hoy mismo (escribo el miércoles 28 de Junio) la Fiscal General de la República (sobre lo cual anexo dos links),

https://www.aporrea.org/ddhh/n310662.html https://www.youtube.com/watch?v=W5Qpdp6Hfk4

en una intervención pública en la cual llegó a hablar de que estamos sufriendo terrorismo de Estado. Y más aún, ya sin contención ninguna, el propio Presidente de la República dijo ayer luego de anunciar el propósito de defenestrar a la Fiscal, que si no podían lograrse los fines de la revolución con votos se lograrían entonces con las armas, admitiendo ya abiertamente su condición de Dictador.

Son pues muchísimos síntomas de que el panorama institucional venezolano abunda en carencias, conflictos, abandonos, usurpaciones y múltiples intentos de menoscabar la normalidad republicana y democrática. que pueden con mérito juzgarse como expresión de un proceso muy avanzado de destrucción.

Ante lo cual, desde dentro del closet ideológico, cabe decir:

Si la destrucción está parcialmente consumada ¿acaso han comenzado a surgir señales que anuncien la utopía, la redención, el comienzo de la promesa revolucionaria?

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Veamos para responder la pregunta, muy por encima y rápidamente, lo que nos ofrece la realidad.

Se han colocado en los niveles más altos de la autoridad pública personas que están muy distantes de representar algún tipo de ideal moral, tanto en el sentido estrictamente político como en el sentido social. El Presidente de la República ha olvidado su posición como posible vínculo entre su proyecto político y los venezolanos que lo adversan. Insiste en una beligerancia contra quienes se le oponen, abierta y perversamente soez y agresiva; ha dejado fuera toda noción de mediación y encuentro entre facciones y se ha dedicado más bien a resaltar diferencias, a empobrecer éticamente el debate político, lejano a toda posibilidad de diálogo sincero, dado a la triquiñuela y el engaño, portador permanente de mentira y cinismo. Su esposa potencia esos rasgos y a ello agrega el ser practicante abierta del nepotismo, como gestora de privilegios que llegaron hasta beneficiar a parientes cercanos hoy acusados de tráfico de drogas en los Estados Unidos y en espera de una próxima sentencia. Sobre el tema no ha habido la mínima aclaratoria, algo contrario a toda idea de purificación institucional en el sentido utópico que venimos analizando; más aún, el mismísimo Vicepresidente también ha sido acusado de ser parte de mafias del narcotráfico, acusación ante la cual, tal vez por tratarse de que se origina en el Imperio y por ello mismo todo revolucionario está obligado a ponerla en duda, no ha sido enfrentada con argumentos o tratada con mínima responsabilidad institucional como podría esperarse. Pero es un secreto a voces que opera impúdicamente a través de testaferros que buscan lavar sus inmensas fortunas.

Sumemos a lo anterior al segundo de a bordo, abierto profanador de las arcas públicas como se demostró con argumentos contundentes desde el momento en el cual se separó de la Gobernación del Estado Miranda, y como lo demuestra su estilo de vida, su nivel de representación. Acusado abierta y públicamente de ladrón por un extranjero anteriormente favorable a la revolución como el sociólogo alemán Heinz Dieterich (por otra parte errático cultor del radicalismo de izquierdas) y convertido en una especie de padrino del Régimen que insulta de modo contumaz en su programa de televisión, se toma atribuciones que no le corresponden, tales como mandar a poner preso al quien juzgue mal, portavoz de las supuestas razones jurídicas que mantienen en la cárcel   a Leopoldo López, y también de las razones por las cuales se le tortura o se le incomunica con inusitada crueldad.

Y forman parte de este Olimpo de la anti-ética unos cuantos militares que se han caracterizado por mentir a conveniencia, que han vulnerado abiertamente las restricciones que les impone la Constitución (que siempre fue la referencia moral y política de la revolución en boca de su Comandante Eterno) y que desempeñan el papel de vulgares gorilas represores, ya directamente responsables de los múltiples asesinatos y atrocidades (palabra que usó uno de ellos para calificar aspectos de la represión), punta del iceberg de una red de corrupción militar, monstruosa por lo extendida, por sus dimensiones, por lo profunda, que supera en todos los aspectos a cualquier experiencia similar de la historia latinoamericana. Porque no puede dejar de mencionarse como característico de la revolución venezolana un rostro militar profuso, presente por todas partes, monopolizador de cargos y niveles de poder, que ha llevado a muchos a calificar el Régimen como Dictadura Militar.

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Hemos hecho mención parcial a lo que pudiéramos llamar la dirigencia de la Revolución. Podríamos extendernos mucho más y encontraríamos toda clase de violaciones éticas, porque el panorama es, tristemente, de enorme extensión, pero lo que me interesa destacar es que todo el entorno dirigente de la revolución tiene muy pocas características asimilables aún de muy lejos con algo parecido a un renacimiento institucional. Como muestra del estado general de deterioro tenemos que hablar de los diarios síntomas de abuso de poder, de agresión a la normalidad institucional que estamos experimentando. Hoy miércoles 28 de Junio, por ejemplo, a propósito de la agresión el día anterior por parte de uno de los gorilas militares al Presidente de la Asamblea Nacional, agresión que ha quedado documentada en un video de amplia circulación en las redes sociales http://elsiglo.com.ve/2017/06/28/video-coronel-lugo-julio-borges/, Juan Manuel Rafalli, abogado constitucionalista ha dicho en una entrevista de radio que Venezuela se encuentra en una situación de anarquía institucional, algo que igualmente se ha dicho desde el exterior.  Una observación que revela los niveles de la crisis actual pero que también alude a los muchos años anteriores, aún aquellos en los cuales reinaba el Supremo Líder, cuando las debilidades institucionales, unidas al exceso de dinero sobrante y el extendido despilfarro estimulado por su irresponsabilidad, contribuyeron a hacer de la participación en la revolución, como simpatizante, activista, propagandista o  simpatizante enchufado, en credencial para entregarse a la corrupción con garantizada impunidad.

Y aquí me detengo, me pregunto y dejo la pregunta, con la esperanza de que traspase los límites del closet ideológico:

¿Podemos ver señal alguna de renacimiento, de nuevo amanecer surgido del desastre? ¿Hay señales del hombre nuevo?

Que sea posible abrir la puerta del closet y abrir el pensamiento.

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