Aprender de Alvar Aalto

Oscar Tenreiro / 2 de Noviembre 2008

Uno se pregunta con frecuencia sobre cual es la enseñanza con nombre propio, hacia nosotros, que recibimos de los grandes de la historia. Ese ejercicio agobia cuando muy jóvenes se nos apremia a encontrar lo que llamamos vocación. Nos sentíamos perplejos y avanzábamos creyendo ceder a sus dictados. Ahora que estamos más conscientes de que vamos cerrando nuestro ciclo, la pregunta sigue allí. A través de la experiencia creemos haber descubierto un punto de vista, un modo personal de ver las cosas, pero como persiste en nosotros la pregunta sobre la palabra que estamos llamados a decir, los grandes prestigios que persisten pese al tiempo nos siguen conmoviendo.

Nunca he sido un “conocedor” de la obra y circunstancias de Alvar Aalto, pero su estatura en el mundo de mi disciplina, la arquitectura, es suficientemente grande para reflexionar sobre su legado. Tal vez lo más cerca que he estado de su mensaje, fue cuando hace ya tres décadas exploré junto con mis estudiantes de la UCV, la hermosa, sencilla y pequeña estructura de madera del techo de la Sala Municipal de Säynätsalo, pequeño burgo que forma parte hoy de la ciudad de Jyvaskyla en el Centro-Norte de Finlandia. El grupo se tomó el trabajo de hacer dibujos de gran escala del hermoso recinto de ladrillo y madera y pudimos descifrar algunas de las claves constructivas de las dos “arañas” de madera que sostienen la parte central del techo. No nos importó para nada, ese es el inmenso valor de la cultura, que hubiese distancias geográficas y culturales, lo hicimos sin más. Y aprendimos mucho de enormes maquetas y hábiles dibujos.

Pero nunca me conecté del todo, tal vez no me lo hizo posible mi sensibilidad personal, con lo que pudiéramos llamar el mensaje vital de Aalto y de su arquitectura.

Aalto como referencia.

Pero en España por ejemplo, a partir del 75, con la recuperación de la democracia, muchos de los principales arquitectos que entonces surgían reivindicaban a Aalto (y algunos a Luis Kahn) como referencia central, esforzándose en marcar distancia con lo canónico “moderno”, y apoyándose además en los enfoques de Aldo Rossi, a los que acaso veían emparentados con los modos de ver la arquitectura del gran finlandés.

Tengo mi propia versión acerca del apego de ese momento del pensamiento arquitectónico español con Aalto. Es lo suficientemente espontáneo como para guardármelo “in pectore”. Pero lo que sí puede decirse es que el lenguaje de Aalto se reprodujo en España en muchas versiones. Como ocurrió también en nuestra vecina Colombia en los setenta y ochenta. Y mucho menos aquí.

Pero el caso es que ahora viví esa arquitectura nórdica e universal. El modo como quise apreciarla lo expresan las palabras del mismo Aalto en un escrito de 1922: “Viendo cómo los pueblos fueron capaces de ser internacionales o desprejuiciados en el pasado permaneciendo sin embargo fieles a sí mismos, podemos aceptar los impulsos de la vieja Italia, de España o de la nueva América con ojos abiertos. Nuestros antecesores son todavía nuestros maestros”. Me correspondía a mí abrir los ojos en una segunda lectura propia de la mayor edad, hacia una obra surgida de una cultura que más allá de las obvias diferencias, termina dándonos claves para nuestro quehacer.

Algunas claves importantes.

Cuales son esas claves para mí, es algo que no puedo discernir y que supongo entran en ese complejo intercambio entre lo consciente y lo inconsciente que se da en cada quien. Pero, en el caso de la Sede Municipal de Säynätsalo, obra terminada en 1952, ocho años antes de que yo terminara mis estudios de arquitectura, resulta impresionante constatar (la visita a una obra mítica tiene esa virtud) como constituyó una especie de enciclopedia del uso “moderno” del ladrillo, que dictó y sigue dictando cátedra por todo el mundo. Tan grande ha sido su influencia y tan amplias las puertas que abrió para todo aquel que adoptara el ladrillo como material básico de construcción. Y no estoy hablando de la chapilla de ladrillo que pretende sugerir al material, sino al material en sí, al que en nuestro país tiene 6 x 12 x 25 cm. y es sólido o aligerado. Con el que se construyó por ejemplo, la Abadía Benedictina de Jesús Tenreiro en Güigüe.

El pequeño edificio finlandés hecho con recursos constructivos de alto dominio técnico, apoyados, como lo subrayó en su momento Aalto, en la maestría de la tradición obrera nórdica del manejo del ladrillo, es sin duda el primero dentro de la tradición moderna en el cual el ladrillo se maneja no como relleno o parte de un hibrido estructural sino de modo autónomo en poderosos prismas bien precisos formando unidad con el esqueleto portante y respondiendo a la búsqueda del volumen puro propia de la arquitectura que iba surgiendo, impuesta sobre la fragmentación de las aberturas, de los accidentes funcionales del edificio.

Este no es el lugar para detallar algunas de las invenciones constructivas que permiten por ejemplo esconder el dintel en las ventanas o guardar continuidad en las esquinas, imitada una y otra vez; ni para insistir en el modo como el trabajo de madera, en estructura o en la carpintería general de ventanas, puertas y muebles puso en manos de todos un puñado de recursos de lenguaje que se siguen usando, frescos, hasta el día de hoy.

Pero sí es bueno destacar algo que afecta a toda disciplina basada en eso que se ha llamado impropiamente la “creación” y podría ser mejor definido como invención: es a través del trabajo paciente en la elaboración de lo que se ha hecho antes, donde toma forma, con la ayuda como en este caso de la “chispa” del genio, lo nuevo, lo que se instala en la conciencia como novedoso. Novedad incólume, en el caso de Aalto y Säynätsalo, sesenta años después.

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Acerca de castroferro

estudio de arquitectura y diseño formado por Jordi Castro María G. Ferro www.castroferro.com
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