LOCURA

Oscar Tenreiro

En estos días, con la muerte del Gran Cubano, se multiplican los comentarios y pareciera que cada analista político lucha por situarse ante lo que fue este monstruo, supuestamente el último de los de su clase, soberano de tantas conciencias, personaje insustituible en cualquier relato sobre los acontecimientos del siglo anterior. Y me siento llamado a sumar mi testimonio a la catarata ya disparada porque soy uno más entre las decenas o centenas de millones para quienes el escenario político es como un telón de fondo que determina, que influye, que nos llama y nos pregunta, pero en el cual no somos actores, y tampoco analistas. Y hemos vivido en los remolinos de la estela que por el mundo dejó ese monstruo, o cualquier otro, sin el propósito de hacer profesión de la política, distantes del empeño de delimitar campos ideológicos, de moverse al abrigo de una secta, viviendo la vida para tratar de hacer, tropezándonos con los baches, obstáculos u oportunidades que hay en el camino común. Aspirantes a vivir de lo que queremos o sabemos hacer. Como cualquier persona.

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Y lo primero que debo decir es que cuando la política me tocó de modo directo en mis tiempos iniciales de estudiante universitario era yo un adolescente que lo ignoraba todo acerca de ese mundo de controversias. Mis padres me habían legado una especie de lealtad hacia valores que indudablemente se enraizaban en la visión cristiana, algo que puedo decir hoy pero de lo cual en aquellos tiempos, como es de suponer, no tenía conciencia alguna. Valores no distintos de los que llenaban el espacio anímico de mis amigos, de mis compañeros, de las familias cercanas o lejanas; porque aunque de ello no nos demos cuenta, nuestro vivir colectivo es un vivir cristiano en el sentido cultural y en ciertos casos en el más profundo. Si me decido a usar el antipático lenguaje sociológico, diría que yo era un miembro joven de una familia típica de la clase media provinciana (vivíamos en Maracay cuando esa ciudad era sólo un pueblo semidormido) que compartía visiones del mundo con muchos otros miembros de mi edad, de esa misma clase media. Y como nos habíamos mudado a Caracas cuando estaba en la mitad de mis estudios de escuela secundaria, ya habíamos pasado a ser capitalinos integrados al acontecer caraqueño de la clase media venezolana en esos años, 1953 y siguientes.

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Cuando entré a estudiar arquitectura, en 1955, empezó la política a asomar su cara: vivíamos una dictadura y ocurrían cosas que funcionaban como manchas en un panorama de aparente normalidad. Se filtró primero como una incomodidad, la sensación de no estar de acuerdo, primero muy sutilmente a través de alguna conversación, luego más intensamente. Creo que es un rasgo de carácter, eso de expresar el desacuerdo, heredado de mi madre, quien era crítica e irreductible a su manera sonriente (maneras que por cierto no tengo), que me llevó a apreciar que había algo podrido en mi dinamarca. Me llevaba a protestar los atropellos, a rechazar la arbitrariedad, a no aceptar la autoridad impuesta por la fuerza. Y me sumé sin pensarlo demasiado a una resistencia sin ideología, a una disidencia adolescente, casi ingenua, de la cual ya he dado cuenta en otros escritos. Que llamaría escuetamente moral porque nada tuvo que ver con la inundación de lemas marxistas-populistas que habría de venir en los tiempos inmediatos. Era en suma una apuesta juvenil a favor de una idea de democracia que se identificaba inconscientemente con búsquedas anteriores de nuestra historia venezolana (una historia de búsqueda de los derechos humanos), actitud que es familia lejana de la que hoy en día lleva a los jóvenes ucranianos a quererse europeos para separarse del ruso.

Nada tuve que ver pues con esa simpleza que corren por allí los marxistas arrepentidos según la cual es imposible ser joven sin ser marxista; o adulto sin rechazar ese pecado. No, no fue mi caso ni el de mucha gente que conozco y que podrían decirlo así como yo lo digo: me interesé por buscar la democracia desde un origen ético alejado de las convenciones ideológicas mayoritarias. Y no fui el único, éramos muchos los que transitábamos esa vía.

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En medio de las tantas incidencias que rodearían la experiencia venezolana antidictatorial, a partir de Enero del 58 cuando despegó de la Carlota el avión del Dictador, en las cuales nos vimos envueltos directa o indirectamente, empezó a verse con más claridad lo que iba pasando en Cuba.

Se sintonizaban por ejemplo las transmisiones de la Radio Rebelde que emitía desde la Sierra Maestra. Seguíamos las noticias del avance de la guerrilla que se nos aparecía como un indispensable ataque a las estructuras del Poder dictatorial cubano que asociábamos, llevados por una solidaridad juvenil que no hacía diferencias, con la resistencia venezolana que habíamos apoyado y en la cual habíamos participado levemente. En algún momento del primer trimestre de 1958 estuve en la campaña Un Millón de Bolívares para la Sierra Maestra vendiendo bonos de un bolívar, unos papelitos amarillos agrupados en una libreta de cien unidades, en el semáforo de Chacaíto en la Ave. Miranda, millón que se consiguió muy rápidamente. Y apoyaba sin reservas el deseo mayoritario de ver a Cuba libre de Batista a manos de los guerrilleros montañeses, tal como tanta gente en todo el mundo latinoamericano. Y hasta en el norteamericano como podía leerse en la entrevista que Herbert Mathews (la cual mencionó Simón Alberto Consalvi en un texto que ha circulado estos días por Internet) le hizo a Fidel Castro para el New York Times, publicada en El Nacional. Para muchísimos como yo no era el comunismo lo que acechaba desde la guerrilla de la Sierra, era una liberación, una lucha dura para abrir un país que veíamos como entrañable (¡así cambian los tiempos y los modos de ver!) hacia un horizonte de libertad. Algo que desde la perspectiva de hoy es imposible siquiera imaginarlo.

Y así fuimos viendo desde aquí, al compás de los muy variados y peculiares accidentes del proceso venezolano de renacimiento democrático, que en Cuba iba apagándose la resistencia del poder dictatorial ante la revuelta armada que avanzaba. Me impresionaban mucho en lo personal, lo encontraba terrible, difícil, injustamente cruel, lo de las ejecuciones a manos de la resistencia armada de supuestos colaboradores del Régimen de Batista cuyos cadáveres, según las noticias de nuestros diarios, eran dejados en las calles de La Habana o en algún carro abandonado llevando colgado al cuello el letrero de chivato; así como nos impresionarían negativamente hasta plantearnos preguntas sin respuesta las ejecuciones sumarias ocurridas en masa en los días posteriores al primero de Enero de 1959 (ejecuciones que por cierto, como Internet me ha permitido saber, incluyeron el apellido Tenreiro, que existe en Cuba y es del mismo origen que el mío).

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Empezó muy poco tiempo después del triunfo de la Revolución el desfile de venezolanos a Cuba, desfile que incluyó a unos cuantos conocidos que venían de allá inflamados de fervor por lo que consideraban una luminosa epopeya que por supuesto debía re-editarse aquí, dejando atrás los melindres democráticos. Peso muerto para ellos, movidos como estaban por el impulso de los conversos, pero no para quienes como yo, buena parte de mis compañeros y muchos más de los que cumplieron la tarea, generalmente testimonial y distante del activismo, de oponerse a la ventisca revolucionaria. Gentes, lo repito, no necesariamente alineadas con posiciones políticas excluyentes o sectarias pero genuinamente convencidas de la importancia de la apertura hacia la democracia que tantas generaciones nuestras han perseguido. Convicción que configuró un fundamento construido en ideas y acción, sobre todo en el mundo universitario, que serviría de obstáculo a las intenciones de llevar a la sociedad venezolana hacia una especie de repetición del salto al vacío que en ese momento ya se perfilaba como la definición de la Revolución Cubana.

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Y repentinamente me llegó el momento de ser yo el que desfilase. Había en La Habana, comenzando el primer día de Mayo de 1960, uno de esos encuentros de juventudes que se hicieron característicos de la propaganda soviética y se repetían en la nueva política cubana. Se disponía de un avión completo, un Superconstellation de la Línea Aeropostal Venezolana no sé pagado por quien, para los delegados venezolanos, mayoritariamente miembros de las juventudes comunistas o de partidos alineados con la Revolución (el MIR, sectores de la juventud adeca, miembros de la izquierda de URD). Me correspondía un lugar como ex-presidente del Centro de Estudiantes de Arquitectura, además del que tenía Rafael Iribarren, en ese momento el Presidente. También estaba Régulo Arias, de Copei (tempranamente fallecido). Éramos, me lo parece hoy, tres ovejas negras dentro de un grupo rojo-rojito.

Nos recibieron en el aeropuerto y nos llevaron a los alojamientos, que en el caso de los delegados de mayor rango era el Havana Hilton llamado ahora Habana Libre y en nuestro caso de estudiantes un edificio confiscado a algún batistero, recién terminado pero sin tabiquería, de modo de que cada planta funcionaba como un dormitorio común con sanitarios en los extremos. Y si mal no recuerdo llegamos el mismo día primero, a tiempo para trasladarnos hasta la Plaza de la Revolución donde se celebraría una concentración atenta al inevitable discurso kilométrico del Comandante Supremo que ya había inaugurado su ciclo vital de peroratas justificadoras de sí mismo y sus impulsos.

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Desde ese momento empezó a despertarse en mí un rechazo a todos los rituales revolucionarios y al naciente culto al Cubano Mayor. La escena de la Plaza de la Revolución esa tarde era impresionante. Desde las distintas calles y Avenidas que desembocan en ella venían en grupos no muy grandes los milicianos formados en hileras con pendones de distintos tamaños, cantando adelante cubano que Cuba premiará vuestro heroísmo…una y otra vez, una y otra vez… melodía que aún recuerdo, pegajosa e insistente, que oíamos claramente, aún en el caso de los grupos más lejanos que avanzaban hacia la Plaza, desde la tribuna principal donde fuimos acomodados apenas a unos cuantos metros de donde ya estaba instalado el Supremo Comandante y la plana mayor. Creo que si lo hubiera querido habría podido avanzar hasta el sitio donde hablaría el Gran Conductor y confundirme con él a la manera del Zelig de Woody Allen, posibilidad que recalcaba un desenfado respecto a la seguridad en esos tiempos tempranos que tenía mucho de atractivo, de especial en el sentido de lo inédito, de lo singular, aspectos que sedujeron a muchos europeos y norteamericanos en los años que iban a seguir.

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Se decía alrededor nuestro que en la enorme plaza había un millón de personas. Seguramente era verdad. No he vuelto a ver en mi vida otra congregación de personas de ese tamaño. Tomé unas fotos que se me han ido perdiendo dejándome un par que mostraré cuando la consiga entre mis desordenados archivos. Cuando en un momento dado el Supremo comenzó su discurso, me encontraba sumergido en cavilaciones mezcladas con el repaso visual de todo lo que nos rodeaba. Cavilaciones dirigidas hacia mí mismo, ya en ese momento tocado por un fervor religioso muy fuerte, nacido en los meses anteriores, en los años ya pasados en la vida universitaria y en la persecución de proyectos de vida afectivos, personales, íntimos podría decir, que me separaban radicalmente de lo que veía, me situaban en una especie de limbo que congelaba un poco mis pensamientos y que hoy trato de reconstruir. Todo aquello no era conmigo, no podía ser conmigo ni con las gentes de mi afecto que evocaba. Marcaba distancia, en cierto modo sentía, lo digo hoy tal vez haciendo un poco de literatura, que era un escenario de locura del cual no podría surgir sino locura.

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Lo que quería hacer a lo largo de ese viaje estaba en una parte ajena a esa celebración que comenzaba a construir el altar para adorar al Máximo Jefe durante cinco décadas. Queríamos hacer contacto con algunos grupos de jóvenes católicos que ya se encontraban en la mira de los cuerpos represivos cubanos porque habían participado en una manifestación (cercada en sus inicios por la policía, reprimida duramente, la primera protesta contra la confiscación de la revolución por el comunismo) contra Anastas Mikoyan, Viceprimer Ministro de la Unión Soviética, uno de los responsables de la represión a la revuelta húngara de Octubre de 1956, quien en el mes de Febrero anterior (la manifestación fue el 5 de ese mes) había visitado La Habana.

Se trataba de jóvenes universitarios (de la Universidad de La Habana y la Católica) con quienes conectamos con la naturalidad facilitada por la edad y quienes se convirtieron en nuestros acompañantes e interlocutores durante esos cuatro o cinco días. Retengo el nombre de algunos de ellos: Joaquín Pérez Rodríguez quien después emigraría a Venezuela, José Ignacio Rodríguez Lombillo, a quien por una de esas raras casualidades había conocido en un hotel de Moscú un año atrás durante un memorable viaje y hoy me han dicho que vive en Brasil, y Antonio García-Crews quien entiendo que después sufrió cárcel durante largos años y ejerce hoy su profesión de abogado en Miami (traté de contactarlo personalmente sin éxito hace muy poco). Nos atrajo su disposición abierta, su entusiasmo, un optimismo que habría de ser derrotado por el proceso perverso que agobiaría la sociedad donde se formaron. Y compartíamos, eso era lo más importante, desde nuestra circunstancia venezolana, su empeño de convertir en objetivo a lograr en la evolución política de nuestro momento histórico, el desarrollo y afirmación en la práctica política de un concepto que durante gran parte del siglo veinte intentó establecer sin éxito, vencida por realidades que superan los confines de la ideología, la militancia de inspiración cristiana: que había una tercera vía para superar la polarización entre capitalismo y comunismo, la de un humanismo (término que circuló mucho en los grupos cristianos de esos años) de raíz cristiana, respetuoso de la persona humana (Maritain) que permitiría escapar del materialismo marxista análogo al de la fría opresión económica del capital. Pensaban ellos, lo pensábamos nosotros por igual, que esa concepción podía oponerse a la del comunismo dogmático y totalitario que habría de apoderarse del país donde habían nacido, desencadenando una de las más terribles tragedias sociales del mundo contemporáneo, cuyas consecuencias están todavía por estudiarse.

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Nos vimos varias veces con nuestros amigos habaneros. Una vez fuimos a cenar lechón asado al San Pedro Bar, un lugar en las afueras de la Habana, reunión de la cual guardo una imagen que aquí reproduzco mientras encuentro la de la manifestación de la Plaza. Nos quedábamos tarde en la noche intercambiando anécdotas y buscando conocer lo que venía ocurriendo en Cuba, a veces todos juntos en el carro de uno de ellos (todavía en la Cuba de entonces había comercio libre) conscientes, ellos nos lo hacían notar, de que nos vigilaban de cerca los del G2 que ya comenzaba a ganar protagonismo. Nos contaron infinidad de cosas que se me han borrado por influjo del tiempo transcurrido, gracias al viento huracanado que son los cambios que comienzan a los veinte años y por supuesto arropadas por el manto grueso, oscuro e impenetrable que cubrió desde entonces a una nación que tiene mucho más que ofrecer que la simple, penosa y endurecida imagen que le otorga el estar poseída, avasallada, anonadada por la sombra de un falso profeta y sus cohortes. Mucho más que ofrecer que lo que es hoy seis décadas después, sociedad semidormida, que ostenta ante el mundo un nivel educativo que sólo sirve para ostentarlo ante el mundo porque puertas adentro hay muy poco que hacer aparte de ser burócrata inmóvil y persistente. Mendicante del imperio soviético cuando era imperio y de los dólares petroleros vía una Venezuela secuestrada por un charlatán con grandes cualidades de imitador del Gran Clown de barba y uniforme militar.

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Para llegar hasta allí, para edificar ese monumento a la manipulación política a manos de una Revolución cuyo verdadero logro es el cuidadoso, refinado, eficiente y distintivo sistema represivo que ahoga toda disidencia, que controla cada iniciativa desde sus redes extendidas verticalmente por todos los niveles sociales, modelo patético para todo Régimen que aspire a ser totalitario como lo ha sido la opereta mediocre montada en Venezuela; para llegar a ello, repito, fue necesario convertir al personaje de barba rala y aparatosa oratoria, centro de atención esa tarde en La Habana, en gestor implacable de vidas y destinos, como ocurrió en el caso de aquellos muchachos con quienes compartí esperanzas y expectativas. Pero sobre todo en objeto selecto de culto para todo buen revolucionario gracias a su extraordinaria capacidad de darle nuevo rostro a los lugares comunes derivados de las aspiraciones de cambio social radical que impregnaron el siglo veinte y se prolongan hasta hoy. Culto del cual hacen ostentación también los líderes menores, coyunturales, que han echado algunas raíces en el mismo catecismo y cuya insuficiencia los obliga a cubrirse con la sombra del fetiche. Como es el caso de la señora Bachelet, quien tal vez afectada del mismo desapego que los chilenos muestran por todo aquello que no los afecta directamente, acumula respiración suficiente para lanzar al aire elogios vacíos que retratan su propio vacío, o el de López Obrador en Méjico que llega hasta fabricar el exabrupto de compararlo con Mandela, líder esencial que se ubicó en la Historia por ser exactamente el reverso de quien el mejicano quería elogiar con entusiasmo infantil e irreflexivo. Sin que dejemos de registrar a muchos otros, como ese personaje simulador e insincero que es Correa el ecuatoriano, de la misma estirpe de unos cuantos más que mejor no nombro, exponentes de esa curiosa obsesión latinoamericana por elogiar a Cuba y a su Gran Conductor, una muestra selecta de la hipocresía oportunista dirigida a la galería donde reina lo que otras veces he llamado la enfermedad del izquierdismo. Actitudes que revelan claramente el estado de inanidad en el que todavía se mueve la política de esta parte del hemisferio y explican el silencio de esas mismas dirigencias frente a los atropellos y violaciones que la democracia ha sufrido en nuestro país, llevándonos a la ruina y muy cerca de la anarquía.

(Y entre toda esa mezcla de palabras vacías y gestos de ocasión cabe la pregunta ¿Por qué allí el Rey de España? ¿Tan desencaminada está la monarquía de la Madre Patria?)

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Pero hablaba antes de que lo acontecido en la Plaza de la Revolución en ese entonces lejano se me asemejaba, sin yo lograr hacerlo consciente, a la locura. Veo ahora con más claridad que esa locura es hija directa de la locura personal que ha hecho presa de quien ignora o pasa por alto sus propias limitaciones y se decide a convertirlas en virtudes para hacer de rector supremo de un proceso social. De quien acepta y amplifica el rol de Máximo Conductor a la manera de antiguos emperadores, de monarcas absolutistas, sin detenerse un momento ante la evidencia (que los más primarios niveles de sabiduría permiten conocer) de que el error es una posibilidad cierta y a todos nos limita, que tenemos defectos, que podemos desorientarnos, que a veces la torpeza nos golpea, que el ánimo puede ser cambiante y en algunas cosas somos cortos, en otras largos.

¿Qué le concede a un ser humano el derecho de ignorar estas mínimas verdades y como consecuencia torcerle la vida a millones, apoderarse de un paisaje humano, hacerse dueño de voluntades, decir esto sí aquello no? Una sola cosa: la ausencia de Temor de Dios y su correlato, el desprecio a la Razón. Eso es locura. Nos lo dice la Historia.

Desde la izquierda José Ignacio Rodríguez Lombillo, Régulo Arias, un amigo cubano cuyo nombre no retuve, mi persona, Antonio García-Crews y Rafael Iribarren, luego de cenar lechón en el San Pedro Bar de La Habana el 3 de Mayo de 1960.

Desde la izquierda José Ignacio Rodríguez Lombillo, Régulo Arias, Antonio Crespo Oliveros, mi persona, Antonio García-Crews y Rafael Iribarren, luego de cenar lechón en el San Pedro Bar de La Habana el 3 de Mayo de 1960.

(Hacer los comentarios a la dirección otenreiroblog@gmail.com)

PARA ARISTÓBULO ISTÚRIZ

Oscar Tenreiro

Se dice que anunciaste sangre si se acercaba el pueblo, ese pueblo que alguna vez de verdad te importó; si la gente común angustiada porque se le quieren arrebatar sus derechos políticos se atrevía a pasar las barreras de tus bandas armadas para simplemente estar a la vista del Palacio Presidencial, ahora confiscado por un impostor que se ha convertido en una especie de chiste universal si no fuese una realidad trágica para todos los venezolanos.

Sí, ya sabemos todos de cual sangre estás hablando. De la que tus huestes se preparan a hacer derramar a los otros, a los manifestantes que te empeñas falazmente en calificar de agresores porque quieren cometer el grave error de ocupar los espacios públicos. Los ejecutores serán los tarifados a las órdenes de un partido que se alimenta del dinero público, el tuyo hoy. Los mismos hampones que asaltaron el Congreso, verdaderos asesinos en potencia, ladrones ya lo son y lo probaron ese día, que amedrentan y agreden escudados en la gavilla y se posesionan de las calles de la ciudad que nos han arrebatado, alentados por ese fanático que alguna vez fue médico y se pavonea con su camarilla de asalariados como escudo. De la de los fanatizados gracias a la insistente lluvia de lugares comunes y mentiras disfrazadas que pusieron en manos de tus compañeros de ahora las experiencias cubanas, las mismas de la propaganda del más negro nazismo. Y después tus compañeros en el Poder dirán que los asesinos son otros, porque esa manipulación de la verdad la aprendieron bien, la hicieron hábito, táctica, modo de gobernar.

Y al decir lo que dices, lo que repites con cara severa que revela hasta donde escondes lo que una vez fuiste, te has convertido en una muestra de donde puede llegar el oportunismo, la hipocresía, la capacidad de mentirse a sí mismo y mentirle a los demás.

Y te lo digo así tan directamente, tan convencido, porque te conozco, porque me da autoridad para hacerlo el haberte apoyado, haberme jugado públicamente a favor tuyo, entregándote con ingenuidad imperdonable (y por ello me veo obligado a pedir perdón) mi entusiasmo y mis limitadas capacidades, en tiempos cuando eras distinto, cuando no te había consumido la arrogancia del Poder, cuando decías defender la democracia, cuando aparentabas ser lo que hoy parece imposible que hayas sido nunca: una persona honestamente entregada a la renovación democrática de nuestra sociedad.

Y debido a que no eres tú el único que quebrantó su honestidad y su transparencia; como te acompañaron en la entrega al absurdo que estamos viviendo los venezolanos otras personas que también alguna vez estaban enmascarados, te increpo públicamente para que sepan también que a ellos me dirijo. Y para que los venezolanos que demandan su derecho constitucional a expresarse con el voto y los asiste la razón para llegar a los espacios públicos en torno al Palacio Presidencial, vean con mayor claridad la clase de dirigentes que sostienen el aparato represivo del Régimen.

Ya me di cuenta hacia donde te llevaba tu claudicación cuando años atrás vi directamente como tus allegados enviaban en tu nombre paquetes con dólares imperiales. Me resistí a creerlo y ahora lo entiendo. Y ya eso no importa porque has dado muestra personal de cosas mucho peores. Quienes te acompañaron desde un movimiento político que quería ser distinto y abrió espacios esperanzadores para luego entregarse como tú a ese inescrupuloso que elevó a las mayores alturas de la manipulación política las contradicciones venezolanas, te han superado en la entrega a las perversidades del Poder. Ya ahora te acompañan al lado de los más conspicuos corruptos, verdaderos canallas, que ejercen desde lo más alto rodeados por esbirros armados por una autodenominada revolución que no es sino caricatura.

Porque este engendro al cual nos enfrentamos la mayoría de los venezolanos es ciertamente una patética caricatura que ha contaminado sin remedio a eso que algunos llamaron demasiado entusiasmados el impulso revolucionario.

Y también tú eres una caricatura. Ya no reconoces donde están los enemigos de tu pueblo porque ahora estás alineado con ellos. Sabes que en la cúpula del Poder actual hay verdaderos delincuentes. Que el más charlatán de las cabezas visibles es un mentiroso que junto con su gente de confianza ha ensamblado la organización corrupta más descarada de la historia política latinoamericana. A gente de esa calaña la proteges con tus declaraciones cargadas de mentiras y medias verdades. Y la pantomima llega a tales extremos, dices lo que dices con tanta aparente convicción, que resulta evidente que estás jugando a ser el más fiel de los fieles para quedarte en ese puesto y ser beneficiario directo de la artimaña que el Régimen ha venido construyendo para robarnos a los venezolanos el Revocatorio.

Sí, Aristóbulo, te ves ya como Presidente y no quieres que nadie te quite esa oportunidad. Ya habrás pensado que después cambiarás de actitud. Juegas el mismo juego de Pinochet. Allende preguntaba por su militar de confianza (¿donde está Augusto?) en medio del conflicto que lo llevó a la muerte. Te haces actor de la aparente y apasionada defensa de quien oficia en Miraflores para recoger frutos personales cuando las cosas vayan como piensas. Es eso lo que explica tu escandalosa conducta de portavoz de la barbarie, de mensajero de la muerte de los otros. Es eso lo que te hace pedir sangre.

Debería darte vergüenza y debería darle vergüenza a todos los que como tú, siguen soportando esta dictadura indigna que además de todas sus represiones tiene como su mayor virtud haber arruinado a un país que ha nadado en dinero. Hasta allí ha llegado la barbaridad que defiendes. ¡Esa es la revolución salvadora de los pueblos del mundo!

Pero no te das cuenta como no se dan cuenta quienes te acompañaron en esa huida hacia el absurdo. A esos otros también los conozco y no me explico cómo pueden dormir tranquilos. A qué clase de recurso, o de fármaco, habrán recurrido para poder descansar en el sueño. Vendieron el alma y sedujeron a otros para que vendieran la suya. Y ahora, como tú, se encuentran atontados por la adulación que los rodea o los ha rodeado, por la maraña de privilegios que les impide verse a sí mismos y les robó la bendita soledad que permite conocerse, obligados a decir cosas elevadas acerca de ese mar de estiércol en el cual han navegado. Se siguen engañando tal como te engañas tú.

Sé que yo no significo nada para ti porque no tengo poder alguno, porque voy conmigo mismo y lo que he podido lograr en años de ser un simple profesional, un arquitecto que quiere construir para su ciudad, un profesor que ha deseado contribuir a formar a los más jóvenes. De ellos unos cuantos no resistieron los halagos del poder, pero muchos otros han permanecido firmes, vigilantes. Fui ingenuo al poner demasiadas esperanzas en los de las primeras filas que, tal vez envanecidos, se dejaron seducir y vendieron su alma. Pero la decepción que viví me fue compensada con creces, borrada podría decirse, por la satisfacción de ver que en aquellos que parecían más alejados, más reticentes, floreció sin embargo la dignidad y la lucidez.

En ese modo de vivir la vida tienen una voz decisiva los sueños no realizados, como los de los proyectos, ninguno construido, que hice durante tu tiempo en la Alcaldía de Caracas cuando lucías el otro disfraz, junto a otros muchos que cobraron forma inspirados en un deseo de realización que apunta hacia una dimensión distinta, menos inmediata, que me han iluminado el espíritu y proporcionado simple alegría. Y es con ese patrimonio acumulado a través de toda una vida, que nada tiene que ver con los calificativos que derramas irresponsablemente sobre todos quienes disienten del deseo tuyo y de tu camarilla de conservar el Poder a toda costa, que te digo que no tienes ningún derecho a llamarnos agresores, enemigos, a pedir nuestra sangre, simplemente porque actuamos para que se respeten nuestros derechos. Lo haces porque hablas de gente sin cara precisa, metes en el mismo saco a todo el mundo para no reconocer las facciones de quienes una vez respetaste.

Aquí tienes una cara que puedes reconocer y te hace preguntas que son también angustiosas.

No tienes derecho a pedir mi muerte. Ni la de nadie.

30 de Octubre de 2016

 

INTERREGNO

Oscar Tenreiro

Desde hace varias semanas me vengo preguntando sobre mi permanencia en este espacio electrónico. Quienes lo siguen se habrán dado cuenta de mis dudas porque mis intervenciones se han hecho irregulares.

Y es que el impulso que me llevó a iniciarlo, vinculado estrechamente a mis colaboraciones semanales iniciadas hace casi diez años en el diario venezolano TalCual, nacido como una voz disidente ante la locura que comenzó a apoderarse políticamente de Venezuela desde 1998, ha venido haciéndose cada vez menos intenso, por razones también estrechamente vinculadas con esa misma locura. Por una parte el asedio del Régimen obligó a TalCual a reducirse y eliminar desde Junio de 2015 la sección donde escribía, con lo cual, pese a todo lo que se dice de las redes sociales y lo poblado de lectores que está el espacio electrónico, me impactó como una especie de erosión: me pareció (será porque me hice persona mientras existían los periódicos impresos) que se estrechaba el ámbito para el cual escribía. Pero de todos modos seguí haciéndolo con el mismo entusiasmo y así he continuado hasta que fueron acorralándome las dudas acerca de las que escribo ahora.

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Ese deseo de revisión tiene sin duda relación con que Venezuela se ha convertido en un país detenido en el cual la supervivencia de cada quien es la máxima prioridad. Una camarilla de canallas, muchos de ellos delincuentes, patéticos ejemplos del hombre nuevo prometido por la revolución bolivariana, herederos de un largo proceso de perversión de las instituciones que les ha permitido controlar el Poder y obstaculizar la expresión de la voluntad popular, apoyados por una red de represión intimidatoria extendida por todos los niveles de lo público, tanto los tradicionales como los creados a instancias de la burocracia represiva cubana que lo ha penetrado todo, se niega a reconocer la realidad e insiste en cerrarle el paso a todo intento de restitución de los derechos democráticos.  Y sirve de marco protector de un saqueo de los dineros públicos de una magnitud abrumadora: la corrupción es su norma moral.

Y sostienen una política económica tan absurda como los argumentos puramente ideológicos que la justifican, razón fundamental de un proceso general de empobrecimiento de magnitudes pavorosas, inédito en la historia nacional y en el ámbito universal, el cual a pesar de que las grandes mayorías venezolanas en elecciones recientes se pronunciaron claramente por un cambio político, no se detiene o cambia de rumbo porque un control institucional abiertamente dictatorial lo permite, control cuyo objetivo evidente es preservar el dominio del Poder para evitar que la camarilla comparezca ante una justicia libre. Asociado a un adoctrinamiento intenso y persistente ejercido en todos los niveles y escenarios a lo largo de más de una década.

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Y es precisamente eso, convertir al Poder en una tabla de salvación para unos pocos por encima de cualquier proyecto colectivo, desmintiendo todas las protestas de redención de los humildes que se enarbolaron como coartada en los años iniciales, lo que revela la bajeza moral del Régimen. Su abuso de la palabra revolución, utilizada sólo para embaucar o justificarse hasta impulsar la catástrofe que es el ahogamiento de la democracia en una sociedad que ha luchado a lo largo de su historia para ganarla y preservarla. Catástrofe que mucha gente en el mundo ya reconoce, pese a lo doloroso que resulta la prudencia de la dirigencia democrática de nuestro continente frente a lo que está ocurriendo aquí, frente a esta tragedia de la lógica, del entendimiento, de la honestidad, de la ética y su prolongación en los fundamentos del Estado de Derecho. Doloroso e injustificable. Imposible aceptarlo aunque entendamos que es así como funciona la solidaridad diplomática, tan cautelosamente que en definitiva la ruindad se sale con la suya.

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La parálisis del país es análoga a la que se sufriría en los centros urbanos de retaguardia, como efecto de una guerra. Podría pensarse que estoy exagerando porque en los medios de comunicación los presupuestos de publicidad siguen tratando de que el escaso poder de consumo se oriente hacia quien paga la pauta, pero habría que recordar que en los momentos más álgidos de la Segunda Guerra Mundial, en Berlín o Nueva York seguían funcionando los restaurantes costosos y se bailaba hasta altas horas de la noche; o en Damasco, hoy, se sirven platos de alta cocina y la gente circula con normalidad mientras miles de refugiados, sus compatriotas, sufren tratando de ser aceptados por países enredados en prejuicios racistas. Contraste que hacía notar en estos días el periodista norteamericano Declan Walsh, en un reportaje para el New York Times.

Hasta da risa por lo absurdo ver, como recientemente en las trasmisiones deportivas internacionales, que la publicidad específica para Venezuela era la de una marca de relojes carísimos y la de un banco respaldado por una cancioncita sentimental y cursi que muestra caras felices manipulando dinero. Tan absurdo y falso como la andanada de declaraciones cínicas que se vienen haciendo desde la llamada Conferencia de los No Alineados que se desarrolla actualmente en nuestra Isla de Margarita, cónclave de regímenes dictatoriales o autoritarios (allí está nada menos que Corea del Norte, amenazando) que incluye representaciones diplomáticas de algunos países democráticos que con su presencia allí revelan su inconsistencia política, su incoherencia ideológica.

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Todo lo que vengo diciendo habla de la desaparición (que sabemos coyuntural pero que dura ya años) de las referencias que nos han identificado a lo largo de la vida con la sociedad donde nacimos y nos hicimos personas. Desaparición que no ha sido a causa del cambio normal de las cosas con el paso del tiempo, sino por la interferencia interesada de fuerzas surgidas del abuso y la violencia política. Esa es la cara más negativa, la verdaderamente lamentable de procesos como el que ha vivido Venezuela y que tristemente han sido comunes en la historia de América Latina. Si esa especie de borrón incluye el marco afectivo que nos esforzamos en construir durante años, destruyendo amistades, seduciendo a quienes creíamos fuertes, desorientando a los más centrados, separando familias, invitando a la huida, ya no es sólo algo de lamentar, sino que se somete a prueba nuestro equilibrio psíquico. Y en edades como la mía, cuando uno se sabe cerca del retiro definitivo, te invita a preguntarte hacia donde orientar los esfuerzos. De una pregunta análoga pero no tan marcada por la idea de que el tiempo se agota surgió la decisión de comenzar a escribir en TalCual y darle forma a este Blog algunos años después. Y me entregué a la tarea de vincular las preguntas universales respecto a la arquitectura, a edificios específicos y los arquitectos que nos han interesado, a la historia, a las principales dimensiones de nuestra disciplina, siempre a través del sesgo local, filtradas con nuestra circunstancia. También he hecho lo posible por contribuir a que pensemos críticamente los acontecimientos venezolanos, lo cual hoy se ha extendido fuertemente revelando la importancia del malestar colectivo con el Régimen. Artículos, ensayos, libros se publican dando cuenta de toda la amplitud del desastre, ante lo cual parece que no es necesario agregar otra voz, sumar otros enfoques: la llamada a dar testimonio que me impulsó al comienzo de mis esfuerzos se ha modificado, tiene otro carácter.

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Todo el panorama actual, en definitiva, me agudiza el deseo persistente de pensar hacia adentro. Me lleva a preguntarme donde debo seguir escribiendo. No sobre si debo o no hacerlo, sino donde.

Y he decidido hacerlo para mí, para consumo personal. Entro en otra etapa en la cual necesito moverme de otra manera.

Me atrae, y casi me parece urgente, recorrer en plan memorioso mi pasado, tal como lo he hecho fragmentariamente en las Confecciones de las últimas semanas. Se trata de un acercamiento a lo íntimo, espacio que es una dimensión algo extraña a lo que ha sido este Blog desde su comienzo (lo habrán percibido así, me imagino, los lectores) y que por eso mismo me propone otro ámbito, un medio distinto para comunicarme.

El instrumento no será una escritura atada a la comparecencia semanal y la actualidad. Debo escribir sin finalidades inmediatas.

No clausuro el blog, de cuando en cuando regresaré.

 

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