TODO LLEGA AL MAR (2)

Oscar Tenreiro

(Pido excusas a los suscritos a este Blog porque debido a un error, les fue enviada una versión de esta entrada sin las fotos correspondientes y sin algunas correcciones menores. Esta es la versión correcta)

Buena parte de nuestros profesores de Taller tal vez nunca pensaron en serlo cuando estudiaban o ya ejercían fuera o dentro de Venezuela, así que se fueron formando –ellos junto a nosotros– a medida que actuaban según  el método pedagógico de prueba y error característico de la enseñanza de la arquitectura. Eran, en ese sentido, improvisados, pero hay espacio para preguntarse si no son en realidad siempre algo improvisados los profesores de Taller de cualquier escuela de arquitectura del mundo, tanto en un país pequeño e inmaduro como en uno de venerable historia y antiguas instituciones. Porque enseñar arquitectura es un ejercicio en el cual el profesor propone, acompaña, rectifica, discute, intercambia ideas, contribuye a tomar decisiones…y juzga, a lo largo de un proceso en el cual no hay una materia a enseñar sino un ámbito intelectual complejo en el cual coexisten destrezas expresivas, criterios organizativos –propios del dominio construido– fundamentos técnicos, conocimiento de tradiciones, expectativas artísticas y otras cosas, hacia el cual se le facilita el acceso progresivo del estudiante. Se establece así entre profesor y estudiante una dinámica siempre cambiante que obliga al profesor a apelar a su intuición y con frecuencia a sus impulsos: poco es definitivo acerca de los métodos a utilizar, el modo de dialogar, la conveniencia de ciertas tareas, los énfasis, los requisitos. Varían con el profesor, con el alumno, con la historia de cada escuela que es como decir cada tendencia.

Y si bien no era posible para jóvenes estudiantes tener conciencia clara de cómo esa improvisación se manifestaba en el cuerpo profesoral y en los métodos docentes –o la ausencia de ellos– resultaba evidente que el entrenamiento al cual nos sometíamos en las horas deTaller, la actividad más importante en toda Escuela de Arquitectura, ponía a prueba nuestra capacidad personal para ir más allá de lo que se nos enseñaba. Las llamadas materias teóricas, tanto las técnicas como las humanísticas, nos daban conocimiento, pero lo que se decía en Taller, las impresiones que se entrecruzaban, los comentarios profesorales durante las correcciones, fuera de las observaciones sobre construcción, organización, aspectos vinculados al clima (comunes en esos tiempos venezolanos) o lo relativo a los requisitos dimensionales, todos asuntos propios del universo técnico, en lo demás pecaba de una volatilidad que los hacía de difícil comprensión. Cuando el discurso tocaba temas referidos a los contenidos artísticos de la disciplina, lo caracterizaba la imprecisión típica de la frontera entre conocimiento y especulación filosófica. Una imprecisión que nos otorgaba cierta autoridad para refutar, afirmar o señalar en otra dirección, aunque fuese en nuestros comentarios en privado, desdeñosos de lo sostenido por el profesor, sobre todo si ese profesor era parte de la recluta y no alguien con obra o prestigio que admirásemos. En cierta forma, ese carácter nebuloso de las observaciones que se nos hacían nos llevaba a pensar que también nosotros podíamos manejarlos o incluso refutarlos. Nos daba ínfulas de conocedores sin serlo, nos hacía locuaces, argumentativos, sujetos demasiado activos de nuestro aprendizaje.

Podíamos pues hasta cierto punto pasarnos de los profesores. Que fuésemos capaces de ser parte del espacio intelectual que se nos insinuaba dependía sobre todo de nosotros mismos, de nuestros esfuerzos de auto-formación, de movernos por nuestra cuenta; abriríamos una puerta hacia la arquitectura en la medida de nuestro compromiso personal para lograrlo. Se reproducía en nosotros –lo veo ahora con más claridad– la experiencia de siempre en disciplinas en las cuales la dimensión humanística y específicamente el arte juega un papel importante: el aprendiz se va modelando mientras se aleja del maestro.

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Si bien muchos de los profesores eran prescindibles, exceptuábamos a los autores de obras que podían ser ejemplos de enseñanza viva, a algunos de ellos me acerqué con interés. Fue el caso de Villanueva –siempre distante a pesar de su particular cordialidad– y su lección de la Ciudad Universitaria y el de Martín Vegas Pacheco y José Miguel Galia quienes se integraron a la Facultad poco antes del cese de la Dictadura de Pérez Jiménez en Enero de 1958, arropados por la admiración que suscitaba el Edificio Polar, el Teatro del Este y sus interesantes edificios de vivienda.

Villanueva en 1963 (aprox.) Foto tomada por mí en el curso de una visita que le hicimos. Está sentado sobre un “estable” de Alexander Calder que tenía en el jardín posterior de su casa -llamada Caoma- En ese mismo lugar se tomó una conocida foto en la que están él y Calder en actitud de juego.

El Edificio Polar, terminado en 1953, en una foto de la época. No dudo en decir que el interior del Teatro del Este –a un lado de la torre– era uno de los espacios internos más hermosos y originales de esa década, hablo a nivel universal. El curtain wall de la torre carecía de protección ante el sol del Oeste lo cual fue por mucho tiempo un agudo problema corregido en los ochenta por Martín Vegas, acción que sacrificó la muy hermosa policromía –en la cara inferior de los marcos horizontales– de la fachada original. Pienso que el cristal negruzco utilizado en la renovación no produjo un resultado feliz. Le restó frescura al lenguaje usado originalmente (Internet).jpg

La torre Polar hoy en foto de Julio César Mesa.

Edificios de vivienda de clase media llamados Los Morochos, de Vegas y Galia. Construidos con ladrillo macizo. jpg

Pero más que las personas consideradas individualmente, actuaba en nosotros la atmósfera reinante en un país abierto a un futuro promisorio, de impresionante dinamismo, que precisamente a raíz del cambio político de Enero58 iba a sufrir procesos complejos dominados por un populismo político que terminaría destruyendo las expectativas que asomaban el rostro en mis tiempos de estudiante. Populismo que era la consecuencia de la lucha entre quienes buscaban un camino político a la cubana (la Revolución Cubana triunfó justo un año después del cese de nuestra dictadura) y quienes buscábamos la reafirmación democrática. Porque la intensidad de esa lucha, marcada por los enfrentamientos ideológicos, terminaría contaminando de populismo todo el espectro político venezolano como respuesta a la presión subversiva de corte revolucionario, sentando las bases del inmenso fracaso político, económico y social que hoy padecemos.

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Hubo unas cuantas experiencias de interés durante nuestro primer año de carrera, la mayor parte de ellas informales –lo que he llamado atmósfera– alguna que otra producida por el Departamento de Extensión dirigido por un catalán, Abel Vallmitjana, intelectual y artista (su mural en el Hotel Humboldt de Tomás José Sanabria -1956- es de lo mejor del muralismo venezolano), o a cargo de los profesores, como la que organizó para nosotros Julián Ferris poco antes de que iniciásemos el segundo año[1].

Esta foto, sin la luz adecuada, es la única que pude conseguir en Internet del mural de Valmitjana, Está en el Hotel Humboldt, construido en la cima del pico Avila -2100 m. de altitud- al Norte inmediato de Caracas. Proyecto de Tomás José Sanabria

Detalle del mural de Valmitjana (internet)

Llamó Ferris a tres flamantes jóvenes artistas que conocía y destacaban en el pequeño mundo de las artes plásticas de entonces, Alejandro Otero, Miguel Arroyo y Perán Erminy, para que dirigieran durante unas semanas que ocuparon parte de nuestras vacaciones de fin de curso, un cursillo preparatorio que seguía el patrón Bauhaus de ejercitar a los estudiantes en el manejo de figuras, colores, texturas sobre un plano de trabajo (un cartón, un papel) siguiendo instrucciones derivadas de los conceptos de fondo y forma (esos términos imprecisos), la composición y organización de un espacio bidimensional, contrastes de colores, exploración de texturas naturales y artificiales, y cosas por el estilo, muy en boga en tiempos de máxima vigencia del llamado arte abstracto. Todo ello aderezado con conversaciones entre ellos frente a todo el curso, sobre temas del arte especialmente vinculados a su militancia de artistas abstractos cuyo santo-patrón era desde luego Piet Mondrian, nombre que desde entonces se tiñó de un tono algo mágico y definitivo.

De los tres, el de personalidad más seductora era Otero, quien habría de ser por ese mismo tiempo el autor de la policromía en mosaico vidriado del edificio Sede de la Facultad en la Ciudad Universitaria, de Villanueva, en ese momento en fase final de construcción (fue inaugurado en 1957). Erminy por su parte era de modales contenidos y muy discursivo –el intelectual del grupo y posteriormente importante crítico de arte– y Miguel Arroyo, de hablar pausado muy refinado y hasta afectado, de talante riguroso y gran conocimiento del mundo del Arte, llamado a ser poco después, con la democracia, el más calificado director de museo (dirigió el de Bellas Artes) de la modernidad venezolana a la vez que profesor destacado de la Carrera de Arquitectura de la Universidad Simón Bolívar.

La Facultad de Arquitectura de la Ciudad Universitaria inaugurada en 1957. Policromía de Alejandro Otero (Internet).jpg

Fragmento de un mural de Miguel Arroyo, en rl Taller Galia de la Facultad de Arquitectura (Internet)jpg

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El cursillo fue todo un acontecimiento para la Escuela y para nosotros porque establecía nexos que pudiéramos llamar intelectuales con miembros de una vanguardia local de cierta significación, que podían verse como una apertura hacia una actualidad que se presentaba como enriquecedora y proporcionaba argumentos de corte ideológico respecto a temas del momento entre los cuales destacaba por esos años el concepto Integración de las Artes que era debatido con frecuencia en relación a la nueva arquitectura. Que no era en realidad tan nuevo, puesto que derivaba por ejemplo de planteamientos que se habían manifestado ya en el campo de la música, específicamente en la idea vinculada a la concepción de la ópera de Richard Wagner (1813-1883) la cual formuló como Gesamtkunstwerk  (Obra de Arte Total), concepción de impacto cuasi revolucionario que circuló mucho entre la intelligentsia europea de los años anteriores a la Primera Guerra.  Como analogía, se revivió en los métodos y realizaciones de la Bauhaus mientras ésta estuvo activa, y de un modo u otro con mayor o menor énfasis en mucho de lo que se construyó en las décadas posteriores (con el dramático interregno de la Segunda Guerra Mundial) hasta tomar especial fuerza a comienzos de la década de los cincuenta sobre todo con la construcción de la sede de las Naciones Unidas (1948-52) y las Ciudades Universitarias de Ciudad de México ( 1949-1954)[2] y Caracas (1944-1957), o con la construcción del edificio sede de la Unesco en París (inaugurado en Noviembre de 1958) respecto al cual se destacó con mucha insistencia durante su construcción (fue inaugurado en Noviembre de 1958) la masiva participación en él de artistas de renombre internacional. Y si bien sería una exageración relacionar nuestro cursillo con el debate sobre los vínculos de la arquitectura con las artes plásticas, el deseo de Ferris de establecer una conexión entre el discurso sobre arte del momento, del cual sin duda participaban los tres artistas que compartieron el aula con nosotros, revelaba la importancia que los arquitectos venezolanos le daban a las preocupaciones y esfuerzos creativos de los artistas que empezaban a despuntar en el panorama nacional.

La Biblioteca Central de la Ciudad Universitaria de Mexico. El Mural es de Juan O’Gorman-1955 (Internet).jpg

Edificio Administrativo de la Ciudad Universitaria de mexico con mural de David Alfaro Siqueiros. Es un ejemplo en el cual la fuerza de la figura en cierto modo compite con la arquitectura -1955 (Internet).jpg

En uno de los edificios que flanquea la Plaza del Rectorado de la Ciudad Universitaria de Caracas con un mural de Osvaldo Vigas puede mostrarse la posición de Villanueva sobre la participación de los artistas. Usa la imagen pictórica para reafirmar los valores de la Arquitectura, no para competir con ella como a menudo sucede en los distintos ejemplos mexicanos.  De tal modo que se apoyó exclusivamente –salvo alguna excepción en los murales internos– en el Abstraccionismo como lógico complemento de la volumetría y el rigor geométrico característico de la construcción. Su natural talento para estar a distancia de las modas le ayudó a fijar los límites dentro de los cuales debía moverse.

La presencia de este mural de Mateo Manaure en la fachada posterior del Paraninfo de la Ciudad Universitaria de Caracas es un logro feliz de la llamada integración de la Artes en la visión de Villanueva (Internet).jpg

Este espacio abierto presidido por el conjunto Biblioteca-Aula Magna-Sala de Conciertos y Plaza Cubierta es uno de los espacios más impactantes de la Ciudad Universitaria. Entre las Salas de Lectura y el depósito de libros se aprecia la estructura externa -de concreto- de un vitral de Fernand Leger. A la derecha el mural de Mateo Manaure detrás de la Sala de Conciertos. Más cerca la escultura La Madre de Baltasar Lobo (Internet).jpg

Tomé esta foto en 1959 en los jardines de la Unesco en París. Cedí al embrujo del mural en cerámica de Joan Miró.

[1]JuliánFerris Betancourt (1921-2009), arquitecto graduado en Cornell University EUA, que entró a la Escuela como profesor en algún momento de 1956 o comienzos de 57; hombre culto, muy al día y con una gran inteligencia para el trato de gentes de diversos orígenes o posiciones, virtud que lo convirtió en figura de consenso y lo llevó a ser el primer Decano de la Facultad en la etapa democrática que se inició en Enero58.

2]El Plan Maestro de la Ciudad Universitaria de Mexico es de Mario Pani y Enrique del Moral. En los distintos edificios participaron Carlos Lazo, Juan O’Gorman, Alberto Arai, Ramón Torres. Pedro Ramírez Vázquez y otros. Entre los artistas estaban Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Franciso Eppens. Como ingenieros destaca Félix Candela.

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TODO LLEGA AL MAR (1)

Oscar Tenreiro

En la Venezuela de mi primera juventud era posible entrar como estudiante a la Universidad con sólo quince años. Esa era mi edad cuando ya inscrito en la Facultad de Arquitectura caminaba por los pasillos cubiertos de la Ciudad Universitaria de Caracas –que desde entonces me resultaron particularmente atractivos– para cumplir con los deberes del día. Mientras observaba los recién construidos edificios delcampusIba pensando lo que se puede pensar cuando se cumple la rutina de llegar a tiempo a clases, sin que me dejara de dar muchas vueltas en la cabeza la pregunta sobre mis capacidades para responder a las exigencias que veía venir en mi nuevo papel universitario, una sensación de inseguridad que me asaltó desde que tomé la decisión de estudiar arquitectura. Inseguridad que se me presenta en el recuerdo asociada a la imagen recurrente de mi caminar esa mañana deOctubre de 1955, fusión en mi memoria de muchas otras parecidas –trayecto diario de mi casa a la universidad– que se repitieron desde que me hice aspirante a arquitecto. Sensación incómoda, origen de ansiedad y dudas, compañera constante en mi intimidad durante esos primeros meses en los que me afanaba por ser fiel a lo que se esperaba de mí. Sombra habitual en los próximos años, que persistió ya terminados los estudios formales y cumplido los requisitos legales para ser arquitecto. Más o menos intensa según las circunstancias, no siempre reconocida por mi conciencia gracias a su capacidad de presentarse en diversas maneras, de vestirse con ropajes cambiantes, tropiezos en la tarea que me impuse de acercarme a la arquitectura, de descubrir cuál sería la palabra que me correspondería decir.

El pasillo junto a la entrada principal de la Ciudad Universitaria. Del lado derecho está el pie de la colina del Jardín Botánico de modo que la vista se orienta hacia el Campus. Termina más adelante junto a la Plaza del Rectorado.jpg

El pasillo cubierto de Ingeniería. La foto es tomada desde el pequeño atrio de la entrada al edificio donde funcionaba nuestra Escuela. En el podio recubierto de baldosas de arcilla vidriada nos sentábamos entre clases.jpg

En este edificio funcionaba la Escuela de Arquitectura en 1955,jpg

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Hablo de una decisión cuando en realidad fue un encadenamiento de circunstancias lo que me llevó a la escuela de arquitectura. Fui seducido por lo que percibí a través de mi hermano mayor, Jesús Antonio, quien ya estaba al fin de la carrera. Y me gustaba lo que decía, el ambiente en el que se movía, sus preferencias, sus amistades, lo que sabía de sus rutinas de estudiante y de sus muy tempranas andanzas como arquitecto de la parte rica de la familia (porque mi familia tenía una parte rica y otra modesta que era la nuestra). A Jesús se le habían abierto muchas puertas gracias a su desbordado talento y aguda inteligencia, virtudes que le permitieron desde el segundo año de la carrera imaginar casas para los primos, edificios para los tíos, uno de ellos realizado y muy bueno por cierto (hoy demolida la mitad, la otra mitad irreconocible), tareas que asumía con sorprendente madurez para sus escasos dieciocho años. Todo ello en un escenario de estímulos culturales, prematuramente intelectuales podría decirse, cercano a lo que sospechaba eran mis inclinaciones y tal vez, un tal vez apremiante, a mis capacidades, muy distintas, mucho más limitadas que las del joven prometedor que era mi hermano. Y así fui dejando deslizar en mi visión del futuro inmediato el deseo de ser arquitecto, inventando razones cuando me preguntaban, tratando de hacer claro lo brumoso.

De modo que fue el dejarme llevar por los estímulos más inmediatos, tan propio de la adolescencia, la verdadera razón para querer abrir la puerta de la arquitectura, que nunca imaginé tan difícil, engañado como se engaña uno con el mundo pretencioso y argumentativo típico de cualquier espacio universitario, al creer que se trataba de un aprendizaje más o menos lineal apoyado en mis deseos de aprender y no lo que resultó ser, un largo y trabajoso camino cargado de incertidumbre que no podía presentir subyugado como estaba por la sensación de que se me había abierto el espacio, que podría llamar social pero que era sobre todo psicológico, de la Escuela de Arquitectura. En el cual me ayudaba a moverme la estela dejada por mi hermano mayor y sus compañeros, algunos de ellos muy versados, muy seguros, apoyados en una visión demasiado optimista de su futuro rol profesional. Lo cual me daba una ventaja que podría llamar social al permitirme tratar con alguna familiaridad a los mayores, saber hasta cierto punto quien era quien, otorgándome un cierto privilegio del cual disfruté a lo largo de la carrera. Me ayudaba a responder a las exigencias con más tino; no vencía del todo la inseguridad pero ayudaba a dar la impresión,asunto siempre útil.

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Sentí que se me interpelaba, que se esperaba de mí una respuesta a la altura de las circunstancias, en la primera sesión de la cátedra de Dibujo a Mano Suelta con el profesor Charles Ventrillon-Horber.

Charles Ventrillon. Foto tomada en un campamento a orillas del Orinoco, ya en labores como entomólogo, su otra actividad luego de la experiencia en Arquitectura. La foto es de los años posteriores al tiempo en nuestra Escuela y es tomada de Internet.jpg

Según entiendo Ventrillon había sido estudiante de la conocida Academie Julian de París, centro formativo esencial en el siglo XIX, donde estudiaron nuestros Arturo Michelena, Tito Salas, o después Pascual Navarro, y donde fue importante profesor en su tiempo Jean Paul Laurens (1838-1921), una referencia constante en la conversación de este francés interesante, profundo, culto, enamorado de Venezuela, donde había llegado justo después de la guerra.

San Juan Crisóstomo y la Emperatriz Eudoxia-1893- de Jean Paul Laurens (Internet).jpg

La escena representada por Laurens ocurre en Santa Sofía-Estambul. Para comprender mejor el rigor que era constitutivo de la pintura académica, vale la pena apreciar al fondo del cuadro de Laurens, detrás de la Emperatriz los capiteles de los deambulatorios de Santa Sofia y compararlos con la foto que tomé no hace mucho en nuestra visita a ese monumento. La similitud es asombrosa. jpg

Ejercía en esa joven Escuela de Arquitectura una autoridad indiscutible como ductor, como guía, no sólo por estar plenamente convencido de que servía de instrumento para descubrir aptitudes, identificar motivos, abrir caminos, estimular o corregir rumbos, para aprobar o reprender, sino porque tenía un enorme respeto por la cátedra que había fundado que consideraba clave en nuestra formación y de hecho la convirtió en punto de partida para que sus estudiantes pudieran conocer los rasgos primeros de una identidad personal. Ese fue mi caso y el de muchos otros, entre los cuales mi hermano Jesús, uno de sus alumnos preferidos, quien le profesó siempre a mesié Ventrillon, –como lo llamábamos– un gran respeto. Y es que a este francés podría uno imaginarlo como un sacerdote cuyos acólitos eran los modelos de yeso que dibujábamos (muchísimos, al menos unos treinta, desde el Discóbolo en reposo hasta La Dama de Elche) que había hecho comprar para el comienzo de sus actividades como profesor en 1946, en la Escuela recién fundada, vaciados de excelente calidad que aún hoy vigilan algunos rincones del edificio actual, inaugurado en 1957 cuando cursaba yo el Tercer Año. Y parecía Ventrillon tener el secreto para soltarnos la mano, para hacernos atacar la lámina de papel, carboncillo en mano, dejando atrás las dudas y las timideces. Nos hablaba de la distancia ante el plano de trabajo, la de la longitud del brazo, y de la importancia del gesto amplio al hacer el trazo, todo basado en la observación cuidadosa de direcciones y proporciones. Así conseguía que domináramos el movimiento, el ritmo de la figura que copiábamos; y así un buen día sin darnos cuenta casi, comenzábamos a sentir que dibujábamos, como cuando hice un esquema en escorzo del Discóbolo que mereció su elogio y aún conservo como si fuese un trofeo.

Mi dibujo del Discóbolo en reposo (llamado de Naukydes, su escultor).jpg

El Discóbolo en Reposo o de Naukydes (Louvre) del Siglo V a.c.jpg

Nos acercábamos a Ventrillon, si conseguíamos superar la barrera un tanto intimidante que creaba con su actitud seca, máscara de una profusa cordialidad apenas uno lo conocía mejor, y le dejábamos ver nuestras dudas y aventurábamos algunas preguntas. Las mujeres más agraciadas y desinhibidas, explotaban su evidente inclinación a favorecerlas, lo cual era motivo para que las menos glamorosas le tomaran cierta antipatía y todavía hoy digan haber sido discriminadas. Algo parecido a lo que ocurría del lado masculino con los que presumían de ser populares, los entradores (los buenos tercios se decía entonces), a quienes mantenía a raya, como lo hacía con quienes pensaban que sabían dibujar gracias a los trucos aprendidos, que para él nada valían frente a lo que trataba de enseñarnos. Insistía en la observación, en evitar el trazo que respondía a la inercia de lo que ya sabía el dibujante y no de lo que le mostraba el objeto o la escena. Y el antídoto para esta enfermedad a veces aguda era observar y asimilar…observar y asimilar para entender mejor. Enseñanza que me acompaña aún.

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Si en el caso del profesor francés las cosas marchaban bien, no era lo mismo en otra de las materias típicamente beauxarts que se dictaban, como la de Modelado con barro a cargo de un profesor español que carecía de casi todas las virtudes que brillaban en el francés. Era de muy pocas palabras, distante, burocrático en el manejo de las relaciones con nosotros, incapaz de algo más que un mínimo consejo sobre cómo afrontar la tarea que nos esperaba: cada quien debía valerse de su intuición, de sus habilidades naturales o de su capacidad para imitar a quienes se desenvolvían mejor. Para mí fue el primer encuentro con una estirpe,la de los profesores burócratas muy poco interesados en quienes recibían sus enseñanzas. De estos había unos cuantos, tal vez demasiados porque la extrema juventud de los estudios de arquitectura en Venezuela hacía difícil conseguir profesores y unos cuantos de ellos habían sido en cierta manera reclutados entre la pequeña comunidad profesional de un país de apenas cuatro millones de habitantes. Entre los cuales evidentemente este profesor quien por cierto en un momento dado debió dejar la cátedra por alguna razón de fuerza mayor asumiendo la suplencia para nuestra fortuna, Charles Ventrillon quien desde el primer momento imprimió otra dinámica al curso.

Y lo primero que nos hizo entender fue que modelar era una forma de construcción. En lugar de quitarle material en puntos precisos a una gran pelota de barro, que era lo primero que uno se le ocurría –o al menos a mí–nos propuso construir el volumen agregando pequeñas bolitas. Debíamos primero, eso era fundamental, dibujar el objeto a copiar para entenderlo, en lo posible desde varios puntos de vista. El dibujo sería la guía del proceso de formación de los volúmenes y debía ser explicativo, con notas aclaratorias señalando lo no aparente. Siguiéndolo y siempre observando al objeto, iríamos sumando materia, no erosionando una masa como lo veníamos haciendo. Y ese simple cambio de técnica, una manera de proceder que seguía la lógica propia de toda construcción –el dibujo como proyecto, la construcción como un proceso de crecimiento (un camino contrario al que se sigue cuando se esculpe, acción de sustracción y no de sumatoria) nos presentaba con una luz completamente diferente la tarea de modelar, el cambio de técnica nos permitió usar de modo mucho más efectivo nuestras capacidades lo cual constituyó una enseñanza que identifico mejor ahora: la de que el método que se sigue para responder a una tarea, es la clave que permitirá o no desarrollar los recursos personales del aprendiz. Y así fue en mi caso, de sufrir con mi torpeza para darle forma a una hoja de acanto, la primera tarea que nos había dado el profesor saliente. pasé a ser el orgulloso autor de una réplica de pequeño tamaño de una de las cabezas de caballo del Partenón, el modelo que nos puso mesié.

Ese caballo y su dibujo fueron mi segundo trofeo. El dibujo, junto con los que acumulé a lo largo de dos años con Ventrillon, era parte de un rollo abandonado en un rincón del closet de la habitación que ocupé en la casa familiar junto a mi hermano Edgardo hasta que salí de Venezuela hacia Chile con el propósito de casarme, ya terminados mis estudios. Y un día cualquiera los impulsos de limpieza de mi madre, (ya yo en Chile, y con un hijo en camino) la llevaron a tirarlo a la basura para librarse del polvo de carboncillo y dejar espacio a otras cosas más útiles. Un destino menos noble que el que tuvo la escultura, la cual fue pasando de estantería en estantería hasta ser colocada en lugar distinguido en la casa que me construí en 1966-67. Me causó placer verla allí –estaba sobre la muy corbusiana baranda de concreto antes de entrar al estudio en el cual aún paso mis días– durante un par de semanas hasta que cayó la primera lluvia, una fuerte tormenta que la derritió y redujo de nuevo a una bola de barro que cayó rompiendo un vidrio. Así que el sentido práctico de toda limpieza doméstica por una parte, y por la otra la ignorancia que me hizo suponer que el barro seco resistiría bien la lluvia, se combinaron para convertir en puro recuerdo mis logros de dibujante (sólo tengo el discóbolo en escorzo) y una de las dos esculturas que he hecho en mi vida.

El caballo del Partenón. Aquí el original que está en el Museo Británico (Internet).jpg

 

DIGRESIONES (38)

Oscar Tenreiro

Ha pasado algo más de mes y medio desde la última Digresión. Reaparezco comunicándole a quienes leen estas líneas algunas cuestiones que explican mi ausencia temporal y el enfoque que en lo sucesivo le daré a las entradas de este Blog.

Pero antes siento la obligación de comentar algo acerca del drama venezolano, el cual se profundiza cada vez más mientras sus causantes, la criminal camarilla cívico-militar que se apoderó de Venezuela en nombre de una revolución que se convirtió en caricatura del absurdo, simula tratar de solucionarlo echando más leña ignorante al fuego del sufrimiento de todos nosotros. Las cosas han llegado a unos extremos que son difíciles de creer, hasta llegar a convertir lo ocurrido aquí en el argumento más terminante en contra del radicalismo de izquierdas y los lugares comunes que lo acompañan. Es más, cualquier cultor de ese tipo de radicalismo que sin embargo crea en la democracia, si quiere seguir otorgándole racionalidad a su posición, debería ser el primer enemigo de quienes manejan el poder público en Venezuela: nuestro país se ha convertido en símbolo de todo lo que no hay que hacer en el ejercicio de la autoridad. Razón suficiente, me podría decir cualquiera, para estar permanentemente en pie de lucha, en lo cual estamos. Pero ese mismo estar despiertos para contribuir a un movimiento masivo que diga ya basta, movimiento que se producirá tarde o temprano, nos somete a tal tensión que podemos dejarnos llevar –lo he dicho otras veces– hacia un ánimo depresivo, riesgo que obliga entonces a centrar la atención más allá del problema diario del sobrevivir hacia lo más positivo que esté al alcance. Es lo que he hecho, decisión que me lleva a una especie de línea de reserva, dispuesto a lo que el movimiento me exija pero manteniéndome un poco alejado de lo más público –que en definitiva se ha expresado casi exclusivamente en este Blog– para concentrarme en ciertas tareas personales que tienen la virtud de profundizar mi permanente intención de comunicarme.

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Han pasado un par de cosas estimulantes.

La primera de ellas es que hay la posibilidad de que la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valencia (España) publique un libro sobre mi trabajo. Lo planteó, luego de una charla que dicté en su cátedra, el colega José María Lozano, quien fue Decano de esa Escuela, anuncio que constituyó para mí una magnífica y bienvenida sorpresa.

La segunda es que conjuntamente con la aparición del libro a fines de primer trimestre del próximo año, se haría una exposición del trabajo gráfico vinculado a los distintos proyectos y obras, actividad que fue siempre muy importante para mí y mis colaboradores y cuya dimensión pictórica los hace de interés para el público en general, aparte de que son imágenes que en cierta manera funcionan como manifiestos a favor de la arquitectura que he construido o quise construir.

A las dos cosas les estoy dedicando todo mi tiempo, y estamos concibiendo la exposición como un medio para financiar la producción del libro mediante la venta de parte de lo que se expondría. Esto se hace necesario porque el proceso de digitalización de los trabajos, indispensable hoy como medio de representación, es bastante complejo y requiere mucha dedicación en horas-hombre, costos que se suman a los de reproducción fotográfica y digital, todo lo cual en el contexto venezolano sobredimensiona las limitaciones del financiamiento y hace necesario recaudar fondos. Próximamente se resolverá cuando y donde se presentará la muestra.

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El libro será hasta cierto punto autobiográfico, tal como si se tratase de una Memoria, pero el punto de partida del relato estará en el transcurrir de mi formación y desarrollo como arquitecto, para lo cual hablaré de lo experimentado desde que entré a la Universidad y de todas aquellas cosas que contribuyeron –el contexto, las vivencias, los encuentros personales, lecturas, intereses, éxitos y fracasos– con mi deseo de hacerme parte de ese complejo ámbito dominado por la intención de construir una arquitectura capaz de dejar una mínima huella cultural. Expondré cuestiones de diversas procedencias (tal como he manejado los textos de este Blog) buscando un diálogo que interese más allá del territorio de los arquitectos. Y trataré de que sea un reflejo lo más cercano posible a lo que ha sido mi circunstancia en un país cuyas notorias contradicciones socio-culturales y económicas convierten el ejercicio de la arquitectura, especialmente cuando se trata del espacio institucional, en una carrera de obstáculos sin final feliz.

Para lograr esta conexión entre lo que es testimonial-literario con lo más especializado y no dejar de incluir los ejercicios de crítica que he cultivado desde hace más de veinte años, he pensado organizar el libro en cuatro partes. La primera sería la que ya he llamado Memoria, con todas las características que he mencionado. Incluiré en ella, apoyándome en algunas imágenes, comentarios en general rápidos –algunos con más detalle– sobre lo que he hecho desde que entré a la Escuela en 1955 hasta hoy; la segunda, mostrará al menos diez obras y diez proyectos en planos, dibujos y fotografías y toda la información usual; la tercera se la dedicaré a una selección de los textos de crítica cuya forma de presentación está por decidirse; y una última que contendrá un texto crítico del promotor del libro, el colega de Valencia José María Lozano.

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Y junto con la información general que acabo de dar, le participo a los lectores de este Blog algo que tiene un tinte novedoso a pesar de que se fundamenta en modalidades no tan lejanas de la tradición literaria, particularmente la del siglo diecinueve: me propongo publicar el texto de la Memoria (es decir, la Primera Parte del libro) semanalmente en este Blog a razón de tres o cuatro páginas por semana. Comenzaré desde la próxima semana; no siempre podré incluir las mismas imágenes que irán en la edición definitiva, pero trataré de hacerlo. El título que llevarán estos fragmentos será el mismo del libro, título que por cierto tiene una historia  entrañable:

“TODO LLEGA AL MAR”

Una frase que habla del impulso para dar una respuesta que se unirá en un solo cuerpo a las de otros para ampliar y enriquecer nuestros esfuerzos. Sin tener demasiada conciencia de su presencia puedo decir que ha estado como escenario de fondo en la tarea de comunicar, ya de larga data, que usando éste y otros medios me he impuesto, llevándome además a buscar en la amplitud de la cultura y de la vida en general, más allá de los límites de nuestra disciplina, razones para reflexionar y tal vez, sólo tal vez, mejorar lo que podemos hacer o al menos entender cual podría ser su valor como modesta suma a ese cuerpo que acoge todos los ríos. Mucho tiempo atrás me llevó la mirada hacia esa frase alguien a quien he admirado. Viene muy a propósito, no sólo respecto al proyecto con el que ahora me comprometo, sino que me sirve para explicar el deseo que tengo de decir algunas cosas a raíz de mis lecturas recientes, deseo que tendré que posponer mientras dedico todas mis energías al texto de la Primera Parte del libro, posposición que sin embargo me obliga a decir algunas cosas sobre las lecturas y la importancia que les concedo.

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Luego de leer la biografía de Humboldt de Andrea Wulf que comenté en la Digresión 30 y en alguna de las posteriores, fui directamente a su libro sobre Colón,titulado                                            Colón y el descubrimiento de América publicado en Venezuela en 1992 por la Editorial Monte Avila, otra buena institución masacrada por la Revolución, libro que, a pesar de ser de lectura difícil me produjo especial satisfacción.  Está inundado de notas que abren ventanas muy atractivas hacia la historia y apoyan un texto elegante, de particular claridad, que deja percibir ese enamoramiento apasionado de Humboldt con nuestro pedazo de mundo, destacando el extraordinario valor de las navegaciones de exploración que antecedieron el Descubrimiento y permitieron la decisiva del Almirante, cuya personalidad escruta con particular respeto. Y siempre, especie de Dios tutelar, imagen que acompaña tantas peripecias, pareciera que junto con Humboldt nos habla el Océano Atlántico, inmenso campo de lucha entre el hombre y el mundo natural que antecede al fabuloso y exuberante mar Caribe, progenitor nuestro. Son tantas cosas que inspiran ideas y puntos de vista que ayudado por esa noción de que todo se funde en una misma materia –idea por lo demás cristiana, hay que decirlo– las traeré a este espacio al igual que traeré cosas sugeridas por otra lectura que me impactó por igual: el último tomo –titulado El Manto del Profeta– de la biografía de Joseph Frank (1918-2013) sobre Fedor Dostoievski a la cual me he referido en algunas de las entradas recientes.

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El último tomo de tan completa biografía me trajo ideas y pensamientos complementarios a los que me sugirió Humboldt: desde una sintonía con los estímulos de la naturaleza, descritos desde el pasado arrojando luz sobre lo que somos hoy, entré en la grandeza del alma personal, la de un hombre excepcional que nos legó con su escritura páginas que son patrimonio de la cultura humana y atisbos de la complejidad del mundo psíquico. Fue como el tránsito de lo exterior a la más profunda intimidad, en la cual el compromiso cristiano sentido de modo único y la fe en las virtudes de su gente, pueblo con el cual convivió y creyó comprender en los años de la cruel prisión a la que fue sometido en años de juventud, ocupó su alma y lo convirtió en una suerte de misionero entre sus contemporáneos. Ayudándolo también a conocer los riesgos, las estridentes carencias del radicalismo político que habría de culminar tres décadas y tanto después de su muerte en el drama que fue la Revolución Rusa. Los cuales denunció, profundizó en ellos, buscó las raíces de sus múltiples errores y los comunicó a sus contemporáneos –y a nosotros– a través de los personajes de sus novelas, revelándonos las desastrosas consecuencias de las construcciones ideológicas fundadas en el materialismo arrogante que reduce los alcances de la psique humana. Consecuencias de las que somos testigos hoy quienes vivimos en esta tierra venezolana, circunstancia que me lleva a comprometerme, motivado, lo reitero, por la idea de que todo concurre hacia un mismo fin, a avanzar más allá de la arquitectura hacia terrenos de otro arte, el literario.

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Y finalmente tengo que dedicarle un comentario a otra lectura, la de parte de los papeles de Francisco de Miranda (1750-1816) reunidos con el nombre de Colombeia.

Tenía los seis volúmenes editados por la Presidencia de la República en 1983, regalo ya remoto de la gran amiga Gema Santéliz, pero no había pasado de hojearlos distraídamente hasta que ahora los leí con toda atención a lo largo de varias semanas. Me quedé maravillado desde el primer momento, entre otras cosas porque me puse en contacto con la persona de un modo que nunca imaginé. Dejó Miranda de ser para mí una figura un tanto acartonada, sujeto a una especie de permanente abuso de fabuladores u oportunistas que reducen su múltiple dimensión, humana, intelectual y política al estereotipo del criollo afrancesado o al latin lover–de esto último se ha abusado con desvergüenza– alejándonos de la verdad de este hombre múltiple, de amplísima cultura, verdadero precursor como se le ha llamado de la emancipación de un continente, de especial calidad humana y extrema inteligencia para el trato con las figuras políticas más importantes de su tiempo, y además –fue ésta una sorpresa para mí– conocedor del arte y particularmente de la arquitectura en una medida muy especial. Acaricio el proyecto de recorrer con él (siguiendo sus descripciones y sus vivencias) en un libro con imágenes de la mejor calidad posible algunos de los más importantes monumentos arquitectónicos del mundo europeo de fines del siglo dieciocho. Es una deuda que saldaré, me comprometo aquí formalmente con ello además de lo que he dicho sobre Humboldt y Dostoievski , y mientras tanto seré fiel a mi compromiso de insertar semanalmente, por entregas, el texto de la Primera Parte de mi libro. Lo de ahora y lo de más tarde, arropado bajo la consigna de que todo llega al mar.