VER LA VIDA (23)

Oscar Tenreiro

El texto que sigue fue leído en la Iglesia del Cementerio del Este en Caracas, el 13 de Diciembre de 2007, durante la Misa de Cuerpo Presente que allí se celebró en memoria de Jesús Antonio Tenreiro Degwitz. En la entrada de la semana pasada (llamada 2) prometí hacerlo conocer aquí. Lo ubiqué en mis archivos y así lo hago.

EN LA AUSENCIA DE JESÚS EL JOVEN

Cuando todavía éramos niños y vivíamos en Maracay, todos los hermanos Tenreiro vimos en el cine Roxy, que quedaba a media cuadra de nuestra casa, una película que nos impresionó. Era de aventuras, y trataba sobre el amor de hermanos. Transcurría en el desierto y creo que terminaba con la quema de una figurita vestida de uniforme que representaba a uno de los hermanos, fallecido en la lucha. Todavía recuerdo que salí del cine inflamado por una solidaridad fraternal infantil y poderosa. No tengo claro si hablábamos de la misma manera sobre la experiencia, pero de lo que sí estoy seguro, tan vivo es el recuerdo, es de que esa solidaridad nos invadió a todos durante cierto tiempo. Para mí fue la temprana e inesperada conciencia de lo que podría ser el amor entre hermanos de sangre.

Los cinco hermanos, hijos de Jesús el viejo y Cecilia, no hemos sido un dechado de concordia fraternal. Ha habido entre nosotros episodios difíciles que han dejado su huella. Pero siempre he tenido la impresión de que la religiosidad piadosa y expansiva de Cecilia y la rebelde e íntima de Jesús el viejo, quienes nunca renunciaron a encontrarse, nos señalaron la importancia del hilo misterioso y poderoso que es la relación entre hermanos de sangre.

Ya Carlota se fue hace más de veinte años arrastrada por una tragedia incomprensible. Ahora abandona el juego Jesús, como gustaba hacer en nuestras diversiones infantiles.

Pero entendemos mejor esta partida.

Cuando hace nueve años superó la crisis que casi lo llevó a la muerte, se inició una etapa que para mí fue la mejor de su vida. Porque se abrió al mundo y a las cosas con generosidad. Saltó por encima de los desencuentros y ejerció desde su sillón habitual una especie de sacerdocio de la aceptación y de la búsqueda de sentido en las cosas de antes y las de ahora. No pocas veces me ayudó a superar una tendencia depresiva vinculadaal desasosiego por la marcha de las cosas en esta tierra nuestra. Jesús creía que vendrían mejores tiempos y vimos una muestra de ello el mismo día en el que comenzó su último calvario. Su cuerpo sufría, sin embargo, constantes disminuciones.

Ese mensaje de dignidad y de superación de la adversidad física es para mí su mejor legado. No quiero decir que se convirtió en otro, pero el Jesús joven de tiempos recientes fue más bien como un regazo paternal. Creo haber vuelto a encontrar a través de él, a lo largo de estos últimos años, la solidaridad fraternal, infantil y bienvenida de aquellos días de Maracay. También mantuvo una Fe sólida en la trascendencia vinculada al misterio cristiano, que marcaba con fuerza algunas conversaciones que incluían con frecuencia alusiones a un día como éste. Por eso, sabemos que recibirá tranquilo una oración personal.

Caracas 13 de diciembre de 2007

 

El texto lo leyó Juan Antonio Tenreiro Rodríguez, el más joven de mis siete hijos, quien tenía diecisiete años. Lo hizo con una sencillez y transparencia que todavía hoy al recordarla me conmueve, contribuyendo a darle a ese momento un sentido especial.

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Agrego hoy un par de cosas.

La primera es que el 10 de diciembre de 2018, casi exactamente once años después de Jesús, falleció mi hermano Pedro Pablo,  segundo en edad. En su memoria podría decir muchas de las cosas que escribí sobre Jesús, particularizando en lo que para mí fueron sus últimos tiempos en la vida: lo haré más adelante, cuando estos intentos de hurgar y reconstruir un pasado familiar vayan acercándose al presente

Recalco algo importante: en mis tiempos de niño hubiera dado todo por cualquiera de mis hermanos y pienso que ellos lo habrían dado todo por mí. Agrego además, que de toda familia no afectada por patologías psicológicas o fragmentaciones traumáticas, se puede decir lo mismo: los hermanos-niños se profesan un amor sin reservas del cual no son conscientes. Amor en fin, que todo diga y cante, pero no un amor a la mujer como en el verso de Rubén Darío[1] sino amor desinteresado hacia quien compartiendo contigo el origen de sangre te acompaña a descubrir la vida con el mismo entusiasmo tuyo, la misma pasión tuya, entendiendo los sueños tuyos, sueños infantiles que quieren remontar todos los ríos.

Sin embargo, ese amor se resquebraja, se oscurece o, siguiendo a César Vallejo se hace espuma, [2]con el paso del tiempo. La llegada de la adolescencia y después la adultez con su más amplia comprensión del mundo, con frecuencia también afectada por muchas distorsiones, altera las relaciones al interior de la familia, al decir lo cual no estoy sino reafirmando lo que es experiencia general y ha sido señalado desde siempre. Pero a ese cuadro habría que agregar algo que se menciona más recientemente y fue nuevo para mí cuando hace más de treinta años, lo dijo refiriéndose a los desencuentros y enfrentamientos entre quienes se suponen llamados a la concordia, el cura católico amigo nuestro desde Maracay, Anselmo Cerró: la emergencia de la sospecha en la conciencia. La sospecha entendida tal como la define de modo muy simple el diccionario, como creencia o suposición que se forma una persona sobre algo o alguien a partir de conjeturas fundadas en ciertos indicios o señales. La sospecha se revela como distancia y a la vez recelo respecto a la conducta de quienes hasta ese momento hemos amado sin reserva alguna; dudas sobre sus razones, motivos, impulsos, puntos de vista, que vemos como parcialmente ajenos a las razones, motivos, impulsos y puntos de vista nuestros. En otras palabras, empezamos a reconocernos diferentes, diferencia que erosiona la capacidad de amar, de identificarse con el otro.

Y la sospecha fue progresivamente apareciendo en los hermanos haciendo que ese sentimiento fuerte, desinteresado y en muchos sentidos elevado, de amor entre nosotros, comenzara a alejarse hasta que, con la adultez, con los matrimonios de cada quien (trayendo consigo las naturales conjeturas de las respectivas parejas), con la vida en fin, se presentaron las disensiones, los desacuerdos y las separaciones que son características en muchas familias. Y no fuimos –lo digo en el texto que escribí– el dechado de concordia y amor fraterno que parecía anunciarse. El conflicto estuvo muchas veces a flor de piel y las separaciones se mostraron sin excusas. Sin rompimientos definitivos, pero con distancias calculadas, de las que ensombrecen.

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Unas palabras sobre la película, cuyo argumento no describiré, con la confianza de que los medios disponibles ahora para poder llegar a ella, moverán a quien se interese en asomarse a los incontables caminos por los cuales el cine –rico en sugerencias como todo arte– lleva mensajes a la conciencia.

Éramos habituales sin duda del Cine Roxy, ya lo he dicho varias veces. Los sábados en matiné (3 de la tarde) pasaban las películas de aventuras para público infantil y juvenil –algo viejas– y también cortos de dibujos animados, o series de cinco o seis episodios repartidos entre igual número de sábados generalmente dedicados a westerns –de vaqueros– o esos personajesque los americanos han decidido bautizar con el inadecuado nombre de los super-héroes: Batman (a quien llamábamos El Murciélago) y Superman. Debe haber sido pues un sábado en matiné cuando pasaron la película que todos los hermanos veríamos por lo menos dos veces a causa del gran impacto que tuvo entre nosotros hasta arrancarnos muy sentidas lágrimas de emoción: el título era Beau Geste y había sido producida en 1939 (https://lamanodelextranjero.com/2014/04/30/beau-geste-un-entierro-vikingo-en-el-infierno/   https://www.zendalibros.com/beau-geste-vivio-como-quiso-murio-como-quiso/). Estaba basada en la novela de Percival Christopher Wren de 1924 y los actores principales eran Gary Cooper, Ray Milland, Susan Hayward y Broderick Crawford, siendo el Director William Wellman. Trataba de las incidencias relacionadas con tres hermanos ingleses que deciden alistarse en la Legión Extranjera Francesa.

No mentí al decir que luego que la vimos se exacerbó en nuestra conciencia la importancia de la relación de hermandad. Es ciertamente una película de aventuras, pero para nosotros fue una especie de homenaje al amor fraternal, homenaje sintetizado en el proverbio árabe que cierra (o abre, no lo recuerdo bien) la película y el cual reza así: El amor de un hombre hacia una mujer aumenta o disminuye como la luna…pero el amor de hermano hacia hermano es sólido como las estrellas y resiste como la palabra del Profeta.

El proverbio árabe, tal como aparece en la película

Ese proverbio – poco importa si era auténtico o lo inventó Wren– era la suma emocional de lo que la película nos dejó, lo que anidó en mí y en los otros cuatro niños como resultado de la saga de los hermanos Geste narrada en ella. Sencilla, sin pretensiones y también comercial como casi siempre el cine, sin embargo con el poder de convicción del buen cine capaz de reavivar en nosotros el orgullo de ser hermanos. Es eso sobre todo y no tanto los detalles de la trama lo que nos importó.

Sorprendente efecto por cierto en la sensibilidad infantil que se presta a un comentario breve dirigido a los sociólogos ideologizados que ven en toda huella del enfoque americano una amenaza cultural: en una familia modesta cualquiera, de un pueblo modesto cualquiera, de un país modesto cualquiera, de la modesta Hispanoamérica, un producto típico de Hollywood puede hacer florecer buenas cosas. ¿No suele ocurrir lo mismo con todo lo que la vida ofrece, venga de donde venga?

El libro

El poster

El fuerte Zinderdeuf, escenario básico de la película

Durante la filmación de una de las escenas claves

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Si Jesús hubiera podido asistir en persona a su funeral, pienso ahora que tal vez se habría sonrojado al ver que en tan solemne y crucial momento, en lugar de hablar de filósofos importantes, de alguno de los compositores admirados por él, o de su cultivo insistente de la psicología junguiana de los arquetipos (tal como lo hizo el sacerdote que habló después de la lectura de Juan) yo había escogido hacer referencia a una película intelectualmente simple y hasta esquemática. Tendría que haberle dicho para quitarle el sonrojo, que por eso mismo fue que la tomé como punto de partida: por su sencillez y ausencia de pretensiones, por ser instrumento al alcance de cualquiera, y por su relación inesperada y  especial, con lo que vivíamos inconscientemente los hermanos cuando no era la muerte el tema, sino la vida y el optimismo de estar abriéndose a ella con la permanente alegría y espontaneidad que está a la mano cuando se tienen pocos años.

Y podría haberle dicho también si le hubiera hablado como ahora hablo, que quise saltar por encima de todo lo acumulado en tantos años a causa de la lucha de cada quien por abrir su propio espacio, para ver su muerte –esperando la mía– ligero de equipaje [3]como uno pensaba que podría vivir cuando el afecto se imponía sobre todo lo demás. Sin que deje de reconocer que en mi escrito hay también el deseo de alejarse de los entramados del intelecto que se hacen ideología y en muchas familias –lo fueron en la nuestra– terminan impidiendo los encuentros basados en la simple expresión del afecto.

Que uno se ha querido, pudiera ser lo que más importa decir cuando se lamenta una ausencia, porque el amor puede olvidarse, pero no desaparece. Si se profesó en total sinceridad, aunque fuese por un instante, tiene sentido recordarlo.

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Y es tan hermoso el poema de Antonio Machado de cuya estrofa final menciono un verso,  tan a propósito en relación a Jesús Tenreiro –y a lo que ha motivado nuestra vida– que aquí está completo:

Retrato, de Antonio Machado

 

[1]La frase está en el primer verso de una de las estrofas del poema Divagación de Rubén Darío:  Amor en fin que todo diga y cante / Amor que encante y deje sorprendida / A la serpiente de ojos de diamante / Que está enroscada al árbol de la vida. Lo usa Mariano Picón Salas para el título de sus reflexiones sobre el amor incluidas en su libro Regreso de Tres Mundos (Obras Selectas, UCAB 2008, Pág, 1452)

[2]Es del primer verso del poema Intensidad y Altura de César Vallejo (1892-1938): Quiero escribir, pero me sale espuma,

[3]De la última estrofa del poema Retrato publicado en 1912, de Antonio Machado (1875-1939) : Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos del mar.

VER LA VIDA (22)

Creo que la amistad prospera, al igual que la hermandad, de un modo puro, intenso hasta dejar huellas en el alma, sobre todo en la infancia. Digo esto fuera de todo fundamento psicológico, porque a estas alturas no creo haber leído nada digno de mención, escrito por alguien confiable, sobre la amistad –confesión que hago con rubor– sino declaraciones que la enaltecen, muchos testimonios acerca de la importancia que le concede alguien cuando le preguntan sobre cosas su manera de ver la vida, aparte por supuesto de las siempre presentes manifestaciones de la sensiblería un poco barata que el alcohol despierta. También lo digo, pensará cualquiera que me conoce un poco, porque acepto que se me acuse de ser incapaz –psicológicamente– de tener amigos, ante lo cual respondería que le otorgo justeza a la acusación, pero que examinándome hacia adentro la encuentro incompleta, porque si de buen grado reconozco que desde hace por lo menos tres décadas se me ha  hecho fuerte el descreimiento en la amistad, pienso que la he practicado en mi vida con mucha convicción en tiempos más jóvenes. Y más bien me he sentido bastante frustrado cuando tratando de pasar por alto desavenencias, distancias creadas por bandazos de la vida, errores de juicio públicos y privados, posiciones, creencias, impulsos o prejuicios religiosos –o políticos– y demás asuntos que puede enumerar un viejo, me he acercado a amigos que mucho estimé y a quienes  creo haberles tratado de entregar afecto y presencia, para encontrarme con que ya la amistad desapareció. Como que se hubiera definitivamente pasado otra página y ya no fuese posible estar un rato, uno al lado del otro para decir: hemos vivido una vida completa y a pesar de todas las distancias y errores –tuyos y míos– sigo siendo tu amigo. O por ejemplo: soy tu hermano, más allá de todas mis sospechas. Una vez me lo dijo, por cierto el flaco Alvarez[1]…por teléfono, pero se interpuso  mi irreductible distancia ante quien no denuncie la tragedia venezolana. La verdad es que no he tenido esa experiencia…y la he buscado con viejos amigos; y creo que también, sin mucha insistencia lo reconozco, con mis hermanos.

Pero vayamos otra vez a la infancia: lo que es irrefutable es que el niño no sospecha de sus amigos. El niño se entrega a sus amigos, tal como también se entrega a sus hermanos[2].  Y la sospecha no importuna, apareciendo como una sombra que a veces se apodera de nosotros –lo confieso– sino cuando podemos llamarnos adultos. Es por eso, por la ausencia de sospecha, que llamo pura y auténtica a la amistad infantil.

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Los amigos de lo que me atrevo a llamar primera infancia se confunden en el recuerdo como si fueran todos la misma persona, o mejor dicho, uno los recuerda imagen tras imagen como si estuvieran colocados en un solo espacio emocional; pero ya cuando se va entrando en la que también me atrevo a llamar pre-adolescencia, se individualizan más y se puede recordar mucho tiempo después que uno fue amigo de alguien en el sentido de amistad personal, de afinidad, o de gusto de vivir compartido.  Puedo decir que tuve algunos amigos en esos años – nueve en adelante– con quienes compartí algunas cosas que no he olvidado.

Uno de ellos fue sin duda Franco Russo.

Franco fue cercano a la altura del Quinto y Sexto Grados.  Tenía un hermano menor llamado Andrés que era más de  mi edad. Cuando estudiábamos Tercer Grado a Franco lo promovieron un año sin presentar examen porque demostraba muchas destrezas y facilidad de comprensión, así que de Tercer Grado lo pasaron a Cuarto y ya no quedamos juntos, aunque seguimos frecuentándonos en el colegio y hasta después de cambiarme al Valles de Aragua. Ya en Sexto con la bicicleta, yo me acercaba a su casa que quedaba un poco lejos de la nuestra, en la cual había cosas interesantes porque a papá Russo le gustaba la caza, razón por la cual una vez que me invitaron a almorzar probé por primera única vez en mi vida la carne de lapa,ese roedor grande que hay en los bosques venezolanos y cuya carne es una exquisitez.[3]Debido a esa afición, en uno de los cuartos de su casa, había un rifle de aire, un rifle de balas calibre 22, y me parece que guardada, menos al alcance, una escopeta calibre 12 o algo así. Yo ya había tenido contacto con un rifle de aire, en casa de mi tío Oscar en Valencia quien tenía un terreno detrás de su casa, del otro lado del río Cabriales, una pequeña finca. Y desde ese momento se desarrolló en mí un interés especial en esa arma, que podía estar al alcance de uno, no era peligrosa y permitía cosas como matar pajaritos si los había, actividad que si la refiero así del modo como lo hago escandalizará a más de uno y lo hará pensar que yo era un asesino en ciernes; pero confieso que practicaba esa afición aunque poco frecuentemente.

Lo muy curioso de estas fotos de una lapa es que las tomé aquí en mi casa hace unas dos semanas.

La lapa nos visita habitualmente.

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En todo caso, el otro aspecto interesante para mí de la amistad con Franco era su habilidad manual, que era considerable. Franco construía barcos en miniatura con palitos de helado de madera pegados entre sí usando además hilo, pedacitos de tela y palitos de fósforo para ciertos detalles, velámenes o grúas. Sacaba los modelos de Mecánica Popular o de alguna otra revista y hacía esos barquitos, fascinantes para mí y para él su orgullo, si bien Franco era un tipo bastante abierto y nada echón como decimos en Venezuela. No se la echaba de habilidoso o conocedor, simplemente hacía lo que le gustaba. El caso es que decidí imitarlo y poner a prueba mis propias habilidades, por lo cual comencé a reunir palitos de helado, que se le podían pedir regalados a los que llevaban los carritos de helado por la ciudad, o simplemente los recolectaba del consumo de mis hermanos, porque comer helado de palito era bastante común en Maracay entonces. Y disfruté mucho de ese pasatiempo durante meses, y debo reconocer que no me quedaban tan buenos como los de Franco, era simplemente un imitador no tan aventajado.

En casa de Franco Russo había un patio lateral que en su parte delantera servía para guardar un carro y después lo ocupaba en el centro un arbolito que probablemente era de semeruca, fruta pequeña que en el oriente venezolano llaman ceresita[4]. A ese arbolito acudían de vez en cuando pajaritos con los cuales el hermano de Franco y yo tratábamos de ejercitar nuestra puntería ante el disgusto de su mamá que nos advertía de cuando en cuando, sospechando de lo que hacíamos, que nos dejáramos de hacer lo que precisamente estábamos haciendo y lo negábamos, es decir cazando pajaritos. Le decíamos que estábamos disparando al blanco. Sí lo sé, es un asunto condenable del cual lamento no arrepentirme, a la vez que afirmo que sería incapaz hoy de alentar cacerías de pajaritos. Uno cambia a lo largo de la vida…

Una mata de semeruca. Pueden ser más altas.

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Otro amigo que menciono, entre otras razones porque resultó una sorpresa grata ver como sus preferencias infantiles definieron su profesión de adulto, fue Carlos José Motamayor, quien era un poquito mayor que yo y si mal no recuerdo también pasó al Valles de Aragua para su Sexto Grado y siguientes. Y digo su nombre completo porque más adelante, ya adultos treintones, Carlos José fue un destacado locutor deportivo de la televisión venezolana, habiendo demostrado en esos tiempos de niño un gusto muy especial por la locución por radio de eventos deportivos que imaginaba. Era el constante narrador, en voz alta y cuidando bien su dicción, de muchos de los juegos que organizábamos. Y su pasión eran las carreras de caballo, que se oían por radio en toda Venezuela gracias a un juego de apuestas  (el 5 y 6) que favoreció a mucha gente. Imitaba el estilo de narración de los locutores más conocidos y sabía el nombre de los caballos más famosos, de los más ganadores. Durante mis visitas a su casa construíamos, en varias visitas porque el asunto tomaba tiempo, una pista en el piso de tierra del corral poniendo barandas de alambre y señales de distancia –supuestamente de cien en cien metros– con palitos a los cuales pegábamos papeles, y finalmente poníamos a correr a unos caballitos de plástico, que movilizábamos utilizando dados. Mientras la carrera se desarrollaba Carlos José trasmitía de un modo tan realista que no era difícil imaginarse que manejábamos un verdadero hipódromo.

Luego de nuestra mudanza a Caracas no lo vi más y fue una sorpresa grande verlo un buen día figurar como narrador deportivo, actividad que desarrolló hasta hacerse bastante conocido particularmente como narrador de fútbol. Falleció Carlos José en Mayo del 2019.

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Ken (Kenneth) MacCartney debe haber sido compañero mío en el Quinto Grado del San Pedro Alejandrino porque no tengo imagen de él estudiando en el Valles de Aragua, donde ya dije que nos cambiaron a los tres hermanos menores y allí permanecimos hasta que Carlota y yo terminamos el Segundo Año y Edgardo el Sexto Grado. Era hijo de escoceses como su sonoro nombre lo indica y su padre trabajaba en la Industria Textil Sudamtex, muy moderna, ubicada en las afueras de la ciudad. Nos hicimos bastante amigos. Tenía un hermano mayor cuyo nombre se me escapa, amigo de Jesús, quien en un momento dado desapareció por haber sido enviado a estudiar a los Estados Unidos.

Ken aprendió el español muy rápidamente, andaba en bicicleta y dábamos vueltas por Calicanto, donde vivía con su familia en una casa en la cual pude apreciar por primera vez los modos de vida americanos porque mi impresión era que ellos se habían hecho ciudadanos de los Estados Unidos. Era una casa aislada como todas las casas de Calicanto, forma urbana que quiérase o no era una señal de modernidad que dejaba atrás como si se tratase de un pasado a ser superado, el tipo de casa republicana del damero como la nuestra. Y en esa casa había detalles definitivamente americanos. Uno de ellos que me parecía curioso era que en la puerta con tela metálica mosquitera que daba a la parte de atrás, había abajo una puertita pivotante para el perrito de la casa, uno de esos perros como los del whiski Black and White, de color negro,[5]que entraba y salía cómodamente por la curiosa puertita. El otro era su bicicleta que también era del tipo americano y frenaba dándole a los pedales al revés, pesadísimas y con carrocería decorativa–parafangos anchote, cubre-cadena adornado– bicicletas que también tenían los hijos de las familias gringas que vivían en Caracas en la urbanización Las Mercedes.

Ken y su familia eran por supuesto de religión anglicana y yo cada tanto le decía a Ken que por qué no se convertía al catolicismo, indiscreción que le producía una sonrisa y es una muestra temprana de mi tendencia a ser indiscreto. O impertinente según un amigo fallecido.

Una vez me invitaron a la playa, creo que fue a Turiamo, e hicieron parrilla de salchichas, algo que para mí era el colmo de la modernidad porque creo que a esas alturas de mi vida yo había asistido una vez a una ternera  (para los no venezolanos: festejo rural para comer carne asada en varas) en el terreno-finca que tenía mi tío Oscar en Valencia, pero nunca había visto esas parrilleras desarmables o plegables tipo americano. Ese día a la hora de almorzar se me cayó la salchicha a la arena por una torpeza mía y papá Mac Cartney llegó hasta decirme estúpido, de buen modo pero estúpido al fin, lo cual me hizo estar callado media hora con cara de pocos amigos hasta que Ken me pidió excusas en nombre de su padre. Después que nos mudamos a Caracas nunca más supe de él.

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Jesús Meneses Perez fue también un gran amigo, tal vez con el que alterné más asiduamente. Era un año mayor que su tocayo mi hermano, y había padecido poliomielitis de niño quedando con el rostro parcialmente afectado además de que debía caminar con una prótesis que le sujetaba la pierna izquierda. Con los estándares actuales hubiera sido considerado impedido, pero entonces simplemente hacía vida como la de todo el mundo y congeniamos mucho por afinidades de carácter y porque le gustaba inventar juegos en la espaciosa casa, con un terreno grande lleno de árboles, donde vivía, detrás del circo de toros. Creo que eran varios hermanos pero recuerdo sólo a una hermana, Mercedes, que vi muy poco, al igual que a sus padres, siempre lejanos porque la casa era grande y ellos poco se ocupaban de las andanzas de su hijo. Sé que su padre se llamaba Olegario. Volví a ver a Jesús muchos años después, a mediados de los setenta, y estaba dedicado a vender seguros.

Lo más particular de él es que era también melómano, apasionado de la música. Tenía en su casa, para su uso exclusivo, un tocadiscos Philco como el nuestro, aparatos de 78, 33 1/3 y 45 rpm al cual podían ponérsele varios discos que iban cayendo en secuencia. Y como ya Jesús mi hermano, en ese momento (mis diez años, Jesús trece-catorce) era un experimentado amante de la música, conversaban entre ellos hasta que Jesús se dio cuenta que en materia de óperas mi amigo tenía una especie de obsesión por Don Giovanni de Mozart y de allí no salía. A cada sugerencia de escuchar otra ópera mi amigo regresaba a Don Giovanni en cualquier descuido, con el consiguiente disgusto de Jesús. Por mi parte, como mi relación de amistad se daba en otras áreas, nunca me ocupé de situar sus gustos musicales, que si bien como es de suponer iban más allá de Don Giovanni, yo era incapaz de ofrecerle conversación al respecto así que me limitaba, en las visitas a su casa, a oír junto con él alguna pieza sin que hoy pueda hacer alguna precisión.

Parecido a este era el tocadiscos Philco que había en nuestra casa y en la de Jesús Meneses. La calidad del sonido no era mala para esos tiempos. Tenían buen volumen. Jesús lo disfrutó enormemente.

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No he sabido nada nuevo desde hace tantos años sobre Franco, Ken o Jesús. De Carlos José sí porque era una figura pública. Desconozco pues si viven, y ochentoso como soy, dado que eran mayores que yo, pienso que podrían haberse ausentado. En todo caso me gusta hacerlos vivir un rato en estas líneas. Y los recuerdo con especial cariño.

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[1]Domingo Alvarez Jiménez falleció el 28 de Diciembre de 2018. https://www.eluniversal.com/entretenimiento/29370/fallecio-domingo-alvarez-disenador-del-museo-de-los-ninos

[2]Cuando murió mi hermano Jesús, escribí algo sobre el amor de hermanos que cuando lo encuentre lo pondré aquí.

[3]Mientras escribo estas líneas ha aparecido en el terreno de nuestra casa un ejemplar de lapa que llega hasta nosotros desde las zonas verdes aledañas. Hace poco –escribo a fines de Mayo de 2010– vi una que atravesó frente a nuestra terraza tranquilamente. Decidimos ponerle diariamente en un cuenco de arcilla restos de lechosa y mango que le gustan. También aparecen regularmente picures y rabipelados. Tal vez se dejaron ver inicialmente porque buscaban agua debido a la gran sequía que sufrimos hasta hace poco este año 2020.

[4]La ceresita mereció una pieza musical de Luis Mariano Rivera (1906-2002) que se cantó mucho en el país en los años setenta del siglo veinte y la dejó grabada Gualberto Ibarreto (1947).https://www.youtube.com/watch?v=a89eTlQgrp8

[5]Según Internet, se trataba de un Terrier escocés.

VER LA VIDA (21)

Oscar Tenreiro

Quien conozca Maracay sabe que es una ciudad muy plana. Sólo sube un poco el terreno en El Limón, hacia la cordillera, después de la Universidad, y también en el sector de Las Delicias, hacia el Jardín Zoológico. Eso la hace muy propicia para el uso de la bicicleta, que se utilizaba intensivamente como medio de transporte, hasta el punto que las pocas fábricas que había entonces –recuerdo la de Sudamtex, industria textil– tenían estacionamiento para las bicicletas de los obreros tan llenos que llamaban la atención. Casi todos los niños cuando tenían más edad se trasladaban a todas partes en bicicleta y a nosotros nos iba a corresponder hacerlo, así que desde los siete-ocho años fui progresivamente dejando el velocípedo y pasé a la bicicleta poco antes de los diez años al igual que mi hermano Edgardo. Un par de años antes lo habían hecho Jesús y Pedro Pablo.

Esta vista satelital de Maracay es interesante. Abajo a la izq. en negro está el Lago de Valencia, que pese a ser uno de los recursos paisajísticos más importantes de Venezuela está drásticamente ignorado por la ciudad. La vía hacia Las Delicias y de allí hacia Choroní y el mar atravesando la montaña, se ve claramente en negro, casi en el centro de la imagen. A la izquierda arriba, la vía hacia El Limón y luego Ocumare, Cata, Turiamo y demás playas.

Mi bicicleta era una Raleigh –marca inglesa– grande, de las de adultos, de segunda mano porque había pertenecido al técnico de radio de la Casa Philco. La de Edgardo era nueva, tamaño mediano porque Edgardo era el de menor estatura entre nosotros, marca Elswick, también inglesa porque las bicicletas entonces tenían que ser inglesas por lo resistentes, aunque bastante pesadas. Por primera vez dependía de mi un objeto que debía ser mantenido y cuidado por ser un instrumento que debía funcionar bien, una seña junto a muchas otras, de que ya no era un niño e iba empezando la adolescencia, una nueva etapa. Así que me apliqué mucho a cuidar mi Raleigh empezando por sacarle brillo a su color negro para que su aspecto se acercara al de las bicicletas nuevas de Jesús (Raleigh), Pedro Pablo (Humber) y Edgardo (a Carlota no le compraron bicicleta, las niñas tenían, o debían tener, otras distracciones) pero no lograba el brillo deseado a pesar de usar cera para automóviles, cuero de ante y todos los adminículos que se usan para lavar un carro. Quedaba opaca.

Mi bicicleta era casi exacta a esta que es de un modelo anterior, pero se ve que no variaban mucho. (Internet)

Desde ese momento pude visitar a mis amigos con mayor asiduidad y decidir con libertad lo que podía hacer, incluyendo la organización de las caimaneras no tan cerca de la casa, como cuando las hacíamos junto con los Martínez Gómez –Ramón y Juan Ramón eran nuestros amigos– en el terreno de su casa de la Delicias, que quedaba al lado de la de los Gabaldón, hijos de Arnoldo, el zar de la campaña anti-malaria de los años cuarenta y cincuenta venezolanos. Y ya siendo posible andar por Maracay con toda libertad salvo de noche, conocí mejor la ciudad y sus alrededores inmediatos y se amplió radicalmente el espacio en el que me movía. Y vuelvo a hacer notar que sobre nosotros no se ejercía una autoridad protectora sino más bien vigilante a cierta distancia, por lo cual procedíamos en nuestros movimientos con mucha libertad, pudiendo decidir, una vez hechos los deberes escolares, a donde ir y con quien reunirnos sin otro requisito que participarlo y estar de regreso a la hora de comer.

Edgardo y yo salíamos de paseo juntos con mucha frecuencia, yendo sobre todo más allá de la incipiente urbanización Calicanto, después del circo de toros, en la misma dirección de Las Delicias, hacia el norte, la montaña, donde había mucho terreno libre sin construir y una red de caminos de tierra que se prestaba para dar paseos en múltiples direcciones. Antes de salir nos sentábamos un rato con una hoja de papel donde garabateábamos una ruta que después seguíamos cuidadosamente como si se tratase de una exploración, paseos que me sirvieron de base mucho tiempo después, para inventar historias ante mis hijos y posteriormente ante mis nietos, a la hora de dormir, diciéndoles que les contaría los cuentos del niñito de Maracay, que eran básicamente variaciones fantasiosas de lo que nos había pasado en nuestras exploraciones.  Como por ejemplo la vez que uno de nosotros (creo que fue Pedro Pablo) se cayó con bicicleta y todo en una acequia que había que cruzar pasando por una tabla, experiencia que superó sin lesionarse –la bicicleta sufrió un poco– pero que me servía para inventar otros desenlaces. O cuando sentíamos un lloriqueo que salía de un pajonal y creíamos que era de un recién nacido (sabíamos por el periódico de bebés abandonados) y resultó ser un cachorro.

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Con la bicicleta me iba a observar los aviones de entrenamiento en el aeropuerto militar que en ese tiempo todavía funcionaba hacia el comienzo de Las Delicias. Los pilotos aprendices aterrizaban sus aviones, los dejaban correr un poco por la pista, volvían a despegar, daban una amplia vuelta y de nuevo aterrizaban repitiendo el ciclo. Y como la cabecera de la pista quedaba a muy poca distancia del límite del terreno del aeropuerto atravesado por la vía hacia Las Delicias, era posible ver el aterrizaje desde bastante cerca. Eran unos aviones bastante grandes muy ruidosos, del tipo usado en los Estados Unidos para el mismo fin de entrenamiento, distinguidos con las siglas AT-6, y me fascinaba verlos en esa rutina que tenía momentos particulares producidos por las torpezas de los entrenados que con frecuencia aterrizaban demasiado violentamente, el avión dando saltos, bajaban demasiado o se quedaban muy altos al aproximarse y cosas así. El caso es que yo me iba con la bicicleta a pararme junto a la cerca del aeropuerto a pocos metros de la cabecera de la pista para ver las evoluciones y me pasaba horas observando sin bajarme de la bicicleta, apoyándola en la cerca. Fui modificando mi posición acercándome al eje central de la pista para tener la sensación de que los aviones me pasaran justo por encima. La distracción se me convirtió en habitual y la repetí durante algunas semanas hasta que ocurrió lo inevitable: me obligaron a moverme y me prohibieron estar allí, lo cual por supuesto obedecí.

De internet obtuve esta foto de dos AT-6 americanos.

Esta foto aérea de Internet con el circo de toros en primer plano muestra arriba la vía un poco en diagonal que lleva a Las Delicias y limita el aeropuerto militar de entonces. A la izquierda se ve la pista de aterrizaje en cuya cabecera me detenía a observar los aviones.

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Una consecuencia de la bicicleta fue la de convertirnos a Edgardo y a mí en cobradores de la Sociedad de La Milagrosa, sobre lo cual escribí hace unos años. Los socios de esa organización, fundada por Cecilia a raíz de su viaje a Francia luego de la muerte de la abuela Elizabeth[1], pagaban dos bolívares por mes, pero había que ir a cobrar a los respectivos domicilios y le correspondía a mamá como Tesorera encargarse de los cobros, que hacía con nuestra ayuda, la cual dábamos de buena gana porque era un asunto que nos distraía. Y nos llamaba la atención que entre los socios se encontrara un torero llamado a ser famoso: César Girón, junto a sus hermanos Rafael y Curro que vivían en una zona muy modesta de la ciudad, en el llamado Pasaje Catalán, una casa de vecindad [2]tipo de vivienda consistente en habitaciones agrupadas alrededor de un patio con baños comunes, que Gómez había hecho construir para alojar a los obreros especializados que vinieron desde Barcelona, España, a trabajar en los Telares, una industria bastante grande para la época que quedaba hacia el Sur de la ciudad antes de la estación del Gran Ferrocarril de Venezuela, en actividad plena en esos tiempos.

Los Telares estaban en un enorme edificio construido expresamente, típica arquitectura industrial europea, del cual salía un ruido muy característico en el sector. Cuando en la bicicleta desde la ciudad se dirigía uno a la Estación, el ruido, que era como un tableteo producido por los propios telares, comenzaba a sentirse desde una cuadra antes de llegar, se hacía particularmente intenso junto al edificio y luego se atenuaba lentamente, experiencia acústica singular que al escribir esto aún recuerdo, acompañada de un olor característico. Olor tal vez producido más bien por la fábrica de mantequilla –también Gómez– que quedaba enfrente y tenía un nombre que me parecía muy curioso, Lactuario de Maracay, empresa que fabricaba la Mantequilla Maracay, todavía existente en el mercado a menos que la revolución haya también acabado con ella.

Los Telares de Maracay en foto de Internet, estaban en un edificio construido especialmente según estándares europeos. Desde el fondo de esta foto pasábamos en bicicleta en dirección a la estación del Gran Ferrocarril de Venezuela.

El patio interno de los telares muestra la escala del conjunto. Una industria instalada con lo mejor de su tiempo.

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A veces nos desplazábamos más lejos en dirección a Turmero –al este de Maracay– sin atrevernos a ir más allá de la redoma de La Barraca, de donde partía la carretera a Turmero, la cual debía su nombre al hotel con ese nombre que allí quedaba a un lado de la redoma, que por sus características nos llamaba mucho la atención. Porque se trataba de un hotel construido por Gómez según un modelo que podría ser el antecesor de los moteles de los Estados Unidos y del cual tengo un recuerdo que a pesar de ser vago me permite reconstruirlo. Hacia la calle daba una especie de terraza cubierta muy formal, bastante grande, de construcción muy digna, pesada, con gruesas barandas de mampostería que separaban de la calle, con un estilo de diseño que aparece en mi recuerdo como vinculado al Hotel Jardín lo cual me hace pensar que en todo el conjunto estaba la mano de Carlos Raúl Villanueva; era el único hotel de la ciudad antes de que se construyera el Hotel Jardín. En esa terraza funcionaba un bar con restaurante que era bastante concurrido y según recuerdo estaba regentado por un matrimonio español amigo de la familia. Lateralmente a esa terraza estaba la entrada de automóviles. El terreno que era muy profundo, por lo menos doscientos metros por unos cincuenta de ancho, y allí había algunas cabañas, o pabellones, que contenía cada uno un dormitorio muy amplio con sus baños y una amplia terraza cubierta de acceso. Y al fondo del lote una hilera de cuartos continuos. Frente a las primeras cabañas había una enorme piscina de cincuenta metros de largo y por lo menos diez de ancho, que como ocurría con todas las piscinas en las cuales me bañé en Maracay de niño siempre estaba medio vacía o con el agua llena de algas lo cual obligaba a adaptarse. Lo cierto es que nos acercábamos los Domingos a ver si la habían llenado con agua limpia, porque como puede esperarse por la fecha en la que había sido construida –los veintitantos– no tenía sistema de tratamiento, sino que se cambiaba toda el agua. Que era mucha, generalmente la encontrábamos sólo llena hasta la mitad lo cual no impedía que nos bañáramos; la parte llana quedaba sin agua como si fuese la playa. Y allí improvisábamos.

Esta es la única imagen que he conseguido de La Barraca. Asombra –estamos en un país así– que de un sitio tan emblemático en su tiempo, no quede memoria visual alguna.

Cuando comenzaba a subir el terreno a partir del zoológico de Las Delicias, el pedaleo empezaba a ponerse difícil porque ese tipo de bicicletas –sin cambios– eran muy malas para escalar. Y al llegar a la llamada subida de la Macarena nombre de una casa construida por Gómez que allí quedaba, zona muy arbolada y de clima fresco en comparación con la ciudad, el trabajo se hacía fuerte hasta el punto que la tal subida se convertía en un obstáculo a superar. Luego la vía seguía en pendiente menos fuerte en dirección a El Castaño –es la misma vía que va a Choroní–, un pozo que se forma en el río que por allí baja, bueno para bañarse y pasar un rato. Lo hicimos una vez en grupo liderado por Jesús, Pedro Pablo y un par de sus amigos que se encargaron de cocinar el único sancocho de gallina de producción semi-silvestre –quedó bastante bueno– que he comido en mi vida. Fue cuando recién me habían regalado la bicicleta y se convirtió en imagen que me quedó grabada, no sólo por el sancocho sino por las circunstancias que lo rodearon.

Cuando llegamos al pozo había una especie de sarao muy especial: dos hombres que después resultaron ser policías fuera de serviciocon sus respectivas parejas de ocasión celebraban en grande sin el menor recato en cuanto a efusiones íntimas al otro lado del pozo, de lo cual yo me daba poca cuenta pero enervaba bastante a Jesús y sus amigos hasta el punto de hacer comentarios que crearon un cierto grado de tensión. Que no tuvo consecuencias porque  poco después de consumido el sancocho, con el espectáculo de intimidades como escenario de fondo, cayó un aguacero que nos obligó a buscar abrigo, junto con los policías y sus amigas, en un caney cercano donde funcionaba un comercio. Allí me tocó por primera vez en mi vida ser testigo de una discusión sobre tarifas a pagar para ese tipo de servicios entre el policía, a quien por cierto había visto dirigiendo el tráfico en Maracay, y sus amigas, discusión que se llevaba a voz en cuello incluyendo algunos detalles y vino a ser mi iniciación en los bajos fondos maracayeros. Todo un espectáculo, típicamente subdesarrollado, muy propio para niños de mi edad.

 [1]Sobre este viaje haré algunos comentarios por la importancia que tuvo para ella y la que también tuvo para mí.

[2]En otros países de América Latina se le llama conventillo.