VER LA VIDA (34)

Oscar Tenreiro

Tuve buenos profesores en el Colegio Valles de Aragua. Entre ellos, el que recuerdo con más claridad, en Sexto Grado, era un español de unos 45 años, circunspecto, de facciones duras, rostro de arrugas profundas a lo Abraham Lincoln y barba negra muy cerrada, cortante acento peninsular, con el brazo izquierdo tieso por una herida de guerra (la civil española por supuesto), emigrado de quién podía suponerse inmediatamente filiación republicana. Dictaba no recuerdo qué materias y fumaba incansablemente con una fruición que hacía pensar en que fumar valía la pena…y así lo entendí rápidamente junto a cosas mucho más edificantes. Se llamaba José Abellana y Dios debe tenerlo en la gloria de los hombres rigurosos y maestros excepcionales. Levantaba su brazo rígido con la caja de fósforos ya con el cigarrillo Cavet en la boca, prendía el fósforo y encendía con particular placer su cigarrillo, uno tras otro como lo mandaba el vicio en aquellos tiempos. Y adelante con la clase, a la cual nunca faltaba. Y como he dicho, de allí a comprar tres Cavets –del tipo mentolado que me gustaba– por un bolívar en uno de los recorridos en bicicleta en cualquier pulpería del lado de Las Delicias y junto con Pedro Pablo (no sé si Edgardo participaba) ponernos a fumar debajo de un árbol sin aspirar porque aún no sabía hacerlo, pasó muy poco tiempo. Me convertí en fumador a los diez años –hace cincuenta abandoné el hábito– hasta que mamá me sintió el olor y me hizo jurarle que nunca más fumaría…tal como si fuera un pecado mortal. No cumplí el juramento y espero no merecer por ello el fuego eterno.

Esto es lo único que conservo del gran José Abellana

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Debo hablar también de dos profesores anónimos a quienes debo mucho y llamo así porque no logro recordar sus nombres y no tengo forma de saberlo. Fueron importantes junto con Abellana y el de inglés, Francisco Pividal. Me dieron tanto y de modo tan completo que junto a mi inclinación normal al estudio tuve a la mano las herramientas para superar en rendimiento en mi Tercer Año a los caraqueños del Colegio La Salle. Me refiero a los profesores de Castellano y Literatura en Primer año y Educación Artística en Segundo, ambos venezolanos. El de Castellano era muy hablachento, un poco presumido, de contextura delgada, siempre con su paltó[1] y camisa de corbata sin corbata, y tenía la virtud de ser un buen lector y de hacer muchos esfuerzos por interesar a sus estudiantes en la lectura. El punto alto de mis relaciones con él fue a raíz de un trabajo de análisis literario (fondo y forma y distintos temas de lo que se llamaba Preceptiva Literaria) que hicimos en grupo y que pese a la manifiesta ingenuidad de nuestra forma de exponer, muy directa y espontánea, celebró con simpatía y le otorgó la segunda mejor nota. Y en cuanto a Educación Artística, llama la atención hoy cuando lo recuerdo que sin tener ningún proyector de láminas, libros de referencia, sin siquiera tener biblioteca, en resumen sin ningún apoyo aparte de su relativa elocuencia –porque era más bien callado– le fue posible hacernos interesar en los asuntos básicos de la Historia del Arte que después me sirvieron de rudimentos para la Escuela de Arquitectura. Y nunca me sentí superado por lo que habían recibido mis compañeros caraqueños.

Algo parecido podría decir de Francisco Pividal (1916-1997), cubano, quien fue nuestro profesor de inglés en Primero y Segundo años y había sido el de Jesús y Pedro Pablo en el Liceo Agustín Codazzi, dirigido por el profesor Semidey, donde Jesús tuvo el privilegio de tener también de profesora a la jovencísima entonces Edina Barradas. No sólo dominaba Pividal a la perfección ese idioma, sino que era un gran profesor y pude decir en los años que siguieron que lo que me enseñó en Primero y Segundo Años fue todo lo que necesité, (más las lecturas a pie forzado, unos viajes en los cuales practiqué mucho, esfuerzos por escribir y mucha curiosidad por el idioma), para convertir al inglés en mi segunda lengua.

Pividal era un tipo alto y flaco, de treinta y tantos años, hombre culto que evidentemente había vivido en los Estados Unidos porque nos explicaba con dibujos en la pizarra, con cierto detalle, cómo era Nueva York. Desconozco cómo llegó a Maracay. Supe que en los años posteriores fundó allí el Colegio Panamericano, de su propiedad. Tampoco puedo decir nada de sus antecedentes, pero me detengo en él porque cuando triunfó en Enero de 1959 la Revolución Cubana, fue nombrado Embajador de Cuba en Venezuela. Ante mi total estupor porque nunca este hombre dejó ver en algún momento que tuviese alguna conexión con la lucha contra la Dictadura de Batista en Cuba, o que expresase incomodidad ante la Dictadura venezolana que estaba en ese momento en el poder. Y menos aún que tuviese un interés especial por la historia como se dijo cuando veinticinco años después de haber sido mi profesor –1976– publicó un trabajo sobre el antiimperialismo de Simón Bolívar que siempre me pareció una muestra más del oportunismo de los sectores intelectuales en relación a la tragedia cubana.

En enero de 1959, Fidel Castro conversa con el presidente electo de Venezuela, Romulo Betancourt, en su residencia de Caracas. Junto a ellos Francisco Pividal, embajador de Cuba en Venezuela.

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Y hay otros ejemplos en el mundo maracayero que prueban que el conocimiento se abre paso por múltiples caminos. Uno de ellos bastante significativo pasaba por el cine Roxy de Maracay donde vimos, como ya he dicho, unas cuantas películas que aparte de hacernos reflexionar estimularon experiencias de conocimiento. Ya narré en Ver la Vida (8) cómo nos interesó la versión de Renato Castellani de Romeo y Julieta de Shakespeare que vimos en el Cine Broadway recién llegados a Caracas. Tuvo una importancia análoga que se mantiene muy fresca en la memoria la magistral versión de Orson Welles del Otelo Shakesperiano que habíamos visto en Maracay el año anterior (1952) a nuestra mudanza. Tuvieron parecida repercusión Fantasía de Walt Disney de la cual Jesús se mantuvo a prudente distancia pero a mí me permitió conocer una obra esencial de Igor Stravinsky como la Consagración de la Primavera https://www.youtube.com/watch?v=PLzKx6R75IA la cual oiré siempre –a pesar mío– acompañada de dinosaurios y volcanes en erupción.

Un fotograma de Fantasía (Consagración de la Primavera de Stravinsky) de Walt Disney, de 1940-50

Pasaron en el Roxy también El Gran Dictador de Chaplin obra maestra del cine en la cual el magnífico discurso final sobre la democracia habrá dejado su huella https://www.youtube.com/watch?v=vJGg5qk9Yz0

En El Gran Dictador hay secuencias memorables. Aparte del discurso sobre la democracia está por ejemplo la “danza con el mundo” del Dictador (analogía evidente con Hitler) una de las mejores del film.

Y disfrutamos del humor inteligente y crítico post-Chaplin de Stan Laurel y Oliver Hardy (El Gordo y el Flaco) de quienes me convertí en fanático.

El Gordo y el Flaco-Laurel and Hardy (1927-1955)

Y unas cuantas más como por ejemplo las muy concurridas de Cantinflas (Ahí está el detalle, de 1940, tan exitosa como para proyectarse continuamente) que me causaban explosiones de risa,

Cantinflas en Ahí está el Detalle de 1940

junto a las que se confunden en la memoria hasta llegar a un caso que me parece ejemplar y que he comentado varias veces, que fue el de la película Uno contra todos (The Fountainhead – El Manantial, fue su título americano) basada en la novela de Ayn Rand (1905-1982) https://es.wikipedia.org/wiki/Ayn_Rand del mismo nombre, a la cual le dediqué entradas en este mismo Blog el 3-9-2011 y el 19-10-2013, tanto me impresionó su impacto en nosotros, particularmente en Jesús y yo, si bien Pedro Pablo también fue sensible a él. El alto nivel de ese puñado de películas no sólo lleva a reflexionar sobre el papel instrumental en la construcción de una cultura que el cine puede tener cuando deja de ser simple entretenimiento y aspira a ser portador de un mensaje, sino la posibilidad de que, gracias a su capacidad para penetrar todos los ambientes por cerrados que puedan ser, llegue hasta un receptor ávido de estímulos creando lo que hoy llamamos realidades virtuales que ayudan a moverse por encima de las limitaciones del ambiente inmediato. Se convierte así en un instrumento educativo extraordinario hoy amplificado exponencialmente por la penetración generalizada de Internet.

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Vimos en el Roxy Uno Contra Todos https://vimeo.com/129783975, en 1951 cuando yo cursaba Primer Año. Se filmó en 1949 y Los principales actores eran Gary Cooper, Patricia Neal y Raymond Massey como actor secundario; el Director King Vidor. Cooper era Howard Roark https://es.wikipedia.org/wiki/The_Fountainhead_(película) quien es presentado como un arquitecto afiliado a la modernidad de un modo estricto que debe enfrentarse a la generalizada incomprensión del medio y de los sectores adinerados, expresados por el director de un periódico que prácticamente hace campaña contra él. Pero a pesar de todo Roark se encuentra con una especie de mecenas que le da encargos, un poderoso millonario interpretado por Massey. Al final, Roark llega al extremo de dinamitar un edificio que había sido construido alterando su proyecto.  Es obvio, si se atiende al título original de la película y así fue señalado por la crítica, que Roark era una especie de sucedáneo de Frank Lloyd Wright, lo cual podía encontrar comprobación en algunos de los proyectos que se muestran, algunos muy wrightianos. Pero me interesa destacar sobre todo el impacto que tuvo en nosotros el idealismo del protagonista, un arquitecto que defiende sus convicciones con entereza y que en cierto modo encarna los ideales de renovación social y cultural frente al conservadurismo que rechaza los nuevos lenguajes de la arquitectura, los cuales se presentan como el lado luminoso que lucha por imponerse ante la oscuridad. Todo presentado de un modo muy simplista pero atractivo: lo bueno que quiere surgir frente a lo malo establecido. Y tal vez lo más interesante es que los ejemplos de arquitectura que se muestran, tomados sin duda de la iconografía arquitectónica moderna en boga en esos años, son particularmente atractivos y aún con los estándares de hoy estéticamente seductores. Todo un panorama para apasionar a jóvenes que comienzan a abrirse al mundo y que tienen que tomar decisiones en relación al camino a seguir. La arquitectura apareció pues en ese momento en el panorama nuestro, sin duda impulsado por esta película de no muy alto nivel, pero interesante y de impacto.

Gary Cooper-Roark observa uno de sus edificios, despojado y vítreo como la Lever House en Park Avenue, todavía no construida.


La Lever House, en Park Avenue, Nueva York, diseñada por Gordon Bunshaft para la oficina de Skidmore Owings y Merrill (1951-52)

Esta casa, uno de los proyectos de Cooper-Roark sin duda recuerda a la Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright

La Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright (1939). Es obvia la alusión a esta casa del dibujo anterior. .

Un rascacielos de Cooper-Roark tal como aparece en la película. Cualquier semejanza con el edificio Time-Warner de Columbus Circle, de Moshe Safdie, es casual pero revela la actualización de la película.

La Casa Enright, un modernísimo edificio de apartamentos junto al Central Park, tiene un papel importante en la película. Aquí en construcción.

La Casa Enright terminada. La observa Roark-Gary Cooper

La Casa Enright de noche

Patricia Neal desciende por la hermosa –con criterios actuales– escalera del Pent House de la Casa Enright

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Asumo que dos amigos cercanos de Jesús, Gustavo Niño y Moisés (Mory) Krasner, vieron también Uno Contra Todos. Eran sus compañeros habituales de los quince años (Mory también musical pero en grado menor que el de Jesús) e incluso compañeros de viaje cuando cursaron juntos el Quinto Año en el Liceo Pedro Gual de Valencia, a donde iban diariamente en carrito [2]. Porque recuerdo haber sido testigo un poco lejano en los tiempos posteriores a la exhibición de la película, de conversaciones entre ellos donde salían a relucir dibujos de arquitecturas inventadas entre los cuales se destacaban los de Mory, uno de los cuales he conservado en la memoria, muy afín a los de los constructivistas rusos que tal vez él había visto en alguna revista. Era Mory un extraordinario dibujante capaz de hacer a esas alturas de su educación un capitel corintio a lápiz sobre cartulina que me dejó con la boca abierta cuando me lo mostró. Y tanto Mory[3]como Gustavo se hicieron arquitectos, Mory a edad un poco mayor después de estar en Brasil un tiempo. Y nos hicimos arquitectos Jesús y yo.

En todo caso, no pretendo considerar esa película como origen de la vocación de ellos o de la mía, pero sin duda fue una ventana hacia una actividad, una profesión, que por esos años –inmediatos a la guerra– adquirió una particular relevancia por su capacidad de producir señales en el espacio urbano hasta cierto punto simbólicas de nuevos tiempos que comenzaban con una paz ganada con sangre y sufrimiento, de la cual se esperaba la superación de las rémoras del pasado.

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A riesgo de ser repetitivo, volvemos aquí al tema que ya he tocado, el cual puede ser moraleja de este texto. Es una –entre otras– de las moralejas derivadas de estas notas que hablan de ver la vida: la que ya he mencionado a raíz de mis comentarios sobre la educación que recibimos, la formal de escuelas, colegios y tutela de profesores, y otra que pudiera hasta cierto punto llamarse informal cuyos vehículos son los medios que la civilización pone al alcance las personas, como fue, y es, el caso del cine que ha penetrado todos los mundos. Y la resumo de nuevo así: las personas, los seres humanos, son insustituibles, aunque se hable siempre de artificios que los suplantarán con éxito. Su presencia, su capacidad de asimilación y de creación de los fundamentos culturales, es esencial en el proceso educativo como palanca para superar las limitaciones estructurales: económicas, geográficas, económicas, políticas, culturales, de un medio dado.  En segundo término –insisto en hablar de segundo término– están los recursos que se ponen a disposición de la gente, accesibles y comunes, que permiten comunicarse vívidamente con el mundo más amplio que ayuda a saltar por encima de los obstáculos que la condición periférica y el atraso cultural y económico ejercen en cada quien.

Agrego ahora que no dudo en sostener, lo he dicho y lo vuelvo a decir desde un punto de vista personal y hasta íntimo, cuando confronto mis experiencias con lo que he visto en el ámbito educativo en muchas partes del mundo más allá de un conocimiento superficial, que lo recibido por mí y mis hermanos en los años de formación, gracias a la presencia de profesores, hombres y mujeres, comprometidos con su tarea de educadores, en ese pequeño lugar del mundo que era Maracay, no tuvo nada que envidiarle a lo que recibe el educando de edad y aptitudes similares en los centros culturales y económicos más importantes del mundo entero. Y en cuanto a los medios que la civilización pone en nuestras manos, en aquella época fue el cine el instrumento que se filtró en todos los ambientes pese a las resistencias de los regímenes dictatoriales y especialmente durante los años en los cuales fue considerado un vehículo de comunicación por encima del simple negocio (de lo cual Chaplin y el Gran Dictador son un ejemplo):  hoy en día es Internet, medio que también deberá –lo esperamos– ir mucho más allá de la insistente trivialización expandida por las llamadas redes sociales. En ambos casos son instrumentos que acercan los bienes culturales independientemente de donde se produzcan, lo cual viene a ser una compensación efectiva de las carencias que las distancias geográficas y económicas imponen a los países periféricos versus los países centrales.

Creo que el relato de esos años de Maracay, Ocumare, los maestros, los amigos, lo que se decía y se oía, las distracciones entre las cuales el cine ocupó un espacio, pero también la música grabada, los medios de comunicación, los distintos eventos, todo ello nos dice que es la experiencia de vida en todos los sentidos que ella se da y particularmente en los años de formación, lo que constituye el fundamento de la cultura. En otras palabras: de allí, de la vida tal como ella es, sin superposiciones voluntaristas que distorsionan, es de donde nace la cultura de una sociedad, concepto kantiano que no debe olvidarse y que nadie repite por innecesario en medios culturales maduros y con larga historia, pero que en un país frágil, olvidadizo y recién abierto al mundo como es el nuestro estamos en la obligación de recordar. Aún siendo pequeños, somos nosotros con nuestra vida de todos los días los hacedores de la cultura nuestra. Sin olvidar algo esencial: la experiencia se da en un contexto. No se crea cultura sin estar profundamente anclado en un lugar del mundo. De esas raíces que están aquí, no mucho más arriba de los diez grados de latitud norte, entre mar y selva, montaña y grandes ríos, es de donde surgirá nuestra universalidad.

[1]Paltó es la pieza de la indumentaria del hombre (se le denomina saco en España y otros países) que acompaña al pantalón de vestir o falda (Wikipedia), es decir, a las demás piezas de vestidura formal. Así se le denomina en Venezuela

[2]Era la forma típica de viajes interurbanos: un automóvil de cinco puestos mas chofer, o una camioneta, en la que se pagaba sólo por un puesto. Y se le aplicó ese nombre: carrito por puestos.

[3]El 3 de Septiembre de 2011, en una entrada con el título No me tapes el sol me refería a una anécdota protagonizada por Jesús y Mory en tiempos de colegio que me parece significativa, invito a leerla. También me referí a ella en la entrada titulada Arquitectura-Arte 2 del 19 de Octubre de 2013.

VER LA VIDA (33)

Oscar Tenreiro

Líneas más arriba decía que hablaría de mi nuevo Colegio, el Valles de Aragua. Me inscribieron en él junto a Carlota –ella en la sección de niñas– cuando estábamos para comenzar el Sexto Grado. Yo tenía diez años, ella once. Edgardo con ocho se quedó en el San Pedro Alejandrino hasta terminar el Quinto y acompañarnos luego en Sexto.  Cursé allí también los dos primeros años de Secundaria.

El colegio funcionaba en una vieja casa del centro de Maracay, en la Ave. Bolívar, unas tres cuadras después de la iglesia. Tenía atrás un patio grande alrededor del cual estaban las aulas. Era todo muy improvisado y podría decirse que precario, típico de cómo generalmente, con las debidas excepciones, se han improvisado a lo largo de la historia moderna venezolana los colegios privados no pertenecientes a órdenes religiosas, producto de adaptaciones baratas de viejas construcciones o casas en deterioro que contribuyen a la ranchificación [1] de las instalaciones. Ahora cuando rememoro lo que era aquel edificio me asombro que me hubiera adaptado a él sin reparo alguno y que nunca haya expresado una queja, ni yo, ni mis hermanos –o mamá y papá– por las condiciones en las que estudiábamos, lo cual es una prueba más de la especial adaptabilidad de los niños. Sin que haya que dejar de decir que esto que narro sobre mis colegios de la infancia es una prueba más de que Venezuela ha sido siempre un país donde no tienen vigencia los estándares mínimos: cualquier cosa puede funcionar en cualquier parte. Es un atavismo cultural que permanece intacto hasta hoy.

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Cuando llegamos el primer día a clases el director me comunicó que debía pasar por su improvisada oficina a efectos de realizarme un examen psico-pedagógico (o de coeficiente intelectual), término que no estoy seguro que usó, pero que, si voy a lo que recuerdo, de eso se trataba. Allí comparecí un par de días después. Pudo haberme llamado la atención que no se le hubiera hecho tal examen a Carlota que eran tan nueva alumna como yo, pero me imaginé que el asunto se debía a mis experiencias en el San Pedro Alejandrino. La segunda cosa que me pareció curiosa es que el director colocó su silla detrás de la mía, y se mantuvo allí mientras me hacía las preguntas, tocándome ambas sienes con sus dedos como si estuviese reconociendo mis pulsaciones. Eso me extrañó, pero se lo atribuí a una técnica propia del test; y si bien estuve seguro algún tiempo después que había sido un teatro, mi actitud infantil de confianza me dio tranquilidad y nunca volví a pensar en el asunto [2]. Sin embargo, me llamó la atención sin profundizar mucho, que entre pregunta y pregunta relacionadas con rapidez de razonamiento y cosas de ese tipo, hubiera algunas de corte íntimo que contesté con toda sinceridad, como si me estuviera confesando.

En los días y semanas sucesivos, el director fue tratando de ganarse mi confianza. Me trataba con particular deferencia, la cual comenzó a mostrarse en los elogios que me expresó referidos al resultado de la prueba, lo cual por supuesto me halagó. Sin embargo, empecé a presentir algo que no me gustaba de su actitud gracias a los pequeños chismes que circulaban entre mis compañeros. Porque no he dicho que el director con su familia, esposa e hijos –dos según recuerdo, uno muy pequeño– vivían en el Colegio y ocupaban las dependencias más cercanas al acceso desde la calle. Y también vivía en el colegio, en una habitación que daba hacia el patio, un muchacho de unos quince años quien era una especie de protegido de la familia. Los chismes tenían que ver con la relación entre él y el director.

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Llegó un momento en que me di cuenta, sin entrar en detalles pero sin dudarlo más, de que el director era, pura y simplemente, lo que hoy llamamos un pedófilo. En esos tiempos, cuando todo lo relativo al sexo estaba en la sombra, esa desviación era tan activa como lo es hoy, pero la encubría la hipocresía social del machismo. Así que apenas lo tuve claro busqué distintas maneras de evadirme hasta que, como punto final, apelé a toda mi determinación para negarme a formar parte de un viaje a Cúcuta, Colombia (excursiones de compras que se estilaban mucho en la Venezuela de entonces), que el director planeaba con un grupo de estudiantes durante una de las vacaciones largas, no recuerdo si de carnaval o de Semana Santa, viaje al cual insistía en que yo me sumase. Y cuando se lo dije en una ocasión a la salida de clases me dijo visiblemente alterado y de modo tajante ¡entonces lo raspo! [3] amenaza a la cual no le presté ninguna atención, seguro como estaba que mi rendimiento –terminaba ya el sexto grado– era suficientemente satisfactorio y le sería muy difícil cumplirla.

En lo sucesivo este personaje cuyo nombre no cito porque ya habrá fallecido y me incomoda que sus descendientes carguen con un peso psicológico del cual no son responsables, se mantuvo a distancia y más nunca se metió conmigo. Cursé mi Primero y Segundo Años sin que llegara a mostrarse ninguna secuela de lo sucedido, hice vida activa en el colegio y es ahora cuando al reconstruirlo reflexiono sobre su gravedad y los riesgos que corrí si este particular director no hubiera optado –lo indujo sin duda mi conducta– por alejarse y en cierto modo desaparecer para mí, mi hermana y Edgardo, a quienes nunca se acercó.

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Nunca hablé de esto ni en el momento ni después con mis padres o mis hermanos. No pensé que papá pudiera estar en capacidad de reconocer el error cometido al haberme hasta cierto punto confiado al director sin conocerlo bien. Si como era evidente papá había mantenido distancia, y como supe, sostenido conversaciones personales con él reprobando mi comportamiento sin hablar nunca conmigo, mi lógica infantil me decía que no iba a resultar posible hacer una acusación sin que se pusiera en duda mi juicio.  Me iban a faltar argumentos y certidumbres, aparte de que en virtud de su distancia emocional parecía dudoso que papá tuviera la disposición de ánimo necesaria para darme la razón. Participárselo a mamá nunca lo consideré porque me parecía que el asunto se alejaba de su mirada femenina y de su actitud protectora y en consecuencia corría el riesgo de que ella no entendiera bien el origen y la validez de lo que yo sabía. Poner en duda la aparente respetabilidad del personaje podía fácilmente quedar como un prejuicio de mi parte o como producto de chismes. Para no hablar de algo importante: lo que hoy podría llamarse la cautela social que se aplica en estos casos y hace difícil calificar a una persona que pasa por ser correcta y cultiva apariencias. Se me iban a exigir pruebas y con seguridad se plantearía un conflicto que mi natural inseguridad infantil me impulsaba a evitar. Y en última instancia –y hoy pienso que esa fue esa la verdadera razón de mi silencio– toda la historia no había sido para mí sino un simple incidente. Con mi conducta había logrado que el personaje en cuestión se mantuviera alejado y el ambiente más amplio del colegio y la buena relación con todos los profesores y los compañeros de curso me hacía sentir a buena distancia de cualquier manipulación.

Sólo siendo ya hombre maduro, o ahora al rememorar, es cuando me doy cuenta que procedí de la misma manera como proceden en general los niños que son acosados: escurriéndose, alejándose de la amenaza, como recurso de protección surgido de la falta de argumentos terminantes que despejen las dudas de los adultos ante una denuncia que puede ser vista como capricho o ligereza infantil. Y a pesar de que pienso hoy que la hipocresía del personaje debió haber sido denunciada y enfrentada, me doy cuenta de que tal modo de actuar era completamente improbable tanto en el contexto de aquella aldea atrasada que en realidad era Maracay, como en el de los usos sociales de entonces, dominados, como ya he dicho, por prejuicios muy arraigados. En cuanto a mamá, a quien pude haberle contado porque estaba muy cerca emocionalmente; a la vez como muchas mujeres de su generación, tenía un modo luminoso de presentarnos la realidad muy distante de cosas como la que yo le hubiese contado. Todas cosas que mi intuición infantil, que como he dicho antes es sin duda la sustancia de la leyenda cristiana del Ángel de la Guarda que protege de los peligros al niño (porque es sobre todo a los niños a quienes se le habla de él) que me fue dictando, en ausencia de un consejo paterno o materno, la conducta que asumí: mantenerme a distancia. Y fue lo que hice.

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Muchas cosas pueden decirse de esta historia. La más evidente es un lugar común:  detrás de muchas aparentes respetabilidades se esconden amenazas. Pero hay muchas más entre las cuales tiene sentido señalar la necesidad de comunicación fluida entre padres e hijos, siempre tomando en cuenta que el niño o la niña pueden sentirse más inclinados a comunicarse con el padre o la madre a raíz de la identificación surgida de la condición masculina o femenina. Y cuando uno de los dos se mantiene distante, se cierran los caminos a seguir.  Y es obvio que aquí fue la distancia de papá la que facilitó la irrupción de una persona extraña y peligrosa ante la cual mi actitud, que debí manejar en soledad, hizo la diferencia.

Ya siendo adulto nunca hablé de esto en la familia. Si se trataba de papá, sus problemas económicos (que eran también nuestros pero que nunca  –al menos yo– los viví en primera persona con el peso que tenían), y la separación forzada que tuvo lugar cuando nos mudamos a Caracas y él debió durante varios meses quedarse en Maracay liquidando su negocio, se fue progresivamente ensimismando, y a pesar de que su relación con mamá no empeoró sino se hizo más serena, sí se mantuvo al margen de nuestro acontecer como estudiantes universitarios o más adelante como jóvenes profesionales. Ese cuadro le quitaba sentido a revivir la vieja experiencia del Valles de Aragua. Me parecía que podían surgir tensiones que sólo iban a contribuir en hacerle más difícil su progresiva retirada de la vida, muy afectado su ánimo. En efecto, el tono que caracterizó su tiempo caraqueño desde que dejó sus querencias maracayeras era de una especie de supervivencia melancólica, viendo un poco de lejos como sus hijos se adentraban en la vida y le abrían paso a sus respectivas familias, haciendo el papel de un observador que decía pocas cosas, expresando su alegría personal sólo en los momentos en los que le era posible conectarse con viejos amigos o con parte de la familia con la que se sentía a gusto. Porque momentos buenos los hubo, y no fueron pocos.

En cuanto a los hermanos, si podía decirse que siempre reinó en esos años de comienzos de la vida adulta una armonía básica y una convivencia positiva, también estábamos abriéndonos paso en la vida adulta llevando cada quien consigo eso que se califica como egoísmo en el adulto joven dentro del seno familiar y  no es más que la concentración en la tarea de madurar emocionalmente y empezar a definir un carácter y una manera de ver la vida. Y se redujo la necesidad de comunicarse. de hablarse. Cada quien en lo suyo podría decirse, y además nos casamos todos muy jóvenes ¿Qué sentido podría tener entonces hacer un tema de cosas de la niñez que estaban emocionalmente muy lejanas ?

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Y cuando pudo haber llegado el momento de comunicarnos ciertas cosas, ya hacía mucho tiempo que la sospecha, ese factor que separa y estimula las distancias, había dejado su huella. Al rememorar ahora me asalta la melancolía al hacer la comparación entre la hermosa y profundamente arraigada en mi alma solidaridad fraternal de la infancia y la primera adolescencia, y la progresiva distancia, la separación, la lejanía emocional, que la vida con todas sus incidencias fue sembrando en cada uno de nosotros. Me pasa algo análogo a lo que comentaba unas pocas líneas más arriba respecto a las vivencias valencianas que tanta alegría nos produjeron y sin embargo se perdieron en un olvido creado por la fragmentación propia del  proceso de maduración personal de cada quién. Es por supuesto, apelando al lugar común, una manifestación más –muy importante– de las manifestaciones de la vida tal como es, con sus asperezas, sus realidades difíciles y su necesarísimo olvido. Pero uno, en esta edad crepuscular en la que me encuentro, se pone solemne y se enternece pensando en lo que fue y desapareció. ¿Cuánto no hubiera querido yo o cualquiera de mis hermanos ya siendo adultos que nos invadiera, aunque fuese por un momento y de forma milagrosa, la ingenua solidaridad y amor fraterno de los tiempos del Beau Geste cinematográfico que describí mucho más arriba? Porque si fuese así, se produciría el añorado encuentro, el vivir con el otro, el estar siempre juntos que una vez nos alimentó.

Al ver que siempre entre hermanos de todas las familias se produce el mismo alejarse (es la ley de la vida, de nuevo el lugar común), que se asoma la misma desconfianza, la misma forma de egoísmo que termina rompiendo lo que la sangre podría fácilmente unir; al ver que pese a todo el sentimentalismo al que uno quiera recurrir, cada persona se individualiza alejando de sí –es secuela de la individuación, tal vez– el recuerdo del discurrir fraterno, no resulta fácil sonreír. Y sin embargo sonreímos. Vamos entendiendo mejor lo que es vivir, aunque quede poco tiempo para aprovechar las consecuencias.

Otras veces he incluido, cuando el discurso aborda temas derivados de las flaquezas y contradicciones personales en medio de las tensiones de la vida, este dibujo que hizo Le Corbusier el cual representa a la Medusa, mitad oscuridad, mitad claridad, que además amenaza con su mirada de basilisco. Aquí pues la coloco por las mismas razones…

[1]Ese término creo que existe sólo en Venezuela. Viene del significado que le damos a la palabra rancho como sinónimo de chabola que se usa en España como vivienda precaria con materiales de desecho o de baja calidad. Ranchificar sería hacer construcciones de mala calidad o improvisadas en una edificación produciendo deterioro visual y precariedad.

[2]Me lo ratifica Carola Izquiel, psicóloga clínica venezolana, amiga cercana, en los siguientes términos (los transcribo parcialmente): Nunca he escuchado de tal método de veracidad. Por lo general los test de inteligencia son pruebas psicométricas estandarizadas que pasan por rigurosos procesos estadísticos de validación y confiabilidad. Para saber si una persona está mintiendo, se utilizan índices que miden la congruencia de la prueba, es decir, una misma habilidad cognitiva aparece evaluada de distintas maneras y por distintos items…

[3]En Venezuela, en el medio escolar, raspar quiere decir no aprobar la materia o el curso. En Sexto Grado, que era mi nivel al entrar a ese colegio, no había división por materias, de modo que raspar era perder el curso completo. Pero mi rendimiento era alto y yo no tenía nada que temer de la amenaza.

VER LA VIDA (32)

Oscar Tenreiro

En los años posteriores, ya entrando a la adolescencia, los episodios valencianos fueron cambiando y en alguna medida se alejaron de lo que había sido habitual, marcándose con ello el paso del tiempo y la progresiva aparición de las distinciones del vivir adulto.

En una ocasión que creo pudo haber sido en las vacaciones escolares de 1951, yo terminando Primer Año, acompañamos a los primos (uno de ellos Hermann, los otros no puedo precisarlos) que se iban de vacaciones al norte con sus padres viajando en el trasatlántico Santa Rosa de la línea americana Grace Line (que con su gemelo el Santa Paula cubrían el trayecto a Cartagena, Miami o Nueva York y regreso) que salía de Puerto Cabello y en cuatro o cinco días llegaba a su destino.

Propaganda de Grace Line

El Santa Rosa y el Santa Paula eran barcos gemelos

He hablado otras veces de esa tarde, de la cual tengo un recuerdo bastante claro. En primer lugar, el barco me pareció poco menos que fabuloso. Seguramente sin serlo, pero estaba tan bien tenido y en todos los ambientes había tantas expresiones de un ambiente palaciego –había un lounge con piano de cola, enormes sillones y un comedor con arañas de cristal– que anunciaba un tipo de vida en el cual predominaba el disfrute y la expansión que halagaba o invitaba.

Mientras acompañábamos a los primos a sus camarotes y observábamos todo con admiración y algo de asombro, Jesús se quedó dando vueltas por su cuenta y con su talante entrador y nada tímido se trabó en conversación en inglés con un par de americanos que al verme reaparecer y ya informados de mi afición me hicieron preguntas sobre béisbol y el inevitable Carrasquelito de esos años. Hasta me pidieron –algo muy americano– que me plantara como si estuviera bateando para corregir mi postura con algunos consejos.

Y llegó un momento, terminaba la tarde, en el que los primos se pusieron sus trajes de baño, se fueron a la piscina del barco (que me parecía también fabulosa, de agua salada) y empezaron a lanzarse del trampolín y zambullirse con gran bullicio. Nosotros los veíamos como alelados hasta que llegó el momento de despedirnos y bajar a tierra porque se anunciaba el zarpe.

Cuando me arrellané en mi puesto en el carro que nos llevaría a Valencia me invadió una melancolía distinta a las que me habían afectado hasta ese momento. Puedo decir ahora que tenía por primera vez la sensación de que entre todo lo que había visto y yo –o nosotros– había una distancia que no me era dable superar. Entre mi persona –incluyendo mis más cercanos– y esa forma de disfrute, había otro modo de vivir. Percibía sin poder precisarlo las realidades de la vida no protegida por el medio familiar inmediato y un vivir infantil que iba quedando atrás. Lo que había acontecido esa tarde era sólo para ser visto, se me había presentado como en vitrina. El chagrin d’amour que había sentido al regreso de las fiestas carnavalescas de la comparsa se transformó en este caso en chagrin a secas: había cosas gratas a las que no podía aspirar, empezaba a situarme ante una realidad que ahora se materializaba. Se perfilaban límites que no dependían de mi voluntad. Hasta ese momento los había intuido, no los había visto.

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En 1952 Jesús estaba estudiando arquitectura desde últimos de septiembre,  de nuevo la Universidad Central abierta después de haber sido cerrada en febrero por la dictadura de Pérez Jiménez. Así que la arquitectura había entrado en la familia y nuestra visión de la ciudad y lo que nos rodeaba empezaba a estar marcada por esa particular manera de observar y juzgar que tenemos los arquitectos y quienes se interesan en la arquitectura. Por esa razón, la nueva casa,[1]de los Degwitz Figueredo en Valencia cuyos arquitectos eran los para entonces muy conocidos como diseñadores de casas, Diego Carbonell y Tomás José Sanabria, socios en ese tiempo, generó mucha expectativa entre nosotros. Y a pesar de que no recuerdo sino muy poco de ella, me impresionó mucho. Estaba equipada con mobiliario acorde con el buen diseño que en ese momento despuntaba en Venezuela. Era un cambio en el estilo de vida de la familia que transcurría ahora en una escenografía radicalmente distinta a la que habíamos conocido, separada del contexto más o menos pueblerino de la Valencia que comenzaba a desaparecer. En cierta manera, como sucede siempre con la arquitectura, no por voluntad de ellos sino por el efecto determinante que la arquitectura tiene en quien la habita, mis primos habían cambiado, se habían hecho un poco más distantes. Habían dado, por decirlo así, un salto.

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Fue en el mismo diciembre en el cual nuestros primos se mudaron a la nueva casa, cuando estuvimos unos días en Valencia, en las vacaciones de Navidad. Acababa yo de cumplir trece años y estudiaba Segundo Año de Secundaria. Salí mucho con mi primo Hermann y andábamos para distintas partes de la ciudad, dando vueltas y visitando a sus amigos, él manejando porque era dos y medio años mayor [2], y yo presumiendo de tener más edad (siempre aparentaba unos dos o tres años más) y dándome importancia porque podía andar de mi cuenta en un carro –nuevo– como adulto.

Uno de esos días me pidió Hermann que lo acompañara a un picoteo [3] en Naguanagua donde una muchacha a quien él consideraba su novia, cuyo nombre se me ha evaporado. Allá fuimos una tarde. Estacionó en una de las estrechas calles del pueblo (llamado a desaparecer con la expansión de la ciudad) y caminamos un par de cuadras hasta la modesta casa de la muchacha, ya llena de amigos y amigas que comenzaban a animar la pequeña reunión. Entre pieza y pieza bailable –ya yo sabía bailar– una amiga de la novia y yo congeniamos. Sé que su figura y su modo de hablarme me dejaron huella porque su imagen y su nombre sólo se borraron de mi memoria muchos años después. Y lo que quedó para siempre –hasta hoy– fue esa hermosa y desde siempre alabada sensación que en todo hombre produce –especialmente en el adolescente–encontrar simpatía y ser objeto de la sutil dulzura de una mujer que se interesa en quien eres. Y así durante unas horas dejé de ser un jovencito inseguro para sentirme hombre completo que podía conversar y reír con una mujer. Dueño de ese impulso y un poco ausente, inmerso en pensamientos amables, regresé con Hermann a casa no muy tarde, con la idea fija de que antes de mi viaje a Caracas debía producirse un nuevo encuentro.

Pero eso nunca ocurrió. Había mar de fondo en casa de Hermann, Se ponían reparos a su relación, ajena a lo que debía esperarse si se respetaban las convenciones. Lo supe por comentarios sueltos, por alguna conversación que oí de lejos, con argumentos que me parecían ajenos a mi mundo emocional. Así que no supe más de mi pareja de aquella tarde. Quedó la imagen y la nostalgia que ahora tengo, de un sentir que es sólo e irrevocablemente adolescente.

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Veo ahora que la despedida en Puerto Cabello, la arquitectura configurando un escenario novedoso que parecía borrar lo que acompañaba un estilo de vida anterior, y el episodio de Naguanagua, eran como una suerte de umbral que separaba la infancia de la adolescencia, esta última mucho menos vinculada con el espacio familiar de Valencia, que no sólo fue alejándose, sino que se fragmentó. Irrumpía la realidad en el universo compacto de afectos propios de la niñez. Se hacían presentes cambiando conductas y modos de ser, de relacionarse y de expresarse, los gérmenes de lo que iban a ser los distintos tipos de sospecha que pueblan el universo adulto. Y la primera adolescencia comenzaba también a ser pasado. La adultez expresada por ejemplo en la educación universitaria con su profuso cambio de perspectivas y la aparición de vínculos muy fuertes además del surgimiento de las vocaciones personales, empezó en los mayores a moldear conductas y a establecer preferencias que se trasmitían a los más jóvenes, como yo.

En ese contexto, que fue tomando forma lentamente para luego establecerse casi de improviso, los tiempos de vacaciones de Ocumare, los cuales vivíamos como si estuviese suspendido el tiempo, como si se tratase de un ámbito al cual no tenían acceso las prevenciones, ansiedades, preocupaciones y propósitos de la vida real; en esos tiempos privilegiados seguían teniendo vigencia –y seguirían hasta que cesaron abruptamente– esas temporadas de retiro espiritual en las cuales se imponían los vínculos por sobre las separaciones. Vínculos que nos ayudaban a mantener alejado del mundo emocional personal y familiar, abriéndole paso a la sospecha, las razones para distanciarse.

No sólo lo veo así ahora, sino que soy capaz finalmente –tarde– de entender por qué mi padre lamentaba haber tenido que vender, precisamente en esos tiempos de transición, de paso de una etapa de la vida a la siguiente, la modestísima casa a la orilla del mar que había sido lugar de las mejores cosas.

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Volví a regresar a Valencia bastante tiempo después de la tarde en Naguanagua. Corría 1959 y debía viajar cada quince días a Valencia durante fines de ese año y hasta mediados del siguiente. Mi vida había ido definiéndose de un modo que podría considerarse vertiginoso desde aquel año de 1952. Apenas siete años después ya tenía planes de matrimonio con quien iba a ser mi primera esposa, a quien había conocido el año anterior y vivía lejos de Venezuela, en Chile.

En estos viajes almorzaba regularmente en la casa de mi tío Oscar, el de la piscina. Mi tía Anala, su viuda, era particularmente cariñosa y comíamos juntos conversando sobre cualquier cosa antes de yo regresar a Caracas. La casa estaba intacta, tal como yo la había conocido de niño, muy silenciosa porque Anala era así, muy callada y siempre de talante triste, ese tipo de personalidad que algunas personas tienen, tal como si estuvieran siempre en diálogo consigo mismos poco dispuestos a expandirse hacia afuera. Según creo recordar de las cosas que oí de niño, ella padecía de migrañas y a veces se nos decía, en ocasión de las visitas festivas, que se encontraba descansando. En cambio, Óscar el tío, quien había fallecido en junio de 1957 con apenas 55 años de edad, tan joven como su padre, era expansivo, cordial y de carácter suave, siempre pendiente de Cecilia a quien llevó de viaje a Europa en la primavera de 1949 con la idea de animarla un poco porque el fallecimiento de la abuela Elizabeth la había golpeado fuertemente.

Ese viaje de Cecilia tuvo para mí gran importancia emocional porque lo viví como una especie de violencia que me separaba de quien se había convertido en mi apoyo ante las incomprensiones de los adultos que debí sortear entre los diez y los doce años. Sensación que se me revivía un poco cada vez que me reunía con tía Anala y algún comentario se refería al viaje. Regresaba fugazmente para mí el recuerdo del desamparo que había sentido por la ausencia temporal del apoyo materno, desamparo que me llevó a pensar que la mayor tragedia que me hubiera podido ocurrir entonces sería la muerte de mi madre. Ser huérfano de madre, lo recuerdo ahora, podía ser la mayor tragedia para el niño que yo era.

La casa en silencio, ahora sólo con Anala, en contraste de como yo la recordaba llena de bullicio infantil. La piscina sin bañistas, con frecuencia sin agua. Tío Oscar definitivamente ausente y tía Anala viviendo su crónica tristeza, son imágenes que se fueron sumando a lo largo de esas apresuradas visitas motivadas por obligaciones alejadas del simple disfrute de los años anteriores. Todo ese cuadro de conclusión de lo que había sido, de cierre, de fin de una historia, fue para mí como una alegoría del cese de una época de mi vida. Valencia en cierto modo ya no estaba en mi mundo de experiencias. Lo vivido allí, entrañable, conectado con mi fibra más íntima, se iba a convertir en memoria. Se iniciaba para mí una vida nueva y se iría formando en mi imaginación ese curioso –llega a sorprenderme– caudal de imágenes, episodios recordados con detalles que podían haber sido irrelevantes y cobran vida en estas líneas. Valencia comenzaba a hacerse brumosa, aparecería en lo sucesivo sólo en conversaciones y me encontraría con las personas que pueblan esa memoria en los matrimonios, los entierros o los encuentros casuales. La vida iba a discurrir por otros senderos.

[1]Era una casa exponente de la arquitectura que comenzaba a expresarse en Venezuela. Hubiera merecido ser conservada como un ejemplo de la mejor arquitectura venezolana de su tiempo.

[2]En esos años era muy común usar distintas triquiñuelas para obtener una licencia de conducir a la edad que en ese momento tenía Hermann. Jesús se hizo de una y manejó sin tener la edad reglamentaria.

[3]Así se le decía en esos años a las fiestas que se organizaban para bailar un poco al son de la música que se tocaba en un tocadiscos,  pickup en inglés, es decir picó en Venezuela. Por eso se hablaba de picoteo.