DIGRESIONES (28)

Oscar Tenreiro

Ahora veo más claro que en mi experiencia juvenil en San Basilio y Novodevichy confluían dos cosas que constituían un obstáculo para mi comprensión. Por una parte estaba el esfuerzo del régimen político soviético por convertir la tradición religiosa del pueblo ruso en una especie de estorbo que se relegaba ante lo que se deseaba mostrar tanto a propios como extraños, lo cual se manifestaba por ejemplo en San Basilio con su defectuoso mantenimiento y torpe restauración, y en Novodevichy en abandono. Pero se suma a ese olvido deliberado algo que me parece muy significativo hoy pero que ni siquiera se me planteó cuando la visita, y es que la visión que de sí mismos tienen los rusos da la impresión de centrarse en la sobrevaloración de las realizaciones del zarismo de tiempos de Pedro El Grande e inmediatamente posteriores cuando se buscaba con ansiedad una aproximación por emulación o por oposición con occidente, ansiedad que por cierto todavía está presente en la política de la Federación Rusa de hoy. Se sobrevalora lo más inmediato, muestra de poder, éxitos militares y ganancias territoriales por encima de las particularidades de una evolución cultural menos hiperbólica que discurrió por caminos completamente distintos a los del resto de Europa; modestos hasta cierto punto –plenos de éxitos guerreros– pero reveladores de una personalidad extraordinariamente fuerte y persistente, expresada en la tradición eslava. Esta distorsión la cultivaba el régimen comunista porque para sus ideólogos era fundamental centrarse en la grandilocuencia zarista de los dos siglos anteriores presentándola como una etapa en la cual predominaba el exhibicionismo de la realeza y su modo de vida radicalmente opuesto a la miseria generalizada del pueblo, por lo cual se insistía en exhibir todas las muestras de esa vanidad afirmada en el exceso y la superficialidad lujosa. Para la ideología comunista la historia rusa se agotaba en la lucha contra esa versión del zarismo, decadente y abusiva, mientras se dejaba de lado la amplitud y complejidad del proceso cultural de siglos atrás. Simplificación que se manifestaba en los esfuerzos de los guías de nuestro tour, que en todas las visitas insistían en mostrar tesoros, recintos palaciegos u objetos pertenecientes al patrimonio de la realeza o a las iglesias desacralizadas convertidas en museo, paralizadas.

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La segunda cosa no sólo podía influir mis apreciaciones adolescentes sino las que tenemos en general los occidentales respecto a la Rusia de siempre: ignorancia de su mundo espiritual y cultural, del cual forma parte esencial como en toda sociedad – y el voluntarismo político lo oculta– lo religioso: se nos hace lejana la tradición religiosa Ortodoxa-Rusa. Si hablamos desde la visión del arquitecto más específicamente, del deseo de conectarnos con la cultura a través de la arquitectura, se nos escapa el sentido o la razón de las particularidades del templo ortodoxo respecto a las del templo cristiano católico o reformado. Hay una de ellas muy característica: el papel que cumplen las cúpulas con perfil de cebolla y su particular relación con el espacio interno, precisamente lo que más me intrigó en la visita a San Basilio; y también otra que me da la impresión de ser muy personal –no he leído hasta ahora nada que la sugiera– y ha probado ser difícil de responder: su pequeño tamaño, la casi imposibilidad de reunir grupos numerosos de fieles en los templos construidos en tiempos anteriores a los siglos de la occidentalización.

Las cúpulas tienen a la vez un carácter ornamental distintivo y simbólico-religioso. Se llaman técnicamente cúpulas bulbosas, lo cual aprendo ahora. Sus antecedentes están en la tradición bizantina que marcó a la iglesia cismática oriental (nacida a mediados del siglo once con el llamado Cisma de Oriente) que separó de Roma a la Iglesia Oriental) de la cual surge la Ortodoxa-Rusa, y también presentes en la arquitectura islámica y en templos católicos o luteranos del norte de Europa. Están recubiertas, las más antiguas, de tejas de madera (como se ve en la maqueta que fotografié en el museo de Historia de Leningrado) y también por láminas metálicas, o madera pintada preferentemente con color dorado, y las soporta un entramado de madera apoyado en un tambor cilíndrico también de madera recubierta.

En el Museo Ruso de Leningrado (1959), una cúpula bulbosa de tejas de madera. Las maquetas son de iglesias de madera del siglo XVIII posteriormente reconstruidas en la Reserva Arquitectónica de Kohklohva.

La cúpula más alta corona los límites del espacio central en torno al altar –el presbiterio (que en el rito ortodoxo está parcialmente separado de los fieles– y en ciertos casos es sustituida por una aguja (San Basilio). Las demás emergen de los demás recintos del templo adyacentes al presbiterio. Todas tienen un carácter en parte simbólico (Cristo, La Trinidad, o Cristo y los evangelistas, en el caso de una, tres o cinco cúpulas; en algunos casos muchas más) y en parte ornamental como solución natural (desde el punto de vista de diseño y construcción) del problema de coronar un cilindro con una sección de esfera. Su función puede compararse con la de las linternas de las cúpulas renacentistas pues se trata de puntos de captación de luz natural (como cañones de luz, para usar terminología corbusiana), no recursos constructivos para techar espacios mayores y se capta la luz a través de hendijas verticales en el tambor –a veces con vitrales– el cual puede ser particularmente alto hasta emerger del volumen del templo. Muestro aquí unas fotos tomadas de Internet de la Catedral de N. Señora de Smolensk en Novodevichy –la que estaba cerrada cuando nuestra visita– en las cuales se hace evidente esa función.

Novodevichy -Interior de la Catedral de Nuestra Señora de Smolensk. Obsérvese cómo la luz inunda los tambores de las cúpulas (Internet).jpg

Novodevichy-Interior de la Catedral de Nuestra Señora de Smolensk. El iconostasio dorado es del siglo XVI (Internet).jpg

La forma de la cúpula no se percibe en el interior sino externamente, tal como ocurre con las agujas del gótico alemán o nórdico que están construidas con estructuras internas de madera que se ocultan con el tejado. En cuanto al por qué del perfil de cebolla o de bulbo, podría ser consecuencia del proceso puramente geométrico de coronar un cilindro con una semiesfera, con la terminación superior en punta debida al deseo de convertirla en una suerte de peana que visualmente se funde con el cuerpo de la cruz que siempre las corona. Pero si pudiera decirse que así se sigue una lógica –que hoy llamamos de diseño– no es sin embargo explicación suficiente del por qué se adoptó y se hizo distintiva hasta convertirse en parte de una identidad, así que se impone por sí sola su condición de símbolo cultural-religioso que establece una diferencia. Sin que deje de ser cierto que su condición ornamental la sustenta el hecho de que en muchos casos, como precisamente en la Catedral de San Basilio o en la de la Sangre Derramada de San Petersburgo, las cúpulas están profusamente decoradas con dibujos geométricos en relieve, aunque este último templo (construído entre 1883 y1907) sea más bien, a tono con los afanes representativos del zarismo, un templo occidental vestido a la manera rusa.

Las cúpulas como peanas de la Cruz Ortodoxa en San Basilio (Internet)

Cúpulas de la Catedral de San Basilio (Internet)

Catedral de la Sangre Derramada en San Petersburgo (1907) (Internet)

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Por qué los templos anteriores a lo que he llamado el zarismo occidentalizado (siglos XVIII y XIX), son de muy pequeño tamaño, tal como si hubiesen sido concebidos fuera de cualquier idea de reunión numerosa de fieles, es la segunda cosa que intriga en la tradición del templo ortodoxo-ruso. El templo antiguo es sobretodo un ámbito que alberga lo más sagrado (en la ortodoxia rusa el presbiterio, de acceso restringido, y otros espacios rituales adyacentes) y provee escaso cobijo para una feligresía numerosa en contraste con lo que ocurre en las muchas iglesias cristianas de tiempos del medioevo, hasta el punto de que en tiempos posteriores al Renacimiento cuando los arquitectos quisieron regresar a la planta de cruz griega (que como su nombre indica es de procedencia griega-bizantina) terminó imponiéndose la de cruz latina –como fue el caso del San Pedro renacentista y hemos comentado aquí– con la obvia finalidad de buscar mayor espacio para los fieles. No me ha sido posible encontrar referencias sobre esta particularidad (presente incluso en las catedrales del Kremlin entre las cuales la mayor, la de la Asunción, cuya foto muestro de nuevo, es relativamente pequeña). Una primera explicación puede ser que, pura y simplemente, no existían los medios para ello. Por una parte tendría que considerarse la disponibilidad de materiales como la piedra e incluso el ladrillo, porque era la madera el material de construcción más común, como es típico de toda la arquitectura nórdica (en Suecia se construyó arquitectura palladiana en madera, y de ese material es la cúpula del Monticello dieciochesco de Jefferson) material que hace problemático el aumento de tamaño de la edificación. Ahora con la búsqueda de información respecto a las cosas que el hurgar en el pasado personal me ha ido planteando, me encuentro con que efectivamente, en las épocas anteriores al poderío imperial de la Rusia unificada, los templos eran sobre todo de madera. Y ya en años de la Unión Soviética muy cercanos a mi viaje (en los primeros sesenta) se trató de preservar lo que aún existía e incluso se creó un Museo al aire libre que se llamó Reserva Arquitectónica de Kohklohva, http://fotablon.blogspot.com.es/2013/06/museo-reserva-arquitectonica-de-la-isla.html ubicado en Khizi, isla del gran Lago Onega, en Carelia, a más de 1000 Km al este de San Petersburgo https://es.wikipedia.org/wiki/Kizhi_Pogost, donde entiendo (la información consultada ha sido un tanto contradictoria e inexacta) que se reconstruyeron (o se preservaron, no he podido aclararlo) varias iglesias originales de comienzos del siglo XVIII, enteramente de madera –de troncos los cuerpos principales– muy hermosas síntesis entre ornamento simbólico y construcción puramente funcional, que demuestran los niveles a los cuales llegó la artesanía, previsiblemente como herencia de antiguas tradiciones locales https://es.wikipedia.org/wiki/Kondopoga. que eventualmente se extendieron a otras regiones de Rusia.

Catedral de la Dormición de la Virgen o de La Asunción, en el Kremlin (1479) foto de 1959.

Iglesia de la Transfiguración del Señor (1714) en Khizi, Lago Onega, Rusia (Internet)

La extraordinaria asociación de cúpulas bulbosas en la Iglesia de la Transfiguración del Señor (1714). Obsérvese como el perfil “de cebolla” se dibuja (puro ornamento) sobre el cuerpo central (Internet)

Iglesia de la Transfiguración del Señor (1714) en el Pogost de Khizi (Internet)

Iglesia de la Resurrección de Lázaro en la Reserva Arquitectónica de Khokhlova (Internet)

En Kondopoga, ciudad en la orilla Norte del Lago Onega, está la Iglesia de la Dormición de 1774. Obsérvese el perfil “de cebolla” extruído en el ábside, además de la particular terminación de la aguja en una cupulilla bulbosa (Internet)

Pero también debe considerarse la cuestión económico-social, es decir, en primer lugar si existía una organización social que permitiera asumir obras de consideración, lo cual era posible en el Medioevo europeo con los gremios de artesanos y la estrecha relación entre el poder feudal y la burguesía en formación; y en segundo lugar si se dominaba la artesanía y la técnica de construcción como tanto se desarrolló en el Medioevo europeo heredero del legado técnico del Imperio Romano, legado que no alcanzó sino indirectamente a tierras del Norte y en todo caso llegó a ellas siglos después. Impedimentos que precisamente pudieron superarse en un caso característico sobre el cual he obtenido alguna información, el de la Catedral de Santa Sofía en Novgorod, https://es.wikipedia.org/wiki/Catedral_de_Santa_Sofía_de_Nóvgorod ciudad que fue cabeza de la República Medieval del mismo nombre ubicada en el centro-norte del territorio ruso, limitando con el Mar Báltico y los Montes Urales, entre cuyos límites está justamente el Lagfo Onega. Es ella la única iglesia rusa de tiempos medievales comparable en tamaño, por ejemplo a una iglesia románica como Vezelay. Fue comenzada a construir en el Siglo XI, pero cabe advertir que la edificación exigió traer mano de obra traída de otras partes, muy lejanas, porque se quiso construir en piedra, artesanía desconocida entonces en Novgorod. Ello fue posible gracias al ilimitado poder de los soberanos, tal como ocurrió siglos después con la construcción de San Petersburgo por Pedro El Grande a comienzos del siglo XVIII, proceso sobre el cual hay descripciones que aluden a verdaderos ejércitos cautivos de siervos venidos de lejos, que ocupaban los caminos en dirección a la ciudad que nacía.

Catedral de Santa Sofía en Novgorod, junto a las murallas de la ciudad (Internet)

Catedral de Santa Sofía de Novgorod (Internet)

Planta de Santa Sofía de Novgorod (internet)

15. Catedral de Santa Sofìa en Novgorod, fachada Norte (Internet)

Catedral de Santa Sofía en Novgorod Fachada Oeste

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Mientras pienso sobre lo que dejó en mí este lejano viaje y ordeno lecturas viejas y actuales me he planteado una pregunta cuya respuesta me ha sido completamente esquiva: la de si lo único realmente auténtico de la gran cultura rusa –la completa, la que se compromete con todo el pasado– que puede abordarse usando la arquitectura como herramienta está concentrado, como si se tratara de un resumen simbólico, en el conjunto alrededor de la Plaza Roja, en el cual se encuentran testimonios construidos de muy diversos momentos de la historia de esa cultura. Es una muestra selecta de las corrientes espirituales, las mejores y las peores, de una sociedad tan contradictoria como importante ha sido el impacto de sus tensiones internas en la humanidad entera; en resumen un especialísimo encuentro de opuestos. No parece existir en ninguna otra parte de la Gran Rusia ningún otro ejemplo que pudiera hablarnos del mismo modo coral, porque si uno piensa que San Petersburgo pudiera tener en cierta medida esa cualidad, al afinar la mirada crítica es difícil dejar de lado su carácter marcadamente artificial, de superposición cultural, al cual me he referido muchas veces. Debemos suponer entonces que los ejemplos construidos que tendrían la capacidad de ser reflejo de los distintos procesos que fueron dándole forma a la cultura rusa están esparcidos por un territorio cuya inmensidad crea un velo que dificulta una mirada clara sobre lo que una vez fue. Es como si la madrecita Rusia (como la llamaban los eslavófilos y los intelectuales que desconfiaban de la occidentalización) quisiera permanecer oculta en la extensión geográfica y las heladas lejanías.

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La experiencia de la visita a Novodevichy me enfrenta hoy con las graves consecuencias que tiene el intentar sepultar a base de ideología el sistema arterial que nutre la cultura de una sociedad, y sobre todo de las que cuentan con siglos de evolución en las cuales la savia religiosa ha jugado un papel fundamental. El deliberado intento de la Revolución, congelada en Régimen y burocracia, por ocultar o distorsionar el componente religioso en la evolución cultural rusa, componente que además sabemos (si nos hemos acercado un poco, a través de la literatura por ejemplo, a la dinámica espiritual de ese país) que ha estado presente de modo muy importante en momentos claves de la historia rusa, terminó convirtiéndose en una especie de manto opaco que impedía ir hacia las raíces de una cultura a partir de, entre muchas otras cosas, los vestigios físicos de tiempos anteriores. Y precisamente puedo decir que no visité en 1959 el Museo de Historia Rusa no sólo porque intuí que se trataba de un edificio sin interés –o al menos de mi interés– sino porque no deseaba reencontrarme con la propaganda que todo lo marcaba en el que habíamos visitado en Leningrado-San Petersburgo y además deseaba asomarme en alguna medida a un pasado que me señalara los valores más permanentes de la sociedad rusa sin la contaminación de la cháchara comunista, la cual no por ser comunista –se le podría decir a quien que le molestara el menosprecio expresado en la palabra– deja de ser cháchara. Y no es que uno busque sólo en el pasado más remoto, sino que lo más cercano en el tiempo puede estar demasiado marcado por las dinámicas políticas y sociales que aún nos agobian y que por eso mismo se alejan de lo permanente, de lo genuino. El diecinueve fue además un siglo emblemático no sólo en cuanto cierre de ciclos políticos y culturales que dieron lugar a las tragedias más recientes, sino tiempo en el cual el voluntarismo de los poderosos parecía haber triunfado. Y la arquitectura que tomó forma a su abrigo, muestra bastante bien ese lado oscuro.

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Al percibir desde lejos el perfil vetusto de Novodevichy desde el autobús de nuestro Tour se despertó en mi la intuición, ese modo de conocer distinto a la razón que siempre ayuda al más joven y que con frecuencia mueve las mejores cosas: pensé que allí podría abrirse una ventana para ver hacia un pasado que como he dicho, se negaba a mostrarse. Y la ventana no se abrió entonces sino muy parcialmente porque yo carecía de las herramientas para ir más allá de lo inmediato, lo cual, si es verdad que me dejó una cierta frustración, me dejó también una semilla que ha terminado por germinar cincuenta años después gracias a la intención de comunicar que me mueve hoy a escribir. Porque es sólo ahora, paradójicamente, que Novodevichy me ha hablado. La arquitectura ruinosa, abandonada, de entonces, reapareció en la imagen de las viejas fotografías y terminó moviéndome a buscarle respuestas a preguntas que apenas había esbozado y que sólo ahora terminaron por aparecer junto a impresiones casi olvidadas. En aquel entonces quería que me hablara una arquitectura marcada por el paso del tiempo y encontré solo un silencio deliberado, inducido por circunstancias que se quieren reproducir caricaturescamente y con especial torpeza en un país como Venezuela. Pienso hoy que fue percibir ese silencio, y estar durante todo el resto de mi vida buscando romperlo, lo más valioso que dejó en mí esa ya lejanísima visita.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DIGRESIONES (27)

Oscar Tenreiro

Además de los lugares más turísticos de Moscú, como el conjunto de la Plaza Roja, el Kremlin y la catedral de San Basilio, y en ese tiempo la tienda por departamentos GUM, verdadero orgullo soviético –que pensaba estaría llena de baratijas y no quise visitar– cuyo enorme y feo edificio está en la manzana del lado opuesto al Kremlin, me interesaba conocer lo reservado al mundo moscovita más auténtico. Ya he dicho que no era sencillo por lo del idioma y porque había que moverse fuera de la tutela del Tour siempre con el temor, que resultó injustificado, de que el régimen policial encontrara sospechosos nuestros movimientos.

El Kremlin 2008. Parte de la Plaza Roja en primer plano. El parapeto azul oculta parcialmente el Mausoleo. También se ve la fachada falsa que se construía como operación cosmética que arropa el conjunto del lado izquierdo (Internet)

Planta del Kremlin y la Plaza Roja en 1917 (Internet)

La Plaza Roja. A la derecha las tiendas GUM, al fondo el Museo de Historia Rusa, a la izquierda las murallas del Kremlin. La foto es tomada desde la Catedral de San Basilio (internet)

Quien esto escribe en la Plaza Roja Julio 1959.

En uno de los recorridos tutelados, el que nos llevó a la Universidad con sus edificios inspirados en la estética del realismo socialista que aborrecía, así como toda la parafernalia propagandística que acompañaba las explicaciones, vi desde el autobús el perfil de lo que parecían desde lejos unas murallas con unas torres de ladrillo de una especie de ciudadela que excitó mi curiosidad y me llevó a preguntarle al guía. Me escribió en un papel el nombre y le pedí además que me escribiera la dirección, con la intención de arreglármelas para llegar hasta allí por nuestra cuenta (mi novia y yo), lo cual hicimos mostrando aquí y allá el papel con los datos, sin que ahora pueda recordar los detalles.

La universidad de Moscú en 1959

Vista desde la Universidad hacia Moscú. En el centro el gran Estadio Olímpico. A la izquierda junto al río Moskba se encuentra el Monasterio de Novodevichy (1959)

El Realismo Socialista expresado en la entrada de la Universidad de Moscú (1959)

El nombre que me escribieron ni siquiera lo retuve apenas boté el papel; sólo ahora con la ayuda de Internet, he podido comparar mis fotos con las de la web, y así saber que se trataba del Monasterio de Novodevichy, conjunto comenzado a construir empezando el siglo XVI para cumplir en tiempos de Iván El Terrible (1530-1584) hasta los de Pedro El Grande (1672-1725) el papel de convento, para después pasar a ser (¿siglo 19?) un espacio de acceso público que contenía varias iglesias. En 1922 las autoridades soviéticas lo convirtieron en el Museo de la Mujer Emancipada siguiendo la omnipresente ideologización comunista expresada en los nombres, que en este caso seguía una lógica muy justificada si consideramos que lo que puede leerse en Internet sobre el lugar es que en él se internaba a las mujeres rebeldes de la nobleza, o sea que funcionaba como una especie de sitio de reclusión tal como ocurrió también en muchos conventos europeos durante siglos. Se restituyó a su uso religioso luego de la Segunda Guerra hasta llegar a los años de mi viaje en condiciones muy deterioradas –fuera de todo interés oficial– víctima de un parcial abandono superado luego de la caída de la Unión Soviética cuando se tornó en destino turístico con un peculiar aire como de parque temático; muy pintadito, muy cosmético aspecto de restauración light demasiado distinto al que percibí en 1959.

Aire como de parque temático, muy pintadito, muy cosmético. Una restauración light… (Internet)

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Lo que retengo de la visita no es mucho, y ha sido sólo revisando más información como logro hilar imágenes sueltas. Es un recinto amurallado formado por gruesos paramentos de ladrillo (parte de ellos pintados hoy de blanco) con el carácter de fortificación, con varias torres de vigilancia cilíndricas aparentemente inconclusas. La muralla está perforada por dos entradas sobre las cuales se construyeron dos pequeñas iglesias (la de la Transfiguración y la de la Protección de la Virgen, las cuales tal vez por el deterioro y precisamente por estar sobre la muralla o por el abandono de entonces, se nos pasaron completamente desapercibidas), mientras que en el área interna al menos dos más, una capilla (y creo que otra más), unas cuantas edificaciones bastante anónimas que se usaban en tiempos zaristas y distintos senderos internos entre espacios verdes que parecían ser utilizados como un parque. Sólo estaba abierta una de las iglesias, llamada De la Dormición de la Santísima Virgen, con un amplio interior sin gracia o interés alguno que de un lado se ampliaba extrañamente (para ser usado como refectorio me informo hoy) techado a dos aguas, con el aspecto externo de un edificio institucional de ventanas palaciegas con bordes de piedra blanca –tal vez más bien un revoque duro con polvillo de mármol o de piedra– en uno de cuyos lados el techo se levantaba coronado con una pequeñísima cúpula, el lugar del altar. Intuyo por las fotos de Internet que ha sido restaurado sumándole cosas internamente que en 1959 no existían. Estaban por comenzar en el momento de nuestra visita los ritos de un funeral y se velaba el cuerpo de una anciana en un ataúd abierto rodeado de flores que parecían silvestres, al cual pudimos acercarnos discretamente gracias a que los deudos eran apenas un puñado de personas que se mantenían a cierta distancia esperando el comienzo de los oficios.

Monasterio Novodevichy-La Iglesia de la Dormición en 1959, detrás a la derecha la Catedral de N. Señora de Smolensk, luego la torre del Campanario (foto de 1959).

Monasterio Novodevichy. La torre del campanario (1959)

Novodevichy- La torre del campanario (Internet)

La otra iglesia que llamó mi atención por su aspecto tradicionalmente ortodoxo-ruso y por su evidente antigüedad estaba cerrada y ahora me entero que se trata de la Catedral de Nuestra Señora de Smolensk, cuyas imágenes con sus textos me informan que tiene un soberbio iconostasio (el panel que separa el altar de la audiencia, siempre poblado de iconos) y pinturas murales de gran valor. La capilla cercana (capilla-tumba de Prokhorov es su nombre) era también un ejemplar del mundo formal tan particular, podría decirse incluso extraño, de esa arquitectura religiosa rusa que tantas preguntas nos inspira.

Catedral de Smolensk y Capilla-Tumba de Prodkhorov en el Monasterio de Novodevichy (Internet)

Catedral de Smolensk en Novodevichy (Internet)

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Era difícil imaginar que allí hubiese funcionado un monasterio. Contribuía a ello la ausencia aparente de un orden expresado en construcción. El abandono –producto directo de las políticas oficiales que propugnaban un olvido de la presencia religiosa en la historia rusa– acentuaba además la sensación de vacío entre lo que allí quedaba y lo que había sido. Y la iglesia en funcionamiento era tan absolutamente anodina y hasta ordinaria (por su falta de distinción, por su aire de galpón improvisado) que no podía uno suponer que tuviera una larga historia. Además, la imposibilidad de visitar lo más significativo del conjunto me trasmitía esa curiosa sensación que marcó todo nuestro tránsito por territorio ruso, la de que la historia más lejana, la que hablaba de las raíces, se negaba a asomar su cara, rasgo por cierto que me parece (sé que es un prejuicio) que sigue muy presente en el talante del ruso contemporáneo que nos hace pensar que Rusia surge de un largo y definitivo presente constituido por los dos últimos siglos.

Nos limitamos entonces, mi novia y yo, a deambular por el lugar como si fuéramos gente de allí, observando y etiquetando, lo que siempre trata de hacer el turista que se cree listo sin lograrlo, asunto aún menos posible con nuestro aspecto y edad. Y había bastante gente con indumentaria campesina, común en el ambiente urbano ruso que conocí, como el de una anciana y su previsible nieta que nos permitió tomarle una foto. Además de personajes que parecían salidos de la literatura como un muy digno anciano de barba blanca que revivía el aspecto de algunos de esos monjes de la Rusia profunda que uno ve en ilustraciones, a quien le pedí me permitiera una foto, a lo cual accedió de muy buen grado para posar con aire especialmente reposado y mirada penetrante. Ostentaba en su pecho lo que me pareció que era una condecoración –puede distinguirse en la foto– que representaba una escena militar por lo cual concluí en que se trataba de un veterano de la Segunda Guerra. Aquí dejo el recuerdo de su mirada tranquila y penetrante.

Abuela y nieta en Novodevichy

Mirada penetrante, actitud digna, tal vez un héroe Sovietico-En 1959

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En la Plaza Roja, el culto a la personalidad cuasi-religioso que se mostraba en las largas colas ante el Mausoleo Lenin-Stalin (en ese tiempo estaba el terrible Stalin, hoy en otra parte; y se discute si dejar a Lenin) cuya arquitectura podía parecerme sin embargo un discreto acierto que ideológicamente no lograba aceptar, y el constante paso en uno y otro sentido de grupos de militares en licencia que acudían a la visita, me inducían un desagrado que no lo borraba del todo la admiración por la sensación de inmensidad fluida y a la vez contenida que caracteriza la plaza. Parte esencial de ese fluir del espacio es que uno de los lados largos, el principal, el más expuesto, el que podría decirse que caracteriza a la Plaza, es una parte de las murallas del Kremlin, testimonio terminante del espíritu guerrero de Rusia que logra ocultar un poco los tristes Palacios nada seductores (en años recientes sometidos a una abusiva y opaca operación cosmética) sobre uno de los cuales destaca una cúpula coronada entonces con la siempre intimidante bandera de la hoz y el martillo. Contribuye sutilmente y de un modo único entre los grandes espacios urbanos del mundo, el piso adoquinado de perfil levemente curvo que baja desde el centro hacia sus extremos en el sentido largo –más pronunciada la pendiente hacia San Basilio, menos hacia el lado contrario– convirtiéndose en partícipe del dinamismo del espacio. En resumen, los protagonistas son las murallas, San Basilio con sus torres policromadas de rasgos tan especiales; la poco inspiradora arquitectura del Museo de Historia Rusa (terminado en los primeros años del siglo veinte) que se salva de la total oscuridad gracias a sus techos blancos que suponía de mármol hasta que hace poco una foto me reveló, en el techo más alto del centro, una impresentable piel metálica; y del lado contrario a las murallas el poco agraciado, torpemente europeizante y ornamentado edificio de las tiendas GUM que milagrosamente escapa de todo protagonismo gracias a una hilera de árboles que en verano lo oculta un poco, o al hecho de que nace en una cota más baja que la de las murallas otorgándole a éstas la precedencia visual.

La Plaza Roja en 1959

El constante paso en uno y otro sentido de grupos de militares en licencia que acudían a la visita del Mausoleo de Lenin-Stalin (1959)

La familia en el primer plano, el colorido de sus ropas y sus alturas diversas parecen emular a San Basilio (1959)

En la Plaza Roja en 1959

La Plaza Roja con la silueta de San Basilio al fondo en 1959

Las murallas del Kremlin logran ocultar un poco los tristes Palacios (1959).

San Basilio (1959)

La Plaza desde las escaleras de acceso a San Basilio (1959)

San Basilio misma estaba maltratada, especialmente el interior. Aparte de algo que fue motivo de especial decepción por culpa de mi ignorancia, de lo cual me ocuparé más adelante: la aparente falta de correspondencia entre las cúpulas y el espacio interno. Esperaba un espacio interno caracterizado por la presencia de las llamativas y siempre curiosas cúpulas con perfil de cebolla o de bulbo, pero en lugar de ello el interior está fraccionado en recintos muy restringidos. Sólo quedó en mi recuerdo la ornamentación pictórica de paredes y techos a base de estilizaciones geométricas de motivos naturales, así que no pude hacer mía la admiración de la muy especial síntesis entre lo simbólico, lo propiamente ornamental y lo constructivo, principal atractivo del venerable monumento.

La ornamentación interior de San Basilio (1959)

Una parte del interior de San Basilio junto a la entrada (1959)

Fragmento del Iconostasio de San Basilio (1959)

El poco agraciado, torpemente europeizante y ornamentado edificio de las tiendas GUM (1959)

(A continuación las imágenes de las Catedrales del Kremlin tal como estaban en 1959)

Catedrales del Kremlin. La de la Asunción (o de la Dormición) terminada en 1479, a cargo del arquitecto italiano Aristóteles Fioravanti.

Catedrales del Kremlin. La Torre de Ivan el Grande, terminada en 1600. A la derecha la Catedral de La Asunción, a la izquierda la Catedral del Arcángel Miguel terminada en torno a 1510, obra de un arquitecto italiano.

23.Catedrales del Kremlin. La Catedral de la Anunciación. Terminada afines del Siglo XV. El agresivo edificio que se le adosaba en 1959 fue demolido luego de la caída de la Unión Soviética.

 

 

 

 

DIGRESIONES (26)

Oscar Tenreiro

La Tumba de Lenín en la Plaza Roja en Julio de1959.

Regreso al punto donde me encontraba antes de dejarme llevar hacia tierras de Italia, el de mi viaje adolescente por Rusia en el ya lejanísimo 1959. Y entre otras cosas que se despiertan de nuevo está una que nunca pude imaginar: el que esté ocurriendo hoy en mi país un fenómeno social y económico comparable al que era tema de conversación entre los franceses que eran parte mayoritaria del Tour en el cual participábamos: la escasez de bienes de consumo en territorio soviético.

Ya en el autobús que nos llevaba desde el barco hasta el hotel comenzaron los comentarios sobre las formas que usaban quienes tenían alguna relación con turistas para hacerse de algunos objetos de procedencia occidental. Era notoria y además fácil de realizar sin exponerse a represalias la demanda de medias de nylon, en ese tiempo un complemento indispensable del vestir femenino. Algunos de los viajeros llevaban una buena provisión de ellas que aspiraban a vender para tener rublos y comprar cosas como caviar, vodka o antigüedades de algún valor, iconos antiguos por ejemplo, que en esos años eran relativamente fáciles de obtener. Y comentaban sus intenciones en voz alta lo cual nos permitía enterarnos despertando nuestro juvenil rechazo ante el deseo de beneficiarse de las necesidades de gente que luchaba por lo mínimo. Rechazo que no impidió que llegara a mí la demanda, personificada en un joven más o menos de mi edad o un poco mayor, quien nos abordó justo antes de entrar al hotel (fue en San Petersburgo-Leningrado) y se introdujo en el ascensor con nosotros para preguntarme en un inglés rudimentario si tenía algo para vender. Y su insistencia, ya en el pasillo que llevaba a los dormitorios, fue tal –no quería por nada del mundo dejar pasar la oportunidad– que vio algo especial en mis zapatos, los cuales había yo comprado el año anterior en mi viaje latinoamericano del Congreso de Estudiantes en Chile, e insistió en probárselos. Le quedaron bien y de seguidas escenifiqué una de las cosas de las que más me arrepiento en mi vida: se los vendí por unos cuantos rublos en vez de regalárselos; rublos que no me sirvieron después para nada de interés. Y sin embargo, me parecía paradójico, el joven quedó muy agradecido; tanto, que al día siguiente se presentó de nuevo en el hotel –me acechaba en la acera junto a la entrada– y me entregó un regalo que atesoré durante mucho tiempo. Era una viejecilla tallada en madera de unos veinte centímetros de largo, artesanía popular rusa supongo, objeto que poco después, al regresar a Venezuela, le regalé a mi hermana Carlota en cuya casa estuvo hasta que pareció evaporarse. Y ya no están, ni ella, que murió casi dos décadas después, ni la talla, que tuvo para su intimidad una especial significación conferida por nuestra muy ingenua idea adolescente (me unían a mi hermana vínculos marcadamente religiosos) de que ese viaje mío al símbolo político del ateísmo, el disfraz de la Rusia oficial, tenía –un poco– el carácter de un apostolado que le daba significado especial a la brevísima relación con el joven. Complementada poco después con la amistad epistolar que me unió con un moscovita –Alejandro Stotic era su nombre– también estimulada por la noción de estar contribuyendo a algo superior. Porque ese era hasta cierto punto, lo he escrito ya varias veces, el sentido oculto de mi viaje, sentido que mi hermana compartía con particular fidelidad hasta convertir en suya la amistad epistolar con este peculiar personaje –de quien conservo una foto que mostraré aquí cuando regrese a Venezuela– quien se me había acercado en el comedor del hotel de Moscú con el pretexto de practicar su recién aprendido español.

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Y haciendo un paréntesis me importa destacar la cuestión de la escasez porque me permite hacer conexiones con otras cosas, entre las cuales la increíble precariedad institucional y cultural en la que vivimos en un país como Venezuela, que puede pasar en brazos del ignaro caudillismo populista de inspiración cubana o de lo que ayer no más Tomás Straka llamaba la actitud estúpida de la clase media http://prodavinci.com/blogs/en-la-muerte-de-guacaran-por-tomas-straka/ –proverbial en una clase social sin raíces firmes– de la máxima abundancia a la máxima escasez en un abrir y cerrar de ojos. De modo que ahora, a poco tiempo de estar nadando en dólares que sirvieron para enriquecer groseramente a muchos y promover una revolución manejada por una asociación de intereses criminales, nos encontramos con una escasez que obliga por ejemplo a un trabajador a mi cargo a solicitarme le traiga a mi regreso a Venezuela dos pares de zapatos, uno para él, otro para su hijo, porque el sueldo que yo trabajosamente le pago no le alcanza para comprarlos. Eso sin contar las enormes dificultades que experimenta para comprar alimentos, proceso humillante que el Régimen sostiene porque es el mejor mecanismo con el cual amarran perversamente los votos.

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¿Que relevancia puede tener ante un contexto así el típico discurso de los arquitectos que ocupan las páginas de la notoriedad? ¿Discurso caracterizado por el deseo de decir cosas nuevas que lo parecen sólo por el disfraz de palabras que las recubre y que en el fondo no dicen nada? Ante esa especie de pantalla que pretende darle profundidad intelectual a lo que está vacío de contenido, uno no puede sino valorar como un mensaje que permanece y constantemente estimula la reflexión el de algunos de los maestros del siglo veinte a los cuales se refiere desdeñosamente –más adelante hablo de eso– un arquitecto tan débil como Jean Nouvel, cuyas obras están pese a su gran tamaño destinadas a convertirse en esfinges mudas sin la nobleza de las de roca verdadera, esfinges fake que nos remitirán a unos tiempos pasados que no serán vistos como mejores.

Si yo digo, como decía hace dos semanas, que en las abundantes y muy apasionadas siempre, reflexiones de Le Corbusier, encuentro un espíritu siempre renovado que las mantienen estimulantes, digo por igual que no he leído nada de los arquitectos exitosos internacionales de generaciones recientes que encuentre sintonizado aunque sea de manera leve con las preocupaciones que caracterizan mi circunstancia. Y no es que piense que esas circunstancias no pueden cambiar, que cambiarán sin lugar a dudas, sino que el hecho de que hayan prosperado, se hayan hecho posibles, revela unas condiciones culturales y sociales en las cuales ese discurso tautológico y supuestamente actualizado de las estrellas (sean las espectaculares o sean laureados del Pritzker revisionista) no tiene ninguna relevancia. Porque no veo la razón por la cual los arquitectos tengamos que contentarnos con algunas frasecillas de ocasión más o menos inteligentes por parte de los premiados cuando más bien nos sentimos impulsados a pedirles que se bajen de la nube de la notoriedad y se den cuenta que frente a ellos prospera un modo de asumir los tiempos donde la regresión está viva y bien; que pese a la última generación de IPhones, de self-driving vehicles y avances espectaculares de la robótica, las desigualdades entre países son abismales, hay movimientos neo-nazis en Alemania y en toda Europa, la derecha religiosa norteamericana se empeña en promover la guerra a muerte, el terrorismo está allí cerca, el Medio Oriente continúa en perpetuo conflicto, sigue reinando la maldad –también, lo sabemos, en Venezuela– los catalanes se enceguecen con una independencia de cartón, se convierte en líder del país más poderoso del mundo un perfecto idiota y se hace del control dictatorial en la nación que más divisas extranjeras recibió en Latinoamérica en la última década una especie de burro con bigotes.

¿Y van a seguir los arquitectos –¡arquitectura, el arte social por excelencia¡– diciendo cosillas para las revistas de fin de semana? ¿O hablar con prudencia para proteger posibles encargos? No. Corresponde aceptar que la condición de intelectual que nuestro Villanueva le asignó al arquitecto exige de él algo más que instalarse en la aceptación general. Lo que pasa en el mundo, intentar comprenderlo o simplemente registrarlo, no sólo sumándolo a todo lo que nos lleva a tomar decisiones sino dándole forma al universo ético que alimenta nuestro discurso, debería ser la preocupación del momento. No evadirnos en una complacencia de privilegiados del periodismo cultural.

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En El País de Madrid leo que Jean Nouvel inaugura su museo-sucursal del Louvre en Abu Dabi https://elpais.com/cultura/2017/11/06/babelia/1509966682_077182.html ante 300 periodistas pagados por el dinero petrolero que allá sirvió para construir enclaves económicos y de recreación artificiales y en nuestro país revolución. Con la diferencia adicional de que en los emiratos la artificialidad sigue viva mientras en Venezuela morimos de mengua y ruina.

Nouvel dice cosas a los periodistas sobre su creación de 500 millones de Euros, caracterizada por una macro-cúpula metálica trenzada construida con tecnología de punta europea o asiática, de 180 metros de diámetro, que arroja sombra fragmentada en formas irregulares sobre lo que el llama un Ágora también definida en su discurso como una Medina (un barrio tradicional árabe), formada por las distintas estancias de administración, extensión y por supuesto las salas de exhibición que serán alimentadas de acuerdo a un contrato por 1000 millones de Euros para cesión parcial o completa de obras durante diez años, con derecho el nombre Louvre durante treinta. Y se lanza el celebradísimo arquitecto a arrojar ligerezas a la atenta audiencia propias de ese narcisismo que usualmente prospera en todo exitoso. Habla de los arquitectos del siglo veinte como si se tratara de una especie de rebaño en tono despreciativo o desapegado, sin hacer distinciones, llamando héroe a Mies, no está claro el por qué; y por supuesto, como todo francés que se respete maltrata a Corbu acusándolo de lanzar la historia a la basura, retornando a los clichés del posmodernismo que todavía circulan entre periodistas de actualidad recién barnizados de cultura arquitectónica.

Y si a uno pudiera parecerle bien, como me parece, que, para construir en un lugar donde el sol reina inclemente se desee crear un espacio de sombra protectora como abrigo fundamental del edificio y punto de partida de su concepción, no puede dejar de decirse que se trata de una idea que está allí, a la mano, que circula abundante en las escuelas de arquitectura o entre preocupados por el respeto al medio natural –una obviedad en fin de los tiempos actuales– siendo su realización, más que una genialidad o inspiración repentina la comprobación de que el cliente del arquitecto es benevolente y que dispone de suficiente dinero, porque como sabemos todos los más creciditos, realizarla exige expandir los límites de cualquier presupuesto. Y precisamente la abundancia de dinero por una parte, la búsqueda de lo llamativo por la otra –marca de fábrica de Abu Dabi– y la ansiedad por la espectacularidad que se niega a morir, termina por darle la carga de la prueba a la solución buscada mucho más que a la idea, y es esa solución –la super-cúpula metálica– precisamente lo más llamativo y al mismo tiempo lo menos interesante del edificio porque se reduce a ser un gesto empalagoso, como empalagosas son muchos de los edificios del arquitecto que en el Quai Branly parisiense logró convertir en parque temático con aire de discoteca al venerable Museo del Hombre francés (uno de los proveedores de Abu Dabi).

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Y así como me sorprende la aridez de ideas del publicitado francés, me sorprende por igual en el mismo sentido –el de la falta de nutrientes– el de uno de los arquitectos del estudio español RCR Arquitectes que recibió el último Pritzker, y declara en el mismo diario, el mismo día a propósito https://elpais.com/cultura/2017/11/06/actualidad/1509973829_544896.html de una muestra de su obra que se inaugura en San Sebastián. Dice Rafael Aranda (1961) uno de los tres que dirigen el estudio (los otros: Ramón Vilalta y Carme Pigem) mientras recorre la muestra con el periodista de El País de Madrid que les interesa la arquitectura que es paisaje agregando de inmediato en tono aclaratorio que nos gusta una arquitectura más próxima a la naturaleza que a un edificio. Frases que nada dicen, tautologías que dejan la impresión de ser emitidas para hacer gala de una inteligencia de lo modesto que tiene buena aceptación en los días que corren. No sólo porque es poco natural el deseo de ser natural sino porque el refinamiento –la característica esencial de la arquitectura de RCR– es, él mismo, poco natural.

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Pero así van las cosas hoy entre arquitectos en los días que corren, se prodigan palabras para no decir las cosas directamente, con sencillez natural. O se decide hablar con palabras inglesas apuntando al mundo de la prosperidad. Me lo enseña un corto comentario de Vicente Verdú –de nuevo El País de Madrid– respecto a la revista Arquitectura Viva, dirigida por Luis Fernández Galiano donde se sostiene –supongo que en el Editorial– https://elpais.com/cultura/2017/11/10/actualidad/1510348371_578573.html que la arquitectura está pasando del bling (destello en inglés) a la bareness (desnudez en inglés), aseveración que con parecido sesgo inteligente a la de Aranda es tan tautológica como la suya: nada dice. Porque el bling no es sólo atributo de lo espectacular ni la bareness una especie de nuevo objetivo para una arquitectura políticamente correcta, es decir, adaptada a las expectativas de una crítica que tiene algo de insumergible. Pero echar mano del embrujo de las palabras es precisamente lo que la crítica hace para encubrir sus simplezas. Tal vez fue por ese culto a las palabras que Fernández Galiano no dijo nunca nada claro sobre el frenesí de lo espectacular; antes más bien fue gestor del exabrupto de Eisenman en Galicia y de su acompañamiento mediático y rudimentariamente intelectual, ante lo cual me hubiera parecido muy justo que se hubiese acogido a la tradición que prescribe a los políticos norteamericanos un retiro discreto cuando no tienen éxito en sus intenciones de alcanzar algún puesto de relevancia. Porque irrita que quienes han ejercido de críticos y de perdonavidas nada pertinente hayan dicho sobre lo que ha venido ocurriendo y ocurre fuera de las zonas de interés en las que ellos se mueven. Y su tardío revisionismo es sospechoso de insinceridad. Uno los oye como si se tratara de actores que acaban de recibir un Oscar, muy complacidos consigo mismos y con quienes les facilitaron el llegar allí.