DIGRESIONES (31)

Oscar Tenreiro

La cuestión de la percepción de la arquitectura y su relación con las condiciones de naturaleza nos ofrece algunas claves para conocer mejor los caminos que ha recorrido la apreciación de la arquitectura, el juicio que de ella nos hacemos. Entre otras cosas puede ayudarnos a entender por qué le damos valor especial a ciertas arquitecturas hasta considerarlas parte del patrimonio colectivo, hacerlas nuestras, darles el rango de imagen que en cierto modo nos identifica hasta hacerlas parte de un paisaje que consideramos que nos pertenece, así como hacemos nuestros en el sentido psíquico, otros accidentes del escenario que nos rodea. Mientras que otras, por más deseos que hayan tenido sus constructores para dotarlas de atributos capaces de atraer la atención, por más recursos que se hayan empleado para acicalarlas y hacerlas atractivas, no pasan de ser lugares cuya fisonomía se diluye en nuestros recuerdos sin dejar huella permanente. Y es que estamos hablando específicamente de la percepción, del modo como vivimos la arquitectura y el impacto que tiene en nosotros, dejando aparte lo que más nos ocupa a los arquitectos, el qué y el cómo construir, que si bien depende de la percepción, puede hacerse, deliberadamente o no, indiferente a ella, y sería ese grado de indiferencia lo que le da valor positivo o negativo a una arquitectura. Acercarme fugazmente a un aspecto de la percepción, el inducido por las condiciones de naturaleza, que influye en el juicio que nos hacemos de la arquitectura incluyendo la que nos viene de la historia, examen que deja fuera deliberadamente las condiciones o atributos que deberían caracterizar a lo que se construye –terreno lleno de indeterminaciones y cuestiones enteramente subjetivas– es lo que intentaré en lo que sigue.

Ferdinand Bellermann (1814-1899). Plantación de Azúcar cerca de Puerto Cabello (1845?), Venezuela. Obsérvese la búsqueda del espacio de sombra en el corredor de la casa de hacienda.JPG

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Empecemos por reconocer como poco probable que los arquitectos o, más simplemente, las personas cuya mirada hacia la arquitectura es reflexiva, formulen un juicio de valor bien fundamentado, es decir, no una simple opinión sin respaldo, sin que de alguna forma se filtre en la elaboración de su juicio el deseo de estar en sintonía con una actualidad que define lo que se lleva, lo que se trajina en términos de moda, cosas que están constantemente a nuestro alcance como mercancía a través de los medios de comunicación y nos llegan desde fuera con intensidad abrumadora, desde realidades a veces radicalmente opuestas a las nuestras y sobre todo marcadas por el predominio económico de los países centrales. Dicho en otras palabras, nuestro juicio está de modo habitual condicionado por puntos de vista producto de geografías naturales y culturales distintas e incluso antagónicas a las que nos rodean. Con lo cual queda dicho que, de un modo que podríamos considerar decisivo, el estar en sintonía con la actualidad nos obliga a tomar como nuestros en alguna medida haciéndonos imitadores, posturas, criterios, conceptos, vulgarizados por los medios de comunicación –y cada vez más por la web– que pueden pasar por alto asuntos fundamentales propios de nuestro entorno habitual y natural.

Esta es una cuestión que se ha explotado mucho desde la perspectiva político-cultural y se ha trajinado hasta el exceso. Ha circulado en el mundo del arte sin demasiada insistencia porque la literatura o las artes visuales –no así las artes de la escena– están mucho más protegidas de su impacto, pero en el campo de la arquitectura está mucho menos presente y en general tiende a ignorarse si no fuese porque la constante búsqueda de lo pintoresco parece considerarlo cuando se descubre algo –o alguien– fuera de los circuitos de novedades habituales del Primer Mundo: es la excepción de la regla. Y una de las razones de que sea así es la ausencia en ese lugar del mundo distante geográfica y socialmente de los centros, lugar que puede ser cualquiera de nuestros países, de un pensamiento con raíces firmes, profundas, que permita conocer mejor, desarrollándolas, las especificidades del contexto, lo que lo hace diferente y menos vulnerable al impacto de lo que circula fuera de él. En otras palabras, exige espesor intelectual para poder diferenciar entre lo esencial y lo accesorio, lo cual nos lleva directamente al debate cultural. Si en un medio dado el debate (debate podría ser equivalente a crítica) es pobre en recursos, si no está estimulado por una producción (la arquitectura exige la construcción) mayor será la propensión a apropiarse de lo que viene de fuera en el espacio virtual de la información al instante. Que hubiese un debate sólido, que hubiese producción igualmente sólida aún en circunstancias políticas desfavorables, y la solidez de sus culturas en suma, es lo que permitió el surgimiento en España y Portugal, en tiempos de la avalancha posmodernista que se apoderó de los países centrales como una enfermedad contagiosa, de una arquitectura independiente de los malabarismos teóricos del momento, justificadores de absurdas regresiones estilísticas en la concepción del edificio. La arquitectura de España y Portugal, en ese período, y por razones que no hay lugar para discutir aquí, vino a ser una arquitectura de resistencia que atrapó el interés general y tuvo una calidad mucho más que aceptable.

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Si nos detenemos en el caso venezolano, es indudable que ha habido poco del espesor del cual hablo. Si bien uno entiende que personas –un puñado– que intentaron propiciar un debate en los años sesenta del siglo pasado eran de buena formación, de talento, estudiosos y atentos a un rigor intelectual, y un par de ellas arquitectos de alto nivel, podría decirse que crearon el debate filtrando sus puntos de vista de manera tan marcada por la ideología política, concretamente por un marxismo acrítico de sí mismo y propiciador de la antidemocracia, que utilizaban los argumentos arquitectónicos como con pinzas, temerosos de contaminarse con blanduras capitalistas. Alguno sigue activo hoy, ya completamente expuesta su inconsecuencia, pero no puede negarse, es lo lamentable, que propiciaron la formación de una actitud intelectual –en los más jóvenes, esencialmente sus seguidores ideológicos– incapaz de acercarse a la arquitectura con un mínimo de frescura, lo cual hizo un daño que hoy podría calificarse de irreparable (tan estables han sido sus consecuencias en sus seguidores) a lo que pudiéramos llamar la pequeña historia del desarrollo de nuestra arquitectura, oscureciendo nombres, contaminando memorias, arrojando sospechas sin otro fundamento que una estrecha visión ideológica.

Este comentario local puede verse como una digresión dentro de otra, porque no era de eso de lo que deseaba ocuparme, pero enredémonos en ella.

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Ese peso ideológico no era exclusivamente venezolano sino latinoamericano. Un peso que los acontecimientos políticos de las últimas décadas han terminado por despojar de su máscara pseudo-intelectual para revelar su radical hipocresía y especialmente su mínima consistencia como contribución a un juicio de valor útil para el desarrollo de un pensamiento. Pero su peso fue determinante en el discurso de profesores, académicos o diletantes durante casi todo el siglo veinte a partir de los años sesenta. La historia de la arquitectura que se impartía le rendía mayor o menor tributo pero siempre lo consideraba, y se formaron varias generaciones de estudiantes –algunos reconvertidos después en profesores– que repetían sus esquemas sin estar muy conscientes de ello.

El haber sido el primero de estos arquitectos devenidos en críticos que con su postura, sus argumentos, su acercamiento a la arquitectura y los arquitectos, su actitud desprejuiciada, a veces light y por ello abierta a equivocaciones, su irreverencia y su indudable autonomía intelectual es el mérito principal de William Niño Araque, a quien menciono con nostalgia de su presencia. Sus pares, es decir quienes incidían de alguna manera en el escaso y esporádico debate venezolano, no le perdonaban precisamente su irreverencia, y cargados como estaban –y algunos aún están– de sus prejuicios y lugares comunes venidos de la ideología marxista, lo atacaban a la sordina, en privado o en la cátedra, reprochándole –con cierta razón, habría que decir– su tendencia a inventar etiquetas o trivializar cuestiones importantes, la cual hacía difícil situarlo o esperar de él puntos de vista suficientemente sustentados, o más bien justificados en términos académicos.

Este pasado 19 de Diciembre se cumplieron 7 años de su muy temprana muerte. No es un recurso sentimental de ocasión que aquí diga que ha hecho falta, porque lo aseguro no sólo por cuestiones vinculadas al afecto sino –para mí lo más importante de su presencia en este mundo– por esa, no buscada por él, condición de cuña, de frontera, de ruptura, de distancia, con el examen ideologizado de la arquitectura venezolana. Y aparte de eso, ya de por sí importante, estaba su capacidad de convivir civilizadamente con gentes de diversas visiones, pasando por alto, porque era propio de él ignorar las distancias calculadas de los que no lo querían bien, las divergencias a veces importantes. Si bien al mismo tiempo transitaba con bastante comodidad y no poco entusiasmo por los terrenos de la frivolidad, aspecto de su personalidad que me era muy difícil aceptar.

Como estas cosas las he estado escribiendo en clave personal me voy a permitir ahora hablar de algunas cosas que he evitado decir en otros momentos al hablar de quien fue, hasta cierto punto, como todo en él y acaso en mí, mi amigo.

William Niño y el fotógrafo Vasco Szinetar en Bogotá.

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Recuerdo en primer lugar un artículo suyo publicado en el diario El Nacional con título que se me escapa en el cual se atrevió a expresar juicios críticos muy comprometidos y –en mi opinión de entonces– muy certeros acerca de cierta arquitectura del éxito venezolano de ese momento. No sólo me sorprendió sino que me apresuré a aplaudirlo, para encontrarme un tiempo después, al conversar con él o si no recuerdo mal en alguna aclaratoria posterior de su autoría, con una curiosa actitud contrita como tratando de decir que se le había pasado la mano en el artículo, el cual había causado polémica e intervenciones de los afectados ante los dueños del diario. Una actitud por cierto muy de él, que podría explicarse con el refrán –que creo es venezolano– de tirar la piedra y esconder la mano, lo cual practicaba con original desenfado como si tratara de controlarse a sí mismo o tal vez movido por llamados a la prudencia desde su círculo íntimo, que en esos tiempos más juveniles –hablo de fines de los años setenta– escandalizaba un poco con su ocasional audacia. Y ese artículo fue como su bautizo de fuego, una confrontación con la difícil realidad de los celos profesionales, tan típicos de nosotros los arquitectos como bien me hizo notar alguna vez –aunque yo lo sabía sin aceptarlo abiertamente– mi maestro ingeniero, Augusto Komendant.

 

 

 

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SATURNO EN VENEZUELA

Oscar Tenreiro

El arte, se dice siempre, es un reflejo de la realidad, si bien se advierte que se trata de una realidad que está respaldada por el hecho artístico y no por los hechos del mundo, porque no sería extraño decir que el arte inventa una realidad. Y el arte, o mejor, la obra de arte, también puede ser una representación simbólica de la realidad, una alegoría; que en el caso de la pintura recurre a las imágenes, sean figuras, formas o colores. Es famosa la Alegoría de la Iglesia Católica de Vermeer; y el Guernica de Picasso es también una alegoría de la destrucción, del terror y de un tipo de muerte.

No hace mucho, hace dos días para ser más exacto, tuve la fortuna de encontrarme con una obra de arte extraordinaria que aparte de impresionarme como muestra del inmenso poder evocador que logra en el observador un gran artista, me pareció, reflexionando luego de la impresión inicial, una poderosísima alegoría de la situación actual de Venezuela.

Estoy hablando de Saturno devorando a sus hijos, (1819-1823) de Goya, pintor de España y el mundo (1747-1828).

Saturno devorando a sus hijos, de Goya

Hemos visto todos, lo hemos sufrido, el proceso de destrucción de Venezuela. Es un hecho tan notorio que para negarlo habría que perder –o querer perder en nombre de privilegios– la facultad de observar. Algunos, tal vez muchos, juzgan que ha sido planificado, pero para mí es la consecuencia de la inmensa irresponsabilidad de Hugo Chávez y sus cómplices más cercanos, de la ebriedad del dinero fácil que aumenta hasta los máximos límites la irresponsabilidad, y de un torbellino de medias verdades, de mentiras, de manipulaciones apoyadas en la demagogia junto a impulsos desordenados –irresponsables– que se han combinado hoy para darle forma a una visión sectaria despiadada, auto-protectora, compartida por unos cuantos miles de fanáticos ciegos y sordos cuya razón para vivir, el objetivo central de sus vidas, es el de sostener el poder represivo y excluyente que encubre sus graves faltas éticas, que los unifica como secta, que les proporciona el cemento que los une, el que les concede una revolución que no es sino un espejismo. Espejismo cuya inevitable desaparición los aterroriza porque para unos –los más ideológicos, los puros– desaparecería la justificación de su insensatez y para otros –los verdaderamente criminales, los ladrones, los usurpadores, los que hoy controlan el poder cívico-militar– quedarían en evidencia sus gravísimas culpas. Terror a tener que aceptar que han luchado durante parte importante de sus vidas, en evitar el desvanecimiento de esa falsa imagen. Espejismo sin embargo poderoso porque se soporta con el monopolio del Estado, con ideología y sobre todo con una refinada maquinaria represiva embotadora del entendimiento, que se ensaña con los más débiles y uno de cuyos instrumentos es el hambre del pueblo, Maquinaria montada durante más de medio siglo de castro-comunismo que hoy dicta pautas para las dictaduras del siglo 21, como bien lo hace notar Fernando Mires en su artículo de estos días.

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El Dios de mirada terrible de Goya es el Saturno de la mitología romana. Devora a sus hijos, recién paridos por su esposa Rea por temor a que se rebelen contra él para destronarlo. Como Dios del tiempo humano, son hijos de la vida que transcurre en el tiempo y que bien pueden representar a la humanidad entera y sus obras. Obras nacidas del tiempo que a la vez tratan de superarlo dejando una huella perdurable: y el Dios los devora para cuidarse de esa amenaza: la amenaza de lo trascendente, del espíritu que derrota al tiempo.

Detalle de Saturno devorando a sus hijos, de Goya (1819-1823)

Ya una vez escribí en este Blog que el Saturno de Goya podía ser una figura del mito revolucionario. Fue el 20 de Abril de 2013 y lo decía dirigiéndome a los jóvenes y pidiéndoles que no se dejaran devorar por el mito que en ese momento ya había echado bases firmes para la catástrofe actual. Hoy recurro de nuevo a la obra de arte –de ese gran arte que inventa su realidad– después de haber tenido el privilegio de estar frente a la obra misma y ver en ella las pinceladas, el rojo que se derrama desde la muy abierta boca del monstruo y rueda por un cuerpo humano, los ojos desencajados que se dirigen al espectador como advirtiéndole de no acercarse, el pelo blanco de un viejo caduco, decrépito y sin embargo amenazante y activamente peligroso. Y también encontrarme con el pintor, con el hombre que con su capacidad de representar nos increpa, nos dice algo, podemos pensar que nos despierta y dispara asociaciones, hace pensar, nos llama. Es así como se me revela ese Saturno figura del mito revolucionario. De un modo distinto, tal vez más urgente, más preocupante: el mito nos devora a todos ya, ha avanzado inclemente, nos tiene de algún modo entre sus manos. Venezuela hija del tiempo como toda nación, toda sociedad, va siendo poco a poco consumida –destruida– por un monstruo creado a la medida de una secta. Secta que reconocemos en personas concretas que se han afiliado a ella, la dirigen o la cultivan porque les hace sentir inocentes de todo mal, los protege pero sin embargo son culpables. Y le pongo al monstruo el nombre de quienes personifican el yugo desde lo alto de la pirámide del poder, y a la vez de todos aquellos que han observado silentes, desde el interior de la secta, participando de esa gula que tiene mucho –aunque no se quiera ver– de diabólico. Con su conducta, con su insensibilidad, con su fanatismo le han abierto mejor las fauces al monstruo.

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¿Todo parece demasiado patético, demasiado fuerte, demasiado duro? Sí, lo es, pero tengo grabado en el alma el daño que se nos ha hecho. Estoy dejándome llevar hacia la dramatización porque aquí desde fuera de mi tierra se me presenta una de las peores caras de la destrucción. En cada tarde me encuentro con alguien que ha huido de tanto absurdo, de tanta violencia, de tanta mentira. La Venezuela de hoy ha sido convertida en un despojo del cual muchísimos pugnan por escapar y millones ya lo han hecho. Y quienes siguen allí, como es mi caso, necesitamos ayuda de nuestros hijos emigrados para sobrevivir. Y porque además –­para mí es una toma de posición– no estamos dispuestos a que se nos robe el país, que se nos confisque el lugar donde hemos vivido, que se nos impida vivir sin violencia en la ciudad en la cual nacimos, que la amenaza del crimen nos aleje de nuestro paisaje.

Escribo esto en vísperas de Año Nuevo, un momento especial donde se supone que miramos hacia atrás y hacia adelante en un esfuerzo de revisión y de proposición. Para todos los venezolanos que no queremos ser devorados y nos resistimos a entregar nuestro país a los criminales se nos presenta el año que comienza como decisivo. Se exigirá de nosotros presencia activa para contribuir a abrirnos hacia un futuro en el que recuperemos los derechos democráticos. Y queremos hacerlo –creo hablar en nombre de muchos, más allá de los dimes y diretes de las llamadas redes sociales– mirando hacia adelante y con la intención de marchar juntos. No es cuestión de buscar culpables entre quienes han sacrificado sus vidas, su comodidad, su patrimonio en una lucha difícil contra un enemigo muy poderoso. Basta de consejas cargadas de mezquindad hacia quienes han luchado a su manera. Puede haber errores, pero no culpables y pretender señalarlos con la sola intención de hacerse notar ha hecho un daño terrible. No me importa, podría decirlo también en nombre de muchos, quien sea nuestro líder, lo que sé es que tenemos que darle nombre y acogernos a su palabra y conducción para galvanizar voluntades capaces de hacerle frente al monstruo. A lo largo de los próximos meses se definirá el futuro de nuestro país. Se verá si nos dejaremos devorar.

 

 

DIGRESIONES (30)

Oscar Tenreiro

Las preguntas que surgen sobre lo que caracteriza a la arquitectura religiosa rusa nos hablan de unas cuantas cosas que apenas he rozado, pero en último término de una que es particularmente importante no en cuanto a lo puramente histórico sino como asunto de constante actualidad. Y es la influencia del medio natural en la concepción del edificio, del papel de lo que pudiéramos llamar las condiciones de naturaleza (usemos el término corbusiano) tanto en las decisiones que orientan el proyecto, como en su construcción y finalmente su percepción.

Es una cuestión de la cual hoy se habla muy poco. Prácticamente ha desaparecido de la crónica sobre arquitectura más común, la que responde al deseo de informar y mantenerse en la actualidad; también de la reseña periodística de promoción editorial y de los comentarios de las revistas especializadas (donde se sustituye ocasionalmente por la celebración de lo exótico); y si bien se supone que en los sectores académicos es un componente indispensable por mínimas razones de consistencia cultural, su presencia en el discurso de los historiadores, de quienes se ven a sí mismos como teóricos, o en la formación del juicio de valor de quienes ejercen la crítica, se ha hecho en cierto modo indetectable: tal vez está pero no se muestra.

La relación arquitectura-medio natural pasó a ser una de esas materias que de tanto darse por conocidas, han sido más bien relegadas hasta ser despojadas de su decisiva importancia. Desde Chile hasta Canadá, desde Guatemala hasta Nueva Guinea, desde Suráfrica hasta Dinamarca, el discurso sobre los méritos de la arquitectura que se hace o se debe hacer –lo que se debate en el mundo de la crítica y entre arquitectos– se razona a partir de los mismos presupuestos, en los cuales las condiciones de naturaleza juegan un papel enteramente secundario. Poco importa que ellas sean inseparables de lo que llamamos hoy cultura: si tomarlas en cuenta exige afinar la mirada, ir más allá de las apariencias, hilar más fino para justificar el interés en el objeto de la crítica o respaldar el juicio de valor; si respetar su importancia obliga a ir más al fondo alterando la dinámica actual de circulación de la información, es preferible dejarlas fuera del razonamiento. La consecuencia es evidente, se ha reducido el planeta, ya las aspiraciones de universalidad cuentan poco pese a que estemos inmersos en la expansión acelerada de la globalización. Una prueba más de que este fenómeno ha sido, hasta hoy, esencialmente económico y poco ha contribuido a ampliar los horizontes culturales.

Y mucho menos los políticos, como lo atestiguan los últimos acontecimientos mundiales.

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Dejarme llevar hacia el tema de las condiciones de naturaleza (dejarse llevar es lo que motiva estas digresiones) ha sido un resultado natural del deseo de acercarse al espacio cultural ruso.

No creo equivocarme al decir que para quienes vivimos de este lado del Atlántico, Rusia es, antes que todo, así, de primera impresión, un territorio difícil de interminables estepas nevadas, blanquísimas lejanías, paisajes agrestes ajenos al sol donde el frío reina y la distancia es experiencia continua. La palabra Rusia, antes o además de todo lo que sabemos –siempre escaso– del legado humano de la nación que designa y de sus huellas en la historia, nos remite siempre a un paisaje, a un medio ambiente que sugiere dificultad, retos y desafíos muy distantes de nosotros: radical y exclusivo testimonio geográfico. Lo ruso, pensamos, toma forma en lucha permanente con una naturaleza que inspira conductas particulares, que marca, que identifica, que hace distintas a las gentes. Impresiones que, si bien incompletas, tienen mucho que decir como complemento de nuestro intento de responder las preguntas que nos hacíamos respecto a la arquitectura religiosa ortodoxo-rusa.

Y es que no puede ser igual el ámbito arquitectónico que acoge a feligreses y oficiantes, cuando fuera de él imperan temperaturas polares y sobrevivir dentro exige la ayuda de una abultada vestimenta o de un fuego imposible, que el que cumple la misma función en un invierno más benigno que no amenaza sino esporádicamente y puede ser vencido con menos exigencias. O, yéndonos aún más lejos hasta llegar a nosotros, cuando en lugar del frío y el hielo, lo que pesa sobre la arquitectura es el calor y la humedad del aire tropical. De modo que a lo que podamos decir del templo histórico cristiano en tierras del hielo argumentando, como hemos hecho, desde lo constructivo o lo económico-social, tendríamos que sumar consideraciones sobre el medio natural, admitiendo sin embargo que ello nos hará movernos por un terreno de relativismos donde pocas cosas se sostienen irrefutables: la relación naturaleza-construcción deja demasiado espacio a la interpretación subjetiva.

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Voy hacia la cuestión de la naturaleza y su influencia impulsado también por la lectura sobre la vida de Alejandro de Humboldt en la biografía de Andrea Wulf (autora de origen alemán que vive en Londres) titulada La Invención de la Naturaleza, el nuevo Mundo de Alexander von Humboldt, que me ha permitido acercarme a las distintas incidencias de la que bien puede ser llamada historia de una pasión entre una persona de sensibilidad e inteligencia excepcionales y nuestro medio natural –de ello algo sabía porque Humboldt es nombre muy sonoro para los venezolanos– sentimiento que orientó sus esfuerzos científicos hasta convertirlos en un legado que dejó una profunda huella en el mundo entero. Debo agradecer al libro haberme acercado a este pionero, y llevarme a entender mejor ciertas razones personales –la magia de los lugares, querencias, la brisa, la sombra, el mar– que ayudan a explicarnos, junto a muchas otras cosas sugeridas por la extraordinaria y singular admiración que tuvo por nuestra geografía un extranjero de tierras lejanas, un alemán clásico podría decirse, que sin embargo vivió su admiración como intenso enamoramiento adolescente.

Si bien es cierto que el comienzo de las andanzas de Humboldt por el continente americano se debe a razones casuales (antes de venir a nuestras tierras estuvo a punto de sumarse a los científicos que acompañaron a Napoleón a Egipto e incluso había pretendido ir hasta el Polo Sur), porque fue de la corona española de quien recibió la autorización para explorar estos territorios americanos, el que haya sido así nos lleva a la constante pregunta sobre si en realidad hay casualidades. Porque al desplegarse lo que fue su larga vida –murió a los 89 años– da la impresión de que fue la fuerza de los contrastes del trópico, la magia de un alto Orinoco, de nuestros llanos, el Lago de Valencia, Cabo Codera, el Caribe de aquí, de los Andes, de los volcanes ecuatorianos y entre ellos el imponente y mítico Chimborazo que hechizó a Bolívar como ya lo había hechizado a él; esa constante lucha entre extremos de sobrecogedora belleza, lo que disparó su ensueño y su pasión con la naturaleza suramericana que, cuando la revivimos mediante documentos y testimonios, realmente nos conmueve, pulsa en nosotros fibras muy íntimas y en cierta manera renueva nuestra pasión por aspectos de nuestra tierra que también nos han marcado profundamente. Se cumple con Humboldt lo que muchas veces ha ocurrido en la historia: que un extranjero, antes que los naturales, sea capaz de encontrar las claves del conocimiento de un lugar.

The heart of the Andes (El corazón de los Andes) cuadro del pintor americano Frederic Edwin Church (1826-1900) fue inspirado por los viajes de Humboldt y se exhibió en Nueva York con un éxito sorprendente en 1859

Friedrich Georg Weitsch (1810)- Alejandro de Humboldt y Aimé Bonpland a los piés del Chimborazo

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Y precisamente ahora, a propósito de Humboldt, vuelvo sobre cuestiones que parecen estar suspendidas como tarea pendiente sobre nosotros arquitectos, difíciles de asumir con todas sus consecuencias: las exigencias que la naturaleza impone al edificio. Porque decir naturaleza es decir muchas cosas que se suman, se entrecruzan y vienen a ser una complicada red que define lo que entendemos por cultura: porque sin hablar de naturaleza no es posible hablar de cultura. Nos habríamos olvidado de la luna como en la estrofa del poema La luna de Jorge Luis Borges.

Gracias iba a rendir a la fortuna
Cuando al alzar los ojos vio un bruñido
Disco en el aire y comprendió, aturdido,
Que se había olvidado de la luna.

Entro así en un terreno problemático porque no hay forma racional de saber si la arquitectura que queremos construir es respuesta adecuada al ámbito natural. Hasta podría decirse que toda construcción, por estar en un determinado lugar, por haber sido posible realizarla allí, es siempre un tipo de respuesta a las condiciones de naturaleza de ese sitio. Y si en la duda en lugar de abstenernos quisiéramos saber si en efecto lo que examinamos ha respondido a la influencia del medio natural de la mejor manera, nos encontraríamos con que no es posible definir y delimitar con precisión lo que se entiende como la mejor manera, ya que si bien hay aspectos de la respuesta arquitectónica que son medibles –como el confort térmico, la huella de carbono, el consumo energético– muchos otros no lo son y sólo pueden ser juzgados a partir de lo que pudiéramos llamar una filosofía, un discurrir metafísico, un conjunto de razonamientos que no corresponde a hechos sino a conceptos, a palabras: la mejor manera es lo mismo que un juicio de valor.

Pero ello no quiere decir que debamos renunciar al concepto y a lo que propone; más bien correspondería ampliarlo para abarcar aspectos igualmente no medibles pero significativos, como lo sería la vocación patrimonial de una arquitectura, su capacidad para hacerse parte representativa de lo más propio de la cultura de una sociedad, lo que ha sido sometido a la prueba del tiempo, condición que puede indicarnos si en efecto estamos ante una respuesta válida, porque, insistimos, la armonía con el medio natural forma parte de lo que entendemos por cultura. La naturaleza, junto a todas las cosas de la vida, hace germinar en nosotros diferencias en la concepción, percepción y valoración de la arquitectura que en cierto modo –aunque no estemos conscientes de ello– nos identifica. Entre la arquitectura que deja huella en la cultura, la que he llamado patrimonial, y el medio ambiente hay una relación determinante, la cual insisto no se manifiesta sólo en su concepción sino en su percepción, (lo de la percepción es básico) relación que se hace parte de nuestra psique como lo revela la permanente compulsión a representarla –hacerla visible– dentro del repertorio de símbolos de todas las sociedades. Percibimos la arquitectura de modo diferente en la misma medida en la cual son diferentes las condiciones de naturaleza donde construimos.

Y al decir todo esto ¿qué estamos diciendo si no es que la arquitectura no puede juzgarse sin conocer a fondo el contexto de donde toma forma? ¿No estamos acaso rechazando la tendencia a la simplificación, a la unificación de los argumentos que contribuyen al juicio de valor? ¿No estamos devaluando los modos de apreciación que prevalecen en lo mediático actual? Porque es de eso de lo que se trata, de resistir al aplanamiento, a la uniformización de los recursos críticos actuales respecto a la arquitectura y los arquitectos.

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La forma como Wulf se refiere en su biografía a la relación entre Humboldt y Simón Bolívar me impresionó porque revela que entre Humboldt y Bolívar hubo mucho más que una relación circunstancial. Sabía yo vagamente de su encuentro sin que nunca me hubiera inspirado un segundo pensamiento, pero ahora se me presentó como un acontecimiento clave.

Alejandro de Humboldt a su regreso de América en 1804

Ya Humboldt, en Agosto de 1804 con 34 años de edad, 35 en Septiembre, había regresado de su primer viaje americano y se había instalado en París, –Napoleón en el apogeo de su gloria y el comienzo de la deriva que lo consumió– donde había llegado Bolívar en la primavera, jovencísimo, de apenas 21 años, viudo y muy afectado emocionalmente por la reciente pérdida de su esposa (producida por la fiebre amarilla según Wulf y la historiadora Marie Arana en su reciente biografía Bolívar American Liberator), dispuesto a dejar que la vida social y disipada lo ayudase a recobrar el ánimo. Ya Humboldt se había hecho famoso aunque no había aún publicado su primer libro Cuadros de la Naturaleza, pero las noticias de su largo (cinco años), arriesgado y portentoso viaje que lo había llevado por el corazón de nuestro país, Colombia y Ecuador, continuando a Cuba, Méjico y los Estados Unidos, lo habían precedido convirtiéndolo en un personaje famoso, que después sería visto como una notoriedad científica. Bolívar y él se conocieron en ese mismo 1804, aparentemente en Septiembre, y trabaron amistad, hasta el punto de reencontrarse casi un año después en Roma, verano de 1805. Bolívar llegó a esa ciudad en Julio y según Arana lo hizo caminando desde las estribaciones de los Alpes italianos. Habían partido desde Lyon, sur de Francia, él y Simón Rodríguez, siempre a pie, como parte de una experiencia de vida al aire libre y encuentro con la naturaleza extremadamente sugerente –para alguien como yo que desconocía ese carácter de exploración de lo natural– en relación con la personalidad futura del Libertador.

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Porque esas andanzas en años tan cruciales para cualquier ser humano, lapso en el cual echa raíces la personalidad y se definen propósitos que orientarán toda la vida, han pasado para los venezolanos de mi generación un poco desapercibidas, oscurecidas injustamente por todo el relato de gloria militar que ha servido entre otras cosas para alimentar las peores distorsiones como la que padecemos hoy los venezolanos a manos de una camarilla de indignos usurpadores y cómplices. Si en el caso de otro hombre excepcional como lo fue Andrés Bello, se insiste –para afirmar su venezolanidad– que ya estaba en lo esencial formado cuando salió de nuestro país para nunca más volver, y por ello mismo se exploran y detallan con insistencia sus años juveniles, con Simón Bolívar pasa exactamente lo contrario, al ignorarse un poco los años formativos, en los cuales se dio este andar europeo que daría lugar a un episodio –ese sí muy mencionado, repetido y conocido– como el juramento del futuro héroe ante las ruinas romanas teniendo como testigo a su querido maestro y cuyas frases, verdaderas o no, nos sabemos de memoria.

En los documentos de Humboldt hay evidencias de que los momentos de convivencia en Roma de los dos personajes fueron más que simple cortesía. En la actitud crítica de Humboldt, quien fue considerado un antimonárquico toda su vida a pesar de su cercanía a la corte prusiana, hubo muchos argumentos que influyeron en los puntos de vista de quienes en nuestro continente los conocieron a través de comentarios o sus libros, publicados en los tiempos iniciales de nuestro proceso independentista. Bolívar llega a decir más tarde en una carta que envía a Humboldt que con su pluma Humboldt había despertado a Suramérica. Lo cual no es poco decir si estamos hablando del pensamiento de un científico y no de un filósofo revolucionario. Y dentro de ese pensamiento descuella una actitud de admiración ante la naturaleza sudamericana que en ese momento de la historia universal tenía el potencial de hacerse motivo emocional para soñar con la creación de nuevos espacios sociales para la humanidad. Para convertir esa espléndida grandeza, su exuberancia amable y también difícil, sus contrastes, sus inmensas montañas, su reino solar, sus mesetas que alivian calores y crean microclimas, tantas cosas que vistas desde el frío despiertan nostalgias, en territorio de utopías. Porque lo natural –es ese tema el que me interesa más destacar de la relación Humboldt-Bolívar– nos hace un llamado permanente no sólo como evocación sino como apropiación. Si eso lo sentimos hoy quienes de alguna forma llevamos en la intimidad perfiles de serranías, fronteras de mar o de tierra, verdes oscuros que trepan e invaden, tantas huellas de lo que crece y preside la escena donde hemos vivido, y nos resistimos a que nos sea arrebatado por la ignorancia, el oportunismo y la maldad de unos ilegítimos que lo ignoran todo y cuya fuerza es la falsedad, con mayor razón podían sentirlo quienes apenas se asomaban al conocimiento de la inmensidad de todo un continente, conocimiento que empezó a formarse en el pensamiento de un Alejandro de Humboldt.

Y culmino con esta frase de Humboldt en su libro Cosmos:

La naturaleza es el terreno de la libertad 

Buena cosa para decirla en estos tiempos navideños donde nació la esperanza y la promesa.