DIGRESIONES (34)

Oscar Tenreiro

Cuando me he referido a la capacidad que la arquitectura tiene de hablarnos del medio natural donde está construida, he sugerido que es posible enumerar sus atributos, decir cuáles son sus rasgos más notorios, más característicos. Pero también advertí, cuando comencé a explorar el tema (Digresiones 30 del 23-12-17) que ese propósito “nos hará movernos por un terreno de relativismos donde pocas cosas se sostienen irrefutables: la relación naturaleza-construcción deja demasiado espacio a la interpretación subjetiva”.

Eso que pudiéramos llamar subjetivismo pero que es más bien una dificultad insuperable, afecta a todo esfuerzo por razonar el valor cultural, la bondad, de una obra de arte y por supuesto de la arquitectura, como ya muchas veces lo he discutido en estos textos. Y he dicho otras veces lo que puede decirse en este caso: que resulta imposible la precisión sin recurrir a conceptos derivados de una metafísica, de un filosofar sobre principios y fines ­–como el que permitiría identificar a lo bueno y lo bello­– respecto al cual no hay acuerdo universal, como lo revela la historia del pensamiento humano. Y que precisamente por ello deja fuera muchas de las cosas que orientan el juicio de valor. En resumen, que razonar esa bondad es una tarea que no conduce a resultados claros, que termina siendo un ejercicio intelectual incapaz de ofrecer suficiente luz sobre lo que intenta razonar.

Pero movido por el fuerte impulso recibido de las recientes lecturas que he comentado –lo que llamé un élan–y por el deseo de respaldar mis preferencias, cedí a la tentación y  quise, según escribí en las Digresiones 33 (3 de Abril de este año): “… volver a pensar que si la luz es otra y por lo tanto otros los colores, otras las texturas; si la sombra puede ser rechazada o buscada…la arquitectura…debía estar marcada por esas diferencias…claves que ayudarían a superar la tendencia actual a la uniformidad que prescinde de la diversidad de orígenes de la arquitectura”.

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Mi impulsivo deseo de identificar esas claves la justificó la convicción, estimulada además de las lecturas por algunos episodios personales, de que en la arquitectura de nuestro mundo americano y tropical se manifiestan influencias y entre ellas de modo señalado las del medio natural, que establecen diferencias que parecieran estar fuera de los criterios que se manejan en la manera de ver y sobre todo de juzgar, la arquitectura que hoy se celebra. Pero que estemos conscientes de ese problema no es suficiente razón para dejar de lado certidumbres personales sobre las que ya he escrito otras veces. Sin darme cuenta me ofrecí como víctima al embrujo del lenguaje al cual se refiere Wittgenstein, esa modalidad del ejercicio del pensamiento que hace imprescindible recurrir a juegos entre conceptos y definiciones los cuales queriendo clarificar se enredan en su propia inoperancia. Además ya había saltado a mi vista el hecho de que algunas relaciones entre arquitectura y naturaleza pueden ser identificadas con facilidad (las respuestas a las particularidades climáticas –lluvia, humedad, inclemencia solar– junto a otros aspectos muy técnicos que he mencionado) mientras que hay otras que pueden perfectamente ser llamadas subjetivas como la forma de captar o controlar la luz natural, el manejo de los materiales, el uso del color o el modo de construir, que sin embargo pueden ser fundamentales en nuestra valoración de una arquitectura.

Y aquí debo repetir cosas que ya he dicho. Me lo permito y pido a los lectores con memoria más aguda que me lo perdonen porque ha pasado un cierto tiempo desde la última vez que traté el tema, advirtiendo que ese volver sobre lo dicho es recurrente cuando se piensa la arquitectura y uno se trata de mantener a cierta distancia de explicaciones ideológico-metafísicas: la mejor manera de destacar la bondad de una arquitectura (bondad que incluirá necesariamente la positiva relación con el medio natural) la ostentación es el instrumento más seguro, el que mejor expresa nuestras intenciones. Debo mostrar la arquitectura que me interesa, y si me lo permite mi manejo del lenguaje literario hacerlo usando un lenguaje suficientemente expresivo que aspire a lo poético. Será esa la mejor forma de justificarme ante el interlocutor, quién a su vez, como también he dicho, recorrerá un camino análogo. O se apoyará en las palabras de otros.

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En tiempos de mis estudios –creo haberlo mencionado ya– los profesores hablaban insistentemente de la relación arquitectura-medio natural hasta casi convertirla en un lugar común. Figuraba en las críticas, se hilaban discursos sobre el tema y cuando se pedía a los arquitectos comentarios sobre su propio ejercicio, inevitablemente hablaban de ello. Era una de esas ideas que de tanto mencionarse llegaban a perder su sentido, desvaneciéndose ante el peso de otras como la imitación de lo celebrado, tan característica del juicio sobre arquitectura o sobre arte en general. Pero aún así los profesores hablaban sobre ello con mayor o menor tino dependiendo de su cultura filosófica. Se apoyaban sin estar muy conscientes de ello, de modo vago, en algún tipo de metafísica o de ideología, mencionando atributos sin mucho rigor y usando argumentos seguramente discutibles, movidos por preferencias no bien explicadas. Todo ello, acompañado como dije ya, con el recurso de la ostentación muy usado entonces y muy usado hoy: señalar edificios, elogiar algunos, ignorar otros, hablar de algunos arquitectos nombrados, conocidos o celebrados, de sus obras más comentadas. Un panorama análogo al que se presenta hoy en cualquier escuela de arquitectura del mundo. Así se sigue hablando de la arquitectura. Vagamente, dejando muchas cosas en el aire, a pesar de todas las palabras que se prodigan en masters y doctorados, hoy abundantísimos.

Pero también hay que decir que nuestros profesores evitaban profundizar porque intuían las dificultades que enfrentarían. Era un momento histórico en el cual prevalecía la desconfianza característica de la modernidad, en la razón académica. Porque como ya lo he dicho anteriormente, el ambiente de nuestra escuela de arquitectura, que nació justo después de la guerra (1946) a partir de los esquemas pedagógicos que acompañaron al Movimiento Moderno, estaba marcado por la superación de la tradición Beaux-Arts. Se inspiraba fuertemente en las exploraciones de la Bauhaus publicitadas por el Gropius de Harvard y respaldadas por su libro Alcances de la Arquitectura Integral (Scope of Total Architecture) que se nos presentaba como una especie de catecismo de obligada lectura.

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Me enfrento ahora, luego de lo que he venido diciendo, con una obligación acompañada de una limitación. La obligación es que parece lógico que señale, que muestre, algunas de las arquitecturas que considero tienen la virtud de hablar de nuestro medio natural, lo cual equivale a decir, simplemente, que según mi juicio son ejemplos de buena arquitectura. La limitación está en mis dudas sobre mi deseo de hacerlo, desgano que es familia de las permanentes incapacidades de los arquitectos para señalar positivamente otras arquitecturas. Porque a los arquitectos nos resulta particularmente difícil señalar (o mostrar) con libertad arquitecturas de nuestra preferencia, fuera de los ejemplos consagrados o de las opiniones de la crítica establecida.

Y ello es así, entre otras cosas, porque señalar o mostrar nos enfrenta a la necesidad de identificarnos con lo que otros hacen; al hacerlo siento (es un sentir muy impreciso) que dejo de lado mis intuiciones, mis convicciones, para decir: esta arquitectura contesta mis preguntas, me habla en el idioma que me conmueve, que me emociona, que llena hasta cierto punto mis aspiraciones de arquitecto. Y decir eso en cierto modo implica una especie de renuncia a mis expectativas íntimas (las relego a un segundo término). Además de que nos plantea de nuevo lo que ha estado todo el tiempo flotando sobre estas reflexiones, las limitaciones que existen para razonar el impacto del arte en nosotros: cuando muestro debo decir algo, se supone que debo decir por qué muestro. Y eso me somete a exigencias incómodas, una situación que es aún más terminante cuando se trata de un arte, o aspiración de arte, con el que estamos comprometidos como arquitectos que somos.

Me ilustra especialmente respecto a esto lo que dice Dostoievsky –lo leí esta mañana en la biografía de Josef Frank– cuando se ve obligado en una conversación privada a explicar su rechazo a ciertos aspectos de la novela Ana Karenina de su contemporáneo Tolstoi: …criticar es imposible por más que yo quisiera. Yo mismo soy novelista ¡sería algo indecente! ¿No expresa esa frase la razón de nuestra parálisis o insuficiencia para juzgar la obra de un contemporáneo? En tanto que somos arquitectos estamos afectados por una problemática imposibilidad de situarnos críticamente respecto a las obras de los otros arquitectos con quienes convivimos o hemos convivido. No podemos guardar la debida distancia para poder juzgar o para aceptarlos de modo abierto. Puede decirse que son celos, pero en realidad es mucho más que eso, es una distancia impuesta por nuestro compromiso personal (con limitaciones incluidas) con la arquitectura. Compromiso que nos marca fuertemente y a la vez nos limita.

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Y sin embargo voy a mostrar arquitecturas de Venezuela. Con la Plaza Cubierta de Villanueva es con la que más me identifico porque lo considero (es muy común decirlo así) una permanente alusión a nuestro medio natural. Claro, me facilita valorarlo sin reservas el que sea un edificio –o más bien un lugar arquitectónico– que ya está inscrito en nuestra historia. Fue allí donde experimenté de muy joven la emoción de la arquitectura.


Carlos Raúl Villanueva (1900-1975) Plaza Cubierta y accesos al Aula Magna (1953)

Los demás ejemplos que muestro, como el edificio de Edelca de Jesús Tenreiro en Ciudad Guayana y el Banco Central de Venezuela de Tomás Sanabria, no tienen todavía ese carácter definitivo que tiene la Plaza Cubierta, pero sí méritos y virtudes que les confieren un carácter icónico y los sitúan en las fronteras de lo que merece estar en la historia. Edelca tiene aún la frescura de su primera juventud, a pesar del pésimo mantenimiento, casi abandono, y de la tacañería con la cual fue construido, motivo de mucha angustia para su arquitecto, de la cual fui testigo.

Jesus Tenreiro (1936-2007) Edificio de Edelca en Ciudad Guayana (1967)

Los quiebrasoles figuran soportales que producen sombra y protegen el acceso desde el parque.

El Banco Central por su parte es un edificio esencial entre nosotros. Reconozco en él un particular rigor, su excelencia constructiva (rasgo definitivo de la obra de Sanabria) y su consideración casi enciclopédica al tema específico de la insolación. Me distancia de él su severidad.

Tomás José Sanabria (1922-2008) Torre Financiera del Banco Central de Venezuela (1972)

También muestro una vieja foto de la casa de Pérez Jiménez de Fruto Vivas, obra de plena juventud cuando produjo muy buenas cosas entre las cuales esta casa, antes de entrar en una lenta y persistente regresión con ocasionales aciertos afirmados en su talento. A la vez que admiro esta casa como una especie de homenaje al lugar donde está construida, al borde de un acantilado viendo el Mar Caribe, rechazo drásticamente el discurso esquemático y simplista de su autor acerca de la arquitectura, acompañado siempre de un relato sentimental típico del oportunismo izquierdista radical cuya consecuencia ha sido hacerlo cómplice de nuestra siniestra dictadura.

José Fructuoso (Fruto) Vivas (1928) Casa de Pérez Jiménez en Playa Grande (1957)

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Conclusión: la arquitectura –el arte– habla desde la historia, no sólo desde las preferencias personales, ni en los textos de críticos o teóricos. Mucho menos en la novedad y el consumo editorial o en las modas. Habla desde su permanencia en el tiempo y su inserción en la cultura de una sociedad. Desde su trascendencia. Para sentirnos en reposo con nosotros mismos al señalar una arquitectura como ejemplo en nuestro deseo ostensivo, sin la tensión de estar violentando nada íntimo, necesitamos que ese edificio esté dentro de una perspectiva histórica. Que haya adquirido un valor patrimonial como ejemplo de una cultura, de lo que una sociedad produce y atesora como muestra de su evolución.  En la valoración de una arquitectura tienen una palabra fuerte que decir los historiadores. Está en su responsabilidad llamar la atención del conglomerado social sobre el rol de iconos demostrativos que cumplen determinados edificios que no envejecen y logran sostener vivo su mensaje inicial. Así los aceptaremos, dejando aparte nuestras resistencias.

Son edificios que nos hablan y seguirán hablando. Del medio natural y de otras cosas.

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DIGRESIONES (33)

Oscar Tenreiro

Publiqué el último texto en este blog el primer día del pasado mes de Febrero, y es sólo hoy 31 de Marzo cuando regreso a él. Ya me encuentro en mi país, sometido, como lo estamos todos los que vivimos aquí, a los efectos de la irracionalidad convertida en instrumento de dominio; situación tan absurda, tan negativa, tan ajena a todo lo que uno tiene derecho a esperar, que resulta muy difícil superar lo inmediato para lograr una mínima calma espiritual. Pero surgen de todos modos razones para extremar la paciencia, síntomas positivos de que va afirmándose en todos los niveles sociales un sentimiento colectivo poderoso, unánime, de rechazo a un estado de cosas sostenido por el abuso, la represión, la bajeza moral, y la mentira repetida de modo incesante para hacerla verdad. Y saca uno entonces fuerza para insistir en pensar con la escritura, aislándose del día a día abrumador.

Es así como me reconecto con ideas dejadas en suspenso, una de ellas sugerida por la lectura sobre la vida de Alejandro de Humboldt, lectura de la cual me ha quedado una curiosa sensación de solidaridad con el personaje, en quién junto a sus andanzas de explorador, a las constantes manifestaciones de su deseo de conocer y su notable palabra escrita, se evidencia la inmensa admiración que profesó a la naturaleza americana. Pasa a convertirse entonces en alguien cercano, quien comprende, quien comparte, algo que el europeo de hoy desdeña y el americano del norte, dominado por el poder de sus hábitos y sus congelados estilos de vida, observa siempre desde lejos como si se tratara de lo que no le concierne.  Y es así, siguiendo el legado de gente que vivió construyendo las raíces más profundas de la cultura, como adquieren nuevo brillo las preguntas de siempre.

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Ahora en estos tiempos de hombre mayor, tal vez porque vivo en un lugar que me facilita la observación y el disfrute de lo natural, tal vez porque el amor por el mar, grabado con fuerza en tiempos de infancia, me llevó a vivir de modo intenso, ya mayorcito, la vida del agua, la brisa constante, el sol, las figuras de lo que nos ofrece el espacio costero, horizonte y frontera que también me abrió la puerta a tierra adentro y las montañas azules, el caso es que mi disfrute de la arquitectura, además de tantas otras cosas sobre las que nos llama la atención, siempre termina llevándome a pensar, si no en el momento de la experiencia con seguridad en el recuerdo y la reflexión, en el medio natural donde se construyó. Entre todas las artes, la que de modo más claro lleva con ella las señales, las sugerencias, las particularidades del medio ambiente que la acoge es la arquitectura. La acoge y además como ya hemos discutido bastante, hasta cierto punto la determina, influye sobre ella de modo especial. Si es sensible a lo que lo rodea, el punto de vista en el cual se sitúa el arquitecto es original en el sentido que le daba Gaudí a la palabra, como origen. Porque es original, pertenece a un territorio específico, el mundo natural donde nace la arquitectura que juzgamos y la que queremos edificar. Y además de todo eso, volviendo a lo ya dicho, vemos la arquitectura de modo distinto según sea el medio natural donde estemos.

Ya comencé a hablar de estas cosas en las Digresiones (30 y 31) y me detuve en el tema de la percepción por la importancia que le otorgo para enriquecer el debate, a la vez que  señalaba la necesidad de que la crítica, el crítico de arquitectura, se sumergiera en la comprensión del medio, se alejara de la rápida visión periodística hoy exacerbada por las plataformas sociales, destructoras de la individualidad, para entender mejor las consecuencias de lo natural en la germinación de los valores que comenta. Y eso me llevó entonces hacia un venezolano desaparecido que consideré mi amigo, William Niño, comentario que interrumpió mi concurrencia a este espacio al que hoy retomo.

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Y además de la cuestión de la percepción, también ha sido parte de nuestras inquietudes la capacidad que la arquitectura tiene, o debería tener, para hablarnos, para remitirnos al medio natural en la cual se construye, convirtiéndose en expresión de lo que llamé hace un momento nuestra mirada, lo cual equivale a decir nuestro modo, el de este lugar, de contribuir a la cultura universal. Nos motiva el deseo de darle peso a la diversidad surgida de la correspondencia –o la repercusión– de lo singular de un espacio geográfico determinado, distinto a otros, en la configuración, o si se quiere en la persona del edificio, persona en el sentido de vínculo visible, que se muestra, con el espacio físico donde se ha construido. Diversidad que parece hoy ocultarse bajo la presión de la uniformización que discutíamos más arriba.

Y cuando la arquitectura se hace portadora de un mensaje de cultura, la arquitectura patrimonial –la auténtica, no la patrimonial-burocrática– expresa una mirada que caracteriza, junto a muchas otras miradas expresadas por el arte y las actividades humanas, a esa sociedad. Se puede convertir, casi, en figura de esa sociedad, o hasta en símbolo, de lo cual hay abundantes ejemplos. Figura compleja, múltiple, porque la arquitectura puede, como es el caso de otras expresiones del arte, apuntar en muchos sentidos diferentes, con especial precedencia –porque ello está en su origen, es parte esencial de lo que determina su concepción– hacia el medio natural donde se construye. Lo cual equivale a decir que toda arquitectura de valor aceptado, común, indiscutido, expresa junto a toda la multitud de rasgos propios de una cultura, el medio natural donde prospera: hay una relación inescapable entre buena arquitectura y naturaleza.

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Flor de Araguaney y Bucare vestido de capullos, desde mi casa.

Toda esta efusión respecto a lo que hacemos como arquitectos y el medio natural puede parecer un tanto exagerada, o innecesariamente subrayada. Y si ya he hablado de algunas de las razones que la han colocado en mi primer plano debo agregar otros hechos que contribuyeron.

En estos meses recientes fuera de mi país, con ocasión de unas charlas que debía dar en Alicante y Valencia, me entregué a una especie de examen de conciencia –un recuento de mi labor como arquitecto que arranca en mis primerísimos años–­ usando imágenes que había llevado conmigo. Ese esfuerzo memorioso que acompañaba a las lecturas que ya he venido mencionando, se sumó a la necesidad en que nos coloca la catástrofe venezolana y su diáspora de múltiples caras de reflexionar sobre nuestro origen, de adentrarnos en el sentido de tantas vivencias entre las cuales la de un medio natural calificado hace quinientos años como el de una Tierra de Gracia, escenario de tantas andanzas personales. He sentido desde esos días algo que pudiera llamarse impulso, ese tipo de movimientos del alma que los franceses designan muy bien con la palabra élan, que si bien se traduce impulso es más que eso porque sugiere una invasión de nuestra psique por una idea, por una intención.

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Es a consecuencia de todo ello que me interrogo –un poco ansiosamente– sobre los vínculos entre arquitectura y medio natural, ya examinada la cuestión de la percepción porque es obvio que ésta se resuelve con el conocimiento real de un contexto, viviendo sus sutilezas y dejando atrás la prisa inducida por los esquematismos en boga.

Y la ansiedad me llevó a la fantasía de enumerar los atributos que caracterizan esa arquitectura que habla del medio en una especie de lista abierta. Esa idea repentina, tan discutible y hasta ingenua por razones que veremos, se coló en las líneas que escribí en las Digresiones previas. Quería re-pensar, y lo digo así porque con ello no hago sino seguir la corriente de lo que se nos dice desde los primeros días a los estudiantes de arquitectura para después olvidarlo entre las modas y las imitaciones; quería, repito, volver a pensar que si la luz es otra y por lo tanto otros los colores, otras las texturas; si la sombra puede ser rechazada o buscada; si es fácil o difícil el reposo necesario para la contemplación; si hay calor o frío extremos; si la luz hiere o hay que buscarla, si se hace necesario el espacio abierto o el contenido, la ventana grande o pequeña; si la expansión del espacio interno hacia el exterior es mayor o menor; si en suma todo eso debe considerarse, la arquitectura, tal como se dice una y otra vez, debía estar marcada por esas diferencias junto a las cosas propias del lenguaje del arquitecto –a su vez influido por el medio natural– que en definitiva le darían a la arquitectura un sello distintivo. Distinción, diferencia, identidad, que permite superar la tendencia actual a la uniformidad, el consenso estético podríamos decir, que ha extendido por el mundo una actitud ante la arquitectura, un modo de situarse ante ella, de juzgar su valor, prescindiendo de la diversidad de origen y estableciendo algo parecido a un canon surgido de la arquitectura aplaudida en los países centrales.  Producto rutinario, sin la emoción de su genealogía –su origen y sus parentescos inmediatos– muestra de los avances tecnológicos de la opulencia en cuanto a innovación y riesgo o niveles de refinamiento, y poco más. La arquitectura se asemeja mucho hoy a un producto industrial que aquí es igual que allá surgido de factorías donde el acero inoxidable reina. Se realiza así, irónicamente, uno de los objetivos –la producción industrial del edificio– que la modernidad convirtió en bandera. A la cual se sumaron muchos formando parte del tropel de la vanguardia, pero que los más lúcidos –huelga nombrarlos– lo rechazaron después, los más significativos culturalmente, los más sólidos.

 

 

 

 

 

 

 

DIGRESIONES (32)

Oscar Tenreiro

En los años que siguieron desde el artículo crítico aparecido en El Nacional, que fueron unos cuantos –hasta su muerte– me unió un vínculo singular con William Niño. Y lo llamo así porque pasó por momentos de desconfianza o de distancia junto a otros de coincidencia o respeto, oscilaciones que precisamente permiten hablar de amistad.

Uno de ellos, para mí sorpresivo y grato, fue en torno a 1982, cuando me encontraba en plena actividad con el proyecto de la nueva sede de nuestra Galería de Arte Nacional, y William, habiendo conocido lo que mi oficina de arquitectura iba produciendo, de propia iniciativa quiso dedicarle un tiempo de estudio al proyecto para producir un pequeño ensayo que fue publicado a página completa en el diario El Nacional. Se mezclaba en su iniciativa, por una parte la amistad que le había permitido conocer lo que proponíamos y por la otra su modo de ver la arquitectura. O tal vez podría decir sus preferencias, siempre, por cierto, difíciles de descifrar porque poco hablaba de razones y se limitaba más bien a hablar favorable o menos favorablemente –nunca desfavorable-razonado sino ironizado– siguiendo su modo de situarse frente a las cosas, como quien disfrutaba moviéndose de aquí para allá con desenfado, sin solemnidad o intelectualismos de los que tanto abusan los críticos…y nosotros los arquitectos siguiendo nuestra pretensión de ver más que los demás.

Y esa ausencia de razones venía a ser, lo veo ahora, un problema muy fuerte para William si no fuese más bien el más presente en la formación de puntos de vista de nuestro ser venezolano. Porque así como redactó el ensayo ya mencionado, complementado después con otro que fue publicado cuando ya el proyecto comenzaba a agonizar a manos de la discontinuidad de lo público nuestro, mantuvo un inexplicable (para mí) silencio cuando esa agonía terminó por convertirse en muerte.

Corte del Auditorio de la Galería de Arte Nacional GAN 1981-En Caracas-Croquis- Prismacolor sobre papel de croquis

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Y es que el proyecto GAN-Nueva Sede, siendo uno de mis proyectos que considero más logrado y que en mi sesgada opinión habría sido un aporte de interés al escenario arquitectónico de mi país (¡qué arquitecto no opina lo mismo de sus proyectos! podría decirse) no fue defendido públicamente por nadie, ni siquiera por los más cercanos colegas a quienes no les parecía mal o simplemente lo conocían. Y entre los silenciosos, para mi sorpresa e incomodidad, estuvo William Niño.

Ese silencio tiene mucho que ver con el peso excesivo que para la comunidad arquitectónica tiene en Venezuela la inversión pública como origen de los encargos de mayor interés, los que tienen algún impacto en la ciudad y pueden realizarse con libertad sin imposiciones arbitrarias, casi como si fuese un campo virgen en el cual el arquitecto actúa siguiendo sus propias pautas. Lo cual se hace posible a consecuencia de la debilidad de las instituciones, que permite al arquitecto de lo público ser en la práctica su propio cliente. Eso por una parte, y por la otra que el campo privado lo copan los arquitectos allegados y amigos. El escaso escrúpulo del promotor privado en cuanto a que la arquitectura que construye sea de calidad y vaya más allá de la simple respuesta a sus intenciones de lucro, hace, en un país de mínima tradición arquitectónica, que busque preferiblemente arquitectos-a-sus-órdenes entre gente cercana, familiares o habituales sociales. Un panorama en el cual hay por supuesto excepciones pero que es sin duda la razón por la cual el campo privado alimenta por decirlo así, sólo a un par de decenas de estudios de arquitectura dejando mucha gente valiosa dependiendo del encargo público. Y como el encargo público ha sido tradicionalmente concedido a dedo sin el requisito de los concursos, escasísimos en general, entendemos mejor el porqué se convierte la nueva forma de actuar que acompaña a los cambios políticos, en norma de actuación y por supuesto en estímulo al silencio discreto.

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Es obvio pues, que en el caso que describo, William Niño no hizo algo distinto que adaptarse a las nuevas formas de actuación que prescribían en la esfera pública lo que en el período democrático que comenzó en 1958 y duró hasta 1998 con la irrupción del chavismo –cuarenta años de alternabilidad en el Poder entre los dos principales partidos– se convirtió en norma: distanciarse de las herencias del período político anterior. Herencias que en esta instancia particular el partido triunfante se empeñó en enlodar como si se tratase de inexcusables errores, insistiendo con ello en un modo de actuación que sin duda fue parte de los fundamentos ideológicos de la gran tragedia que hoy sufre Venezuela.

Y tal como lo hizo él, lo hicieron unos cuantos colegas influyentes, lo cual llevó a realizar otro proyecto en otra ubicación –perdiéndose el proyecto urbano asociado al nuestro– ante nuestro total estupor, aún sorprendidos por lo que hoy veo como una especie de mal permanente arraigado en el modo de actuar político de la sociedad venezolana.

Es ese uno de nuestros más nocivos rasgos y de él participamos todos de un modo u otro, así como participó William, quien prefirió silenciar sus puntos de vista ante el riesgo de ser colocado fuera del juego (siempre vuelvo al sugestivo título del libro de Heberto Padilla) en un momento en el cual, falsamente, engañosamente, típico modo populista que nos ha hecho especial daño, el partido ganador de las elecciones iniciaba un período luminoso para un país que era imprescindible liberar de las torpes decisiones del partido contrario. Período que además estuvo muy lejos de ser luminoso y durante el cual, en lo que se refiere a nuestra actividad como arquitectos se dieron toda clase de oportunismos y falsas expectativas, errores de juicio deliberados de las cuales ya me he ocupado en este espacio (ver las trece entradas tituladas Una pequeña historia necesaria, que comienzan el 21 de Diciembre de 2013) que también naufragaron parcialmente en el maremagnum de nuestra política.

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De todos modos fue posible llevar adelante en colaboración con William, la publicación de un libro sobre el proyecto, el cual para mí, tal como lo escribí en la presentación, fue un sustituto de la construcción. Hicimos muchos dibujos explicativos y organizamos con gran cuidado la diagramación, para lo cual fue fundamental la participación de Farruco Sesto, socio, y Carlos Pou ex-discípulo y colaborador –ambos hoy camaradas revolucionarios afectos a nuestra última dictadura– con texto central consistente en una entrevista que nos hizo William a Sesto y a mí. La acompañaban un texto crítico de William, otro de su amigo colombiano Alberto Saldarriaga a quien invitó a escribir, acompañados de otro de Kenneth Frampton quien había sido asesor de la propuesta, y Augusto Komendant ingeniero a quien siempre llamo mi maestro, de primordial importancia en la concepción de la estructura del edificio. Se editaron 1000 ejemplares y pagó su producción una entidad privada que ya no existe, gracias a la generosidad de Diana Feo y Gustavo Tamayo. Y por fin una tarde, un mes después de instalado el nuevo Presidente de la República, se presentó el libro en la vieja sede de la Galería de Arte Nacional, en acto presidido por su Directora hasta ese momento Bélgica Rodríguez–poco después destituida– ya intimidada por los nuevos tiempos y por ello bastante menos partidaria del proyecto, pero hasta cierto punto obligada a seguir adelante con la iniciativa editorial.

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En los años sucesivos nuestro contacto se hizo distante a tono con la erosión cultural –de la sinceridad, de la independencia de criterio­– producto de las circunstancias políticas de entonces. Me dediqué, paralelamente a mi trabajo profesional, a organizar unos cuantos eventos de arquitectura, en uno de los cuales, el Seminario sobre Arquitectura Española, participó William; y en algunos casos, como cuando decidió junto a Martín Padrón y María Teresa Novoa trabajar en la publicación de un número de la revista del Colegio de Arquitectos dedicada al desarrollo que el arquitecto colombiano Jack Dornbush, gracias a sus altas conexiones políticas, había promovido en terrenos de Montalbán con el nombre del Juan Pablo Segundo, estuve abiertamente en contra.

En ese largo período, más de diez años, la actividad por él desplegada en la esfera pública mediante publicaciones, organización de foros y discusiones, su participación en la Fundación Museo de Arquitectura, la labor periodística y la producción de publicaciones, fue muy intensa y positiva para la cultura venezolana desde la arquitectura como centro. Destacó por ejemplo, producto de su trabajo en la División de Arquitectura de la Galería de Arte Nacional, su organización allí de la Exposición Los Signos Habitables (1985) estupenda muestra de trabajos de José Miguel Galia,Tomás Sanabria, Fruto Vivas, Jesús Tenreiro, Jorge Castillo y Gorka Dorronsoro, que circuló por Latinoamérica después de un tiempo en Caracas, y también en la GAN la Exposición La Casa como tema (1989), muy interesante muestra del estado de las búsquedas de los arquitectos venezolanos a partir de la vivienda aislada de alto costo, criterio expositivo con el especial mérito de superar los vacíos prejuicios del izquierdismo crítico-arquitectónico. Y muchas más cosas que sería largo citar, las cuales en número y en calidad contratan con la aplastante pobreza de iniciativas del Museo de Arquitectura revolucionario de los últimos años, con presupuesto y con burocracia, dirigido hasta hace muy poco por un activista político que en definitiva mostró su escasa conexión con la realidad de nuestro ejercicio y su pasión por el cultivo de la ideología de la exclusión.

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Y tal vez el último capítulo que como experiencia personal me reveló la importancia que en nuestro medio tuvo nuestro amigo como mediador entre los arquitectos y la gente en general, labor necesaria en una sociedad como la nuestra porque ayuda a dirigir mejor la mirada colectiva, tuvo que ver con un trabajo público que logré hacer fuera del vasallaje político impuesto por el Régimen: un centro de Salud, el Ambulatorio de Las Minas de Baruta, en un barrio de sectores humildes de nuestra capital encargado por la Alcaldía que presidía Enrique Capriles Radonsky. Tuve acceso a ese encargo –modesto pero muy significativo para mi experiencia– fuera de toda cuestión política, gracias a que William Niño sin yo saberlo propuso mi nombre ante los altos funcionarios de la Alcaldía, lo cual también hizo para otro trabajo con Gorka Dorronsoro, muy capaz arquitecto ya fallecido   alineado con la revolución. En algún momento del año 2001 afectado por haber tenido que desmantelar mi oficina y sin trabajo, me sorprendió una llamada del Director de Salud Gustavo Villasmil, quien a partir de ese momento se convirtió en el mejor cliente público que he tenido, para decirme que sería el arquitecto de un centro de asistencia que concebimos como una inserción destinada a impulsar el mejoramiento del sector y núcleo generador de espacio público, asunto clave en nuestras zonas marginales. Fue, por cierto este trabajo el comienzo de una relación profesional que culminó unos años después con los proyectos –y construcción– de siete escuelas en zonas rurales o deprimidas –ya fallecido Niño Araque, pero a pesar de que lo he escrito ya en otra parte, para mí no solo es un deber moral destacar su función mediadora y expresar de nuevo mi agradecimiento, sino insistir en que en una realidad como la venezolana los críticos deben asumir la particular responsabilidad de señalar más allá del tema de los allegados y amigos y apoyarse en sus juicios de valor para facilitarle a otros el acceso a los encargos, una labor difícil y acaso delicada en términos éticos pero siempre mejor que una discrecionalidad basada en un tipo de clientelismo político o social.

Detalle del Ambulatorio de Las Minas. Terminado en 2008.

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Y llego a la extensión habitual de estas entradas. He escrito siguiendo el hilo tendido desde la anterior, y como digresión al fin, se ha distanciado de Humboldt y algunas consecuencias del apasionante tema de nuestra relación con el medio natural que nos rodea. Se ha centrado en una persona –a quien veo desde mi relación con ella porque fue mi contemporáneo– haciendo un esfuerzo que por ser lo más fiel posible a como la vi cuando estaba en este mundo. Como todos nosotros, fue actor de muchas cosas diversas, unas mejores que otras, en un medio como el nuestro que nos hace ser erráticos –un calificativo que usó certeramente William para referirse a mí, dicho sea de paso– y también desenfadados, rasgo que he terminado por considerar, a raíz de la confrontación con otros ámbitos, una de nuestras virtudes venezolanas.

En el tiempo transcurrido desde la última entrada –la publiqué el seis de Enero hace tres semanas– sorprende e intimida el avance de la catástrofe venezolana. Sigue uno sin entender cual es el propósito de la camarilla gobernante y de su milicia de ideologizados. Parece imposible que alguien quiera edificar algo duradero de la destrucción, no producida por un enfrentamiento cruento sino por una deliberada invención de guerras, terrorismos, connivencias y traiciones, basada en mentiras erigidas en verdades. Es tan evidente el despropósito que cuando baje la marea, que bajará, quedará evidente uno de los más criminales absurdos que desde la izquierda radical y su religión laica se habrán perpetrado en suelo americano.

He dicho aquí que desde hace ya tres meses he estado fuera de Venezuela acogido por una familia, la de mi hija, que me ha alejado de una situación con episodios que gente por lo general moderada no ha dudado en definirla como infernal, así que no sé si podré tener la mínima calma que exige escribir. Ya veré. Entretanto aquí queda este testimonio sobre un venezolano ni heroico ni temeroso, simplemente valioso como lo exige la civilidad.