14 de Septiembre de 1992

Oscar Tenreiro

Me entero revisando mis papeles que precisamente hoy se cumplen 27 años de la muerte de Augusto Komendant, nacido en Estonia, hecho ingeniero en su país y en Alemania, emigrado a los Estados Unidos después de la guerra, amigo y compañero de trabajo de muchos arquitectos entre los cuales en lugar fundamental Luis Kahn, con quien construyó y soñó obras maestras; innovador –entre los más importantes del siglo veinte– de la tecnología del concreto armado.

La fecha me habría pasado desapercibida, como me sorprende que me pase con las fechas de las muertes de algunas de las personas más importantes de mi vida, si no hubiera sido porque estaba dedicado por un par de días a recordar y documentar mi relación con este personaje excepcional, amigo y sobre todo maestro, visitante de nuestro país un par de veces al compás de algunos de los trabajos que hicimos juntos. Y la recordé, no porque lo tuviera presente en la memoria sino porque casualmente se encontraba en Venezuela hasta ayer un coterráneo suyo, curador de una gran exposición sobre la obra y la vida de Komendant en el Museo de Arquitectura de Estonia, presencia que me obligó a revisar planeras y archivos en búsqueda de información que complementase la ya recogida por este joven estonio –su nombre es Carl-Dag Lige– en otra visita de hace algo más de un año.  Y entre los papeles apareció una tarjeta que me mandó su hija titulada In Memoriam en la cual bajo un dibujo de la cara de su padre estaban las fechas de su nacimiento – 2 de Octubre de 1906 – y de su muerte.

Esa inmersión por estos días en documentos que reviven el pasado, me despertaron no sólo las obsesiones de hace más de treinta años (mi última experiencia con Komendant fue en 1987) sino puntos de vista y modos de ver nuestra disciplina que todavía viven en mi conciencia como certidumbres que se oponen a la marea de simplificaciones y reduccionismos características de los tiempos que vivimos. Una de ellas, propia de la que se ha llamado la arquitectura del espectáculo, ve al ingeniero como una especie de traductor pasivo en términos técnicos de las ideas elevadas e inspiradoras del arquitecto; situándose en el polo opuesto otra que se cultiva en los países más atrasados o con menos tradición arquitectónica –como es el caso de Venezuela– según la cual el arquitecto es una especie de embellecedor, siempre suave y amanerado, de las ideas recias y realistas de un ingeniero que deberá tener siempre el control sobre lo que debe hacerse.

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Komendant y Jesús Tenreiro en mi casa. Probablemente en 1985.

A Komendant no era posible encasillarlo entre esos dos extremos. Desde el manejo de los primeros esquemas, su papel era extremadamente activo en la definición del camino a seguir. No asumía un papel rector imponiendo soluciones, sino que actuaba a la manera de un pastor que evitaba que las ovejas –llamando así a las ideas que están en juego al comienzo de todo trabajo– se descarriaran fuera del espacio de lo racional y justificable desde su perspectiva de ingeniero. Con la particularidad de que en él lo racional y lo justificable se afirmaban en una amplísima y variada experiencia y un manejo técnico de primera mano, recortados sobre el telón de fondo de un conjunto de principios éticos nacidos de su convicción de que estructura y arquitectura son inseparables y que la concepción de la arquitectura debe incluir siempre principios estructurales y constructivos firmes. Para él, entre los atributos de la arquitectura perdurable están los que atañen a la estructura y su construcción: no hay gran arquitectura que no atienda y dé respuesta apropiada y meritoria a las necesidades constructivas. Para él la arquitectura adquiría su dimensión más alta si respondía, al unísono con sus respuestas a necesidades y aspiraciones materiales y poéticas –estéticas– a las demandas y exigencias del ámbito de lo constructivo, entre las cuales siempre incluía, junto al rigor técnico, a la eficiencia y la economía. Y lo defendía buscando superar lo rutinario, situándose fuera de la zona de confort fundada en el camino ya recorrido, porque Komendant amaba la innovación, aceptaba el riesgo, quería ir más allá de lo que estaba asegurado por la repetición acrítica de lo que otros –o él mismo– habían hecho ya. Y sin embargo rechazaba la arbitrariedad, las decisiones basadas en caprichos o impulsos individuales.

Esa visión, que coincidía ampliándola y enriqueciéndola con la que comenzaba a desarrollarse en mi conciencia de ser arquitecto, estaba sin duda enraizada en el Movimiento Moderno, algo de lo cual Komendant no necesariamente era consciente, debido a que, más que una actitud intelectual, surgía en él de la práctica: de su manera natural de asumir la disciplina. Y no está demás decir que las tesis del posmodernismo, que ya tomaban forma cuando tuve el privilegio de trabajar con él, alimentaron una visión contraria defendida aún hoy, según la cual las necesidades artísticas –personales: el estilo propio– se imponen sobre la racionalidad constructiva. Postura que obligó a aplicar el adjetivo tectónico a la arquitectura como la veía Komendant y seguimos viéndola muchos, hasta dar la impresión de que la verdadera arquitectura –sin adjetivos– es la que admite el juego de los caprichos y las inspiraciones más o menos arbitrarias dictadas por la búsqueda de la novedad. O por una falsa idea de la creatividad o de los contenidos artísticos de la disciplina.

Komendant, el recientemente fallecido “Flaco” Alvarez y mi persona en la galería del Consulado de Vzla. en Nueva York el 10 de Abril de 1986, en la apertura de la exposición que organizamos “Graphics on Venezuelan Architecture”

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Ya he escrito en este mismo Blog y quienes me conocen de cerca me lo han oído más de una vez, que Komendant me cedió los derechos de la traducción al español y la edición del libro Dieciocho años con el arquitecto Luis Kahn que publicó en 1975, un año después de la muerte de Kahn, el cual es un examen de las circunstancias y experiencias que tuvo como participante en la concepción de las obras maestras de un arquitecto esencial: el último maestro del siglo veinte. Fue posible la traducción gracias al patrocinio y financiamiento del Colegio de Arquitectos de Galicia, institución que respaldó los esfuerzos del colega gallego Carlos Pita hasta hacer posible la salida del libro en 2001. Pocos lo conocen aquí en nuestro país porque fue imposible que nuestra Facultad se interesase en divulgarlo, pero tiene el mérito de hacer accesible al espacio de nuestro idioma una útil herramienta para comprender mejor la naturaleza de las relaciones entre dos personas excepcionales, compensando este las deficiencias de aquel y viceversa, y sobre todo las distintas y contradictorias facetas –porque el recuento de Komendant es sincero y no oculta lo problemático– que se presentan en el proceso de hacer realidad una arquitectura que supera lo rutinario y aspira a la permanencia. Es una contribución clave a la tarea de ampliar y profundizar el conocimiento de nuestra disciplina, despojándola del aura de coto cerrado dominado por los impulsos y las chispas creativas, alejado de la comprensión general.

Portada del libro “18 años con el arquitecto Luis Kahn” en español. Publicado en 2001.

Porque es necesario y siempre conveniente, lo he dicho muchas veces a propósito de este libro, ver a alguien digno de especial admiración, aquí Luis Kahn, como una persona común en el sentido de que lo afectan, como nos afectan a todos, períodos difíciles de desencuentro consigo mismo, dudas respecto a lo que debe hacer, o inseguridades originadas en fluctuaciones del ánimo. Ese papel tan esencial lo cumple con creces este libro el cual por otra parte pone en primer plano, al desentrañar la colaboración entre dos personalidades que son referenciales, la importancia de lo personal como oposición al anonimato típico de las grandes empresas de consulting que ya comenzaban a copar la escena en los años ochenta del siglo pasado y que hoy parecen haberse impuesto. La calidad de los resultados expresada en edificios como las Torres Médicas de Filadelfia (1957-61), los Laboratorios Salk en La Jolla, California  (1959-65) o el Museo Kimbell en Dallas Fort Worth (1967-72), todos ellos de valor patrimonial universal, son una reivindicación del diálogo personal entre responsables, el mejor antídoto contra la imagen del arquitecto genial y aspaventoso, dueño único de un lenguaje que se impone por encima de todo otro criterio en la configuración de la forma final del edificio.

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La importancia del diálogo interpersonal viene a ser uno de los mensajes que deja la entrevista que le hice a Komendant en Enero de 1985 –hace más de treinta y cuatro años– en su casa de Upper Montclair New Jersey, la cual incluí en la traducción española. Aún conservo la grabación en un cassette que decidí donar al Museo de Arquitectura de Estonia, pero fue necesario digitalizarla llevándola al formato de audio mp3 para quedarme con una copia antes de entregársela al curador visitante. Debí pues oírla de nuevo recordando y reviviendo algunas de las cosas de mayor importancia que aprendí de este hombre que tuve el privilegio de tratar de modo muy personal y con quien tuve experiencias venezolanas de mucho peso en mi vida profesional. El trabajo que originó nuestro contacto personal, que fue el Terminal de Transporte y Mercancías en los terrenos de la actual Mersifrica (1975), sólo llegó hasta Anteproyecto y se lo tragó el juego político, así como se tragó al proyecto de la Galería de Arte Nacional en Caño Amarillo –lo que iba a ser el Parque Cultural de Caracas (1980)– en este caso sumándose al oportunismo de colegas de cuyo nombre es mejor no acordarse. Hubo sin embargo otras oportunidades entre las cuales destacan la Plaza Bicentenario y el Teatro del Oeste (1981), edificios que pese a su destino desigual y también en gran medida difícil, se hicieron realidad parcial. Uno de ellos, el Teatro, muy fragmentariamente, y la Plaza, aunque castigada por la indiferencia y el deterioro típicos del poder público venezolano no pierdo la expectativa de verla algún día rescatada e integrada a los espacios públicos a disposición de los habitantes de Caracas, tal como fue concebida.

Primera Etapa (reconstrucción reciente en 3D-en gris claro las etapas sucesivas) del Terminal de Transporte y Mercancías con comercio y oficinas, propuesto en los terrenos del Mercado Mayorista de Coche

Corte fugado del módulo base del terminal. Es una estructura de vigas Vierendeel de concreto postensado.

La Plaza Bicentenario, junto a Miraflores, en 1986.

Komendant en visita de obra a la Plaza Bicentenario a fines de 1982, en diálogo con los ingenieros Martín Meiser (fallecido hace unos tres años) y Andrés Prypcham

Corte Fugado del Teatro del Oeste- Versión inicial

Lo que se construyó del Teatro del Oeste en lo que iba a ser el corazón del Parque Cultural de Caracas-Caño Amarillo

Lo que iba a ser el Parque Cultural de Caracas. A la izq. arriba la Plaza Bicentenario junto a Miraflores; a la derecha, diagonal a la estación del Metro la Galería de Arte Nacional y el Teatro del Oeste junto a la Quinta Santa Inés en cuyo lado izquierdo se ubicaba la escuela de Artes Plásticas Armando Reverón cuyo proyecto completo fue autoría de Henrique Hernández y Jesús Tenreiro. Hacia la derecha puede verse en “La Planicie” el Museo de Historia Militar. Abajo, parcialmente en los derechos de aire del Metro, un desarrollo de vivienda. Fue este un parque activo para Caracas, sueño truncado por la ambición política y el oportunismo.

En todo caso, este volver a vivir lo experimentado en carne propia, me lleva a ocuparme durante un par de entradas próximas en este blog, de completar mi testimonio de discípulo que habla de uno de sus maestros mediante algunas observaciones de carácter estrictamente personal que pueden serle útiles a otros para la tarea de comprender mejor la letra pequeña –que muchas veces se hace grande si bien un poco oculta– en la descripción de los procesos característicos de nuestra disciplina.

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Tarea por cierto, la de ser útil a otros, que es una de las finalidades de la publicación del libro que presentamos este próximo Viernes a las cinco de la tarde, sobre mi trabajo y aspectos de un modo de ver las cosas, el cual lleva el título Todo llega al mar, libro que fue publicado –ya lo he dicho aquí– por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valencia, España, y podrá estar a disposición de los interesados aquí en Venezuela, precisamente a partir de este 20 de Septiembre.

El libro es antológico, abarca más de cincuenta años de ejercicio. Eso lo hizo grande y profuso: tiene 421 páginas y 800 y tantas ilustraciones. Su presentación permitirá, aparte de llevar al conocimiento de los presentes los aspectos más o menos anecdóticos que condujeron a la publicación, oír las reflexiones del colega Enrique Larrañaga, las palabras que envió desde Valencia el colega español José María Lozano, y la visión que desde la ingeniería aportará mi hijo Esteban Tenreiro-Picón, además de unas palabras finales a mi cargo. Junto con ello explicaremos el proceso que se seguirá para adquirir los ejemplares que podrán ser vendidos (los de la edición actual tienen carácter no venal).

 

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RECOMENZANDO (4)

El Hombre Nuevo, el Buen Salvaje y el Espíritu de Secta en la Venezuela de hoy. (2)

Oscar Tenreiro

Si hemos hablado del origen esencialmente religioso del concepto del hombre nuevo, igual ocurre con la idea –o mito– del buen salvaje. Aparte de todo lo que hemos dicho, cuando los clérigos del siglo dieciséis elogiaban al salvaje americano lo hacían considerando al aborigen como prójimo que debía ser amado y respetado en el sentido evangélico, es decir, confiriéndole una dignidad como la de todos los seres humanosUn concepto que Jacques Maritain (1882-1973) llamó siglos después la dignidad de la persona humana, recalcando sus raíces cristianas, elaboradas por Santo Tomás de Aquino.

Ambos conceptos, como dijimos, han sido apropiados por la práctica política radical distorsionando sus fundamentos. El hombre nuevo asociado a las expectativas revolucionarias deviene en una caricatura, porque está justificado por objetivos políticos inequívocamente materialistas que dependen de circunstancias externas que lo alejan del sí mismo. Y por otra parte, la bondad atribuida al aborigen, cuando según la analogía que propusimos se convierte en el hombre del pueblo revolucionario, se erosiona y se hace relativa porque dependerá de su sujeción política –con todo lo que eso significa– a los fines de la revolución. La mirada afectuosa y admirativa hacia el hombre del pueblo-buen salvaje se suspende en cuanto éste se convierte en ser deliberante que cuestiona e inquiere sobre la legitimidad de la dirección del Estado. La visión condescendiente se agota si ejerce su soberanía personal, aunque lo haga solo como cuestionamiento moral –no subversivo, guerrero– porque la preservación del poder revolucionario no tolera disidencia alguna expresada y sostenida desde fuera. Actitud que es de evidente carácter sectario.

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Aquí tocamos el tercer tema del título.

Todo grupo cuyos miembros se comprometen con un determinado objetivo y en función de ello cultivan las relaciones entre sus miembros a partir de actividades de formación de conciencia (charlas, reuniones informales, grupos de estudio, deliberaciones diversas) dirigidas por un líder o grupo de líderes, tiende a hacerse secta. Y es propio de las sectas, precisamente, reprimir la disidencia o verla como una traición. Nadie puede manifestarse fuera de los límites fijados por la dirección del grupo, que funciona generalmente a la manera de una Gran Conducción –tal como llama Kafka a la autoridad suprema– invisible y rígida. Autoridad que requiere ser objeto de culto para reafirmar su infalibilidad. El culto a la personalidad, práctica característica de las monarquías de siempre, de los autoritarismos de todo tipo y muy especialmente de las revoluciones modernas. O sus caricaturas, como lo sabemos los venezolanos.

El Espíritu de Secta se hace presente en toda organización que funciona autoalimentándose y protegiéndose de influencias externas. Así ha ocurrido con los grupos cristianos que actúan a favor de una espiritualidad novedosa –una ascesis no tradicional– suscitando en no pocos casos escrutinios provenientes de las altas jerarquías eclesiásticas. Sin que dejemos de mencionar la infinidad de sectas cismáticas –o próximas a ello– que se han producido a lo largo de los siglos en el desarrollo de la cristianización universal. Y sectas se han formado también y se siguen formando en el seno de otras religiones.

Pero hay que hacer una distinción: las sectas religiosas promueven una revisión hacia adentro que apunta hacia la intimidad, focalizada más bien en modos específicos de vivir y practicar los preceptos religiosos sin pretensión de sojuzgar sino de convencer. No tratan de apropiarse de las estructuras de poder sino de influirlas. Las sectas religiosas actúan en general dentro de sus propios límites buscando ganar adeptos. Las sectas religiosas no persiguen. Las sectas religiosas son perseguidas.

Con las sectas políticas cuyo fin es la subversión del Poder establecido ocurre algo muy diferente. Sin duda son también perseguidas, pero funcionan buscando éxito hacia afuera, el objetivo de su acción está más allá de los límites de la secta. Se desinteresa del mundo íntimo –su hombre nuevo es simple herramienta para sus fines­– y se focaliza en la acción externa. Porque la secta política radical quiere transformarse en fuerza que actúa con fines de subversión y de modificación de las estructuras del Poder, subversión que puede ser violenta y cruenta. Y una vez tomado el Poder y en marcha los cambios que propone, amplía los mecanismos de represión típicos de la secta, los desarrolla hasta institucionalizarlos. El culto a la personalidad, la propaganda permanente, los programas de ideologización, la represión selectiva, el castigo de la traición, son evoluciones de prácticas sectarias. Lo que en la etapa preparatoria se realizaba en los límites de un grupo o de una constelación de grupos, con la toma del poder se convierte en mecanismo apoyado por recursos del Estado. El Poder revolucionario se refuerza expresándose y actuando como secta. Es sectario por naturaleza. Por eso, entre otras razones, no puede ser democrático. La democracia es su enemiga.

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Forma parte pues de la actividad de las sectas subversivas revolucionarias la violencia contra otros, contra los representantes del poder establecido –la violencia también se hace selectiva– la cual puede incluir, la ha incluido históricamente, la eliminación física del oponente o incluso de sus propios miembros si se desvían de los objetivos trazados. Así ocurrió con las sectas que antecedieron a las revolucionarias, las de origen nihilista de los años finales del zarismo ruso, las cuales describe magistralmente Dostoyevski en su novela Los Demonios. En ella hace un retrato descarnado y demoledor –conocía el monstruo por dentro– de lo que serían en las décadas posteriores las células revolucionarias del marxismo-leninismo.

Hace hablar así a uno de sus miembros:

…Rusia aparece cubierta de una red inmensa de pequeños grupos. Cada uno de estos núcleos de activistas, haciendo nuevos prosélitos y multiplicándose indefinidamente, procura mediante una propaganda sistemática menoscabar el prestigio de las autoridades locales, sembrar la confusión entre la población rural, promover el cinismo y el escándalo, el descreimiento en todo lo habido y por haber, el ansia de algo mejor y, por último, recurriendo a los incendios como medio especialmente eficaz para impresionar al pueblo, lanzar el país a la desesperación si ello es necesarioLos Demonios- Fedor Dostoyevski- Tercera Parte pág. 701-Alianza Editorial 2016. (Es inevitable preguntarnos aquí: ¿no es precisamente hacia la desesperación a donde se ha lanzado a Venezuela?).

Pero además de la promoción del cinismo y el escándalo, la secta política puede aceptar la actividad criminal si ésta contribuye –a criterio del liderazgo– a los fines revolucionarios. Dudo que algún revolucionario se escandalice de esta observación, porque el terrorismo ha estado siempre en el horizonte de toda célula revolucionaria, y el terrorismo es crimen. Pero aparte de eso bastaría examinar cuidadosamente la fenomenal evolución de la actividad criminal en Venezuela a lo largo de las dos últimas décadas y cómo desde lo más alto se estimuló la impunidad.

Y se entiende mejor la aceptación estratégica –no programática– del crimen puro y simple, en nombre de objetivos finales porque, desde el momento en el que está dispuesto a aceptar la violencia, al sectario se le plantea un dilema de muy difícil solución: definir con claridad los límites dentro de los cuales ella se justifica. Tarea ímproba porque siempre se encontrarán razones para justificar lo que actúa a favor de la salvaguarda del Poder Revolucionario: dentro de los límites de la secta la revolución viene a ser la suprema justificadora de cualquier violencia realizada en su nombre. Y la última palabra justificativa o no del crimen la tendrá, no el sectario y su conciencia, sino el Líder objeto de culto –llámese Stalin, Lenin, Mao o Fidel– y su versión personal de la moral revolucionaria, que variará con las circunstancias y con su buen o mal juicio. En resumen, el crimen es tolerado en virtud de la dificultad y en cierta medida la imposibilidad de decir de modo claro cuando no se justifica la violencia. La violencia mortal incluyendo al crimen en nombre de la revolución ha sido una de las tentaciones permanentes del andar revolucionario.

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Dostoyevski también fue un cultor del mito del Buen Salvaje. En la estupenda biografía  del americano Joseph Frank (1918-2013), en el volumen dedicado a los últimos años de la vida del escritor, se habla y se ilustra con muchos de sus textos –apuntes, fragmentos de sus escritos– acerca de su creencia casi religiosa en lo que los revolucionarios más recientes llaman los poderes redentores del pueblo. Para él se trataba del pueblo ruso como depositario de todas las mejores herencias –despojadas del pulimento pro-europeo y recalcadas por su extrema religiosidad natural– y de modo similar lo era para muchos de sus compatriotas que simpatizaban o formaban parte de lo que en Rusia se llamó el Movimiento Eslavófilo.

Luego de su muerte (Dostoievski murió en 1881) a lo largo de lo que quedaba del siglo diecinueve prolongándose hasta las décadas del veinte anteriores a la Segunda Guerra, el culto al hombre sencillo como fundamento del cambio social se tuvo que confrontar con desarrollos perversos de la idea como fue la glorificación del pueblo de ascendencia aria cultivada por el nazismo acompañada del antisemitismo criminal, o las políticas represivas del estalinismo contra los más vulnerables –el pueblo llano– que condujeron al exterminio de millones. Pero aún así la visión exaltada del hombre sencillo-buen salvaje ha seguido disfrutando de prestigio entre las mentes pensantes del mundo occidental, si bien con las adaptaciones propias de las distintas perspectivas nacionales y a pesar de haberse probado en los procesos políticos la relativa ingenuidad de puntos de vista similares a los del gran escritor. Si a ello sumamos lo que mencionaba mucho más arriba acerca de los cambios que trajo el mejor conocimiento de la psique humana, podría pensarse que el mito del Buen Salvaje sería relegado al olvido; sin embargo, la fascinación que produce el hombre en las márgenes de la sociedad como portador de valores que se pierden con su integración a ella, sigue vivo y bien, tanto en la visión revolucionaria como en la del populismo de cualquier signo: todos los movimientos contestatarios quieren apoyarse en el culto al ámbito de lo popular y todo movimiento político pretende ser mensajero de las aspiraciones populares. Culto y aspiraciones que confieren una legitimidad aparente.

Dostoyevski, retrato por Vasily Perov (1872)

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La secta tiene para la mayor parte de las personas un atractivo natural. El sectario deposita en la secta muchas de las ansiedades en torno a la propia identidad y a las decisiones que el contexto exige. En la secta en cierto modo se descansa, es como un remanso regido por el consenso. Y si los objetivos de la secta se van logrando, en esa misma medida su atracción se hace mayor. El sectario acepta como válidas y superiores las razones y objetivos de la secta, ella lo representa. Ser parte de la secta es –lo he dicho con frecuencia– renunciar a la soberanía sobre sí mismo. Y por esa misma razón, en un tiempo histórico en el cual la masificación, la indiferenciación, se impone y lo personal se desdibuja, cuando encontrarnos con los motivos que nos definen como seres irrepetibles se hace difícil en la marea uniforme que lo arropa todo, abrazar una secta es como descansar de esa difícil búsqueda que nos exige introspección, dejar de lado la siempre presente dificultad de conocerse a sí mismo para entregarla al grupo y a los que lo dirigen o manipulan.

Por esas mismas razones, el sentido de secta es de utilidad especial para los procesos contestatarios o revolucionarios que exigen actuar en concierto, como ya dijimos, con directrices emanadas de un líder que interpreta la realidad y decide el camino a seguir, la estrategia a respetar, exigiendo de los miembros menores del grupo sujeción total. La secta impulsa a actuar entendiendo que lo que le conviene a la secta es idéntico a lo que le conviene al que forma parte de ella. Cuando se es parte de una secta, todo individuo exterior a ella pasa a convertirse en ajeno, extraño, incluso potencial enemigo, a pesar de todas las cercanías que pudo haber habido con éste. Por esa razón el sectario puede separarse de su familia, de sus amigos, de su pasado incluso, en aras de los objetivos de la secta.

Seguramente por eso es que en un país en el cual parece imponerse como un peso imposible de contrarrestar la masificación y la uniformidad, en un país donde la soledad acecha gracias al individualismo y el culto al trabajo: en los Estados Unidos de América, hay sectas de todo tipo, desde la internacionalmente conocida Ku Klux Klan,

El Ku Klux Klan (Internet)

hasta la muy reciente secta sexual con el raro nombre de NXIVM, pasando por miles de otras entre las cuales la de los que sostienen que la tierra es plana, las de los negadores de la evolución o el cambio climático, las de las conspiraciones, los OVNI, o sectas desviadas de su origen evangélico como la del Templo del Pueblo de Jim Jones que en 1978 impulsó en Guayana Esequiba https://es.wikipedia.org/wiki/Jonestown varios asesinatos y el suicidio colectivo de más de 900 personas.

Vista aérea del mar de cadáveres en Jonestown (Guayana Inglesa-Esequibo) luego del suicidio colectivo.

Sin que olvidemos sin embargo que la ley en un país democrático, y sobre todo en la tradición estadounidense, en fin de cuentas regula, limita y en muchos casos desmantela a las sectas (hay en este momento un juicio contra NXIVM) como es normal en una sociedad donde rige la Ley. Y si bien es cierto que toda organización política corre el riesgo del sectarismo, la dinámica democrática actúa como factor regulador y moderador de esa tendencia.

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El Hombre Nuevo, el Buen Salvaje y el Espíritu de Secta, son conceptos que han sido manejados por los ideólogos de la revolución bolivariana. En ellos se fundamenta mucha de la retórica de sus portavoces. Examinarlos someramente como he intentado hacer, revela hasta qué punto han sido usados con hipocresía y falsedad intelectual. Es necesario decirlo cuando va quedando claro con la crisis actual que no sólo ha sido disfrutar de beneficios lo que ha conseguido apoyos para el Régimen, sino que las voluntades de los más desinteresados –los más puros podría decirse– han sido captadas a base de nociones vacías que han hecho el papel de señuelos. Y como la ideologización en fin de cuentas ha prendido en algunos sectores, es importante que dejemos clara la debilidad de los razonamientos que la apoyan.

El tema del Hombre Nuevo, por ejemplo, figuró en el discurso del Gran Jefe e influyó para que se le reconociera un aura de abnegación y profundidad que no pasó de ser, como casi todo en él, una pose. Pose que se entremezclaba con pronunciamientos de tinte religioso propios de esa condición de simulador que se empeñan en ocultar, adornar o justificar los despistados –o adulantes– del Régimen que todavía insisten en que lo caracterizaba un pensamiento.  Bastaría para apoyar lo que digo examinar la primera fila de la dirigencia revolucionaria que él mismo apoyó y colocó en lugares claves. En ellos no hay novedad alguna a menos que sea la refinación de la maldad, o el nivel al que ha llegado su corrupción. El historial personal manchado de toda clase de culpabilidades incluyendo al asesinato y la tortura es de tal modo evidente que uno se pregunta cómo hacen los que aún apoyan al Régimen para no ver en cada uno de esos dirigentes una negación tajante de todos los principios ideológicos que han invocado para sustentar la legitimidad de la revolución. Conocerlos y seguir hablando del hombre nuevo sólo es posible si se apela a aquello en lo cual han sido ejemplares: el uso del cinismo. Un cinismo refinado elevado a la categoría de virtud.

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En eso precisamente, en una mezcla de mitos, medias verdades, además de puro y simple cinismo que permite convertir al vicio en virtud (la debilidad hacerla fortaleza, decía Mao) lo que constituye la sustancia ideológica de la revolución bolivariana. Repiten con ello lo que ha sido tradición Latinoamericana: se habla de representar al pueblo y en nombre de éste se adelantan políticas que actúan en su contra. Y cuando ese pueblo reacciona y se rebela, ya en la desesperación como es el caso venezolano, deja de ser bueno y salvaje para convertirse en traidor. El pueblo que sirvió de apoyo para asaltar el poder, cuando ya no es dócil se transforma en enemigo merecedor de represión.

Solo así puede entenderse la indiferencia de los dirigentes del Régimen ante la explosión de un país del cual más de cuatro millones de sus ciudadanos han escapado agobiados por limitaciones de todo orden. Para los ideólogos revolucionarios tutelados por la experiencia cubana, los protagonistas del éxodo son los impuros, los réprobos contaminados con el deseo de una libertad falsa. Son candidatos a la disidencia y lo prueba su búsqueda de otros horizontes. Para el Régimen el emigrante es un potencial enemigo, el que emigra descubre con su acción su calidad de contrarrevolucionario. Si resulta indiscutible que la emigración forzada impulsada por la política de destrucción económica es uno de los peores males de la situación venezolana, para los ideólogos en el Poder no es sino una desviación inducida por los enemigos de la revolución que debe ser vista con distancia. Eso explica que muchos cómplices del Régimen que son hijos de emigrantes y por eso mismo conocen todos los desajustes que la emigración trae consigo, sean silenciosos ante tan inmenso daño.

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Pero tanto el silencio culpable como la inexplicable indiferencia, son también prueba de los efectos del espíritu de secta en el proceso de oscurecimiento de la racionalidad individual. El espíritu de secta actúa produciendo una especie de abjuración respecto a lo que se creía y defendía, además del distanciamiento de los afectos, por más entrañables que hayan podido ser. Desde tiempo atrás he escrito sobre ello desde el ángulo ético, pero tomé conciencia mas clara de la cuestión de la secta hace unos años, cuando la hija de una amiga lejana, para explicarse la razón de haber roto relaciones con su madre, quien con la actitud obstinada del converso se negaba a aceptar razones que no fuesen las revolucionarias, me dijo que había entendido que su madre se había hecho miembro de una secta. Su observación me sirvió para explicarme mejor el derrumbamiento de vínculos establecidos, de relaciones humanas que habían madurado con los años. El revolucionario necesita del espíritu sectario para sostenerse psicológicamente. Se aleja de quien está fuera de su secta porque lo ve como alguien que persiste en el error, por cercano que haya sido.

En Venezuela, el Líder y sus cómplices lucharon luego de unos primeros años de relativa flexibilidad, y sobre todo a partir del conato de Golpe de Estado de Abril de 2002, por establecer y consolidar el espíritu sectario porque vieron en él su supervivencia. Para lograrlo recurrieron a toda clase de mecanismos represivos y de formación ideológica que han sido parte de una tutela que desde Cuba y basándose en la experiencia dinástico-totalitaria de ese país a lo largo de medio siglo, se extendió a todos los niveles del Régimen venezolano. Y es así como hoy en Venezuela puede decirse que ejerce el poder una secta. La fundó un simulador y la sostiene una pandilla criminal. Simulador cuyo pensamiento se resume en la palabra hipocresía.

 

RECOMENZANDO (3)

El Hombre Nuevo, el Buen Salvaje y el Espíritu de Secta (1)

(Ilustraciones de Internet)

Oscar Tenreiro

Oí hablar del hombre nuevo en tiempos juveniles cuando frecuenté en mis veinte años, en Chile, primeros sesenta del siglo veinte, a un grupo religioso católico que he mencionado muchas veces. Se habla de él frecuentemente en las Escrituras, especialmente en San Pablo, como la necesidad de la transformación personal en Cristo con el fin desuperar las limitaciones personales y de contexto en búsqueda de una entrega a los preceptos evangélicos. Para mí y para los miembros del grupo, era, como ha ocurrido desde los primeros tiempos del cristianismo, una llamada a lo más íntimo y especialmente al apego desinteresado a un ideal, cuestión que tanto atractivo tiene –o tenía porque los tiempos han cambiado– para los adolescentes o los muy jóvenes.

Esa idea de renovación personal desde la Fe, esa lucha a favor de un estado de mayor conciencia del sí mismo –que repercutía necesariamente en el nosotros– aparte de la dimensión más íntima que sin duda puede llamarse espiritual, representaba para mí y para algunos de los del grupo, en esos tiempos de aguda controversia política en Latinoamérica, el fundamento de una respuesta fuerte, y profunda –nos llegaba al alma– que señalaba en dirección opuesta al llamado marxista-leninista que proponía militancia a los jóvenes usando todos los recursos del credo revolucionario trasmutado en religión secular.

Hoy recuerdo esa etapa de mi vida –que siento aún cercana– y trato de ubicarla con la perspectiva de la vida transcurrida. Y veo como las intenciones altruistas, sinceras como sincero se puede ser en la juventud primera, han tomado forma de una manera muy distinta a la que nos proponíamos. La vida con sus desvíos y recodos (el río y los meandros de Corbu) nos ha ido llevando por suelos difíciles y geografías agrestes y sabemos ya, casi sesenta años después, que no fuimos nuevoscomo pretendíamos.

Dibujos de Le Corbusier ilustrando la Ley de los Meandros

Seguimos aquellos sueños tropezando y desviándonos, para bien y para mal. Y si puede decirse que erigimos algunos muros que resistieron, poco es sin embargo lo que queda en pie de las construcciones del tiempo joven.Se amontonan en el camino andado imágenes opacas, engañosas o vitales, también las entrañables, que cambiaron trayectos, impulsaron desvíos, regresos o avances, vueltas y revueltascomo dijo el poeta.

No es eso lo que imaginábamos en nuestros veinte, sin duda. La escena se ha fragmentado y el centro que nos guiaba se ha desdibujado, desaparecieron los vínculos que atesorábamos, ya no podemos decir las mismas cosas con la convicción de entonces, se hicieron inservibles muchas de las frases que nos ayudaban. La solidez de la Fe, la confianza religiosa se ha alejado de nosotros sustituida por algo parecido al estupor, a la pregunta sin respuesta, a la confianza casi instintiva –o heredada de mis mayores– en que la puerta que se abrió para nosotros no se ha cerrado. Y que el impulso de búsqueda del nosotros no ha envejecido con nuestro cuerpo.

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No pasó mucho tiempo hasta que me diera cuenta que a la idea del hombre nuevose le rendían homenajes también en el campo opuesto, el materialista, el científico, el revolucionario. Si no era parte del evangelio según Carlos Marx y discípulos, como creo que nunca lo fue, empezó a jugarse con ella unos años después de mis entusiasmos, gracias al talento histriónico de un argentino inteligente y carismático, buenmozo, poderoso, armado y dispuesto a todo, incluso a la crueldad, de cuyos últimos días en la tierra se ha fabricado una leyenda al gusto del periodismo light y las poses de los contestatarios de todo el mundo. Relato insincero en cuanto lo presenta como lo que fue sólo a medias y contradijo con sus acciones: ejemplo de desprendimiento y sacrificio personal en aras de una idea. Modelo moral producto de esos impulsos emocionales que el cinismo y la arrogancia revolucionaria inspiran: proponer como modelo lo que no se quiere ser o no se espera ser. El argentino habló del hombre nuevo mientras practicaba la violencia selectiva, arma característica del más viejo tipo de hombre, el promotor de guerras, el que practica la insidia, el que se vale de las armas en busca de una verdad que quiere imponer.

Y décadas después, aquí en Venezuela donde tantas caricaturas han sido elevadas a modelos, como muestra de un oportunismo más entre los tantos que acompañaron los primeros años de nuestra catástrofe se echó mano de la idea resembrada por el argentino para hablar del hombre nuevo. Con estos dardos ideológicos se creía enriquecer la subcultura de la parodia bolivariana,y así los más oportunistas, porque de oportunismos está lleno el espacio intelectual de toda revolución, hablaron de la idea poniendo en práctica su habilidad para halagar y acumular méritos para ser parte del círculo de pensadores revolucionarios llegándole así de algún modo –adulación al líder– al Gran Jefe, persona especialmente sensible a estos arranques de inspiración. Se escribieron artículos y se dieron declaraciones que se sumaron a la sucesión de medias verdades usadas para presentar la revolución en los círculos intelectuales radicales, entre quienes la idea sirvió para ampliar y profundizar el proceso de ganar confianza y simpatía. Se adornaban así con palabras atractivas los alegatos a favor de los objetivos políticos, y ello le ganó a los más hábiles mejor acceso al mundo de los altos funcionarios con responsabilidades como administradores y beneficiarios del dinero fácil, su segundo propósito. Destacar el rango espiritual del concepto les permitió ascender en la escala del Poder, muy lejos de las circunstancias difíciles, riesgosas y precarias que caracterizaron las reflexiones del argentino, a quien hay que reconocer un desinterés no exento de nobleza. En resumen, a la revolución se le inventó un cuento, lo creyeron quienes lo inventaron, y quisieron hacérselo creer a los simpatizantes. Se agregó así una distorsión más a la inmensa suma de distorsiones sobre la cual se ha construido la pesadilla que hoy sufrimos los venezolanos.

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La renovación personal como fundamento de la renovación colectiva ha sido tema constante a través de los tiempos. Está en las grandes religiones, expresada de manera distinta pero invocada siempre como condición para vivir plenamente el nosotros. En la tradición católica la figura del Santo, el rito de la canonización, puede verse como la exaltación de quienes se aproximaron a ese ideal, siendo algunos de ellos ejemplos de vida nueva que cambiaron el rumbo de la expansión cristiana.

En realidad, cuando en el cristianismo se habla de la transformación en Cristo, se apela a la capacidad de todo ser humano para ir hacia sí mismo teniendo como uno de los fines últimos del hombre la convivencia y el encuentro con los demás. El hombre nuevo del cristianismo debe actuar convenciendo, buscando el encuentro y la reconciliación en la convivencia y en la paz. Mientras que el invocado por el revolucionario es un combatiente (así gusta de llamarse) que se enfrenta por cualquier medio posible a quienes obstaculizan su búsqueda del dominio del poder temporal, objetivo último de la revolución. El hombre nuevo de la revolución es un guerrero, busca vencer y someter.

Son modelos tan radicalmente diferentes que revelan la insinceridad, o hipocresía, que hay en el uso del término desde la perspectiva de quien persigue la toma del Poder temporal. Un hombre que está dispuesto a mentir (o matar incluso) si lo imponen las estrategias o las tácticas. No hay hombre nuevo para la violencia y la arrogancia revolucionaria que divide a la humanidad entre buenos y malos. El concepto del hombre nuevo es de estricto carácter religioso, en cuanto señala a un más allá. Está íntimamente unido a la fe en la trascendencia del alma humana. Implica una ética, una moral, que como decía más arriba se focaliza en la transformación personal para ir hacia un encuentro con el otro, con el prójimo, como resonancia de un Amor superior. Propone un cambio en las relaciones entre los hombres, sea cual sea su posición social, su procedencia, su origen, para lograr la realización de una hermandad fundamentada en lo más íntimo, en lo no coyuntural. Se aleja de toda exclusión motivada por objetivos transitorios, utilitarios en cuanto a instrumentales. Nada tiene que ver con la tabula rasa exigida por los objetivos revolucionarios. Está lejos de las elaboraciones ideológicas sobre contexto y circunstancias. El hombre nuevo atañe al mundo espiritual.

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Pero necesariamente iba a quedar en evidencia con el paso de los tiempos el carácter quimérico de la búsqueda de la transformación en Cristo como fundamento de la buena organización social ante la permanente recurrencia de los obstáculos surgidos de las luchas por el predominio, o de la proliferación de modos de ejercer la exégesis evangélica. Así como en la experiencia de una cortísima vida personal –como la mía o la de cualquiera– la transformación que buscábamos estuvo lejos de ocurrir y fue obstaculizada por las incidencias de la lucha vital, a lo largo de una historia milenaria se irían sumando los antagonismos, las divisiones, los cismas, las manipulaciones de quienes se pensaban portadores de la verdadera verdad como mandato sobrenatural. Así como estuvo siempre cerca del mundo cristiano que prosperó en el Viejo Mundo la amenaza de los infieles que desde tierras orientales pretendían sojuzgar a la cristiandad, amenaza que devino en guerras religiosas, antecedentes de las que siglos después enfrentaron entre sí a los cristianos que querían ser nuevos pero diferían en su interpretación de la Escritura. Quedaron a la vista de los más reflexivos y los menos temerosos de represalias los inmensos baches de una cristianización gravemente contaminada con luchas de poder que mancharon la estela evangelizadora. Se reveló así la transformación personal, tenía que ser así, como un estado casi inalcanzable, o sólo al alcance de muy pocos, siempre obstaculizado por el lado oscuro de la psique personal que pugna por expresarse. Y se abrieron las puertas entonces para una idea de la convivencia humana más autónoma, diferenciada de la visión religiosa y por ello más abierta, producto de una racionalidad no necesariamente regida por la idea de Dios: lo que se ha llamado secularización de las relaciones sociales.

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Y comienza a tomar forma el mito del buen salvaje exacerbado por las consecuencias del descubrimiento del Nuevo Mundo y su conquista. Lecturas sobre el tema nos acercan a lo que a veces pasa desapercibido: los variados e insistentes alegatos que se hicieron –sobre todo por parte de clérigos que conocieron de cerca la realidad del Nuevo Mundo– pidiendo respeto a las etnias nativas y exaltando virtudes que se atribuían a su distancia del mundo civilizado. No sólo pueden citarse los muy conocidos afanes en defensa del nativo americano de Bartolomé de Las Casas (1484-1566), sino los de Pedro Mártir de Anglería (1457-1526), Antonio de Montesinos (1475-1540), Francisco de Vitoria (1486-1546) o Toribio de Benavente (1482-1569), y otros de igual importancia cuyos nombres se escapan en nuestra ignorancia. Todos, es importante hacerlo notar, sacerdotes católicos. A ellos hay que sumar en los siglos sucesivos, los que se hicieron no aludiendo al aborigen sino como reflexión filosófica autónoma, observaciones críticas que permitieron depurar los argumentos en juego. En lo más poblado están las fieras verdaderas es cita de Baltasar Gracián (1601-1658) que nuestro Mariano Picón-Salas usa como epígrafe de uno de los ensayos –Los Malos Salvajes– del libro con el mismo título en el cual entre otras cosas reflexiona sobre los crímenes cometidos por los que se autocalificaron como salvadores de la humanidad.

El Buen Salvaje

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En todo caso, la aparición del concepto es explicable porque la violenta expansión del mundo físico con el reconocimiento de la inmensidad americana y la diversidad humana que en ella se asienta, tenía que plantearle a la cristiandad europea multitud de preguntas que interpelan a la noción evangélica de una solidaridad universal basada en el reconocimiento del otro. Las etnias americanas integradas mediante el sojuzgamiento o la violencia al cuadro de una humanidad de nuevo rostro, en cierto modo abrían otras vertientes de reflexión que producen un  desplazamiento de la idea del hombre nuevo hacia una noción antropológica, la que supone en el hombre en estado natural, el hombre sencillo, el hombre no contaminado con las ansiedades y mezquindades del mundo civilizado, las mejores virtudes para la convivencia y la paz social, virtudes en definitiva de clara raíz cristiana. No es aventurado pues pensar que El Buen Salvaje cuya identidad mítica se establece en la obra de Jean Jacques Rousseau (1712-1778) y toma forma dos siglos después del Descubrimiento, esté apoyado en medida importante en los argumentos que se plantearon desde el mundo religioso ante el impacto del conocimiento de nuevas tierras y nuevos hombres. Con el ginebrino entra en el debate intelectual el mito del hombre natural, presentado como poseedor de virtudes personales y sociales que son erosionadas por las tensiones y ataduras propias de la sociedad civilizada.

Un siglo después sin embargo, ya con la experiencia del camino recorrido por los procesos históricos que se iniciaron llenos de expectativas y terminaron regresando parcialmente hacia lo que quisieron superar –Revolución Francesa– o alimentaron infinidad de movimientos subversivos expresados en levantamientos fallidos o simplemente conciliábulos o sectas que ocuparon un lugar importante en la literatura, se reveló de modo mucho más drástico como inexacta esa supuesta bondad propia del hombre natural. A la luz de los estudios del mundo psíquico durante la primera mitad del siglo veinte, se entendió mejor que la visión de un hombre naturalmente bueno era una reducción de la complejidad de la psique humana que podía ser calificada de ingenua. Ingenuidad que no ha impedido que el mito siga formando parte del imaginario colectivo, o se utilice con fines perversos. Podemos decir además, teniendo como referencia los comentarios acerca de la obra del historiador de la religiones Mircea Eliade (1907-1986), que el mito del buen salvaje es sobre todo una prolongación del mito de la Edad de Oro, del paraíso perdido y de la perfección original de los tiempos primordiales, que encontramos tanto en las antiguas civilizaciones europeas y orientales como en las culturas primitivas. Y si bien la mejor comprensión de su remotísimo origen ha ayudado a quitarle brillo, el mito persiste en dejar huella si bien quienes actúan según su influencia no están conscientes de ello. Inconciencia que se entiende mejor pese a  que hablamos de contextos históricos separados por los siglos, si aplicamos el concepto de la analogía que tanto se ha utilizado en el estudio de los procesos sociales.

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Podríamos decir entonces usando el concepto de la analogía, que los buenos salvajes del siglo dieciséis, estarían representados hoy por los sectores de las sociedades democráticas menos integrados a los beneficios sociales y económicos: los estratos de la población llamados marginales, en los cuales se da sin embargo una trabazón social, un tipo de relaciones interpersonales orientadas a la solidaridad y una convivencia con muchos aspectos positivos. El nacimiento en la controversia política reciente de movimientos que dicen ser los más legítimos representantes de los sectores ajenos a lo políticamente correcto, no revolucionarios; lo que se conoce hoy como populismo de derechas, surge del deseo de expresar la bondad de un modo de vivir y de ver el mundo deliberadamente alejado de las complejidades y servidumbres de las sociedades modernas, y particularmente de la diversidad étnico-económico-religiosa. Es colocar en el primer plano, dándole una inesperada relevancia, los puntos de vista de los menos educados, los menos reflexivos, quienes son parte pasiva del debate social y cultural; en resumen podría decirse los más salvajes. El populismo sin embargo puede ser también de izquierdas y específicamente, ser revolucionario y antisistema, el delas ultraizquierdas de siempre, que insisten en identificarse como representantes de los sectores populares, entendiendo por ello los más desprovistos y en cierta manera los menos trajinados en el uso y disfrute de los bienes sociales, incluyendo junto con ellos la milicia de los más puros, de los jóvenes educados que juegan el papel de custodios de los valores esenciales de una nueva moral social. Sus líderes mencionan esa representatividad como una legitimación de sus objetivos políticos gracias a que dicen incorporar a sus programas los puntos de vista de unas grandes mayorías que incluyen a los más menesterosos, a los que requieren  asistencia, a los excluidos. En resumen, a los que más se acercan al modo de vida simple que asociamos a lo agreste, también a lo salvaje.

Son dos modos de hacer política, en síntesis, que surgidos de los polos opuestos del espectro, sin embargo coinciden en un esfuerzo de simplificación y reducción interesado, de racionalidad engañosa, que viene a ser una parodia de su muy remoto origen. Y lo que interesa recalcar aquí, es que ambos puntos de vista olvidan que el ser humano es uno sólo y nada hay en sus circunstancias externas y coyunturales que de por sí lo doten de una sabiduría superior. Ellas contribuirán a su conducta, pero es desde el sí mismo constitutivo de todo hombre de donde se alimentará su conocimiento; lo determinante está dentro de él. Platón nos lo dijo desde antiguo y nunca han dejado de decirlo las grandes religiones.