VER LA VIDA (39)

Oscar Tenreiro.

En las vacaciones de Semana Santa de 1952 [1]estuvo por Ocumare Gladys Cova, cuya edad –un par de años más que Jesús– y condiciones familiares le permitían manejar un jeep que estuvo dispuesta, cediendo a nuestra presión y disfrutando también de la gozadera que la actividad producía, a poner a nuestra disposición para que aprendiéramos a manejar; eso sí, con ella a bordo y supervisando. Esta oportunidad parecía un regalo del cielo para nuestra dinámica adolescente porque por esos tiempos era de rigueur aprender a manejar por cuenta de uno y jamás usando un auto-escuela, institución que todo hombre joven consideraba apta sólo para damas. Así como suena.

Pero como éramos muchos, para sentarse al volante había que esperar turno, lo cual equivalía a ser espectador durante toda la mañana, abarrotado el jeep mientras daba vueltas por los lugares sin tráfico, con todos los postulantes en plan festivo. Y apenas después del baño de mar y ya entrada la tarde, podía uno sentarse durante media hora, que era el tiempo fijado, al volante del artefacto. El cual por cierto tenía todo el atractivo que siempre tuvieron los jeeps, cuando la industria automovilística del mundo y particularmente la norteamericana explotaba los aportes industriales estimulados por la guerra y producía siguiendo el concepto, hoy olvidado, de que sus productos fuesen affordables (asequibles) en todas partes del mundo. Y el jeep era así, tal como lo fue unos años después el beetle (escarabajo) de Volkswagen, un vehículo al alcance mayoritario. El de nuestra amiga era básico, con carrocería superior de lona y tubulares metálicos, y estaba bastante trajinado. Circulaban muchos en Venezuela a principios de la década de los cincuenta del siglo veinte. Tenían tracción en las cuatro ruedas, y además mocha que activaba altas revoluciones en el motor para aguantar la marcha o desarrollar potencia extra en grandes pendientes o en algún atasco en barro, esto último muy propio de los caminos improvisados del llano venezolano, difíciles en tiempo de lluvias, lo cual hacía imprescindible al jeep.

Cuando me tocaba mi turno al volante, me parecía un privilegio especial sentarme allí y ser yo el que iba siguiendo el camino para ir a donde decidíamos, previa aprobación de la dueña, que a veces perdía un poco la paciencia ante tanto muchacho deseoso de aprender. Porque sabemos que aprender a conducir es para el adolescente una asignatura indispensable y particularmente placentera, que tiene por otra parte la particularidad de que una vez adquirida una mínima destreza y de matar la fiebre que da en los primeros tiempos, se convierte en algo rutinario y automático sin interés alguno, salvo el utilitario.

Como el jeep era de velocidades como todos los vehículos de esos años cuando no existía la caja de cambios automática, había que usar el embrague (en Venezuela el cloche)[2]para iniciar la marcha. Momento crucial porque si no se tiene el tacto necesario y se saca el cloche demasiado rápido o lo contrario, se producen situaciones un poco ridículas (saltos del vehículo antes de apagarse el motor o un tiempo excesivo antes de empezar a moverse) que hacen recaer en el principiante reprobaciones y burlas. Y por supuesto, nadie quería parecer un niño torpe, así que el momento de arrancar adquiría la importancia de una especie de examen final.

Y andábamos pues por todo Ocumare, el jeep sobrecargado de aprendices de chofer, la dueña como copiloto, atenta y corrigiendo. Y fueron estas lecciones de manejo asunto central de toda la temporada, a pesar de que después de los primeros días ya Gladys ponía cara de fastidio cuando aparecíamos nosotros queriendo continuar el jolgorio. Me parece que le daba la muy fundada impresión de que nadie tenía particulares deseos de estar con ella sino que el objeto de interés era su vehículo, nada más.

Omar Gonzalez, una muchacha amiga de Gladys Cova, yo, Cheo Angarita, Carlos Barreto atrás, adelante sentado Mario Pacheco, un pariente de Gladys Cova al volante y Edgardo cortado, en Ocumare, con el jeep protagonista.jpg

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Un día llegaron de Caracas quienes se convertirían en dos nuevos amigos: Mario Pacheco y su hermana Hermenegilda (le decían Meneja), sonoro nombre que se explicaba porque eran descendientes directos de Gómez el dictador, cuya madre y una de sus hijas se llamaba así, parientes pues de la familia amiga –los Ríos Gómez– que tenían una casa al lado del uvero junto al Kiosco de Lourdes, la cual he mencionado un par de veces. Mario congenió muy bien con nosotros hasta llegar a ser, unos meses después, novio [3] de Carlota por un tiempo corto, y en la temporada siguiente, yo de catorce años, volvimos a vernos, esta vez Mario manejando un Chevrolet que su padre le cedía –estaba cerca de los 18 años– para que se moviera por Ocumare, autonomía de movimiento que administraba con prudencia y recato, lo cual no fue obstáculo para que un imprudente, en este caso yo, produjera un episodio que pudo haber sido peor de lo que fue.

Una noche, cerca de las nueve, cuando nos encontrábamos en el Kiosco de Lourdes, me vino la tentación de manejar el Chevrolet de Mario. Ya sentía yo, con la experiencia con el jeep en la Semana Santa y algunas oportunidades de manejar que había tenido en Caracas, que dominaba los secretos del volante, y llevado por mi tendencia permanente de saltarme etapas y hacer las cosas en caliente, resolví pedirle prestado a Mario su Chevrolet para ir de paseo junto con mi primo de Valencia, Carlitos [4], hasta el pueblo de Ocumare, cuyas principales motivaciones eran echármelas [5]de adulto y matar la fiebre de manejar.

Y Mario, si bien lo dudó un poco, me dio las llaves y salimos juntos, yo al volante y Carlitos de copiloto.

Desde el kiosco de Lourdes hasta el puente sobre el río, unos tres kilómetros, era una carretera razonablemente buena; de allí en adelante hasta el pueblo, lo he dicho antes, tenía la particularidad de que solamente estaba pavimentado –con concreto– el canal de ida limitado de un lado por una acequia profunda (unos dos metros) que caía verticalmente. El canal del otro lado era de tierra, así que se circulaba por el canal pavimentado y al encontrarse con un vehículo que venía del pueblo, este debía pasarse al de tierra.

Ya he dicho que era de noche, Carlitos y yo sintiéndonos muy adultos. Luego de pasado el puente comenzaba el canal único y por allí tomamos. Algo después quise cambiar las luces, me distraje e incluso vi hacia los pedales por un segundo, lo suficiente para que la rueda trasera derecha cayera del borde hacia la acequia lo cual produjo en mí la reacción instintiva de tratar de salir dándole al volante en dirección contraria y acelerando…para salir de la acequia fuera de control pasando el canal de tierra hacia la zona boscosa lateral y saltar sobre la enorme raíz de un árbol sobre la cual se detuvo el vehículo, las ruedas traseras dando vueltas en el aire. Apagué el motor y nos enfrentamos al silencio y a la realidad de haber tenido un accidente. Pudo haber sido mucho peor si hubiéramos embestido al árbol y no sólo la raíz, pero no era eso lo que me pasó por la mente sino la culpa y la vergüenza de haber dañado un vehículo ajeno y tener que regresar a contarlo y dar excusas.

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Nos bajamos del carro ilesos pero desconcertados, y empezamos a lamentarnos en voz alta en medio de la oscuridad de una manera que si no hubiera sido porque había pasado algo importante era más bien cómica.

¿Qué hacer? estábamos a medio camino del pueblo o de la playa, así que resolvimos caminar por el medio de la carretera hacia el punto de partida, mientras proferíamos toda clase de lamentos. Yo no hacía sino decir en voz alta una y otra vez, coño é la madre, esa maldición tan venezolana, hasta que Carlitos me llamó la atención diciéndome que dejara las groserías que con eso no lográbamos nada (y nos ganaríamos la reprimenda del mundo sobrenatural, creo que pensó) así que nos fuimos calmando mientras caminábamos en medio de la oscuridad…agarrados de manos como si fuéramos una pareja de recién casados. Y no tardó mucho en pasar sin detenerse el primer carro de desconocidos hasta que ocurrió lo previsible: gente conocida se detuvo y nos interrogó sobre lo que andábamos haciendo por allí, a lo cual respondimos con cualquier excusa seguramente muy poco creíble, y seguimos caminando hasta llegar al puente donde pedimos una colita[6]hasta el kiosco de Lourdes en donde nos debíamos enfrentar a Mario.

Y la verdad es que Mario lo tomó con una tranquilidad y generosidad sorprendentes. No se lamentó en ningún momento de las consecuencias y más bien se ocupó al día siguiente de asumir los gastos de una grúa que sacó al vehículo del atasco en la raíz (quedó como suspendido, un metro y medio más arriba del suelo las ruedas traseras) y asumió las reparaciones suponiendo que papá respondería. Y papá respondió no sólo respecto a lo económico sino con sabiduría, lo cual agradecí y fue aplaudido por todos. Me oyó al día siguiente con calma y dijo que se pondría en contacto con el padre de Mario para las reparaciones, que se realizaron sin que yo supiera más del asunto. No me regañó ni me dijo nada fuerte mientras yo le informaba que habíamos ido en la noche misma a inspeccionar el carro, que no había sufrido mucho sino por debajo el tren delantero, y que Mario estaba ya gestionando lo de la grúa. Y sabiendo yo que el asunto iba a tener costos no previstos, me sorprendió enormemente que no se quejara, y que sólo me dijera que nunca se debía pedir un carro prestado. Eso fue todo.

Asunto este último que demostraba algunas cosas. Una, que papá tenía una capacidad de comprensión que podía mostrarse y se manifestó de nuevo años más tarde cuando debió ofrecerle apoyo a Carlota en los conflictos que la afectaron en su matrimonio, lo cual ella siempre valoró especialmente. La otra, que cuando un adolescente reconoce un error, que fue mi caso, la mejor respuesta es la comprensión porque en el reconocimiento de la falta está implícito el deseo de rectificar. Y finalmente que habían quedado atrás los tiempos en los cuales papá sentía la necesidad de apartarse y replegarse sobre sí mismo.

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En cuanto a Mario, dejando volar la imaginación con ingenuidad y sin interferencias, pienso que sólo por la actitud de esa noche tendría asegurado un puesto bueno en el más allá.  Y lo digo teniendo en cuenta algo sin duda triste: el trágico destino que tuvo un par de años y pocos meses después cuando perdió la vida en un accidente de tránsito en la vía Caracas-Los Teques, él al volante, no sé bien las circunstancias. A todos nos afectó mucho la noticia, así como me afecta ahora rememorarla cuando lo veo en las fotos que aquí muestro. No sólo porque fue una persona tranquila, afable y generosa durante su cortísima vida, sino también porque uno cuando es viejo puede apreciar mejor, me parece, la tristeza que da dejar el mundo. Así lo pienso ahora, y descubrí que lo comparto con ese ícono de la cultura venezolana que fue Arturo Uslar Pietri, quien lo expresa hermosamente en su poema Oficio de Víspera incluido en su libro Manoa publicado en 1973 cuando Uslar tenía 67 años. He aquí un fragmento:

Soy una criatura,

siento la angustia de irme solo

y de borrarme en sombras,

no quisiera

como los viejos lagartos herrumbrosos,

como las lentas escolopendras incompletas,

que terminara todavía,

el tibio sol de esta tarde.

Saqué el libro de mis estanterías donde estaba un poco perdido en la mañana en la que escribía estas cosas. Lo heredé de mi hermana Carlota quien murió no tan joven como Mario, colmada de vida, a los 41 años. Y pienso que también pudo haber deseado que no terminara su propio sol.

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Unos dos años y un poco más después de lo del accidente nuestro, ya más crecidos. Desde la izquierda Pedro Gluecksman, yo, Mario Pacheco, Simón Guevara, en Turiamo. Foto tomada no mucho tiempo antes de la trágica muerte de Mario. Tal vez el carro es el mismo que me tentó.

Carlota de 17 años (1956). Foto tomada por mí en ocasión de un paseo a Cata. Ya nos habíamos mudado a Caracas.

Carlota poco tiempo antes de su muerte.

[1]No estoy seguro de esta fecha pero es la más probable. Yo tenía trece años y unos meses.

[2]El cloche, adaptación de la palabra clutch del inglés, es como se le dice en Venezuela al sistema que permite separar los engranajes de tracción de las ruedas de la acción del motor. La palabra correcta del español es embrague.

[3]Ser novio no pasaba de ser entonces una compañía que permitía intimidades básicas, así que el término es exagerado. Hay países de Hispanoamérica que usan términos para ese estado previo a un noviazgo más estable, como el pololeo en Chile. En Venezuela se usó hace unos años empate pero sigue en uso novio novia.

[4]Carlos Degwitz Figueredo, dos meses menor que yo, mantuvo mucho contacto con nosotros en tiempos adolescentes. Se pasó esa temporada vacacional completa en Ocumare. El diminutivo en su nombre lo heredó de su padre, el tío Carlitos.

[5]Echársela, es un modismo típicamente venezolano. Equivale a presumir. No te la eches es decirle a alguien que no sea presumido.

[6]Un aventón dicen los mejicanos, y autoestop los españoles

VER LA VIDA (38)

Oscar Tenreiro

En las temporadas de vacaciones la presencia femenina empezó a ser importante, señal de que la adolescencia se asomaba. Aparte de las amigas de siempre, cada año había nuevas caras que le daban a Ocumare un interés adicional. Entre nosotros y las amistades habituales iba surgiendo algo que es típico de esa etapa de la vida: la idea de grupo, amigos de ambos sexos que se sienten identificados y se relacionan con una dinámica que quiere ser propia. Frecuentábamos los mismos sitios, nos reuníamos en las noches desde temprano en el kiosco de Lourdes o en alguna de las casas quedándonos hasta tarde, planeábamos excursiones –a Maya por ejemplo, la excursión que para mamá fue un suplicio– organizábamos alguna caimanera de playa, o competencias de atletismo en la franja de arena húmeda junto al mar como ocurrió un año al sumarse al grupo un aficionado a este deporte[1]cuyo nombre no recuerdo.  Todo ese movimiento nutría  la pequeña comunidad de amigos que tenía un cierto atractivo para los recién llegados, ahora también gente de Caracas. Las vacaciones se convertían en un ejercicio de sociabilidad, en tiempo de encuentros, con el disfrute de la naturaleza como telón de fondo. Si se nos aplicaba la terminología psicológica, se trataba del despertar de la sexualidad. Quedaba atrás el ensimismamiento de la infancia, y empezábamos a vivir hacia afuera, a tratar de ser parte de un espacio afectivo más amplio. Y las vacaciones de playa se convirtieron en un período ideal para intentar acercarse y conocer a un mundo que comenzaba a brillar: el de la mujer. Mujer que no había dejado de ser niña y que para un casi-niño como yo aún no tenía figura. Para hacer que la tuviera, que se hiciera realidad en un nombre, ayudaba sin duda la convivencia en el grupo porque adquiríamos soltura, dejábamos atrás el juego y podíamos –si sabíamos cómo comportarnos, como atraer su atención– ir a la conversación. Y si había afinidad y simpatía mutua también podía haber enamoramiento. Eso pasó a ser esencial.

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En realidad, ya desde hacía un par de años Jesús y Pedro Pablo se movían en un nivel diferente al de los menores, estando Carlota en una posición intermedia por edad y por ser mujer, porque las mujeres siguen sendas diferentes. Jesús sobre todo vivía ya en otro mundo, y gracias a su desenvoltura no le faltaban admiradoras quinceañeras o próximas a serlo que empezaban a pensar en sus fiestas de debut social, a la usanza de entonces. Niñas que lo veían a uno, tan jovencito, como si fuera parte secundaria del paisaje sin expresar interés alguno en acercarse (¿qué interés puede tener para una adolescente un muchachón?) si bien el que yo fuera grande y diera la impresión de ser mayor me hacía pensar que no todo estaba perdido. Lo cual no quiere decir que no quisiéramos ser parte de la escena de los mayores, si bien manteniéndome en la periferia y sabiendo que era allí donde podría aparecer mi Beatriz; así que me asomaba a lo que iba desplegándose con alguna timidez y no poca convicción. Pedro Pablo se independizaba y andaba por su lado, Carlota adoptaba vestimentas de mujer y siguiendo la influencia de las primas que regresaban de estudiar en los Estados Unidos, aprendía a maquillarse.

La oportunidad de encontrar un rostro –eran los rostros lo principal– que atrajese mi atención y se disparara la simpatía mutua, estaba al alcance; el deseo de que germinara el enamoramiento del cual muy poco se conoce aparte del pequeño sufrimiento de la comparsa valenciana, que fue grande sólo por unos días.

Pero en esos grupos heterogéneos con diferencias de edad de tres o cuatro años, los más jóvenes tienen todas las de perder: las niñas que ya se pintaban los labios se interesaban en los mayores, no en un muchachito inseguro como yo. En los paseos avanzaban con ritmo propio: caminaban muy adelante, como apurados, o se quedaban atrás decidiendo cambios en la ruta que no le participaban al pelotón, donde yo me encontraba. Entre ellos estaba Omar González, de la edad de Pedro Pablo, quien tenía estilo de castigador, un modo de moverse, llevar una pajilla en la boca, andar en shores, echar chistes, hablar de una cierta manera, en fin, un tumbaíto [2] –estilo particular– que ponía a todas las niñas a suspirar por él. Bien parecido, estaba muy consciente de su presencia unida a la seguridad de quien ya sabe comportarse frente al sexo opuesto. Su hermana mayor Gladys era linda, de la edad de Jesús o unos meses mayor y en sintonía con él hasta el punto de que tuvieron más adelante un discreto jujú[3] .  Al mismo subgrupo se integraba Pedro Pablo quien cortejaba a Violeta, niña de muy bellos ojos y gran simpatía, una de las muchas hermanas Angarita.  Omaira la mayor y Jesús se acercaban…Y con el mismo apellido sin ser pariente, Cheíto, otro castigador simpático y entrador de buen aspecto y estilo sobrado sumamente efectivo.

Jesús con mucho pelo al lado de Mireya Michelena, con los ojos cerrados y una niña no identificada.

A la derecha Omar González con sus shores, luego  Marlene Michelena, Luis Enrique González (hijo de Josefina, pintora) Mireya Michelena y yo muy peinadito.

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 Entre las chicas había unos rostros que me hacían pensar. Me gustaba especialmente María Cristina Barrios, su rostro y su pelo negro de facciones suaves. Una vez me mantuve al lado de ella durante todo un paseo al bufiadero muy atento a posibles traspiés, dándole la mano para ayudarla a subir o sortear algún obstáculo, feliz de tenerla cerca y de ser por unas horas su compañero de paseo. En un momento dado se golpeó un dedo y se quejaba mientras yo decía algunas cosas como qué te pasó o déjame ver; y repentinamente apareció Cheíto, quien iba más adelante, según creí a la distancia apropiada para que no molestara; inmediatamente le tomó la mano y muy fiel a su estilo le dio un beso en el dedo para que se te alivie el dolor: Nunca un gesto me ha llegado tan directo al corazón. Me había imaginado cosas, me parecía que se sonreía conmigo, la ayudaba a subir por el camino pedregoso dándole la mano y a ella parecía gustarle un contacto que yo trataba de prolongar descuidadamente…y de repente ese modo de Cheíto alzarle el brazo y besarle el dedito, derrotó todas mis esperanzas.

Y así por el estilo. Podía pasarse uno toda la temporada de vacaciones anhelando pasear con una niña agarrados de manos; nada había mejor en la imaginación. En la playa se paseaban parejas así, caminandito, que hacían pensar –aún lo pienso– que ir tomados de la mano ante los demás, ante el paisaje, es la expresión máxima de un amor correspondido. Y si ya al final, cercano Septiembre, nada parecido a eso había pasado (y debo confesar que nunca me pasó en Ocumare) se sentía uno derrotado, dejado de lado por las mejores cosas de la vida. Y a eso se debió aquel comentario decidido de un recién llegado, al comienzo de una de las temporadas, a quien acabábamos de conocer y más nunca vi: yo, al comienzo de las vacaciones lo primero que hago es buscar pareja: si no es esta, es aquella; porque se te pasan las vacaciones y tú solo…Un punto de vista demasiado mundano para mi gusto, porque a mí me motivaba un rostro idealizado que nunca tomó forma precisa en aquel escenario de mar.

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 El paseo al bufiadero [4]era clásico. Se repetía todos los años y lo hacíamos en grupos grandes como si fuese una romería, llenaba una tarde y el grupo paseante iba cambiando. En el camino uno podía desviarse hacia una de las puntas de la bahía, la del extremo este, trayecto dificultoso pero interesante que permitía observar la fauna marina con mar tranquilo o tratar de pescar cuando íbamos solos alguno de los parguitos parguetes que por allí abundaban y jamás picaron. El bufiadero estaba fuera de la bahía, hacia el este en dirección a Cata. Se llegaba allá caminando desde La Boca (del río), primero por una carretera de acceso restringido que permitía llegar a una playita aislada muy acogedora pero también de uso militar, es decir, ningún uso. Luego se pasaba cerca del arranque del muelle construido en tiempos de Gómez, semidestruido por las marejadas producidas casi todos los años por lejanos huracanes caribeños y de allí se tomaba la vía de La Punta que acabo de mencionar o podía seguirse hacia el bufiadero subiendo el cerro y dejando atrás un pequeño cuartel militar custodia del abandonado muelle. Era un camino escarpado no muy largo que llevaba a una fila desde la cual se bajaba a la plataforma rocosa que se cortaba con el mar para formar un borde marino con las hendiduras entre las láminas rocosas que al paso de los siglos se fueron convirtiendo en cavernas. Al entrar las olas por las hendiduras e inundar la caverna el aire se comprimía y salía con gran estruendo por distintos agujeros en la plataforma y del lado del mar, a veces junto con grandes chorros de agua. Era todo un espectáculo que no creo que haya existido con esas dimensiones en ninguna otra parte de la costa venezolana. La mala noticia es que durante la construcción de la carretera que une a Ocumare con Cata lanzaron material de relleno sobre la explanada y taparon los agujeros acabando con el fenómeno: una típica agresión a la naturaleza a manos de constructores… en democracias y en dictaduras.

Un bufadero de otras tierras. Lo más parecido al nuestro que pude encontrar.

Carlota y nuestra prima Nelly Bermúdez Tenreiro –felices– en un recodo del camino al bufiadero. Abajo los peñeros en La Boca (del río).

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Ya en Valencia había aparecido de una manera muy particular y a muy temprana edad, esa otra dimensión de la sexualidad, tan fundamental, la cual a falta en este momento de referencias sobre terminologías psicológicas identificaré como la conciencia de los genitales y todo lo que depende de ellos en términos de sensaciones. Lo que los anglosajones llaman genitalia refiriéndose en general a los genitales masculinos y femeninos. Éramos aún niños cuando uno de los dos mayores, creo que fue Pedro Pablo, descubrió que a una de las muchachas que trabajaba en la casa de Valencia ayudando con la limpieza (estaba yo en cuarto grado: 8 años) le gustaba que la rozaran mientras se agachaba para exprimir el coleto [5], lo cual constituyó una noticia de especial interés para los cuatro hermanos varones, que inmediatamente quisimos comprobar usando cada quien su personal modo de aproximación y deslizamiento, todo lo cual  tuvo resultados muy agradables para todos incluyendo a la muchacha. Duró algún tiempo hasta que cesó por alguna razón que se me escapa, pero continuó activa para mí cuando retornamos a Maracay gracias a la complacencia de una muchacha que trabajaba allá, me parece que se llamaba Azucena, quien me tenía especial simpatía. Colmó ella parcialmente mis juveniles ansiedades eróticas –bastante inocentes por lo demás–durante un buen tiempo hasta nuestra mudanza a Caracas, por lo cual le estaré eternamente agradecido…hasta que en Caracas apareció Julia, ya yo de quince años.  Pero Julia y mi interés por ella lo dejo para más adelante.

Y es que si nos aproximamos a esta etapa de la vida nuestra desde una mirada adulta libre de prejuicios es lógico suponer que las distintas manifestaciones de la sexualidad puramente genital se nos presentarían a todos los hermanos de una manera u otra. Así fue, y sobre ello a veces intercambiábamos puntos de vista o comunicábamos inquietudes a la manera de esos tiempos, es decir siempre a cubierto de los adultos y más como un espacio nuestro que compartíamos, como es usual, con los amigos, dejando de lado de forma natural reservas que a esas edades son menores. No es sin embargo mi intención en estas reconstrucciones de lo vivido traspasar los límites de la intimidad de quienes ya no están, o incluso exponer la mía, convencido como estoy de que como decía mi filósofo preferido nadie tiene  el derecho de penetrar en la intimidad de otro, sino también porque no me impulsan los motivos que por ejemplo en el ambiente periodístico-cultural estadounidense llevan a a hablar de lo íntimo en público sin reservarse nada, tal como si fuera una obligación cívico-moral o algo políticamente correcto. Queda aquí, pues, ese aspecto de mi modo de ver la vida como sugerencia y llamado a la imaginación. Y como soy del mismo barro pensativo del cual habla César Vallejo debo tratar de mantener ciertas reservas sobre las Marías que se van [6]reales o no.

Jesús, Carlota y yo durante un paseo a Maya.

[1]De esas competencias de playa surgió mi interés en el Atletismo. Admiré a Asnoldo Devonish, medalla de bronce del Salto Triple en Helsinki en 1952, surgido del mundo petrolero. También seguí en los años siguientes a atletas como el veterano Brígido Iriarte, y los más jóvenes Rafael Romero y Arquímedes Herrera, velocistas, o Héctor Thomas (decatlón). Y otros menos notorios.

[2]El tumbaíto es un estilo manifestado en el movimiento, en la manera de moverse. Es como una coreografía que se convierte en motivo de admiración para la mujer. Para un tumbaíto caribeño puede ayudar: https://www.youtube.com/watch?v=QEaV2bjlqNU

[3]https://jergozo.com/diccionario-venezolano/definir/jujú

[4]La palabra correcta es bufadero https://es.wikipedia.org/wiki/Bufaderoy se trata de un fenómeno natural que se da en los litorales rocosos.

[5]En Venezuela lo que en otros países se llama mopa, un trenzado que se humedece para limpiar los pisos, se ha sustituido por el coleto, una tela áspera gruesa que absorbe agua y se arrastra por el suelo con ayuda de un haragán.

[6]Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; / Me pesa haber tomado de tu pan; / pero este pobre barro pensativo / no es costra fermentada en tu costado: / tú no tienes Marías que se van! (del poema Los Dados Eternos de César Vallejo ). https://es.wikisource.org/wiki/Los_dados_eternos

VER LA VIDA (37)

Oscar Tenreiro

El cuatro, instrumento de cuerdas que por los primeros años cincuenta del siglo veinte se hizo muy popular entre los adolescentes venezolanos, llegó al ambiente en el que nos movíamos, y de allí a nosotros para quedarse en mi caso hasta después de tener mi primer hijo. Fuimos parte de una verdadera fiebre nacional. Podían recibirse clases o aprender a tocarlo usando unos cuadernos que llevaban el pomposo nombre de Método (para aprender a tocar el cuatro), se compraban en las librerías y contenían los asuntos básicos para iniciarse en el instrumento, lo cual, combinado con el oído musical de cada quien y lo que podían ayudar los consejos de algún amigo que lo tocara bien, era más que suficiente para andar por allí cantando y acompañándose con el instrumento. Porque el cuatro es, básicamente, un instrumento de acompañamiento, si bien quienes lo dominan lo han convertido en instrumento de concierto cuya versatilidad ha evolucionado considerablemente https://www.youtube.com/watch?v=FX1ve-PZIJ8.

Corría 1951 cuando nos llegó –antes del cuatro– la fiebre de la armónica, que en Venezuela se llamaba, y aún se sigue llamando, sinfonía de boca o simplemente sinfonía.En una de las temporadas vacacionales en Ocumare apareció un amigo con una y al poco tiempo ya yo tenía mi Hohner, alemana, Pedro Pablo y Edgardo también y poco tiempo después pude tocar de oído –porque nadie nos enseñó– algunas típicas melodías venezolanas o algún bolero como Solamente una Vez de Agustín Lara que mamá cantaba https://www.youtube.com/watch?v=WbfWHFjlLP0. Pero cuando apareció el cuatro, también en Ocumare al año siguiente, dejamos de lado las sinfonías y por mi parte me dediqué a tratar de dominar el nuevo instrumento hasta lograrlo razonablemente bien. Siempre dentro de una medianía que me caracterizaba como un aficionado de poco alcance que sin embargo iba a todas partes con su cuatro y aprovechaba cualquier oportunidad para rasgar las cuerdas y cantar un poco (he dicho que papá no cantaba mal). Piezas más bien elementales pero suficientes para animar un poco el ambiente.

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Decía que a los adolescentes de la clase media venezolana se les hizo casi imprescindible en los primeros años cincuenta aprender a tocar cuatro. Hasta Pedro Gluecksman hijo de judíos austríacos, buen amigo de quien he hablado varias veces, se compró uno y lo chapurreaba cuando íbamos los sábados, ya mayorcitos, a pasear  al malecón de Macuto, a la orilla del mar, trasladándonos en un Vauxhall –él era mayor que yo y manejaba– que pertenecía a su madre, amable señora conocida en su familia como Fritzi. Y nos sentábamos a rasgar cuerdas frente al Hotel Alemania, regentado por la mamá de Max Pedemonte quien no tocaba cuatro pero era nuestro amigo, a veces sumándose algún paseante que servía de maraquero, porque hasta maracas llevábamos, aún sin saberlas tocar. Era Venezuela expresándose dentro de una clase media formada por aportes de tierras lejanas y sin embargo, pese a todo lo que pueda decirse, sensible a las tradiciones arraigadas en nuestro espacio geográfico y cultural. Gente que compartía nuestra geografía del alma.

Aprendió también Carlota a tocar cuatro, un poco Edgardo, algo Pedro Pablo y nada Jesús. Y ya viviendo en Caracas, tanto se había instalado la música venezolana en el gusto general, que oíamos con frecuencia a Los Torrealberos [1]con Mario Suárez canturreando en la rama de un samán los gallos buscan el día, mientras Jesús al desocuparse el tocadiscos elevaba su espíritu con la Muerte de Amor de Tristán e Isolda la ópera de Wagner o cualquier otra pieza de alto nivel. Contraste de preferencias en lo cual es tan rica Venezuela.

No tocaba yo tan mal el cuatro, pero tampoco tan bien. Me servía para cantar cuando nos reuníamos con amigos. Cultivé la afición hasta grande, para lo cual basta decir que viajé con el cuatro hasta Chile cuando me casé allá y luego lo cargué conmigo a Francia donde lo tocaba en reuniones de amigos. Como por ejemplo cuando estuvimos compartiendo una noche con Arístides Calvani[2], él de visita en París, a quien conocíamos del mundo socialcristiano, ya encumbrado en la política nacional, quien se lució esa noche ante nosotros como buen tocador de cuatro. Y fue de regreso a Venezuela en 1962, o sea a los 23-24 años cuando me rendí a la evidencia de que no valía la pena seguir garrapateándolo.

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Ya me había pasado algo análogo a lo del cuatro durante nuestro exilio en Valencia. Se apoderó de mí entonces un irresistible deseo de aprender a tocar violín que le participé a mamá apenas se presentó la ocasión. Pudo haber tenido relación con lo que ya he dicho sobre herencias, pero en realidad me cautivaba la forma como se produce el sonido de ese instrumento, hasta que aprender a tocarlo adquirió la fuerza de los caprichos infantiles. El deseo se convirtió en obsesión antes de que apareciese el cuatro como sustituto.

Y sobre este cambio de un instrumento por otro puede darse una razón familiar de bastante peso y no sólo la derrota de una posible vocación. Porque es obvio que poner a un hijo a estudiar violín iba a requerir un profesor que exigiría pagos mensuales, comprar partituras que son en general caras y difíciles de conseguir, aparte de que el instrumento, si es de una mínima calidad, resulta bastante costoso. Mientras que comprar un cuatro que no tenía que ser hecho en Barquisimeto y sus alrededores –los más caros– y se podía aprender con un simple manual y algo de oído, poco impacto iba a tener sobre el presupuesto familiar. ¿No es esto suficiente razón en una familia numerosa? Después de todo, como ha quedado comprobado, yo no iba a ser ni de lejos un virtuoso. Carezco por completo de oído musical fino, destreza manual y la disciplina que un buen ejecutante de violín requiere, de ello no tengo hoy dudas.

La obsesión por el violín originó por otra parte una anécdota muy particular. La respuesta inicial de mamá cuando le hablé de mi deseo fue que, como no teníamos el dinero necesario, había que lograr que el tío Hermann de Caracas nos regalara el violín que había sido de su hijo mayor, el primer nieto de los abuelos Degwitz, a quien le decían Guillermito (Guillermo Degwitz Celis, médico graduado en 1946), quien había recibido clases del instrumento. Cuando vayamos a Caracas se lo pedimos me dijo Cecilia. ¿Y cuando vamos? pregunté. Me dio una fecha que apunté cuidadosamente en una especie de agenda personal que llevaba yo en Valencia usando una libreta pautada de la fábrica de Sombreros Degwitz. Allí escribí un recordatorio en clave para que nadie supiera de mi ansiedad: ese día debía recordarle a mamá su promesa. Y el epílogo de esta historia está en que nunca se pidió el violín, tal vez porque tío Hermann no era particularmente generoso y su talante serio pudo intimidar a mamá; tal vez porque mi obsesión era un poquitín absurda; sea por lo que sea, nunca pude ni siquiera ponerle las manos al violín de Guillermito. Trasladé el recordatorio en clave a distintas páginas de la libreta con las fechas de visitas previstas a Caracas y la petición nunca se hizo: es el destino de gran parte de los deseos infantiles.

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No sólo el cuatro ocupó nuestra atención por esos años sino un deporte marino que se empezaba a hacer muy popular en el mundo y que llegó a Venezuela con fuerza a mediados de la década de los cincuenta: la pesca submarina y en general el interés por el mundo submarino. A mí me llegó de modo particularmente fuerte a través de mis nuevos amigos caraqueños: Max Pedemonte, quien nombré antes y había conocido en el autobús Chacaíto-Carmelitas que nos llevaba al Colegio La Salle de Tienda Honda, y a los Gluecksman, Juan y Pedro, pero especialmente Pedro. Ellos ya habían empezado a practicar la pesca submarina porque papá Gluecksman tenía una pequeña lancha Chris-Craft de madera, un bote con motor fuera de borda­, con el cual se movían con soltura sobre todo en Turiamo donde iban con frecuencia porque la tía de Pedemonte regentaba un modesto hotel destinado a los técnicos que trabajaban en las obras de la Base Naval en construcción.

Algo tan simple como la máscara para ver bajo el agua era una novedad, al igual que el tubo de respirar osnorkel [3] y las aletas para los pies o chapaletas [4], e incluso el fusil de resorte –especialidad italiana– que disparaba un arpón, instrumentos que empezaban a popularizarse por todo el mundo. Jesús ya había usado la máscara y comentaba sobre los contornos y colores del paisaje submarino excitando la curiosidad de todos los hermanos. Lo cierto es que me veo a mí mismo un día cualquiera cerca del muelle de Turiamo, recién puesta una máscara prestada, caminando torpemente con las chapaletas puestas entre las piedras coralinas para adentrarme en el mar, esa primera vez sin usar snorkel y haciendo uso de toda la prudencia que se le pide a un primerizo. Llego a una profundidad que me permite flotar cómodamente y aprecio el fondo a través del agua transparente típica en ese lugar. Se despliega ante mí el nuevo panorama natural: piedras y erizos entremezclados, arena blanca o más bien blancuzca como fondo de la escena –veo desde arriba sin sumergirme– en la que pequeños peces de múltiples colores, se mueven entre grieta y grieta. La sensación de vida activa me asombra. Pero hay una diferencia: lo que veo es sólo antesala, más allá, a medida que se hace más profundo hay cosas menos amables, que ya no parecen tan familiares: las piedras coralinas –los llamados cerebros– mucho más grandes e intimidantes, antesala de la arena del fondo que desciende y se pierde en un azul profundo contra el cual se recortaban los pilotes del muelle, terra ignota para mis ojos de principiante. Ya era suficiente, debía regresar, un leve temor de cosas que podían ser difíciles me obligó, y de nuevo caminar entre las piedras para salirme porque además estaba solo, los amigos se habían ido a otra parte.

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A partir de esa primera experiencia, conocer el mundo submarino se convirtió para mí en una obsesión. La motivación inicial, muy propia de la adolescencia, tuvo que ver con lo deportivo: la pesca con fusil y arpón era un ejercicio de destrezas cuya práctica me enganchó. Y no tardaría en sumarse el interés por la observación usando lo que en español tiene el aparatoso nombre de escafandra autónoma y en inglés se conoce como scuba diving, el uso de botellas de aire comprimido. Unos cuatro años después de aquella mañana en Turiamo me fui junto con Pedro Gluecksman hasta Sears, la cadena de tiendas americana que tenía una sede en Caracas, a comprarme, con mis ahorros de dibujante de arquitectura en la oficina de José Antonio Ruiz Madriz, un par de botellas con su correspondiente válvula, que habrían de durarme unos cuantos años y fueron el primer paso hacia muchos episodios que podrían merecer el nombre de aventuras. Porque me dediqué a conocer el mundo submarino a mi alcance, lo que equivale a decir el venezolano. Y pasé por una etapa en la adolescencia y la adultez temprana en la cual el mar y particularmente su misterio y sus criaturas lo fueron todo para mí, mucho más que cualquier otra cosa, incluyendo la carrera que había escogido. Porque la Arquitectura se me mostró inicialmente como una posibilidad, como un reto podría decir, que se fue delineando y hasta cierto punto poseyéndome, lentamente, hasta hacerse objetivo principal de mis aspiraciones; pero en esos primeros años este deambular por el espacio marino venezolano, por arrecifes, por islas, pedazos de mar limitados por riberas amables o agrestes, se hizo pulsión permanente que orientaba muchas de mis decisiones. Descifrar el mundo submarino se hizo parte de mi modo de ver la vida. Nada se impuso por sobre mi culto hacia el mundo silencioso, como lo denominó con acierto el francés Jacques Ives Cousteau. Y ya maduro, en mi cuarta y quinta décadas de vida, tomé decisiones arriesgadas, poco razonables para una mentalidad conservadora, dictadas por mi amor al mar. Decisiones que sin embargo me proporcionaron algunos de los más estimulantes momentos de encuentro con el medio natural, durante los cuales se produjeron convivencias, con los amigos y más adelante con mi familia cercana, que veo hoy con la más profunda gratitud.

Después de aquellos momentos de revelación en Turiamo, en las pocas temporadas de Ocumare que nos quedaron hasta que la casa salió de las manos nuestras, la observación submarina ya convertida en pesca submarina se hizo parte de nuestras actividades siendo La Ciénaga el lugar más a la mano para practicarla como principiantes. Allí vimos por primera vez un tiburón –de los llamados gata, inofensivo– un grupo de mantas-rayas volando literalmente en el canal central de la bahía, los inevitables peces-loro que se constituyeron en nuestra presa más fácil y las langostas que cazábamos como manjar.

Y la sorpresa fue que, en nuestros inicios como pescadores quien más puntería tenía y por consiguiente más contribuyó a algunos de los almuerzos preparados por Gregorita, fue Pedro Pablo, el menos deportivo pero el más preciso de los hermanos.

 

Esta foto de mi hermano Edgardo y yo (1956) es de los tiempos en que ya la pesca, e incluso la fotografía submarina (en primer plano a la izquierda una caja submarina para Rolleiflex propiedad de Pedro Gluecksman, quien tomó la foto) y un espíritu de grupo (las camisetas) eran asunto principal para nosotros.

Max Pedemonte se lanza a pescar

Esta foto, que me muestra con una picúa (barracuda) recién pescada, tiene fecha precisa: 6 de Abril de 1955.

Esta foto (1956) es tomada en los terrenos del hotel de Turiamo regentado por la familia de Max Pedemonte. Muestro un sábalo (izq.) y un carite.

 [1]Los Torrealberos era un grupo musical que hizo de la música folclórica venezolana con arpa, cuatro y maraca su especialidad. Lo dirigía Juan Vicente Torrealba y el cantante era Mario Suárez quien después actuó por su cuenta. En los años cincuenta fueron inmensamente populares entre la clase media venezolana. Muchas piezas de su autoría son aún conocidas entre nosotros. https://www.youtube.com/watch?v=Zt5KUrCip0E

[2]Arístides Calvani https://es.wikipedia.org/wiki/Arístides_Calvani, importante personaje de la Democracia Cristiana venezolana, en esos tiempos parte de la coalición del gobierno democrático de Venezuela, era hombre de pensamiento, y seguramente por eso mismo gustaba de comunicarse con la gente joven. Nuestras amigas Alicia Rodríguez Aguerrevere y Ana Díaz Rodríguez (Ana unos años después se casaría con mi hermano Jesús) lo conocían más que yo, y sabiendo que estaba de paso por París, lo invitaron una noche a conversar. Yo acudí con Delia Picón, mi esposa entonces, y mi hijo mayor Óscar en su cuna portátil. Por supuesto llevé el cuatro, pero casi no toqué porque Calvani se apoderó de él y se convirtió en el centro musical de la reunión, aparte de que por su condición de persona pública no me atreví a pedírselo para lucirme yo.

[3]Tubo para respirar que se adapta a la máscara submarina. Palabra no aceptada por la RAE. Viene del tubo de respiración para el motor diesel en los submarinos alemanes de la Segunda Guerra Mundial.

[4]Así se le dice en Venezuela a las aletas que se ponen en los pies para facilitar la natación y particularmente para el buceo y snorkeling