TODO LLEGA AL MAR (11)

Oscar Tenreiro

También me interesó la conferencia de Paul Bossard (1928-1998), luego de la cual fue nuestro anfitrión en la visita a su conjunto de viviendas en proceso de terminación –Cité des Bleuets, en el suburbio de Créteil– de escala más bien modesta comparada con los grands ensambles como el terrible Sarcelles que ya habíamos visitado.

Sarcelles en una especie de gigante de los Grands Ensambles parisinos. Ignoro cual es su situación actual.

Bossard buscó, en colaboración con la empresa de prefabricación Coignet, una textura natural colocando piedra bruta en los moldes de vaciado de los elementos prefabricados en los bordes de los entrepisos, proyectados hacia afuera como aleros de protección, un intento que aparte de darle profundidad a la fachada y protección a las ventanas –de madera, otro rasgo especial– se aleja del convencional mosaico de cerámica blanco-grisáceo o de tonos pastel, típico de los ensembles. Lo de la piedra es un recurso que bien pudo estar inspirado en las piezas prefabricadas de los balcones de las celdas de los monjes de La Tourette de Le Corbusier pero usando lajas que resaltan diferenciándose –tal vez demasiado– de las demás superficies. Con el uso de ventanas de piso a techo formando además cortina en ciertos sectores, logró una mejor iluminación y una calidez que resalta al usar el color como acento. En resumen, era una experiencia fundada en aspectos útiles y siempre vigentes en la arquitectura –color, texturas, búsqueda de la luz natural, calidez– fuera de todo criterio estilístico pero derivados de la experiencia de Corbu. Pude percibir ese vínculo que en definitiva apuntaba al deseo de proponer un lugar para vivir fuera del adocenamiento de la mayor parte de los conjuntos de vivienda que visitamos.

Uno de los edificios de Cité des Bleuets de Paul Bossard, en Créteil, suburbio de París.

Detalle de los balcones de las celdas de los monjes en La Tourette de Le Corbusier. Son piezas prefabricadas vaciadas sobre una cama de piedra picada. Foto de 2008

Otro aspecto del conjunto de Bossard. (Internet)

Entre los demás arquitectos que hicieron exposiciones sólo mencionaría por la impresión que me dejó –algo de interés y mucho de rechazo– la de Émile Aillaud (1902-1988) un arquitecto cuyo mérito radicaba en practicar una operación de maquillaje de los edificios producto de la prefabricación. Logró introducir la curvatura en la huella del edificio y que la cerámica aplicada en los paramentos exteriores siguiera patrones libres a la manera de nubes que actuaban suavizando la rusticidad elemental de la arquitectura. Se conoció bastante el conjunto llamado Les Courtillières en Pantin, un suburbio parisino, en el cual un edificio de más de un kilómetro de largo serpenteaba rodeando un espacio de parque; y años después cuando las técnicas de prefabricación y el dinero disponible lo permitieron construyó edificios de planta cilíndrica o, como en el caso de un conjunto inmediato a La Défense –el extremo opuesto del Eje Monumental que comienza en el Louvre y pasa por el Arco de Triunfo–asociaciones de semi-cilindros revestidos de nubes de color. Todo ello cediendo a una pulsión decorativa que reconocía la pobreza de una arquitectura que a mí, un joven sin experiencia y apenas salido de unos estudios básicos, me lucía como un kitsch a la francesa que pretendía emular la libertad formal de un Niemeyer sin una pizca de su genio.

Vista aérea de la Cité des Courtillières conjunto de Émile Aillaud en Pantin, suburbio parisino (Internet).

Otro aspecto de la Cité des Courtillières de Émile Aillaud.(Internet)

Una de las torres de Émile Aillaud en La Défense, París.(Internet)

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Los Grands Ensembles y en general su calidad arquitectónica y urbana, pese a ser en definitiva una solución numérica, dejaban una impresión dudosa. La organización de los conjuntos de bloques estaba determinada generalmente salvo algunas excepciones que no podría nombrar hoy, por puras consideraciones de rendimiento económico de los sistemas constructivos, con muy poca atención hacia aspectos de calidad urbana surgidos de concepciones no utilitarias del espacio público: lo fundamental era número y eficiencia económica. La calidad arquitectónica de los servicios comunes era mediocre, y se construían posteriormente como operaciones independientes de la concepción del conjunto. No era pues de dudar que se llegara a hablar de un millón de viviendas al año, lo cual, si es verdad que era una necesidad numérica en vista del enorme déficit de viviendas de Francia da también una idea del importante efecto –problemático– que sus deficiencias tendrían en la calidad urbana de las ciudades francesas. El deterioro social e incluso físico era previsible y fue objeto de intensos debates en los años posteriores produciendo correctivos que tuvieron interés –como el programa Pour une Architecture Nouvelle PANy soluciones compensatorias de menos interés, puramente formales y apegadas a las tentaciones posmodernistas, como el oportunismo de Ricardo Bofill en los Espaces d’Abraxas y las excentricidades de Manolo Nuñez con sus Arènes de Picasso, ambos de los primeros años ochenta.

“Los Espacios de Abraxas” Conjunto de vivienda en Noissy-Le -Grand, suburbio de París, de los primeros años 80, puro posmodernismo de Ricardo Bofill.
(Internet)

“Les arènes de Picasso”, conjunto de vivienda de Manolo Núñez, apoteosis del maquillaje, también de los primeros ochenta. (Internet)

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Al tomarle un mínimo pulso a las ideas que circulaban sobre arquitectura, para lo cual era muy útil la experiencia de nuestro curso, me resultó evidente que entre los arquitectos con encargos oficiales y sobre todo entre los funcionarios, el mensaje de Le Corbusier se ignoraba de modo deliberado. En el discurso más común sobre la arquitectura y la ciudad su aporte no existía. Hasta cierto punto, fue mi impresión entonces, para un amplio sector profesional vinculado al establecimiento el tiempo de Le Corbusier había pasado.

Yo no estaba en capacidad de juzgar acerca de los orígenes de ese silencio. Lo veía en primer término como consecuencia de la mezquindad y la envidia, además del siempre presente chauvinismo (Le Corbusier en definitiva era un extranjero suizo) que hay en mayor o menor grado en la mentalidad típicamente francesa. Hoy puedo ver que en aquellos tiempos ese silencio sentaba las bases de la posterior campaña de descrédito hacia Corbu desatada en con el posmodernismo y alimentada por un chauvinismo cultural de signo contrario particularmente en los Estados Unidos. Y también puedo ver hoy que se fundaba en la ignorancia respecto a la totalidad del legado corbusiano, en la tendencia –tal vez compensación de la presencia enorme de Corbu en el discurso global de la inmediata posguerra– a tomar en cuenta sólo las partes más coyunturales de su pensamiento. En todo caso, este no es el lugar para adentrarme en el tema por lo demás importante y de necesaria aclaración, sino para hacer notar mi sorpresa de entonces.

Pero ignorar a Corbu se explica también por una razón adicional.

Prosperaba en ese entonces en Europa el debate sobre la Planificación Territorial y Urbana, que se quería ver –y así también hoy– como una aplicación de conocimientos estrictamente técnicos, como ciencia exacta, visión que impulsó fuertemente el prestigio del Urbanismo como herramienta imprescindible para la comprensión de la ciudad[1]. Las izquierdas marxistas de esos años hicieron tanta militancia a favor de la Planificación basándose en las prácticas soviéticas –que se calificaban a priori de exitosas– que no era posible hablar de la ciudad sin recurrir a la retórica con revestimiento científico, delUrbanismo. Y en esa retórica no podía figurar la arquitectura; hablar de arquitectura cuando se hablaba de ciudad era mal visto[2]Y prosperó entonces, como decía, una especie de culto a la Planificación Urbana que careció en muchos casos de efectividad real, precisamente por su negación del valor esencial de la arquitectura para construir la ciudad. Fue incapaz por ejemplo de ayudar en Francia a corregir los graves errores cometidos en los grandes planes de construcción de viviendas en la periferia de las grandes ciudades francesas y sobre todo la parisién, agobiadas por una arquitectura escandalosamente mediocre carente de ideas acerca de la configuración y enriquecimiento del espacio público. Esto, por supuesto, hoy es historia y se reconoce ya abiertamente que la ciudad y su espacio público se construyen con la arquitectura. Ahora bien, la higiénica distancia que los urbanistas de esos años –distancia que se cultiva también hoy– marcaban respecto a la arquitectura, vino a ser razón importante para que se diera esa especie de confabulación por el silencio respecto a Corbu, sin dejar de mencionar la mezquindad.

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Tanto lo que aprecié en el curso como lo que podía ver fuera de él, en la ciudad o en los comentarios, me dejó la impresión de que la arquitectura francesa de ese momento estaba estancada, dominada por el peso de una eficiencia ingenieril administrada por los Bureau d’Études–oficinas de consultoría que actuaban como intermediarios entre el Estado y los arquitectos– con mínima participación de nuestra disciplina en las decisiones tanto de política de inversiones como del quéhacer y cómohacerlo, con un peso enorme del Estado y un mínimo espacio para la iniciativa privada. Era muy poco, pensaba, lo que podía haber de interés; y de hecho, no creo que podría citar un nombre dentro de ese panorama que captara mi atención. Así que me dediqué en los tiempos libres que me dejaba mi compromiso de trabajo con la SETAP de Lagneau, a las excursiones que ya he narrado en otra parte para aprender de la arquitectura histórica, específicamente del gótico, conocer la ciudad y algunos de sus rincones, y a tratar de llenar algunas lagunas.

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Esto último nos llevó hasta Lyon con nuestras dos amigas, Ana y Alicia, a conocer La Tourette, una excursión que fue una nueva prueba para mí de que la máxima enseñanza, podríamos decir la rúbrica del aprendizaje de un arquitecto, está en la arquitectura construida. Y por supuesto en el estudio documental de planos e imágenes. En este caso muy a la mano porque el incesante espíritu de comunicación de Corbu y su fama generalizada hizo circular los documentos básicos sobre La Tourette por el mundo entero.

Así que ya conocía este monasterio, su disposición en el paisaje, su organización, sabía de los materiales utilizados, de las incidencias que llevaron a construirlo. Pero la palabra definitiva, la que me dejó huella profunda, la tuve cuando visité la iglesia adyacente al claustro, en su lado norte.

Todavía había monjes en La Tourette en ese entonces, no como hoy cuando a causa de la disminución de la iglesia católica, se ha convertido en lugar solitario destinado a eventos culturales además de las visitas del peregrinaje arquitectónico universal. Así que ni mi mujer ni Alicia y Ana pudieron entrar a la zona de clausura:  todo el monasterio menos la iglesia y el recibo con sus locutorios. Y me adentré a las distintas dependencias pero sin poder entrar a las celdas.

Fuimos después juntos a la iglesia. Aún recuerdo la emoción que sentí al entrar a ese espacio absolutamente desnudo y sin embargo lleno –me permito la licencia descriptiva a falta de palabras– del sentido de lo sagrado que menciona Corbu a propósito de Ronchamp, su otra obra maestra. No esperaba, cuando juzgaba a partir de planos y fotografías, que de tanta aparente rigidez, la de una especie de caja de zapatosconstruida en imperfecto concreto, con un techo plano de losas del mismo concreto que parecen suspendidas como un plafón, sin otra ruptura de su monotonía que no sea la del acceso a la cripta y del otro lado los accesos y la sacristía señalada por una pared roja inclinada que recibe luz; que de esa simplicidad deliberada pudiera resultar una atmósfera tan hermosa, tan conmovedora. El secreto, lo sé mucho mejor ahora que en ese entonces, está en las proporciones (la obsesión de Corbu hoy tan olvidada) y en una feliz intuición respecto al manejo de la luz y el color. Quedó derrotada para mí a causa de esa vivencia, toda la retórica moderna (porque Corbusier no es el típico moderno, hoy lo digo con énfasis) que busca la solemnidad del espacio para el culto fugando hacia lo alto mediante cambios de direcciones de los elementos estructurales, inclinando más o menos las superficies de muros y techos, jugando con el volumen. En ese entonces no hubiera podido decirlo de ese modo porque era sólo un sentimiento. Pero no lo olvidé y se guardó en mi memoria hasta transformarse en concepto. Tampoco olvidé el papel esencial del color, que en la cripta donde están los altares secundarios se expresa en una puesta en escena memorable. El color como acento, como contribución eficaz a la creación de una atmósfera, como manifestación de la luz. Más allá de su eventual papel decorativo inspirado en el gusto de un seleccionador de tonos, Corbusier muestra en La Tourette –rasgo presente por lo demás en toda su obra– que el color en su arquitectura es la presencia de lo animado, de lo dinámico, de lo que se mueve con nosotros, de la vida. Y por eso es primario, porque señala lo esencial.

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La otra enseñanza, y desde la perspectiva que me ha dado el tiempo y las circunstancias la considero la más importante, es que la imperfección no disminuye el valor de la arquitectura. En La Tourette, edificio construido con limitaciones presupuestarias importantes, hay muchísimas imperfecciones constructivas directa consecuencia de la escasez de fondos. Algunas de esas imperfecciones pondrían los pelos de punta a cualquier arquitecto del éxito actual, pero es mínimo el efecto que tienen en el impacto que el edificio causa, en las palabras que nos dice. Y pensé en aquella visita que se me decía que la perfección en arquitectura y en el arte en general es una cualidad que no se impone sobre las otras: nuestro juicio sobre lo perfecto o imperfecto depende de circunstancias. Circunstancias y coyunturas que lo hacen relativo. Lo que juzgamos perfecto o imperfecto lo es en relación a un modelo (a un canon formulado claramente, fruto de un consenso no escrito, o simplemente el que llevamos en el alma); la perfección y la imperfección son conceptos siempre relativos. Esa convicción empezó a germinar en mí en La Tourette y aún hoy trato de hacer militancia con ella, sobre todo cuando veo los caminos que transita la arquitectura actual. Recuerdo en particular lo rudimentaria que era la hoja metálica movible de los aéreateurs verticales, demasiado liviana, giraba con esfuerzo, parecía abollada, su cierre no era hermético pudiendo comprometer el control climático del edificio; la notoria rusticidad del concreto visto con toscas juntas entre vaciados pobladas de rebarbas; La pintura de sitios claves como la cripta de los altares –lugar mágico– ya un tanto erosionada. Y así muchas cosas que seguramente inquietaban a los monjes. Pero todo eso era parte de una personalidad; en cierto modo teníaque ser así. ¿Y es que acaso las grandes arquitecturas que nos emocionan, heredadas de los tiempos, no están plagadas de defectosoriginales o causados por el tiempo y el uso?

La iglesia de La Tourette. Foto de 1961 escaneada recientemente al igual que todas las que siguen con excepción de la última. Está levemente movida porque es un Kodachrome de muy baja sensibilidad (50 ASA)

La Tourette 1961

La cripta de los altares secundarios. La luz natural que entra por las grandes aberturas (los “cañones de luz”) y los colores primarios, son elementos de la arquitectura que acompañan el drama de lo sagrado.

Arquitectura

Padre Nuestro…

Cuarenta y siete años después (2008) nueva visita a La Tourette.

La iglesia de La Tourette en el paisaje. El volumen sinuoso corresponde a la cripta de los altares secundarios. (1961)

Los “cañones de luz” sobre la cripta. Nótense los terminales (los pequeños cilindros) de los cables del postensado del concreto. Alta tecnología de su tiempo

[1]En ese tiempo el Urbanismo se había convertido en la disciplina a estudiar si se hablaba de la ciudad. Se minimizaban los rasgos que esa disciplina comparte con las ciencias sociales en general, es decir su carácter dependiente de variables no siempre exactas dada su dependencia de la fuerte y errática influencia del contexto político y económico, en muchos casos impredecible. Hoy en día vemos más claro que muchos de los supuestos de las teorías urbanas son de tal modo dependientes de realidades múltiples y en cierta medida indeterminadas que terminan siendo especulaciones. Seductoras pero especulaciones al fin. Hoy podemos decirlo con claridad.

[2]Hace unos tres años estuvo de visita en mi casa, traído por el común amigo Víctor Artis, el Arq. Gustavo Ferrero Tamayo, un verdadero prócer de los estudios urbanos en Venezuela. Recuerdo perfectamente que hablando generalidades sobre Ciudad Guayana –el motivo de la visita era hablar de lo que ella significó como nueva ciudad– cuando en la conversación yo intervenía, Ferrero me interrumpía un tanto irritado: ¡…pero eso es arquitectura…! : si hacía notar puntos de vista como arquitecto; le parecía que me estaba desviando del tema ciudad.

 

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TODO LLEGA AL MAR (10)

Oscar Tenreiro

Fuera de mi actividad de becario y el viaje al Norte, el resto del tiempo pasado en Chile, que duró hasta Noviembre de 1961, algo más de un año, poca relación tuvo con la arquitectura, aparte de la oportunidad que me brindó el arquitecto Jaime Bendersky Smuclir (1922-1976) de ser su asistente –de modo informal, como invitado suyo– en su cátedra de Taller de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile, labor que no recuerdo cómo se originó pero que revela la generosidad que en ese tiempo era común de parte de los chilenos hacia los venezolanos. Porque era evidente que yo tenía poco que aportar, aparte de acompañar a Bendersky en las correcciones asintiendo y asomando tímidamente alguna observación inspirada en mi audacia. Pero así y todo fue un mínimo entrenamiento que algún beneficio me reportó cuando finalmente regresé a Venezuela y me inicié como profesor interino en mi Escuela, responsabilidad que también me quedaba grande.

Y si la arquitectura no ocupó demasiado espacio, lo demás, la vida en toda su amplitud, sí fue intensa y de un modo importante, porque no sólo, como ya he dicho, me casé, sino que en Octubre de 1961, exactamente el 20 de ese mes, fui padre. Delia mi mujer dio a luz en la madrugada a Oscar Rafael en la Clínica Santa Ana de Santiago. Su médico fue el Dr, Monckeberg quien pese a nuestra insistencia no me dejó asistir al parto como era indispensable si se seguía –tal como lo habíamos hecho– el método de parto psico-profiláctico desarrollado por el francés Fernand Lamaze y cultivado en esos tiempos en Francia por su discípulo Pierre Vellay, con seguidores en Chile. Fue el único de mis primeros cuatro hijos que no vi nacer.

Y aquí recurro a un lugar común: tener un hijo nos cambia. Desde entonces todo dio un salto, fue distinto, mi punto de vistase hizo otro.

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No sería completa mi evocación del tiempo chileno sin hablar de lo que posteriormente se convirtió en vocación firme, la escritura.

En otra parte he dicho que durante nuestro viaje latinoamericano Gonzalo Castellanos llevaba con él como compañera permanente una Olivetti Lettera, esas máquinas de escribir portátiles que el deseo de refinar el diseño industrial de Adriano Olivetti –una especie de Steve Jobs de la época– convirtió en mercancía refinada a la vez que accesible a todos. Gonzalo cada cierto tiempo se sentaba cómodamente y tecleaba cartas a sus amigos o escribía notas que después le serían útiles en sus intentos de escritor, como fue el caso del texto que estaba incluido en el Informe que sobre el Congreso y el viaje imprimiríamos como un pequeño libro y al cual me he referido más arriba. Y no sólo el ver a Gonzalo en actitud pensante mientras el tecleo esperaba su turno, influyó en mí, sino que la fascinación que me producía el diseño del hermoso artefacto de color azul sirvió como de aguijón para que yo me decidiera a poner en letra de máquina mis ideas. El pequeño gusto de usar el artefacto de diseño me llevó a aprender a teclear aunque fuese con dos dedos –como aún lo hago hoy– para proporcionarme a mí mismo el placer de leer el limpio resultado. Fue pues la imitación, de nuevo, un origen; el goce del uso del objeto el instrumento, y  el blanco y negro de lo impreso la gratificación final: comenzó a establecerse en mi rutina el hábito de escribir. Así pues que me compré en Caracas antes de irme a Chile mi Olivetti y desde allí en adelante todas mis cartas pasaron por ella. Pero no sólo fueron cartas, también escribí mi primer ensayo corto para enviarlo a Caracas con el fin de publicarlo en la revista Punto que se editaba en mi Escuela, a la cual me refiero más adelante porque me ocupé de su contenido durante un corto tiempo al regresar a Venezuela.

El ensayo en cuestión lo motivó una visita a Brasilia en Mayo de 1961. Lo veo hoy como un episodio importante porque por primera vez traté de expresar con mispalabras, que se referían amispuntos de vista, imperfectos y adolescentes como podían ser, lo que la vivencia de la arquitectura y la ciudad me sugería. Y ahora cuando releo lo escrito, que apareció en el número (4) de Noviembre de ese mismo año, me resulta interesante ver cómo el deseo de expresar una inquietud, de preguntarse en voz alta ante otros –en parte la razón para escribir– produjo líneas que si bien hoy redactaría de otra forma diciendo mis razones con menos dudas, puedo sin embargo suscribir sin ruborizarme:

Pero el aspecto “Brasilia Realización” es diferente al “Brasilia Espíritu”. Si podemos dudar de los principios que le dieron origen, no podemos negarle valor a una obra que ha tomado forma gracias al esfuerzo común…Brasilia siempre permanecerá como una respuesta concreta a una necesidad concretaLa arquitectura de Niemeyer es lo que le da un sentido especial a Brasilia…me inclino a creer que Brasilia perdurará en la Historia, más como una realización de nuestro siglo, como un ensayo, que como un ejemplo que inicie caminos nuevos. Y si hay algo que impedirá que el tiempo la opaque demasiado, será la arquitectura de Niemeyer, que ha conseguido darle unidad y coherencia a una estructura urbanística que desconcierta, entusiasma y a veces decepciona.

Las fotos que siguen son de la visita que con mi mujer y mi hijo menor hice a Brasilia en 2001. Habían pasado cuarenta años desde la visita de tiempos chilenos. La ciudad que recién surgía en 1961 contrata con la ciudad ya estabilizada. Y siempre dignificada, no es posible dudarlo, por la arquitectura de Oscar Niemeyer.

Es indiscutible el dominio de la escala monumental que demuestra Niemeyer en la Plaza de los Tres Poderes.

El Palacio del Planalto, sede del Poder Ejecutivo.

La Corte Suprema al fondo, a la derecha el Pabellón-Museo Kubitschek

El Memorial JK- Mausoleo de Juscelino Kubitschek (foto de Internet).

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Dejé finalmente Chile en Noviembre de 1961, el mes en que cumpliría veintidós años. Volví treinta años después para encontrarme con un país muy distinto[1]. Un Chile distinto no sólo porque de la crisis económica permanente quedaba sólo un leve recuerdo, sino porque la bonhomía y apertura a lo diverso que tanto había elogiado se había ido con ella. Y se abrió inmediatamente para nosotros un corto ciclo europeo cuyo punto de origen estaba en París, a donde había pedido que se cambiara la beca venezolana después de hacerme acreedor a una mínima beca francesa (sólo cubría el costo de unos libros básicos) por haber sido aceptado a un cursillo sobre Políticas de Vivienda, Prefabricación y Urbanismo de tres meses de duración organizado por el Ministerio de Construcción francés. Apostábamos ahora a este cambio y hacia París partimos a fines de Noviembre de 1961.

Nos recibieron provisionalmente dos amigas cercanas, Alicia Rodríguez Aguerrevere y Ana Díaz Rodríguez (quien se casaría con mi hermano Jesús unos cuatro años después) que estaban en París siguiendo unos cursos de Planificación del Desarrollo en el IRFED[2]del Padre Lebret. Con ellas estuvimos hasta contar con nuestro propio apartamento en el Arrondissement18 de París, Rue Stephenson, barrio modesto al Noreste del París histórico, con mucha inmigración norafricana, mal vista por el parisino medio a causa del problema argelino objeto de mucha tensión en esos meses. Eran los tiempos del terrorismo de derechas de la OAS[3]que llenaba fuertemente la actualidad política.

Antes de estar establecidos debí ya integrarme a mi curso, que consistía en una serie de conferencias a cargo de funcionarios o personalidades del campo de la planificación urbana y territorial o vinculadas –desde la gestión pública o con el rol de contratistas– a la construcción pública de viviendas con énfasis en los sistemas de prefabricación pesada. Incluyó también muchas visitas a la mayor parte de los grandes conjuntos de viviendas ya ocupados o en construcción –los grands ensemblesde los alrededores de París– a plantas de prefabricación y a instituciones públicas del sector.

Personas como el padre Louis Joseph Lebret, quien representaba una aproximación humanista-cristiana al tema de la Planificación, en ese entonces (años cincuenta del siglo veinte) muy marcado por la propaganda soviética, fueron de una enorme importancia en la lucha entre democracia y totalitarismo que hoy poco se recuerda.

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Entre los conferencistas hubo los de corte burocrático –la mayoría–pero también unos cuantos de muy buen nivel. Como el ilustre sociólogo Paul Henry Chombart De Lauwe (1913-1998), quien nos habló de su estudio Famille et Habitation, –hoy visto como un clásico, el cual compré apenas pude– de especial interés por lo que revelaba respecto a la relación de las familias con las viviendas que ocupaban, asunto clave en momentos en los que se adelantaba un programa de construcción en Francia de alcances excepcionales, tal vez el programa de vivienda más importante de la historia europea. Ese estudio tenía la particularidad de haber incluido en sus investigaciones a las Unités de Le Corbusier, particularmente la de Nantes-Rezé. Otro conferenciante importante fue el ingeniero, devenido después en sociólogo urbano, Jacques Dreyfus (1920-2004) quien nos habló de sus muy interesantes estudios sobre el confort climático adelantados en el CSTB (Centre Scientifique et Technique du Bâtiment-Centro Científico y Técnico de la Construcción) y publicados en su libro Le Confort dans L’Habitat en PaysTropical,el cual compré y estudié algún tiempo después[4]. El CSTB, por otra parte, que conocimos con cierto detalle, cumplía un papel de muy buen nivel en el control de aspectos técnicos relacionados con los programas de vivienda franceses[5].

Famille et Habitation, un libro clásico de Sociología Urbana, de Paul Henry Chombart de Lauwe

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Hubo también conferencias a cargo de arquitectos. Fueron en general poco interesantes porque se trataba de personajes de corte burocrático, pero hubo excepciones. Una fue la de Georges Candilis (miembro del llamado Team X, muy publicitado) quien acompaño su charla con un documental muy bueno producido conjuntamente con Ionel Schein (1927-2004)[6]quien lo acompañaba ese día, de su proyecto para Toulouse Le Mirail el cual venía a ser la primera exploración (junto con las experiencias inglesas de los Smithsons también del Team X) de un tipo de asociación entre edificios de vivienda que buscaba alejarse de la repetición de bloques individuales para proponer continuidades y cambios de dirección que favorecían un espacio urbano más dinámico, distinto del típico espacio libre residual entre bloques que caracterizaba los conjuntos urbanos de la política de vivienda en Francia. Una exploración que si bien tuvo interés y ayudó a la liberación de algunas de las rigideces conceptuales de la modernidad terminó teniendo problemas análogos a los que pretendía solucionar.

Toulouse Le Miráil de Georges Candilis, quería ser una demostración de las tesis urbanas del Team X. La realidad terminó derrotando las expectativas que la publicidad otorgó a este grupo.

Tuvo consecuencias para mí la charla de Guy Lagneau (1915-1996) de la firma Lagneau-Weil et Dimitrijevic –en su juventud colaborador de Auguste Perret– quien mostró su proyecto para el Museo de Arte Moderno de Le Havre[7]con ciertos detalles constructivos de Jean Prouvé, y su vivienda-tipo metálica para el Sahara en colaboración también con Jean Prouvé, además de algunos trabajos en Mauritania, todo lo cual me interesó hasta el punto que me acerqué a él planteándole la posibilidad de trabajar en su estudio en condiciones similares a como había trabajado en Chile, es decir, sin sueldo pero integrado como un miembro de su equipo profesional, lo cual aceptó de buen grado y me llevó a trabajar con su firma desde fines del mes de Febrero de 1962 hasta poco antes de mi regreso a Venezuela.

Museo de Le Havre (1960-61) de Guy Lagneau, Weil y Dimitrijevic.

[1]Asistí al V Seminario de Arquitectura Latinoamericana (SAL), el cual se realizó junto con la Bienal de Arquitectura de Chile, en 1991.

[2]El IRFED, Institut International de Recherche et de Formation Education et Développement fundado tres años antes (1958) por el sacerdote católico Louis Joseph Lebret (1897-1966) (fundador en 1941 de la Asociación Economie et Humanismeen la ciudad de Lyon) era visto con mucho interés a causa de su aproximación a la Planificación del Desarrollo Económico –tema muy en boga en esos tiempos– desde un punto de vista cristiano, como contrapeso a la Planificación de inspiración marxista que desde la Unión Soviética se convertía en paradigma para los sectores políticos de izquierda revolucionaria. Era muy bien visto por el partido social-cristiano venezolano COPEI quien participaba en el gobierno de coalición (1960-65) presidido por Rómulo Betancourt, y de hecho, el gobierno venezolano financió numerosas becas de estudio en ese Instituto, entre las cuales las de nuestras amigas. El IRFED existe todavía con otro nombre, Centre International Développement et civilisations-Lebret-Irfed. Sus actividades siguen siendo inspiradas por la idea de una Economía de rostro humano lo cual puede resumir su inspiración ideológica. El gobierno venezolano de entonces le encargó a ese instituto algunos trabajos de análisis de la realidad venezolana que terminaron olvidados en el trajín de lo inmediato y urgente, destino venezolano inescapable. Lebret estuvo al menos dos veces en Venezuela durante esos años.

[3]OAS: Organization de l’Armée Sécrète que se oponía a la autodeterminación de Argel propuesta por De Gaulle considerándola una derrota ante el FLN (Front de Libération National) argelino el cual a su vez había adelantado una lucha terrorista contra la ocupación francesa.

[4]Me he referido antes a que en el libro de Dreyfus, en el capítulo donde se estudian las características del movimiento del aire en la ventilación cruzada, se favorece la adopción de la ventana vertical de piso a techo debido a su especial eficacia, lo cual constituyó para mí un sorpresivo apoyo técnico a la invenciónque Le Corbusier bautizó como aireador vertical, principio que utilicé en mi propia casa y en otras experiencias.

[5]Siempre lo vi –sin posibilidad alguna de influir para que ello ocurriera– como un modelo muy interesante para nuestro país, donde los programas de vivienda han carecido de una tutela técnica capaz de promover formas de superación de sus agudas carencias.

[6]Ionel Schein fue el autor de una obra de divulgación que tuvo mucha circulación: Paris construit. Guide de lArchitecture Contemporaine (1961) y de otras obras de crítica arquitectónica y urbana entre ellas Caracas et la difficulté d’être  une ville-1972. Tuve la impresión de que acompañaba el día de nuestra conferencia a Candilis como co-autor del documental sobre Toulouse Le Mirail, hasta el punto de que pensé que se trataba de un hombre de cine. Schein tuvo a fines de los sesenta y primeros setenta mucha relación con los arquitectos venezolanos autores de Parque Central Daniel Fernández-Shaw y Enrique Siso y estuvo varias veces en Venezuela. Había yo recién terminado mi casa de Alto Hatillo cuando un día me encontré una nota de Schein escrita con marcador fino sobre la pared externa de mi estudio con su firma (al exterior de la casa había acceso libre) en la cual me decía con palabras que ya olvidé que él admiraba al mismo arquitecto que yo, Le Corbusier. La nota desapareció al poco tiempo.

[7]Fue el primer museo importante construido en Francia después de la guerra y se acababa de inaugurar cuando Lagneau nos habló.

 

TODO LLEGA AL MAR (9)

Oscar Tenreiro

El tiempo final de carrera lo pasé separado del trajín político, ocupado en parte con la casa de mi primo y entre esos amigos cercanos con quienes trabajábamos el proyecto de último año, que culminó a principios de Julio de 1960, siendo nuestro acto de graduación el 3 de Agosto de ese año.

Debía trasladarme a Chile donde vivía la que sería mi esposa, así que me enredé en muchas gestiones, organicé asuntos y manipulé aquí y allá para lograr el objetivo de viajar, vivir un tiempo en ese país a base de ahorros de mi trabajo durante un año como profesor de Dibujo Lineal en la Escuela de Artes Plásticas de Caracas y recibir el monto de una beca de mi universidad. Hice cuanto era posible para obtener la beca aprovechando las puertas que se me habían abierto –en cuanto a conocer los procedimientos– y entre lo que me impuse para mejorar el monto que me correspondía y así poder llevar a cabo mis planes, estaba casarme legalmente en Venezuela para que la beca fuese matrimonial. Y la única forma de lograr esto último era casándome por Poder–sin la presencia de la novia, representada por una amiga, y con autorización de mi padre por no ser yo aún mayor de edad–lo cual hice justo después de terminar la carrera.

Un mes después salía en dirección a Chile, país que veía con explicable afecto. Me esperaban dos años, que para ser justo respecto a lo que significaron para mi formación, debo sumar a mi escolaridad.

Pero antes de seguir debo mencionar dos cosas importantes. Una que resulta imposible saber cómo influiría, o ha influido, en mi esfuerzo por desempeñarme como arquitecto; otra cuyas consecuencias fueron más directas, mas previsibles.

Comencemos por la primera, que es el amor a la naturaleza.

Fue el mar, manifestación primordial de lo natural, lo que fue objeto de mi amor temprano, intensificado fuertemente cuando me asomé al mundo submarino. Me hice desde entonces, cuando apenas tenía catorce años, un apasionado de todo lo que éste ofrecía al disfrute y a la imaginación, un apasionamiento que acompañó todos mis años de estudiante. Y después, ya mucho mayor, se complementó con la navegación y gracias a ella –conocí todas las islas y los miles de kilómetros del litoral­­­– con la admiración hacia el territorio costero de nuestro país, a su cambiante verdor que va desde el verde intenso del extremo oriental que arrancó al Almirante la expresión Tierra de Gracia, hasta las secas planicies de la península de Paraguaná que se interpone antes del Golfo de Venezuela. Y podría decir hoy, con la perspectiva que me ha dado el tiempo, que no concibo la idea de alejarme de este Caribe que he llamado en alguna parte nuestro progenitor. Y pienso que ese sentir, unido a la fijación emocional nacida del afecto con la ciudad donde nací, a su clima, al perfil de la serranía que la separa del mar, a la vegetación de sus colinas del Sur que preceden los valles desde los cuales se abre la tierra interna, forma parte de mi persona, se ha ido grabando en lo que soy a lo largo de una historia que comenzó en los años en los que me inicié en la búsqueda de la arquitectura. Y no soy capaz de saber cómo dirige mi mente, como lleva mi mano, como modela mis deseos para decidir lo que hago. Así que me limito a decir que existe, que es real.

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La influencia de la segunda en la solución de dudas, en lo que nos ayudará a resistir a la tentación[1]es más directa, porque me estoy refiriendo al estudio de la arquitectura que otros han hecho. Estudio que lo hacen posible los libros y también ¿por qué no? las revistas. Y esto último lo digo porque bastantes veces se afirma que los estudiantes de arquitectura no deberían ver tantas revistas (hoy puede hablarse de tanto Internet) porque éstas confunden y estimulan las modas. Opinión análoga a la que Gropius tenía sobre el estudio de la arquitectura histórica. El prejuicio, pues, arranca desde que comenzó la renovación de los estudios de arquitectura, pero no lo comparto porque creo que del examen de esas otras arquitecturas surge una forma importante de conocimiento de nuestra disciplina. Hay desde luego el peligro de las modas, pero hay también muchos otros beneficios que dependen de quien examina la información. Y debo decir que en mis años finales de escolaridad le dediqué mucho espacio a ese examen. Vi mucho –sin extenderme pero con atención– las imágenes de la arquitectura de Le Corbusier y Mies. Y me interesé intensamente en la arquitectura que se hacía en Venezuela porque eran tiempos de mucha actividad para los pocos arquitectos actuantes, hasta el punto de que se ha hablado de esa época como dorada para nuestra arquitectura. Había pues buenas referencias a la mano que uno trataba de asimilar, desarrollándose un deseo de imitación que progresivamente podía ser el camino hacia el conocimiento. Hoy puedo decir que ese fue mi caso. Al principio se manifestó con alguna torpeza, pero a medida que el estudio se hizo más riguroso como ocurrió cuando de regreso a Venezuela en 1962 me dediqué a un examen sistemático de la obra de Le Corbusier utilizando las Oeuvres Complètes, se fue transformando en fundamento para la mejor comprensión de la organización del edificio, para la más consciente identificación de la aproximación moderna a la arquitectura: la imitación abrió paso hacia los orígenes conceptuales –y formales– de esa arquitectura. Una profundización que podía ir germinando como visión personal. Y cuando pude construir, que fue poco después de mi regreso, comenzó a transformarse en desarrollo autónomo.

Escribió Lucio Costa:…Estudié a fondo la obra de los creadores, Gropius, Mies van der Rohe, Le Corbusier –sobre todo éste porque  abordaba la cuestión en su triple aspecto: lo social, lo tecnológico y lo artístico, o sea lo plástico en su amplia exhaustividad[2].¿Qué mejor reconocimiento que éste por un arquitecto de los grandes que mucho tiempo después de sus años universitarios continuó formándose en el estudio de otros arquitectos y sus arquitecturas?

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Comenzó el 13 de Agosto de 1960 mi tiempo chileno. Que fue sobre todo un tiempo para hacer realidad proyectos íntimos: mis inquietudes religiosas, fundar una familia –tuve mi primer hijo un año después– conocerme como adulto autónomo. Y para someter a prueba mis destrezas como arquitecto mientras continuaba mi formación.

Ya he escrito más arriba cuan quieto era Chile en ese tiempo, con su crisis económica de larga data y sometido a tensiones políticas análogas a las venezolanas, en muchos aspectos de signo contrario (analogías que me hicieron pensar tiempo después que Venezuela y Chile son como yin y yang, dos realidades opuestas pero complementarias que se integran). Quería emplear mi tiempo en trabajar en temas relacionados con la vivienda social, ese había sido el motivo para solicitar la beca y lo aderecé con habilidad –no tenía definido el lugar preciso donde esa aspiración podría realizarse– ante el organismo de mi universidad que me concedería la beca, indefinición que poco importó entonces a quienes debían otorgármela. Así que me di a la tarea de buscar un lugar donde pudiera encontrar apoyo para ese propósito, el cual desde Caracas y siguiendo las sugerencias de algunos amigos chilenos podía ser la Corporación de la Vivienda (Corvi). Allí me dirigí encontrando buena acogida a mi propuesta: trabajar sin recibir sueldo –la beca me sostenía– pero proveyéndome de un lugar de trabajo e integrándome a la actividad del organismo. Y comencé como parte del personal profesional del Taller Zona Norte en Noviembre de 1960 poco después de mi matrimonio eclesiástico el seis de ese mes.

Fue un aprendizaje múltiple. Tuve por una parte mi primera impresión de la burocracia y su papel aletargador entre quienes se habitúan a ella. Pude también constatar cómo se desarrollan celos entre los profesionales de dentro, respecto a los profesionales de fuera con los errores de juicio y las actitudes defensivas. Y lo peor, el muy bajo interés por la creatividad, ahogada por la rutina establecida que los de dentro aceptan resignados. Tampoco fui objeto de algún intento de diálogo motivado por mi juventud e inexperiencia sobre qué hacer o cómo hacerlo: la misma historia de mis futuras experiencias burocráticas que incluyeron una en Francia de corta duración en esos mismos años iniciales y otra en los Estados Unidos como profesor mucho tiempo después: cada quien en lo suyo y nadie responde por nadie.

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Taller Zona Norte era el Departamento que se encargaba de los diseños para la parte norte del país, de clima y naturaleza diferente de la del Centro y Sur de Chile, territorio larguísimo y particularmente estrecho (4300 km –8000 con la Antártida–por apenas 177 de promedio) que por eso mismo planteaba esa diferenciación. Y desde los primeros días me encargaron diseñar un Colectivo tipo es decir un edificio-tipo de apartamentos, para la ciudad de Tocopilla, hoy con 30.000 habitantes, ubicada a 1500 kilómetros al norte de Santiago y 180 Km. al norte de Antofagasta, la ciudad más importante de la zona norte del país, hoy con un poco más de medio millón de habitantes.

Vino a ser ése mi primer trabajo profesional. Culminé el Anteproyecto a lo largo de un tiempo un poco largo –unos cuatro meses– que podría justificarse por las naturales dudas e inseguridades de un recién graduado que apenas conocía las disponibilidades constructivas del país. Entre ellas, por ejemplo las condiciones básicas para la estructura –­muros para rigidez en los dos sentidos – en un país de muy fuerte actividad sísmica como Chile, donde además se había producido uno el 22 de Mayo de ese mismo año 1960 con características casi de cataclismo. Aparte de que debí conocer los materiales disponibles y las muy estrictas normas de áreas mínimas que en ese entonces se utilizaban. Las paredes externas las propuse de bloques de concreto para las cuatro fachadas, característica que hoy me sorprende porque ese fue precisamente el material que utilizo en mi más reciente trabajo –el Hotel de Oripoto– aquí en Caracas 50 años después. Pese a su porosidad que exige precauciones en ambiente húmedo, se conserva muy bien en el tiempo si se protege de la lluvia, lo cual en este caso no era problema porque en el desértico norte de Chile prácticamente no llueve. Indagué sobre materiales para la tabiquería interna y la propuse parcialmente en aglomerado de madera, un material producido por la empresa Cholguán donde trabajaba un amigo, Rafael Chanes –fallecido muy joven–quien había diseñado y construido una casa-tipo usando esos materiales en un suburbio de Santiago. Propuse también un tabique en cada vivienda en paneles de concreto liviano.

Es un trabajo muy medido, sin pretensión alguna, que cumplía con lo que se me había propuesto. Llegué a él siguiendo los mismos pasos que sigo hoy cuando se me pide dar una respuesta arquitectónica: trabajar desde lo que conozco y en cierta medida ir construyendo la respuesta. Puede verse como un método de trabajo.

Reconstrucción actual según los planos que conservo del Colectivo-Tipo.

Otro aspecto de la reconstrucción actual en 3D del Colectivo-Tipo para la ciudad de Tocopilla-Norte de Chile. El lote permitió dos unidades-tipo.

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El Colectivo-Tipo para Tocopilla ni se llevó a proyecto ni se construyó, pero me sirvió para que me enviaran con gastos pagos en viaje de trabajo al norte, corto viaje –unos cuatro días– que es de los más interesantes que he hecho.

No soy capaz de evocar hoy los detalles de esa visita al Norte Grande porque se confunden en mi memoria pero sí puedo decir que fue una experiencia única conocer la maravilla natural que es el Desierto de Atacama, enorme territorio de más de 150.000 Km2, tierra interna (antes de llegar a las alturas andinas) de las ciudades chilenas al norte de Santiago, a partir de La Serena, hasta Arica en la frontera con Perú pasando por otras ciudades entre las cuales Antofagasta, la principal. Mi viaje comenzó en Arica, en la frontera con Perú a donde llegué en avión y bajé al sur por tierra, acompañado por un funcionario de la Corvi, hasta Antofagasta pasando por Iquique. Y fue desde Antofagasta donde me adentré en el desierto, yendo primero a Calama y un poco más allá a la inmensa mina de cobre llamada Chuquicamata para ir luego al Sur hasta San Pedro de Atacama y Toconao y de allí regresar a Antofagasta. Logré trasladarme en auto-stop, lo que los venezolanos llamamos pidiendocolitas, y comenzando desde Antofagasta hasta San Pedro de Atacama, desdedonde unos americanos de la Braden Copper me llevaron hasta la mina para luego regresar en autobús desde Calama. La primera colita desde Antofagasta a San Pedro fue nocturna, en camión de volteoy la tomé junto con un grupo de obreros que como yo hacían auto-stop, apretujándonos para protegernos del frío nocturno, fuerte en ese desierto.

Conservo todavía las fotos que tomé y de cuando en cuando las reviso, entre ellas la de un desarrollo de vivienda de la Corvi –Salar del Carmen–[3]proyecto del arquitecto Mario Pérez de Arce Lavín (1917-2010) que es una de las buenas obras de vivienda social que se construyeron en Chile en esos años y que aún hoy admiro.

Un cementerio en el Desierto de Atacama, norte de Chile, foto de 1961.

En el Desierto de Atacama, norte de Chile, foto de 1961

En el Desierto de Atacama, norte de Chile, foto de 1961.

Desarrollo de vivienda social Salar del Carmen en Antofagasta, Norte de Chile, obra del Arq. Mario Pérez de Arce Lavín (1917-2010). Foto tomada en 1961, al igual que las que siguen.

Detalle en una casa en el conjunto de vivienda social Salar del Carmen del Arq. Mario Pérez de Arce Lavín (1917-2010)

Entrada a una casa en el conjunto de vivienda social Salar del Carmen del Arq. Mario Pérez de Arce Lavín (1917-2010)

Un aspecto del conjunto de vivienda social Salar del Carmen del Arq. Mario Pérez de Arce Lavín (1917-2010). En este Blog apareció el 31 de Agosto de 2013 un comentario completo sobre este conjunto.

 

 

[1]“Hoy en día la diferencia entre un buen arquitecto y uno malo reside en que el mal arquitecto sucumbe a la tentación, el bueno la resiste”Ludwig Wittgenstein / Cultura y Valor / 1930.

[2]Lucio Costa, Registro de una vivencia 1986-94, reproducido en Con a Palavra Lucio Costa,aeroplano editores. Selección de Textos a cargo de Maria Elisa Costa, Río de Janeiro 2000

[3]Hice unos comentarios sobre este proyecto en una de las entradas de este Blog, la del 31 de Agosto de 2013.