VER LA VIDA (17)

Oscar Tenreiro

Durante los años colegiales de Maracay hubo ocasionalmente situaciones y personas que iban a exigirme asumir conductas que pueden resultar difíciles para un niño y lo impulsan a recurrir a su intuición, que no es otra cosa que un sentimiento, una idea, una impresión acerca de lo que corresponde hacer, que no surge de razonamientos, sino que como dice Jung[1]se presenta como un todo que emerge en la conciencia. Los niños en general pueden ser muy intuitivos y esa forma de actuar que obedece a impulsos no razonados, ese sexto sentido como se le dice también coloquialmente,tal vez está en el origen de la muy hermosa leyenda cristiana del Angel de la Guarda, personalidad inmaterial protectora –un ángel, claro– que nunca te abandona y te dice cómo actuar.

Ante esas circunstancias me apoyé en Cecilia, por ejemplo, como ya he contado, en los incidentes escolares con alguna maestra o lo que tenía relación con mi comportamiento. Pero las madres pueden resultar en ciertas situaciones, particularmente para el hijo varón, demasiado apegadas a la protección y por ello mismo distantes de la dinámica de las relaciones entre pares que se resuelven de maneras que son difíciles de encasillar en los típicos consejos maternos no hagas esto o aquello. Cuanto de esa distancia de las realidades inmediatas que pudiera llamarse incompatibilidad hay en el desarrollo normal (sé que este término se cuestiona hoy pero no tengo otro, a menos que diga usual)[2] de la sexualidad infantil del hijo varón con su madre es asunto que habrán estudiado los especialistas, pero si me atengo a la experiencia personal es un hecho incuestionable: la madre resulta distante en cuanto a sus recomendaciones por excesivamente convencional. Es uno quien debe asumir el mando de sí mismo según su criterio personal, una actitud que se manifiesta en el niño –lo sabemos todos por experiencia– muy tempranamente.

Yo era naturalmente confiado y abierto como lo es cualquier niño, solo que en mí se hizo un rasgo característico. No ejercía esa forma de la sospecha que es la malicia. Creía que toda persona que trataba de acercárseme lo hacía con la mejor de las intenciones. Cualidad o virtud que resulta incompatible con las formas de trato, los hábitos y las derivaciones muchas veces perversas de esa carga ideológica que es el machismo, muy activa y vigente en esos años en la Venezuela que emergía de un mundo rural, y particularmente fuerte en una ciudad pequeña de corte esencialmente rural como era Maracay en ese tiempo.   Así que necesité del ángel una que otra vez y tuve la fortuna de conducirme con el tino necesario para superar situaciones y episodios en los cuales debí ejercer un carácter que mi aspecto –de catirito protegido– no revelaba.

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Y es que en el mundo infantil que me tocó vivir estaban presentes, no abiertamente, pero acechando, esas derivaciones hechas ya distorsiones, particularmente en cuanto al ejercicio de la masculinidad y desde luego también de la femineidad, muy distantes de la espontaneidad –y pureza– de los enamoramientos que ya narré. Distorsiones que eran toleradas gracias a una especie de sombra de silencio surgida de la hipocresía social de la sociedad machista. No es que ese riesgo fuese permanente, sino que a lo largo de los años se presentó en algunos momentos con vestiduras engañosas y el ángel –o la intuición–tuvieron necesidad de actuar.

Repito que en esas instancias se me planteaba un problema muy común en el varón que va creciendo y haciéndose persona. Si me permito una licencia coloquial, no era admisible para mí asumir conducta de niñita. Yo era un hombre y debía afrontar la situación como hombre, no siéndolo todavía en edad y desarrollo. Y en instancias como estas es cuando queda más claro el error que comete el padre, que lo cometió Chucho con nosotros, al alejarse, al evitar la presencia diaria en el acontecer infantil, el cual sabemos además que evoluciona con una enorme rapidez. Es en ellas cuando se hace evidente, cuando se muestra en toda su significación la importancia para el niño de las visiones complementarias que vienen desde el modo de ver la vida masculino y femenino y sobre lo cual aún hay mucho terreno que estudiar y debatir para superar esa especie de estancamiento políticamente correcto en el cual se están moviendo hoy las cosas. Estancamiento que se expresa en la creación de categorías en las que cada quien se encasilla, que funcionan, es lo asombroso y absurdo, como si se tratase de sectas que proponen formas de proceder y adquieren una representatividad completamente artificial que prospera en los medios de comunicación y tanto impide la mejor comprensión de los procesos de formación de la conducta.

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Como Cecilia era una intensamente practicante católica y mantenía además relaciones estrechas con las actividades eclesiásticas, de las cuales he dicho que su centro de operaciones –la Iglesia de Maracay– quedaba muy cerca de nuestra casa, podría pensarse que de ese ámbito podía surgir una manera de ver las cosas que contrarrestase esa especie de manto de niebla que configuraba la forma de pensar predominante. Pero en esos tiempos la iglesia venezolana era sumamente limitada en su alcance. Una parte importante de la clerecía, por ejemplo, era extranjera y sobre todo española, y en general la iglesia tenía una voz muy débil sobre los asuntos del mundo secular. Y debo decir algo que no he visto decir mucho: en mis tiempos de infancia, adolescencia y buena parte de mi vida adulta, en Venezuela había mucha antipatía antiespañola, incluso se hacía mofa del modo de ser español. Por eso, a pesar de que aparecían algunos curas más jóvenes (el Padre Cabrera tenía mucha edad) estos eran siempre españoles, de vez en cuando algún italiano, y por lo tanto eran vistos con distancia, aparte de que en general, tal vez como herencia de los tiempos de la dictadura de Gómez, los curas no se hacían sentir respecto a la forma de ver la vida sino que centraban su discurso en aspectos relativos al culto o de carácter estrictamente religioso, hasta el punto en que las homilías de la misa de los Domingos nunca que yo recuerde tocaban aspectos de la vida en general desde la perspectiva evangélica. La iglesia, el edificio, parecía siempre un ambiente vetusto y descuidado, poblado de beatas, como se llamó siempre en Venezuela a las ancianas o pre-ancianas habituales en las iglesias, en donde lo masculino no tenía presencia sino muy leve: era un mundo de mujeres, y sobre todo de mujeres viejas. Hasta el punto que los hombres al acudir a misa asumían un lenguaje corporal particular que subrayaba su distancia calculada al lugar. Por ejemplo, asistir a misa de pie y desde muy atrás, lejos del altar, arrodillarse con una sola rodilla en los momentos solemnes y rezar para adentro, en voz muy baja. Lo contrario a todo esto era cuestión de mujeres. Y para completar este cuadro no muy favorable a la vida corriente, los concurrentes habituales, como los monaguillos, el que hacía de sacristán, las señoras que cantaban y tocaban el armonio (órgano de pedal para acompañarse) que eran las hermanas Olivo[3], y en general los fieles habituales, eran gente que parecía sacada de algún libro de estampas antiguas. Aparte por supuesto de que quien tenía funciones parecidas a las de los sacristanes, incluyendo el toque de las campanas era una persona de conducta dudosa[4], lo cual exigía guardarle distancia.

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Los recuerdos de lo que me correspondió vivir en el ambiente escolar no son demasiado amplios y los detalles han desaparecido. Sería injusto decir algo distinto a que la vida diaria al compás de las obligaciones de alumno era grata y seguía las rutinas que sigue en general la vida de todo niño.  La vida proseguía con sus exigencias y hubo una de ellas que como expresión muy visible de la hombría fue tomando forma en mi ambiente y terminó tocándome un buen día: la necesidad de demostrar esa hombría con la violencia. Porque toda diferencia fuerte entre compañeros de estudio debía resolverse a golpe limpio, a menos que no te importase ser etiquetado como cobarde …gallina o niñita. Así que me caí a golpes un par de veces cuando estaba en Quinto Grado, el último que iba a cursar en el San Pedro Alejandrino de María de Lourdes de Poveda antes de pasar al Colegio Valles de Aragua para el Sexto Grado de Primaria, y el Primero y Segundo Años de Secundaria.

La primera de esas peleas casi no la recuerdo. Fue, como siempre ocurría, a raíz de alguna diferencia en el colegio. Al salir fuimos hasta frente al Teatro del Ateneo, allí nos dimos unos cuantos pescozones y sé que no me fue del todo mal. Pero fue la segunda la que se me quedó grabada porque el contrincante era un compañero que había sido hasta ese momento mi amigo, por lo que me quedó después la idea de que la violencia había carecido de sentido. Su apellido era Sadovnik y nos llevábamos bien hasta el día del pleito.

El ceremonial a seguir era también típico de la forma de proceder universal versión venezolana: se formaba un corro alrededor de los contrincantes que los acompañaba hasta el sitio escogido y allí convertirse en audiencia para aupar a alguno de los dos.  Recuerdo que esta pelea fue en la calle Santos Michelena precisamente en la acera de enfrente de la familia González, amigos de la casa.  Tiramos los bultos al suelo y empezamos a darnos golpes hasta que con el ruido salió de la casa la Sra. Josefina de González, amiga de Cecilia, y horrorizada intervino y de paso me dio un regaño tremendo aparte de quedar impresionada porque yo todavía temblaba mientras me tomaba un vaso de agua.

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La segunda pelea –aunque en realidad no lo fue– la causó la fama que los viernes de copas le habían creado a Chucho en Maracay. Uno de mis compañeros de Quinto Grado –yo nueve años, él once tal vez– se burló de papá de modo estridente en uno de los recreos de la mañana luego que le reclamé algo. Lo gritó en medio de la discusión hiriendo en lo profundo mi orgullo personal y llegué a la casa apesadumbrado y con rabia. Y tal como he dicho que Jesús actuaba en cierto modo como padre subrogante, así fue en ese momento: Jesús dispuso que yo estaba obligado a resolver el asunto a golpes. Con el apoyo de mamá, también con su orgullo herido, me dio Jesús instrucciones sobre cómo debía acercarme al otro –se llamaba Óscar también– al día siguiente y golpearlo al apenas verlo. Muy fuerte tenía que ser y debí ensayarlo frente a él dándole golpes al bulto escolar con toda la fuerza que podía. ¿Así estará bien? le preguntaba, mientras él –mamá observaba– daba su aprobación.

Así, bajo la influencia de tan particulares instrucciones pasé la noche sin mayores ansiedades, pero al día siguiente me levanté, como puede esperarse de un niño ante tal situación, sumamente tenso y dispuesto a ponerme a prueba.

Y ocurrió algo muy curioso, cómico en realidad: no asistió el culpable por alguna razón sino su hermano –estudiaban ambos conmigo– y cediendo a la presión que sentía tomé una decisión rápida: darle unos buenos golpes…a su hermano. Todavía recuerdo la cara sorprendida del muchacho –quien por otro lado era amigo mío– ante lo que veía como una agresión inexplicable porque no estaba enterado de los insultos de su hermano. Llegó a llorar y se armó un escándalo porque fue al inicio de las clases de la mañana, lo cual mereció que a ambos nos dejaran, sentados uno junto al otro, en el ya mencionado cuarto al lado de la Dirección, al principio los dos muy serios y distantes y a la media hora ya congeniando como amigos. Mamá se presentó junto con Jesús. Entre los dos discutieron con la Directora y le decían si ella se habría quedado tranquila si su padre hubiera sido insultado. Argumento que por supuesto no evitó que se me viera como un problema.

Ese día se decidió que a Edgardo, Carlota y a mí nos cambiarían de colegio. Jesús y Pedro Pablo ya estaban en secundaria en el Liceo Agustín Codazzi frente a la Plaza Girardot, diagonal con la Iglesia. Adiós al San Pedro Alejandrino, comenzaba otra etapa.

La Catedral de Maracay hoy en foto de Internet. La foto es tomada desde donde estaba el Liceo Agustín Codazzi que fue demolido y el lote convertido en plaza.

[1]A lo largo de su obra y su discurso.  Lo desarrolla in extenso en su libro Tipos Psicológicos que ha sido editado muchas veces y se encuentra en sus Obras Completas.

[2]En el ámbito gay se prenden alarmas cuando se usa el término normal, por razones bastante conocidas que aparecen con frecuencia en el periodismo. Sin embargo, ese es el término que corresponde usar en lo que voy diciendo.

[3]Las Olivo eran un par de hermanas que cantaban en las misas, una de ellas tocando el armonio, un órgano de pedal, unas señoras muy meritorias, sesentonas o setentonas, de voces chillonas fáciles de ridiculizar. Eran como el símbolo de una iglesia desteñida. Lo más curioso para mí es que vinieron a ser con mi segundo matrimonio parte de mi parentela porque mi suegro era Juan Bautista Rodríguez Olivo, ya fallecido.

[4]Esta anécdota merece algún desarrollo que haré más adelante. Jesús me contó una vez de los avances de este personaje, que él rechazó y lo hicieron alejarse del día a día en la iglesia.

VER LA VIDA (16)

(A partir de esta fecha, haciendo click en la sección Textos de este Blog se tiene acceso a la Entrevista a Marcos Pérez Jiménez realizada por Oscar Tenreiro en Febrero de 1995)

Oscar Tenreiro

La carretera acompañaba al río en su descenso hacia el mar en los últimos kilómetros antes de llegar al pueblo de Ocumare. Desde el carro, si nos ayudaba estar en la punta y no en el asiento del medio, veíamos muy cerca las riberas pedregosas abrigadas por los grandes árboles y ocasionalmente lugares donde el agua clara, como la de todos los ríos de esas montañas de la costa, formaba los pozos –unas piscinas naturales– rodeados de grandes peñascos redondeados que como dije me intrigaban. Naturaleza amable que invitaba a quedarse un rato en la ribera viendo y apreciando, deteniendo un poco el tiempo como muchas veces quería uno que ocurriera, sabiendo que deseos así no cambian los planes de los adultos. Además, nuestro destino estaba junto al mar, se iba haciendo tarde y debíamos proseguir, llegar a donde había que llegar, obsesión que hace imposible cumplir con lo que generalmente desea un niño, quedarse un rato y curiosear, reconocer, prolongar el tiempo bueno. Detenerse a contemplar sin importar seguir lo deseé muchas veces junto a ese río y lo hice sólo una vez hará veinte años, la contemplación alterada por el constante miedo venezolano a un asalto. Aunque debo admitir que esa idea de la amabilidad del río la alteraban unos letreros de color negro con letras blancas que se hacían presentes en los lugares más atrayentes advirtiendo que el río tenía bilharzia[1]. Y también los relatos de las inundaciones, uno de ellos de Jesús Antonio el mayor que en uno de los últimos años de vacaciones cuando ya él manejaba, fue testigo de una, precisamente cuando se encontraba cerca del pueblo. Contaba de como lo había impresionado que el río se ponía marrón, rugiente, y en las partes en las que se salía del cauce se iba metiendo por todos los recovecos obligando a apresurar la marcha para llegar a zonas protegidas. Y también lo vimos nosotros crecido otras veces.

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El pueblo no era muy atractivo. Supongo que lo habían fundado en ese lugar por la necesidad de quedar próximo a las tierras cacaoteras o caucheras, pero ni el sitio ni el pueblo llamaban nuestra atención. Sólo la iglesia edificada por voluntad de Gómez y entonces semiabandonada por carecer de párroco, destacaba entre un puñado de casas grandes que tal vez eran de funcionarios de tiempos del caucho y la exportación de cacao.  El resto tenía poca vida, calles desiertas y polvorientas con unas cuantas bodegas que poco vendían. Y mucho calor porque en esa zona no corre la brisa.

Ya desde unos kilómetros antes de llegar al pueblo la carretera se había angostado –lo dije más arriba– sólo la mitad pavimentada y debía irse más lentamente ante la posibilidad de otro vehículo en dirección contraria. Al salir del pueblo luego de pasar del lado derecho el muro y la puerta de entrada a la hacienda de una familia de Caracas, se circulaba por unos kilómetros con una acequia de otro lado y luego del muro grandes árboles del otro, que separaban de tierras de cultivo antes de llegar a las colinas, estribaciones de la cordillera, que separan a los valles de Ocumare con los mucho más estrechos y menos profundos de Cata. Así hasta llegar al paso del río, del cual se había alejado la carretera y ahora debíamos cruzarlo porque desembocaba en el mar del lado este de la bahía, mientras que las casas del pueblito, y ya junto al mar las casas vacacionales, quedaban del lado oeste.

El cruce se convertía en una especie de espectáculo dado el estado del puente, colgante y de madera, hecho construir por Gómez. Podría tener unas tres décadas de terminado, que no es demasiado, pero ya en 1944 año que tal vez podría haber sido el primero de nuestras vacaciones playeras, crujía de lo lindo al paso del carro y cuando se iba en autobús los pasajeros debían bajarse y pasar a pie. Me imagino que fui testigo de este ceremonial porque alguna vez usé el autobús, pero no creo que por edad lo haya hecho solo y hoy soy incapaz de recordar la circunstancia en la cual fui pasajero siendo el chofer nuestro amigo Ciro. En 1946 el pintoresco y vetusto puente fue sustituido por uno metálico.

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El nombre de lo que califico como pueblito era el Playón, nombre que en realidad correspondía a una llanura inundable que se extendía unos tres por tres kilómetros desde allí hasta poco antes de la playa, y se convertía en laguna –una vez la vi así desde nuestra casa– con las grandes crecidas del río, lo cual obligó a cruzarla de canales de drenaje con motivo de los programas de saneamiento contra la malaria que se hicieron en Venezuela a partir de 1941. Luego de las crecidas, el suelo quedaba con esa costra de limo seco fracturado que uno ve siempre en todo fondo de laguna que se ha secado. Suelo en el cual nacía y proliferaba la bonita yerba silvestre llamada verdolaga, de hoja suculenta, que caracterizaba esa llanura y es común en las fronteras entre arena y tierra de todas las playas de la costa central venezolana.

El pueblito en realidad no era pueblito sino unas cuantas casas construidas cerca de una capilla muy sencilla y escasa, todo en torno de un claro que hacía las veces de plaza y un poco más allá el puente. Allí estaba la bodega de Evaristo Velásquez, amigo de la casa, persona muy especial querida por toda la comunidad quien habría de ser unos años después Prefecto de Ocumare. Y de su bodega, una de las cosas que recuerdo y mencioné más arriba era que se iluminaba de noche con lámparas de carburo, un par de ellas sobre el mostrador. Nunca supe exactamente como funcionaban; eran de latón, un cilindro con un cono adosado, que terminaba en punta con un orificio por el cual salía el gas –acetileno– producido por la mezcla de carburo de calcio y agua ubicada en el cilindro inferior. El gas se quemaba en una llamita que iluminaba bastante bien y a un costo mínimo. Me llamaba mucho la atención el que ese polvito, el carburo que también se vendía en la bodega, al mezclarse con agua generara un gas inflamable. Y supe después que podía usarse para matar cangrejos de esos grandes, azules, de río, con impresionantes macanas, un poco repulsivos –según Internet comestibles en Asia– que habitaban por miles en madrigueras cerca del río. Un amigo me lo explicó: se echaba el carburo por el hueco, luego se agregaba agua, se esperaba un rato y se lanzaba un fósforo consiguiéndose producir una pequeña explosión que hacía salir al cangrejo. Y una tarde, tiempo después, yo estaba más grande, salimos en expedición de cangrejos, compramos el carburo en la bodega de Evaristo donde ya no estaba Evaristo y nos adentramos en la ribera arcillosa poblada e manglares y llena de madrigueras que son como túneles del ancho de un puño que descienden –¿casi un metro?– al subsuelo. Probamos una docena de veces hasta que se nos acabó el carburo. El fracaso fue total, apenas logramos una minúscula explosión. Regresamos derrotados.

Estos cangrejos azules, intimidantes sus grandes macanas y su apariencia, eran muy comunes hacia la desembocadura del río. A veces se aparecían en las casas ante la alarma general. Aparentemente son comestibles. En Ocumare nunca lo oí decir. (Foto de Internet)

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Después de un par de casas vecinas a Evaristo comenzaba una carretera engranzonada, construida sobre un terraplén para protegerla de las inundaciones, que iba en línea recta hasta la mitad del Playón y allí torcía a noventa grados para enfilar directo al centro de la bahía cerca de donde comenzaba la arena. Cuando después de haber saludado a Evaristo y, si era el caso, recoger la llave de la casa que se había alquilado, ya empezaba la fiesta para nosotros. El mar iba a aparecer y comenzaría nuestra nueva libertad. La carretera llegaba a un grupito de construcciones frente al mar. En el centro destacaba un kiosco grande muy elemental con techo metálico al lado del cual había una casona de dos pisos ya bastante derruida que servía de hotel regentado por la señora Lourdes cuyo apellido nunca se mencionó. Del otro lado la casa donde llegaban unos años después los Ríos Gómez, unas adolescentes muy lindas, amigas nuestras. Entre el kiosco y el mar había un árbol de uva de playa –un uvero– viejísimo testigo de muchas cosas entre las cuales el noviazgo de Chucho y Cecilia y la fractura del brazo de un primo nuestro que se cayó jugando. El Kiosco, el comedor del hotel, y el uvero, se convertirían a lo largo de las vacaciones en centro de operaciones en la tarde-noche cuando nos reuníamos con los amigos.

Una amiga de Cecilia, Josefina de González, Calle Santos Michelena de Maracay, pintaba. Hizo del uvero junto al kiosco un tema que es hoy la única imagen que puedo mostrar de un lugar entrañable. La foto se la envió a mi hermano Edgardo un amigo hace unos años y la he publicado antes. Aquí va de nuevo, gracias a Josefina. A la izquierda la casa de los Ríos Gómez.

Esta foto ya la he publicado pero obligatoriamente debe estar aquí si hablo del uvero. Papá y mamá, en 1934, de novios, sentados en el retorcido tronco. Cecilia no sólo tocaba guitarra, tenía bella voz.

Lourdes ofrecía un buen pescado frito, pero mamá hacía notar con insistencia que la cocina era muy desaseada y que allí no se debía comer. Y efectivamente, lo habremos hecho a lo sumo un par de veces. En cuanto a la casona[2], que fue el hotel de Lourdes, desapareció unos pocos años después y quedó el Kiosco junto al cual, del otro lado después de la casa de los Ríos Gómez había unas tres o cuatro casas separadas entre sí del tipo de las que los americanos construían en los campos petroleros. Chucho alquilaba alguna de ellas –la disponible, eran propiedad pública– para nosotros durante varias vacaciones, tal vez entre 1944 y el 47. Se llegaba a ellas viniendo del kiosco por una calle que corría paralela a la parte de atrás de las casas, cuyas fachadas principales abrían directamente a la franja de arena de la playa, bastante ancha en Ocumare por su condición de bahía abierta, y luego ¡por fin! el mar de fuertes olas que esperaba por nosotros.

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El comienzo de la franja de arena estaba en una cota más alta que la del Playón, por lo cual al llegar por la calle de atrás no se podía ver el mar. Y a uno le daba cosquillas en la barriga cuando al fin se detenía el carro, sabiendo que luego de correr unos metros subiendo hasta el comienzo de la arena con su verdolaga, iríamos a ver la inmensidad azul y el lejanísimo horizonte luego de la espuma del reventadero [3]. Era un momento especial y mamá nos dejaba solos con nuestras carreritas de entusiasmo mientras comenzaban los preparativos de limpieza y el acomodo que empezaría formalmente al llegar el camión con los corotos.

Porque en esas casas no había nada, así que en esos años iniciales las vacaciones eran una verdadera mudanza. Eran enteramente de madera y tenían unas cuantas virtudes entre ellas su comportamiento climático gracias a la ventilación cruzada y a que el techo estaba aislado con un plafón muy elemental. Estaban construidas levantadas del suelo un metro y las columnas de soporte hasta la arena atravesaban una batea de cemento que debía llenarse de agua para controlar el paso de insectos. De ellas ya he hablado en cierto detalle en otra parte por lo cual no voy a hacerlo ahora, pero baste decir que las recuerdo como confortables y gratas.

Nos trasladábamos con camas, mesa para comer y sillas, hamacas, ollas y demás, vajilla, cavas para hielo y me ha quedado grabado que mamá compraba hule para forrar la mesa de comer y poder limpiarla con facilidad. Así que lo que llamo el acomodo, si bien ayudaba la gente del camión, Cacá y mamá a cargo, era una labor fuerte que podía durar varias horas mientras a nosotros no se nos exigía –la sobreprotección– otra cosa que jugar.

Pasábamos entonces esas tres primeras horas jugando en la playa junto al mar, ya en traje de baño, a pleno sol, sin ninguno de esos recursos de protección solar de ahora, poniéndonos rojos como langostas por el solazo. Para convertirnos en la noche en quejumbrosos pacientes que requerían un tratamiento de agua con almidón para aliviar el dolor y poder conciliar el sueño. Quemaduras de sol cuya molestia iba desapareciendo al día siguiente hasta que nos curtíamos, sin que la nariz dejara de quemarse y pelarse –se nos formaba una costra– tres o cuatro veces durante la temporada. Un proceso que le pondría los pelos de punta a cualquier madre de estos tiempos porque ni siquiera se nos ponían camisetas o sombreros. Para usar el modismo venezolano, hoy un poco en desuso, sol parejo era lo nuestro.

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[1]La bilharzia es un parásito que compromete fuertemente la salud. El vector es un caracol típico de muchos de esos ríos. Por esos años había campañas gubernamentales para evitar el progreso de la enfermedad que es endémica en Venezuela

[2]Me entero leyendo la biografía de Gómez de Tomás Polanco que esa casa era propiedad de Juan Vicente Gómez. La casa estaba ruinosa y en muy mal estado cuando la conocimos y me imagino que Lourdes había quedado como depositaria. Un destino parecido, tuvieron muchas otras propiedades de Gómez en Ocumare.

[3]Así llamábamos al lugar donde revientan las olas, la verdadera frontera entre mar y playa.

 

VER LA VIDA (15)

Oscar Tenreiro

Cuando Chucho y Cecilia se encontraban más serenos, más en paz con el ambiente inmediato, fuera de los hábitos sociales y su inevitable acompañamiento de hipocresía, serenidad que encontraban por ejemplo en Ocumare de la Costa en tiempos de vacaciones, papá, liberado temporalmente de la angustia permanente que fueron para él las dificultades de sus negocios, siempre sobreviviendo, cambiaba mucho, se abría más a la convivencia familiar y se ponía, por decirlo así, en sintonía con un tipo de vida en la cual el mundo natural cobraba importancia y se renovaba la relación (que fue anual desde 1944 hasta 1954) con una comunidad humana de vida sencilla y muy auténtica que lo apreciaba a él y a su familia. Comunidad cuya forma de trabajo y subsistencia, de apego a tradiciones locales, de sujeción a los dictados del mar y la tierra, su custodia espontánea de la profundamente arraigada, antigua y persistente cultura de la costa caribeña venezolana, intacta aún hoy, intensa y casi intocada en aquellos años, fue para todos nosotros una lección de autenticidad humana.  De allí surgieron figuras simples y a la vez de fuerte personalidad, que no sólo se afirmaron en el afecto nacido desde que éramos niños, sino que persistió después como amistad y respeto que hoy perdura en sus hijos y descendientes. Todos en la familia, cada uno a su manera, recibimos el impacto benéfico de formas de vida que transformaban esa mudanza anual en vacaciones desde fines de junio hasta mediados de septiembre en algo parecido a un retiro espiritual.

Y dije que Chucho y Cecilia cambiaban. Me atrevo a decir que esa inmersión en un ambiente más originariamente humano invitaba a dejar de lado la sospecha. Si lo veo dejándome llevar por asociaciones, podría decir que se hacía presente para ellos –y nosotros– un nuevo testigo: el medio que nos rodea, nos conforma y nos exige, pero no lo percibimos sino en ciertas circunstancias. Entenderlo así puede llevar lejos. Como hasta el filósofo[1] y su Deus sive natura –Dios o la naturaleza– que tanto impacto tuvo en unos tiempos que buscaban expandir la idea de lo divino; y más allá hacia la frase Invocado o no, Dios está presente que tan fuerte impresión me causa desde que la redescubrí hace poco.[2]

Porque se acordaba entonces inconscientemente entre Chucho y Cecilia algo así como una tregua, un acercamiento por encima de las asperezas. Se despertaban las afinidades, nuestro goce infantil o juvenil se convertía en su goce, el ritmo diario lo marcaba la paz rutinaria de un ocio dirigido hacia el disfrute, y las sombras parecían alejarse y dejar lugar a lo mejor. Se despertaba el deseo de expresar el afecto. O al menos, en el caso de él, de no expresar distancia. Se imponía una necesidad de paz que a ellos acaso les recordaba tiempos de encuentro, historias personales, íntimas. En Ocumare iban juntos.

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Esas temporadas se hicieron tan importantes para todos, que Chucho decidió, demostrando con ello un deseo de apoyar nuestro apego a esa especie de interregno anual de renovación emocional, haciendo todos los sacrificios del caso, construir una sencillísima casa al borde de la playa, para mí el palacio de las mejores cosas. Cecilia pasaba a ser vecina de este lugar, Doña Cecilia la de la playa, en su casa frente al fuerte mar de la hermosa bahía, una de las joyas del paisaje nuestro, con su amplia franja de arena y sus alisios que levantaban a las once y rizaban el mar de puntos blancos de espuma. Tomaban poco a poco posesión de nuestro territorio Ciro el del autobús, José el de las conservas, Gregorita cocinando ruedas de carite y animando el ambiente, Evaristo en su bodega primigenia del Playón que recuerdo iluminada con carburo, Rigoberto el pescador y Juan Bautista Plate, pescador también, amigo, maestro de natación, cuya hija Cira me escribe de cuando en cuando y quien años después me llevaba a mis exploraciones de pesca submarina. Una constelación de personas que son con las que me quisiera encontrar en un más allá no solemne.

Y a papá y mamá los recuerdo, ahora al escribir, caminando por la arena en la tarde ya oscuro, para ir a jugar cartas donde los Casanova cien metros más allá, también frente a la playa, papá con una linterna para evitar los cangrejos. A veces llevaban una lámpara de gasolina Coleman de plantilla para contribuir a la iluminación porque en Ocumare hubo electricidad sólo desde 1951. Comenzaba la noche para ellos, atrás quedaba el peso muerto de la cuerdita.

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Cómo apareció Ocumare en la rutina nuestra es algo que no puedo precisar. Habría que decir en primer lugar que Maracay tiene la virtud de ser un punto de arranque para visitar cuatro de las joyas caribeñas de Venezuela, cuya costa central justifica el calificativo de paraíso en la tierra que usó el Descubridor al mencionar la costa de Paria en ocasión del Tercer Viaje. Porque si es verdad que este sector litoral no tiene como Paria el encanto singular del agua dulce que cae en cascadas y cascaditas por los pedregosos acantilados poblados de filodendros y frondosos ficus directamente al mar, hay en él sin embargo unas bahías abiertas de extraordinaria hermosura, una de las cuales, un poco irrespetada y disminuida hoy por la mediocridad construida, es Ocumare de la Costa. Las otras tres son Cata, Choroní y Turiamo. Pero hay otras más pequeñas, más distantes o de difícil acceso y pareja hermosura. Y si, volviendo a la comparación con Paria, el Almirante no podía decir de nuestra costa central –porque no la conoció– lo que dijo de la oriental calificándola de un modo que siempre nos enorgullece, creo sin embargo que cualquiera de estos cuatro parajes merece ser objeto de la añoranza que le inspiró a este hombre de particular sensibilidad la conmovedora frase que aparece en el borrador de uno de sus testamentos, y ya mencioné mucho más arriba cuando hablaba de mis orígenes familiares [3]: De Paria no me acuerdo sin que llore, especie de jaculatoria nostálgica de las verdes montañas y el mar cálido y acogedor del mínimo lugar de un inmenso continente que le correspondió a él reconocer en 1498. Se nos antoja entonces apoderarnos de la frase porque también estamos tocados de nostalgia y pienso que puedo pronunciarla poniendo en ella cualquiera de los cuatro nombres de raigambre indígena igualmente sonoros que el de Paria. Y Ocumare, Cata, Choroní y Turiamo podrían entonces resumir el milagro natural que es ese pedazo de costa donde en nuestra infancia se nos reveló la naturaleza.

El lado oeste de la bahía de Ocumare de la Costa (Internet)

Cata hoy (Internet). La conocimos sin un alma, había que llegarle sólo por mar.

La bahía abierta de Choroní, conocida como Playa Grande. (Internet)

Turiamo (Internet). Es una “Base Naval”, lo cual la ha preservado y a la vez perjudicado. La frecuenté mucho en la adolescencia.

La Ciénaga (Internet). Una de las bahías menores de esta costa. Está muy cerca al oeste de Ocumare.

El caso es que Ocumare se instaló como fundamento constitutivo de la experiencia familiar. Sin hablarlo necesariamente entre nosotros, las personas, los episodios, los lugares, los ambientes, la gente que se iba sumando en la amistad, se hicieron patrimonio común de los hermanos y a la vez parte importante de la sensibilidad de cada uno. Y las temporadas que allí pasamos, ahora confundidas como si fueran una sola, resumen en cierta forma como destellos nuestro paso de la infancia a la adolescencia.

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El proceso de dejar atrás la ciudad comenzaba apenas subiendo la cuesta de la carretera de Gómez que nos iba llevando, curva más curva poniéndonos siempre en trance de mareo, hasta llegar el punto de cruce donde comenzaba a bajarse hacia el mar: la llamada regresiva, una curva muy fuerte con pavimento rugoso. La ladera de la serranía que da hacia Maracay no tenía nada particularmente llamativo salvo la soberbia vista un poco fugaz del Lago de Valencia, pero una vez alcanzada la altura de Rancho Grande se entraba en una espesura vegetal impregnada casi siempre de niebla. Cuando la carretera comenzaba a bajar, la luz se tornaba mortecina y se confundían como sombras grandes árboles y vegetación baja que formaban una intimidante maraña oscura en la cual uno pensaba que podía suceder cualquier cosa. Era la selva lluviosa, una selva como la de los relatos fabulosos, por sí sola una maravilla natural.  Es verdad que sin leones ni cocodrilos como se veían en el cine en las películas de Tarzán, lo cual me hacía dudar en llamarla selva hasta bien grandecito, pero me ayudó a hacerlo que estaba poblada por lianas de todos los grosores y larguras que nos hacían decir cosas que obligaban a que mamá aclarara –por si las moscas– que no era posible balancearse con ellas porque se rompían.

La carretera a Ocumare ya descendiendo a través de la selva lluviosa (Internet)

Lianas de todos los tamaños. Al fondo la carretera hoy (Internet)

De vez en cuando del lado del cerro bajaba una cascada. Se pasaban unas cuantas en la bajada y la que más nos atraía era una en la que el agua se deslizaba por la roca como en rampa, llamada el tobogán. Eran todo un espectáculo para nosotros estos encuentros con el agua que venía de lo alto de la montaña y no pocas veces nos deteníamos en un recodo de la carretera para observarlas de cerca.

Una de las cascadas del Henri Pittier, junto a la carretera (Internet)

La cascada que llamábamos “El Tobogán” (Internet)

Los enormes cantos rodados del río me intrigaban

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Poco después, más abajo, iba desapareciendo el mareo, y dejadas atrás las curvas y los helechos arborescentes, las malangas, las uñas de danta, los riki-rikis y alguna vez un mono avistado, la flora empezaba a mostrarse con mayor claridad. Se apoderaba de uno la tranquilidad de estar cerca del destino y se transitaba ya a lo largo de valles estrechos en los que podía leerse la historia de la subsistencia y la cultura de la tierra anterior al tiempo que vivíamos, valles que van con el río que los formó, bajando y torciendo aquí y allá corriendo ese río bonito, muy bonito, sin mucha prisa hacia el mar. Me intrigaban los grandes peñascos sembrados por su cauce, residuo tal vez de ancestrales inundaciones. Por qué eran redondeados, sin bordes filosos como los de las tarjetas postales de los ríos montañosos de otras partes era una de mis preguntas. Y ya en tierra más baja aparecían abundantes los yagrumos, nos enseñaban el indio desnudo árbol de color cobrizo, los pomadas y pomarosas, los grandes bucares, los constantes bambúes, antes de comenzar a aparecer los altísimos árboles de caucho con sus cortes en la corteza a lo largo del tronco para la recolección de la resina protegiendo con su sombra las matas de cacao, árboles que ante nuestras preguntas mamá siempre aclaraba que eran de cuando no existía el caucho sintético apenas dos décadas atrás. Las semillas del cacao las secaban sobre la misma carretera, de la cual desde buena parte del descenso tenía sólo pavimentado el canal de ida, había muerto Gómez ya hacia diez años y los nuevos tiempos abandonaban lo que él –así ha sido Venezuela– había querido hacer. Y hay un detalle entre todo lo que veíamos que se me presenta insistente: pasábamos al lado de hombres y mujeres que caminaban por la carretera yendo hacia el conuco con ropa de faena y el indispensable machete. Eran una lección sobre el trabajo de la tierra, de nuestra tierra de antes. Lección que no vine a entender sino en estos años cuando, como lo dice nuestro poeta, he sucumbido a esas cosas sencillas como estarse en la casa o ponerse a cavilar.[4]

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Me detendré ahora un poco en Ocumare y volveré a él. Si bien acepto que puedo exagerar, cumplió para nosotros un papel esencial y lo que allí aconteció es la prueba de que en toda familia donde ha habido amor, a las tensiones siguen las distensiones, siguiendo un juego de contrarios que puede enriquecer si se lo entiende. Y también para no dejar de señalar hacia lo que no hace mucho llamé compromiso ético superior, mucho más que un escenario de fondo aunque la metáfora ayuda, que corrige o modera lo que acontece en los primeros planos. En nuestro movimiento emocional durante el tiempo en que no habíamos aún comenzado a vivir nuestra adultez, y bien entrados en los años, equivocándonos y acertando, la convicción de que en toda vida hay una presencia más alta, invocada o no, ha sido fundamental, sea cual haya sido el tránsito que correspondió a cada uno.

En las antípodas de Ocumare, la entrada a la casa de Jung en Küsnacht-Suiza- con la inscripción en la puerta: VOCATUS ATQUE NON VOCATUS DEUS ADERIT -Invocado o no invocado, Dios está presente (Internet).jpg

[1]Baruch Spinoza (1632-1677)

[2]Ya sabía pero no recordaba lo que leí hace poco sobre Carl Gustav Jung: que había hecho esculpir en piedra a la entrada de su casa esta frase en latín, tomada de documentos remotos. Recordé que mi hermano Jesús hablaba mucho de ello, y fue ahora, en ese momento de lectura y mientras escribo escudriñando el pasado, cuando he sentido que la frase me toca el alma. Tal como se la tocó a Jesús.

[3]v   Ya mencioné en Ver la Vida (4) el texto del poeta venezolano Eugenio Montejo (1938-2008). Su título es Poesía, Identidad y Lengua Natal. Hablo de él de nuevo por su referencia a la frase de Colón y porque no puedo dejar de emocionarme ante el impacto en la sensibilidad de quien la admira que esa naturaleza costera tiene. En fin de cuentas Paria y la costa central venezolana van juntas.

[4]Del poema “Y si después de tantas palabras…” de César Vallejo. No he podido saber en qué año fue escrito, si bien entiendo que forma parte del poemario “Poemas Humanos” publicado un año después de su muerte en 1939. En el libro “César Vallejo-Obra Poética Completa” que tengo conmigo (Fundación Biblioteca Ayacucho- Caracas, febrero 1985) no hay datos claros al respecto. Este es el poema:

De Poemas Humanos (1939) publicado después de la muerte de Vallejo el 15 de Abril de 1938.