VER LA VIDA (9)

Oscar Tenreiro

He mencionado antes que después de casados Antonio Jesús y Cecilia vivieron en Valencia por lo menos tres años. De la casa donde vivieron no quedaron rastros en la memoria familiar. Me dice mi hermano Edgardo que quedaba por Camoruco (una zona de Valencia), pero hasta allí llega lo que sé. Durante ese tiempo nacieron mis dos hermanos Jesús Antonio y Pedro Pablo, los dos mayores, el primero en 1936, abril 9, y el segundo en 1937, agosto 27. Pero aparte de esos dos sucesos que eran la más definitiva confirmación del inicio de la familia Tenreiro-Degwitz no parece haber quedado nada digno de mención en el anecdotario de mi madre o de sus hermanas, quienes hicieron siempre el papel de historiadoras de la intimidad en sus diálogos con nosotros los muchachos.

Se habrá producido pues la mudanza a Maracay, estimo que a mediados de 1938[1], a establecernos en la casa de López Aveledo Sur Número Uno, donde nacería en noviembre 12 de ese año mi hermana Carlota. Allí transcurriría nuestra vida familiar hasta Julio de 1953, cuando Cecilia culminó su empeño –porque fue sobre todo proyecto de ella– de trasladarnos a Caracas para facilitarnos el acceso a la educación universitaria. Antonio Jesús, quien desde unos años atrás usaba el nombre de Jesús Antonio, con el cual sacó su cédula en los años cuarenta,[2]permanecería un tiempo liquidando su negocio hasta que se unió a nosotros a fines de 1954.

El traslado de la incipiente familia lo facilitó el que los hermanos de Cecilia, con la participación especial de uno de ellos, Ricardo, se unieran para facilitar la adquisición de la casa de Maracay. Era una de esas casas republicanas características de todas nuestras ciudades tradicionales, modesta pero espaciosa, que cumplió muy dignamente su papel de casa familiar. La recordamos con el cariño que los niños saben tomarle –cariño que perdura en el adulto– a todo lugar donde adquiere forma el mundo mitad realidad a secas mitad realidad interesada[3]característico de la infancia.  Se vendió mucho tiempo después en condiciones muy desventajosas, problema común a quienes vivieron en alguno de los centros históricos en ciudades venezolanas[4].

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López Aveledo era de esas calles de pueblo venezolano o latinoamericano cuyo remoto antecedente es el plan en damero de las Leyes de Indias: casas a ambos lados de una calle más bien estrecha –no llegaba a los seis metros– y por lo tanto era de una vía. Las casas pegadas una al lado de la otra, separadas por medianeras formando un muro urbano, es decir una superficie continua de cierta altura –entre 3.5 y 5 m, a veces más– que define el espacio de un tipo de calle que también se la ha llamado entre arquitectos calle-corredor. Al muro continuo, cada casa diferenciada con pintura a veces con alguna moldura o variaciones en la superficie, lo perforaban las puertas de entrada a los zaguanes de las casas y las ventanas de los salones principales, dos o más en las casas más grandes y una sola en las modestas. A esa superficie continua, ese muro urbano, tradicionalmente lo remataba en su parte superior un alero prolongación del techo que bajaba hacia la calle cubriendo el salón principal y el zaguán. Alero que protegía un poco al peatón durante la lluvia o arrojaba sombra sobre el muro, y que a fines del siglo 19 y comienzos del veinte –tiempos republicanos– buscando lo que se veía como mayor prestancia, fue sustituido por una prolongación del muro, horadada siguiendo patrones decorativos, detrás de la cual una canal recogía las aguas de lluvia y las orientaba a unas gárgolas de hierro fundido o de latón que se compraban en las ventas de materiales[5].

Antecedente colonial de la calle corredor republicana. Calle de Coro, Falcón, Venezuela. Foto de 1993 aprox.

Antecedente colonial de la casa republicana. Coro 1993 aprox. Nótese como el alero cubre tímidamente la pared

En esta casa andina del campo (1993) el alero sale generoso. Nótese de nuevo el recurso constructivo del rodapié que expulsa el agua hacia afuera.

La muy famosa (en Venezuela) Casa de las Ventanas de Hierro, en Coro, ilustra un tratamiento más elaborado del remate del techo y la presencia de las gárgolas. (foto de 1993 aprox.)

Casas republicanas en Ciudad Bolívar (Internet) En la casa de la derecha las gárgolas son simples tubos. La tercera casa tiene techo plano.

Esta casa de La Pastora en Caracas (Internet) es típicamente republicana. Las molduras y el rodapié, además del parapeto que sustituye al alero, lo delatan. No hay gárgolas porque debe tener un bajante interno. La pintura acentúa el rodapié y proporciona individualidad. Familia directa de nuestra casa de López Aveledo Sur.

Nuestra casa parecía haber tenido mejoras porque tenía algunos detalles de los que buscan agregar prestancia, como por ejemplo en el zaguán un alto rodapié –hasta más o menos el alto de la cintura– de azulejos andaluces que se conseguían importados de España en esos tiempos, en ambos lados de las paredes internas. Y en el exterior hacia la calle, recuerdo vagamente sin estar seguro, a la altura de los poyos de las ventanas, el muro de fachada cambiaba de acabado y formaba un rodapié que imitaba un almohadillado y se pintaba de otro color. Internamente le habían hecho cambios más sustanciales respecto a lo tradicional, por ejemplo, un segundo piso encima del comedor con un cuarto y un baño adicional, y arriba una azotea donde había un tanque de agua. Desde esa azotea, donde se colgaba la ropa a secar y blanquear, se veían los techos vecinos, la torre de la catedral a lo lejos y por el costado coincidente con el muro medianero, el patio interno del local del negocio de mi padre donde se estacionaban los carros y los camiones, patio que en algún momento fue techado con láminas de asbesto sobre estructura metálica.

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Conversando con mi hermano Edgardo pude aclarar mejor –sus recuerdos se sumaron a los míos– el paisaje humano de la cuadra, compuesto por familias que se hicieron parte de nuestra amistad, como parece siempre suceder en las vecindades de nuestras ciudades tradicionales. Fenómeno que podría deberse a que la fachada continua es en cierta manera una propiedad común, unidad urbana que se comparte entre los de la cuadra. Las casas tienen el mismo límite, la acera, espacio peatonal que pese a ser siempre muy estrecho es sin embargo sitio de encuentro y lugar por el cual se ve pasar. Todo eso estimula la idea de vecindad amable. Y con todos esos vecinos, tanto los de nuestro lado como los de enfrente se cultivó la amistad.

Si se salía de nuestro zaguán y se tomaba la acera a la derecha, la fachada continuaba en un muro ciego hasta la esquina con la Avenida Bolívar interrumpido por la entrada del garaje del Automóvil Universal[6], local que abría hacia esa avenida. Desde la esquina  tomando a la derecha, a unos veinte metros, quedaba la Casa Philco el negocio de mi padre.

En la casa del lado izquierdo separada por la medianera, vivía la familia Flores. Era una casa particularmente agradable, vieja y un tanto deteriorada pero muy amable gracias a la vegetación del patio interno, que en la nuestra había sido eliminada en beneficio de un pavimento de mosaicos de cemento que reflejaba demasiado la resolana. Los Flores habían convertido la sala en un local comercial donde trabajaba el barbero que nos cortaba el pelo: Marcos Ramírez. Luis Guillermo Flores, un poco mayor que nosotros y único hijo, era nuestro amigo lejano. Su madre se llamaba Rosaura y pese a que perdí sus facciones guardo sin embargo el triste recuerdo de su agonía, producida por un cáncer que la hacía quejarse y en la quietud de la noche avanzada sus lamentos se deslizaban sobre los techos y llegaban hasta Edgardo y yo –compartíamos habitación– produciéndonos un muy natural desasosiego sobre el cual alguna vez escribí.

Pero hay un recuerdo muy grato que nos ha quedado como si fuese parte de esa casa: el de un par de viejecitas muy delgadas de largos cabellos blancos que se afanaban en torno a un budare de leña dándole los últimos toques –el raspado con un cuchillo para quitar el quemadito– a las arepas mañaneras que les encargaba mi madre y que ocasionalmente me mandaban a buscar. Si es verdad que me quejaba cuando mi madre alzando un poco la voz desde detrás de la romanilla del comedor me ordenaba ir a buscar las arepas –también le tocaba a Edgardo, rara vez a los mayores– ya en la calle y llegando casa de los Flores recuperaba el buen ánimo y hacía efecto la liturgia de la arepa de budare. Que incluye el lugar, la cocina de leña ayudada con una de kerosene de la familia Flores completamente abierta hacia los patios primero y segundo llenos de matas; incluye también el calientico de las arepas recién hechas, que sentía a través de los paños de cocina con los que las llevaba arropaditas para que no se enfriaran; y en rol principal a las viejecitas, ángeles en mi imaginación, a quienes dedico este par de versos de Vallejo: ..donde estarán sus manos que en actitud contrita / planchaban en las tardes blancuras por venir…[7]

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Más allá de los Flores vivían los Ontiveros, el padre se llamaba José y José el único hijo, también mayor que nosotros; Ilya, la madre, compañera eventual para jugar a las cartas en alguna otra casa o allí mismo, muy amiga de mamá, amistad que duró hasta los tiempos de Caracas, señora muy delgada y de temperamento festivo que me parece recordar que hablaba siempre en tono alto. Era una casa más grande que la de los Flores y me parecía menos acogedora quizás porque no iba a ella a buscar arepas calientes sino a llevar algún recado, porque los niños de entonces llevábamos recados. Y también porque a veces se reunían allí mi madre y sus amigas a jugar cartas y pienso que nací con poco gusto a los juegos de cartas. O será que los identificaba con el aburrimiento de esperar que las partidas terminaran para volver a disfrutar de la compañía materna que tan grata resulta en esas edades tempranas.

La última casa de ese lado de la cuadra, muy grande, que ocupaba media cuadra, era la de la Escuela de Artes y Oficios, una institución pública de tiempos democráticos a la cual le fue asignada la casa, presumiblemente propiedad del General Gómez porque Gómez con su familia cercana era dueño de medio Maracay. Estaba mal cuidada como todas las cosas del gobierno pero la barrían y le pasaban coleto –el sustituto venezolano de la mopa– por lo cual era un lugar presentable que cuando uno pasaba por la acera y veía a través de las ventanas (porque era una casa con cuatro –¿o tres?– ventanas) podía observar a las damas que aspirando a convertirse en mecanógrafas, tecleaban unas máquinas de escribir enormes y no muy viejas, bajo la dirección de una maestra de aspecto severo. También daban clases de taquigrafía, ese modo de escribir bastante misterioso y hasta milagroso, hoy desaparecido, y siempre me impresionaba que las clases estaban completamente llenas, he dicho de damas, pero no faltaban algunos varones[8].

Y llegamos a la esquina con la Avenida Miranda. Pasando la calle en la misma esquina estaba el bar de Jaime Roca, a quien recuerdo como un republicano español. Y si bien no me ha quedado sino una vaguísima idea de cómo era el local, sé que lo separaban de la calle esas medias puertas de vaivén como las de los saloons de las películas de cowboys debajo de las cuales, una mañana temprano, vi como escurrían con un haragán[9]agua con sangre. Había ocurrido una riña nocturna con violencia extrema de la cual ya habíamos tenido noticia en la casa y me habían enviado a comprar pan en la panadería Galves que quedaba en la misma esquina en diagonal. Me acerqué al local mientras lavaban el piso ensangrentado. Mi impresión fue grande y por eso el recuerdo continúa vívido al igual que el de la sensación de náusea que desde entonces me asalta cuando siento el olor de la sangre.

Pedro Pablo a la izquierda, luego yo y Carlota, en el piso del primer patio pavimentado de mosaicos de cemento, de López Aveledo Sur Número uno (¿Marzo 1940?).

 

[1]En el Curriculum Vitae que redactó mi padre en 1971, el cual he mencionado, puso como año de la mudanza 1941. Pienso que equivocó la fecha porque mi hermana Carlota, como digo en el texto, nació en Maracay en 1938. He dicho ya que mi padre se estableció en Maracay con negocio propio, la Casa Philco, el cual sustituyó en 1945 por la Panamericana de Automóviles (automóviles y camiones Dodge) que liquidó en 1953-54.

[2]En lo sucesivo para referirme a mi padre usaré con frecuencia el  Chucho que usaban sus amigos y su hermano Pedro Pablo, Monseñor Tenreiro.

[3]Es ese el adjetivo que he decidido usar para estos apuntes autobiográficos: Autobiografía Interesada. Porque se trata de cuadros autobiográficos en los cuales destaco lo que me interesa sin deseos de excesiva sinceridad.  

[4]Las casas republicanas, herederas de las de la colonia, ocupaban lotes muy angostos y profundos que los hacían inapropiados para las construcciones reguladas por las nuevas ordenanzas urbanas de la modernidad venezolana, que fueron simples adaptaciones –hechas después de la guerra– de las que los americanos impusieron en Puerto Rico. Esas normas exigían unir parcelas para poder construir, lo cual resultaba muy difícil, impedimento que obligaba a destinar la propiedad a usos comerciales que las degradaban o simplemente promovían el deterioro o el abandono. Perdían mucho valor.

[5]Las ordenanzas de tiempos de Gómez (1909-1935) trataban de promover este tipo de recurso y hay ciudades venezolanas, como es el caso de Ciudad Bolívar, donde prácticamente el alero fue eliminado y se llegó hasta sustituir el techo inclinado de la sala y el zaguán por uno plano que en Venezuela se conoce con el nombre de platabanda

[6]El Gerente del Automóvil Universal de Maracay ya no era mi padre porque como ya se ha dicho el abrió su propio negocio.

[7]Del poema Idilio Muerto de 1918 cuya lectura  –y la de todo Vallejo– recomiendo muy especialmente como experiencia fundamental.

[8]En algún momento mi madre pensó que podía convenir aprender mecanografía en esa escuela y mis hermanos Pedro Pablo y Carlota la frecuentaron durante algunas semanas. Se me han quedado grabadas las imágenes de los ejercicios, que consistían en llenar una página con palabras de tres o cuatro letras que nada significaban pero eran ejercicios de digitación. Por ejemplo yfxa  o algo parecido, una y otra vez hasta llenar una página…

[9]Así se le dice en Venezuela a un instrumento de limpieza, una pala estrecha y alargada de goma, fija horizontalmente a un largo bastón, que sirve para escurrir el agua en el suelo, Es un término que nos trajeron los canarios.

VER LA VIDA (8)

Oscar Tenreiro

Nunca le oí mencionar a mis padres la ocasión en la que se conocieron. Sin embargo, es fácil imaginar cual ha podido ser el tipo de vida de cada uno de ellos antes de su encuentro en la Valencia de 1934. Él, recién llegado de su viaje a los Estados Unidos a encargarse de la Gerencia del Automóvil Universal. Ella, experimentando tal vez aún la melancolía producida por su íntima renuncia.

Puedo imaginarme también el modo como repartiría él su tiempo como joven gerente en una ciudad de la cual era fama en esos tiempos su condición de cuna de mujeres bellas. Ya con treinta años de edad presionándolo hacia el matrimonio, buena parte de sus ratos de ocio estarían dedicados a hacerse presente siguiendo los estilos de la época. Papel que según parece desempeñaba bien a juzgar por los comentarios que me hacían siendo yo cuarentón, señoras que encontraba casualmente y al oír mi nombre me contaban haber conocido a mi padre de soltero en La Victoria. Chucho tenía muy buena voz, era el recurrente comentario, que recordaba ocasiones, al parecer frecuentes, en las que Antonio Jesús interpretaba las canciones de siempre en los saraos victorianos en torno a 1930. Propios de una ciudad que si era pequeña tenía sin embargo orgullo de sí misma. Porque dicho sea al pasar, a comienzos del siglo y hasta que Maracay fue situada en el mapa gracias al dictador Juan Vicente Gómez, quien residió allí a partir de 1909, La Victoria tenía importancia. Ella y sus alrededores inmediatos –San Mateo, el Consejo, Tejerías– disfrutaba de la ventaja de ser el punto de arranque de la vía de acceso que comunicaba el interior de Venezuela con Caracas, lo cual tuvo alcances estratégicos de tipo militar, tanto en los lejanos tiempos de la guerra de independencia como en las luchas internas del caudillismo anterior a Gómez, que culminaban invariablemente con el asalto a la Capital. Ocupar La Victoria era condición necesaria para llegar a Caracas.

Pero de todos modos ser jefe en La Victoria no era lo mismo que serlo en Valencia ciudad de peso propio en la historia venezolana, capital del país por períodos breves durante los tiempos post-independencia, sus habitantes gente muy consciente de su valor social y cultural, hasta el punto de ser una sociedad un tanto cerrada y acaso excluyente, aún hoy. Integrarse a ese nuevo espacio no podía ser fácil para Antonio Jesús, pondría a prueba seguramente su adaptabilidad y sobre todo su capacidad de asimilarse a una dinámica más exigente, menos pueblerina.

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Cualquiera sea mi estado de espíritu, cuando reconstruyo los meses valencianos de mi padre se asoma siempre en primer plano –no puedo dejar eso de lado– que él era un hombre solo, su familia lejos de él y fragmentada en otras familias e intereses personales disímiles. Sus amigos dejados tras sí y él sin hogar establecido. Y lo peor, sin casa familiar en su memoria como tutela ejemplar, oculta por las nieblas de una infancia difícil. Una mutilación muy común, muy extendida en muchos y no por ello menos triste, de ese espacio personal portador de las huellas de un pedazo de vida, lo que todo hogar es para una persona adulta: sitio de referencia, punto cardinal, origen parcial de las imágenes que llevamos en el alma. Cuando se carece de él hay que remontar una cuesta en términos psicológicos. Le faltan a la persona, podría decirse, los primeros vínculos del tejido de visiones y sensaciones que atesoramos, se nos escapa el punto de partida: hay una zona borrosa en nuestro repertorio de imágenes esenciales. La casa familiar y lo que ella contiene como historia personal tiene un lugar insustituible en nuestra psique. Si carecemos de ella o se desdibuja entre conflictos y ausencias, debemos suplir o compensar esa carencia con otros recursos que pueden hacerse esquivos. Esa dificultad, precisamente, dejará su huella en la personalidad de quien iba a ser mi padre.

Cecilia sin embargo, era parte de una muy estructurada familia en la cual la falta del padre le otorgaba a ella como niña menor un rango singular. Eso, aparte de que la casa familiar en la Calle Constitución Sur de Valencia –hoy Avenida 100– a una cuadra de la Plaza Bolívar, donde más de una década después vivimos nosotros junto a la tía Alesia durante todo un año, era un lugar perfectamente reconocible, sitio de encuentro, espacio de intercambio familiar y social hacia el cual se orientaban los cuidados de sus numerosos hermanos, sin ninguno de los lujos que podrían suponerse por la condición acomodada, sino más bien austeridad –muy alemana por cierto– que acompañaba a la estabilidad, a la seguridad, precisamente lo que le faltaba a Antonio Jesús y le fue muy difícil lograr a lo largo de su vida.

A todo lo anterior tendremos que sumar la diferencia de modos de ver la vida y las circunstancias de quien ha crecido en un medio familiar en el cual todo está garantizado y quien lo ha hecho enfrentado a limitaciones desde la primera infancia y ha entrado a la adultez apoyado exclusivamente en su trabajo personal. Puntos de vista distintos y tal vez opuestos sobre la vida y las expectativas futuras, que trazan fronteras difíciles de superar.

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Como es muy escaso, casi inexistente, lo que puedo saber de los tiempos en los que Cecilia y Antonio Jesús se conocieron, debo apoyarme en lo que intuyo del mundo interior de cada uno ayudado por las huellas que me dejaron con su presencia, sus palabras y en fin de cuentas su modo de vivir. Trato de reconstruir entonces su estado de espíritu en la antesala de su vida en común, en los inicios, el tiempo en el que lo que esperaban vivir no había sido marchitado por las asperezas de los errores mutuos y los desencuentros. Cuando se amaban con confianza, cuando veían en el otro sólo promesas. Un andar juntos que repetía en ellos la historia de siempre: que el encuentro con el otro, su enamoramiento, sería su mejor recurso para superar diferencias y modos de ver la vida cuya existencia –por evidente– no podían haber dejado de reconocer.

Sin embargo, aceptar que nuestros padres vivieron amor de enamorados no está fácilmente a nuestro alcance. Los hijos tendemos a ignorar ese tipo de vivencias afectivas en nuestros padres, dominados por una visión casi utilitaria y sin duda egoísta de lo que ellos son para nosotros. Y descartamos, como un estorbo o una estridencia, el posible lirismo de su amor temprano. Podemos ser incluso insensibles –sobre todo cuando adolescentes– ante esa dimensión de su relación hombre-mujer. Así que desde una mirada en la cual los años transcurridos como hombre de edad me hacen echar a un lado las prevenciones de tiempos anteriores, logro dibujar mejor sus figuras como hombre y como mujer, me reconcilio con su amor de enamorados que se disponen a unir sus mundos.

Es el tiempo en el que Antonio Jesús y Cecilia compartieron los sueños y la poesía natural del amor juvenil. Que esos sueños no se hayan realizado, que como he dicho ya, las diferencias y distancias producto de lo que vivieron antes de conocerse hayan persistido y por ello mismo la vida en común haya seguido derroteros difíciles que incluyeron importantes desencuentros, no invalida ni devalúa su deseo de hacerlos realidad. Poner en primer término la importancia y los efectos de su amor romántico es hacerle justicia a la memoria de lo que cada uno fue.

Esta foto la he publicado otras veces en este Blog. Cecilia y Antonio Jesús de novios sentados en una de las raíces del uvero de Ocumare de la Costa. El mismo lugar donde nos sentaremos sus hijos, de niños

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Grandes obras de la poesía universal tienen como tema central el amor juvenil no sólo por la intensidad con la que se vive sino porque salta obstáculos, borra desequilibrios, concilia lo inconciliable. Entendí algo de esa fuerza y de como une a los distintos, cuando muy temprano, quinceañero, vi la película de Renato Castellani sobre Romeo y Julieta de Shakespeare (la vimos todos los hermanos), en 1954, apenas llegados a Caracas desde Maracay. En el famoso diálogo del balcón que comienza hablando de la luna de un modo que nunca olvidé, Julieta hace un resumen simbólico del amor al otro: tu persona…es el dios que adoro y en quien he de creer[1].El arte pues nos dice –me lo dijo esa frase– que el otro es como un dios para el enamorado. Y en su nombre las diferencias de familia, que en esa historia son radicales y hasta terribles, se disuelven en el amor adolescente[2].

Regreso del arte y hago mío sin reserva alguna el amor de enamorados de Cecilia y Antonio Jesús. Ella pudo decirlo ya de mucha edad, con tranquilidad, una vez que Antonio Jesús murió, hablando un poco consigo misma, o diciéndolo a propósito de cualquier otro tema. Y la oí –tomando distancia– un par de veces, pensando que era una compensación dictada por la ausencia definitiva de aquel con quien compartió cuarenta y tres años de su vida. Ahora me doy cuenta que estaba equivocado. Cuando hablaba de su amor por él lo hacía como añoranza, como reconocimiento de lo que había marcado su espíritu, de lo que estuvo, como he dicho, en el origen de su vida común. En alguna medida, al olvidar lo que oscurecía y echaba sombras en la relación, salvaba el tiempo como lo salvo yo ahora, ochentón, para darle el valor justo a lo que me ha importado. Ella simplemente regresaba a los inicios que en estas líneas quiero evocar.

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Se casaron, por supuesto. Y dieron todos los pasos para que naciéramos nosotros, así como nosotros los hemos dado para la generación siguiente. Me pregunto con frecuencia, por cierto, sobre todo desde hace un par de años, si no es esa una de las cosas esenciales en la búsqueda del sentido de toda vida: engendrar. Fue así para ellos sin duda. Si él no estuvo del todo consciente de esa manera de ver la vida porque se lo impedía una constante insatisfacción y una dificultad para la alegría puertas adentro, ella sin embargo vivió sus últimos años de lucidez –la llegó a perder parcialmente al final– siempre orgullosa de haber realizado la primordial tarea de ayudar a vivir.

Debe haber sido una bonita ceremonia. Fue el sábado 22 de junio de 1935, en la Catedral de Valencia, y pudo haber oficiado el padre Pedro Pablo Tenreiro Francia, no he logrado saberlo. En esa época los matrimonios se hacían en las tardes y a pesar de que ya eran tiempos de automóviles, como la casa familiar estaba tan cerca y allí fue la celebración, es probable que el grupo se haya ido caminando hasta allá para presidirla.  Las fotos muestran a Cecilia muy hermosa y sonriente en su atuendo nupcial y a Chucho guapo, serio y formal.

Cecilia y Antonio Jesús el día de su boda.

Esta foto en particular me gusta verla, Cecilia sonriente de un modo muy natural. Feliz..jpg

Comenzó ese día un período valenciano para la familia que se iniciaba del cual no tengo ninguna información. Podría decir ahora siguiendo la línea sentimental que he escogido, que vivieron felices y tuvieron muchos hijos como se dice en los cuentos infantiles, pero sería falso como es falso decirlo fuera del mundo de la ficción. Es verdad que tuvieron muchos hijos, pero no iban a vivir felices al estilo de esos cuentos, sino comenzó para ellos un trayecto de vida que nunca fue lineal y creó sin embargo el marco, el ámbito, en el cual me formé y se formaron mis hermanos. Del cual todos hemos podido decir –sé que hablo por los que se fueron– que nos permitió la necesaria libertad para nuestro crecimiento personal.  Y creo poder manifestar hoy, ochenta y cinco años después de aquel día, con toda convicción y la capacidad de ser justo con lo vivido que nos permite la mayor edad, que nuestra familia, pese a todas las dificultades, fue una familia en la cual hubo felicidad, no de la que hablan las fábulas sino la de la realidad, que nunca es lineal.

[1]Romeo y Julieta fue llevada al cine con la dirección de Renato Castellani en 1954. Y la frase está en este diálogo del Segundo Acto:  Julieta: No jures por la luna, la inconstante luna que en su rápido movimiento cambia de aspecto cada mes ¡No imites su inconstancia! Romeo: ¿Pues por quién juraré? Julieta: No hagas ningún juramento. Si acaso jura por ti mismo, por tu persona, que es el dios que adoro y en quien he de creer…

[2]Julieta tenía trece años. De Romeo se dice que tenía entre 16 y 18.

VER LA VIDA (7)

Oscar Tenreiro

El lunes 3 de Abril de 1922, Cecilia mi madre, niña de doce años de edad, estaba temperando[1]con mi abuela Elizabeth y su hermana mayor Alesia en Puerto Cabello aprovechando el típico tiempo de vacaciones venezolano de la Semana Santa que comenzaba cuatro días después, el 7, viernes de concilio. Ignoro quienes más de la familia estaban con ellas, pero lo que sí sé, por habérmelo dicho ella, es que ese día recibieron la noticia que a su padre le había dado una angina de pecho y se encontraba en Valencia en grave estado: las apremiaban a que tomaran el tren de inmediato –el ferrocarril inglés inaugurado treinta años antes–para unirse al resto de la familia. En lo que me contó mi madre no mencionó –o no lo recuerdo– si sabían que ya Guillermo había muerto, pero sí retuve que el viaje había sido angustioso y que habían llorado, sobre todo Mamá Lispe, su madre. Y había razones para ello, porque en efecto Guillermo Patricio Degwitz Korndörfer nacido el 17 de Marzo de 1869, había muerto 53 años y unos días después, dejando nueve hijos y viuda.

Guillermo y Elizabeth el día de su matrimonio-1896.

Es de suponer lo que esa muerte ocasionó a la familia. Guillermo era un hombre muy activo y se destacó fuertemente en el mundo empresarial valenciano. Puede suponerse por sus logros para ese momento y por la huella que dejó en los hermanos mayores –mi madre apenas lo conoció– también hombres de empresa y personas de fuerte carácter, que su personalidad era vigorosa y se hacía muy presente en la dinámica familiar. Aparte de que como hijo de alemanes nacido en Venezuela, es decir, heredero directo de las tradiciones y hábitos de esa nación pero asimilado totalmente a nuestro país, sus impulsos industriosos estaban complementados por el conocimiento del medio y de sus gentes, condición muy favorable para sus proyectos. Su padre Hermann además, como constructor de carruajes que había sido (algún documento venezolano lo llama de profesión carretero) en Prusia Oriental y durante cierto tiempo en Lübeck antes de venir a Venezuela, debía tener el amor por la manufactura y la trasmitió a su único hijo varón, porque sabemos que esa particular visión del hacer –producir y vender lo producido– con mucha frecuencia se trasmite de padres a hijos. Y fue precisamente la previsión alemana y la intención de iniciar a los hijos en las tradiciones que había recibido[2], lo que lo llevó a enviar a dos de los mayores, Hermann el primero y Ricardo el tercero, muy jovencitos, a educarse un tiempo en Alemania. Y a Guillermo, el segundo, a estar junto a él en labores gerenciales de la fábrica[3]de Sombreros Degwitz –la empresa estrella de Guillermo el viejo– posición que mantuvo muchos años y ejerciendo la cual lo conocimos los hijos de Cecilia, niños todavía, a mediados de la década de los cuarenta.

Ricardo Degwitz en sus tiempos alemanes, de muchacho

Hermann, el mayor, también en sus tiempos alemanes (¿1912?)

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Cuando mi madre me contó sobre Puerto Cabello y la mala noticia no omitió un detalle que para ella fue importante: ese mismo día se desarrolló como mujer. El acontecimiento que habría de marcar el resto de su adolescencia, la muerte de su padre, coincidió con el que le indicaba el inicio de su vida de mujer adulta, y así, asociados, figuraron en su narración. Me dijo además que debió hacer el viaje a Valencia con la incomodidad de no saber cómo manejar síntomas que no por ser normales dejan de requerir ciertos cuidados que una niña poco conoce, sobre todo en esos tiempos en los cuales la intimidad femenina se veía con demasiado recato. Debió pues pedirle ayuda a su hermana mayor Alesia, porque mamá Lispe estaba demasiado ocupada con sus temores. Alesia le explicó como proceder y la ayudó a protegerse con servilletas de tela, a falta de los pañales que entonces se usaban y no habían traído; y así, acosada de la ansiedad causada por lo que no se conoce bien, porque a las niñas se las preparaba mal para conocerse a sí mismas, debió hacer el viaje hasta Valencia.

Iban a pasar 13 años hasta el 22 de Junio de 1935 cuando con 24 años cumplidos se casaría con Antonio Jesús, él de 30. Durante esos años huérfana de padre, estuvo, como puede suponerse, muy protegida como la menor de los nueve, separada trece años de su hermano mayor Hermann, diferencia de edad que trae consigo una actitud de protección que caracterizó el trato hacia ella en el seno de la familia, situándola en alguna medida en el papel de consentida. Y también en el de joven casadera porque es de suponer que ya a los doce años había terminado sus estudios de primaria, hasta sexto grado como era habitual para las mujeres, los cuales cursó en el Colegio de Nuestra Señora de Lourdes, regentado por monjas de San José de Tarbes. Fueron esos sus únicos estudios antes de pasar a ocuparse de la casa y cultivarse estudiando música –rudimentos de piano y guitarra– o en cualquiera de las actividades apropiadas en toda buena familia, mientras aparecía un pretendiente. Un tipo de vida que si bien era común entre las adolescentes de entonces ofrece un abrupto contraste con la que se vio obligado a llevar Antonio Jesús, valiéndose por sí mismo desde los diecisiete años, con un apoyo familiar bastante leve.

Así quedó la familia a la muerte de Guillermo. En el centro Elizabeth, a su lado derecho su hermano Carlos y Wilhelmina. A su izquierda Emma y Carlos Tiede su marido. En el suelo Guillermo y Licka, hijos de Hermannn. De pie y en las sillas de los extremos todos los hijos y sus esposas. Cecilia es la cuarta desde la derecha, de pie

Cecilia (¿17 años?)

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Su papel de joven casadera de buena familia tuvo por supuesto mucho que ver con lo que sería en lo sucesivo la vida de Cecilia, repitiéndose en ella lo común del estilo de vida de entonces y la pequeña historia de su hermana mayor Elizabeth y la anterior a ella Carlota, casadas muy jóvenes, sin que dejara de estar presente la niebla de la soltería que amenazaba en Alesia su otra hermana mayor en cinco años, quien se casaría mucho más tarde y no tendría hijos; niebla que en esos tiempos era siempre fuerte si no aparecían pretendientes serios antes de cumplirse los veinte años. Como muestra de esa actividad social quedan fotografías sueltas que revelan momentos de esparcimiento, disfraces curiosos­–y hasta cómicos– de carnaval y otras cosas que ayudan a darse una idea del tipo de vida de una soltera de buena familia en el mundo provinciano de una pequeña ciudad de un pequeño país. Y entre todas esas cosas ha llegado a mis manos como un documento muy particular acerca del tipo de vida que su condición le definía, un curioso Homenaje Lírico…a Cecilia Degwitz mi bella madrina, aparecido en un diario de la ciudad. Una muestra del tipo de recursos que se utilizaban en la Venezuela de esos años para que un medio impreso circulara entre los sectores más pudientes: se nombraba a las solteras más conocidas como madrinas de escritores en ciernes quienes debían entonces redactar esos homenajes. A Cecilia le tocó su turno y así fue objeto de una pieza de ocasión con aspiraciones literarias, que le dedicó el 4 de Junio de 1932 (tenía Cecilia 22 años) el periodista Carlos Navas Spínola, miembro de la redacción del diario El Globo de Valencia, donde por supuesto salió publicado. Es uno de esos textos agobiados por la trillada cursilería abundante en ese tiempo venezolano, en los cuales el lenguaje florido y las citas de filósofos, poetas o dioses de la mitología consumen todas las palabras reduciendo al mínimo lo que de verdad toca el tema, en este caso el elogio a la  madrina. Y aquí lo muestro, Cecilia lo conservó entre sus cosas. Más que recordarla a ella documenta a una cierta Venezuela.

El encabezamiento del “Homenaje Lírico”

El texto del “Homenaje…”

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Punto alto en su vida de soltera, análogo al de Antonio Jesús, fue también para Cecilia un viaje fuera de Venezuela, hacia Alemania tierra de ancestros. Lo hizo en 1930 en el verano-otoño europeos (varias de las fotos son de Junio), acompañando a mamá Lispe, su hermano Carlos Roseliano (nacido en 1906) y su hermana Alesia Rosa Guillermina (1904).

Del traslado Puerto Cabello-Hamburgo por barco en el vapor Venezuela narraba episodios–reuniones, ocasiones festivas– que revelaban el tono alegre de juventud y sobre todo el talante de joven mujer que recibía atenciones de los compañeros de viaje de su edad, 21 años. Cuando una vez le comenté que me encontraba recibiendo clases de alemán se animó incluso a recitarme de memoria un poemilla que le había dedicado uno de los viajeros. No soy capaz de recordar el nombre de la persona o el poema, pero de este último retuve el fin de cada verso: …wie ducomo tú.

En la evocación del viaje figuraba Hamburgo de modo principal no sólo por la atracción que la ciudad ejercía en los venezolanos como ya he dicho, sino presumiblemente por el origen familiar por el lado de su madre, los Aigster de Altona. Pero también Berlín le dejó recuerdos, como los paseos por Unter den Linden, esa Avenida con aire de Champs Elysées que arranca en la conocida Puerta de Brandemburgo y termina en el parque Lustgarten frente a la gran catedral luterana,conocida como el Dom. Tanto hablaba de ella que cuando tuve oportunidad de estar allí, en 2003, le traje como regalo que pensé estimularía su memoria (que ya en ese año se había borrado un poco), hojas de uno de los tilos que le dan nombre a la avenida, recobrada hoy de la destrucción de la guerra. Y allí quedaron las hojas insertas en una vieja fotografía hasta la muerte de Cecilia.

Cecilia y Elizabeth frente al Dom, la catedral luterana de Berlín (1930).

Carlitos (Carlos Roseliano) a la izquierda, luego Alesia, una amiga y Cecilia, en un café (¿en la Selva Negra?)

Para reconstruir ese viaje que fue sin duda memorable, ayudan una vez más las fotografías que sobrevivieron las gavetas y he podido digitalizar. En una de ellas está con la abuela y el Dom al fondo. En otra con sus hermanos y una amiga. Y hay una tercera que por su calidad debe ser profesional, tomada, creo, en un lugar llamado  Kaskaden Fahl en la Selva Negra.  La muestra a contraluz de perfil viendo hacia el frente. Es una foto hermosa que me conmueve porque habla de la mujer que ella era.

Cecilia de 21 años en Kaskaden Fahl- SchwarzWald- Alemania 1930

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Y culmino este recorrido fragmentario por los tiempos jóvenes de Cecilia con un momento de su vida joven que la muestra no sólo como una persona de carácter sino, así me lo dijo una vez mi hermana Carlota, como una mujer fuerte…en el sentido bíblico.

Cecilia debe haber tenido no pocos pretendientes, pero sus nombres no llegaron a nosotros porque los hijos no tienen la posibilidad de vincular nombres con personas cuando se trata de tiempos anteriores a la formación de la familia. Sin embargo, entre todos los nombres que la rodearon nos señaló uno con toda claridad porque correspondía a una persona y una relación, una circunstancia, que le permitió a ella hacer plenamente consciente la actitud que iba a jugar un papel central en su vida y en la nuestra. Nos habló de que la relación entre los dos comenzaba a transformarse en amor. Y asomaba en ellos la idea de compartir un proyecto de vida que lo impulsó a él a hacerle una íntima confidencia: estaba imposibilitado de tener hijos. Saber esto le exigió a ella hacerse consciente de lo que esperaba de su vida futura: la afirmación radical de su vocación de ser madre. Para ella tener hijos era la razón de vivir, su realización como madre era su modo de ver la vida. Y como consecuencia le correspondía renunciar al amor que despuntaba. Y lo hizo. Renunció. Así nos lo contó.

Hoy esa actitud de Cecilia puede verse como propia de un pasado superado, pero a nosotros los hijos de ella y Antonio Jesús, necesariamente nos inspira reflexiones vinculadas a nuestra propia existencia. Dejar abierta o no la posibilidad de ser padre o madre es algo que define la posición de una persona ante la vida misma: va hacia el misterio de ser. La remota renuncia de Cecilia antes de todos nosotros la definió y terminó marcándonos. Lo digo reconociendo el riesgo de estar haciendo literatura. Pero así lo siento hoy a la vez que recalco que no hablo de ello en términos religiosos, si bien este tema pueda tratarse con argumentos religiosos. Reconozco simplemente un atributo del ser humano: dar vida a otros como él. Y está en nosotros decidir si lo honramos.

[1]Esta palabra se utilizaba mucho en Venezuela para referirse a tomar vacaciones en algún lugar distinto de la residencia habitual. Veo, explorando por Internet, que es un modismo regional que se refiere a ” Cambiar de clima (una persona) por razones de salud o de placer”. Con ese sentido lo oí mucho de niño. Hoy muy poco se usa.

[2]Hermann fue pionero de la radiodifusión en Venezuela: fundó una radio importante, Radiodifusora Venezuela. Ricardo fundó telares y una fábrica de aceites comestibles entre muchas otras cosas que lo convirtieron en pionero de la industria valenciana.

[3]Sombreros Degwitz era una industria importante, no sólo en Valencia sino en Venezuela, no tanto por su tamaño sino porque era un ejemplo interesante de auto-sostenimiento para la época. Producía su propia electricidad. Cubría todo el proceso industrial. Nosotros los Tenreiro, de niños, la conocimos bien y hasta trabajamos en ella. Lo describo más adelante. Guillermo fundó también, asociado a otros, una empresa de energía hidroeléctrica, La Cumaca, pionera en el país.