ALGUNAS REFLEXIONES A PROPÓSITO DE LA ELBPHILARMONIE

Oscar Tenreiro

Debo hacer una Introducción porque ya son muchos los meses transcurridos desde que hice saber a quienes frecuentan este Blog que dejaría de escribir semanalmente.

Y la verdad es que he estado paralizado. La insólita situación que vivimos en Venezuela, un país secuestrado por una pandilla de delincuentes que se hicieron de todo el Poder y chantajean a sus partidarios locales, al mundo bobo y a unos “dirigentes” latinoamericanos sumergidos en la hipocresía, agitando las banderas de una supuesta Revolución que ha sido el saqueo y destrucción más descarada de un país, tiene mucho que ver con esa parálisis; porque no sólo es la sensación psicológica de ahogo sino el esfuerzo por sobrevivir el día a día y poder hacer algunas cosas.

Pero me ha paralizado por igual la sensación de que ya he dicho casi todo lo que he pensado que debería decir dentro de los terrenos de la arquitectura.

Y sin embargo tengo la fuerte convicción de que debo seguir escribiendo sin saber claramente sobre qué y en qué circunstancias.

Ahora ya lo tengo más claro. Ocasionalmente hay cosas que ocurren en torno y a causa de la construcción de arquitectura que me motivan (como lo de hoy) y responderé a ello. Y además sigue viva en mí la inquietud por hablar de mis vivencias personales cediendo a un deseo de comunicar a través de ellas cosas del medio en el cual he vivido, de las circunstancias propias de este lugar del mundo y de su gente. Ya lo he hecho por retazos y ahora lo haré de modo más constante.

Así que los lectores de este blog, los que se han suscrito, se van a encontrar con que los comentarios sobre arquitectura cederán espacio a favor de comentarios de sesgo personal. El blog deberá cambiar entonces su presentación, cosa que haré próximamente, porque, precisamente como fruto de la crisis que vivimos aquí, tengo cuatro meses sin Internet y tres y medio sin teléfono.

Advierto por último que el texto de hoy es larguísimo. No me importó que fuese así porque tengo la esperanza de que quien lo lea con atención puede aprender algo sobre nuestro oficio, así como yo aprendí al escribirlo.

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Se inauguró hace poco, el pasado 11 de Enero, el más reciente edificio del estrellato: la Elbphilarmonie (La Filarmónica del Elba) de Hamburgo, diseñada por los arquitectos Jacques Herzog y Pierre De Meuron, edificio que es sin duda todo un espectáculo con un costo espectacular: poco menos de 1000 millones de dólares.

Y me parece imprescindible, debido al efecto que este tipo de edificaciones tiene como manifestación cultural que recorrerá el mundo en virtud no sólo de sus propios méritos sino por estar ubicado en uno de los países europeos de mayor importancia e influencia; me parece importante, repito, conocidas ya algunas de las particularidades del edificio, (para lo cual hemos recurrido a Internet como puede suponerse) preguntarse qué nos dice ese edificio como realidad construida y como manifestación de un modo de ver la arquitectura, a nosotros (hablo de los venezolanos), arquitectos inmersos en un contexto de atraso y ruina, de inestabilidad, de estancamiento, y sobretodo cruzado por ingentes contradicciones. Porque se trata de una especie de símbolo, como lo han venido calificando los altos representantes del gobierno de Hamburgo y de Alemania Federal, rango que lo pone en primer plano para el periodismo cultural y de entretenimiento. Y por supuesto y de modo muy importante, como ya lo ve el público adicto a la modernidad líquida, para usar el concepto acuñado por el recientemente fallecido Zygmut Bauman para designar el espacio que ocupan en el momento actual las redes sociales. Desde ellas se generalizan comentarios y likes de irresistible superficialidad, que lanzan a los cuatro vientos adjetivos que impactan todas las sensibilidades, en todas las situaciones, incluyendo la nuestra, pese a la crisis.

 

La Elbphilarmonie

2 La Elbphilarmonie.png3 La Elbphilarmonie.png

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9 El ángulo menos feliz de la Elbphilarmonie.pngEl ángulo menos feliz de la Elbphilarmonie

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Hagamos de inicio algunas consideraciones generales que nos pueden ser de utilidad.

El ornamento dejó de ser delito en el pensamiento sobre arquitectura a raíz del debate posmodernista, el cual pese a todos sus equívocos o incluso perversidades ayudó a ampliar los límites de lo lícito para los arquitectos.

Lícito, para entendernos con un vocablo muy de moda, por ser lo políticamente correcto, lo que respeta un consenso de parte del establishment de la Arquitectura, hoy en día difícil de precisar: una suma de los puntos de vista de los sectores prestigiosos de la profesión, del mundo universitario, el de la Crítica y, con un peso decisivo, de lo que circula en el mundo editorial y los medios de comunicación. Puntos de vista que configuran, podríamos decir, la Academia de los nuevos tiempos, metamorfosis del cónclave excluyente de señorones imbuidos de una autoridad otorgada por las jerarquías políticas y sociales como lo era la Academia de Bellas Artes de la tradición francesa.

Hay hoy pues, una Academia Posmo que por su misma configuración natural no institucionalizada y globalizada gracias a la universalización de la información, es de forma imprecisa, funciona a partir del consenso derivado de la aceptación general, de una especie de masificación dominada por lo mediático, por lo periodístico, por la noticia, por lo que convence a todos, por la moda; desdeña lo que se produce fuera del consenso, lo que resiste. Es como una niebla que todo lo penetra, que está en todas partes y en ninguna a la vez. Características que la hacen mucho más difícil de enfrentar que aquella que suplantó.

Ese ambiente nebuloso facilitó algunas distorsiones importantes entre las cuales para efectos de lo que me interesa comentar en este texto resalto el resurgimiento de una Arquitectura ornamental. En efecto, la revalorización del ornamento como consecuencia de la aceptación de que todo esfuerzo por optimizar un diseño, tratando de conferirle atributos estéticos convincentes asociados a los criterios del diseñador y a las necesidades constructivas, es en definitiva un tipo de ornamentación, dio paso a una especie de goce indiscriminado y arrogante de su uso, hasta convertirlo en asunto distintivo del arquitecto individualmente considerado, a quien hoy, sin rubor alguno, se le identifica como una firma, se le asocia a una manera exclusiva, a un amaneramiento propio.

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Buena parte de la obra de Herzog y De Meuron se ha caracterizado en gran medida y precisamente en relación a lo que hablamos, por un hábil, inteligente y refinado manejo del ornamento. Ya desde sus primeros trabajos, buscaron crear, y lo hicieron muy bien, un lenguaje centrado en el recubrimiento del edificio con una piel adosada a él, protectora en algunos casos pero unificadora la mayor parte de las veces, que funciona como una envolvente. El ejemplo más característico de esos primeros pasos sería un pequeño edificio de viviendas en Basilea, recubierto de una cortina de hierro forjado en toda la superficie de su fachada urbana; pero a lo largo de su extensíma obra se pueden citar numerosos ejemplos de esa predilección. Muchos de sus edificios se muestran a la ciudad mediante una máscara, una vestidura, una coraza, un disfraz que los uniformiza, que los hace parecer unitarios, independientemente de sus características internas.

Con la Elbphilarmonie los arquitectos cedieron a esa misma recurrente tentación, como veremos luego de dedicar rápidamente un espacio a lo que el edificio encierra.

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10 3D de la Elbphilarmonie.jpg3D de la Elbphilarmonie

Considerando el emplazamiento y las restricciones que lo caracterizan, llama la atención que se haya decidido agrupar allí tantas cosas. Parece algo forzado, hasta insensato si no se tratara de Alemania. Porque el complejo incluye la Gran Sala de Conciertos de 2150 puestos, la Pequeña Sala de 550, una de 170, además de una Escuela de Música, componentes que de por sí demandan mucho espacio y tienen muy numerosas y complejas necesidades, a los cuales se les agrega un Hotel de 247 habitaciones, un edificio de 45 apartamentos de lujo de entre 100 y 300 m2, terrazas-miradores de acceso público y comercios, todo sobre un estacionamiento, depósitos, accesos, los servicios del escenario y una larga miscelánea de otros servicios que se ocultan detrás de las paredes de ladrillo de lo que fue un almacén de productos de exportación (conocido como el Keispeicher) construido originalmente en 1963, cuyas fachadas debían (no lo sé bien) ser conservadas.

Herzog y De Meuron deciden envolver esa compleja suma de espacios con un corsé, curtain-wall de 16.000 m2 de cristal especial, aislante, insonorizado, con piezas de 2.30 x 3.35 m. (todo es de especial alta tecnología en el edificio), que la unifica en un solo volumen de superficies lisas y convierte, como dice la presentación oficial de la obra, en una corona de cristal para la ciudad. Y cuando uso la palabra corsé estoy conectándome con la observación crítica de Luis Kahn sobre el Edificio Seagrams de Mies, al cual comparó con una dama encorsetada.

Las superficies del corsé, que ascienden desde el perímetro trapezoidal de la planta produciendo un volumen prismático, se unen con el techo ondulado compuesto por secciones de esfera conectadas entre sí, sin que exista una clara y legible transición entre ambas superficies (¡recordemos a Frank Lloyd Wright!). Se escondió cualquier señal de los elementos estructurales que salvan las luces entre apoyos percibiéndose una simple línea en la zona de contacto, lo cual acentúa una sensación de corte abrupto e inesperado. La trayectoria del corte hace suponer a primera vista que se sigue el perfil de una estructura en suspensión, pero el soporte del techo es un sistema de grandes cerchas metálicas.

Pronto se revela que ha prevalecido la intención de lograr una continuidad entre techo y paredes para extender el corsé con otro material y así envolver todo el conjunto: se trata de un ejercicio formal, un rasgo muy notorio, incómodo, del edificio, que suscita preguntas, que mueve a las conjeturas.

Es obvio que una de ellas es que se quiso lograr un volumen unitario. Se puede ver el volumen como una corona con picos y joyas (los distintos tipos de cristal se leen como engastes), lo cual explica la cursilería de llamarlo corona de cristal. Pero propongo otra que para mí es igualmente obvia, el deseo de atraer la gemütlichkeit, la cordialidad de ocasión propia de los alemanes (la cual por cierto mi madre heredó), rasgo social que ha sido y es blanco constante de ironía, haciendo alusión a las ondulaciones del techo de la Berliner Philarmonie (1963) de Hans Scharoun (1893-1972). Se trata de una “cita” de uno de los emblemas arquitectónicos más preciados de Alemania, de ornamentar à la Scharoun para halagar y a la vez se logra lo más buscado por la arquitectura del espectáculo, lo insólito, lo curioso, lo inesperado.

11 La Berliner Philarmonie en 2003.jpgLa Berliner Philarmonie en 2003.

26 Interior de la Berliner Philarmonie de Hans Sharoun.jpgLos dos plafones  cóncavos, simétricos de la Berliner Philarmonie

12 Berliner Philarmonie Sección.jpg

26a Otro ángulo con los paneles acústicos de la Berliner Philarmonie.jpg**********

Una lectura más detenida (acompañada de un reexamen de la Berliner Philarmonie) nos afirma la idea de que la ondulación superior es vestidura, disfraz. En efecto, la concavidad externa del techo de la Berliner Philarmonie (lo podemos apreciar en las secciones e imagen que muestro) a la cual se debe la ondulación en la parte superior de sus fachadas, es consecuencia directa de la intención de crear dos superficies convexas (exigencia acústica) hacia el interior de la sala con su máxima altura en el eje central mediante dos plafones suspendidos que configuran el interior en el sentido largo. En la Elbphilarmonie se plantea una situación similar sobre la sala, que está ubicada en la parte central haciendo de núcleo del conjunto, pero no en el resto, en dirección a las fachadas donde están los volúmenes del Hotel y los apartamentos, con estructuras y volúmenes diferentes, geométricamente autónomos, y con otras exigencias internas, características que harían lógica e incluso necesaria la fragmentación. Pero esa opción está muy distante de la manera de trabajar de los arquitectos, a partir de la cual establecieron su firma, el sello que se les pide en sus trabajos. Se deciden entonces a favor de la vestidura, estableciendo con ello el parecido de familia con Berlín.

Hay desde luego aquí un deseo de imitación, se ha tratado de adornar, de ornamentar, intención radicalmente ajena a la que determinó la solución original, consecuencia de necesidades. Lo cual explica el por qué la señora de Berlín no ha perdido actualidad en medio siglo, mientras que la dama joven vestida a la última moda en Hamburgo, envejecerá apenas deje de ser la última sorpresa.

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El tejido del corsé, como ya se ha dicho, es de cristal. Pero no era posible para arquitectos como los que comentamos (lo supongo) darle a todo el conjunto el mismo tratamiento de un edificio de oficinas. No podía ser un curtainwall más, había que darle otra apariencia y para eso tenían el recurso de la altísima tecnología alemana o europea. Lo perforan con sutileza sin que se note demasiado, para marcarlo (son los engastes de las joyas de la corona), para dejar señales que en alguna medida identifiquen lo que está detrás. Surgen así diversas grafías embebidas en el cristal (la grafía en el cristal laminado es un recurso usado desde los tiempos de Basilea por Herzog y De Meuron) cuyas características sólo podemos intuir con la información fotográfica disponible, que se leen desde fuera como marcas un tanto extrañas en la de otro modo tersa superficie de cristal. En el caso de los apartamentos la interrumpen con un curioso artefacto en forma de Y griega sinuosa, tal vez de metal (¡alta tecnología!) cuya aparente función sería la de dar la ilusión de balcón (ver imagen). Y en el caso de los demás ambientes probablemente se trate de variaciones en la transparencia o el color del cristal siguiendo determinados diseños análogos a la trayectoria de la Y griega. Se configura así una suerte de textura que no por ser high-tech deja de tener un toque kitsch.

14 El artefacto que simula un balcón en la La Elbphilarmonie.jpgEl artefacto que simula un balcón en la La Elbphilarmonie

Y queda en pie la pertinente pregunta de por qué no se utilizó el cristal específicamente en los lugares en los cuales la vista o la búsqueda de luz natural exigían transparencia, en lugar de optar por una piel continua, si se está en un punto costero rodeado de un mar barrido por el viento, que suave o muy intenso en los frecuentes tiempos de borrasca de esos mares fuertes del Hemisferio Norte, arrastra gotas de agua salada que al evaporarse dejan su persistente marca en la extensa superficie. Cualquier cosa que se construya en ese lugar está sometida a condiciones parecidas a las de un barco (el edificio se presta a esa analogía: las paredes del Keispeicher serían el casco y lo demás una superestructura como la de los grandes cruceros de hoy que por otra parte tienen usos parecidos a los de este conjunto) aunque es altamente improbable que se decida envolver un barco con una piel de cristal. Reinan en ese sitio pues condiciones ambientales que exigirán un costoso mantenimiento, permanente, con lo cual el acristalamiento generalizado parece un tour de force que sólo puede explicarlo el exceso de dinero disponible y el horror a la fragmentación visual (o constructiva) propia de sus arquitectos.

Y si se respondiese que se trata de cristales especiales, como en efecto lo son, la nueva pregunta que surge es, aceptando ya los altos costos, por qué la cerámica, que como veremos se utilizó extensivamente en el interior de la Gran Sala de Conciertos, no fue considerada para los sectores ciegos de las fachadas, material que respondería mucho mejor a las exigencias ambientales y podría utilizarse como oportunidad plástica en condiciones excepcionales y a una escala inédita.

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Aquí se hace evidente una vez más que en estas arquitecturas, la tan mencionada sostenibilidad no es más que un lema de ocasión. Porque este es un edificio enchufado, con un altísimo consumo energético. Si bien es cierto que en el techo se ubicaron unos grandes platos con células fotovoltaicas (ver imagen) resulta claro que con ellas se producirá sólo una mínima fracción del consumo total. Que comienza con el esfuerzo para entrar, porque para superar los casi cuarenta metros de desnivel (11 pisos), la altura del Keispeicher, es necesario usar ascensores o una escalera mecánica de 85 metros de largo de fabricación especial, de trayectoria curva en el sentido vertical (ver el 3D), ex-profeso de baja velocidad para facilitar según los arquitectos la contemplación de las paredes de iluminación especial del túnel por el cual se circula. Pese a dos pozos de luz practicados en el eje central, depende de la luz artificial en altísimo grado, y funciona en su totalidad con climatización artificial.

Cabe preguntarse si podrá funcionar en tiempos de vacas flacas que siempre acechan.

15 En el techo los platos con las células fotovoltaicas.pngEn el techo los platos con las células fotovoltaicas

Antes de hablar de la Sala de Conciertos tiene sentido hacer algunas consideraciones sobre un aspecto importante que ocupó el debate en los tiempos iniciales del Movimiento Moderno y que aún se sostiene, el de la relación entre el público y el escenario. Se insistió mucho en la necesidad de superar en las nuevas Salas de Concierto la disposición tradicional que algunos han llamado a la italiana, es decir, los asientos frente a la orquesta dentro de un espacio generalmente de planta rectangular. Se hizo preferente en muchas de las salas construidas entre los cincuenta y los ochenta del pasado siglo la disposición en abanico amplio que sigue un trayecto semicircular pronunciado, o tipo arena, esta última muy común en las Salas de Teatro de hasta 400-500 espectadores. Pero ya desde los tiempos de la propuesta de Walter Gropius para su muy divulgado Teatro Total, de 1927 (una sala transformable nunca construida), uno de cuyos arreglos rodeaba la orquesta con el público (ver imagen), empezó a plantearse la posibilidad de tener público detrás, o incluso alrededor de la orquesta. Se especuló mucho al respecto pero en general los grandes teatros se siguieron construyendo según la disposición en abanico o rectangular con gradas en semicírculo.

18 El Teatro Total de Gropius.jpg

Sin embargo, la intención de rodear la orquesta cobra fuerza cuando se sobrepasa la cifra de 1500-1800 espectadores (2200 en el caso de la Elbphilarmonie), para evitar la excesiva distancia entre los últimos puestos y el escenario. Objetivo que nuestro Villanueva logra sin recurrir a esa opción en el Aula Magna de la Ciudad Universitaria (2600 asientos, 1950-52), con el recurso de abrir mucho el abanico (ver planta y corte). Logra una distancia aceptable desde la orquesta hasta los asientos más lejanos, mientras conserva el principio de los espectadores agrupados en bloque, en una suerte de proximidad pasiva que favorece la noción de coincidencia de iguales en el disfrute de la experiencia musical.

16 Planta del Aula Magna de Carlos Raul Villanueva.jpgPlanta del Aula Magna de Carlos Raul Villanueva

17 Corte del Aula Magna, de Carlos Raúl Villanueva.jpgCorte del Aula Magna, de Carlos Raúl Villanueva

18a El Aula Magna y su relación con el escenario en el punto má alejado.jpgEl Aula Magna y su relación con el escenario en el punto más alejado

Pero Hans Scharoun insiste en rodear la orquesta cuando unos siete años después del proyecto de Villanueva en 1957 gana el concurso para la Berliner Philarmonie, una sala de 2440 asientos. Él había escrito acerca de la necesidad de la interrelación entre los espectadores para lograr una suerte de comunión en torno a los ejecutantes, y ya en los primeros esquemas para Berlín (ver imagen) se observa su intención de agrupar los

19 Berliner Philarmonie-Un croquis inicial de la disposición de la sala, de Scharoun.jpgasientos en torno a la orquesta. Logró finalmente un compromiso entre la disposición en abanico y esta idea inicial. Digo compromiso porque en la versión final del proyecto hay sólo 200 asientos detrás de la orquesta y en los costados inmediatos alrededor de 400, mientras los otros 1800 están frente a ella en la forma tradicional, pero en abanico amplio y en sectores y niveles diferentes, aspecto este último que revela el problema de esta organización: la fragmentación del público, lo cual hasta cierto punto es contrario a la idea de comunión y cercanía (ver imagen). Por otra parte, esa fragmentación de los espectadores en balcones independientes y en distintos niveles, le imprime un dinamismo, un movimiento visual a la audiencia que conspira contra el silencio psicológico (como lo llamaba Luis Kahn) que se le exige a ese espacio para colocar en el primer plano la atención a la orquesta.

20 Panorámica Interior de la Berliner Philarmonie.jpgPanorámica Interior de la Berliner Philarmonie

De todos modos la Berliner Philarmonie se constituyó al terminarse en 1963 en el primer ejemplo de esta nueva forma de arreglo entre público y orquesta, bautizada por los ingenieros acústicos de habla española como en forma de zurrón (mochila) aludiendo en sentido figurado al público como una envolvente, un envoltorio. Y desde entonces se ha convertido para muchos en un modelo a seguir. Es el modelo usado en la Elbphilarmonie.

Pero antes de seguir no está demás advertir que la disposición tradicional en las salas de no más de 1800 puestos se sostiene por sus propios méritos. Un ejemplo de especial interés es la Musikverein de Viena, inaugurada en 1870 (1400 puestos, 280 adicionales en palcos laterales y 300 puestos de pie en balcones laterales y de fondo), (ver imagen) que tiene la particularidad de que en ella los asientos siguen la huella estrictamente rectangular de la sala (que no tiene pendiente sino que la orquesta está en un nivel más alto), un prisma perfecto con balcones laterales de muy poca profundidad. Disciplina geométrica que contribuye a hacer de los espectadores un grupo compacto, lo cual sumado a las pequeñas dimensiones y el recato nada monumental de las áreas públicas, a la estrechez de los pasillos que sirven a la sala favoreciendo el solapamiento de los espacios personales, produce un ambiente de intimidad muy favorable al goce musical. Y su acústica es impecable, motivo de elogio desde que se terminó de construir, gracias a razones que se han explicado de modo relativamente vago y que ocuparía mucho espacio detallar aquí.

21 La Musikverein de Viena.jpgLa Musikverein de Viena

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El técnico acústico de la Elbphilarmonie es el ingeniero japonés Yasuhisa Toyota, personaje que tiene el rango de autoridad en el área gracias a su participación en el proyecto del Walt Disney Hall de Los Angeles (Frank Gehry) y en otras salas de importancia. Sabíamos de él cuando vino como jurado (¡!) a un Concurso en Caracas para un conjunto de Salas de Concierto, en el cual, según trascendió, influyó ante un limitado jurado burocrático (al cual se sumó demasiado fugazmente el arquitecto español Iñaki Avalos) para darle el premio a una sala tipo zurrón, su disposición favorita, de escasa justificación en este caso (1700 puestos).

Entre los múltiples recursos que propuso para entonar la sala de Hamburgo está el recubrimiento de la mayor parte de las superficies internas en paredes y plafones, con piezas de cerámica blanca de fabricación especial cuya superficie tiene unas muescas en relieve destinadas, según suponemos, a reducir el reflejo del sonido para controlar mejor los tiempos de reverberación. Las muescas varían por grupos de piezas y además siguen la curvatura del soporte (plafón o paredes), lo cual recalca que muchos de los materiales y sistemas técnicos empleados son de encargo, un alarde tecnológico que explica los altísimos costos.22 El recubrimiento de cerámica en las paredes de la Sala.jpgEl recubrimiento de cerámica en las paredes de la Sala

Según declaraciones de Toyota que han sido publicadas, la acústica de la sala es perfecta. Pese a esa perfección, sin embargo, la sala es menos que interesante. Sigue, ya lo dijimos, (al igual que la sala de la Filarmónica de París de Jean Nouvel), el modelo zurrón de la Berliner Philarmonie pero sin la fuerza de aquella. Se trató de evitar el problema, que ya he comentado, de la fragmentación de la audiencia entre bloques separados por las masivas barandas y bordes estructurales, al conectarlos y unificarlos como cintas sinuosas que bajan y suben, recurso coherente con la intención unificadora a todo trance (también es así en la sala de París) pero estéticamente desafortunada, prima-hermana del empalagoso festival de cintas sobadas que es el Teatro de Ópera en Guangzhou, China, de Zaha Hadid.

24 Interior de la Sala Grande de la Elbphilarmonie.jpgInterior de la Sala Grande de la Elbphilarmonie

25 El Escenario de la Elbphilarmonie.jpg

24a La tranquilidad de la Sala de 550 puestos de la Elbphilarmonie..png“Silencio psicológico” en  la Sala Pequeña de la  Elbphilarmonie.

Y lo sobado se continúa en el plafón superior, el cual ya hemos dicho que se cubrió de cerámicas especiales. Su curvatura busca el centro del espacio, donde se pierde en torno a una especie de agujero negro, del cual emerge algo como una gran corneta tapada con un extraño plato abombado que hace el papel de araña central, un guiño al siglo diecinueve.

23 La cerámica en el plafón central de la Elbphilarmonie.jpg

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Y aterrizamos en esta tierra castigada por un orden político falaz que nos ha sumido en una situación de casi desespero, para preguntarnos qué puede decirnos la Elbphilarmonie. Qué nos dicen estos edificios que muestran sus pieles high-tech como las vedettes en la alfombra roja muestran sus vestidos haute couture.

En primer lugar, pese a todas las distancias económicas y técnicas, excitará la imitación, (tendencia evidente en los premios del Concurso venezolano que mencioné). Porque los países donde se hacen las cosas son necesariamente los imitados; la noción de centralidad vs. periferia es real: existen países centrales que irradian hacia las periferias sus experiencias (su cultura, según Kant) y lógicamente, desde las periferias se los imitará. Una cuestión característica de la arquitectura, o podría decirse del arte en general, salvándose de ello parcialmente, porque el idioma regula, la literatura.

Sabemos que nuestra profesión está constantemente influida por las imágenes en boga. En las escuelas de arquitectura tomar de la arquitectura internacional los modelos a seguir es siempre oscuro objeto del deseo. A muchos profesores los asalta una ansiedad de actualización que les resta discernimiento y atención hacia los valores propios. Los estudiantes por su parte se sentirán impulsados a hacer que sus propuestas se parezcan a la maravilla de Hamburgo. Así ocurre siempre en toda escuela de arquitectura, y así ocurrirá también en las de países como el nuestro.

Pero dejemos claro que en las periferias puede prosperar un relanzamiento de lo que se imita. He mencionado muchas veces lo que sobre ese fenómeno escribió en Velásquez Ortega y Gasset. Y ocurrió precisamente con la arquitectura latinoamericana inmediata a la Segunda Guerra que para Europa cumplió un papel de referencia. Lo que se construía del lado nuestro se vio como una maduración que allá se había hecho esquiva. Nuestra Aula Magna es un ejemplo de ello. Si uno compara la solución de sus paneles acústicos transformados en las nubes de Alexander Calder-Villanueva, con los paneles convexos de la Berliner Philarmonie, demasiado pequeños, muy separados, se da cuenta que aquí se logró algo muy superior (ver ambas imágenes). Una superioridad sorpresiva, es verdad, pero que demuestra las posibilidades que se abren cuando un creador nuestro tiene espacio para actuar y desarrollar sus intuiciones, sus conocimientos.

26a Otro ángulo con los paneles acústicos de la Berliner Philarmonie.jpgLos plafones colgantes de la Berliner Philarmonie

27 Las Nubes de Calder-Villanueva en el Aula Magna de Caracas 2.jpgLas Nubes de Calder-Villanueva

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Al indagar sobre los arquitectos de la Elbphilarmonie, nos ocurre lo mismo que con todos los autores, sin excepción, de los edificios que en las últimas dos o tres décadas han llenado por su espectacularidad el espacio noticioso. Operan en un contexto que hace que sus puntos de vista, su modo de asumir la producción de arquitectura, sus perspectivas culturales, estén demasiado distantes como para que tengan algún interés duradero para nosotros, más allá de la curiosidad y el asombro, o el deseo de informarnos que todo despliegue de poder suscita. Su horizonte intelectual pareciera ser sobre todo el de su éxito personal, transformándolos en aprovechados empresarios de su talento que desdeñan lo que los distraiga de su ruta entre encargo y encargo para construir dentro de territorios conocidos, siempre asociados al dinero abundante. Están ensimismados en el edificio y sus prolongaciones inmediatas desinteresándose de ensanchar su comprensión del mundo. Ya olvidaron la búsqueda de universalidad que alimentó el impulso de apertura del Movimiento Moderno, del cual pese a todos los argumentos en contra, son descendientes directos. Son demasiado distintos de aquellos que consideramos nuestros maestros, que en una forma u otra según sus estilos personales nos mostraban un pensamiento que podía ser también nuestro. Sentíamos que nos hablaban a nosotros, no sólo a una clientela con sobrepeso económico, sino a jóvenes que querían hacer de la arquitectura herramienta de transformación o, al menos, instrumento para la ampliación de los derechos a una mejor calidad de vida realizable allí mismo en donde habíamos nacido, a grandes distancias de los centros de Poder, a pesar y por encima de las limitaciones. Pese a nuestra condición periférica pensamos, seguramente con ingenuidad, que éramos sus compañeros de ruta. Nos hablaron de una arquitectura para todas las circunstancias, no sólo las del privilegio y la abundancia de medios. Como plataforma para la vinculación entre lo diverso, no la de la auto-contemplación a la cual nos convocan estos edificios-vitrinas hijos del sobrevalorado efecto Guggenheim, que más que efecto es hoy recuerdo.

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Y el edificio mismo, esta inmensa Elbphilarmonie, es producto de unas condiciones económicas que en nuestra realidad actual son inalcanzables y nos obligan a guardar distancias para situarnos en terreno firme respecto a lo que podemos construir, quedando de nuestra parte además enraizar en nuestro espacio cultural, lleno de posibilidades extraordinarias como lo revela nuestra corta historia, un modo de ver y hacer arquitectura que supere las tentaciones de la simple imitación.

Quedará para nosotros entonces la corona de Hamburgo como un edificio más que podremos tal vez conocer de cerca, incluso disfrutar y admirar de él lo que de admirable tenga, pero que está muy lejos de tocarnos, de decirnos cosas útiles para nuestro trabajo inmediato, nuestro día a día. Estamos obligados sin embargo a examinarlo, casi podría decirse a diseccionarlo para, utilizando el símil de Pierre Boulez cuando hablaba de matar al padre (se refería a Schoemberg), sacarle lo que tenga en los bolsillos: utilizar lo que nos sirve, seguir nuestro camino llevando y asimilando lo que obtuvimos de su estudio. Actitud que en última instancia es la que siempre nos lleva a acercarnos inquisitivos a cualquier obra de prestaciones o dimensiones que nunca estarán a nuestro alcance.

No es evidentemente una obra que abre puertas, más bien las cierra, o debería cerrarlas. Pero aún así, por los recursos que consumió, por las técnicas que utilizó, por la perfección de los medios a su disposición, por la maestría de su ejecución, por su evidente monumentalidad que la hará reinar en el puerto de Hamburgo, será objeto de interés por muchos años, será desde luego orgullo de sus autores por encima de todas las reservas y las preguntas, algunas de las cuales he expresado en este texto. La arquitectura, el arte en general, tiene esa cualidad, queda intocado por las palabras que se dicen a favor o en contra, las resiste, las ignora en su permanencia obstinada en el tiempo. Si cuando entré muy joven por primera vez al Palais Garnier en París no hice sino despreciar arrogantemente todos los relumbrones del siglo diecinueve que en cierto modo detestaba y que aún me dejan frío, allí sigue incólume como es de esperarse, expresión construida de una visión de la arquitectura que ya murió, de un momento de la historia del poder económico y político universal. Tanto él, Garnier, la Elbphilarmonie y Herzog y DeMeuron ignorarán tranquila y justificadamente cualquier distancia crítica. Pero de todos modos digo lo que digo: no nos entusiasma, nos es extraña, no queremos (ni podemos) emularla, no habla con nosotros. Ni ella ni sus arquitectos entienden nuestro idioma, o nosotros el de ellos.

27a Maqueta del Palais Garnier en el Museo D'Orsay.jpgMaqueta de la Ópera de París-Palais Garnier- en el Museo D’Orsay

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A modo de apéndice y abusando de los lectores porque esto ha sido largo, dedico un espacio a dos de nuestros maestros: Le Corbusier y Luis Kahn.

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Aquellos que en el caso de Le Corbusier, Maestro indiscutible, atacado y denostado precisamente por serlo, ridiculizaban las fotos de la Obras Completas mostrando mujeres de India cargando cestas de ladrillos o baldes de concreto (como lo hacían los marxistas de mi Facultad) se les escapaba el verdadero sentido de estas imágenes: que no importaba la escasez, la falta de bienes tecnológicos, de capacidad industrial, de métodos de trabajo actualizados, de materiales, incluso la pobreza, si una sociedad se compromete con la arquitectura. En Chandigarh pudo construir Corbu obras que exhiben frescura y la capacidad de conmover de la Gran Arquitectura sin que sus imperfecciones disminuyan su valor intemporal. El béton brut, de sus obras iniciales en Francia no es un juego formalista de contrastes sino simplemente el resultado de las dificultades de mano de obra en la posguerra, cuando el concreto a la vista era novedad. Hizo de la rudeza de su acabado, de la irregularidad de las superficies, de su rusticidad, un valor estético que terminó siendo visto en Gran Bretaña, país con niveles industriales para el momento más evolucionados, como una búsqueda deliberada que llevó a la Crítica a inventar el término brutalismo y de allí desencadenar en todas partes imitaciones forzadas e insinceras. En lo personal, recuerdo con claridad durante una visita a La Tourette en Junio de 1962, mi sorpresa ante la precariedad de las láminas metálicas dobladas de los elementos movibles de los aireadores verticales cuyos defectos de fabricación hacían difícil cerrarlos herméticos y dejaban pasar el frío. Era consecuencia de las limitaciones presupuestarias de los curas dominicos y dejaron su huella en todas partes del edificio sin que por ello hayamos dejado de admirarlo. Su valor no estaba basado en el perfeccionismo o el refinamiento, convertido hoy en ídolo que mixtifica y altera nuestro capacidad de juicio.

28 Foto de la construción de Chandigarh aparecida en las Obras Completas de Le Corbusier.jpgFoto de la construcción de Chandigarh en las “Obras Completas” de Le Corbusier

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En Dacca, Bangladesh, y en Ahmedabad, India, otro Maestro, Luis Kahn, el último según muchos, nos instruyó sobre el correcto uso de materiales que pueden ser producidos por sociedades con escasos recursos, distantes de los niveles americanos o europeos, llegando a usar la poesía (el querer ser del ladrillo y muchas otras cosas) hasta desarrollar un lenguaje para la hibridación entre el concreto y el ladrillo que originó un universo de insólitas formas que aún suscitan admiración. Kahn se caracterizó, insistía en ello Augusto Komendant su ingeniero por muchos años, por ser un arquitecto del concreto armado, y recalcaba que eso era tanto más importante cuanto la materia prima del cemento es la piedra caliza, uno de los minerales más abundantes del planeta. Nunca utilizó acero sino como refuerzo o en los cables de las estructuras postensadas, postura que podía calificarse de ideológica pero que estaba más bien asociada a su visión de que la tecnología no se exhibe sino se confunde en la forma constructiva, atributo característico del concreto armado. Estaba consciente sin embargo de que se trataba de un material al alcance de cualquier sociedad, aún de las más pobres. Y construyó en Dacca, capital de un país donde reina la escasez como Bangladesh, la extraordinaria Asamblea Nacional, admirada y reconocida por sus nacionales como un verdadero símbolo que nos habla del arquitecto y la arquitectura como instrumento de elevación cultural.

29 Instituto de Gerencia en Ahmedabad-india de Luis Kahn.jpgInstituto de Gerencia en Ahmedabad-india de Luis Kahn

30 La Asamblea de Dacca, de Luis Kahn.jpgLa Asamblea de Bangladesh en Dacca, de Luis Kahn

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Y aparte de sus obras y proyectos, ambos maestros nos legaron un universo de ideas, desarrolladas en libros (Corbu), conferencias, o diálogos en el ámbito universitario con los estudiantes (Kahn), que nos estimularon y continúan haciéndolo. Universo rico, extenso, sugerente, nutrido del deseo de trasmitir conocimiento. Legados que están perfectamente a nuestro alcance, podríamos decir que nos pertenecen con el mismo derecho con el que le pertenecen a gentes de toda clase de procedencias, algo que se le escapa de modo terminante, tajante, drástico, a las obras y los discursos de toda la panoplia de estrellas de lo espectacular.

EN ADVIENTO, DEJARSE LLEVAR

Oscar Tenreiro

Semanas atrás, junto al mar, iban y venían cerca de nosotros esos pajaritos negros típicos de nuestra costa que llamamos tordos o torditos. Se posaban en la arena y saltaban buscando las migajas dejadas por quienes nos protegíamos del sol bajo esos toldos para parejas o familias que se han generalizado en todas las playas. No tienen ningún atractivo, tal vez por su color y porque no cantan.

Viéndolos sin mirarlos me dejé llevar tiempo atrás, hacia los torditos que se movían entre las ramas de los almendrones y el suelo arenoso del patio trasero de la modesta casa de bloques de cemento y techo de asbesto construida por mi padre frente al mar de Ocumare de la Costa donde pasábamos las vacaciones.

Como la casa y los muros laterales actuaban de barrera para la brisa marina, a veces un poco fuerte, el calor allí era pesado. Poco se sentía el ruido de las olas, o apenas llegaba, así que reinaba un silencio sólo interrumpido por el gorjeo ocasional de los tordos y su deambular entre los dos o tres almendrones y un par de cocoteros que había hecho sembrar mi padre. El patio descendía desde la casa hacia el muro trasero y su portón, más allá del cual comenzaba El Playón, la llanura inundable (lo cual me consta porque la vi una vez desde la ventana del cuarto de mi padre convertida en laguna) que se extendía en dirección a las montañas, cruzado por la carretera, hecha sobre un terraplén. Era un espacio saneado en los años anteriores durante las campañas contra la malaria, el suelo hasta donde alcanzaba la vista en dirección a las montañas era de barro cuarteado por el sol, cubierto aquí y allá de verdolaga, planta rastrera típica de nuestras costas. Y como ya he dicho que la brisa marina apenas se sentía, me parecía que vivir allí con tanto calor y aridez tendría que ser muy incómodo, opinión que no impidió que en los años siguientes se fuese llenando de viviendas, algunas de las cuales se levantaban sobre columnas buscando la brisa. Pero en esos primeros tiempos cuando la casa nuestra estaba recién construida, la llanura se extendía desértica y pelada hasta más allá de la carretera, y debíamos cruzarla cuando queríamos ir hacia las zonas arboladas que comenzaban a subir hacia las montañas, con la idea de cazar alguna palomita de monte (que nunca apareció) utilizando nuestras chinas.

 

Y decía que en ese patio trasero de aquella casa que recuerdo encariñado pese a sus muchos defectos y carencias, reinaba el calor y un silencio apenas cruzado por el leve rumor de las olas…y la agitación de los torditos.

¿Eran acaso estos pajaritos negros que saltaban en la arena ahora, cincuenta años después, los mismos de entonces? Porque me pareció súbitamente que contemplaba unos seres vivos inmutables, en cierto modo eternos, mientras yo había envejecido, cambiado de apariencia, me había transformado en otro. Y si sabía (¡oh filosofía) que no eran los mismos, que no podían ser los mismos, era problemático para cualquiera, pensé, demostrarlo en términos precisos e irrefutables. Un tordito es igual a otro tordito, a otro y a otro… y si en un futuro lejano alguien tuviera a la mano los despojos de los de mi infancia junto a los que contemplaba, se requeriría de complicadas pruebas científicas demostrar que habían vivido con medio siglo de diferencia.

El dejarme llevar ponía pues ante mí inesperadamente, tal como a veces se nos presentan ciertas verdades, el tema de la inmutabilidad de lo natural frente a lo transitorio de la vida humana. Nuestra singularidad frente a lo que pudiéramos llamar anonimato. La ensoñación de ese instante me llevaba a pensar en el alma, en la necesidad de su trascendencia. Mi capacidad de pensar y ver más allá de lo aparente, de trasladarme a lo largo del tiempo vivido, el don de imaginar, de anticipar, de esperar con o sin paciencia, de ser lo que soy frente a lo que me rodea, contrastado con la estabilidad muda e inescrutable, cerrada sobre sí misma, irremediablemente.

Tordito

Tordito

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El nacionalismo, denunciado como fuente de muchos males entre los cuales terribles guerras globales, va recobrando fuerza. Se retoma el empeño en señalar las diferencias entre grupos humanos, culturas, naciones, tradiciones, para separar, para levantar barreras. Y en las que llamamos sociedades avanzadas florece la idea, cada vez con mayor audiencia, de cerrarse sobre sí mismas, dejando fuera, rechazándola incluso, toda idea de hermandad que pase por alto las diferencias físicas, que vaya más allá de lo conocido, familiar, lo compartido en lenguaje, hábitos, rutinas, sensibilidades, modos de ver las cosas, de entretenerse, coincidencias sobre gustos o inclinaciones. La solidaridad que echa raíces en territorios del alma, uno de los más importantes fundamentos de la Buena Nueva del cristianismo original, se ha reducido hoy en las sociedades que se presentan como herederas de esa tradición a reclamo publicitario a cargo de oenengés que tratan de llamar la atención sobre los terribles dramas desencadenados por hambrunas, tragedias naturales, la extrema pobreza, y sobre todo guerras fratricidas. Muchas de ellas, es lo paradójico, de origen religioso, porque viene prosperando en el entendimiento de millones de seres humanos el deseo de aniquilar al otro en nombre de Dios, del Dios mío diferente del tuyo, intolerante, atizador de odios.

La derrota, el aniquilamiento de los infieles se hace tarea, dándole la razón a quien piensa, como lo pensaba por ejemplo José Saramago, que las guerras, los odios entre quienes están llamados a reconocerse como hermanos, pueden atribuirse al efecto Dios, el impulso por imponer por la fuerza y hasta las últimas consecuencias una idea de Dios que excluye y agrede a quien no la comparte, buscando su aniquilación.

Arrastrados por esa marea donde confluyen razones políticas, estructuras ideológicas fundadas en la arrogancia, intimidados por las diferencias y con legítimo temor de las agresiones cada vez más arteras del terrorismo y la expansión armada del odio religioso, sectores que se autodenominan cristianos regresan a momentos históricos oscuros y dejan en segundo término el mandato de amar al prójimo como a ti mismo viéndolo como una claudicación inaceptable ante la agresión del extranjero. Enarbolan su idea del mensaje evangélico como si se tratase de un escudo protector que exime de todo esfuerzo por entender la complejidad humana, de situarse ante ella con la mirada comprensiva y receptora que se exalta, tal vez sin entender del todo las obligaciones que conlleva, en estos tiempos navideños. Sin darse cuenta que la Fe, cualquier tipo de Fe, invita a correr riesgos, entre ellos entender a quien te agrede.

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Recuerdo una conversación de hace más de veinte años con el Padre Anselmo José Cerró a quien he mencionado en estas cosas que escribo, con quien me unió la amistad y otras historias comunes, en la que me hizo notar que en el seno de la Iglesia clerical se hablaba mucho, ante la evidente pérdida de repercusión de los valores cristianos, sobre la necesidad de una nueva evangelización. De desplegar a lo largo y ancho de la llamada cristiandad universal un esfuerzo de renovación de las noticias (de la Buena Nueva) que para la humanidad derivan, surgen, germinan, desde el mensaje evangélico. Oí yo su reflexión sin elaborar nada, sin comentar, casi sin pensar, pero me sorprende extraordinariamente que sus palabras se me hayan quedado grabadas como si las hubiera pronunciado ayer.

Y lo digo así porque precisamente en estos tiempos navideños se hace agudo el contraste entre el discurso de Paz, Amor y Solidaridad que acompaña las celebraciones, con las realidades que nos circundan. Son evidentes las contradicciones entre el llamado tradicional hacia una elevación moral que en estas fechas se hace en todas las sociedades del planeta vinculadas a las tradiciones cristianas, y la cara visible, el cuadro completo, que esas sociedades ofrecen a cualquier observador formado en otras tradiciones como las que han conformado la historia asiática o la del oriente cercano, donde el Evangelio no logró expandirse, desde la cual se mira al occidente cristiano con recelo y donde aún existe la persecución religiosa.

Como la ejercida por el Califato Islámico, que agrupa y motiva la agresión armada y el fanatismo terrorista. Y suma voluntades para esa lucha entre gente joven que asume su entrega religiosa aceptando el terrorismo suicida como una forma suprema de martirio que abre las puertas del Paraíso eterno. En definitiva una cuestión de Fe. Fanática, pero Fe al fin que le da sentido a su sinsentido. Una situación que hace muy posible que el joven dispuesto a entregar su vida y llevarse con él la del enemigo, (joven que ha habitado o es ciudadano de la misma sociedad que aspira aniquilar, como ha ocurrido en muchos casos), se haya interesado en distintos momentos de su vida por observar las realidades que se ocultan detrás de la cara visible de las naciones que se autodenominan cristianas. Para situarse mejor ante ellas e identificar los rasgos que la hacen aborrecible y enemiga de su Dios

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Si ese observador buscara orientación en lo que se expresa de modo más inmediato, más superficialmente, a través de la red de información que los medios informáticos han extendido por todas partes, no podría sino asombrarse ante la profusión de mensajes contradictorios. Y estará obligado a hacer un esfuerzo intelectual para entender que en las sociedades modernas la evolución de los derechos democráticos hace de la algarabía de diversísimas voces, del entrecruce de puntos de vista que con frecuencia buscan anularse entre sí, algo parecido a un requisito, una condición necesaria para garantizar una libertad de expresión sin duda enraizada en la noción cristiana del valor esencial de la persona humana.

Pero si eso podría comprenderlo, mas difícil le resultaría, por ejemplo, justificar la enorme y avasalladora presencia, la más notoria en las redes de la información, de la industria del entretenimiento. Que reina en la sensibilidad de miles de millones de seres humanos, y se caracteriza en sus rasgos más aparentes por el culto a la vanidad, la búsqueda del éxito como aceptación mayoritaria, rasgos inducidos y estimulados por la codicia de los enormes capitales que le dan sustento, junto a la invitación constante, aparente o no, a crear paraísos artificiales con uso de sustancias cuyo tráfico se ha convertido en una de las actividades más importantes de la economía mundial. Y como escenario de fondo verá como se destaca la guerra publicitaria a favor de todas las posibilidades de consumir, de hacer que se multiplique el sacrosanto imperio de la transacción comercial. Guerra que ha hecho explosión gracias al artefacto que permite hacer del mensaje publicitario un asunto personal, el teléfono inteligente, segundo cerebro para miles de millones de seres humanos: los mensajes que llegan a través de él constituyen las nuevas escrituras, y Facebook parece el libro sagrado de los nuevos tiempos.

Nuestro observador muy probablemente, si es muy joven, si además desea ser fiel a sus convicciones, será poseído por el estupor, y si aspira a la pureza y la entrega total, si está formado con fidelidad a concepciones religiosas incompatibles con la confusión que observa sin poder discernir mejor, optará por un rechazo que puede fácilmente transformarse en indignación. ¿No es ese el trayecto que ha llevado a muchos jóvenes musulmanes hacia la radicalización criminal en nombre de una Fe que defiende?

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Poco ayudará a ese hipotético observador la rutina interpretativa o el pretendido desentrañamiento de los textos bíblicos mediante discursos repetitivos muchas veces abusivos y descaminados, propia del ámbito clerical. Cuya literalidad y excesiva certidumbre, cuya sorprendente pasividad frente a las contradicciones del medio en el cual prosperan, ajena a los misterios que todos deseamos desentrañar, se sobrecarga de deberes y correcciones, oscureciendo sus valores más permanentes. Y sobre todo muy alejada de la idea de hermandad y apertura hacia el distinto, uno de los aspectos esenciales de la Buena Nueva, que en sus orígenes, en medio de la enorme diversidad étnica del Imperio Romano, arraigó en las conciencias como una forma de entendimiento universal. Aspecto éste, el de acoger lo ajeno sin reservas en nombre del Amor Superior, que parecen haber olvidado los grupos religiosos que en todo el orbe de la llamada cristiandad, de esa que precisamente señalaba el Padre Anselmo como posible sujeto de una nueva evangelización, cultivan el discurso de la exclusión.

Son los mismos, con vestiduras de otros colores y argumentos adaptados a condiciones específicas, que apoyaron el desatino de entregarle la dirección de la más importante democracia del planeta a un ignorante que rebosa arrogancia. ¿Cómo justificarlo si no es en la confusión, en la incoherencia, en definitiva en la incapacidad de toda una sociedad para ser digna del papel que ocupa en el mundo? ¿No es esta una razón para calificar de hipocresía la audacia de algunos de sus dirigentes al llamarla cristiana?

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Pero se me ocurre ayudado por la libertad que me da el escribir desde una cierta intimidad, proponerle algo positivo, un modo de resolver sus dudas a ese hipotético observador, una respuesta a sus inquietudes, para acercarlo a la Paz que se recuerda en estos días. Y le propondría que más que poner atención al discurso clerical o a la reiteración a ratos obsesiva de la letra bíblica en el seno de las múltiples iglesias, explore ese río caudaloso que ha sido, a partir del nacimiento en Belén y motivado por lo que desde allí se difundió en el alma humana, el discurrir del pensamiento a lo largo de los siglos. El Pensamiento Humano, como decía Teilhard de Chardin, va a través de los tiempos en continua ascensión hacia la búsqueda de la Verdad. Es lo que en la Iglesia Católica se llama la Tradición, pero que desde una perspectiva personal  trato de llevarla más allá de los límites de la ortodoxia, hacia las múltiples direcciones del inmenso espacio cultural desplegado a partir de la nueva libertad entregada a la humanidad desde el momento en el que se habló de la Paz a los Hombres de Buena Voluntad.

En él están incluidas y a la mano de quien indaga, las respuestas a preguntas disparadas por la confusión actual. Dejó allí su huella la palabra, el Verbo, induciendo modos de actuar, impulsando un filosofar clarificador que va sumando aportes al mejor entendimiento. Allí están las enseñanzas dejadas por las luchas a veces crueles y ciegas producto del deseo de reformas, del empeño de la humanidad por liberarse de los persistentes yugos que conspiran contra la Paz. Incluso aquellas que terminaron en dolorosos cismas, como fuente inagotable de enseñanzas que pueden contribuir al señalamiento de lo esencial y permanente.

Descubrirá entre otras cosas, que es sólo en tiempos recientes cuando se entiende plenamente el sentido de la frase evangélica…a Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César, raíz primera de uno de los más importantes logros de la democracia moderna: la separación entre Iglesia y Estado, el rechazo al Estado Confesional. Para ello fue necesario superar prejuicios, privilegios y tradiciones que durante siglos se erigieron en obstáculos que impedían señalar las distorsiones inducidas por la integración forzada entre lo institucional religioso y lo institucional público. Distorsiones que irremediablemente erosionan los derechos individuales y atentan contra lo que más recientemente se ha llamado la dignidad de la persona humana, por hacerla vulnerable a presiones surgidas desde las estructuras del poder político que tocan zonas profundas del alma. Como las que precisamente sufre nuestro observador, y millones como él, una de cuyas finalidades, en contextos como el de los conflictos actuales en el Medio Oriente, es transformarlo en arma de guerra. O afiliarlo al desatino terrorista.

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Juego con esa hipotética conversación a partir de mi experiencia personal.

Porque el ejercicio de hurgar en esa dirección, incluyendo no sólo lo que me dicen personas excepcionales, autores y artistas a través de lecturas u obras, sino la mucha más modesta pero significativa presencia de quienes me dieron vida y afecto y están en mi recuerdo ayudándome a conocer lo que soy, sumados a los interlocutores cómodos e incómodos que han poblado mi acontecer personal, me ha sido muy útil para encontrar respuesta, aún sólo parcial, a inquietudes personales que han puesto en duda seguridades de tiempos anteriores. Me ha ayudado dejarme llevar por la confianza en quienes me antecedieron, testimonios de una autoridad de la cual carezco para pasar por alto las dudas inspiradas en una búsqueda de razón en lo que la razón no abarca.

Búsqueda que me ha mostrado la importancia de lo que en todas las religiones se llama contemplación, práctica que se me hacía casi imposible de entender en los años juveniles, cuando oía decir que algunas de las más importantes órdenes religiosas de la antigüedad la adoptaba como asunto central. Cuando se es joven, en efecto, la actividad, la búsqueda intensa de la posibilidad de hacer, se nos presenta como lo más valioso e impostergable, y uno duda mucho en apreciar la intención de remontarse hacia niveles superiores del entendimiento desde la reflexión dirigida hacia sí mismo o la observación atenta a lo que ocurre alrededor. Desprecia o desdeña todo lo que implique dejar en segundo plano la actividad. La juventud nos invita a ser activistas de múltiples causas, arrastrándonos sin resistencia por los trajines desordenados y vanidosos propios de la civilización actual, alejada ya de modo radical, lo hemos dicho ya bastante, de sus raíces cristianas.

Y la mayor edad me permite entonces entregarme a momentos de contemplación, entendida ésta en su sentido más amplio, como práctica que no sólo surge de los límites de lo estrictamente religioso sino fundada en la capacidad de dejarse llevar por el pensamiento a partir de las lecturas que voy repasando y me entregan frases, reflexiones, me indican cosas que me permiten deambular por la memoria y estimular mi pensar, junto a la observación ocasional de los objetos con los cuales nos hemos rodeado, de arte algunos, otros simples señales de momentos vividos, que alguna mañana (porque es en las mañanas cuando contemplo) adquieren repentinamente la capacidad de decir un par de cosas. Incluyo los retratos de seres queridos, en pose frente al fotógrafo, con sus ojos fijos en el lente y desde allí a los nuestros, cuando los vemos, y a veces los veo. Y de vez en cuando, en momentos favorables, disfruto la conversación con quien ha sido mi compañera de vida pese a todo y por sobre todo. Son buenos esos momentos mañaneros, no muy largos, asediados sin embargo por el día a día que exige atención, cumpliendo el papel de un pecado original.

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Y como he tenido la fortuna de construir aquí muy cerca, con lentitud y una escasez que limitaba drásticamente los medios disponibles, una casa para mis hijos que se suma al conjunto donde me refugio, he podido también dejarme llevar por la arquitectura. Estoy tranquilo con el resultado pese a los muchos pequeños errores y omisiones, así que la modesta experiencia me ha proporcionado alegría con su luz, sus muros, texturas, colores, perspectivas. Como aún está deshabitada me traslado hasta ella y me instalo aquí o allá, observando y contemplando para apreciar lo que me ofrece. Placer del arquitecto el de estar en paz con lo construido, hasta cierto punto una forma de contemplación.

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Al escribir estas cosas me pregunto si le estoy dando la razón a William Niño Araque, de cuyo fallecimiento se cumplieron seis años este pasado 18 de Diciembre, cuando me llamaba predicador. Y al recordar a William lamento una vez más su ausencia porque a pesar de todas nuestras evidentes distancias podía encontrar en él una valiosa correspondencia que echo de menos, tal vez debida a su constante disposición de ir hacia adelante para embarcarse en nuevos proyectos, actitud con la que nos hacía olvidar un poco el drama político que hemos vivido. Y también porque asumía el ejercicio de la crítica de arquitectura con autonomía intelectual, sin esa gravedad afectada, de apariencia neutral pero en definitiva ajena a los intereses reales de la arquitectura y los arquitectos, que tanto ha marcado el discurso de quienes han ejercido la crítica y pretendido hacer la historia de la arquitectura entre nosotros. Aparte de su mayor virtud, la de mantenerse a distancia de los fantasmas ideológicos que tanto daño han hecho para la formación de un recuento crítico abierto y desprejuiciado de las luchas, logros y los fracasos de los arquitectos venezolanos.

Y cuando hablo de fantasmas ideológicos se coloca en primer plano el empobrecimiento cultural que hemos sufrido a lo largo de los últimos dieciocho años de manipulación y distorsión en nombre de la ideología, tiempo de radical estancamiento de nuestro debate cultural incluyendo el arquitectónico y sumándole un empobrecimiento real económico y social de dimensiones inusitadas, sin precedentes en la historia reciente.

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Concluyo pensando en la sorpresa de saber que lo que expreso en estas líneas debo agradecerlo a los torditos de esa mañana playera hace unos meses. Me hicieron pensar y me llevaron a encadenar, con una dificultad que en algunos momentos me paralizó, puntos de vista, inquietudes y motivos difíciles, algunos de los cuales sé bien que se alejan de los propósitos iniciales de este blog pero que tengo fuertes deseos de comunicar. Se me ocurre que esa dificultad que me llevó muchas veces a enfrentarme al espacio de escritura de modo tan infructuoso como frustrante, tal vez me ayude a definir el curso que deberá seguir mi presencia aquí. Esa es una de las cosas que espero del año que comienza hoy.

LOCURA

Oscar Tenreiro

En estos días, con la muerte del Gran Cubano, se multiplican los comentarios y pareciera que cada analista político lucha por situarse ante lo que fue este monstruo, supuestamente el último de los de su clase, soberano de tantas conciencias, personaje insustituible en cualquier relato sobre los acontecimientos del siglo anterior. Y me siento llamado a sumar mi testimonio a la catarata ya disparada porque soy uno más entre las decenas o centenas de millones para quienes el escenario político es como un telón de fondo que determina, que influye, que nos llama y nos pregunta, pero en el cual no somos actores, y tampoco analistas. Y hemos vivido en los remolinos de la estela que por el mundo dejó ese monstruo, o cualquier otro, sin el propósito de hacer profesión de la política, distantes del empeño de delimitar campos ideológicos, de moverse al abrigo de una secta, viviendo la vida para tratar de hacer, tropezándonos con los baches, obstáculos u oportunidades que hay en el camino común. Aspirantes a vivir de lo que queremos o sabemos hacer. Como cualquier persona.

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Y lo primero que debo decir es que cuando la política me tocó de modo directo en mis tiempos iniciales de estudiante universitario era yo un adolescente que lo ignoraba todo acerca de ese mundo de controversias. Mis padres me habían legado una especie de lealtad hacia valores que indudablemente se enraizaban en la visión cristiana, algo que puedo decir hoy pero de lo cual en aquellos tiempos, como es de suponer, no tenía conciencia alguna. Valores no distintos de los que llenaban el espacio anímico de mis amigos, de mis compañeros, de las familias cercanas o lejanas; porque aunque de ello no nos demos cuenta, nuestro vivir colectivo es un vivir cristiano en el sentido cultural y en ciertos casos en el más profundo. Si me decido a usar el antipático lenguaje sociológico, diría que yo era un miembro joven de una familia típica de la clase media provinciana (vivíamos en Maracay cuando esa ciudad era sólo un pueblo semidormido) que compartía visiones del mundo con muchos otros miembros de mi edad, de esa misma clase media. Y como nos habíamos mudado a Caracas cuando estaba en la mitad de mis estudios de escuela secundaria, ya habíamos pasado a ser capitalinos integrados al acontecer caraqueño de la clase media venezolana en esos años, 1953 y siguientes.

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Cuando entré a estudiar arquitectura, en 1955, empezó la política a asomar su cara: vivíamos una dictadura y ocurrían cosas que funcionaban como manchas en un panorama de aparente normalidad. Se filtró primero como una incomodidad, la sensación de no estar de acuerdo, primero muy sutilmente a través de alguna conversación, luego más intensamente. Creo que es un rasgo de carácter, eso de expresar el desacuerdo, heredado de mi madre, quien era crítica e irreductible a su manera sonriente (maneras que por cierto no tengo), que me llevó a apreciar que había algo podrido en mi dinamarca. Me llevaba a protestar los atropellos, a rechazar la arbitrariedad, a no aceptar la autoridad impuesta por la fuerza. Y me sumé sin pensarlo demasiado a una resistencia sin ideología, a una disidencia adolescente, casi ingenua, de la cual ya he dado cuenta en otros escritos. Que llamaría escuetamente moral porque nada tuvo que ver con la inundación de lemas marxistas-populistas que habría de venir en los tiempos inmediatos. Era en suma una apuesta juvenil a favor de una idea de democracia que se identificaba inconscientemente con búsquedas anteriores de nuestra historia venezolana (una historia de búsqueda de los derechos humanos), actitud que es familia lejana de la que hoy en día lleva a los jóvenes ucranianos a quererse europeos para separarse del ruso.

Nada tuve que ver pues con esa simpleza que corren por allí los marxistas arrepentidos según la cual es imposible ser joven sin ser marxista; o adulto sin rechazar ese pecado. No, no fue mi caso ni el de mucha gente que conozco y que podrían decirlo así como yo lo digo: me interesé por buscar la democracia desde un origen ético alejado de las convenciones ideológicas mayoritarias. Y no fui el único, éramos muchos los que transitábamos esa vía.

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En medio de las tantas incidencias que rodearían la experiencia venezolana antidictatorial, a partir de Enero del 58 cuando despegó de la Carlota el avión del Dictador, en las cuales nos vimos envueltos directa o indirectamente, empezó a verse con más claridad lo que iba pasando en Cuba.

Se sintonizaban por ejemplo las transmisiones de la Radio Rebelde que emitía desde la Sierra Maestra. Seguíamos las noticias del avance de la guerrilla que se nos aparecía como un indispensable ataque a las estructuras del Poder dictatorial cubano que asociábamos, llevados por una solidaridad juvenil que no hacía diferencias, con la resistencia venezolana que habíamos apoyado y en la cual habíamos participado levemente. En algún momento del primer trimestre de 1958 estuve en la campaña Un Millón de Bolívares para la Sierra Maestra vendiendo bonos de un bolívar, unos papelitos amarillos agrupados en una libreta de cien unidades, en el semáforo de Chacaíto en la Ave. Miranda, millón que se consiguió muy rápidamente. Y apoyaba sin reservas el deseo mayoritario de ver a Cuba libre de Batista a manos de los guerrilleros montañeses, tal como tanta gente en todo el mundo latinoamericano. Y hasta en el norteamericano como podía leerse en la entrevista que Herbert Mathews (la cual mencionó Simón Alberto Consalvi en un texto que ha circulado estos días por Internet) le hizo a Fidel Castro para el New York Times, publicada en El Nacional. Para muchísimos como yo no era el comunismo lo que acechaba desde la guerrilla de la Sierra, era una liberación, una lucha dura para abrir un país que veíamos como entrañable (¡así cambian los tiempos y los modos de ver!) hacia un horizonte de libertad. Algo que desde la perspectiva de hoy es imposible siquiera imaginarlo.

Y así fuimos viendo desde aquí, al compás de los muy variados y peculiares accidentes del proceso venezolano de renacimiento democrático, que en Cuba iba apagándose la resistencia del poder dictatorial ante la revuelta armada que avanzaba. Me impresionaban mucho en lo personal, lo encontraba terrible, difícil, injustamente cruel, lo de las ejecuciones a manos de la resistencia armada de supuestos colaboradores del Régimen de Batista cuyos cadáveres, según las noticias de nuestros diarios, eran dejados en las calles de La Habana o en algún carro abandonado llevando colgado al cuello el letrero de chivato; así como nos impresionarían negativamente hasta plantearnos preguntas sin respuesta las ejecuciones sumarias ocurridas en masa en los días posteriores al primero de Enero de 1959 (ejecuciones que por cierto, como Internet me ha permitido saber, incluyeron el apellido Tenreiro, que existe en Cuba y es del mismo origen que el mío).

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Empezó muy poco tiempo después del triunfo de la Revolución el desfile de venezolanos a Cuba, desfile que incluyó a unos cuantos conocidos que venían de allá inflamados de fervor por lo que consideraban una luminosa epopeya que por supuesto debía re-editarse aquí, dejando atrás los melindres democráticos. Peso muerto para ellos, movidos como estaban por el impulso de los conversos, pero no para quienes como yo, buena parte de mis compañeros y muchos más de los que cumplieron la tarea, generalmente testimonial y distante del activismo, de oponerse a la ventisca revolucionaria. Gentes, lo repito, no necesariamente alineadas con posiciones políticas excluyentes o sectarias pero genuinamente convencidas de la importancia de la apertura hacia la democracia que tantas generaciones nuestras han perseguido. Convicción que configuró un fundamento construido en ideas y acción, sobre todo en el mundo universitario, que serviría de obstáculo a las intenciones de llevar a la sociedad venezolana hacia una especie de repetición del salto al vacío que en ese momento ya se perfilaba como la definición de la Revolución Cubana.

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Y repentinamente me llegó el momento de ser yo el que desfilase. Había en La Habana, comenzando el primer día de Mayo de 1960, uno de esos encuentros de juventudes que se hicieron característicos de la propaganda soviética y se repetían en la nueva política cubana. Se disponía de un avión completo, un Superconstellation de la Línea Aeropostal Venezolana no sé pagado por quien, para los delegados venezolanos, mayoritariamente miembros de las juventudes comunistas o de partidos alineados con la Revolución (el MIR, sectores de la juventud adeca, miembros de la izquierda de URD). Me correspondía un lugar como ex-presidente del Centro de Estudiantes de Arquitectura, además del que tenía Rafael Iribarren, en ese momento el Presidente. También estaba Régulo Arias, de Copei (tempranamente fallecido). Éramos, me lo parece hoy, tres ovejas negras dentro de un grupo rojo-rojito.

Nos recibieron en el aeropuerto y nos llevaron a los alojamientos, que en el caso de los delegados de mayor rango era el Havana Hilton llamado ahora Habana Libre y en nuestro caso de estudiantes un edificio confiscado a algún batistero, recién terminado pero sin tabiquería, de modo de que cada planta funcionaba como un dormitorio común con sanitarios en los extremos. Y si mal no recuerdo llegamos el mismo día primero, a tiempo para trasladarnos hasta la Plaza de la Revolución donde se celebraría una concentración atenta al inevitable discurso kilométrico del Comandante Supremo que ya había inaugurado su ciclo vital de peroratas justificadoras de sí mismo y sus impulsos.

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Desde ese momento empezó a despertarse en mí un rechazo a todos los rituales revolucionarios y al naciente culto al Cubano Mayor. La escena de la Plaza de la Revolución esa tarde era impresionante. Desde las distintas calles y Avenidas que desembocan en ella venían en grupos no muy grandes los milicianos formados en hileras con pendones de distintos tamaños, cantando adelante cubano que Cuba premiará vuestro heroísmo…una y otra vez, una y otra vez… melodía que aún recuerdo, pegajosa e insistente, que oíamos claramente, aún en el caso de los grupos más lejanos que avanzaban hacia la Plaza, desde la tribuna principal donde fuimos acomodados apenas a unos cuantos metros de donde ya estaba instalado el Supremo Comandante y la plana mayor. Creo que si lo hubiera querido habría podido avanzar hasta el sitio donde hablaría el Gran Conductor y confundirme con él a la manera del Zelig de Woody Allen, posibilidad que recalcaba un desenfado respecto a la seguridad en esos tiempos tempranos que tenía mucho de atractivo, de especial en el sentido de lo inédito, de lo singular, aspectos que sedujeron a muchos europeos y norteamericanos en los años que iban a seguir.

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Se decía alrededor nuestro que en la enorme plaza había un millón de personas. Seguramente era verdad. No he vuelto a ver en mi vida otra congregación de personas de ese tamaño. Tomé unas fotos que se me han ido perdiendo dejándome un par que mostraré cuando la consiga entre mis desordenados archivos. Cuando en un momento dado el Supremo comenzó su discurso, me encontraba sumergido en cavilaciones mezcladas con el repaso visual de todo lo que nos rodeaba. Cavilaciones dirigidas hacia mí mismo, ya en ese momento tocado por un fervor religioso muy fuerte, nacido en los meses anteriores, en los años ya pasados en la vida universitaria y en la persecución de proyectos de vida afectivos, personales, íntimos podría decir, que me separaban radicalmente de lo que veía, me situaban en una especie de limbo que congelaba un poco mis pensamientos y que hoy trato de reconstruir. Todo aquello no era conmigo, no podía ser conmigo ni con las gentes de mi afecto que evocaba. Marcaba distancia, en cierto modo sentía, lo digo hoy tal vez haciendo un poco de literatura, que era un escenario de locura del cual no podría surgir sino locura.

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Lo que quería hacer a lo largo de ese viaje estaba en una parte ajena a esa celebración que comenzaba a construir el altar para adorar al Máximo Jefe durante cinco décadas. Queríamos hacer contacto con algunos grupos de jóvenes católicos que ya se encontraban en la mira de los cuerpos represivos cubanos porque habían participado en una manifestación (cercada en sus inicios por la policía, reprimida duramente, la primera protesta contra la confiscación de la revolución por el comunismo) contra Anastas Mikoyan, Viceprimer Ministro de la Unión Soviética, uno de los responsables de la represión a la revuelta húngara de Octubre de 1956, quien en el mes de Febrero anterior (la manifestación fue el 5 de ese mes) había visitado La Habana.

Se trataba de jóvenes universitarios (de la Universidad de La Habana y la Católica) con quienes conectamos con la naturalidad facilitada por la edad y quienes se convirtieron en nuestros acompañantes e interlocutores durante esos cuatro o cinco días. Retengo el nombre de algunos de ellos: Joaquín Pérez Rodríguez quien después emigraría a Venezuela, José Ignacio Rodríguez Lombillo, a quien por una de esas raras casualidades había conocido en un hotel de Moscú un año atrás durante un memorable viaje y hoy me han dicho que vive en Brasil, y Antonio García-Crews quien entiendo que después sufrió cárcel durante largos años y ejerce hoy su profesión de abogado en Miami (traté de contactarlo personalmente sin éxito hace muy poco). Nos atrajo su disposición abierta, su entusiasmo, un optimismo que habría de ser derrotado por el proceso perverso que agobiaría la sociedad donde se formaron. Y compartíamos, eso era lo más importante, desde nuestra circunstancia venezolana, su empeño de convertir en objetivo a lograr en la evolución política de nuestro momento histórico, el desarrollo y afirmación en la práctica política de un concepto que durante gran parte del siglo veinte intentó establecer sin éxito, vencida por realidades que superan los confines de la ideología, la militancia de inspiración cristiana: que había una tercera vía para superar la polarización entre capitalismo y comunismo, la de un humanismo (término que circuló mucho en los grupos cristianos de esos años) de raíz cristiana, respetuoso de la persona humana (Maritain) que permitiría escapar del materialismo marxista análogo al de la fría opresión económica del capital. Pensaban ellos, lo pensábamos nosotros por igual, que esa concepción podía oponerse a la del comunismo dogmático y totalitario que habría de apoderarse del país donde habían nacido, desencadenando una de las más terribles tragedias sociales del mundo contemporáneo, cuyas consecuencias están todavía por estudiarse.

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Nos vimos varias veces con nuestros amigos habaneros. Una vez fuimos a cenar lechón asado al San Pedro Bar, un lugar en las afueras de la Habana, reunión de la cual guardo una imagen que aquí reproduzco mientras encuentro la de la manifestación de la Plaza. Nos quedábamos tarde en la noche intercambiando anécdotas y buscando conocer lo que venía ocurriendo en Cuba, a veces todos juntos en el carro de uno de ellos (todavía en la Cuba de entonces había comercio libre) conscientes, ellos nos lo hacían notar, de que nos vigilaban de cerca los del G2 que ya comenzaba a ganar protagonismo. Nos contaron infinidad de cosas que se me han borrado por influjo del tiempo transcurrido, gracias al viento huracanado que son los cambios que comienzan a los veinte años y por supuesto arropadas por el manto grueso, oscuro e impenetrable que cubrió desde entonces a una nación que tiene mucho más que ofrecer que la simple, penosa y endurecida imagen que le otorga el estar poseída, avasallada, anonadada por la sombra de un falso profeta y sus cohortes. Mucho más que ofrecer que lo que es hoy seis décadas después, sociedad semidormida, que ostenta ante el mundo un nivel educativo que sólo sirve para ostentarlo ante el mundo porque puertas adentro hay muy poco que hacer aparte de ser burócrata inmóvil y persistente. Mendicante del imperio soviético cuando era imperio y de los dólares petroleros vía una Venezuela secuestrada por un charlatán con grandes cualidades de imitador del Gran Clown de barba y uniforme militar.

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Para llegar hasta allí, para edificar ese monumento a la manipulación política a manos de una Revolución cuyo verdadero logro es el cuidadoso, refinado, eficiente y distintivo sistema represivo que ahoga toda disidencia, que controla cada iniciativa desde sus redes extendidas verticalmente por todos los niveles sociales, modelo patético para todo Régimen que aspire a ser totalitario como lo ha sido la opereta mediocre montada en Venezuela; para llegar a ello, repito, fue necesario convertir al personaje de barba rala y aparatosa oratoria, centro de atención esa tarde en La Habana, en gestor implacable de vidas y destinos, como ocurrió en el caso de aquellos muchachos con quienes compartí esperanzas y expectativas. Pero sobre todo en objeto selecto de culto para todo buen revolucionario gracias a su extraordinaria capacidad de darle nuevo rostro a los lugares comunes derivados de las aspiraciones de cambio social radical que impregnaron el siglo veinte y se prolongan hasta hoy. Culto del cual hacen ostentación también los líderes menores, coyunturales, que han echado algunas raíces en el mismo catecismo y cuya insuficiencia los obliga a cubrirse con la sombra del fetiche. Como es el caso de la señora Bachelet, quien tal vez afectada del mismo desapego que los chilenos muestran por todo aquello que no los afecta directamente, acumula respiración suficiente para lanzar al aire elogios vacíos que retratan su propio vacío, o el de López Obrador en Méjico que llega hasta fabricar el exabrupto de compararlo con Mandela, líder esencial que se ubicó en la Historia por ser exactamente el reverso de quien el mejicano quería elogiar con entusiasmo infantil e irreflexivo. Sin que dejemos de registrar a muchos otros, como ese personaje simulador e insincero que es Correa el ecuatoriano, de la misma estirpe de unos cuantos más que mejor no nombro, exponentes de esa curiosa obsesión latinoamericana por elogiar a Cuba y a su Gran Conductor, una muestra selecta de la hipocresía oportunista dirigida a la galería donde reina lo que otras veces he llamado la enfermedad del izquierdismo. Actitudes que revelan claramente el estado de inanidad en el que todavía se mueve la política de esta parte del hemisferio y explican el silencio de esas mismas dirigencias frente a los atropellos y violaciones que la democracia ha sufrido en nuestro país, llevándonos a la ruina y muy cerca de la anarquía.

(Y entre toda esa mezcla de palabras vacías y gestos de ocasión cabe la pregunta ¿Por qué allí el Rey de España? ¿Tan desencaminada está la monarquía de la Madre Patria?)

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Pero hablaba antes de que lo acontecido en la Plaza de la Revolución en ese entonces lejano se me asemejaba, sin yo lograr hacerlo consciente, a la locura. Veo ahora con más claridad que esa locura es hija directa de la locura personal que ha hecho presa de quien ignora o pasa por alto sus propias limitaciones y se decide a convertirlas en virtudes para hacer de rector supremo de un proceso social. De quien acepta y amplifica el rol de Máximo Conductor a la manera de antiguos emperadores, de monarcas absolutistas, sin detenerse un momento ante la evidencia (que los más primarios niveles de sabiduría permiten conocer) de que el error es una posibilidad cierta y a todos nos limita, que tenemos defectos, que podemos desorientarnos, que a veces la torpeza nos golpea, que el ánimo puede ser cambiante y en algunas cosas somos cortos, en otras largos.

¿Qué le concede a un ser humano el derecho de ignorar estas mínimas verdades y como consecuencia torcerle la vida a millones, apoderarse de un paisaje humano, hacerse dueño de voluntades, decir esto sí aquello no? Una sola cosa: la ausencia de Temor de Dios y su correlato, el desprecio a la Razón. Eso es locura. Nos lo dice la Historia.

Desde la izquierda José Ignacio Rodríguez Lombillo, Régulo Arias, un amigo cubano cuyo nombre no retuve, mi persona, Antonio García-Crews y Rafael Iribarren, luego de cenar lechón en el San Pedro Bar de La Habana el 3 de Mayo de 1960.

Desde la izquierda José Ignacio Rodríguez Lombillo, Régulo Arias, Antonio Crespo Oliveros, mi persona, Antonio García-Crews y Rafael Iribarren, luego de cenar lechón en el San Pedro Bar de La Habana el 3 de Mayo de 1960.

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