LA ESTUPIDEZ CATALANA

Oscar Tenreiro

Pido perdón con toda la sinceridad del mundo a mis amigos catalanes por lo del título. No sólo los aprecio especialmente sino que estoy convencido del papel cultural abrumadoramente positivo de Cataluña y de todo lo que ha ofrecido al mundo. No hay para mí duda alguna de que es mucho lo que la humanidad debe a esa región.

Pero es que no aguanto más lo que creo que es una absoluta estupidez: lo de la fulana independencia catalana. Sí, lo digo con todas sus letras: estupidez.

Que cómo es posible que gente tan inteligente, tan llena de virtudes, de tanto espesor, de tantos méritos, se sume a la estupidez, es un misterio, y vivimos entre misterios, pero la historia nos muestra también abrumadoramente, que ha habido a lo largo de los siglos momentos en los cuales la gente más ilustre, la más versada, la que mejores instrumentos tendría para afirmarse en la lucidez, ha hecho estupideces. Alemania puede saberlo bien.

Y a la estupidez de la bendita independencia tenemos que sumar ahora la de la izquierda radical catalana tomándose fotos con ese exponente de la máxima estupidez, dictador de los más torpes, personaje siniestro precisamente porque enarbola su imbecilidad sin pudor alguno, que es el actual presidente de Venezuela. Se suman pues las estupideces hasta un punto inaguantable. Ya no sólo tenemos a Trump, Le Pen y Farage, tenemos a toda la izquierda radical mostrando desvergonzadamente que su mérito fundamental es ser estúpidos. Que les aproveche, pero no hay que dejar de decirlo.

DIGRESIONES (7)

Oscar Tenreiro

A una persona que me dejó muchas cosas buenas con su ejemplo y sus mejores inclinaciones, hoy fallecida en las brumas de mi olvido, debo el haber descubierto a César Vallejo. También le debo haberme acercado a otro poeta que ha sido mi acompañante, Fernando Pessoa. Y siendo como soy una persona que no lee poesía, resulta bastante especial que esos dos poetas se hayan convertido en algo así como mis santos personales que se suman a otros que a veces nombro. Me conecto también con otros poetas a cuya obra me asomo pero no me llegan tan profundo como estos dos. Y hoy quiero hablar un poco de Vallejo porque me lo puso enfrente algún recuerdo o lectura que conectando aquí y allá me hizo regresar a un puñado de sus poemas.

Diré para empezar que nada me interesa su papel tardío de activista político, porque lo encuentro empapado de los equívocos que regó en las conciencias el comunismo que aún no había sido confrontado con su fracaso, sino el Vallejo que duda, que sufre, que está lejos de su patria injustamente (¡cuantos de los míos, cercanos y lejanos, están fuera también!), que no tiene dinero para sobrevivir junto a los castaños de París. El de la nostalgia, el que se pregunta tantas cosas y las trasmite desde las décadas a través de poemas que nos hacen darle un sentido especial a las palabras, al ritmo, a esa especie de campanada que son sus versos, que nos hablan de tantas cosas a la vez, encontradas, que tropiezan como en permanente contrapunto. Del amor por ejemplo pero a la vez del odio, de la solidaridad y de la indiferencia, de la nostalgia y del recuerdo emocionado, de toda la complejidad del ser humano; llegando hasta profundidades que las tesis filosóficas no alcanzan.

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César Vallejo, en París

Y cuando veo su foto, pensativo o dubitativo, fuertes sus facciones mestizas, su pelo engominado, me alegro mucho de no haberlo conocido porque eso me permite guardar la distancia que debemos a nuestros santos (una vez conocí a Neruda y no pude con su voz cascada y su arrogancia). Porque es verdad que esa foto congelada y mil veces reproducida me han permitido imaginarme frases, expresiones, censuras y aprobaciones con libertad que agradezco, sumergido en el sentido que le asigno a sus poemas. Porque eso tiene de singular el mundo poético: cada quien le otorga la dirección de su propia alma.

 

Esos poemas que nos tocan, que apuntan hacia las zonas más sensibles de nuestra intimidad tienen la virtud de echar a volar nuestro entendimiento por zonas un poco desconocidas de nosotros mismos, y lo desconocido siempre atrae, siempre renueva, aunque sea un poquito. Y como a veces en estas edades a uno le da por comunicarles cosas a los más jóvenes, resolví seleccionar unos cuantos para leérselos desde tan lejos, ellas en España, a dos de mis nietas y a su madre, mi hija, porque esas nietas parecieran interesarse en lo que de cuando en cuando me afano en trasmitirles. O al menos eso creo o su madre me lo hace creer (eso es lo hermoso de tener hembras porque los varones, así decía mi madre, cuando se casan ven hacia el lado de allá).

Y mientras espero el momento de leérselos, he querido dejar aquí la inquietud para que otros más a quienes aún Vallejo no les ha hablado, lo busquen para conversar con él. Porque sabemos que el autor revive, despierta, resurrecta, cuando un libro nos lo pone sobre la mesa.

Y trato mientras tanto de decir torpemente algo de lo que algunos de sus poemas me despiertan.

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Cuando me acuerdo de momentos infantiles, esos que nunca abandonan la memoria y que tal vez en estos años tardíos más se agolpan en los ratos libres, revivo por ejemplo a Edélfida García de quien me enamoré cuando tenía ocho años (porque los niños se enamoran, ya lo dirá una universidad americana y se regará por el mundo). Edélfida, curioso nombre que todavía me suena, era hija de panameños que vivían en la 5 de Julio en Maracay y su hermano, cuyo nombre olvidé, era también compañero de curso. Y ella reaparece cuando leo estos primeros versos(1): Qué estará haciendo a esta hora mi andina y dulce Rita / de junco y capulí…Y sé que no era andina, ya lo dije.

También se asoma la sensación especial que tuve en soledad, frente a una máquina de escribir hace ya mucho tiempo en una oficina anónima de esas de los campus americanos, cuando era profesor invitado en ese país tan yermo de calidez y sentido de lo verdaderamente humano (fuera de modas y usos aceptados) que es los Estados Unidos, enterrado en el midwest más provinciano y ausente de sentido solidario, mucho más que cualquier pueblito desasistido de nuestra geografía, y trataba de hablar por carta con mi mujer teniendo cerca un libro del poeta que había sacado de la Biblioteca (2): Esta tarde llueve, como nunca; y no / tengo ganas de vivir, corazón…

Y ya, no hace tiempo, sino ahora, viejo, siempre con sensación de incomprendido, tratando de buscarle sentido a lo vivido, agarrándome de lo que han sido mis creencias, mis herencias, el mundo que he recibido de los otros y de la vida, pensando como uno piensa siempre en estas partes del tiempo personal sobre aquello a lo que ha entregado el alma (3): Dios mío estoy llorando el ser que vivo; / me pesa haber tomado de tu pan;…

Y como me ha dado por escribir, lo cual agradezco porque no sé donde volcaría las energías que como tantos de los de mi profesión en este contexto retrógrado en el que estamos, será muy difícil que exprese aún en edificios, me encuentro muchas veces ante la realidad de todo aquel que quiere decir algo y se enfrenta a un estado de ánimo, a unas limitaciones, a la amenaza de la aridez (4): Quiero escribir pero me sale espuma, / Quiero decir muchísimo y me atollo;…

Y concluyo transcribiendo íntegro uno de sus poemas, propicio para ser humano en los días que estamos sufriendo por aquí, que nos dice tanto de lo que esperamos tan ingenuamente, contrariando a los que insisten y remarcan que no están dadas las condiciones, que esto, que aquello, que lo de más allá; destacando estos dos versos finales:

y le doy un abrazo, emocionado. / ¡Qué más da! Emocionado…Emocionado…

(1)Idilio Muerto / (2) Heces / (3)Los dados eternos / (4) Intensidad y Altura

 

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Considerando en frío, imparcialmente…

César Vallejo

 

Considerando en frío, imparcialmente,

que el hombre es triste, tose y, sin embargo,

se complace en su pecho colorado;

que lo único que hace es componerse

de días:

que es lóbrego mamífero y se peina…

 

Considerando

que el hombre procede suavemente del trabajo

y repercute jefe, suena subordinado;

que el diagrama del tiempo

es constante diorama en sus medallas

y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,

desde lejanos tiempos,

su forma famélica de masa…

 

Comprendiendo sin esfuerzo

que el hombre se queda, a veces, pensando,

como queriendo llorar,

y, sujeto a tenderse como objeto,

se hace buen carpintero, suda, mata

y luego canta, almuerza, se abotona…

 

Considerando también

que el hombre es en verdad un animal

y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza…

Examinando, en fin,

sus encontradas piezas, su retrete,

su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo…

 

Comprendiendo

que él sabe que le quiero,

que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente…

 

Considerando sus documentos generales

y mirando con lentes aquel certificado

que prueba que nació muy pequeñito…

 

le hago una seña,

viene,

y le doy un abrazo, emocionado.

¡Qué más da! Emocionado…Emocionado…

 

 

 

 

¿QUÉ DEFIENDEN?

Oscar Tenreiro

Varios años atrás me hice una pregunta parecida a la del título invitando a quienes favorecían este Régimen en su etapa autoritaria todavía no dictatorial, a preguntarse si había razones para su actitud, si tenía sentido en nombre de alguno o algunos proyectos en proceso de convertirse en logros beneficiosos para Venezuela, seguir ofreciendo su apoyo al Régimen. Porque resultaba ya evidente que todo el proyecto revolucionario no era otra cosa que una catarata de palabras sin asidero en la realidad, un enorme espejismo que estaba empezando a mostrar su cara siniestra.

Un amigo que había sucumbido a la seducción revolucionaria en los momentos iniciales y rectificó, en cierto modo obligado por la incoherencia que lo rodeó en su cargo oficial, tomó mi escrito y lo divulgó entre sus ex-compañeros de ruta, pero me llamó especialmente la atención que actuara como si fuese un mensajero, sin tomar posición abiertamente; era evidente que tenía temor de identificarse con los del otro lado, repetía la conducta de muchos de los que desde las filas que se ven a sí mismas como revolucionarias  decidieron marcar distancia respondiendo a lo que su conciencia les dictaba, pero siguen presos del yugo ideológico y no quieren identificarse como opositores. No se daba cuenta, eso quiero hacerlo notar especialmente en este momento dramático que vivimos, que una actitud decidida de su parte, abierta y defendida con argumentos, era en realidad lo que podía darle sentido ético, valor moral orientador a su actitud, porque afectado de tibieza y temor, lo que podía tener algún mérito quedaba en definitiva como un problema personal, puertas adentro, sin consecuencias colectivas que son las que en las coyunturas políticas llenan de sentido las posiciones individuales. Desde que comenzó esta revolución ha habido muchos casos de ese tipo, de gente que dejó de apoyarla pero que no ha dado el paso de separarse de antiguas sujeciones, gente que ha sido vencida por el miedo a ser señalada.

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Y creo que ha llegado la hora de vencer la mala conciencia. Protegerse de la censura de antiguos compañeros de ruta que no han tenido la capacidad para rectificar deja de tener importancia frente a una responsabilidad moral mucho mayor. Quienes sienten la necesidad moral de distanciarse de la actitud suicida de la camarilla criminal dirigente que está dispuesta a arrastrar a la destrucción al país entero en su empeño por conservar el Poder a toda costa, tienen ante sí el llamado a pronunciarse sin temor, asumiendo el riesgo que siempre tenemos al decidir dejar atrás un error. Porque la palabra de quienes sustituyeron las razones revolucionarias por razones más profundas, las del espíritu, las del encuentro con uno mismo, pueden ayudar a otros como ellos, y hacer que cese la violencia producida por la negación de los derechos de todo un pueblo.

Ayer no más, el hijo del Defensor del Pueblo, Yibram Saab, pronunció públicamente un llamado a su padre que revela un coraje y una decisión admirables. Es imposible saber cual será el resultado de un gesto que lo enaltece pero sí es posible decir que, así como este joven decide hablarle con respeto a su padre haciendo mención, incluso, a valores recibidos de él, así mismo esperamos todos los venezolanos que sean capaces de hablar personas que dentro del Régimen podrían tener la posibilidad de dejarle espacio a razones superiores para mostrar su decisión de no acompañar en sus designios a notorios criminales, a gentes sin escrúpulos que han medrado en el Poder enarbolando argumentos de apariencia elevada pero que ni creen realmente en ellos, ni los respetan. De eso se trata, de que cada quien se enfrente consigo mismo como hizo este joven.

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Y por último quiero hablar del joven fallecido ayer por impacto directo en el pecho de una bomba lacrimógena, Juan Pernalete. Me fue muy difícil asimilar la noticia. Al conocer que participaba en la manifestación con el mismo espíritu de todos y que había tomado el riesgo de estar en primera fila, que era estudiante universitario, que era un joven activo, de su casa, un joven en formación que quiso dar testimonio como me empeño en decirle siempre a los más jóvenes, que se hagan presentes, que dejen atrás la indiferencia; al conocer aún fugazmente lo que rodeó su muerte, me pareció que era alguien mío y me invadió una oleada de tristeza que se renueva fuertemente al ver su imagen como acabo de verla hace un momento. Era hijo único Juan Pernalete, eso hace aún más triste su muerte. Sus padres han dicho que les han quitado la vida. En alguna medida nos la han quitado a todos.

Y pienso que ese joven, al igual que muchos de los otros jóvenes que han fallecido injustamente, valen inconmensurablemente más que la pandilla de delincuentes que dirigen nuestro país junto a todos sus cómplices y se empeñan en vomitar mentiras y argumentos falaces para seguir negando las soluciones democráticas. Juan Pernalete no tuvo ese miedo prudente que exhiben con frecuencia los que prefieren estar en la retaguardia, quizás fue su error pero a la vez digo que fue su mérito porque él no podía tener razones para pensar que sería agredido de forma tan salvaje. Dio muestras más bien, al estar allí en primera fila haciéndole frente a los desalmados que siguen órdenes ciegamente, de una confianza en sus razones, en su necesidad de estar allí. Razones del espíritu a las que me he referido, razones superiores que tendrán que ser recordadas, que no deben caer en el olvido, porque estamos obligados a recordar siempre a lo que movió a estos muchachos.

Por un lado Yibram, quien hace el esfuerzo de pedirle reflexión a su propio padre de quien probablemente lo ha separado esa especie de viento destructor de la unidad familiar que ha sido la malhadada revolución. Por el otro el sacrificio de la vida de Juan, víctima de la inmensa confusión propiciada por el poder falaz. Son dos llamadas extremas por lo radicales, por lo inexplicables o injustas, para que se abran las puertas a una solución definitiva de los enfrentamientos venezolanos, de esta situación que nos lleva con tanta frecuencia a la tristeza. No deberá perderse el sacrificio de tantas vidas jóvenes.