VER LA VIDA (40)

Oscar Tenreiro

Avanzaba la edad en nosotros y con ella las preferencias y la importancia de lo importante en la vida adulta: la afirmación del sí mismo, de la personalidad, de las expectativas, de la mirada individual hacia el mundo, hacia el otro y los otros. Y fuera de conceptos sociológicos o psicológicos, se asomaba en nuestra conciencia – sin ser invocado– el mandato bíblico[1]esencial. Avance del tiempo que se revela en lo que he venido narrando: en el ocio, en la diversión, en la contemplación, en el intercambio con los demás. Y yendo más a la intimidad, en el proceso lento y trabajoso de la formación personal.

He hablado aquí de lo que primero se mostró en mi memoria, pasando por alto algunas cosas significativas. Y es que resulta inevitable que, por razones no aparentes, ciertas cosas que tienen peso se muestren en segundo término. Olvidé mencionar por ejemplo entre mis lecturas, Las aventuras de Tom Sawyer y su secuela Las aventuras deHuckleberry Finn, clásicos de Mark Twain que llegaron a la casa como siempre en manos de Jesús, quien tuvo noticia de ellos no sé por qué vías. Se quedaron por allí un tiempo para abrirnos una ventana hacia un mundo propio, al margen de las imposiciones de los adultos y en plena convivencia con un ambiente natural. Reparé en el inexplicable olvido luego de leer por estos días el comentario que Jorge Luis Borges en 1935 le dedicó a Twain, publicado en la revista Sur de Victoria Ocampo. En el cual no sólo, como fue típico de Borges, se sitúa ante el escritor con ánimo de entender su especificidad por la vía de lo menos aparente, sino que destaca su admirable papel de evocador de la fluvial circunstancia en la que toman vida ambos personajes, papel que expresa Borges en la feliz e ingeniosa frase que busca resumir –en pocas palabras, dice– su mérito literario: Mark Twain compuso Huckleberry Finn en colaboración con el Mississippi, río americano y barroso. El caso es que me identifiqué con Tom y Huck, los hice mis amigos, viajé con la imaginación hasta el gran río, y construí una versión personal del paisaje que discurre en sus riberas, versión desmentida drásticamente muchos años después cuando pude visitar Nueva Orleans, a manos del manto de uniformización que se ha extendido sobre los distintos paisajes urbanos –ciudad tras ciudad se empeña en asemejarse a un insistente suburbio– de la inmensa geografía de los Estados Unidos. No sé si me recuerdo mal, pero lo que retengo de la visita es que, si bien el Mississippi, como es previsible, no se había ausentado, a la ciudad no le interesaba mostrarlo ni acercarse a él, y a ningún residente amigo siquiera se le ocurrió –formaba yo parte de un grupo venezolano– que podíamos tomar algo mientras veíamos el río, o que había un lugar desde donde pudiera observarse la majestuosidad de las arcillosas aguas.

Mi decepción fue análoga a la que se apoderó de mí cuando vi por primera vez el Orinoco y esperaba en una de sus márgenes –la del norte– la chalana que transportaba los vehículos al otro lado cuando no había puente. ¿Así que esto que veo –pensaba yo– esa agua marrón que corre lentamente bañando la sucia ribera desordenada y llena de tarantines es el río que corta selvas y marañas fabulosas descrito por exploradores y poetas? Y así como el Orinoco es muchísimo más que aquella primera impresión, el Mississippi está presente lleno de sugerencias, en las páginas de las dos fundamentales novelas de Twain. Y a pesar de que hoy poco retengo de la trama, me quedó la admiración por la libertad de movimiento de Huck, la amistad a toda prueba de él y Tom,  a la vez que retengo múltiples detalles que me llamaron la atención entre los cuales la constante mención a la Escuela Dominical, reunión semanal formativa-educativa en la iglesia –protestante– del pueblo, análoga a mis tardes de catecismo antes de la Primera Comunión. También que un dólar alcanzara para tantas cosas, el curioso nombre de la extraña golosina –regaliz– que masticaban ambos personajes, y finalmente que la lectura hiciese nacer en mí el deseo –que me duró mucho tiempo­– de construir una balsa como las que Huck, un amigo y Tom guían por el río americano, deseo estimulado un tiempo después por otra lectura que tampoco mencioné, esta vez de Selecciones del Reader’s Digest: la de la expedición de Thor Heyerdahl en la balsa Kon-Tiki [2], la aventura más divulgada  de esos años cincuenta del siglo veinte.

La Kon Tiki

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Y nuestra balsa fue construida y tripulada, lo he dicho antes. Hizo de agua –mar o río– el pavimento de mosaicos del segundo patio, y la balsa la formaban partes de las cajas donde venían las neveras del negocio de papá. Sobre ellas armamos mástiles y velas dejando un espacio para la cocina, todo a punto para navegar con el máximo respeto por el figurado mar que nos obligaba a estar sobre la balsa rodeándonos con olas, profundidades peligrosas y alguno que otro tiburón de gran tamaño que decíamos avistar.  Destacaban en esta representación rasgos del carácter de cada quien. Yo me tomaba tan en serio el que los mosaicos fuesen el mar, que no se me ocurría por nada del mundo pisar fuera de la madera. No recuerdo que se embarcara Pedro Pablo, pero sí a Edgardo y Carlota que se destacaron como serios y ordenados tripulantes cada quien en lo suyo: Carlota empeñada en preparar alguna bebida que mamá había traído mientras construíamos la balsa y Edgardo con un celo similar al mío dispuesto a poner orden a bordo. Jesús participaba en los preparativos ayudando con las tablas y aportando equipamiento y terminaba como parte de la tripulación estimulado por nuestro entusiasmo. Gracias a su condición de hermano mayor se aseguraba el rango de capitán, pese a que nadie había hablado de jerarquías durante el armado de la nave, pero tal como acabo de decir, en la conducta que se mostraba en estos juegos colectivos se mostraba el carácter de cada quien, y si de buen grado Jesús proponía cambios en el arreglo general de la balsa e iniciaba sin reparos la travesía, al poco tiempo, incomodado con el exceso de convicción acerca de la realidad marina de la experiencia empezaba a fastidiarse de tantas limitaciones de espacio y disciplina y de los gestos y conversaciones que emulaban la realidad imaginada, los cuales yo me empañaba en imponer. Fastidio que lo llevaba a un punto en el que harto de tanta niñería virtual, resolvía no seguir jugando y en medio de la discusión y el conato de pelea, se iba como si tal cosa, caminando por el agua como su divino tocayo, dejándonos a los demás con la rabia de ver boicoteado el juego y derribado el montaje imaginativo.

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El tigre de la Malasia.

Tenían que llegar a nuestras manos las novelitas de aventuras de Emilio Salgari https://es.wikipedia.org/wiki/Emilio_Salgari inventor de Sandokan, el tigre de la Malasia, sus secuaces Los tigres de Mompracem, el Corsario Negro, cuyo señorío estaba en el Caribe, y muchos otros personajes que actuaban en las más diversas geografías. Se publicaban en formatos pequeños con una portada dura a color y tenían un atractivo especial que me cautivó, al igual que a muchos de mis amigos y miles de lectores regados por el mundo. Soy incapaz hoy de recordar las peripecias de estos personajes, pero me ayudaban a transportarme a los más remotos lugares acompañando a estos piratas que en fin de cuentas no eran mala gente sino atractivos aventureros cuyas hazañas eran seguidas por muchachos –Salgari encantaba al mundo juvenil– regados por todos los continentes. De nuevo la lectura llegaba a cada uno de nosotros ayudándonos a viajar hacia lugares desconocidos, a transportarnos muy lejos, a reproducir las imágenes que el escritor proponía haciendo el ejercicio de construir paisajes, personas, lugares; y si éramos capaces, a saltar a un mayor nivel de comprensión hacia las ideas, los conceptos, la maduración de puntos de vista; en fin, todo lo que viene a ser la capacidad casi milagrosa que la palabra escrita –la literatura– tiene. Y al decir eso a propósito de mi lejana infancia aterrizo en el presente, el cual no podría navegar superando las circunstancias que en Venezuela oprimen el corazón y embotan la capacidad de pensar, si no fuera porque cuento con esta posibilidad de hilar palabras y esperar con ellas, siguiendo al filósofo, decir lo que se pueda decir. Entre tantas cosas, este ejercicio difícil de intentar la superación del olvido que nos aguarda a todos, me ha permitido pensar y al pensar recuperar, reencontrar, desarrollar para usar la palabra del verso de Vallejo[3] para reponerme de la un poco enfermiza tendencia a la tristeza que me viene acosando en el último año.

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Y he aquí que encuentro apoyo para desarrollar, para moverme con el pensamiento, en la anécdota sobre la cual he hablado varias veces en este blog[4], protagonizada por mi hermano Jesús y su gran amigo Mory Krasner, quienes  actuaron –estudiaban sexto grado de primaria, 1945-46– como Alejandro Magno y el filósofo Diógenes de Sínope https://es.wikipedia.org/wiki/Diógenes_de_Sinope en una velada del colegio San Pedro Alejandrino, que convirtió al pequeño teatro del Ateneo de Maracay en un pedazo de la ciudad griega de Corinto, donde según la leyenda se encontraba de paso con sus ejércitos vencedores Alejandro Magno. Corría el siglo cuarto a.C. Diógenes el perro, hijo de Icesio, banquero, natural de Sínope [5], filósofo, vivía allí, se alojaba en un tonel y dependía de la caridad de los demás para su subsistencia, escandalizando con ello a la ciudad donde dejó la huella de frases, desplantes y modos de actuar que quedaron en la historia. Entre ellas, se decía que se desplazaba portando una linterna con la cual buscaba a un hombre genuino; figura, la del hombre sabio portando la luz que le permitirá descubrir el ser auténtico oculto en la hojarasca del mundo, que se convirtió en tema del arte haciéndola perdurar y llegar hasta nosotros.

Diógenes, por José de Ribera (1636)

Diógenes buscando un hombre, de Jacobo Jordaens (1642)

Alejandro Magno y Diógenes por Gaetano Gandolfi (1792) Publicado ya el 5-3-16

Y fue por iniciativa de Mercedes Hernández, la directora y dueña del colegio, que nuestros dos niños recitaron, Jesús como Alejandro cubierto con el cubrecama de mamá, Mory como Diógenes, en traje de baño, el poema de Ramón de Campoamor (1817-1901)https://tonazo.wordpress.com/2008/04/23/alejandro-magno-contra-diogenes-el-cinico/que recrea en lenguaje poético el imaginado diálogo que se produjo cuando el poderoso Alejandro quiso conocer a Diógenes en su pobrísimo tonel. Diálogo que termina cuando cada uno impreca al otro: ¡Miserable!…y Jesús-Alejandro hacía un gesto violento con su túnica y salía raudo de la escena ante el regocijo de la audiencia.

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Y es la mirada que pasa a través de la maraña lo que me sorprende. Que rememorar un episodio que podía haber sido intrascendente me haya llevado a mí, simple relator 75 años después, tan lejos como para indagar en las enseñanzas de aquel distante y pintoresco filósofo encarnado por nuestro amigo Mory una tarde provinciana en un lugar perdido del planeta. Enseñanzas concentradas de modo singular en la anécdota del encuentro entre príncipe y sabio, la cual –lo obtengo de Internet– dice el hoy muy conocido filósofo alemán Peter Sloterdijk (1947), en su Crítica de la Razón Cínica, que “es tal vez, no sin justicia, la más conocida anécdota de la antigüedad griega. Ella demuestra en una pincelada lo que la antigüedad entendía por sabiduría filosófica –no tanto un conocimiento teórico sino un duradero espíritu soberano…el hombre sabio da la espalda al principio subjetivo del poder, de la ambición, de la urgencia a ser reconocido. Es el primero, suficientemente desinhibido, como para decir la verdad al príncipe. La respuesta de Diógenes niega, no sólo el deseo del poder, sino el poder del deseo en sí mismo.”

Cuando Mercedes Hernández escogió el poema de Ramón de Campoamor que frasea el famoso diálogo, demostraba en primer lugar una curiosidad cultural que sorprende en alguien dedicado a la enseñanza primaria, a la vez que indicaba su preocupación sobre la dimensión ética de su labor de educadora pues obviamente su selección no estaba desprovista de contenido educativo, de intenciones de mostrar una visión ética que si bien podía escapársele a los más niños estaba abierta a la reflexión de los mayores. En todo caso, sean cuales hayan sido sus intenciones, ella no podía haber imaginado que muchísimos años después (tanto ella como los niños ya ausentes de la vida), el episodio escolar sería recordado por un imprevisible cronista de ciertas cosas del mundo en el cual ella vivió, al cual yo personifico, para recoger el eterno mensaje que nos muestra la imagen del  hombre sabio que da la espalda al principio subjetivo del poder…

Y es esa sorprendente concurrencia de acciones que parecen inconexas y se mezclan entre sí para llevarnos a pensar y repensar, a reflexionar sobre lo que es la vida con su inmensa complejidad expresada en el tejido de vivencias que terminan abriendo puertas no previstas, lo que justifica el esfuerzo un tanto insensato en el cual me he embarcado por voluntarioso o por empeñado, al recordar en estas notas autobiográficas tantas cosas del espacio físico y psíquico en el que transcurrió mi infancia y la de mis hermanos.

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Pero el voluntarismo tiene sus límites y la memoria no alcanza demasiado, por lo cual hoy llego al fin de estos relatos. Me han sido útiles, espero que lo hayan sido para otros. Entre los comentarios que he recibido, los menos frecuentes han sido los de gente cercana en afecto o amistad, mientras que lejanos y a veces desconocidos lectores me han hecho llegar palabras más sensibles identificadas con mis deseos de evocación. He debido luchar conmigo mismo para vencer la tendencia a abandonar la tarea, la cual he temido que sea vista como innecesario exhibicionismo. Sin dejar de recordar que en la primera nota dije que mi intención al comprometerme con esa parcial reconstrucción de mi pasado y del de mis hermanos, fue la de darle voz a personas que han sido parte de mi historia personal y no han tenido, como sí ha sido mi caso, posibilidades de permanecer vivos, gracias a la escritura, para gentes que al leer se asoman a lo que fue. Tratando además al narrar episodios reales, de re-crear atmósferas, ambientes, modos de actuar, que forman parte de un patrimonio común: el de quienes hemos nacido y crecido en este lugar del mundo. Cuestión por cierto que reafirma una convicción muy personal: la de que estos países inmaduros, contradictorios y de muy corta historia, precisamente por ser así, recién llegados, por estar libres en cierto modo del peso de muchas generaciones anteriores cargadas de mensajes, aportan a la tarea de crear cultura, entre otras muchas cosas, una frescura que es propia e intransferible y origen de buenas cosas que nosotros mismos somos incapaces de reconocer.

Y esas buenas cosas se dan en todas partes y todas circunstancias. No hay vivencia por modesta que sea en sí misma que no lleve en ella el germen de algo que la trasciende. Esa tal vez sería la mejor enseñanza que este ejercicio me ha dejado. Y debo decirlo con claridad porque a mí mismo se me olvida, se me escapa podría decir, sobre todo en esos momentos de desaliento o impaciencia que se han venido haciendo característicos de estos tiempos venezolanos.

Y no digo más. Simplemente me despido, por ahora. En Noviembre de 2020 a cuatro días de mi 81 cumpleaños.

[1]Génesis 1:28

[2]El cruce del Pacífico de la Kon-Tiki, desde El Callao-Lima hasta la isla polinesia de Raroia, a la cual llegó el 7 de Agosto de 1947 https://es.wikipedia.org/wiki/Kon-tiki_(expedición)

[3]Intensidad y Altura. César Vallejo. De su libro Poemas Humanos (1939).

[4]Me referí a ella varias veces. La primera publicación fue el 3 de Septiembre de 2011 con el título No me tapes el sol. También el  5 de Marzo de 2016, con el título Confecciones (9), la cual fue la mención más completa y sugerente. Invito a leerlas para entender mejor de lo que hablo.

[5]Frase tomada de Vidas de Filósofos, de Diógenes Laercio, Pág. 13. Vol. 2. Editorial Iberia, Barcelona 1986.

VER LA VIDA (39)

Oscar Tenreiro.

En las vacaciones de Semana Santa de 1952 [1]estuvo por Ocumare Gladys Cova, cuya edad –un par de años más que Jesús– y condiciones familiares le permitían manejar un jeep que estuvo dispuesta, cediendo a nuestra presión y disfrutando también de la gozadera que la actividad producía, a poner a nuestra disposición para que aprendiéramos a manejar; eso sí, con ella a bordo y supervisando. Esta oportunidad parecía un regalo del cielo para nuestra dinámica adolescente porque por esos tiempos era de rigueur aprender a manejar por cuenta de uno y jamás usando un auto-escuela, institución que todo hombre joven consideraba apta sólo para damas. Así como suena.

Pero como éramos muchos, para sentarse al volante había que esperar turno, lo cual equivalía a ser espectador durante toda la mañana, abarrotado el jeep mientras daba vueltas por los lugares sin tráfico, con todos los postulantes en plan festivo. Y apenas después del baño de mar y ya entrada la tarde, podía uno sentarse durante media hora, que era el tiempo fijado, al volante del artefacto. El cual por cierto tenía todo el atractivo que siempre tuvieron los jeeps, cuando la industria automovilística del mundo y particularmente la norteamericana explotaba los aportes industriales estimulados por la guerra y producía siguiendo el concepto, hoy olvidado, de que sus productos fuesen affordables (asequibles) en todas partes del mundo. Y el jeep era así, tal como lo fue unos años después el beetle (escarabajo) de Volkswagen, un vehículo al alcance mayoritario. El de nuestra amiga era básico, con carrocería superior de lona y tubulares metálicos, y estaba bastante trajinado. Circulaban muchos en Venezuela a principios de la década de los cincuenta del siglo veinte. Tenían tracción en las cuatro ruedas, y además mocha que activaba altas revoluciones en el motor para aguantar la marcha o desarrollar potencia extra en grandes pendientes o en algún atasco en barro, esto último muy propio de los caminos improvisados del llano venezolano, difíciles en tiempo de lluvias, lo cual hacía imprescindible al jeep.

Cuando me tocaba mi turno al volante, me parecía un privilegio especial sentarme allí y ser yo el que iba siguiendo el camino para ir a donde decidíamos, previa aprobación de la dueña, que a veces perdía un poco la paciencia ante tanto muchacho deseoso de aprender. Porque sabemos que aprender a conducir es para el adolescente una asignatura indispensable y particularmente placentera, que tiene por otra parte la particularidad de que una vez adquirida una mínima destreza y de matar la fiebre que da en los primeros tiempos, se convierte en algo rutinario y automático sin interés alguno, salvo el utilitario.

Como el jeep era de velocidades como todos los vehículos de esos años cuando no existía la caja de cambios automática, había que usar el embrague (en Venezuela el cloche)[2]para iniciar la marcha. Momento crucial porque si no se tiene el tacto necesario y se saca el cloche demasiado rápido o lo contrario, se producen situaciones un poco ridículas (saltos del vehículo antes de apagarse el motor o un tiempo excesivo antes de empezar a moverse) que hacen recaer en el principiante reprobaciones y burlas. Y por supuesto, nadie quería parecer un niño torpe, así que el momento de arrancar adquiría la importancia de una especie de examen final.

Y andábamos pues por todo Ocumare, el jeep sobrecargado de aprendices de chofer, la dueña como copiloto, atenta y corrigiendo. Y fueron estas lecciones de manejo asunto central de toda la temporada, a pesar de que después de los primeros días ya Gladys ponía cara de fastidio cuando aparecíamos nosotros queriendo continuar el jolgorio. Me parece que le daba la muy fundada impresión de que nadie tenía particulares deseos de estar con ella sino que el objeto de interés era su vehículo, nada más.

Omar Gonzalez, una muchacha amiga de Gladys Cova, yo, Cheo Angarita, Carlos Barreto atrás, adelante sentado Mario Pacheco, un pariente de Gladys Cova al volante y Edgardo cortado, en Ocumare, con el jeep protagonista.jpg

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Un día llegaron de Caracas quienes se convertirían en dos nuevos amigos: Mario Pacheco y su hermana Hermenegilda (le decían Meneja), sonoro nombre que se explicaba porque eran descendientes directos de Gómez el dictador, cuya madre y una de sus hijas se llamaba así, parientes pues de la familia amiga –los Ríos Gómez– que tenían una casa al lado del uvero junto al Kiosco de Lourdes, la cual he mencionado un par de veces. Mario congenió muy bien con nosotros hasta llegar a ser, unos meses después, novio [3] de Carlota por un tiempo corto, y en la temporada siguiente, yo de catorce años, volvimos a vernos, esta vez Mario manejando un Chevrolet que su padre le cedía –estaba cerca de los 18 años– para que se moviera por Ocumare, autonomía de movimiento que administraba con prudencia y recato, lo cual no fue obstáculo para que un imprudente, en este caso yo, produjera un episodio que pudo haber sido peor de lo que fue.

Una noche, cerca de las nueve, cuando nos encontrábamos en el Kiosco de Lourdes, me vino la tentación de manejar el Chevrolet de Mario. Ya sentía yo, con la experiencia con el jeep en la Semana Santa y algunas oportunidades de manejar que había tenido en Caracas, que dominaba los secretos del volante, y llevado por mi tendencia permanente de saltarme etapas y hacer las cosas en caliente, resolví pedirle prestado a Mario su Chevrolet para ir de paseo junto con mi primo de Valencia, Carlitos [4], hasta el pueblo de Ocumare, cuyas principales motivaciones eran echármelas [5]de adulto y matar la fiebre de manejar.

Y Mario, si bien lo dudó un poco, me dio las llaves y salimos juntos, yo al volante y Carlitos de copiloto.

Desde el kiosco de Lourdes hasta el puente sobre el río, unos tres kilómetros, era una carretera razonablemente buena; de allí en adelante hasta el pueblo, lo he dicho antes, tenía la particularidad de que solamente estaba pavimentado –con concreto– el canal de ida limitado de un lado por una acequia profunda (unos dos metros) que caía verticalmente. El canal del otro lado era de tierra, así que se circulaba por el canal pavimentado y al encontrarse con un vehículo que venía del pueblo, este debía pasarse al de tierra.

Ya he dicho que era de noche, Carlitos y yo sintiéndonos muy adultos. Luego de pasado el puente comenzaba el canal único y por allí tomamos. Algo después quise cambiar las luces, me distraje e incluso vi hacia los pedales por un segundo, lo suficiente para que la rueda trasera derecha cayera del borde hacia la acequia lo cual produjo en mí la reacción instintiva de tratar de salir dándole al volante en dirección contraria y acelerando…para salir de la acequia fuera de control pasando el canal de tierra hacia la zona boscosa lateral y saltar sobre la enorme raíz de un árbol sobre la cual se detuvo el vehículo, las ruedas traseras dando vueltas en el aire. Apagué el motor y nos enfrentamos al silencio y a la realidad de haber tenido un accidente. Pudo haber sido mucho peor si hubiéramos embestido al árbol y no sólo la raíz, pero no era eso lo que me pasó por la mente sino la culpa y la vergüenza de haber dañado un vehículo ajeno y tener que regresar a contarlo y dar excusas.

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Nos bajamos del carro ilesos pero desconcertados, y empezamos a lamentarnos en voz alta en medio de la oscuridad de una manera que si no hubiera sido porque había pasado algo importante era más bien cómica.

¿Qué hacer? estábamos a medio camino del pueblo o de la playa, así que resolvimos caminar por el medio de la carretera hacia el punto de partida, mientras proferíamos toda clase de lamentos. Yo no hacía sino decir en voz alta una y otra vez, coño é la madre, esa maldición tan venezolana, hasta que Carlitos me llamó la atención diciéndome que dejara las groserías que con eso no lográbamos nada (y nos ganaríamos la reprimenda del mundo sobrenatural, creo que pensó) así que nos fuimos calmando mientras caminábamos en medio de la oscuridad…agarrados de manos como si fuéramos una pareja de recién casados. Y no tardó mucho en pasar sin detenerse el primer carro de desconocidos hasta que ocurrió lo previsible: gente conocida se detuvo y nos interrogó sobre lo que andábamos haciendo por allí, a lo cual respondimos con cualquier excusa seguramente muy poco creíble, y seguimos caminando hasta llegar al puente donde pedimos una colita[6]hasta el kiosco de Lourdes en donde nos debíamos enfrentar a Mario.

Y la verdad es que Mario lo tomó con una tranquilidad y generosidad sorprendentes. No se lamentó en ningún momento de las consecuencias y más bien se ocupó al día siguiente de asumir los gastos de una grúa que sacó al vehículo del atasco en la raíz (quedó como suspendido, un metro y medio más arriba del suelo las ruedas traseras) y asumió las reparaciones suponiendo que papá respondería. Y papá respondió no sólo respecto a lo económico sino con sabiduría, lo cual agradecí y fue aplaudido por todos. Me oyó al día siguiente con calma y dijo que se pondría en contacto con el padre de Mario para las reparaciones, que se realizaron sin que yo supiera más del asunto. No me regañó ni me dijo nada fuerte mientras yo le informaba que habíamos ido en la noche misma a inspeccionar el carro, que no había sufrido mucho sino por debajo el tren delantero, y que Mario estaba ya gestionando lo de la grúa. Y sabiendo yo que el asunto iba a tener costos no previstos, me sorprendió enormemente que no se quejara, y que sólo me dijera que nunca se debía pedir un carro prestado. Eso fue todo.

Asunto este último que demostraba algunas cosas. Una, que papá tenía una capacidad de comprensión que podía mostrarse y se manifestó de nuevo años más tarde cuando debió ofrecerle apoyo a Carlota en los conflictos que la afectaron en su matrimonio, lo cual ella siempre valoró especialmente. La otra, que cuando un adolescente reconoce un error, que fue mi caso, la mejor respuesta es la comprensión porque en el reconocimiento de la falta está implícito el deseo de rectificar. Y finalmente que habían quedado atrás los tiempos en los cuales papá sentía la necesidad de apartarse y replegarse sobre sí mismo.

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En cuanto a Mario, dejando volar la imaginación con ingenuidad y sin interferencias, pienso que sólo por la actitud de esa noche tendría asegurado un puesto bueno en el más allá.  Y lo digo teniendo en cuenta algo sin duda triste: el trágico destino que tuvo un par de años y pocos meses después cuando perdió la vida en un accidente de tránsito en la vía Caracas-Los Teques, él al volante, no sé bien las circunstancias. A todos nos afectó mucho la noticia, así como me afecta ahora rememorarla cuando lo veo en las fotos que aquí muestro. No sólo porque fue una persona tranquila, afable y generosa durante su cortísima vida, sino también porque uno cuando es viejo puede apreciar mejor, me parece, la tristeza que da dejar el mundo. Así lo pienso ahora, y descubrí que lo comparto con ese ícono de la cultura venezolana que fue Arturo Uslar Pietri, quien lo expresa hermosamente en su poema Oficio de Víspera incluido en su libro Manoa publicado en 1973 cuando Uslar tenía 67 años. He aquí un fragmento:

Soy una criatura,

siento la angustia de irme solo

y de borrarme en sombras,

no quisiera

como los viejos lagartos herrumbrosos,

como las lentas escolopendras incompletas,

que terminara todavía,

el tibio sol de esta tarde.

Saqué el libro de mis estanterías donde estaba un poco perdido en la mañana en la que escribía estas cosas. Lo heredé de mi hermana Carlota quien murió no tan joven como Mario, colmada de vida, a los 41 años. Y pienso que también pudo haber deseado que no terminara su propio sol.

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Unos dos años y un poco más después de lo del accidente nuestro, ya más crecidos. Desde la izquierda Pedro Gluecksman, yo, Mario Pacheco, Simón Guevara, en Turiamo. Foto tomada no mucho tiempo antes de la trágica muerte de Mario. Tal vez el carro es el mismo que me tentó.

Carlota de 17 años (1956). Foto tomada por mí en ocasión de un paseo a Cata. Ya nos habíamos mudado a Caracas.

Carlota poco tiempo antes de su muerte.

[1]No estoy seguro de esta fecha pero es la más probable. Yo tenía trece años y unos meses.

[2]El cloche, adaptación de la palabra clutch del inglés, es como se le dice en Venezuela al sistema que permite separar los engranajes de tracción de las ruedas de la acción del motor. La palabra correcta del español es embrague.

[3]Ser novio no pasaba de ser entonces una compañía que permitía intimidades básicas, así que el término es exagerado. Hay países de Hispanoamérica que usan términos para ese estado previo a un noviazgo más estable, como el pololeo en Chile. En Venezuela se usó hace unos años empate pero sigue en uso novio novia.

[4]Carlos Degwitz Figueredo, dos meses menor que yo, mantuvo mucho contacto con nosotros en tiempos adolescentes. Se pasó esa temporada vacacional completa en Ocumare. El diminutivo en su nombre lo heredó de su padre, el tío Carlitos.

[5]Echársela, es un modismo típicamente venezolano. Equivale a presumir. No te la eches es decirle a alguien que no sea presumido.

[6]Un aventón dicen los mejicanos, y autoestop los españoles

VER LA VIDA (38)

Oscar Tenreiro

En las temporadas de vacaciones la presencia femenina empezó a ser importante, señal de que la adolescencia se asomaba. Aparte de las amigas de siempre, cada año había nuevas caras que le daban a Ocumare un interés adicional. Entre nosotros y las amistades habituales iba surgiendo algo que es típico de esa etapa de la vida: la idea de grupo, amigos de ambos sexos que se sienten identificados y se relacionan con una dinámica que quiere ser propia. Frecuentábamos los mismos sitios, nos reuníamos en las noches desde temprano en el kiosco de Lourdes o en alguna de las casas quedándonos hasta tarde, planeábamos excursiones –a Maya por ejemplo, la excursión que para mamá fue un suplicio– organizábamos alguna caimanera de playa, o competencias de atletismo en la franja de arena húmeda junto al mar como ocurrió un año al sumarse al grupo un aficionado a este deporte[1]cuyo nombre no recuerdo.  Todo ese movimiento nutría  la pequeña comunidad de amigos que tenía un cierto atractivo para los recién llegados, ahora también gente de Caracas. Las vacaciones se convertían en un ejercicio de sociabilidad, en tiempo de encuentros, con el disfrute de la naturaleza como telón de fondo. Si se nos aplicaba la terminología psicológica, se trataba del despertar de la sexualidad. Quedaba atrás el ensimismamiento de la infancia, y empezábamos a vivir hacia afuera, a tratar de ser parte de un espacio afectivo más amplio. Y las vacaciones de playa se convirtieron en un período ideal para intentar acercarse y conocer a un mundo que comenzaba a brillar: el de la mujer. Mujer que no había dejado de ser niña y que para un casi-niño como yo aún no tenía figura. Para hacer que la tuviera, que se hiciera realidad en un nombre, ayudaba sin duda la convivencia en el grupo porque adquiríamos soltura, dejábamos atrás el juego y podíamos –si sabíamos cómo comportarnos, como atraer su atención– ir a la conversación. Y si había afinidad y simpatía mutua también podía haber enamoramiento. Eso pasó a ser esencial.

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En realidad, ya desde hacía un par de años Jesús y Pedro Pablo se movían en un nivel diferente al de los menores, estando Carlota en una posición intermedia por edad y por ser mujer, porque las mujeres siguen sendas diferentes. Jesús sobre todo vivía ya en otro mundo, y gracias a su desenvoltura no le faltaban admiradoras quinceañeras o próximas a serlo que empezaban a pensar en sus fiestas de debut social, a la usanza de entonces. Niñas que lo veían a uno, tan jovencito, como si fuera parte secundaria del paisaje sin expresar interés alguno en acercarse (¿qué interés puede tener para una adolescente un muchachón?) si bien el que yo fuera grande y diera la impresión de ser mayor me hacía pensar que no todo estaba perdido. Lo cual no quiere decir que no quisiéramos ser parte de la escena de los mayores, si bien manteniéndome en la periferia y sabiendo que era allí donde podría aparecer mi Beatriz; así que me asomaba a lo que iba desplegándose con alguna timidez y no poca convicción. Pedro Pablo se independizaba y andaba por su lado, Carlota adoptaba vestimentas de mujer y siguiendo la influencia de las primas que regresaban de estudiar en los Estados Unidos, aprendía a maquillarse.

La oportunidad de encontrar un rostro –eran los rostros lo principal– que atrajese mi atención y se disparara la simpatía mutua, estaba al alcance; el deseo de que germinara el enamoramiento del cual muy poco se conoce aparte del pequeño sufrimiento de la comparsa valenciana, que fue grande sólo por unos días.

Pero en esos grupos heterogéneos con diferencias de edad de tres o cuatro años, los más jóvenes tienen todas las de perder: las niñas que ya se pintaban los labios se interesaban en los mayores, no en un muchachito inseguro como yo. En los paseos avanzaban con ritmo propio: caminaban muy adelante, como apurados, o se quedaban atrás decidiendo cambios en la ruta que no le participaban al pelotón, donde yo me encontraba. Entre ellos estaba Omar González, de la edad de Pedro Pablo, quien tenía estilo de castigador, un modo de moverse, llevar una pajilla en la boca, andar en shores, echar chistes, hablar de una cierta manera, en fin, un tumbaíto [2] –estilo particular– que ponía a todas las niñas a suspirar por él. Bien parecido, estaba muy consciente de su presencia unida a la seguridad de quien ya sabe comportarse frente al sexo opuesto. Su hermana mayor Gladys era linda, de la edad de Jesús o unos meses mayor y en sintonía con él hasta el punto de que tuvieron más adelante un discreto jujú[3] .  Al mismo subgrupo se integraba Pedro Pablo quien cortejaba a Violeta, niña de muy bellos ojos y gran simpatía, una de las muchas hermanas Angarita.  Omaira la mayor y Jesús se acercaban…Y con el mismo apellido sin ser pariente, Cheíto, otro castigador simpático y entrador de buen aspecto y estilo sobrado sumamente efectivo.

Jesús con mucho pelo al lado de Mireya Michelena, con los ojos cerrados y una niña no identificada.

A la derecha Omar González con sus shores, luego  Marlene Michelena, Luis Enrique González (hijo de Josefina, pintora) Mireya Michelena y yo muy peinadito.

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 Entre las chicas había unos rostros que me hacían pensar. Me gustaba especialmente María Cristina Barrios, su rostro y su pelo negro de facciones suaves. Una vez me mantuve al lado de ella durante todo un paseo al bufiadero muy atento a posibles traspiés, dándole la mano para ayudarla a subir o sortear algún obstáculo, feliz de tenerla cerca y de ser por unas horas su compañero de paseo. En un momento dado se golpeó un dedo y se quejaba mientras yo decía algunas cosas como qué te pasó o déjame ver; y repentinamente apareció Cheíto, quien iba más adelante, según creí a la distancia apropiada para que no molestara; inmediatamente le tomó la mano y muy fiel a su estilo le dio un beso en el dedo para que se te alivie el dolor: Nunca un gesto me ha llegado tan directo al corazón. Me había imaginado cosas, me parecía que se sonreía conmigo, la ayudaba a subir por el camino pedregoso dándole la mano y a ella parecía gustarle un contacto que yo trataba de prolongar descuidadamente…y de repente ese modo de Cheíto alzarle el brazo y besarle el dedito, derrotó todas mis esperanzas.

Y así por el estilo. Podía pasarse uno toda la temporada de vacaciones anhelando pasear con una niña agarrados de manos; nada había mejor en la imaginación. En la playa se paseaban parejas así, caminandito, que hacían pensar –aún lo pienso– que ir tomados de la mano ante los demás, ante el paisaje, es la expresión máxima de un amor correspondido. Y si ya al final, cercano Septiembre, nada parecido a eso había pasado (y debo confesar que nunca me pasó en Ocumare) se sentía uno derrotado, dejado de lado por las mejores cosas de la vida. Y a eso se debió aquel comentario decidido de un recién llegado, al comienzo de una de las temporadas, a quien acabábamos de conocer y más nunca vi: yo, al comienzo de las vacaciones lo primero que hago es buscar pareja: si no es esta, es aquella; porque se te pasan las vacaciones y tú solo…Un punto de vista demasiado mundano para mi gusto, porque a mí me motivaba un rostro idealizado que nunca tomó forma precisa en aquel escenario de mar.

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 El paseo al bufiadero [4]era clásico. Se repetía todos los años y lo hacíamos en grupos grandes como si fuese una romería, llenaba una tarde y el grupo paseante iba cambiando. En el camino uno podía desviarse hacia una de las puntas de la bahía, la del extremo este, trayecto dificultoso pero interesante que permitía observar la fauna marina con mar tranquilo o tratar de pescar cuando íbamos solos alguno de los parguitos parguetes que por allí abundaban y jamás picaron. El bufiadero estaba fuera de la bahía, hacia el este en dirección a Cata. Se llegaba allá caminando desde La Boca (del río), primero por una carretera de acceso restringido que permitía llegar a una playita aislada muy acogedora pero también de uso militar, es decir, ningún uso. Luego se pasaba cerca del arranque del muelle construido en tiempos de Gómez, semidestruido por las marejadas producidas casi todos los años por lejanos huracanes caribeños y de allí se tomaba la vía de La Punta que acabo de mencionar o podía seguirse hacia el bufiadero subiendo el cerro y dejando atrás un pequeño cuartel militar custodia del abandonado muelle. Era un camino escarpado no muy largo que llevaba a una fila desde la cual se bajaba a la plataforma rocosa que se cortaba con el mar para formar un borde marino con las hendiduras entre las láminas rocosas que al paso de los siglos se fueron convirtiendo en cavernas. Al entrar las olas por las hendiduras e inundar la caverna el aire se comprimía y salía con gran estruendo por distintos agujeros en la plataforma y del lado del mar, a veces junto con grandes chorros de agua. Era todo un espectáculo que no creo que haya existido con esas dimensiones en ninguna otra parte de la costa venezolana. La mala noticia es que durante la construcción de la carretera que une a Ocumare con Cata lanzaron material de relleno sobre la explanada y taparon los agujeros acabando con el fenómeno: una típica agresión a la naturaleza a manos de constructores… en democracias y en dictaduras.

Un bufadero de otras tierras. Lo más parecido al nuestro que pude encontrar.

Carlota y nuestra prima Nelly Bermúdez Tenreiro –felices– en un recodo del camino al bufiadero. Abajo los peñeros en La Boca (del río).

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Ya en Valencia había aparecido de una manera muy particular y a muy temprana edad, esa otra dimensión de la sexualidad, tan fundamental, la cual a falta en este momento de referencias sobre terminologías psicológicas identificaré como la conciencia de los genitales y todo lo que depende de ellos en términos de sensaciones. Lo que los anglosajones llaman genitalia refiriéndose en general a los genitales masculinos y femeninos. Éramos aún niños cuando uno de los dos mayores, creo que fue Pedro Pablo, descubrió que a una de las muchachas que trabajaba en la casa de Valencia ayudando con la limpieza (estaba yo en cuarto grado: 8 años) le gustaba que la rozaran mientras se agachaba para exprimir el coleto [5], lo cual constituyó una noticia de especial interés para los cuatro hermanos varones, que inmediatamente quisimos comprobar usando cada quien su personal modo de aproximación y deslizamiento, todo lo cual  tuvo resultados muy agradables para todos incluyendo a la muchacha. Duró algún tiempo hasta que cesó por alguna razón que se me escapa, pero continuó activa para mí cuando retornamos a Maracay gracias a la complacencia de una muchacha que trabajaba allá, me parece que se llamaba Azucena, quien me tenía especial simpatía. Colmó ella parcialmente mis juveniles ansiedades eróticas –bastante inocentes por lo demás–durante un buen tiempo hasta nuestra mudanza a Caracas, por lo cual le estaré eternamente agradecido…hasta que en Caracas apareció Julia, ya yo de quince años.  Pero Julia y mi interés por ella lo dejo para más adelante.

Y es que si nos aproximamos a esta etapa de la vida nuestra desde una mirada adulta libre de prejuicios es lógico suponer que las distintas manifestaciones de la sexualidad puramente genital se nos presentarían a todos los hermanos de una manera u otra. Así fue, y sobre ello a veces intercambiábamos puntos de vista o comunicábamos inquietudes a la manera de esos tiempos, es decir siempre a cubierto de los adultos y más como un espacio nuestro que compartíamos, como es usual, con los amigos, dejando de lado de forma natural reservas que a esas edades son menores. No es sin embargo mi intención en estas reconstrucciones de lo vivido traspasar los límites de la intimidad de quienes ya no están, o incluso exponer la mía, convencido como estoy de que como decía mi filósofo preferido nadie tiene  el derecho de penetrar en la intimidad de otro, sino también porque no me impulsan los motivos que por ejemplo en el ambiente periodístico-cultural estadounidense llevan a a hablar de lo íntimo en público sin reservarse nada, tal como si fuera una obligación cívico-moral o algo políticamente correcto. Queda aquí, pues, ese aspecto de mi modo de ver la vida como sugerencia y llamado a la imaginación. Y como soy del mismo barro pensativo del cual habla César Vallejo debo tratar de mantener ciertas reservas sobre las Marías que se van [6]reales o no.

Jesús, Carlota y yo durante un paseo a Maya.

[1]De esas competencias de playa surgió mi interés en el Atletismo. Admiré a Asnoldo Devonish, medalla de bronce del Salto Triple en Helsinki en 1952, surgido del mundo petrolero. También seguí en los años siguientes a atletas como el veterano Brígido Iriarte, y los más jóvenes Rafael Romero y Arquímedes Herrera, velocistas, o Héctor Thomas (decatlón). Y otros menos notorios.

[2]El tumbaíto es un estilo manifestado en el movimiento, en la manera de moverse. Es como una coreografía que se convierte en motivo de admiración para la mujer. Para un tumbaíto caribeño puede ayudar: https://www.youtube.com/watch?v=QEaV2bjlqNU

[3]https://jergozo.com/diccionario-venezolano/definir/jujú

[4]La palabra correcta es bufadero https://es.wikipedia.org/wiki/Bufaderoy se trata de un fenómeno natural que se da en los litorales rocosos.

[5]En Venezuela lo que en otros países se llama mopa, un trenzado que se humedece para limpiar los pisos, se ha sustituido por el coleto, una tela áspera gruesa que absorbe agua y se arrastra por el suelo con ayuda de un haragán.

[6]Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; / Me pesa haber tomado de tu pan; / pero este pobre barro pensativo / no es costra fermentada en tu costado: / tú no tienes Marías que se van! (del poema Los Dados Eternos de César Vallejo ). https://es.wikisource.org/wiki/Los_dados_eternos