RECOMENZANDO (1)

Oscar Tenreiro

A quienes han permanecido fieles a este Blog les habrá extrañado el repentino cese de mis actividades de proveedor de textos, el último el 28 de Octubre de 2018. Estoy escribiendo estas líneas el 5 de Febrero de 2019, a tres meses y medio de distancia: semejante hiato hace necesaria una explicación.

Sigo en la muy intensa tarea de publicar un libro sobre mi trabajo con el patrocinio, y más que patrocinio, el compromiso de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valencia (ETSAV), España, representada en la persona del colega José María Lozano, compromiso al cual me referí en la Digresión 38 publicada en el Blog el 29 de Julio del pasado año. Conjuntamente con el libro se presentará una exposición que se ajusta a un guion bastante diferente del que había sido previsto. Tiene carácter antológico, ilustra mi trabajo como arquitecto a lo largo de más de cincuenta años. La intensidad de ambos proyectos ha sido tal que me debí sumergir en una especie de retiro, el cual modificó muchas de mis expectativas, entre las cuales la de ir publicando aquí el texto del libro a medida que se iba formando. En efecto, a pesar de que publiqué 13 entradas de Todo Llega al Mar, hacerlo me resultaba cada vez más problemático y parecían entremezclarse demasiado las exigencias de ambos ámbitos (el del libro y el del Blog) convirtiendo la publicación en el Blog en algo un poco forzado que restaba dedicación a las exigencias del libro. Así que decidí dejar de publicarlo hasta que ahora, aquí en Valencia en las actividades previas a la apertura de la exposición, ya terminada mi parte del trabajo, puedo retornar a este Blog y cumplir con los lectores y conmigo mismo, porque como es obvio para quien lo haya seguido desde que se inició, comunicar inquietudes por esta vía es para mi un asunto de la mayor importancia.

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Y retomo la actividad en momentos en que se abre un paréntesis de esperanza que tiene a la mayoría de los venezolanos a la expectativa, deseosos de que finalmente cese la pesadilla que ha destruido nuestro país en los últimos veinte años. Que se abra espacio para el reencuentro, el reconocimiento del otro, la sensatez, y que se vayan a sus guaridas los criminales que nos han oprimido, para salir de ellas sólo a rendir cuentas.

Ante esta coyuntura, reaparece con fuerza la queja –o más bien el alegato– que he hecho sistemáticamente desde que comencé a escribir en este espacio el 24 de Mayo de 2007, hace casi doce años. Dirigido en especial a quienes habían sido personas de mi confianza y afecto, muchos de ellos antiguos estudiantes en quienes había confiado y que, abandonando los principios que decían defender cuando estaban lejos del poder, comprometieron la soberanía sobre sí mismos (así habló Ernest Cassirer de los incondicionales del führer y lo comenté ese 24 de Mayo) al hacerse parte de la locura que durante dos décadas se apoderó de Venezuela. Y desaparecieron para mí, por igual, la confianza y afecto, cuando la fisonomía de estos antiguos amigos dejó de ser reconocible, se transformó en disfraz, en caricatura. Quienes hace doce años podían parecer confundidos por el brillo del Poder o arrastrados por la corriente de acontecimientos que fueron en realidad vertiginosos, se convirtieron en simples cómplices. Y no sólo ideológicos como les gustaría serlo, sino cómplices de la agresión, el abuso, la ilegalidad, la deshonestidad, la crueldad, la mentira y el crimen. Sus manos están manchadas y sus argumentos en descargo sólo valen para quienes como ellos están dispuestos a todo para justificar desatinos en nombre de su elemental concepción del mundo. Ahora se harán conscientes de que alinearse con el Poder en democracia exige reconocer al adversario y respetarle sus fueros y sus derechos, mientras que hacerlo con el Poder Dictatorial es justificar a una cúpula cómplice que busca aplastar al disidente para perpetuar su violencia, su cinismo y el ejercicio de la intimidación.

¿Y qué lograron al sacrificar su soberanía? Encumbrar a una camarilla en la cual no hay una sola figura merecedora de respeto. Confirmaron con su conducta la autoridad de una galería de próceres revolucionarios cuyos nombres producen vergüenza. Y ojalá no insistan en evocar al Supremo Conductor olvidando que fue el fundador de la catástrofe. Sería ya demostración de ceguera irremediable.

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Pero dejemos atrás ese episodio –que podría ser triste si no indignara– y vayamos hacia el momento que estamos viviendo.

Al respecto cabe decir que la experiencia venezolana parece indicar el cierre de un ciclo de dudas y el comienzo de uno de certidumbres: una de ellas la de la necesidad de un acuerdo político y social que relegue las divisiones innecesarias, los enfrentamientos estériles que prepararon el terreno a la tragedia. Y tal vez podríamos esperar que nos encaminemos a tratar de sustituir la improvisación y los impulsos con la previsión y la reflexión, rasgos claves del crecimiento cultural. Lo necesitamos porque la debilidad de nuestras instituciones, síntoma de una insuficiencia que ha sido crónica en la sociedad venezolana, sólo será superada con la ampliación y profundización del conocimiento de lo que somos como sociedad, fundamento de toda cultura.

Y no podemos dejar de tener ciertas expectativas en cuanto al cambio que esperamos respecto al modo de ver la ciudad y su arquitectura. Ciudad que ha sido vapuleada y menospreciada por el populismo que irrumpió incontenible en el juego político venezolano desde la caída del otro Dictador hace sesenta años. Consecuencia de carencias culturales que han impedido reconocer el papel esencial que la arquitectura tiene en la construcción del espacio público y el mejoramiento de la calidad de vida urbana, punto de apoyo del desprecio a la ciudad que se hizo ideología –política de Estado– en estos últimos veinte años. Carencias que se manifiestan a su vez en todas las voluntades, en todos los espíritus sin importar su alineación política, porque son –precisamente– de raíz cultural.

Y cabe aquí narrar un caso personal que me sirve como comprobación de lo que digo: después de haber sido elogiada como una obra ejemplar, el Ambulatorio José María Vargas del barrio Las Minas en Baruta, proyecto del cual estoy orgulloso y que al mostrarlo fuera de Venezuela ha sido visto con especial interés como muestra de una actitud novedosa ante la arquitectura institucional como instrumento de cambio de la ciudad informal, ha sido tratado por los alcaldes sucesores de Enrique Capriles, bajo cuyo mandato se construyó, ambos alcaldes de oposición, prometedores personajes de los nuevos tiempos de la política venezolana, con un desprecio y una irresponsabilidad que pareciera parte de un encono de origen político. ¿Cómo justificar este absurdo si no es en nuestras carencias, por hábitos que han echado raíces profundas que sólo la reflexión podrá ayudar a superar? Cuando alguna de estas noches recientes he transitado frente al edificio y lo veo sin la luz apropiada, castigado por el abandono, la plaza interna pensada para el disfrute colectivo cerrada, ninguna actividad de custodia; y lo que es peor, cuando de día puedo apreciar la forma abusiva como ha sido tratado, la suciedad, en definitiva el abandono casi programado, reflexiono sobre la necesidad urgente de promover un debate amplio que sirva de ayuda para erradicar semejantes formas de proceder.

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Poster de la Exposición sobre mi trabajo que se abre en la Escuela de Superior de Arquitectura de la Universidad de Valencia-España (ETSAV) el próximo día 14 de Febrero. Los curadores son José María Lozano y Antonio Ochoa Piccardo.

Ese ha sido uno de los puntos que he tratado en las intervenciones públicas que han acompañado la exposición y la edición del libro que refiero al inicio de estas líneas, el de las inmensas dificultades que enfrenta la construcción de arquitectura institucional en Venezuela. En un país donde el dinero prácticamente ha rodado por las calles para emplearse en las empresas más absurdas, en inversiones sin destino claro, siempre abriendo un nuevo capítulo del saqueo criminal a los dineros del Estado, son escasísimos los casos en los cuales se ha sido generoso para dotar de prestaciones adecuadas a la arquitectura pública. Siempre se plantea una lucha contra presupuestos incompletos, formas de construcción inadecuadas, equipamientos improvisados, amenazas prematuras de ruina, cambios de especificaciones abusivas sin apoyo técnico serio, interrupciones de los procedimientos. Interferencias de todo orden que hacen que lo pensado en la etapa de proyecto sea casi imposible de cumplir. Haciendo hasta cierto punto inalcanzable una arquitectura que a la vez que busque superar lo rutinario aspire a convertirse en patrimonio cultural. Todo lo cual actúa a favor de una visión de la arquitectura adocenada, carente de aspiraciones, estrictamente ligada a necesidades básicas reducidas y disminuidas a conveniencia, y sin otra expectativa que cumplir con los requisitos mínimos.

Eso debe cambiar, no puede haber duda, y ya desde este momento en el cual despuntan esperanzas debe decirse con toda claridad. Sin que pensemos que una asociación gremial como el Colegio de Arquitectos, secuestrado por una directiva que desprecia la democracia interna y procede en la misma línea de conducta de la dictadura, pueda siquiera abrir la boca para promoverlo.  Por allí será necesario comenzar el cambio.

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Y a tono con estos razonamientos apuntamos hacia lo que ha sido para mí la principal ventaja de estas actividades fuera de mi secuestrado país: poner sobre la mesa las razones por las cuales nuestra palabra como arquitectos que luchamos en un medio cultural limitado, con mucho de agreste, proclive a la confusión y sobre todo inmaduro hasta el punto de no comprender en qué consiste su especificidad; poner sobre la mesa repito, los puntos de vista que ayudarían a definir caminos más amplios para una visión de la arquitectura que está notoriamente empobrecida por los lugares comunes del consumo de novedades o los arrestos académicos de una crítica demasiado marcada por la retórica. Es esa una tarea tanto más importante por cuanto las principales víctimas de nuestra ausencia en el debate internacional son los más jóvenes, condenados a formarse en un medio que niega espacio sistemáticamente a la construcción de buena arquitectura y evade –siguiendo la muy venezolana tendencia de no enredarse demasiado– toda discusión seria dirigida a fundamentar los juicios de valor. Se forman así arquitectos jóvenes que lo desconocen todo respecto a su propio país y reciben sólo a cuenta gotas información sobre las luchas de sus mayores porque a la falta de oportunidades de construir se suma la ausencia de publicaciones y foros de discusión… aparte de que las aulas universitarias, en estas dos últimas décadas fatídicas están al borde de la ruina total.

Si sé bien que sólo me represento a mí mismo, que no puedo hablar por otros, también sé que lo que digo es fruto de condiciones sui-generis que no sólo tienen la muy notoria dimensión política que han adquirido con los recientes acontecimientos, sino, insisto en ello, remiten a una dimensión cultural que está por ser entendida, discutida y aceptada como una cara más de esa diversidad del mundo de la cual tanto se habla y tan poco se asimila.

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TODO LLEGA AL MAR (13)

Oscar Tenreiro

Es bastante común hacer comparaciones entre las diferentes artes y lo ha sido también con la Arquitectura, que generalmente se compara con la música por muchas razones entre las cuales la necesidad que la música tiene, al igual que ocurre con la arquitectura, de separarse del autor. Se separa en efecto y se pone en manos de otros mediante la partitura –el proyecto– la hace suya el Director y la orquesta –los constructores– o la asume el intérprete; en todas las instancias para hacerse realidad en el tiempo, porque la música depende de él así como ocurre con la arquitectura cuya percepción tiene lugar en el recorrido y en el uso, que también dependen del tiempo.

Pero me gusta más comparar a la arquitectura con la música por algo que para mí es fundamental y se encuentra hoy un tanto desacreditado y olvidado, que es la necesidad de estudiar lo que otros hicieron antes de nuestro tiempo. Porque no hay posible educación musical completa, que apunte a arraigarse en el sujeto, sin el estudio de los grandes músicos que nos precedieron: no es posible querer componer sin haber nunca estudiado a Mozart, o a Beethoven, o haber escuchado Chopin, Debussy o el dodecafonismo de Schömberg… Y pienso coincidiendo con muchos, que no es posible ser arquitecto sin interesarse en la gran historia de la arquitectura o haberse detenido a observar y entender los monumentos claves. Y como la arquitectura tal como la practicamos hoy es cuestión bastante reciente, debe ser entonces parte de una educación que aspira a ser completa el estudio detenido de obras cercanas en el tiempo, sin que hablemos de lo que más nos concierne por su cercanía y por las consecuencias que tuvo para nuestra disciplina, que es la irrupción del Movimiento Moderno expresada en la construcción de obras basadas en nuevas formas de entender el oficio que aspiramos dominar.

Teniendo eso en mente hablé más arriba de profundizar en el conocimiento de la disciplina cuando me refería a las lagunas y necesidades de mi formación. Me refería, tal como he expuesto, a estudiar arquitecturas hechas por otros, lo cual es una verdadera fuente de conocimiento a la cual, repito, todos los arquitectos le dedicamos –o deberíamos dedicarle– mucho espacio. Para mí se trató del estudio de la arquitectura de Le Corbusier cuya obra y discurso ya he dicho cómo me impactó en los años universitarios, de modo que las bases de esta profundización estaban echadas y ahora, cuando me iniciaba a tientas, zarandeado por la realidad, en la vida profesional, iba a tener consecuencias positivas.

Mi actividad como profesor interino a dedicación exclusiva me dejaba mucho tiempo libre. Nadie de mayor jerarquía me pedía cuentas del uso de mi tiempo y sólo me encontraba realmente ocupado tres veces por semana, en las tardes del Taller que dirigía Martín Vegas Pacheco quien actuaba como jefe de todo el grupo profesoral entre los cuales yo era el recién llegado, el más joven y con menos experiencia. No tardé por cierto en tener pequeñas diferencias con Martín –le tenía confianza y así lo trataba– quien parecía sentirse incómodo con mis insistencias respecto a aspectos del programa docente entre los cuales el deseo que expresaba constantemente de buscar temas de trabajo coincidentes con mis preocupaciones. Pero aparte de la presencia en el Taller, del cual se me había nombrado Coordinador, no tardé en darme cuenta de que podía hacer cualquier cosa con mi tiempo extra. Me hacía sentir muy incómodo llegar a la oficina que se me había asignado –improvisada en un aula- depósito en la torre de aulas– y no tener nada programado; y lo peor, que nadie requiriera algo de mí. Así que me propuse como actividad diaria el estudio de Le Corbusier a partir de su colección de Obras Completas que obtenía de la Biblioteca.

Para quien no las conoce, muestro la portada típica de los ocho volúmenes de la Obras Completas. Tiene las proporciones de la sección dorada –el Modulor– con letras tipo Stencil que son las que siempre usó

Las Obras Completas comenzaron a salir después de la Segunda Guerra. En la primera página del volumen 1910-29, Corbu publicó esta carta a sus amigos jóvenes de Suráfrica. Martienssen, a quien dirige la carta, es considerado el fundador de la arquitectura moderna en Suráfrica. El texto es extraordinario y lo leí con no poca emoción, como conferencista invitado en una sesión del Congreso de Arquitectos de ese país en 1999. Lo publicaré completo en la entrada de la próxima semana porque me parece un deber compartirlo.

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Comencé pues, a partir Febrero-Marzo de 1963 a oír lo que Corbu se empeñó en decirnos acerca de sus experiencias, tenaz tarea personal durante su vida. Me dediqué a desentrañar en lo posible los fundamentos de su discurso, y no tardé en descubrir, sin poder formularlo en ese momento sino sólo intuirlo, lo que Kenneth Frampton me diría muchos años después en una conversación: en las Obras Completas se encuentra todo el método de la Arquitectura Moderna. Y es ahora cuando lo interpreto: al Corbu publicar sus proyectos dando de modo prolijo sus razones para hacerlos como los hizo, los criterios que siguió para trabajar, tratando de ser preciso en un sentido que bien puede llamarse técnico gracias a que insiste, como fue siempre su actitud, en que ese conjunto de razones y criterios son respuestas concretas a necesidades concretas y no ideas de corte filosófico[1]sobre las cuales nunca argumentó directamente sino que las sugirió, o más bien las mostró en la obra misma; al proceder así, repito, puso esas razones a nuestro alcance, las convirtió en herramientas, nos invitó a seguir rutas en nuestro trabajo, en definitiva procesos, análogos a los que él describe, lo cual es exponer y promover un método de trabajo.Ese Método es común a cada proyecto y a cada arquitecto y empieza a convertirse en distinto, a diferenciarse adquiriendo una personalidad propia, a hacerse respuesta individual, imagen del arquitecto, en el edificio, sea en proyecto, sea construido. Deja de ser método y se materializa en arquitectura en los dibujos que lo definen, en la intención de construcción: se escoge un sistema estructural, se fijan alturas y aberturas, se trabaja la luz, se seleccionan materiales, colores –el  color puede ser protagonista– se configuran volúmenes, se toman decisiones estrictamente individuales de las cuales algunas atañen a la dimensión artística. El método llevó hasta la arquitectura.

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En sus Obras Completas, Le Corbusier siempre detiene su discurso, o lo desvía, cuando empieza a actuar lo no expresable, lo que radica en las intenciones personales que superan lo utilitario, lo individual, aquello que he decidido llamar a falta de otras palabras la dimensión artística. muestra el edificio mediante dibujos, usando fotos, escogidas unas en lugar de otras, a veces mediante croquis, dejando pensar al observador, con las imágenes planas como vínculos. Y si lo que quiere destacar se refiere a las proporciones, una de sus preocupaciones fundamentales, apela al Modulor, herramienta de su creación en sí misma de estricto carácter técnico. O sea que restringe la palabra, que en él siempre fue abundosa o la elimina cuando el método ha quedado atrás y se ha hecho realidad la arquitectura.

Con lo cual volvemos al principio de este razonamiento: cuando se estudian los proyectos de Le Corbusier, cuando se va más allá de la revisión rápida que realza los detalles, que se recrea en los ángulos fotográficos, en el efecto, en los contrastes, en todo aquello que pertenece al mundo gráfico y se ha convertido en constitutivo del reportaje editorial sobre arquitectura; cuando se supera todo eso, lo que sobrevive porque Corbu se dedicó como he dicho, sistemáticamente a comunicarlo y permanece al alcance de cada quien, es un método. Si a eso agregamos que el esfuerzo de comunicar se extendió a lo largo de toda una vida documentando los pasos sucesivos que dio su autor, examinando sus éxitos y fracasos –incluyendo anécdotas, protestas, elogios, comentarios de distinto orden y cortos ensayos sobre temas de la cultura, tenemos a la mano un testimonio de especial contenido pedagógico. Ese es efectivamente el gran mérito de las Obras Completas. Aparte de que muestran la trayectoria de toda una vida, permiten seguirle el curso al constante aprendizaje personal de un personaje clave, a sus cambios de punto de vista, a sus saltos de genio, a una constante superación sintonizada con las exigencias de su tiempo. En resumen un documento único en la Historia de la Arquitectura y más ampliamente del Arte en general.

El tiempo que les dediqué a estudiarlas fue un paso decisivo en mi formación.

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Ese plan de estudio de las Obras Completas, que se prolongó durante tres o cuatro meses, tuvo secuelas inmediatas que luego narraré. Me dotaron, como puede deducirse de lo que vengo de exponer, de nuevas herramientas que se sumarían a las que habían tomado forma desde mis inicios universitarios. Muchos puntos oscuros o más bien dudosos permanecían en mi conciencia de ser arquitecto, para cuya superación serían necesarios unos cuantos años más; había simplemente subido un primer escalón. Pero era seguro que mis raíces se estaban afirmando cada vez más en la tradición moderna, no sólo porque otros me habían educado así sino porque yo mismo había hecho lo necesario para sembrarlas hondo. Sin que deje de hacer notar que, como ocurrió durante largo tiempo a raíz de la fiebre imitativa que despertó su arquitectura, me dejé llevar por los aspectos más visuales del credo estético personal de Corbusier, en cambio, los menos aparentes, los que echan raíces en sus posiciones intelectuales, quedaron más bien latentes hasta hacerse conscientes progresivamente a lo largo del tiempo. Creo poder situar esa toma de conciencia más sólida, mejor fundamentada, una década después de mi período de intenso estudio de su obra, cuando a partir de unas cuantas experiencias decisivas, personas que conocí y ampliaron mi educación –Augusto Komendant por ejemplo– la actividad docente en mi país y fuera de él, pude alimentar y desarrollar una naturalidad respecto a mi punto de vista. Muchas cosas importantes de este tiempo inicial de profundización quedaron, creo, en mi inconsciente esperando emerger a la conciencia. Y al poder construir, al ofrecérseme experiencias para constatar cuales iban a ser mis decisiones, abriendo la puerta hacia la dimensión artística, comencé a separarme de la imitación para ir hacia la exploración de un lenguaje. Contando además con un factor muy importante: la frescura de los aportes del suizo-francés fue atenuándose y la evolución general del debate sobre arquitectura, el cambio de tono, las nuevas ideas, incluso las confusiones del posmodernismo, estimularon la reflexión y la rectificación. Y así, hijo de mi tiempo, como todo el mundo, cambiaron mis preferencias y modos de actuar.

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Fue por ese mismo tiempo cuando se presentó la segunda ocasión de proponer arquitectura.

El suegro de Sosa Franco, el conocido gastroenterólogo venezolano Joel Valencia Parparcén, tenía un pequeño terreno frente a una de las clínicas privadas de más prestigio de Caracas, el Centro Médico, y deseaba construir en él un pequeño edificio para consultorios de su especialidad. Pedro me trasmitió el encargo y, tal como había sido hasta entonces, aportó su entusiasmo y su disposición a ayudar mientras yo me encargaba de dar forma al edificio.  Y así surgió, como un Anteproyecto que debía someterse a las autoridades locales –lo que en esa Venezuela de entonces se llamaba la Ingeniería Municipal– para obtener la autorización de usos y densidades, lo cual nos iba a enfrentar a esa escasez de ideas y de apego formal a las normas que caracterizaban y siguen caracterizando a los organismos de control urbano de nuestra ciudad.

Aún así, trabajamos la propuesta y la sometimos a consideración para que se nos dijera que no era posible alterar las condiciones existentes, aunque pocos años después, habiendo ya nosotros renunciado desde hacía tiempo a respaldar el proyecto y dejado atrás nuestra sociedad, cuando el cliente dedicaba sus esfuerzos a otras cosas, cambiaron las regulaciones de toda la zona y hoy se encuentra poblada de pequeños edificios de apoyo al hospital tal como lo habíamos propuesto. Sin que esté demás decir que el ya fallecido arquitecto Oscar Carmona (2), muy buen arquitecto quien unos años después colaboró de modo activo y muy importante con Carlos Raúl Villanueva en la ampliación del Museo de Bellas Artes y en el diseño de un edificio de apartamentos en San Bernardino para la familia Villanueva, trató de ayudarnos en nuestro proceso aprobatorio –hicimos una maqueta y realizamos informes descriptivos muy completos– sin conseguirlo.

Es un edificio muy pequeño pero fue un verdadero reto en muchos sentidos. Aparte de problemas de diseño que me avergüenzan un poco como las carencias del núcleo de circulación vertical, notoriamente insuficiente, con una escalera de caracol contraria a toda norma, tiene otras virtudes y particularmente una claridad formal que reivindico cincuenta años después. Además logramos adaptarnos favorablemente a la difícil geometría del terreno y abrimos las ventanas de la fachada principal –la Oeste de máxima insolación– de un modo tal que por su ubicación respecto a los planos externos completamente ciegos, quedaban protegidas del sol directo. Estos planos ciegos de la fachada se extendían siguiendo direcciones variables para adaptarse a la calle lográndose un volumen unitario, y le dan al edificio una personalidad que recuerda de muy lejos –sin haber sido referencia en modo alguno– los dormitorios de Alvar Aalto en MIT, edificio de muchísima mayor entidad.

[1]Más arriba me referí al rechazo abierto que Le Corbusier expresaba  a la idea de filosofar a costa de la obra de arquitectura.

[2]La temprana y sorpresiva muerte de Oscar Carmona, nacido tal vez –no tengo modo de corroborarlo– en 1941-42, dejó sin aclarar porque él mismo nunca escribió algo al respecto, las características de la colaboración que Oscar prestó a nuestro maestro en su tiempo de trabajo juntos. Tengo una idea de que la relación fue importante porque Oscar trabajaba en el mismo edificio donde Sosa Franco y yo teníamos un improvisado local y allí se acercaba a comentarnos de lo que hacían. Tuvo un papel instrumental de primera línea en el desarrollo del Proyecto de Ampliación del Museo de Bellas Artes y de bastante importancia también en el edificio de la Plaza de La Estrella de San Bernardino propiedad de la familia Villanueva. Ignoro en manos de quien pudieron haber quedado los archivos de Oscar. Oscar trabajó un tiempo con Gerónimo Puig y juntos hicieron arquitectura de mucha calidad.

TODO LLEGA AL MAR (12)

Oscar Tenreiro

No es que no hubiera pensado que podía quedarme en Francia en una época en la que los venezolanos no emigrábamos, sino que veía con ansiedad positiva la posibilidad de iniciarme en un contexto económico en el cual las oportunidades estaban a la vista. En efecto, Venezuela se movía hacia adelante a pesar de las tensiones políticas, pero había optimismo y los más jóvenes, en general, no concebían la posibilidad de estar fuera. Intentarlo todo dentro del país parecía ser un consenso para la inmensa mayoría de los que comenzábamos nuestra vida profesional.  Y a ello no era ajeno mi hermano Jesús, en muchos sentidos mi apoyo en la distancia, quien me escribía poco antes de que hubiésemos empezado la preparación de nuestro regreso acerca de la conveniencia de hacerlo señalándome además la posibilidad cierta de ser parte del cuerpo docente de nuestra Escuela. Recuerdo claramente la carta en la cual me lo dijo y recuerdo también que le contesté diciéndole lo poco convencido que estaba sobre la posibilidad de ser profesor, yo, que tenía tantas inseguridades no resueltas. Y al mismo tiempo llegaba a decirle, ante sus argumentos que apelaban al orgullo de ser de esta tierra y deberse a ella, él quien para los superficiales era una especie de europeo –porque Jesús siempre fue fiel y apasionado hombre de aquí– llegaba yo a llamarle la atención repito, sobre una frase que rescaté de un texto de Unamuno en la cual dice con otras palabras que hay personas, quizá pueblos enteros incapaces de vivir desde el fondo del alma. Pretendía ilustrar con ellas una visión negativa –y fantasear sobre un no-regreso– de las indiferencias venezolanas que en ese entonces juzgaba desde mi intensa y rígida religiosidad.

Pero a pesar de todas las dudas y argumentos partimos un día de Setiembre de 1962 manejando hacia Nápoles con nuestro bebé de diez meses y las maletas que cabían en el Volkswagen, para embarcarnos en el Irpinia en clase turista llevando también al escarabajo alemán, y once días después desembarcar en La Guaira.

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Para un matrimonio con un niño y otro en camino –mi mujer esperaba nuestro segundo hijo– las cosas no iban a ser fáciles. Ya al poco tiempo de regresar pude darme cuenta de que trabajar en vivienda social que era lo que más deseaba, no iba a estar tan a la mano. Toqué puertas aquí y allá, una de ellas en la oficina encargada de la nueva Ciudad Guayana y nada conseguí hasta que finalmente Oscar Carpio, Director de la Escuela de Arquitectura, con Julián Ferris como Decano, me ofreció un cargo de Profesor Instructor Interino a Dedicación Exclusiva que comencé a ejercer en Diciembre de 1962.

Y poco después, se presentaron dos circunstancias que irían a tener peso: una, la de construir, otra la de profundizar en el conocimiento de la disciplina.

Vayamos a la primera.

Un amigo, Pedro Sosa Franco, condiscípulo durante la carrera a quien frecuenté en París donde él también se encontraba por razones de estudio, me propuso asociarnos –sin acuerdo legal, simple amistad– y así lo hicimos durante algunos años. Pedro tenía algunos contactos en sectores que podían interesarse en construir, y fue uno de ellos lo que motivó inicialmente nuestra asociación. Se trataba de un par de ingenieros vinculados a una de las petroleras extranjeras en Venezuela quienes deseaban construirse sus casas en un par de lotes para casas pareadas en una parte de la ciudad que recién en ese año comenzaba a urbanizarse. Sus nombres, Valera y Sarjeant ilustraban sus procedencias: un criollo de los Andes y un trinitario venezolanizado. Eran los comienzos de 1963. Como ya he dicho, la economía marchaba y había optimismo a pesar de la subversión de inspiración cubana, la misma que hoy dirige a Venezuela, así que no me resultaba difícil pensar que las casas se iban a construir. Con lo cual llegamos a una situación que nos diferenciaba claramente de los demás países Latinoamericanos: un joven como yo, sin experiencia ninguna, con una formación intelectual bastante incompleta, podía construir.

Y lo asumí con una gran naturalidad. La construcción era para mí un campo inexplorado. Sabía poquísimo de diseño de detalles, para lo cual la construcción es la fuente principal de conocimiento, pero hice los mayores esfuerzos para proponerlos de acuerdo con el sentido común, algo que por supuesto no iba a garantizarme resultados del todo satisfactorios, pero ponía en manos de los artesanos –abundantes y de calidad, generalmente europeos meridionales– su solución definitiva. Los usos establecidos por otra parte, dejaban para la intervención profesional formal el cálculo y diseño final de la estructura a cargo de algún ingeniero conocido, pero las instalaciones las proyectaban dibujantes con un conocimiento básico (había pocos ingenieros sanitarios o mecánicos), que tomaban el Anteproyecto y a mínimo costo realizaban cálculos y proponían soluciones, todo a la medida de la fragilidad institucional venezolana. Era sin embargo en forma rudimentaria, y llamo la atención sobre ello, un procedimiento análogo al que seguía cualquier arquitecto francés que en lugar de trabajar con conocidos hubiera acudido a un bureau d’études: planteaba un Anteproyecto y entregaba a otros la realización del proyecto. Con la gran diferencia de que en un país como Francia hacía mucho tiempo que construir había dejado de ser asunto de artesanos y pequeños constructores.

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He hablado del cómo, pero ¿cuales iban a ser mis instrumentos para responder al qué?

Durante los años de escolaridad un estudiante de arquitectura recibe sin duda un entrenamiento que permite organizar el edificio, y si se trata de un estado de cosas como el venezolano, dominado sin discusión alguna por la tradición de la modernidad, rendido a las influencias de los modos de abordar la arquitectura nacidos a principios del siglo veinte y consolidados en la segunda posguerra, eso es más cierto aún. Habían pasado para mí cinco años de ir y venir sobre temas de organización de los elementos de un programa, de hablar de circulaciones internas, de rozar el tema de las proporciones (rozar, porque era sólo una referencia light), de discutir sobre la orientación, la protección solar, la topografía, de ver arquitecturas de otros en un medio en el cual se construía con particular intensidad, de referirse a las características del esqueleto estructural, concepto, el de esqueleto, característicamente moderno, y de unas cuantas cosas más que permiten al joven arquitecto no estar del todo desprovisto de instrumentos. Pero faltaba sin duda, o era escaso, comprensible para esa edad tan temprana, todo lo referido a los fundamentos, a lo que guía el esfuerzo técnico, al conjunto de razones o intuiciones que le dan dirección a lo que quiere hacerse, aquello que en nuestra disciplina sólo se logra con el aplomo de los años y los múltiples intentos. Como he dicho más arriba, fue la imitación lo que orientó mis esfuerzos.

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En esos años la estética del ladrillo-concreto estaba en el ambiente. Hacía poco tiempo que Corbu había terminado las casas Jaoul (1954-56) y a partir de ellas los críticos, como ya comenté unas líneas atrás se habían dedicado a inventar el brutalismo dándole el rango de estiloque en realidad devino en moda que prosperó en todo el orbe. Moda que no por serlo dejaba de inspirar buenas cosas como ocurrió en Venezuela con la hermosa casa de Jaime Hoyos[1], arquitecto colombiano-venezolano (en Colombia comienza en ese tiempo a generalizarse esa estética hasta convertirse en tema cuasi-ideológico) construida en 1962. Pero había habido ya una segunda generación de la estética del ladrillo-concreto que trabajaba el ladrillo fuera del canon brutalista, uno de cuyos ejemplos podría ser las casas de bajo costo que Louis Kahn construyó en Filadelfia en el conjunto de Mill Creek en 1959-61 o las de alto nivel que I.M. Pei construyó en Society Hill, Filadelfia, en el mismo tiempo de nuestras casas, 1963-64.

Durante unos años durante mis viajes hice pequeños dibujos (11×7 cm.) de lo que me interesaba. Visité las casas Jaoul en 1985 y tuve una muy interesante conversación con Mme Jaoul. Por cierto, su hijo,geólogo, había estado en Venezuela.

Una de las casas Jaoul (Internet)

Las casas del conjunto de Mill Creek de Luis Kahn. Lo visité junto con Domingo Alvarez –el flaco– en 1965 y subimos a las torres. Los muchachos de los apartamentos se burlaban cuando decíamos que el arquitecto era famoso.

Otro aspecto de las casas (de interés social) de Mill Creek-Filadelfia de Luis Kahn.

A la derecha una de las casas (tipo town-house americano) de I.M. Pei en Society Hill, Filadelfia, de 1963-64. Al fondo se ve una de las dos torres del conjunto que es de un alto nivel económico. El ladrillo está trabajado con una finura de alto costo. También visité este conjunto en 1965.

Esa fue la dirección que tomó mi esfuerzo imitativo. Y su rasgo más propio, más original si se quiere –realizado de manera incompleta o tal vez sólo balbuceado– era la división de la planta por una doble altura en la cual se ubicaba en Planta Baja la escalera principal y un estar familiar, espacio al cual se llegaba desde la calle por un pasillo cerrado que quería ser una analogía del zaguán de nuestras casas tradicionales. Todo eso aparte de las sorpresas de la inexperiencia como me ocurrió con las proporciones –los antepechos de las ventanas demasiado altos–  o el manejo de la luz natural, esto último expresado en las dificultades que tuve para convertir las tomas de luz sobre la escalera en cañones de luz, intención que era un leve despropósito. Y también el manejo de la topografía con desniveles que se llevaron a las casas de modo demasiado literal, además de la mala solución –o más bien la no-solución– del adosamiento lateral entre ellas

Las casas Valera-Sarjeant. Todavía incompletas. Foto de 1963.

Foto tomada cuando ya las casas estaban ocupadas pero no transformadas como están hoy. Ignoro la fecha en la que la tomé.

Otra foto del mismo día de la anterior.

La doble altura tomada desde la planta alta. La cruza un puente que en ese momento aún no tenía barandas (1963-4).

Desde el estar hacia el comedor a través de la doble altura. La escalera tampoco tenía todavía barandas (1963-64)

Pero pese a todas esas limitaciones debidas a mi incapacidad para hacerme un cuadro claro de los puntos débiles que pueden convertirse en problema –algo que depende de un talento natural que me era esquivo– la experiencia de construir me proporcionó un campo seguro de conocimiento que compensaba mi falta de destrezas, cuestión que hoy me revela, junto a otras evidencias, cuan lento ha sido mi desarrollo, obligándome constantemente a la práctica de prueba-error, práctica –ya lo mencioné–típica del Taller en las escuelas de arquitectura, la cual desde otra perspectiva podría juzgarse como constitutivo de nuestra disciplina. Porque me atrevo a decir que los arquitectos trabajamos siempre siguiendo esa mecánica: intentando reproducir lo que imaginamos, o lo que imitamos, para encontrarnos con obstáculos o impedimentos que nos obligan a intentarlo de nuevo, hasta encontrar lo que nos convence. Y allí queda para bien o para mal.

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Pensando que una buena preparación previa en la fase de proyecto me debía ayudar a encontrar el camino de mi prueba y error, dediqué muchísimo tiempo a trabajarlo. Junto con mi socio, quien había conseguido el trabajo, hacíamos uso de un espacio de la oficina ya establecida de Gustavo Legórburu (1930-2013) y Américo Faillace, amigos mayores conocidos a través de Jesús Tenreiro, quienes compartían una amplia oficina del Centro Comercial Mata de Coco en Chacao. Allí estuvimos sin pagar alquiler, como sus huéspedes, durante varios meses mientras culminábamos nuestro proyecto. Pedro mi socio, gracias a su constante cordialidad era una buena compañía para tantas horas de trabajo, casi desproporcionadas para el tamaño del encargo, en las cuales me dediqué muy cuidadosamente a estudiar los alzados dibujando a mano croquis escrupulosamente construidos que me ilustraban sobre las posibilidades del ladrillo a la vez que me distraían de problemas más importantes, o mejor, más significativos, cuyo efecto final no es difícil identificar en la obra construida.

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Hablar de ésta opera prima y los desvelos que la acompañaron obliga a decir algo de lo que era ejercer la arquitectura en Venezuela en ese tiempo y después de él llegando en algunos aspectos hasta hoy. A pesar de las oportunidades de construir que en ese entonces estaban a la mano, el rol del arquitecto era aceptado de modo muy incompleto y precario. Se le asignaba un valor tan bajo en términos económicos e incluso de aceptación social-cultural que establecerse de modo formal se hacía muy difícil. Ya he dicho que la asociación que había formado con Pedro Sosa Franco se basaba en simple amistad sin tener respaldo legal, pero además de eso los honorarios que recibimos por las casas eran tan escasos que resultaba imposible pensar en constituir una empresa, un estudio de arquitectura formalizado y estable. Continuábamos cada uno por su lado trabajando durante todo el día, él en una oficina del gobierno, yo en la Facultad de Arquitectura, para con los respectivos sueldos poder contribuir al sostén de nuestras familias, ambos con dos hijos y yo con un tercero en camino. Con lo cual queda dicho que el proyecto Valera-Sarjeant lo hacíamos como moonlighting, fuera del horario de nuestra diaria actividad formal. Había pues en mi situación –la de mi socio mucho más cómoda que la mía– un sacrificio en la organización del tiempo normal de trabajo extremadamente agudo, que nos obligaba a trabajar 13 o 14 horas diarias y llegar a nuestras casas muy avanzadas las noches, situación que continuó durante al menos dos años más y tendría efectos no solo sobre lo que hacíamos sino sobre nuestras relaciones cercanas y lejanas.

Interior de una de las casas Jaoul. La escalera del trópico es familia directa de la escalera francesa. (Internet)

[1]Tuve mucho contacto que podría llamar social con Jaime Hoyos, arquitecto colombiano radicado en Venezuela, en los años inmediatamente posteriores a mi regreso. Era yo un admirador de su casa y fue durante una visita a ella que comenzamos a frecuentarnos. Unos cuantos años mayor que yo, tal vez diez o algo más, estaba casado con una hermosa mujer noruega, algo dura de carácter como puede esperarse de alguien del norte, a quien según entiendo había conocido en Europa, con quien tuvo dos hijos cuyo destino desconozco. Jaime estuvo un tiempo radicado en Valencia-Venezuela donde construyó al menos una casa, la de Saúl Branger, muestra de muy buena arquitectura; y sé que hizo otras cosas de igual calidad. Fue factor importante en la oficina de Julián Ferris y autor en ese tiempo de excelentes proyectos entre ellos la Biblioteca Nacional que no se construyó y parte de la Universidad de Oriente. Jaime Hoyos merece ser recordado y sus obras estudiadas. Su casa es de primera línea y vocación patrimonial. Pero Venezuela es ingrata, lo sabemos.