PIDO EXCUSAS POR ESTE PARÉNTESIS

A propósito de las muy recientes declaraciones de José Luis Rodríguez Zapatero ex-Jefe de Gobierno de España sobre la situación venezolana, no puedo dejar de recordar aquí lo que le oí por primera vez a uno de mis maestros, el  Ingeniero Estonio-Americano Augusto Komendant (1906-1992):

“La inteligencia tiene límites, la estupidez no”

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TODO LLEGA AL MAR (7)

Oscar Tenreiro

Cabe preguntarse aquí la razón por haberle dedicado tanto espacio a un viaje. Y lo he hecho porque lo que experimenté durante los dos meses largos que duró. tuvo un papel decisivo en mi formación. Descubrí la diversidad latinoamericana, la riqueza de sus múltiples tonos, sesgos, sutilezas que se funden en una sola cultura y envuelve a todo el continente de un modo único, impresión que alimentó en mí expectativas de un futuro común imaginado con los mejores trazos, tal vez utópicos pero que conservo hasta hoy. Y conocí gentes, se me revelaron otros modos de ver la realidad, visité lugares, tuve experiencias humanas –encuentros entrañables– que definieron mucho de lo que soy.  Tocó tantos aspectos de mi sensibilidad, de mi posición frente al mundo, que necesariamente influyeron en el desarrollo de lo que he llamado mi conciencia de arquitecto, porque pienso –y he insistido en ello– que Carlos Raúl Villanueva dijo algo verdadero cuando afirmó que el arquitecto es –o debe ser–un intelectual[1], condición que implica ser una persona abierta a todas las manifestaciones de la cultura, dispuesta a lograr que ellas alimenten, junto a otras cosas importantes, su conducta, sus aspiraciones y su forma de relacionarse con los demás, sin que olvidemos que la conducta incluye lo que hacemos y queremos hacer. Y siendo evidente que no sabemos porque es imposible saberlo cuales son los mecanismos psíquicos que hacen que la riqueza de nuestro mundo intelectual alimente lo que hacemos y queremos hacer como arquitectos, no por ello dejamos de darle la importancia que tiene. Sólo podemos conjeturar que algo que hemos observado, el detalle de algún encuentro, el cuadro que excitó nuestra curiosidad, una melodía, aquel espectáculo extraordinario, determinada vivencia, la visita que nos interesó, lo que al leer disparó nuestra imaginación, la permanente actitud de observación, todo eso o una sola de esas cosas, influyó en alguna de las decisiones que hemos tomado cuando se trata de proponer arquitectura. Pero es de la suma de ellas junto a otras tantas de orígenes más precisos –como por ejemplo las destrezas técnicas o expresivas– de donde se alimenta nuestra disciplina, del mismo modo como se alimenta lo que hacemos cuando nos sometemos a prueba en lo que llamamos creación. Por eso insistimos en darle valor a la ampliación de nuestro horizonte intelectual, tanto en tiempos de mayor madurez como –y muy especialmente– cuando fuimos estudiantes, razón por la cual ahora, cuando evoco un trayecto de vida, ahondo en este relato y hablo de lo que para algunos puede ser irrelevante, a raíz de nuestro tránsito de esos días por la geografía física y espiritual Latinoamericana, hito fundamental para mi formación cultural, para mi identidad.

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Reanudé pues mi afiebrada actividad –los estudios junto a la política dan Fiebre,nos lo dijo Miguel Otero Silva– nomás al llegar para cursar el cuarto año y luego un quinto en el cual ya sentía que la Escuela era un estorbo, pero tocado de amores y con proyecto de vida que en cierta medida iba a aislarme de mis pares, esa particular condición surgida de nuestro desarrollo personal que nos lleva a superar la tendencia gregaria –confundirse con el grupo­– de la etapa adolescente. El trabajo de Taller apelaba a nuestra mayor madurez de estudiantes de cursos superiores, progresión que parecía plantear cambios en el entorno estudiantil –compañeros, rutinas, preferencias– y el cultivo de una actitud más crítica, más exigente. Me alejé por ejemplo de amigos que permanecían ajenos a la tensión política, que era grande, los tibios de siempre para quienes lo que ocurría al país no era su problema mientras ellos estuvieran bien, así como dejé de frecuentar y preferí tener lejos a aquellos que seguían viendo la arquitectura en la misma forma elemental de cuando nos iniciábamos, porque ya mis intereses se nutrían de una curiosidad por conocer lo que estaba más allá de nosotros, en el mundo amplio y complejo que nos revelaban las publicaciones, los libros, los comentarios, las afiliaciones personales a las tendencias en boga. En resumen, comenzaba ya a crecer en mí una identidad personal que me planteaba renuncias.

Despuntaba una actitud ante la arquitectura, la cual seguramente influida por mis ansiedades políticas y, permítaseme decirlo, espirituales–para no decir psicológicas que sería menos discutible– e inmerso en la controversia en la cual parecía jugarse el destino de mi país, tomó una dirección que podría resumir así: la arquitectura era una respuesta al mundo, no sólo a mis construcciones personales. Estas formaban parte de la respuesta pero no eran su origen básico. El contexto, que es algo que va más allá de lo que sólo es coyuntura, de lo aparente, de lo novedoso, de lo que interesa a todos, es la clave. Una actitud que viene a ser la misma de hoy, cribada, filtrada por todas las experiencias exitosas o fallidas de tantos años.

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¿Donde iba yo a encontrar sustento intelectual para esta actitud? Si consideramos las ideas, los puntos de vista, las polémicas, el debate que tenía lugar por esos tiempos acerca de la disciplina, era imposible no echar una mirada al corpus doctrinario de Le Corbusier. Porque de los pioneros, de los llamados maestros del Movimiento Moderno, Corbusier fue el único que junto con su obra construida[2]intentó ensamblar con la palabra –que es donde reside el pensamiento trasmisible– un discurso que quiso nutrirse de los grandes temas de la cultura, divulgado por él mismo sistemáticamente buscando imprimirle dirección precisa a ese debate y a la vez proporcionando argumentos para participar de la controversia ideológica que se desplegaba en esos años como evolución de lo que venía diciéndose sobre arquitectura y arte desde la segunda y tercera década del siglo veinte. Mientras que la de los demás Maestros–aún la de aquellos que al construir abrieron puertas tan definitivas como las que él abrió– se expresaba en ámbitos mucho más restringidos, especializados podría decirse. Mies parecía demasiado fascinado consigo mismo, Wright empeñado en ser hijo fiel de un país que se entretenía con su ombligo y ya en ese tiempo de su mayor edad complaciéndose en explorar un lenguaje arquitectónico amanerado, lleno de giros decorativos que lo alejaban demasiado de sus extraordinarios hallazgos de la preguerra e inmediata posguerra; y Aalto (a quien siendo más joven podía considerárselo miembro activo de la cuaternidad de héroes modernos) cultivaba un mutismo que aún hoy, cuando con justicia se redescubre y se divulga su argumentación, parece propia de una personalidad orientada hacia la intimidad.

Todo lo que publicaba y había publicado Le Corbusier estaba afirmado en una ética bien definida y quería ser una especie de código moral. Le Corbusier hablaba para la formación –precisamente– de una actitud. Y lo hacía a partir de una visión culta, que aspiraba a ser amplia, haciendo por eso mismo de sus argumentos materia próxima a cualquiera, fuere cual fuere su origen, su contexto inmediato. El corpus de ideas de Corbu (he usado y seguiré usando este modo de nombrarlo) aspiraba a la universalidad, recordaba tiempos ilustrados.Y siendo verdad que mis virtudes de lector no me llevaron hacia un conocimiento serio de sus escritos –no era entonces un lector asiduo– en esa etapa estudiantil, si sabía en un sentido general de lo que hablaba. Es más, sentía que me hablaba a mí, aquí en este país del trópico que pugnaba por ser y aún no es.

No estaban todavía en el panorama de esos años los teóricos, los promotores de doctorados, los críticos que sirven de puente al mundo editorial, los que insisten en un filosofar de ropaje erudito. La palabra la tenían –era una palabra que podía informar, que abría espacios para pensar– los historiadores que narraban lo que había sido y trataban de ubicar lo que era. Y tampoco habían ocupado aún la escena pero comenzaban a ocuparla con las desastrosas consecuencias que ello tuvo para nuestra cultura arquitectónica –hablo sobre todo de nosotros aquí– los críticos que abrevaban en el marxismo, quienes junto a su empeño en decidir quien es y quien no es, son al mismo tiempo capaces –también desde la ideología– de apoyar tragedias como la venezolana de ahora.

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Decía que Corbusier nos hablaba personalmente. Lo que escribía se presentaba como dirigido a cada quien, sus argumentos eran directos, de sentido común. Esa cercanía era consecuencia de su deseo de estar, como lo dijo expresamente[3]alejado de todo propósito filosófico, haciendo uso de una lógica muy accesible, nada intelectualizada. Su arquitectura por otra parte, no se construía apelando a recursos tecnológicos ajenos –o inalcanzables– para nosotros: eran los mismos que servían de escenario a nuestra cotidianidad en la Ciudad Universitaria de Villanueva. Si otros de los arquitectos héroes parecían promover una arquitectura en cierto modo ajena a nuestro mundo, Corbu era una especie de amigo cercano venido de lejos, pero vestido con los mismos trajes. Cuando circuló en la Escuela, de mesa en mesa de dibujo, el volumen 52-57 de las Oeuvres Complètes con ilustraciones que mostraban el modo manual de doblar barras de acero y la famosa foto de la mujer con la cesta en la cabeza acarreando materiales, lo que observábamos era una demostración clara, sin palabras, de que el concreto armado estaba al alcance pleno de un país que pese a las limitaciones económicas que acompañaron su muy reciente independencia del Imperio Británico, asumía la construcción del Secretariado de Chandigarh usando ese material.  Chandigarh, ciudad nueva ya en ese entonces bien nombrada entre arquitectos y estudiantes, construida ex-nihilo a partir de lo imaginado y estructurado con especial tino –ha evolucionado en algo más de medio siglo sorprendentemente bien– por un europeo que admirábamos entre otras cosas porque supo entender una tierra y una realidad diametralmente distinta a la suya. Todo lo cual equivalía a decir que los instrumentos que hacían posible esa arquitectura, ejemplar en esos tiempos y aún hoy, estaban también a nuestro alcance. Se trataba de un discurso compatible con lo que éramos como sociedad, por encima de los desniveles obvios respecto a los países centrales.

Doblando barras de acero (cabillas) en Chandigarh a la manera de India, década de los cincuenta del siglo pasado. Foto de las Obras Completas de Le Corbusier 52-57

Acarreando materiales en Chandigarh para la construcción del Secretariado. Foto de las Obras Completas 52-57

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Si no manejábamos la idea de modo consciente, de todas maneras recibíamos el mensaje de que la tecnología no era para Le Corbusier –como sí lo es para muchas de las estrellas de hoy– una muleta que se convierte en imprescindible en términos de estilo personal, sino una elección dependiente de contexto y circunstancias. Construyó en concreto armado explorando sus posibilidades constructivas y lo hizo también en piedra o ladrillo cuando lo consideró necesario. Eso sin que olvidemos algo de la mayor importancia porque aludía a la dimensión artística de la arquitectura: Corbu convirtió en valor plástico la imperfección manejada como contrapunto, como contraste, como parte de un todo en el cual coexiste con lo más pulimentado. Seguía los pasos a lo que en pintura llevó al rescate de lo caricaturesco (Klee) mediante el gesto con pinceladas libres e impulsivas que alteraban facciones, que trastocaban proporciones, que ignoraban la perspectiva (Cézanne, Matisse, Picasso, Otto Dix, Beckman y tantos más), y decía con claridad que lo que importaba, más que refinar y sacar brillo, era la presencia del conjunto, era la oración completa más que la frase o la palabra aislada. Su manejo del concreto bruto, o del ladrillo con grandes juntas de mortero rústico, era todo un programa estético que se regó por el mundo –y estuvo sometido al esquematismo de los críticos como brutalismo– y nos decía a nosotros, habitantes de un escenario físico generalmente imperfecto, que no había motivos para la timidez o el temor de pisar en falso a causa de las evidentes insuficiencias de nuestro medio social. Era un mensaje estético, pero de dimensión ética indudable[4]:los recursos técnicos no podían convertirse en requisito de validez para la arquitectura.

Nada de extraño podía tener entonces, ni puede tener ahora cuando se juzga con medio siglo de distancia, que lo que he llamado en mi caso conciencia de ser arquitecto echara raíces en el mensaje corbusiano. Poco me afectaron entonces las críticas acervas con raíz ideológica marxista, tal como desdeño hoy las populistas-revisionistas. Y la más común de aquellas la motivaba la imagen de la mujer con la cesta ¿Cómo justificar, decían, la construcción con acarreo a mano de agregados para vertidos de concreto en sitio, en tiempos en que la prefabricación era común en el glorioso territorio revolucionario soviético? Una pregunta que revela una aplastante ignorancia acerca de contexto y circunstancias. Ignorancia que con otro signo se manifestó en la tendencia que en tiempos posmodernistas –el populismo revisionista– insistió en ver el pasado con los criterios del presente para así lograr audiencia, actitud que abrió paso al esquematismo e hizo más fácil el esfuerzo por encontrar culpables y en consecuencia convertir al más notorio, al más beligerante, al que más influencia tuvo en la opinión como fue el mesiánico Le Corbusier en chivo expiatorio de todos los males de la modernidad. Acusación que pasa por alto que en cierta manera, si usamos un criterio generalista tal como lo escribí más arriba, la voz de Le Corbusier fue la única que formuló de manera ordenada y estableciendo prioridades y puntos de vista fundamentados, los aspectos más sensibles del conjunto de argumentos que definían al Movimiento Moderno. Le Corbusier, para bien o para mal se convirtió por fuerza de las circunstancias –y por supuesto siendo su personalidad un terreno abonado– en portavoz demasiado visible de los planteamientos de la modernidad. Si se le puede acusar de mesianismo, no estaría mal apoyarse en Nietzsche para decir que fue un defecto de su tiempo reflejado en él.

La entrevista en el semanario L’Express de Paris, número del 3 de Diciembre de 1959.

[1]Lo que sigue es parte de lo que escribió Villanueva sobre el arquitecto con motivo de una conferencia que pronunció ante la Academia de Arquitectura de Francia el 19 de Julio de 1954, publicado en: Villanueva CR. (1980) Textos escogidos. Caracas: Centro de Información y Documentación de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela (pp. 77-80). Es un resumen de una reflexión más amplia, y la considero el fundamento de lo que pienso en relación a nuestra disciplina: “Condensando, podría dar la siguiente definición: El arquitecto es un intelectual, por formación y función. Debe ser un técnico, para poder realizar sus sueños de intelectual. Si tales sueños resultan particularmente ricos, vivos y poéticos, quiere decir que a veces puede ser también un artista.”

[2]He insistido en otra parte sobre la idea, bien fundamentada en las corrientes filosóficas de nuestro tiempo, de que el pensamiento arquitectónico no se expresa en la palabra escrita o hablada sino en el acto mismo de construir o proyectar construir, mediante el dibujo de la imagen o de su prólogo –el proyecto– o en el edificio y los espacios que lo definen y dan vida. Las palabras de la Arquitectura son los muros, paredes, texturas, colores, detalles, el manejo de la luz, tantas de las cosas que son parte del fenómeno arquitectónico. La palabra hablada o escrita es, en consecuencia, previa o posterior al pensamiento específicamente arquitectónico, que no es otro que el edificio, lo que se construye, sea cual sea el medio que esté a la mano.

[3]En una entrevista publicada en el semanario L’Express el 3 de Diciembre de 1959, la cual me fue enviada por Gonzalo Castellanos quien  al llegar de nuestro viaje se fue becado a París y allá se estableció durante dos años, Corbu dice: estoy fuera de todo propósito filosófico

[4]“Ética y Estética son una y la misma cosa”. Ludwig Wittgenstein

 

TODO LLEGA AL MAR (6)

Oscar Tenreiro

Nuestro viaje continuó a Buenos Aires, luego Montevideo, de allí a Porto Alegre y Santa María en el Sur del Brasil y finalmente a Rio de Janeiro.

No es este el sitio donde debí insertar esta fotografía, un detalle de la foto en grupo del Congreso de Estudiantes en Chile. Allí aparecemos, yo debajo de la mano del argentino de la escalera, Gonzalo a la derecha entre los de la escalera y otro sonriente argentino. Y el título podría ser “entre argentinos –o uruguayos– te veas”

Hasta Buenos Aires llegó la exposición. La presentamos en la Facultad de Arquitectura después de trabajosos trámites aduaneros que nos agotaron y nos quitaron toda intención de llevarla a Uruguay. Así que en Buenos Aires quedó. La habíamos montado en la Facultad gracias a la ayuda de Roberto Segre (1934-2013) quien diseñó el afiche de la exposición­ el cual luego tomamos para portada del  Informe que presentamos al Centro de Estudiantes.

Roberto Segre en foto reciente. Murió del modo más absurdo –atropellado por una bicicleta– en Niteroi-Río de Janeiro. Después de haberlo visto muy fugazmente cuando estuvo en Caracas durante un SAL (Seminarios de Arquitectura Latinoamericana) lo perdí de vista hasta recibir un correo de él a raíz de un trabajo mío sobre Le Corbusier y Berlín que antes de publicarlo le envió el catalán José Quetglas.

Él era estudiante del último año de arquitectura y lo conocimos a través de Jaime Nisnovich, de la delegación argentina al Congreso. Trabajaba como encargado del diseño gráfico de la Editorial Nueva Visión –hacía un trabajo impecable en la colección de esa editorial sobre arte y arquitectura– y entre él y Gonzalo, en gran medida porque Segre era un asiduo lector, se dio una buena relación. Segre iba a convertirse en los años que siguieron en un crítico de arquitectura de primera línea residenciado en La Habana donde emigró cuatro años después de nuestra visita, en 1963, para vincularse durante tres décadas a la Facultad de Arquitectura hasta que en 1994 emigró a Brasil a integrarse a la Universidad Federal de Río de Janeiro, ya distanciado de la Revolución, ese espejismo que tanto a él como a otros sedujo hasta tornarse decepción.  Fue un caso análogo al de Ricardo Porro, cubano (1925-2014) y Vittorio Garatti italiano (1927) ambos residentes en Venezuela un tiempo al servicio del Banco Obrero, Porro además profesor interino, muy comunista-militante, en nuestra escuela entre 1959 y 60. También vivió un tiempo en Venezuela y trabajó en el Banco Obrero Roberto Gottardi (1927-2017), emigrado también a La Habana, quien integró junto con Porro y Garatti el grupo que proyectó las ya bien conocidas Escuelas de Arte de La Habana (Garatti las de Ballet y Música, Porro las de Danza Moderna y Artes Plásticas, Gottardi la Escuela de Arte Dramático). Coincidieron los tres en La Habana en los mismos años de Segre para después establecerse Porro en Francia y Garatti en su Milán natal, mientras Gottardi se quedaba en La Habana fiel a la Revolución, supongo.

Porro, Garatti, Gottardi: techos de las Escuelas de Arte de La Habana (Internet) de 1961-65.

Vittorio Garatti – Escuela de Ballet en la Escuela Nacional de Arte de La Habana (1961-65)

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En Buenos Aires nuestro anfitrión –nos alojó en su apartamento– fue Adriano González León, activo en el grupo Sardio y muy amigo de Gonzalo, otro joven escritor incorporado al servicio diplomático venezolano después de la caída de la Dictadura –algo característico del Gobierno Provisionalvenezolano– como Primer Secretario de la Embajada de Venezuela. Adriano, como lo llamé después, iba a tener relevancia como escritor en los años siguientes sobre todo a raíz de la publicación de su libro País Portátil, que ganó en 1968 el Premio Biblioteca Breve de la Editorial española Seix-Barral recibiendo además en 1978 el Premio Nacional de Literatura. Era en ese entonces muy cercano a la izquierda radical revolucionaria –cambió de posición en sus años maduros– lo cual hacía notar en su conversación y sus continuos desplantes que a veces me resultaban difíciles de manejar. Él y Gonzalo se sentaban a hablar de sus amigos comunes, Adriano leyendo y comentando cartas recibidas o enviadas porque entre ellos, escritores establecidos o en ciernes, se carteaban escribiendo a máquina –y dejando copia de las enviadas– como señalando que no eran cartas cualquiera  sino piezas literarias. Yo oía sintiéndome un poco fuera del juego pero intentando captar algo de mi interés y entender un tanto a este personaje tan particular por lo efusivo, nervioso y lengua-larga,como llamaba mi madre a los habladores, poco amante de la democracia lo cual me molestaba y me lo hacía antipático, pero a quien desde ese momento pude considerar amigo, pasando por alto que me dijera en tono algo despreciativo desde sus esquemas izquierdistas que yo tenía cara de copeyano. Así que en los años que vendrían lo frecuenté de tarde en tarde y hasta fui instrumental para que lo liberaran de la cárcel preventiva por sus actividades subversivas en los primeros sesenta durante el gobierno de Rómulo Betancourt.

Adriano González León y Gonzalo Castellanos se prenden cigarrillos mutuamente en el apartamento de Adriano en un sofá bajo un cuadro de Omar Carreño –también de Sardio– mientras yo, el “copeyano” mantengo una mirada perdida. Foto tomada por Mary Ferrero cuando era la novia argentina de Adriano.

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Pudimos descubrir en los quince días que duró nuestra visita algo de los grandes atractivos de Buenos Aires. La calle Florida, peatonal, muy frecuentada por hermosas mujeres a toda hora, la calle Corrientes que no duerme, con buenas y numerosas librerías con libros nuevos o usados a precios más que accesibles, o instituciones famosas en el mundo como el Teatro Colón, donde asistimos una noche Gonzalo y yo a una estupenda representación de Wozzeck, la ópera de Alban Berg, producción de un nivel comparable al de cualquier gran teatro europeo; obra que sería absolutamente impensable incluir de modo estable en Caracas aún sesenta años después, tanta es la diferencia de niveles culturales que nos separa de las mejores instituciones argentinas.

Pero si eso es cierto –lo de los niveles– si se habla de música, de literatura, de teatro, y de muchas otras cosas del ámbito artístico, en el plano político la Argentina de entonces, como la de ahora, sorprende por lo elemental que a veces parecía y parece hoy. Ya en aquel lejano año resultaba sorprendente el esquematismo que se percibía en los comentarios –el Presidente era Arturo Frondizi– y resultaba difícil aceptar que en la controversia política, aparte de un atrincheramiento que me parecía excesivo y hasta gratuito estuviese presente de modo activo un peronismo anclado en el pasado, simplista, polarizador y sobre todo atrasado, cuya estela todavía permanece, sesenta años después, como una suerte de maldición.

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Por esos mismos días de nuestra visita estuvo en la Facultad de Arquitectura como conferencista Carlos Raúl Villanueva a quien saludamos la tarde de su intervención, que no pudimos oír por alguna razón que no recuerdo y que tal vez tenía que ver con nuestra ida a la Universidad de la Plata donde teníamos programada una conversación con un grupo de estudiantes a quienes les presentamos –Gonzalo como coautor era el portavoz– el proyecto de Los Roques que llevábamos en diapositivas.

Y en La Plata había que visitar a la Casa Curutchet de Le Corbusier. Allí fuimos para tener la decepción de no poder entrar. Sólo logro evocar mi impresión con la forma como está organizada en el difícil lote y la rica sucesión de planos reales y virtuales que se perciben desde el acceso todo lo cual me revelaba, diría que por primera vez en mi vida, el sentido de lo singular, de lo que es único, en una obra de arquitectura.

Casa Curutchet de Le Corbusier en La Plata-Argentina (1949-53) (Internet).jpg

Imperfecta foto de mi persona en el umbral de la entrada a la Casa Curutchet en La Plata, Octubre de 1959.

 

El resto del tiempo en Buenos Aires fue de disfrute simple. Adriano, como comencé desde entonces a llamar a nuestro anfitrión, vivía rodeado por gente que quería fumar cigarrillos americanos y tomar whisky porque en la Argentina de entonces ambas cosas, muy accesibles para un diplomático, eran un lujo para la mayor parte de la gente, así que desarrollé un cierto rechazo a su entorno de aprovechadores, sin que se me escapara que en otros aspectos el alto nivel cultural que se manifestaba por toda la ciudad tenía que ser estimulante para él. No recuerdo en lo personal haber hecho amistad con nadie pero Gonzalo tuvo mejor suerte particularmente en el plano femenino al hacer muy buenas migas con una chica que aparte de atractiva, poco antes de que siguiéramos nuestro viaje le regaló un folleto que por distintas razones terminó quedando en mi maleta y luego en mi biblioteca y nunca lo leí, cuyo título tenía que ver nada más y nada menos que con el Uso en psicoterapia de la dietilamida del ácido lisérgico (LSD). Detalle que muestra no sólo lo que a veces se dice en son de chiste de que entre argentinos el psicoanálisis es tan popular como el fútbol, sino que además estaban muy adelantados en psicodelia, porque en Venezuela se comenzó a hablar del tema sólo diez años después.

Aparte de todo lo más anecdótico me quedó una gran admiración por el nivel cultural de Argentina y a la vez la sensación de que sea cual sea la situación de su país, los argentinos estarán inconformes con ella, tal como si la queja y la idea de que Argentina tiene que ser siempre una rebelde sin o con causa –en lo cual se parecen a los franceses en relación con Francia– fuese parte constitutiva del ser argentino.

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El viaje continuó a Montevideo, Porto Alegre, Santa María (250 Km al Oeste de Porto Alegre) y Rio de Janeiro, antes de regresar a Caracas.

Los cuatro días en Montevideo fueron fugaces sin que haya mucho que decir aparte de lo grata que es la ciudad. Que fuimos al teatro –creo que era el Teatro Nacional de Uruguay– a ver Becket o el Honor de Diosde Jean Anouilh y todavía tengo la imagen de un soberbio montaje y particularmente del excelente vestuario. También estuvimos en la Facultad de Arquitectura, donde dimos la consiguiente charla como huéspedes de Carlos Filgueira (delegado al Congreso de Chile) y un día antes de partir, una vuelta por Punta del Este en bicicletas alquiladas.

Sobre la visita a Santa María vale la pena decir algunas cosas y muy especialmente del tiempo en Río de Janeiro.

Fuimos a Santa María por una razón asociada a mis búsquedas religiosas que se habían intensificado en Santiago y muy poco tenían que ver con los intereses de Gonzalo, lo cual no impidió que aceptara acompañarme y, no sólo eso, sino que lo hiciese de muy buen grado aunque guardando siempre su distancia. Así que la parada en Porto Alegre se justificaba solamente porque desde allí debíamos volar –en un DC3– a Santa María donde estudiaban en el Seminario que los Padres Palotinos tenían allí, dos amigos desde tiempos de mi infancia, los hermanos Anselmo y Angel Vicente Cerró quienes estaban casi al final de sus estudios para ordenarse sacerdotes. Creo, no lo recuerdo bien, que estuvimos solo un par de noches, tal vez sólo una. Asistí a los ritos regulares de los seminaristas y mantuve largas conversaciones con mis amigos vinculadas con mis preocupaciones de entonces, interesado como estaba en ser parte de lo que en el lenguaje católico se conoce como movimiento apostólico(originado en Alemania en un lugar llamado Schoenstatt[1], cerca de Koblenza en Alemania), al cual pertenecían los dos hermanos desde que vivieron en Chile y decidieron ser sacerdotes. Todavía hoy me asombra el respeto y la paciencia de Gonzalo Castellanos ante estas efusiones de las cuales él no participaba. Y nunca expresó desagrado o alguna crítica u observación negativa, conducta que estuvo en el origen de la gran estima que siempre le tuve y que duró hasta su prematura muerte.

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Y llegamos por fin a la última parada de nuestro viaje, Río de Janeiro. Donde nos recibió y nos alojó en su apartamento otro amigo de Gonzalo, escritor de primera, parte activa del movimiento cultural del país, Osvaldo Trejo, quien era Primer Secretario de la Embajada de Venezuela siendo el Embajador Mariano Picón-Salas quien al día siguiente de nuestra llegada nos invitó a almorzar en su casa en Laranjeiras, un sector de Río, donde nos recibió junto a su esposa Beatriz y su hija Delia quien estaba de visita (vivía en Chile con su madre Isabel Cento primera esposa de Don Mariano) y esa mañana entró en mi vida para quedarse.

Río, ciudad de la cual todos sabemos algo, me dejó una huella muy fuerte. Todavía recuerdo la sensación de alegría que tuve al ir en taxi al día siguiente de nuestra llegada, en la mañana, hasta la sede de la Embajada en Praia Botafogo pasando junto al hermoso Museo de Arte Moderno a medio construir de Alfonso Eduardo Reidy (1909-1964), extraordinario arquitecto fallecido demasiado joven. Y todo lo que experimentamos en los días siguientes vino a ser imposible de olvidar en los años que siguieron. Y nos habituamos tanto a la ciudad en esos pocos días que hasta aprendimos a  ser pasajeros informales del tranvía –el bonde lo llamaban los cariocas– que corre, o corría,  por  la Avenida interna paralela a la llamada Atlántica frente a la playa de Copacabana. Y la vida de playa permanentemente presente más el profuso verde de los contornos internos de la bahía, además de la desbordante informalidad por doquier. Mucho mensaje de vida. América… Latina.

En Río de Janeiro, junto a Delia Picón Cento, Gonzalo y una amiga de nombre Mitzi y de apellido que no recuerdo, en Octubre de 1959.

 

Estuvimos en Río algo más de quince días y desde que partimos de regreso a Venezuela comenzó a insinuarse en mi conciencia un nuevo proyecto de vida. Lo más intenso era la necesidad de abrirle paso a mis intenciones de vivir por mí mismo. La mujer que había conocido iba conmigo –en mi sentir, en mi reflexión, en mi nostalgia– de un modo especial. No le daba ningún peso a lo escaso del tiempo en el que habíamos estado juntos, pero lo fugaz que había sido todo sembraba alguna desconfianza. Y sin embargo esa fugacidad, lo mínimo de las vivencias comunes, no ocultaban la realidad de su presencia en mi espíritu. Ser demasiado joven –cumplí durante el viaje los diecinueve años, ella tenía veinte– nunca había sido para mí, ni era en ese momento, algo que hubiera que considerar, todo estaba en mis manos y sólo debía actuar en consecuencia. La arquitectura era parte de ese proyecto como una condición, como algo ya constitutivo de mi persona, aunque tan poco supiera de ella, aunque apenas intuyera cómo iba a establecerse en mí, cuáles de sus raíces sería yo capaz de nutrir. Y mi circunstancia venezolana me ponía además enfrente del compromiso político, con lo cual el cuadro que se desplegaba frente a mí parecía complejo, difícil de manejar sin que yo me diese cuenta de ello: mi actitud tendría que seguir siendo impulsiva, sin pensar demasiado en los riegos y dificultades. Asumiría los retos, trataría de responder a lo que se esperaba de mí. Y en ese cuadro que se abría tenía un espacio esencial, casi definitivo, la motivación religiosa. Estaba presente en mi sensibilidad la idea de testimonio, la confianza en lo providencial, la sensación de estar cobijado, aquello de ser la sal, como razones que alimentaban todo lo que esperaba del tiempo que habría de vivir. Hoy me doy cuenta, o pienso que me doy cuenta, de lo ingenua que era esa confianza, pero era fuerte. Por eso lo digo aquí.

Gonzalo Castellanos Monagas ya murió, yo todavía estoy aquí en espera de mi turno. Esta foto con Río de escenario es como un homenaje personal a su memoria.

[1]Se caracteriza por ser un movimiento de espiritualidad esencialmente mariana. Fue fundado por el Padre José Kentenich en 1914 y se desarrolló muy intensamente en Chile, Argentina y el Sur del Brasil. Lo conocí a través de Gustavo Munizaga hoy arquitecto y profesor de la Católica de Chile y me causó una fuerte impresión que habría de llevarme a cultivar una relación con sus miembros e incluso abrigar el proyecto de fundarlo en Venezuela en los años inmediatos hasta que mi entusiasmo fue declinando y más tarde mis inquietudes religiosas siguieron otra dirección y se hicieron menos militantes, más íntimas.