RAFAEL ARÉVALO GONZALEZ: CONSTANCIA, SACRIFICIO Y ESPERANZA (conclusión)

Oscar Tenreiro

Dejo hablar a Rafael Arévalo González a través de su escritura: selecciono unos pocos párrafos de sus Memorias y agrego algún comentario. Son, creo, de extrema actualidad, sobre todo para quienes miran con un mínimo sentido crítico lo que viene ocurriendo en la sociedad venezolana.

Comienzo con la Carta para mi Nelly en las págs. 10 y 11 del librito editado por sus descendientes:

Haz que tus hijos amen a la Patria ¡Necesita que la amemos tanto! …La Patria es la familia y algo más. La Patria …es el lugar donde amamos a nuestra madre, donde conocimos a nuestro Dios, donde nacen nuestros hijos, donde están los seres que lloramos…[1]

Este tema de la Patria, en los tiempos actuales venezolanos, tiene especial importancia. En primer lugar porque la dictadura ha desnaturalizado la palabra en todos sus sentidos. Y en un plano más profundo, porque uno quiere replantearse la idea de Patria más allá del trillado nacionalismo, o el orgullo militar, impelido por esa especie de catástrofe venezolana que es la emigración. Nos mueve buscar razones para tocar alguna fibra íntima que haga reflexionar sobre la importancia de la relación con el territorio material y espiritual en el que nos hacemos personas. Arévalo González, nos da una clave: la Patria es parte de nuestra alma. Es en nuestra psique personal donde toma forma la idea de Patria. Al testimonio vital de Arévalo lo motiva el vínculo entre el amor a un ámbito físico –natural y artificial–donde ha vivido, y el que se realiza en el espacio psíquico, el de nuestros afectos más significativos. Natural porque nuestra relación con la naturaleza –consciente o inconsciente– dice una palabra singular en la formación de nuestra personalidad. Y artificial porque la ciudad, sus llenos y vacíos, sus construcciones, su vida y su talante, los muros y techos, en cierto modo se hacen naturaleza, si bien naturaleza cambiante. Arévalo González en el momento de escribirle a su hija durante la prisión más larga que sufrió, quiere decirle que la Patria vive dentro de nosotros y en nuestra relación con un lugar del mundo.

Pág. 226 de las Memorias: …Y, sin embargo, nadie vacila en repetir, cuando la ocasión se presenta, que el estado de atraso de Venezuela proviene de la ignorancia del “pueblo”, entendiendo por este vocablo los humildes, los desheredados de la suerte, los jornaleros. los que no han pisado una escuela, los que trabajan hoy, cuando trabajan, para pagar lo que se comieron el mes anterior. Injusticia mayor resultaría inconcebible, pues tiene carácter de axioma la aseveración de que la corrupción, la incuria, el miedo y la codicia, factores principales del doloroso estado de nuestra Patria, han sido y son atributos de la clase alta. Lo que esta pretende es que, así como hasta ahora ella ha empujado a la “carne de cañón” para que fuese a los campamentos y a los combates a buscarle honores y empleos y riquezas; ahora pretende que las alpargatas se pongan delante de los zapatos y vayan a los comicios y a la plaza pública a conquistarle unos derechos y unas libertades que los de la clase directiva no han sabido o han querido ejercer ni defender…

Pág. 135 de las Memorias: ¡Si Venezuela hubiese tenido tantos ciudadanos como soldados! …¡Si nuestros grandes problemas políticos y nuestros conflictos nacionales se hubieran siempre resuelto…en la plaza pública y en los Congresos y no agravado y multiplicado entre las llamaradas de los campos de matanza!…Aquí no se ha contado sino con el poder del machete; no se ha tenido fe sino en las soluciones de la fuerza..

Pág. 273 de las Memorias: …hemos juzgado a los hombres, las cosas y los acontecimientos, sin prevenciones ni instigaciones de la pasión. Bien sabemos que nuestra pluma ha lastimado epidermis, mas no por culpa nuestra, sino por estar enfermas esas epidermis …No hemos adulado, porque de eso no entendemos y, teniendo el valor de nuestras convicciones y la conciencia de nuestros deberes, hemos señalado cuanto hemos creído perjudicial, para la salud de la Patria …

 Pág. 267 de las Memorias: ¿Quién le ha cerrado aquí la puerta de su casa a uno de esos ladrones de alto coturno que ocuparon un puesto público casi pordioseros y a la vuelta de pocos años, y aún de pocos meses, ya eran millonarios? ¿Quién se ha negado a estrechar la mano que se ha hundido hasta el codo en los caudales de las arcas públicas?…

Págs. 259-260 de las Memorias: …Y yo, convencido de que el comunismo sería la mayor calamidad que podría sobrevenirle a Venezuela, estoy dispuesto a enfrentármeles a los que pretendan hacer aquí lo que hicieron aquellos falsos patriotas que prevaliéndose de las ambiciones de unos y de la ignorancia de otros, arrastraron a los rebaños humanos a una matanza fratricida de cinco años so pretexto de alcanzar una cosa que llamaban Federación y a la cual le atribuían un conjunto de todos los bienes terrenales, como hoy los comunistas a lo que ellos llaman Comunismo, ¿Con aquellos cinco años de guerra intestina hemos logrado siquiera cinco horas de Federación? Pues peor sucedería con la mayúscula quimera del Comunismo, acerca del cual dijo Anatole France con aquel profundo buen sentido que tanto lo distinguía: “Para que los ideales del Comunismo puedan convertirse en una realidad es indispensable que, así como del mono salió el hombre, salga del hombre actual un ser que sea respecto a nosotros lo que nosotros somos respecto al mono”. Si los venezolanos no estamos preparados para el régimen federativo, y ni aún siquiera para la república centralista, y por esto hemos pagado tan caro y estamos pagando todavía, el malhadado ensayo, ¿cómo pretender los ilusos de remate que podemos estarlo para una ideología tan absurda como lo es el Comunismo?…Para saber a lo que conduce el Comunismo no tenemos sino que ver el estado actual de Rusia; allí hay más hambre y más opresión que en tiempo de los czares (sic), y nada que se parezca a Comunismo. Este no ha sido sino el pretexto, como aquí lo fue la Federación, para aumentar los infortunios de la patria con provecho de unos pocos. Si Rusia hubiera logrado con el régimen soviético siquiera la décima parte de lo que buscaba, o lo que decía que buscaba, toda Europa se habría convertido al Comunismo; pero antes bien, su doloroso estado ha sido lección que han aprendido aquellas naciones que se han sentido obligadas a buscar en la autocracia la estabilidad de su orden interno y la seguridad de sus intereses económicos.

Esta dura crítica al Comunismo tiene la particularidad de establecer una conexión con nuestra Guerra Federal, lo cual revela agudeza de parte de Arévalo. Porque los historiadores afines al marxismo coinciden en ver a ciertos dirigentes del vencedor bando amarillo –el más ensalzado, Ezequiel Zamora[2]–­ el trasunto de una vanguardia proto-revolucionaria que fue obstaculizada por la reacción, vanguardia que se expresaba en las consignas –¡Tierra y hombres libres!– y el discurso, que como expansión de los argumentos respecto a la defensa del sistema federal, se enarboló durante las hostilidades. En cierto modo pues, para estos historiadores, la Guerra Federal fue buena porque uno de los bandos defendía impulsos revolucionarios. Un exceso, para no llamarlo exabrupto, que Arévalo González tuvo la inteligencia y la agudeza de ver con claridad sin que haya sido percibido en su alcance real, en lo que significa respecto a su concepción de lo que debía ser nuestra democracia republicana.

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En todo caso, pienso que este rechazo al comunismo es una explicación adicional del por qué  buena parte de los historiadores han tomado y toman respecto a  la figura de Arévalo  distancia o la hayan visto desde la sospecha. Porque bien sé hasta donde llegan los prejuicios debidos a la ideologización marxista en los sectores intelectuales y en particular en los historiadores desde que el marxismo-leninismo devino en cuerpo de ideas resumible en mandamientos que se han regado por el mundo. Uno de esos mandamientos es que no se le debe conceder espacio intelectual al anticomunismo. Y cuando digo que bien sé, en lugar de bien sabemos, es porque como tantos integrantes de lo que llamamos la intelligentsia de una sociedad, de la cual me considero integrante a partir de mis años de profesor universitario, he sido yo mismo víctima de ese prejuicio y he tendido en el pasado a sospechar –manteniéndome distante– de cualquiera que se pronunciase de modo claro y directo, sin atenuantes retóricos, contra el comunismo. Hace tiempo que he dejado atrás ese prejuicio, y con más razón ahora cuando he visto como buena parte de los marxistas-leninistas que he conocido de cerca, y han sido mis amigos porque me he acercado a ellos abriéndome a sus virtudes personales, se han plegado como intelectuales, cómplices o áulicos, defendiendo lemas y lugares comunes justificativos, al régimen  que rige hoy a Venezuela. Al cual excusan con el argumento de que se trata de una revolución, y no de lo que es: una dictadura con aspiraciones totalitarias, corrupta, represiva y perversa. Se han transformado en todo lo que criticaron como ideólogos.Y podrían citarse muchos otros casos de esa aceptación interesada y falaz de la iniquidad asignándole la coartada revolucionaria. Cuba es también un caso muy claro. Y hay muchos otros que no es la oportunidad para mencionarlos.

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Debo recordar que Arévalo escribió sus memorias entre 1933 y 1934. En esos años la democracia liberal estaba sometida en el mundo a duros ataques desde el fascismo, el nacional-socialismo y el comunismo soviético; lejos estaban todavía las décadas de su progresiva consolidación, en la segunda mitad del siglo veinte luego de una guerra mundial que al concluir parecía darle paso libre al marxismo-leninismo soviético. El rechazo razonado al comunismo no era común en los medios intelectuales y requería coraje y coherencia producto de una convicción democrática fundada en el pensamiento.

Algunos de los estudiantes universitarios organizadores de la Semana del Estudiante en 1928. Entre ellos hay varios que serían muy conocidos en el mundo político venezolano. De pie. tercero de der. a izq. Rómulo Betancourt. En la segunda fila, segundo de izq. a der. Raúl Leoni. Todos llevan la boína azul que los identificaba como de la Universidad Central de Venezuela.

Una convincente muestra de lo que llamo coherencia puede verse en la conducta que Arévalo asumió durante su última prisión en el Castillo de Puerto Cabello entre 1928 y 1932[3]cuando el déspota reaccionó contra él –poseído por la soberbia– debido a su mansa solicitud de libertad para los estudiantes universitarios presos en febrero de 1928.  Mariela Arvelo en su biografía, a la cual me he referido varias veces[4], narra que los estudiantes, al poco tiempo de haber sido internados, le habían entregado a Arévalo, como homenaje, la boína azul que los distinguía. Fue un acto de alto poder simbólico que enaltece  a Arévalo. Y tiene no sólo un carácter simbólico sino de significativa pedagogía que él haya organizado–lo agrega Arvelo– junto con un grupo de los estudiantes, una cátedra llamada La Carpa Blanca, nombre debido a una colcha blanca que los protegía del sol de la tarde. La cátedra consistía en reuniones realizadas en la explanada interna del castillo frente las puertas de los calabozos, donde la voz que pudiéramos llamar magisterial la llevaba Arévalo, apoyado también por algunos de los estudiantes, para ilustrar a los demás presos, incluidos por supuesto los estudiantes deseosos de formarse sobre temas relativos a la historia, la política, la legislación, los derechos ciudadanos y en general los distintos aspectos del civismo.  Y agrega Mariela Arvelo que el joven tocuyano (de El Tocuyo, Estado Lara) José Pío Tamayo (1898-1935) https://es.wikipedia.org/wiki/Pío_Tamayo, entonces de solo treinta años, precursor del marxismo en Venezuela, preso al mismo tiempo que Arévalo por ser participante activo en la Semana del Estudiante –sin ser realmente estudiante– mantenía igualmente una cátedra en la prisión con el nombre de La Carpa Roja. Allí, ubicado el grupo en el otro extremo de la explanada y protegido del sol por una colcha roja, orientaba Pío Tamayo la iniciación ideológica en el marxismo-leninismo.

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Imaginemos. En el patio de una ominosa y vetusta cárcel venezolana al borde del mar, un día en la tarde cuando el sol abrasador del Caribe comienza a declinar, dos hombres, uno de 62 años de edad, otro de 30, instruyen a otros prisioneros deseosos de orientación. El viejo, bajo la Carpa Blanca, se esfuerza por encontrar el sentido de su ya larga vida marcada por otras prolongadas prisiones tan injustas como esta. Su tema central al hablar ante el grupo es la importancia de los valores cívicos. Propone perfeccionarlos y apoyarlos para lograr un mejor futuro. Habla también de que los derechos humanos se hagan plenamente vigentes, derechos que a ellos les han sido denegados. El joven, bajo la Carpa Roja, en un punto opuesto del patio, explica a otro grupo de prisioneros las teorías surgidas dos décadas atrás a partir de los escritos de un pensador alemán y de la lucha política de su intérprete ruso sobre el proceso táctico exigido por el asalto revolucionario al poder, triunfante en la lejana Rusia. Triunfo que ha permitido, dice, grandes logros sociales y económicos.  Se adentra en el tema de la lucha de las clases sociales, de los excesos del capitalismo, del advenimiento seguro del socialismo, de la ruptura radical con el pasado. Justifica la dictadura del proletariado y la represión que exige, como etapa necesaria para construir una sociedad sin clases donde se impondrá la hermandad y la solidaridad. El viejo se afirma en su experiencia del mundo que conoce, al cual todos ellos pertenecen, producto de una cultura que es la suya y la de su país. En eso se apoya para señalar los errores cometidos y cómo superarlos. El joven por su parte dibuja una utopía tropical hija de la utopía invernal que sirve de ejemplo. Quiere que los que oyen sean también parte de una vanguardia que la haga posible. Apela a la imaginación y a la entrega. Trata de formar militantes.

Hoy, casi un siglo después, el nombre del joven es bien conocido en Venezuela, se habla de su corta vida, de su entrega, se cita alguno de sus poemas, un grupo político lo reivindica como su miembro[5]y se celebra anualmente su memoria. El dictador de hoy, dueño de un poder ilegítimo heredado de quien sentó las bases de su usurpación, lo menciona como pionero e impulsor de las ideas que hipócritamente dice defender.  El viejo en cambio ha permanecido casi oculto en las brumas de la historia local. La lucha de su vida poco se ha entendido, se menciona apenas: se desconoce en general su legado.

Sin embargo, sabemos la inmensa mayoría de los venezolanos de hoy, que lo que Pío Tamayo proponía bajo la Carpa Roja, con la fe en los objetivos que se había trazado y movido por un deseo de solidaridad y entrega personal, ha dado lugar en el mundo entero a toda clase de fracasos; y aquí, en el país que el amó y donde murió en plena juventud, ha originado una casi irreversible catástrofe. Defendiendo hoy lo que seguramente él defendía en aquel patio de Puerto Cabello, se ha sumergido a Venezuela en una sima contaminada con toda clase de perversidades de especial utilidad para un puñado de miserables.

Y lo que hemos aprendido como sociedad, lo que permanece como un anhelo de la inmensa mayoría de nuestro pueblo, estaba siendo expresado entonces, nos lo dice la integridad de su legado, bajo la Carpa Blanca, por Arévalo González. De aquellos dos discursos, de las palabras que pronunciaban dos hombres sacrificados, separados radicalmente, es verdad, por la experiencia de la vida y por el conocimiento de una sociedad y su historia de luchas para construir una nación, el que expresó Arévalo González, rubricado por su asombrosa firmeza en el infortunio y en la asimilación de castigos injustos, es el que puede abrir espacio al acuerdo social para darle forma a una mejor sociedad como la que esperamos todos.

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Páginas llegadas a mis manos me llevaron a asomarme a fragmentos de la vida de un venezolano que fue ejemplo de algunas de las convicciones que más me importan, y por eso cedí al impulso de conocerlo mejor, de saber como transcurrió su vida en el mismo lugar del mundo donde ha transcurrido la mía. Algo avancé en esa tarea que hoy finaliza. Y gracias al afecto que deja la amistad surgida de la lectura y la escritura, me doy cuenta, una vez más, de la importancia de ir hasta los que nos antecedieron, hasta aquellos que nos han hablado con su vida y hemos ignorado.[6]

Ahora para despedirme de Arévalo recurro a los primeros versos de un poema[7]que Andrés Eloy Blanco, otro venezolano excepcional, poeta nuestro, le dedicó a quien fue su compañero de prisión en el Castillo. Arévalo González le había enviado al recobrar la libertad y seguir preso Andrés Eloy, un artificio hecho con mecate, llamado grilleras, que los presos usaban para aliviar el doloroso efecto en los pies de los malhadados grillos que los aherrojaban.  Decidió hablarle a su amigo y compañero de prisión, escribiendo este poema que queremos hoy decir en su memoria.

Rafael Arévalo González (1866-1935)

Andrés Eloy Blanco (1896-1955)

 LA ESTATUA (fragmento)

Poema de Andrés Eloy Blanco / Barco de Piedra / Castillo de Puerto Cabello

Arévalo González o el Aguante

Profesor de Cárceles, Doctor en Grillos

En tu vertical precursora se resarcen

veinte años de curvatura

Venezuela se salva en tu simple cristal

de todos sus pantanos revueltos.

 

Caudillo sin horda, pudiste

arrastrar veinte mil hombres

con sólo levantar la mano armada,

pero tu vela no navega en sangre.

 

Sólo tu pecho,

sólo tu ancho pecho das al fuego

en las horas injustas

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Aquí la carta con la cual Arévalo le envió las grilleras al poeta:

Castillo Libertador, 19 de noviembre de 1929 

Sr. Dr. Andrés Eloy Blanco:

Mi admirado poeta:

Acaso por temor de que el cuerpo de usted cediera al peso de su corona de poeta y de sus lauros de cívico paladín, pusiéronle en los pies a manera de lastre o de cimiento setenta y tantas libras de hierro.

Bien, yo sé que el temple de su alma entrará victoriosamente en competencia con ese acero, a cual más recio, y no seré yo quien compadezca a quien lleva con tanto honor y tanto orgullo el férreo certificado del cumplimiento del deber ciudadano.

Allá le van las grilleras que durante veinte y un meses me ayudaron a cargar los grillos que acaban de quitarme por el penoso estado de mi salud. Cada vez que usted se las coloque sobre los hombros, hágase el cargo de que son mis brazos los que lo estrechan con todo mi cariño y toda mi admiración.

Su amigo de veras.

Arévalo González

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El 15 de octubre de 1932 salió libre Arévalo González del Castillo Libertador en Puerto Cabello. La siguiente es la carta que les envió a sus hijas el dictador Juan Vicente Gómez. La publico como colofón porque es una muestra del más asombroso cinismo, propio de un hombre ciego a su verdadera condición. Cinismo que se equipara al que despliega la camarilla criminal que ahoga hoy a Venezuela.

 

General Juan Vicente Gómez, Presidente de los Estados Unidos de Venezuela, saluda a las señoritas Arévalo Bernal y les acusa recibo de sus cartas y en contestación les dice que hoy ha ordenado la libertad de su padre. El General Gómez espera que el señor Arévalo González no las hará sufrir más.

Maracay, 15 de octubre de 1932.

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[1]La frase es una cita de la Marquesa de Girardin (1784-1869) https://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_del_Pilar_Acedo_y_Sarriá

[2]https://es.wikipedia.org/wiki/Ezequiel_Zamora

[3]A raíz de los acontecimientos en Caracas durante la Semana del Estudiante en febrero de 1928; el día 14 de ese mes y en los días inmediatos fueron hechos presos centenares de estudiantes que con el pretexto de la celebración del Carnaval y la coronación de su reina Beatriz Peña Arreaza, habían realizado manifestaciones políticas de mucho impacto contra la dictadura de Gómez. Un buen grupo de ellos fue enviado al Castillo de Puerto Cabello, a donde también fue enviado Arévalo González el 25 del mismo mes de Febrero.

[4]Págs. 198 y 199.

[5]El Partido Comunista de Venezuela, PCV, lo hizo miembro post-mortem.

[6]Veo ahora con mucha más claridad el por qué, en el tiempo en el cual fue Presidente de la República, Rafael Caldera quiso darle forma a un Museo de la Historia Venezolana. Fui instrumental durante un tiempo para la realización de esa idea, mientras estudié como arquitecto la posibilidad de ubicarlo en El Helicoide. Mi tarea cesó con la terminación de su período presidencial. Y él, como le ocurre –es lástima, pero así es casi siempre– a los políticos, olvidó su idea y se sumergió de nuevo en la controversia venezolana. La idea la encuentro hoy de enorme importancia: deberá crearse en Venezuela un Museo de la Historia Nacional. Que nos hable, junto a lo más notorio, de los injustamente olvidados, porque de ellos podemos aprender.

[7]Tanto el poema como los otros detalles de la relación entre ambos personajes, al igual que la carta de Gómez al liberar a Arévalo, las tomé del libro de Mariela Arvelo, pags. 200 y siguientes. El poema está en la pág 283.

Poema completo de Andrés Eloy Blanco, foto de una página doble de la Biografía de Mariela Arvelo

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RAFAEL ARÉVALO GONZALEZ: CONSTANCIA, SACRIFICIO Y ESPERANZA (7)

Oscar Tenreiro

Si Arévalo González no hubiese escrito sus Memorias, en lugar de estar en un relativo olvido habría casi desaparecido de la constelación de figuras públicas significativas de nuestro pasado inmediato. Esos textos tienen la virtud de permitir el conocimiento de algunas de las principales ideas que motivaron al autor y ayudan a identificar los obstáculos y los estímulos que encontró para el ejercicio de su papel –auto-otorgado como ya hemos dicho– de vigilante de la moral pública. Y a partir de allí se despliega la amplitud de su personalidad y el sentido de su vida. Permiten además conocer mejor el contexto en el cual se movió y, sobre todo en la parte inicial, abre una ventana sobre las costumbres de su tiempo que ha llevado a algunos a llamarlas costumbristas. En realidad, esas Memorias, si dejamos de lado su condición inconclusa e imperfecta, superan al costumbrismo porque parten del deseo de mostrar con una sinceridad casi de confesión personal su desempeño en relación al contexto en el que vivió, dejando fuera la actitud de observación propia del costumbrista– y mas bien asumiendo la de quien conversa en amistad acerca de las cosas de su país, útiles como fuente de reflexión para nosotros hoy.

Me han interesado especialmente las páginas más espontáneas, las que hablan de su vida y el inicio de sus relaciones con el contradictorio mundo de una sociedad que busca el camino[1]: las que se ocupan de los comienzos de su vida activa cuando ya terminado su entrenamiento de telegrafista trabajó en distintos lugares de Venezuela. En parte muestran cómo evolucionó su persona pública desde su adolescencia, porque no es difícil imaginarse a este joven bien parecido, de modales educados y responsable del servicio telegráfico, tal vez la única actividad con cierto dinamismo –tecnología de punta en ese tiempo– que movía un poco a los soñolientos y modestísimos pueblos de una Venezuela rural siempre un poco golpeada por el abandono, en la cual el paludismo acechaba y las familias más pudientes se empeñaban en darse a sí mismas una mínima dignidad que no estaba exenta de un modesto aire de mundo. Ya había sido reconstruida la red que comunicaba a toda Venezuela, muy maltrecha debido a la destrucción a causa de la Guerra Federal y el telégrafo era el único medio de comunicación que conectaba a todo el territorio venezolano, lo cual le confería al servicio una importancia especial, que de algún modo se trasmitía al personal que lo mantenía activo. Ser telegrafista confería una particular distinción moderna, actualizada. Eso, y las conexiones personales que como masón se le ofrecían le daban al Arévalo joven un rango que le permitía sentirse a gusto en sus distintos destinos. Ya mencioné cuales fueron esas ciudades interioranas donde inició su vida independiente: Zaraza, Aragua de Barcelona, Barcelona, Cumaná. Todas ellas de apenas unas cuantas calles que daban estructura a un tejido básico de casas, casonas, la iglesia…y la Plaza Bolívar claro, centros de intercambio para los productos de una actividad rural –agricultura, ganadería, y pesca en el caso de Cumaná– que era sin duda la más importante rama económica de la Venezuela de esos años. Y como él mismo confiesa, su estrategia de forastero era vincularse con lo más granado de las familias de cada lugar, buscando ser invitado a los frecuentes agasajos para superar la modorra provinciana y conocer así lindas muchachas que le alegraban la vida de recién llegado. Este joven soltero bien podía ser candidato –pensarían los patriarcas del lugar– para que la hija en edad casadera conociera a alguien venido de lugares más prestigiosos.

Una modesta y acogedora casa republicana de Aragua de Barcelona, imagen de Internet. Al fondo, antes de la calle, la sala, lugar de las eventuales fiestas.

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Y en su recuento de algunas de las cosas que vivió, es agradable leer como se refiere a dos de sus habilidades de soltero: capacidad de improvisación poética que si no deja de ser cursi como correspondía a los usos de entonces, revela talento y chispa en el uso del lenguaje, y en otro plano más terrenal un particular gusto por el baile que rememora con gracia. Recuerda por ejemplo con toda precisión el vals que bailó con la pareja que le habían asignado en una fiesta en Aragua de Barcelona, hilando su recuerdo con un comentario mezcla de humor y savoir vivre: …Mi primera pareja estaba distante de la belleza, o la belleza distante de ella. Era casi fea; pero cuando, habiéndole ofrecido el brazo, ella lo tomó y se puso en pie, parecióme que se había transfigurado: tenía entonces la majestad de una reina. Luego, desde los primeros compases del vals austríaco Dolores, me imaginaba estar bailando sobre nubes con un hada, con una diosaY bailando con aquella Terpsícore[2]aragüeña diríase que se me había aumentado la destreza…En cierta ocasión me hablaba en Cumaná el General José Victorio Guevara de la asombrosa elocuencia de Fermín Toro y me dijo “Era feo, muy feo; pero en la tribuna se hermoseaba, era bello, muy bello”.

Ese recuerdo de su pareja de baile, del nombre del vals y su posible procedencia https://www.youtube.com/watch?v=sVs782GAEeM, simple anécdota de tiempos de primera juventud, le doy importancia porque despertó en mí varias reflexiones.

Me remonto hasta esa noche de fines del siglo diecinueve en un modesto pueblo de un modestísimo país, donde en la sala de una casa republicana de dos –acaso tres– ventanas (en cada una de ellas, en la acera, la correspondiente barra de curiosos observando la fiesta y esperando el obsequio de cortesía), bailaba este joven venido de Caracas con su poco agraciada pero danzarina pareja, al compás de la música de un gramófono comprado durante la última visita a la capital.  Escena pueblerina que contrasta radicalmente con el escenario que uno también podría imaginarse: el gran salón de algún palacete parisino o vienés donde parejas engalanadas del mundo de la opulencia europea ataviados con la más reciente moda, bailan al compás del mismo vals tocado no con gramófono sino por una atildada orquesta. Y luego del turno de Dolores podía sumarse tal vez el Vals de los Patinadores[3], también de Émile Waldteufel (francés, no austríaco como creía Arévalo, pieza evocadora de los goces invernales) muy popular en todo el mundo y que a mi madre la trasladaba a sus tiempos de soltera. Del otro lado del océano el dorado ambiente, escenario preferido de Guzmán Blanco y sus asalariados principales, sus títeres alebrestados como Andueza Palacio, el rey en ese momento. Aquí, como rudo contraste, una economía primitiva, una sociedad en permanente confusión que como ocurre en cualquier situación de escasez y limitaciones busca la expansión de la celebración social imitando lo que viene de los centros de cultura, sociedad asediada por la ignorancia, la corrupción y la violencia que preparaba el camino hacia las dos dictaduras que sumaron 35 años de abuso del poder, corrupción selectiva, y educación sólo para los privilegiados, además de la represión inhumana apoyada en la tortura física y psicológica de la cual el Arévalo adulto, dispuesto a todo para contribuir a un futuro digno para su país, sería desgraciada víctima.

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Tener el deseo y la voluntad de relatar la propia vida no podía ser un ejercicio fácil para el Arévalo de la vejez. Imaginémoslo escribiendo en la humilde casa de Monte Piedad, suburbio modesto de la Caracas de esos años. Desde ese perdido lugar del trópico, en el pueblo subido de tono que era Caracas, junto a los desbarrancaderos de Monte Piedad –al decir de Chío Zubillaga– en un lugar llamado Caño Amarillo, la voz escrita de una persona agobiada y golpeada por el infortunio, iba a decir muchas cosas. Y tal vez esa esperanza de comunicación que trasciende, fue el origen de la tenacidad de este escritor. Sentado en una vieja chaise longue –siempre siguiendo a Zubillagarecién salido de su última cárcel, con los tobillos aún lacerados por los humillantes grillos, con la salud tocada a causa del padecimiento de la inmovilidad y las condiciones de vida en calabozos que dañan la voluntad y el juicio, en la soledad de su viudez y sus 67 años de edad que debían llevarlo a presentir el fin, escribía diariamente, sin fallar. Resignado tal vez –como podríamos estar hoy– a no ver el cese de la tragedia de su país. Y mientras piensa lo que va escribiendo, privilegio del escritor, cobran vida los momentos de alegría de vivir y de promesa. Porque no es del todo cierto que cuando se tienen muchos años hay una memoria cercana que se evapora y una lejana que se revive sin esfuerzo. Si no se ha perdido lucidez, lo que está cerca, lo del día de ayer, de hace unos minutos, todavía no tiene rostro: aún no ha dejado huella, merece el olvido. Mientras lo lejano brilla y permanece preciso porque dejó una señal en el alma. Y en Arévalo González como en toda persona que mira hacia atrás para buscar el tiempo perdido, buena parte de los episodios que narra de la etapa temprana de su adultez dan la impresión de haber dejado en él huellas que moldearon su carácter. Como cuando describe la rectitud de su padre, cuando habla de su decisión de partir, alejarse, para no herir más a su enamorada, o cuando usa su habilidad social de caballero para ofrecerle oportunamente el brazo para entrar al comedor durante una cena festiva a Elisa quien sería su esposa.  Y es digno entonces de admiración que haya querido comunicarse usando la escritura con los que vendrían después, ya en un país distinto –no por cierto el de hoy–menos cruel con sus hijos. La escritura como única arma (…me llamaban lírico porque he pretendido hacer con la pluma, …lo que otros han intentado llevar a cabo con la espada para sólo caer en charcas de sangre.[4]..) con la cual remontaba el tiempo para asomarse a sus juveniles andanzas, preámbulo vital que antecede a la maraña de intereses encontrados que impulsaron su drama personal.[5]

Foto aérea tomada por mí en 1981 donde se aprecia en primer plano, abajo, Monte Piedad, luego más arriba el Museo Histórico-Militar, antigua Escuela Militar inaugurada a comienzos del siglo veinte y más arriba los bloques de Vivienda del 23 de Enero construidos en 1955. La modesta casa de Arévalo puede haber estado en la calle principal que se ve abajo.

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Hablé al principio de estas líneas del carácter de modelo que para los jóvenes venezolanos de hoy podría tener el legado de Rafael Arévalo González.

Pienso en primer lugar que el modo de ver la vida de Arévalo se resume en unas pocas cosas características de quien está consciente de sus circunstancias y anhela ayudar a transformarlas. No quiere ser un simple espectador. Y si hablamos de lugar, actuó siempre –se deduce de su escritura– motivado por sus firmes vínculos con la tierra en que nació. Fue naturalmente venezolano, tal como si no hubiera habido nunca para él ninguna otra opción: era de aquí sin discusión alguna y aquí se resolvió su vida sin que hubiera pensado arrancar sus raíces de este lugar del mundo.  En su juventud vivió sitios, conoció gentes, anduvo por caminos, estableció afectos que consolidaron su arraigo. Eran tiempos en los cuales las distancias se multiplicaban por la incomunicación física, pero por sobre los obstáculos estaba presente en muchas voluntades el proyecto de darle forma a una nación. Lo que está viviendo Venezuela hoy es una prueba irrefutable de que ese proyecto está todavía vigente y con más fuerza que nunca. Los más jóvenes que quieran superar la masificación informe de quienes se dan por satisfechos con su rutina, hoy sazonada con la apariencia de actualidad de las llamadas redes sociales, harían bien en entender el mensaje de aliento que les da la vida de este hombre sacrificado.

Por otra parte, todo lo que definía la dinámica social en la cual actuaba, estaba firmemente en su conciencia. Ya su participación en el activismo político posterior a la Delpiniada (que no era otra cosa que denunciar el abuso y al aprovechamiento del poder para favorecer intereses personales), indicaba que no era ajeno a lo que ocurría a su alrededor.  Es entonces cuando comienza a tomar forma su disposición a ser actor del proceso de consolidación de los valores republicanos, proceso inspirado en una ética social y política que hizo suya y mantuvo viva a lo largo de su vida mediante la reflexión y el estudio, asumiendo a la vez el compromiso de promoverla y defenderla como participante activo en el debate público.  Para que ese compromiso fuese como fue, asunto de toda su existencia, fuerte y persistente como para llevarlo al sacrificio de su bienestar y el de sus cercanos, tenía que haberse anidado en lo más profundo de su persona por mecanismos íntimos, algunos de los cuales he sugerido en las líneas anteriores. Mecanismos que lo llevaron a situaciones límite y procederes que son precisamente los que lo convierten en inspiración y ejemplo, no necesariamente para repetir lo que vivió sino para entender el valor de su herencia moral. Los jóvenes venezolanos de hoy pueden entonces preguntarse si la gesta[6]de Arévalo González, que puede llamarse heroica, no es más bien un ejemplo trascendente que aspira a la universalidad porque se asocia a valores que enriquecen el alma de todo hombre esté donde esté. Rebasa los límites de un pequeño país que parecía no encontrar el rumbo, asolado como hoy por la incuria, el abuso y la falsedad. No sólo es parte de nuestra historia local sino de la humana, la de todos. Y nos recuerda que construir pide superar la indiferencia, es una llamada personal a ser suma.

Alegoría de la Delpiniada , cuadro de Pedro León Zapata. A la derecha arriba Guzmán Blanco. En su trono de homenaje el poeta Delpino y Lamas.

[1]Buscando el Camino es el título de un hermoso y sugerente libro de juventud de Mariano Picón Salas, publicado en 1920.

[2]Musa de la danza.

[3]https://es.wikipedia.org/wiki/Los_patinadores

[4]Pág. 268 de las Memorias.

[5]Invito de nuevo, tal como lo hice en la cuarta entrada de esta serie de comentarios sobre Arévalo González, a leer las memorias en la versión más reciente publicada por la Fundación Ricardo Zuloaga: http://revistasic.gumilla.org/wp-content/uploads/2015/06/Memorias-R.-Arévalo-G.pdf.

[6]Según el diccionario: Hecho o conjunto de hechos dignos de ser recordados, especialmente los que destacan por su heroicidad o trascendencia

 

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RAFAEL ARÉVALO GONZALEZ: CONSTANCIA, SACRIFICIO Y ESPERANZA (6)

Oscar Tenreiro

 Si hubiese dudas sobre la motivación religiosa de la conducta de Arévalo González, basta ir a algunos de los textos que escribió, muestras de un impulso por dotar de un sentido superior –sólo comprensible si lo motiva la Fe religiosa– a su voluntad de enfrentar con estoica resignación la injusticia que se cometía con él. Se deja ver en sus frases, en su modo de expresar en palabras lo que vivía, un anhelo de trascendencia, un deseo de vincular el accidente, el tropiezo, el revés, la derrota en suma, con un destino que supera la vida y lleva hasta el reposo en un espacio último, final, claramente religioso, que le da sentido a sus padecimientos, que los justifica incluso. Lo dice de modo inequívoco en un documento muy personal y a la vez expresivo de lo que vengo afirmando, que es la Carta a mi Nelly. En uno de cuyos párrafos[1]se lee: …ahora que me siento incomparablemente desgraciado, tengo sed de sufrimiento, tengo hambre de padecer aún más, porque una voz en lo interior me dice que nuestro buen Dios, el Dios de la bondad y de la misericordia infinitas, te hará tan feliz como desventurado soy…

Con esas palabras Arévalo González nos ayuda a entender su conducta. Lo que lo indujo a enfrentar resueltamente las consecuencias de su rebeldía cívica se explica no sólo como vigilancia, producto del celo republicano y democrático o auto-otorgado papel moralista, fundamentos de lo que hoy llamaríamos sus objeciones de conciencia, sino también como impulso originado en un compromiso de raíz religiosa. Acepta e incluso desea el sufrimiento porque lo supone compensado por el bienestar espiritual y vital de quien ama; asume el sufrimiento como una forma de redención que comparte con los seres amados en el mismo sentido de una comunión de los santos que actúa al mismo tiempo como herramienta para –en último término– inducir la rectificación de la conducta del opresor. Su modo de actuar se inscribe así en la tradición cristiana del martirio, históricamente asociada a la lucha contra la ceguera arrogante de la tiranía y el poder perverso. Una lucha pasiva que para sostenerla exige un enorme coraje y una ejemplar disposición del ánimo que ha sido comentada, elogiada e historiada desde la más remota antigüedad.

Hemos hablado de la forma como se da su última prisión, cuando envía una carta directamente al tirano pidiéndole muy civilizadamente, muy ingenuamente, con extrema mansedumbre, simplemente la libertad de los estudiantes, mansedumbre que causa la ira del sátrapa y el deseo de castigarlo ejemplarmente, esta vez junto a los estudiantes por quienes abogaba en las mazmorras de una vieja fortificación colonial –El Castillo de Puerto Cabello, donde un siglo antes estuvo Francisco de Miranda– vestigio simbólico de la opresión. Se revela así en Arévalo no sólo una convicción sino una disposición que apunta al martirio: en cierta medida vio el sacrificio de su vida como una herramienta de lucha trascendente, superior a las circunstancias inmediatas de su vida, ya entrado él en un crepúsculo, sin la compañía de la mujer que amó, con sus numerosos hijos luchando por sobrevivir en una sociedad cargada de prejuicios políticos que sólo desaparecieron en su versión más pública – porque siguen vigentes hoy– con la muerte de esa especie de arquetipo del hombre fuerte venezolano que fue Juan Vicente Gómez.

El castillo de Libertador en Puerto Cabello hoy, también llamado Castillo de San Felipe, donde estuvo preso Arévalo González junto con los estudiantes universitarios de 1928 poco antes de su muerte.

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Hay otra vertiente de la dimensión religiosa en el discurso de Arévalo González que tiene un origen más complejo. Ya he aludido al hablar de la no violencia como arma de lucha, a la recurrente pregunta, que tan fuertemente como en ese entonces, nos acosa hoy a los venezolanos: si la violencia es el único medio efectivo para derrotar una tiranía.

Pregunta, si vemos hacia atrás en la historia, que parece contestarse siempre afirmativamente mientras no se examine lo que ha ocurrido en los tiempos posteriores a la aparente derrota, con frecuencia marcados como en el caso venezolano en vida de Arévalo González, por una inestabilidad que engendró nueva violencia. Secuelas que por ejemplo en el ámbito cristiano han disparado muchas reflexiones surgidas de la contradicción entre el mensaje de convivencia y hermandad que sumado a las múltiples consecuencias del episodio evangélico de la otra mejilla fue uno de los pilares de la vertiginosa expansión de la cristiandad, y los abundantes ejemplos históricos de apoyo de las jerarquías eclesiásticas a las guerras religiosas o a una catequesis apoyada en medios violentos. Una contradicción que en tiempos más recientes ha puesto en primer plano el concepto de la no violencia activa respaldado insistentemente por la pedagogía papal [2]emparentado como ya hemos hecho notar con el legado de Gandhi o la búsqueda de reconciliación de un Nelson Mandela. O por supuesto coincidente con lo más característico de la tradición budista, sin embargo contradicha, tal como acabo de decir que ocurrió en el seno del cristianismo, o más bien transgredida, por la actitud actual de algunos monjes budistas en el sudeste asiático –Sri-Lanka, Myanmar– que han promovido la violencia contra los fieles del Islam.

La prisión de Robben Island en Suráfrica, donde estuvo Nelson Mandela durante los primeros años de su prisión de 27 años.

Una concentración organizada por monjes budistas en Birmania (Myanmar) en 2019. La foto, del New York Times, lleva como título “Los budistas que también hacen la guerra”

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Y porque luego de las prisiones que sufrió, ya un hombre maduro curtido por la lucha y conocedor del país, su gente y sus herencias, Arévalo González se convenció de que el verdadero cambio de la situación venezolana nunca se lograría mediante la violencia sino a través de la libre expresión de la suma de las voluntades individuales, es justo destacar que se trata de una visión que si bien es un valor democrático esencial, proviene de una concepción de la posición de la persona humana [3] en la comunidad y de la interacción de la sociedad entera con el poder político, uno de cuyos remotos orígenes, acaso el principal, es cristiano. De ello sabemos mediante el relato de una conversación entre él y un personaje importante de la sociedad del interior venezolano, el caroreño[4]Cecilio Zubillaga Perera (1887-1948) https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/z/zubillaga-perera-cecilio/cuando este último lo visitó en su modestísima casa de Monte Piedad, en los suburbios caraqueños de ese tiempo. El episodio está narrado en la biografía escrita por Mariela Arvelo que ya he mencionado, en el capitulo XX, donde se lee lo siguiente: …llegó a los estudiantes el rumor de que una revolución era inminente(1922, luego de la segunda larguísima prisión gomecista de Arévalo, de la cual había sido liberado en Diciembre del año anterior)…según decían era cosa de días, tal vez de horas, pues todo estaba listo para un golpe de estado que se daría en la capital…Entonces el muchacho (Cecilio Zubillaga)[5]lo visitó en una caseja (sic) donde vivía, situada en los desbarrancaderos del barrio [6], junto a la Estación del Ferrocarril de La Guaira. Lo encontró en su cuarto quebrantado de salud, todavía con la visible secuela de los grillos, echado en una vieja chaise longue, con aquella augusta belleza de su persona física…”¡Ahora sí Don Rafael!  ¡Al fin llegó el momento! Ahora sí saldremos del dictador y sus crueles secuaces. ¡Los vamos a acabar con el Golpe de Estado de los militares! ¡Alégrese maestro! ¿No le contenta la buena noticia que vine a traerle? …Pero para sorpresa del visitante el venerable caballero se incorporó un poco…y dijo así: “¡No, no, no! ¡No, mi amigo! No es nada bueno sino todo malo, lo que usted me trae con su noticia. Yo detesto la guerra por principio. A la guerra le debemos la situación con que tenemos hoy a la Patria. Y mal podemos creer que se remediarán sus males echando mano de ilusorios remedios que han fracasado siempre, después de dolorosísimas experiencias.

Cecilio (Chío) Zubillaga Perera en sus tiempos de estudiante en Caracas. No terminó sus estudios. Fue un autodidacta.

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Puede decirse pues que indagar sobre el sentido más profundo y duradero de la vida de Rafael Arévalo González lleva hacia la dimensión religiosa de su modo de actuar. Y antes de concluir estas reflexiones sobre su vida quisiera ponerla en primer plano. Lo hago a conciencia de que se trata de un terreno difícil, porque si bien se beneficia el rigor del juicio sobre sus modos personales e intransferibles de ver la vida, y por lo tanto de actuar, es un ámbito que evitaban hasta tiempos muy recientes los historiadores académicos: para el laicismo militante décimonónico o los prejuicios del marxismo de derivación populista del siglo veinte, toda mención a lo trascendente ha sido considerada sesgada, subjetiva e inexacta: anticientífica. Sin embargo, la búsqueda más a fondo, el deseo de comprender de modo completo a la persona y las personas, en muchos casos ha ido llevando a la aceptación e incluso la valoración abierta de las motivaciones religiosas en la perspectiva histórica. Ya hoy es simpleza, si no ignorancia, seguir separando lo religioso del conjunto de influencias en el hecho social y personal. Se ha quitado del medio el prejuicio ideológico interesado–obstáculo poderoso en mis tiempos adolescentes– favoreciendo el más amplio conocimiento de la psique humana y colectiva. Se superó un peso muerto que oprimía indiscriminadamente y erosionaba la libertad de juicio y sobre todo empobrecía. Atrás ha quedado con justa razón la visión de los procesos sociales y personales desde un materialismo autosuficiente, arrogante y excluyente, propia de los ideólogos.

Y es a partir de un impulso religioso (aunque este impulso tenga en quien lo experimente un origen no del todo consciente) como se puede entender el martirio como decisión responsable, como acto consumatorio [7]de una búsqueda vital. Sobre el martirio se puede decir y escribir mucho como acto decididamente heroico (lo llamo acto porque me refiero al martirio que se busca, se marcha hacia él, no sólo se espera) que figura en casi todas las religiones como salvaguarda de un más allá venturoso, seguridad del Eterno encuentro. Y debe destacarse que Arévalo, particularmente en su última prisión en el castillo de Puerto Cabello, fue hacia ella voluntariamente. Salió a esperar la muerte apenas dos años después. Hizo lo que hizo a sabiendas de que sería castigado de nuevo: avanzó hacia una forma de martirio. Y cuando el sentir religioso se expresa como olvido del interés y las ventajas personales en provecho de los otros tomando la forma del sacrificio personal, adquiere el peso y la importancia de lo definitivo. El martirio es un acto que se inserta en lo insondable del ser humano. Es irrefutable.

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Cuando la crítica situación que se vive en este momento venezolano pesa en nosotros hasta ensombrecernos el ánimo; cuando esas sombras nos hablan de la falta de límites de la torpeza; cuando los acontecimientos que se suceden en países que presumíamos a salvo del desbordamiento de la insensatez nos dicen que la torpeza es universal; en esos momentos se nos revela con toda su fuerza saber que antes de nosotros hubo muchos que con admirable serenidad enfrentaron de pie la torpeza, el abuso y la arbitrariedad. Lo hicieron sin intentar protegerse de las desventajas personales que les acarrearía su rebeldía. Cultivar la memoria que de ellos tenemos, eso que llamamos el legado, se revela entonces como esencial. Se hace indispensable mantenerla viva como llamado a la conciencia de cada quien para iluminar un poco el camino que debemos seguir hoy. Y si al mirar hacia atrás nos encontramos con que la ceguera frente a lo importante y la falta de interés por los que antes tuvieron la palabra se interpone y desvía la mirada, nos atrapa una sensación de impotencia que nos vemos obligados a suplir, nos invita a llamar la atención. Es por ello que me he empeñado en conocer mejor –señalándoselo a otros– la figura de un hombre que si fue un poco como hemos sido todos, respondió sin embargo a las exigencias de su tiempo de modo excepcional. Y lo excepcional es siempre enseñanza.

 

[1]Pág. 3 del pequeño folleto editado por la familia. Me lo hizo llegar la colega Adina Arévalo Lares.

[2]El Papa Francisco en su Mensaje a la 50 Jornada Mundial de la Paz en Enero de 2017, dice entre muchas otras referencias a la no violencia activa: …cuando la noche antes de morir, dijo a Pedro que envainara la espada (Mateo 26,52) Jesús trazó el camino de la no violencia….mediante la cual construyó la paz y destruyó la enemistad. Y más adelante: La no violencia practicada con decisión y coherencia ha producido resultados impresionantes…(Fuente: Internet)

[3]Este término para diferenciar al individuo como un simple número, de la persona como figura que se perfila singularmente más allá del tiempo, ha sido muy usada por los pensadores católicos de la modernidad, particularmente los neo-tomistas y entre ellos Jacques Maritain.

[4]Caroreño es el gentilicio de los nacidos en Carora, ciudad de mucho abolengo fundada en 1572, ubicada en los llanos centro-occidentales de Venezuela, a poco menos de 500 kilómetros de Caracas. Ha sido una ciudad de establecida tradición cultural. Cecilio (Chío) Zubillaga (1887-1948) es uno de sus próceres culturales y políticos. En tiempos de Arévalo era estudiante de Derecho en la Universidad Central de Venezuela, estudios que abandonó para hacerse autodidacta. Mariela Arvelo incluye esta anécdota (pág. 190) tan ilustrativa en su Biografía de Arévalo González que he citado varias veces.

 [6]El barrio de Monte Piedad en la zona de Caño Amarillo, Caracas.

[7]Un acto que constituye la finalización de determinados patrones o secuencias de conductas instintivas (definición que proviene de la biología).

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