VER LA VIDA (2)

Oscar Tenreiro

Pontedeume es un pueblo pequeño cercano a La Coruña, que ocupa una pendiente suave que arranca en la margen izquierda de la desembocadura del río Eume. Se llega a él viniendo desde La Coruña pasando un largo puente de piedra de poco menos de un kilómetro de largo –de allí el nombre del pueblo– de fundamentos muy antiguos pero terminado en el siglo diecinueve, desde el cual se ven las casas, en realidad sobre todo edificios, que remontan la pendiente. No sé de él mucho más, si bien lo visité especialmente cuando estuve de profesor –entre 1994 y 1995– en un doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura. Y la razón de la visita fue que sabía que el apellido Tenreiro venía de allí porque me lo habían informado mis amigos gallegos cuando visité Galicia por segunda vez –la primera fue en mis veintipocos años– con ocasión de un Congreso de Arquitectura Institucional en 1990. Sabía también que el apellido existía en Brasil porque tiempo atrás en una de las revistas de arquitectura brasileñas que se publicaban en los años cincuenta y que mi hermano Jesús como estudiante de arquitectura llevaba a casa, habíamos visto propaganda de una tienda de diseño llamada Tenreiro Decorações. Hoy sé que esa tienda era propiedad de Joaquim Tenreiro, nacido en Melo, al norte de Portugal en 1906 y con toda probabilidad hijo de gallegos, escultor, pintor y gran diseñador de muebles hoy muy bien valorados, quien había muerto, lo sé hoy, tres años antes de mi visita. También sabíamos los hermanos gracias a un primo bastante mayor que nosotros, amante de la historia, fallecido, Tomás Pérez Tenreiro (1916-1998) hijo de Josefina la hermana mayor de mi padre, que en antiguos documentos figuraba el apellido. Hablaba de uno –nunca lo vi– que mencionaba a un Tenreiro quien durante una guerra local en un siglo anterior había perpetrado crueldades en la ciudad gallega de Vigo, 150 kilómetros al sur de La Coruña, asunto que por esas cosas de la adolescencia que hoy nos dan cierta vergüenza, nos enorgullecía un poco.  En todo caso, la visita a Pontedeume me ayudó a hacer del nombre figura o imagen del lugar donde prosperó, tomé conciencia de lo extendido que estaba –muchas ramas sin relación entre ellas– y que la emigración prácticamente lo lanzó hacia fuera de Galicia, siendo mi bisabuelo Rudesindo Tenreiro, al dejar Pontedeume para radicarse en Cuba, parte de ese impulso de abandonar la tierra de uno.

El puente de acceso a Pontedeume, llegando desde Coruña

Pontedeume

El puente.

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Me había parecido simpático en la visita de 1994 que apenas al llegar a Pontedeume y acercarme a un grupo de personas que departían animadamente en una plaza, mis preguntas acerca de los Tenreiro tuviesen inmediatas repuestasque señalaban lugares y anécdotas que ya no recuerdo. Pero más recientemente, en el pasado mes de Enero, mi hija Victoria, igualmente movida por el deseo de saber sobre los orígenes gallegos, fue con su familia –Gustavo Cardona, Carlota y María Lucía– a Pontedeume donde tuvo una experiencia similar a la mía al acercarse a dos señoras que caminaban por el paseo que bordea el río: inmediatamente le señalaron a la distancia una vieja casa que había sido de la familia Tenreiro (permitiéndose el chisme de que los dueños habían sido gente pija[1]) y le informaron además que junto a ella vive aún un árbol varias veces centenario y muy venerado por los vecinos, un tejo llamado El tejo de los Tenreiro (https://elpais.com/ccaa/2013/06/28/galicia/1372419864_694294.html), pino cuya especie es cercana a la de las muy conocidas sequías de los bosques de América del Norte. Caminaron hasta allí sin poder entrar a la casa, abandonada y rodeada de muros y maleza, cuyo nombre es Villa Magdalena; junto a ella, en el espacio público del paseo, anteriormente terrenos de la casa, protegido por una verja de huella circular, está el singular y vetusto árbol. Ya un tanto despojado, muchas veces podado, al cual tiempo atrás, a principios del siglo veinte, la familia le insertó en las ramas unas plataformas de madera hasta formar tres pisos que se muestran en las viejas fotos, a los cuales se subía por una escalera de caracol metálica. Su peculiarísima condición de árbol-mirador (desde él se apreciaba el paisaje inmediato), su extraordinaria longevidad –de 300 a 500 años– y por extensión la casa y su familia pija políticamente afín a los fundadores de la República Española, fueron obligada visita para gente de la historia política e intelectual de España.

Hasta allí llegan nuestras averiguaciones sobre Tenreiro y Pontedeume.

El paseo

El tejo de los Tenreiro en una vieja foto.

El tejo en el mes de Enero de este año ya muy disminuido.

Frente al tejo hay una explicación sobre su historia

La explicación

Villa Magdalena

Villa Magdalena

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Rudesindo Tenreiro como ya dije, se llamaba mi bisabuelo. Su nombre figura en el Registro de Viajeros llegados en 1858 a La Habana en la nave Isabel que inició su viaje en Nueva York (del cruce del Atlántico no tengo información) e hizo escalas en Charleston, Savannah y Key West.  Es posible suponer que hizo el viaje junto con su familia, su esposa Elena Sirut y sus hijos, entre ellos mi abuelo Lorenzo quien habría nacido en torno a 1851, o sea que llegó a Cuba de 7 años. Lorenzo terminó sus estudios de primaria, Secundaria y Derecho en Cuba, y ya por 1881 (30 años) se trasladó a Venezuela donde habría de casarse en segundas nupcias (Margarita Documet su primera esposa, falleció inmediatamente después de casarse, en Septiembre de 1885) con Julia Francia en Febrero de 1891, declarando tener 36 años[2], ella declaró 18. Y revalidó su título de Abogado-Procurador para ejercer su profesión en Venezuela en 1897[3], nacidos sus tres primeros hijos. Su madre Elena Sirut parece haber salido de Cuba antes que él, en 1869 hacia Veracruz, Mexico, tal vez a causa de la muerte de Rudesindo, para radicarse después en Jamaica (importante exportador de azúcar en ese tiempo) según lo declara Lorenzo en uno de los documentos venezolanos que hemos consultado. Lorenzo habría de tener nueve hijos, la mayor Rosa Herminia de la Candelaria, de su matrimonio (1885) con Margarita Documet, y ocho[4]de su matrimonio con Julia Teresa Francia Gil[5], venezolana, en 1891.

Y por fin, después de todos estos datos genealógicos que incluyo sin otra intención que la de precisar el cuadro humano del cual somos parte, llegamos a mi padre, nacido en Caracas el 20 de Diciembre de 1904, el quinto de los ocho hermanos Tenreiro Francia, bautizado Antonio Jesús pero desde muchacho Jesús Antonio –Chucho para los amigos– nombre heredado por mi hermano mayor. Chucho hizo la primaria en el Colegio San Ignacio de Caracas, regido por los jesuítas. Lo sé no porque me lo haya dicho nadie nunca –he dicho que papá no era comunicativo con sus hijos– sino porque ahora mientras escribo estas cosas llegué entre los papeles de las gavetas familiares a un curriculum fechado por papá en 1969: allí está el dato. Y sabía porque lo decía mi madre, que terminada la primaria, supongo que en 1918, ingresó junto con su hermano Pedro Pablo cuatro años mayor que él al Seminario Interdiocesano de Caracas, también regido por los jesuítas, para convertirse en sacerdote.

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Murieron Lorenzo y Julia, él fue el primero, en fecha que no he logrado precisar. Debe haber sido en torno a 1918, y no sería raro que la razón haya sido la gripe española. José Antonio, el segundo de los hermanos, había muerto a causa de la epidemia, así nos lo contaban en casa; y muertes tan próximas parecen explicarse también por un factor externo. Y la epidemia causó estragos en Venezuela. Mi madre contaba que ella de muchacha –nació en 1907–veía pasar frente a su casa de Valencia las carretas que llevaban los cadáveres para enterrarlos en fosas comunes en el cementerio de San Blas.

Por otra parte, Lorenzo, el tercero, había muerto de paludismo contraído cuando anduvo por el estado Guárico como agente viajero, o sea que la familia fue tocada por la adversidad. Ya Josefina la mayor se había casado en 1914, así que quedaron sin asistencia los cinco menores: el mayor Pedro Pablo, papá y las tres hermanas. Pero se hizo presente la solidaridad de la cultura familiar venezolana y tomó a su cargo los huérfanos la abuela materna Escolástica Gil de Francia quien era una viejecita bondadosa –según trascendió siempre en la familia– viuda de un general gomecista, Juan José Francia[6]. Los acogió como una verdadera madre y los encaminó a todos sin que uno deje de pensar que las dificultades económicas –sus medios eran muy modestos– hayan podido influir para que los dos varones hicieran sus estudios de secundaria y superiores como futuros sacerdotes. Entrar al seminario como medio de estudio, recurso que flota siempre un poco en los medios clericales, siempre ha sido una opción para los más modestos en los países con tradición católica y ese pudo haber sido el caso. Pedro Pablo concluiría sus estudios y llegó a ser un respetado Obispo, pero Antonio Jesús terminó eligiendo la vida seglar y gracias a su decisión aquí me encuentro. Empezó de inmediato a tratar de revalidar sus estudios para hacerse abogado lo cual he dicho más arriba que se le hizo imposible, y además a abrirse paso en el mundo comercial en el cual desarrolló su vida, trabajando a partir de 1922 en una empresa de Caracas, El Bazar Americano, que vendía máquinas registradoras National, artefactos eléctricos para el hogar y muebles de acero, así lo dice el curriculum.

La decisión de dejar el Seminario, difícil sin duda en tiempos de tantos prejuicios formales de corte religioso, asociada a la indudable soledad afectiva que afecta a todo huérfano –mamá nos lo decía de vez en cuando para explicar su carácter– tiene que haber dejado huellas en su modo de estar en el mundo. Tengo para mí que entró al Seminario con auténtica vocación, por supuesto la que se puede tener a los trece o catorce años, pero cuando ya avanzados los estudios y adolescente se enfrentó a la perspectiva del celibato, le oí decir en una oportunidad que se había dado cuenta que no podría ser sacerdote: la mujer era fundamental en su manera de ver la vida.

Antonio Jesús Tenreiro Francia de Seminarista

Escolástica Gil de Francia en 1925

[1]Pijo en España es quien “viste, se comporta o habla de manera afectada manifestando buena posición social y económica” o sea que significa lo mismo que “sifrino” en Venezuela.

[2]Lorenzo declara 36 años en lugar de 40 porque alteraba su edad, tal como se ve en los documentos posteriores. También alteraba su lugar de nacimiento al decir que era nacido en Cuba, lo cual comparando las fechas resulta imposible. Ambas mentirillas son comprensibles. Los españoles, a consecuencia de la Guerra de Independencia, eran vistos en Venezuela con no disimulada antipatía (lo recuerdo incluso en mi niñez) lo cual era un obstáculo para su ejercicio profesional. Su diploma de abogado, el original en mi poder, no dice donde nació. En cuanto a la edad, en Venezuela en esas fechas, cuando no existía Cédula de Identidad, la gente mentía conscientemente o no sobre su edad.  Mi madre mintió cuando tramitó su primera Cédula: se quitó tres o cuatro años.

[3]Tengo el documento original cedido por mi hermano Jesús, quien a su vez lo había recibido de Tomás Pérez Tenreiro.

[4]De mayor a menor: Josefina nacida en 1893, José Antonio, Lorenzo, Pedro Pablo, Antonio Jesús, Mercedes Amalia, Rosa y María Cristina (1910).

[5]Hija del General Juan José Francia y de Escolástica Gil, ambos nacidos en Venezuela y de ascendencia venezolana.

[6]Ya escribí aquí (Todo llega al Mar 3- 18 de Agosto de 2018) acerca de la curiosa muerte –cómica dentro de lo trágico– del General Francia: le cayó un coco en la barriga mientras descansaba en una hamaca tendida entre cocoteros en la hacienda La Trinidad, propiedad de Juan Vicente Gómez, en las afueras de Maracay

VER LA VIDA (1)

Oscar Tenreiro

Hace algunos días, al final de una conversación-charla que tuve en mi Facultad mencioné –hablaba de hacerse viejo y estar de despedida– que una de las cosas que en este tiempo de mi vida más me impresionaba era la rapidez con la que olvidábamos a los que partieron. No sólo se me ha hecho demasiado evidente el sentido de la frase latina que nos dice durante el ritual católico de miércoles de ceniza que sólo somos polvo, sino que he podido ver como lo que pensábamos firme y establecido en nuestro mundo, entre lo cual las personas vivas en el afecto, se evapora de modo casi inclemente, se esfuma y desaparece para anidar sólo en nuestro recuerdo apagándose poco a poco. Y como soy de los que creen, siguiendo al poeta que lo dijo, que el escritor revive en el lector o hace revivir a quien describe, me ha venido asaltando la ansiedad de escribir sobre quienes han sido importantes para mí y ya no están, deteniéndome y siendo más acucioso en el caso de aquellos que –me atrevo a decir– dieron forma a mi vida. Es eso también lo que me ha hecho, cada vez con más frecuencia, escribir en tono autobiográfico, a hablar de mi mismo superando el viejo prejuicio acerca de que el escritor no debe hacerlo de modo directo; una actitud que se revela en el tono general del texto de mi recién publicado libro Todo Llega al Mar. Y con ello me voy interesando hasta hacerla proyecto personal que ocupa un gran espacio en mis diarias reflexiones, en la idea de servir de mensajero –con la escritura– para el fragmento de humanidad que he tenido próximo. Y como muchos de quienes estuvieron cerca de mí no tienen o tuvieron la ventaja que da el acceso a la escritura, los ayudo de algún modo a expresarse y con ello revivir en quien lee. Y al hacerlo aprovecho para reconstruir y rememorar lo que me entregaron cuando vivían, a veces con su palabra o su ejemplo, o también por su simple presencia en el ámbito familiar. Ámbito que es el que más me motiva evocar, con sus figuras, las vidas que en él prosperaron, algunos de los momentos que lo marcaron, la atmósfera que le era propia, lo bueno y lo no tan bueno; un bosquejo del ambiente en el cual he vivido.

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Sé por otra parte, que para un lector cualquiera puede resultar de poco interés que alguien como yo, ciudadano de un país en lucha consigo mismo, sin otra credencial que la de haber insistido en hacer lo que cree que sabe hacer, y a quien sólo lo distingue el permanente esfuerzo de comunicar inquietudes, se empeñe en hablar de una pequeña historia familiar alejada de cualquiera de los brillos que atraen la curiosidad. Alejada también del tema central, la arquitectura y la ciudad, que inspiró la creación de este Blog como respaldo digital de la tarea de estar presente semanalmente en un diario de la capital venezolana. Y ello me lleva a insistir en el mismo argumento que justifica que buena parte de mis textos hayan versado sobre la situación política de mi país, o sido cavilaciones sobre el arte o la historia mezcladas con crónicas de mis experiencias como observador de mi entorno. Lo he venido haciendo, y ahora lo haré muy conscientemente, porque pienso que ese discurso sobre lo que a uno lo ha condicionado, las personas o los lugares por donde ha transitado y discurrido, ayuda a entender lo que uno hace y los motivos que lo impulsan. Sin que pase por alto sin embargo que los vínculos entre el vivir, el pensar y el hacer son difíciles de señalar. Recuerdo de nuevo que estoy identificado con las enseñanzas de mi filósofo más admirado y por ello sostengo que la manifestación en el hacer del pensar, percibir y sentir pertenece al espacio de lo que no se puede decir.

Así que los recorridos literarios cuyo tema son las personas y el ámbito en el cual se hicieron parte de mi vida los haré tratando de que quien lee se vea formando parte de la escena o cercano en espíritu a las personas que describo. De ese modo mis reflexiones no le serán, lo espero, totalmente ajenas. Haré un esfuerzo para que piense que lo que me ocurrió no está tan lejos de él o ella.

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Ese deseo de reorientar mis esfuerzos de escribir, es consecuencia de una de esas casualidades que cuestionan la existencia de casualidades: durante mis búsquedas para la selección de textos para un segundo tomo de Todo Llega al Mar-Textos, tropecé con una carpeta de Apuntes (hechos para este Blog) donde había un corto escrito relatando una anécdota acerca de mi padre.

La transcribo aquí:

“Una buena palabra es mejor que un obsequio…” Eclesiastés 18,17

Oí una vez decir a mi padre, sentado junto a un grupo de sus amigos en esas poltronas de mimbre del pasado venezolano, allí en la sala informal entre el zaguán y el primer patio de nuestra casa de Maracay y en presencia de sus amigos, que el Eclesiastés era el libro del Antiguo Testamento que prefería. Yo era niño, no creo que tenía más de nueve o diez años, pero tengo vivo el momento de su frase, su forma de decirla, corpulento como era él, en tono afirmativo y como resignado a la vez, movido por la locuacidad que le provocaba un par de copas, en medio de una de las tertulias regadas de wiskisitos que de cuando en cuando decidía improvisar en el hogar familiar, para incomodidad de mi madre por no haber avisado. Había yo obedecido minutos antes cuando me dijo Óscar, búscame la Biblia. Fui rápidamente, acosado por la timidez que me asaltaba en situaciones así, a su cuarto más allá del segundo patio junto al comedor protegido por una romanilla, y regresé a quedarme paradito cerca de él esperando que encontrara el pasaje que quería leer en voz alta.No recuerdo cual leyó pero he puesto uno en el epígrafe que le hubiera gustado.

Hasta aquí el apunte, que me permite empezar con mi padre el bosquejo que intento hacer, con él quien por múltiples razones que irán apareciendo en las líneas que seguirán estuvo un poco al margen del escenario emocional de sus hijos, en buena medida porque su carácter lo llevó a una especie de auto-marginación en el seno de la familia dictada por sus dificultades consigo mismo, pero también porque esa misma separación afectiva nos llevó a verlo a la distancia como una presencia que siempre fue tutelar, pero lejana y desdibujada.

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Papá estudió bien la Biblia en sus años del Seminario de Caracas, donde fue educado por circunstancias que comentaré más adelante, y sabía bien lo que decía sobre el Eclesiastés (por mi parte he conocido bien el Nuevo Testamento, pero he estado siempre a distancia del Antiguo). El caso es que hoy, al rememorar su preferencia cuarenta y dos años después de su muerte el 16 de Noviembre de 1978, voy al Eclesiastés y allí, casi en cada versículo, veo en cierta manera reflejado un aspecto del universo ético que configuraba el carácter de mi padre: temor de Dios (concepto difícil), papel purificador e igualador de la muerte, castigo al inicuo, elogio a la sabiduría y la prudencia, advertencias sobre la moderación de la conducta, consejos para la amistad y la sumisión santificada…. Y me afirmo en la idea que no sé si comparten o compartieron mis hermanos –sólo me queda uno vivo, Edgardo José–  de que si nuestro padre no nos dejó bienes materiales porque era un limpio, como él gustaba de decir, sí nos legó, de un modo muy personal, marcando la ruta con sus escasas palabras, su bondadoso talante y su aceptación problemática de la vida, nos mostró en resumen, un modo de estar en el mundo que no dudo en decir hoy que ha sido junto con el de mi madre, el fundamento más firme del modo de vivir de nosotros sus hijos. Con las particularidades de cada quien, con la mayor o menor religiosidad, con las preferencias personales diferenciándonos. Lo digo con la cautela que el tema exige, pero convencido. Y sabiendo que al hacerlo le doy paso, es verdad, al sentimentalismo.

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Y así como recordé esa tarde de la Biblia, hubo también otras similares entre las cuales señalo una que tampoco he olvidado. Esa vez debí buscar en su cuarto una antología de poemas del Siglo de Oro español. Y allí de nuevo parado junto a él, su voz un poco alterada por el acelerado ritmo respiratorio producto de las copas que angustiaban a mi madre, aderezada la lectura además por la emoción fácil –lo recuerdo o lo invento, poco importa– hubiera podido oír como le hablaban al grupo San Juan de La Cruz, Baltasar Gracián, Teresa la Grande o Fray Luis de León. Valía la pena pues poner a prueba mi timidez.

El gusto por la poesía clásica de nuestro idioma y su interés en las Escrituras revelaba uno de los aspectos de su personalidad, la de un hombre a quien la vida –que transcurre en Venezuela durante los tiempos de Gómez y los inicios democráticos– desvió de sus querencias en el mundo literario y humanístico, fraguadas por sus estudios para ser sacerdote en el seminario católico. El no reconocimiento por el Estado venezolano de esos estudios[1]que tenían nivel de secundaria, en los cuales tuvo calificaciones sobresalientes, como podía leerse en un cuadrito con sus notas que colgó en su cuarto, lo obligó a centrarse en el ejercicio del comercio como empleado del Almacén Americano de la familia Phelps,[2]distribuidores de Ford, sin tener ni vocación ni espíritu de comerciante porque entre otras cosas nunca tuvo al dinero como objetivo, o si lo tuvo era demasiado generoso para alcanzarlo. Así que ya casado y con hijos, establecido en Maracay con la Casa Philco como negocio propio, era en los momentos de ocio, entre amigos, donde salían a relucir sus preferencias o lo que podía llamarse su diletantismo cultural. Que si es verdad que era provinciano –pienso en el cura o el médico de cualquier pequeño pueblo– tenía raíces fuertes en su sensibilidad.

Ese rasgo de su personalidad se podría decir que participa de un cierto grado de universalidad. Porque en el anecdotario del provincianismo de todas las geografías culturales sabemos del impulso que lleva a convertir en habitual el intercambio entre amigos cercanos y lejanos formando grupos festivos que permiten compartir las inquietudes personales que de otro modo se pierden en la rutina de cualquier pequeño pueblo de algún pequeño rincón del planeta. Rutina que puede ser despiadadamente reductiva y oscura como sin duda podía serlo la del Maracay venezolano de las décadas treinta y cuarenta del pasado siglo. Y también se puede decir que el estímulo del alma en olor de amistad es bastante propio de la cultura de la convivencia que heredamos de España, donde han prosperado las peñas–reuniones de amigos en la taberna o el café– literarias, taurinas, deportivas o de cualquier otro tipo, casi con rango institucional. Sin que olvidemos que la antiquísima figura del maestro-filósofo y los discípulos, reunidos bajo un árbol o en algún lugar propicio –el maestro y sus discípulos son en realidad amigos– es análoga a la de estos grupos que se dedican a oír a los poetas como producto secundario del convivir.

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Estas reuniones de amigos o amigotes sin embargo, pueden ser vistas de un modo menos positivo, si lo que domina en ellas es celebrar y si el celebrar excluye por principio y prejuicios a las mujeres, como la tradición machista lo prescribía en tiempos de mi infancia. Pues machista era el convivir de esos tiempos venezolanos, un machismo que comenzaba a retirarse de las mentes y las actitudes entre los sectores sociales más educados, pero que en una ciudad pequeña como el Maracay donde viví de niño, ciudad-pueblo muy marcada por la herencia cultural del ruralismo típico de la gran hacienda que era nuestro país, estaba vivo y bien. Ese estigma de raigambre hispánico-católica de la cultura latinoamericana dictaba hábitos y procederes.

El grupo de mi padre entonces, la cuerdita como designaba el modismo coloquial a esos grupos avivados por las copas, tenía un inconfundible carácter machista. Las mujeres, las esposas, estaban radicalmente excluidas como contertulios, confinadas a la casa y a los niños por las costumbres establecidas, confinamiento que una persona de carácter como lo era mi madre, a pesar de la aceptación perfectamente voluntaria –que le duró toda su vida– de su papel doméstico, lo combatía, o mejor lo protestaba, como lo han protestado siempre las mujeres de todos los niveles sociales, con un rechazo puertas adentro, expresado ante nosotros sus hijos, en quienes lo estimuló sin estar consciente de que con ello podía alimentar distancias afectivas de consecuencias psicológicas.

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 He tenido que consultar libros y personas para aclarar lo que guardaba en mi memoria y así llegar hasta los nombres de los miembros del grupo. Uno de ellos, muy cercano a mi padre, era el poeta Miguel Ángel Alvarez, nacido en La Victoria, descendiente de próceres de la Guerra de Independencia. Otros también poetas eran Augusto Padrón, participante ocasional de los viernes; y probablemente –no estoy seguro– Julio Morales Lara (me suministra su nombre y otros detalles Oldman Botello actual Cronista de Maracay). Era habitual el médico Cornelio Vegas, hombre de cultura y méritos profesionales. Y cuando yo era aún muy pequeño pudo haberlo frecuentado Aníbal Paradisi[3], quien como la más alta autoridad de la provincia sería asesinado durante el levantamiento militar del 18 de Octubre de 1945. Una muerte trágica y absurda acerca de la cual recuerdo los comentarios de mis padres mientras unos días después del golpe oían la radio nocturna. Y también era parte ocasional del grupo un amigo muy querido, de mayor edad –entonces tal vez de setenta años o algo más– quien nos saludaba y festejaba a los niños además de gozar de la dosificada simpatía de mi madre. Era el general retirado Antonio Nicolás Briceño, homónimo y descendiente directo del prócer de la guerra de independencia, quien vivía en Maracay muy alejado de su familia inmediata. Y tiene sentido que mencione a Luis Pastori, mucho más joven, nacido en La Victoria pero radicado ya en ese entonces en Caracas, porque era también amigo pero más lejano, además de ser nombrado y tal vez leído porque papá guardaba y comentaba tres de sus libros (Tallos sin muerte, Herreros de mi sangre y Toros santos y flores, todos publicados en 1950) los cuales nuestro hermano mayor Jesús leyó con tal admiración que a mí me indujo a leerlo: sonetos bien construidos que disfruté pese a mi poca edad.

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Era pues el grupo una buena muestra de la intelligentsia del Maracay de mi niñez. Puedo ser entonces benevolente y ver su rutina semanal como expresión de un modo de ver la vida, un escape del discurrir plano y ajeno a la imaginación, propio de la actividad del comerciante. Y olvidar que cuando éramos niños todos los hermanos nos sentíamos tan incómodos que, usando el modismo venezolano para designar la antipatía, le cogimos idea a la cuerdita porque la veíamos responsable de los excesos paternos: repetíamos con ello la actitud de contrariedad que todo niño manifiesta frente a la euforia alcohólica. Lo cual sumado al rechazo materno, alimentó una terca distancia con el protagonista principal. Además, madre e hijos, nosotros porque éramos niños, ella como resultado de los desencuentros de pareja, no teníamos la capacidad de comprender que cuando el escenario del festejo era en nuestra casa y no in taberna, podía convertirse en celebración familiar aceptada y compartida. Pero ese no fue el caso, y es sólo ahora al reconstruir aquellos episodios cuando me empeño, endulzándolos con la perspectiva del tiempo transcurrido, en verlos como símbolo, lo repito, de un modo de ver la vida comprometido con lo que trasciende.

“Maracay”, acrílico sobre Poliestireno comprimido. Oscar Tenreiro 2015. Mis padres recién casados. Al fondo a la derecha el cuarto de mi padre. Detrás de la romanilla amarilla, el comedor.

Entierro del General Antonio Nicolás Briceño el 26 de Diciembre de 1949. Mi padre en el cementerio.

El entierro del General Antonio Nicolás Briceño fue un acontecimiento en Maracay.

[1]Regía entonces un Patronato Republicano restrictivo entre la Iglesia y la República que fue sustituido en 1964 por lo que se llamó Modus Vivendi, en este acuerdo se reconocían oficialmente los estudios eclesiásticos.

[2]Familia de origen estadounidense fundada por William H, Phelps a principios del siglo veinte. Eran dueños de un pequeño imperio económico.

[3]Aníbal Paradisi ejerció desde 1941 la Primera Magistratura del Estado Aragua, capital Maracay, encontrando la muerte asesinado durante el levantamiento militar contra el Presidente Isaías Medina Angarita (1897-1953) el 18 de Octubre de 1945.

ALGO SOBRE LA FE, EN ADVIENTO

 

Oscar Tenreiro

Desde hace un tiempo suelo sentarme muy temprano a leer buscando una concentración en la quietud de la hora, desde que la edad me facilitó las madrugadas. Y conjuntamente con eso se me va haciendo costumbre revisar las estanterías en busca de relecturas o de libros que nunca leí completos debido a las urgencias verdaderas o falsas, problema ahora superado gracias a esta especie de vigilia que son los años viejos.

Y ocurre que me tropecé con un libro escrito por ese enorme hombre de cine, poeta e intelectual en el sentido más amplio de la palabra, que fue Pier Paolo Pasolini, hoy poco conocido por los más jóvenes, personalidad sin embargo muy presente en nuestro mundo de los veinte años y en el de la cultura en general cuando esta encontraba en el cine un espacio importante y significativo. Porque era imposible ignorar a Pasolini, entre otras cosas obligaba su actitud, que permeaba su obra, la de un provocateur, provocador inspirado que ponía nerviosos y crispaba a los conservadores y a los que no lo eran tanto, con su postura muy moldeada por la ideología –marxista de talante individual y singular– y por su afán de militancia, moderado sin embargo, o más bien podría decirse que enriquecido en contenido y revelador de un trasfondo mucho más complejo y sobre todo profundo, por su condición de católico inquieto y cuestionador, condición que probablemente él habría rechazado como definición de sí mismo, pero que se hace evidente en la temática de su cine, en el tono de las historias y anécdotas que recreaba, en su militancia y en los alegatos sostenidos en su escritura de poeta o comentarista notorio entre la intelligentsia italiana de su tiempo.

El libro se llama San Pablo, y es la descripción (como Apuntes para un director de producción lo define Pasolini en uno de los primeros capítulos) de una película que se centraría en la vida del Santo y que nunca fue realizada, la cual se ubicaría en tiempos muy cercanos a nuestro presente histórico. Hace una traslación poética suponiendo que el París de la ocupación nazi es Jerusalén, Alemania es Macedonia, la Barcelona de Franco es Damasco, Nueva York con su poder y sus rascacielos –el centro imperial– sería Roma (hace un salto aquí y ubica la acción en los tiempos posteriores al asesinato de Martin Luther King) y la culta Roma se convierte en Atenas. Todo descrito de una manera algo confusa, que si bien mantiene un hilo conductor dirigido al eventual guionista, denota las sucesivas correcciones y ampliaciones del texto original, por lo cual se hace difícil hacerse una idea de la película y deja claro que se trata de apuntes llamados a convertirse en una obra cinematográfica que habría de corregir los cabos sueltos que se revelan por todo el texto.

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Cuando vi la cubierta verde del libro y su título (Ediciones Ultramar, Madrid 1982), no miento al decir que fue como una explosión en mi conciencia. San Pablo y Pasolini, pensé, dos personas que se identifican entre sí, para mí en ese momento como si fueran un símbolo, evidente o aparente, del encuentro de contrarios (¿complementarios?), dejándose ver desde el tiempo y la vida. El instante se prolongó en la dedicatoria que escribí en la Navidad de 1985 en una de las páginas iniciales para regalárselo a mi hijo mayor: …que puedas conocer a un hombre que hizo de su vida una lucha…quizás incomprensible… y a través de ese empeño sobrehumano de transformar una sociedad…se acercó a las mayores alturas…frases escritas en un momento en el cual mi Fe era fuerte, al contrario de lo que es ahora, tambaleante e impregnada de dudas sin respuesta. Al abrirse un poco en el recuerdo las razones para el regalo me encontré con la primordial: la lucha. La vida es lucha le oí decir una vez –lo he mencionado aquí– al ilustre psiquiatra venezolano José Luis Vethencourt. ¿No era esa lucha, despiadada, dura, casi ciega –denostada por quienes ven error en el dinamismo paulino– el modelo remoto de nuestras desordenadas luchas a favor de una intención que pensamos superior? Si bien es verdad que lo vivido se nos presenta a veces como caricatura, ¿no fue ella el horizonte ante el cual se recortaron sus anécdotas, sus episodios, sus fracasos y logros, sus espejismos, sus errores y aciertos? Entendí que el instante me estaba hablando de la validez de la confrontación con lo que se impone en el consenso, lo que se piensa inamovible en su generalización, del sentido del deseo siempre utópico de contribuir a la búsqueda, a movernos, a distanciarnos de la aceptación pasiva, a revelar y propagar la inquietud. Me suspendía momentáneamente la incomodidad ante el todo vale que nos acosa hoy negándonos el deseo de abrir ventanas hacia el alma. Me reconciliaba con mi persistente resistencia a justificar la coexistencia de lo elevado y lo perverso, lo enaltecedor y lo humillante, lo que aspira a la pureza y lo que se solaza en la impureza, en nombre de la aceptación de la variedad del mundo, si bien tal variedad es reducida a estabilidad, a la comodidad de lo que nada exige, a afirmar la paz personal que ninguna obligación plantea.

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Y era Pasolini quien me hablaba –así es la lectura– de San Pablo y de la lucha. Recordé en ese instante a mi difunto hermano Jesús –siempre exigente en sus preferencias– a quien tantas cosas le agradezco. Él era un seguidor casi apasionado de Pasolini y se había entusiasmado por El Evangelio según Mateo (1964), que vimos aquí en Caracas cuando en nuestra ciudad se proyectaba buen cine. A mí me decepcionó un poco esa película, sin que dejara de reconocerle virtudes, tal vez porque en ese tiempo mi Fe en su protagonista era demasiado literal. Y me disgustaba la rigidez, la teatralidad un poco desganada del actor que interpretaba a Cristo, quien al expresarse con palabras se atenía exactamente al texto evangélico, ni una palabra más ni una menos. Así demostraba Pasolini –y de primera mano era difícil entenderlo– la conciencia que tenía del terreno tan delicado que pisaba al representar lo más alto, lo que nos supera, lo que encierra misterio, con la imagen filmada. Una actitud diametralmente opuesta, en cuanto al respeto y la contención que revelaba, el rigor y la distancia frente al facilismo del entretenimiento, a la de la típica celebración del gran espectáculo hollywoodense.

Y es obvio que esas mismas razones lo llevaron a prescribir en San Pablo –lo dice en la Introducción–que los parlamentos del actor debían atenerse literal y rigurosamente a los textos de los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas, lo cual constituye sin duda un reto excepcional para cualquier actor. El Evangelio… era además en blanco y negro, tal como supongo que hubiera sido San Pablo –sobre eso nada dice en los Apuntes– un esfuerzo de autolimitación que denota distancia respetuosa o, si se quiere, búsqueda de austeridad, deliberada modestia que rehúye, como un exceso, la extrema fidelidad de la representación. Muestras por otra parte, estos gestos simbólicos, de una independencia de criterio, un coraje podría decirse, que según parece era uno de los atributos de carácter de Pasolini. Porque estos apuntes, si pudieran ser vistos como la típica asimilación que el marxista establece entre la rebeldía evangélica y la revolución, muy poco tienen que ver con eso, porque los énfasis, las indicaciones, la atmósfera que se percibe en ellos, recalcan la validez intemporal de las enseñanzas paulinas, y hacen alusión permanente, a lo sobrenatural y a la divinidad cristiana como asunto fundamental.

En resumen, en ambos casos Pasolini revela no sólo un respeto, sino que me atrevo a decir una nostalgia de la Palabra que lo mueven desde la función de cronista a la de divulgador y en cierto modo la de predicador, aunque al decir esto escandalicemos a los ortodoxos. Uno sui-generis, es verdad, porque estamos hablando de un personaje abiertamente polémico con la iglesia oficial, muy cercano al partido comunista, acusado de hacer cine obsceno. Y acosado por conflictos personales que las convenciones de su tiempo hacían más problemáticos y difíciles de resolver.

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Volviendo al instante, me pareció que ese libro verde en mis manos después de tantos años, despertando recuerdos, abriéndome hacia una memoria más amplia y muy especialmente llevándome a la figura que en mí adquirió ese sorprendente dúo de personalidades, la del intelectual del más alto nivel, comprometido militante de su visión del mundo, junto a San Pablo, persona central en el misterio cristiano, también comprometido con su mensaje hasta límites sobrenaturales para el creyente, se me presentaba como una asociación de opuestos que me llevó a pensar y repensar.

Sí, la lucha sigue teniendo sentido como lo tuvo y lo ha tenido. Necesidad crucial aún ante las complacencias y comodidades que diariamente se nos ofrecen como indispensable consenso, presionándonos a integrarnos a la gran corriente general. Tiene sentido resistir y persistir en las exigencias de una rebeldía que no cede ante la multiplicidad de disfraces a nuestra disposición, sino que sigue persiguiendo las raíces, el universo ético que es modelo y por ello se resiste a ceder territorio. Lucha que pueden asumirla portadores tan disímiles –y contradictorios– como San Pablo y Pasolini. Dirigida en su último sentido por una particular noción de la trascendencia con raíces en las Escrituras. Fue pues ese instante, usando la palabra puesta de moda por los anglosajones, una epifanía personal. Y luego, el recorrer del texto que revela una indiscutible sinceridad terminó por llevarme hacia el Apóstol mucho más intensamente de lo que nunca ocurrió en el pasado piadoso y observante de mi menor edad. Las defensas que había levantado a lo largo de los últimos meses para distanciarme del horizonte que también podría llamarse Fe disminuyeron ante el ímpetu de este redescubrimiento. Encontraba, aún de manera fugaz, un inesperado apoyo para superar la incomodidad de sentirme sólo en mi inestabilidad, en mi permanente insatisfacción ante la dirección de las corrientes prevalecientes, ese constante no coincidir, no descansar en lo que todos descansan, que en algunos momentos me ha impulsado a la soledad si no fuese porque el ámbito familiar me devuelve la vitalidad.

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Y no puedo dejar de mencionar la terrible muerte que le esperaba a Pasolini. Fue un cruel e insensato asesinato a manos de un granuja de apenas 17 años de edad, en un sitio no demasiado distante de la Basílica de San Pablo Extramuros en las afueras de Roma, construida precisamente en el sitio donde la leyenda ubica la decapitación de San Pablo. Cuando uno conoce algunos de los detalles del terrible evento, entre otras cosas que Pasolini fue golpeado hasta la muerte con infinita crueldad, de alguna manera –me permito esa licencia– evoca la crueldad de la muerte del santo. Y no puede dejarse de pensar, siguiendo la línea de acción que el hombre de cine propuso para su proyectada película, haciendo la traslación de tiempos históricos y de lugares, que ambos personajes, incómodos para lo establecido, tuvieron una suerte final análoga.

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No  puedo decir que haya vuelto yo sin resistencias hacia la Fe. Lo que sí puedo indicar es que me sentí más cómodo, mas proclive a decir junto con el filósofo, como he dicho otras veces aquí, que creo que creo. No hay en mí seguridad, hay duda y persisten las preguntas sin respuesta. Pero desde el día en que redescubrí a San Pablo en manos de Pier Paolo Pasolini ando más ligero de equipaje. Experiencia que me invita a cerrar esta especie de confesión intempestiva con unos versos del poema Al Príncipe de este italiano universal:

Yo ahora tengo poco tiempo: por culpa de la muerte

que se aproxima en el ocaso de la juventud.

La Conversión de Pablo en el Camino de Damasco, de Caravaggio (1600)

La Conversión de Pablo de Miguel Ángel (1542).


La decapitación de San Pablo de Enrique Simonet (1887)

El libro San Pablo, de Pier Paolo Pasolini (1922, el 5 de Marzo-1975, el 2 de Noviembre). Edición en Español de 1982, publicado originalmente en 1977, luego de la muerte de su autor.