DIGRESIONES (26)

Oscar Tenreiro

La Tumba de Lenín en la Plaza Roja en Julio de1959.

Regreso al punto donde me encontraba antes de dejarme llevar hacia tierras de Italia, el de mi viaje adolescente por Rusia en el ya lejanísimo 1959. Y entre otras cosas que se despiertan de nuevo está una que nunca pude imaginar: el que esté ocurriendo hoy en mi país un fenómeno social y económico comparable al que era tema de conversación entre los franceses que eran parte mayoritaria del Tour en el cual participábamos: la escasez de bienes de consumo en territorio soviético.

Ya en el autobús que nos llevaba desde el barco hasta el hotel comenzaron los comentarios sobre las formas que usaban quienes tenían alguna relación con turistas para hacerse de algunos objetos de procedencia occidental. Era notoria y además fácil de realizar sin exponerse a represalias la demanda de medias de nylon, en ese tiempo un complemento indispensable del vestir femenino. Algunos de los viajeros llevaban una buena provisión de ellas que aspiraban a vender para tener rublos y comprar cosas como caviar, vodka o antigüedades de algún valor, iconos antiguos por ejemplo, que en esos años eran relativamente fáciles de obtener. Y comentaban sus intenciones en voz alta lo cual nos permitía enterarnos despertando nuestro juvenil rechazo ante el deseo de beneficiarse de las necesidades de gente que luchaba por lo mínimo. Rechazo que no impidió que llegara a mí la demanda, personificada en un joven más o menos de mi edad o un poco mayor, quien nos abordó justo antes de entrar al hotel (fue en San Petersburgo-Leningrado) y se introdujo en el ascensor con nosotros para preguntarme en un inglés rudimentario si tenía algo para vender. Y su insistencia, ya en el pasillo que llevaba a los dormitorios, fue tal –no quería por nada del mundo dejar pasar la oportunidad– que vio algo especial en mis zapatos, los cuales había yo comprado el año anterior en mi viaje latinoamericano del Congreso de Estudiantes en Chile, e insistió en probárselos. Le quedaron bien y de seguidas escenifiqué una de las cosas de las que más me arrepiento en mi vida: se los vendí por unos cuantos rublos en vez de regalárselos; rublos que no me sirvieron después para nada de interés. Y sin embargo, me parecía paradójico, el joven quedó muy agradecido; tanto, que al día siguiente se presentó de nuevo en el hotel –me acechaba en la acera junto a la entrada– y me entregó un regalo que atesoré durante mucho tiempo. Era una viejecilla tallada en madera de unos veinte centímetros de largo, artesanía popular rusa supongo, objeto que poco después, al regresar a Venezuela, le regalé a mi hermana Carlota en cuya casa estuvo hasta que pareció evaporarse. Y ya no están, ni ella, que murió casi dos décadas después, ni la talla, que tuvo para su intimidad una especial significación conferida por nuestra muy ingenua idea adolescente (me unían a mi hermana vínculos marcadamente religiosos) de que ese viaje mío al símbolo político del ateísmo, el disfraz de la Rusia oficial, tenía –un poco– el carácter de un apostolado que le daba significado especial a la brevísima relación con el joven. Complementada poco después con la amistad epistolar que me unió con un moscovita –Alejandro Stotic era su nombre– también estimulada por la noción de estar contribuyendo a algo superior. Porque ese era hasta cierto punto, lo he escrito ya varias veces, el sentido oculto de mi viaje, sentido que mi hermana compartía con particular fidelidad hasta convertir en suya la amistad epistolar con este peculiar personaje –de quien conservo una foto que mostraré aquí cuando regrese a Venezuela– quien se me había acercado en el comedor del hotel de Moscú con el pretexto de practicar su recién aprendido español.

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Y haciendo un paréntesis me importa destacar la cuestión de la escasez porque me permite hacer conexiones con otras cosas, entre las cuales la increíble precariedad institucional y cultural en la que vivimos en un país como Venezuela, que puede pasar en brazos del ignaro caudillismo populista de inspiración cubana o de lo que ayer no más Tomás Straka llamaba la actitud estúpida de la clase media http://prodavinci.com/blogs/en-la-muerte-de-guacaran-por-tomas-straka/ –proverbial en una clase social sin raíces firmes– de la máxima abundancia a la máxima escasez en un abrir y cerrar de ojos. De modo que ahora, a poco tiempo de estar nadando en dólares que sirvieron para enriquecer groseramente a muchos y promover una revolución manejada por una asociación de intereses criminales, nos encontramos con una escasez que obliga por ejemplo a un trabajador a mi cargo a solicitarme le traiga a mi regreso a Venezuela dos pares de zapatos, uno para él, otro para su hijo, porque el sueldo que yo trabajosamente le pago no le alcanza para comprarlos. Eso sin contar las enormes dificultades que experimenta para comprar alimentos, proceso humillante que el Régimen sostiene porque es el mejor mecanismo con el cual amarran perversamente los votos.

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¿Que relevancia puede tener ante un contexto así el típico discurso de los arquitectos que ocupan las páginas de la notoriedad? ¿Discurso caracterizado por el deseo de decir cosas nuevas que lo parecen sólo por el disfraz de palabras que las recubre y que en el fondo no dicen nada? Ante esa especie de pantalla que pretende darle profundidad intelectual a lo que está vacío de contenido, uno no puede sino valorar como un mensaje que permanece y constantemente estimula la reflexión el de algunos de los maestros del siglo veinte a los cuales se refiere desdeñosamente –más adelante hablo de eso– un arquitecto tan débil como Jean Nouvel, cuyas obras están pese a su gran tamaño destinadas a convertirse en esfinges mudas sin la nobleza de las de roca verdadera, esfinges fake que nos remitirán a unos tiempos pasados que no serán vistos como mejores.

Si yo digo, como decía hace dos semanas, que en las abundantes y muy apasionadas siempre, reflexiones de Le Corbusier, encuentro un espíritu siempre renovado que las mantienen estimulantes, digo por igual que no he leído nada de los arquitectos exitosos internacionales de generaciones recientes que encuentre sintonizado aunque sea de manera leve con las preocupaciones que caracterizan mi circunstancia. Y no es que piense que esas circunstancias no pueden cambiar, que cambiarán sin lugar a dudas, sino que el hecho de que hayan prosperado, se hayan hecho posibles, revela unas condiciones culturales y sociales en las cuales ese discurso tautológico y supuestamente actualizado de las estrellas (sean las espectaculares o sean laureados del Pritzker revisionista) no tiene ninguna relevancia. Porque no veo la razón por la cual los arquitectos tengamos que contentarnos con algunas frasecillas de ocasión más o menos inteligentes por parte de los premiados cuando más bien nos sentimos impulsados a pedirles que se bajen de la nube de la notoriedad y se den cuenta que frente a ellos prospera un modo de asumir los tiempos donde la regresión está viva y bien; que pese a la última generación de IPhones, de self-driving vehicles y avances espectaculares de la robótica, las desigualdades entre países son abismales, hay movimientos neo-nazis en Alemania y en toda Europa, la derecha religiosa norteamericana se empeña en promover la guerra a muerte, el terrorismo está allí cerca, el Medio Oriente continúa en perpetuo conflicto, sigue reinando la maldad –también, lo sabemos, en Venezuela– los catalanes se enceguecen con una independencia de cartón, se convierte en líder del país más poderoso del mundo un perfecto idiota y se hace del control dictatorial en la nación que más divisas extranjeras recibió en Latinoamérica en la última década una especie de burro con bigotes.

¿Y van a seguir los arquitectos –¡arquitectura, el arte social por excelencia¡– diciendo cosillas para las revistas de fin de semana? ¿O hablar con prudencia para proteger posibles encargos? No. Corresponde aceptar que la condición de intelectual que nuestro Villanueva le asignó al arquitecto exige de él algo más que instalarse en la aceptación general. Lo que pasa en el mundo, intentar comprenderlo o simplemente registrarlo, no sólo sumándolo a todo lo que nos lleva a tomar decisiones sino dándole forma al universo ético que alimenta nuestro discurso, debería ser la preocupación del momento. No evadirnos en una complacencia de privilegiados del periodismo cultural.

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En El País de Madrid leo que Jean Nouvel inaugura su museo-sucursal del Louvre en Abu Dabi https://elpais.com/cultura/2017/11/06/babelia/1509966682_077182.html ante 300 periodistas pagados por el dinero petrolero que allá sirvió para construir enclaves económicos y de recreación artificiales y en nuestro país revolución. Con la diferencia adicional de que en los emiratos la artificialidad sigue viva mientras en Venezuela morimos de mengua y ruina.

Nouvel dice cosas a los periodistas sobre su creación de 500 millones de Euros, caracterizada por una macro-cúpula metálica trenzada construida con tecnología de punta europea o asiática, de 180 metros de diámetro, que arroja sombra fragmentada en formas irregulares sobre lo que el llama un Ágora también definida en su discurso como una Medina (un barrio tradicional árabe), formada por las distintas estancias de administración, extensión y por supuesto las salas de exhibición que serán alimentadas de acuerdo a un contrato por 1000 millones de Euros para cesión parcial o completa de obras durante diez años, con derecho el nombre Louvre durante treinta. Y se lanza el celebradísimo arquitecto a arrojar ligerezas a la atenta audiencia propias de ese narcisismo que usualmente prospera en todo exitoso. Habla de los arquitectos del siglo veinte como si se tratara de una especie de rebaño en tono despreciativo o desapegado, sin hacer distinciones, llamando héroe a Mies, no está claro el por qué; y por supuesto, como todo francés que se respete maltrata a Corbu acusándolo de lanzar la historia a la basura, retornando a los clichés del posmodernismo que todavía circulan entre periodistas de actualidad recién barnizados de cultura arquitectónica.

Y si a uno pudiera parecerle bien, como me parece, que, para construir en un lugar donde el sol reina inclemente se desee crear un espacio de sombra protectora como abrigo fundamental del edificio y punto de partida de su concepción, no puede dejar de decirse que se trata de una idea que está allí, a la mano, que circula abundante en las escuelas de arquitectura o entre preocupados por el respeto al medio natural –una obviedad en fin de los tiempos actuales– siendo su realización, más que una genialidad o inspiración repentina la comprobación de que el cliente del arquitecto es benevolente y que dispone de suficiente dinero, porque como sabemos todos los más creciditos, realizarla exige expandir los límites de cualquier presupuesto. Y precisamente la abundancia de dinero por una parte, la búsqueda de lo llamativo por la otra –marca de fábrica de Abu Dabi– y la ansiedad por la espectacularidad que se niega a morir, termina por darle la carga de la prueba a la solución buscada mucho más que a la idea, y es esa solución –la super-cúpula metálica– precisamente lo más llamativo y al mismo tiempo lo menos interesante del edificio porque se reduce a ser un gesto empalagoso, como empalagosas son muchos de los edificios del arquitecto que en el Quai Branly parisiense logró convertir en parque temático con aire de discoteca al venerable Museo del Hombre francés (uno de los proveedores de Abu Dabi).

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Y así como me sorprende la aridez de ideas del publicitado francés, me sorprende por igual en el mismo sentido –el de la falta de nutrientes– el de uno de los arquitectos del estudio español RCR Arquitectes que recibió el último Pritzker, y declara en el mismo diario, el mismo día a propósito https://elpais.com/cultura/2017/11/06/actualidad/1509973829_544896.html de una muestra de su obra que se inaugura en San Sebastián. Dice Rafael Aranda (1961) uno de los tres que dirigen el estudio (los otros: Ramón Vilalta y Carme Pigem) mientras recorre la muestra con el periodista de El País de Madrid que les interesa la arquitectura que es paisaje agregando de inmediato en tono aclaratorio que nos gusta una arquitectura más próxima a la naturaleza que a un edificio. Frases que nada dicen, tautologías que dejan la impresión de ser emitidas para hacer gala de una inteligencia de lo modesto que tiene buena aceptación en los días que corren. No sólo porque es poco natural el deseo de ser natural sino porque el refinamiento –la característica esencial de la arquitectura de RCR– es, él mismo, poco natural.

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Pero así van las cosas hoy entre arquitectos en los días que corren, se prodigan palabras para no decir las cosas directamente, con sencillez natural. O se decide hablar con palabras inglesas apuntando al mundo de la prosperidad. Me lo enseña un corto comentario de Vicente Verdú –de nuevo El País de Madrid– respecto a la revista Arquitectura Viva, dirigida por Luis Fernández Galiano donde se sostiene –supongo que en el Editorial– https://elpais.com/cultura/2017/11/10/actualidad/1510348371_578573.html que la arquitectura está pasando del bling (destello en inglés) a la bareness (desnudez en inglés), aseveración que con parecido sesgo inteligente a la de Aranda es tan tautológica como la suya: nada dice. Porque el bling no es sólo atributo de lo espectacular ni la bareness una especie de nuevo objetivo para una arquitectura políticamente correcta, es decir, adaptada a las expectativas de una crítica que tiene algo de insumergible. Pero echar mano del embrujo de las palabras es precisamente lo que la crítica hace para encubrir sus simplezas. Tal vez fue por ese culto a las palabras que Fernández Galiano no dijo nunca nada claro sobre el frenesí de lo espectacular; antes más bien fue gestor del exabrupto de Eisenman en Galicia y de su acompañamiento mediático y rudimentariamente intelectual, ante lo cual me hubiera parecido muy justo que se hubiese acogido a la tradición que prescribe a los políticos norteamericanos un retiro discreto cuando no tienen éxito en sus intenciones de alcanzar algún puesto de relevancia. Porque irrita que quienes han ejercido de críticos y de perdonavidas nada pertinente hayan dicho sobre lo que ha venido ocurriendo y ocurre fuera de las zonas de interés en las que ellos se mueven. Y su tardío revisionismo es sospechoso de insinceridad. Uno los oye como si se tratara de actores que acaban de recibir un Oscar, muy complacidos consigo mismos y con quienes les facilitaron el llegar allí.

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DIGRESIONES (25)

Oscar Tenreiro

Esta semana me pasa como en la canción. Veo que al techo le falta pintura pero no soy capaz de seguir el hilo que anuncié en la digresión anterior. Y algo tiene que ver el que esté fuera de mi lugar habitual y que vaya a estarlo durante un tiempo corto pero a la vez demasiado largo por lo ajeno a mis hábitos, pero esas son las reglas del pasaje aéreo obtenido entresacando lo más accesible de entre la limitadísima oferta para un país ya sin líneas aéreas. En una palabra, estoy fuera de mi ámbito natural, como podría decir de mí un biólogo, y veo mi circunstancia desde lejos porque estar lejos no es aún mi circunstancia.

Y percibo así, en toda su aplastante magnitud un aspecto del drama venezolano, particularmente el de la diáspora aceptada de buen grado para no decir que inducida, estimulada, promovida, por los criminales que manejan el poder venezolano, empeñados en convertir a nuestro país en un apéndice de los propósitos geopolíticos y económicos de esa Cuba moribunda y sin embargo aspirante a neonata, que busca hoy lo que rechazó en los años iniciales del terror revolucionario: el turismo-refugio de los habitantes del Imperio.

A mi lado durante el viaje un joven en emigración forzada, tan joven como para no haber aún terminado la universidad, dispuesto a intentar hacer vida huyendo de la ausencia total de oportunidades, del acoso criminal en las calles de su ciudad, siguiendo a sus amigos, a muchísimos que como él deciden ir a abrirse espacio en el extranjero no siempre conscientes de lo que dejan tras sí y lo que comprometen. Ya son millones, y mi punto de vista de hombre mayor con tantas cosas a cuestas y expectativas truncadas en un país que ha sido un prodigio en cerrar caminos recién iniciados, torcer rumbos, archivar sueños, me lleva siempre hacia una tristeza mezclada con rabia o impotencia. Saldremos de este hueco, le digo, superaremos este momento oscuro, no vencerá la insensatez. Repito así un discurso que no me abandona pese a todo. Lo oye con escepticismo, con distancia…

Y finalmente aquí estoy junto a mi hija y su familia, ellos también en su imposibilidad de hacer proyecto de vida en esa Venezuela secuestrada por quienes, como decía un amigo, nos quieren sacar a patadas. Pero sé que la usurpación cesará. Me lo dice la convicción de que la maldad no triunfa.

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Hoy cumplo setenta y ocho años. Creo recordar que mi madre me dijo que nací en la tarde. De lo que sí estoy seguro, porque también me lo dijo ella muchas veces, es que naciendo le produje algunas dificultades que ella me reclamaba con ese tono especial con el que las madres nos reclaman algo cuando somos niños.

He tenido una buena vida y de ello estoy agradecido. Es un agradecimiento que hoy carece de dirección clara pero he decidido, o mejor, lo siento así, que su destino es el Dios de mis padres. Sí, la Fe que aún permanece en mí es la Fe de mis padres. No quiero rechazar ni serle indiferente a esa herencia porque era grande, ocupaba sus mundos de un modo claro y con frecuencia luminoso, sólo afectado por el temor de mi padre al Infierno que una vez le oí confesar. Y es allí en ese punto preciso donde me separo de él siguiendo un poco la senda de mi hermano mayor, Jesús, o de mi filósofo preferido, quien sostenía que el cielo y el infierno estaban entre nosotros.

Sigue siendo la arquitectura una de mis pasiones fundamentales, pero ya me he resignado a verla desde cierta distancia, enfocándome en lo que tengo más a la mano, que afortunadamente ha sido bueno, como decía la semana pasada, porque las condiciones que me rodean, las de mi país, las de mis circunstancias, conspiran contra cualquier intento de aspirar a la normalidad. Y hasta cierto punto se reproduce en mí como en muchos venezolanos de hoy lo que ya mencionaba Picón-Salas hace casi un siglo en su Comprensión de Venezuela: …Lo que entre nosotros se llama la cultura no es propiamente la identificación y comprensión con la tierra, sino la fuga, la evasión… Y me evado por supuesto ante esa forma de adversidad –la recurrente destrucción de la continuidad­– que se ha convertido en el pan-nuestro-de-cada-día venezolano. Y una cosa que tengo a la mano es el deseo de comunicarme por la escritura con líneas como éstas que son un oasis personal. Porque entre todas las cosas que vuelco en ellas puedo también –como hago parcialmente hoy– hablar de mi intimidad y no sólo de lo externo, porque ya he dicho bastante aquí que cedo a la tentación de recorrer el pasado personal y compartirlo con la esperanza de que, a la medida de mis esfuerzos por hilar un relato y recobrar el tiempo, pueda vislumbrar la escurridiza coherencia que nos ayuda a encontrar el sentido de vivir.

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Y fechas como la de hoy me brindan también la oportunidad de repetirme diciéndole ciertas cosas a mis hijos o intentar llegarle a los más jóvenes –los nietos ya numerosos– para decirles por ejemplo que lo mejor de haber vivido durante cierto tiempo es, entre tantas cosas, que ellos estén cerca para que uno pueda cumplir el papel de testigo vivo de vidas que comienzan o que van floreciendo. Y tener la sensación, ya señalada por algunas mentes ilustres, de que aspectos de la forma personal de responder a la vida pudieran prolongarse de algún modo en ellos, así como en mí se prolongaron –sin estar yo consciente de ello– herencias de los que me antecedieron. Borges sugería que la inmortalidad era esa conexión misteriosa entre vidas sucesivas, conexión que también se realiza en sociedades enteras, terreno donde germina para bien o para mal lo sembrado en el pasado. Es lo que la sabiduría humana ha sostenido desde siempre y que la civilización actual a ratos desconoce: sumado a la compleja suma de hechos, emociones y afectos que se hacen presentes en la vida de cada quien, sumados a la cosas materiales que se deslizan inexorablemente hacia el olvido como toda vanidad siguiendo lo señalado por la palabra bíblica; por encima y más allá de todo eso, es en la paternidad o la maternidad (que puede ser espiritual y no sólo física) donde se revela el más profundo sentido de la vida humana. Se los digo directa o indirectamente a mis muchos hijos sin que se convenzan de mi sinceridad: ellos, lo que ha dado frutos a partir de ellos, y lo que pude haber sembrado en aquellos hijos espirituales en quienes en algún momento tuvo alguna repercusión lo que dije o lo que hice, son para mí lo que le ha dado sentido a mi vida. Insisto en repetirlo hoy cuando cumplo setenta y ocho.

 

DIGRESIONES (24)

Oscar Tenreiro

Hacer lo que sabemos hacer, acompañar activamente el transitar –que queremos ascendente en su dimensión ética– de la sociedad en la que nos formamos; y ser beneficiarios de un mundo natural y una forma de relacionarse, son algunas de las cosas, acaso las de mayor importancia, que nos vinculan con la tierra en la que nacimos y ha transcurrido nuestra vida. Hoy lo que vive nuestro país nos impide realizarlas o nos presiona para que las vivamos de un modo enteramente diferente, haciendo que nos acose un sentimiento de derrota y se apodere de nosotros la melancolía, nombre que se le daba a lo que hoy llamamos depresión. Y nos ponemos tristes, lo he dicho ya; en las conversaciones entre amigos lo proyecto, creando incomodidades porque a nadie le gusta estar triste. Pero vienen a mi auxilio las lecturas matutinas, que si aumentan por instantes la tristeza –al reencontrarme con alguna vieja esperanza frustrada– también me enriquecen.

Y ocurre que hace unas mañanas, leyendo los números 34 y 35 de 1991 de la magnífica revista Poesía que hace más de dos décadas editaba el Ministerio de la Cultura de España, dedicados a Rubén Darío, me encuentro con que en torno a 1905, es decir, dos años antes que Le Corbusier, el poeta estuvo visitando la Cartuja de Galluzzo-Ema. Que reapareciera la Cartuja en mi escena de manera tan inesperada me hizo pensar en los hilos ocultos que conectan cosas aparentemente distantes.

Foto dedicada a Archibald Huntington, fundador en 1904 de la Hispanic Society de Nueva York, dedicada “al estudio de las artes y la cultura de España, Hispanoamérica y Portugal”, amigo de Rubén Darío. El poeta morirá en Febrero del año siguiente

(Las fotos son todas de Internet menos las de la Revista Poesía, o las de Hacia una Arquitectura (Corbusier), digitalizadas por quien escribe)

El 22-6-1944 fue botado el Liberty Ship Rubén Darío. Eran mercantes para la guerra (Corbusier viajó en uno, el Vernon S. Hood, en 1945). Este homenaje a un poeta latinoamericano es significativo. Juan Ramón Jiménez escribió un hermoso texto al respecto.

La lectura de Darío – su autobiografía, sus cartas, sus testimonios, los de sus amigos y contemporáneos– aparte de asomarme a su obra de artista un poco errante, me venía recordando demasiado la desventura venezolana porque me daba noticias de los constantes sobresaltos que el poeta sufrió como resultado de las controversias políticas de su país, destino inescapable para todo latinoamericano en esos tiempos –hablo de finales del siglo 19 y principios del veinte– con la excepción tal vez de Argentina, Brasil y Chile. Me habló del zigzagueante proceso político nicaragüense y de cómo le fue necesario a él, por otra parte muy admirado y favorecido por sus compatriotas, refugiarse en el exilio voluntario en Argentina, España o Francia para poder encontrar las condiciones necesarias para sobrevivir como ser humano que hablaba y sigue hablándonos con su arte. Y no podía evitar pensar que un siglo después se reconstruía aquí en Venezuela, donde pensábamos, ingenuamente quizás, al comienzo de nuestra pesadilla hace dos décadas, que habíamos logrado una normalidad democrática e institucional que en cierta manera nos hacía ver con injusto desdén –Nicaragua como caso paradigmático– por demasiado atrasada e inmadura la escena centroamericana (excepción hecha de Costa Rica), se reconstruía, repito, un escenario político regresivo, dominado por ambiciones desordenadas, por el pillaje destructor de las instituciones y por el renacer de los sacrosantos fantasmas ideológicos –hoy de otro signo, con ínfulas de universalismo, apoyados en más literatura y sobre todo en mucho más dinero– escenario claramente análogo al que había vivido Darío hace más de cien años: la vieja barbarie, la insuficiencia ignorante, la discontinuidad, el abuso de las palabras para ocultar realidades.

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Pero el cuadro de frustración a causa del atraso político y social desaparece cuando lo que llega a nosotros desde los tiempos difíciles es la obra de un ser humano excepcional, como este hombre cuyo manejo del idioma para dar forma al milagro poético, apunta a valores más altos. La obra, el legado, supera a la circunstancia. Si bien su poesía se me hace un poco ajena –demasiada mitología griega, hadas o princesas– encontré al leerlo resonancias personales, por ejemplo recordar que mi madre, evocando su sensibilidad de muchacha adolescente, dijera de vez en cuando alguno de sus versos, o comprender mejor –los poemas de Darío volaban entre los jóvenes de su generación– la pertinencia de la selección que Picón-Salas hace de uno de sus versos, Amor en fin que todo diga y cante… (de su poema Divagación), para referirse en Regreso de Tres Mundos a su época de joven en búsqueda del eterno femenino. Y del mismo modo, el cortísimo y expresivo comentario del poeta sobre la visita al monasterio, me sacudió hasta ayudarme a salir de la melancolía para retomar la tarea pendiente de escribir sobre las inspiraciones que en Le Corbusier despertó esa arquitectura surgida de un modo de vivir nacido de viejos tiempos que hablan a los nuestros. Pude así dejar atrás el peso de lo coyuntural para ir hacia el sentido oculto de las cosas: dos seres humanos de distintísima procedencia, el poeta y el arquitecto, con preocupaciones situadas en espacios espirituales e intelectuales casi opuestos y provenientes de geografías separadas por océanos físicos y culturales, podían coincidir en el deseo de entender lo que les comunicaba un lugar, un sitio, un rincón del mundo. Ambos como labriegos de la dimensión espiritual, cada quien en un terreno diferente; Darío buscando expandir su religiosidad que sabemos que en los años que siguieron a esa visita sufrió una transformación que podía llamarse exaltación (atraviesa una época de profunda religiosidad dice el comentarista anónimo de la revista Poesía hablando de 1913, pocos años después de la visita a la Cartuja); el suizo-francés desentrañando en el lugar físico, en el estilo de vida, en la conjunción de lo personal y lo comunitario, lecciones que alimentarían las ideas de renovación de su arte, la arquitectura. Darme cuenta de esos peregrinajes hacia el mismo punto del paisaje humano desde sitios tan contradictorios me hizo superar anímicamente la parálisis impulsada por mis realidades descubriéndome el sentido de dedicar espacio en el alma para superar el peso de lo inmediato y recobrar el entusiasmo por hurgar en las múltiples ramificaciones que alimentan lo que hacemos, sea imperfecto, sea castigado por nuestras torpezas. Tiene algún sentido pues, me lo dice la suma de tantas casualidades, continuar con la historia de la Cartuja y Corbusier, la visita de 1907, poco tiempo después) del ilustre y siempre sufriente nicaragüense.

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La Cartuja de Valldemosa. Detrás de la Iglesia está el Palacio del Rey Sancho y lo que fue el monasterio.

Es indudable que la orden de los Cartujos ejerce fascinación en creyentes y no creyentes originada tal vez en las diversas leyendas que corren (insisto en que llegaron hasta mí en la adolescencia) respecto a la vida eremítica de esos testigos del misterio cristiano. La visita italiana la comenta Rubén Darío en su autobiografía de un modo escueto que sin embargo permite vislumbrar sus preocupaciones más íntimas, que rondaban en su espíritu enfrentadas o mezcladas con todas las contradicciones, muchas de ellas inspiradoras o iluminadoras de su poesía: Fui a la Cartuja con carta de presentación para el prior Don Bruno; oí cantar, en el calor de la estación y en los verdes olivos y viñas, pesadas de uvas negras, las cigarras itálicas. Aumenté mi religiosidad en el convento, y admiré la fe y el amor al silencio de aquellos solitarios… Y más tarde, en sus tiempos de retiro obligado por una salud muy deteriorada, en 1913, ya cerca de su muerte, en Mallorca, en Valldemosa, reapareció en su conciencia el testimonio cartujo. Estaba alojado, por cuenta de su amigo Juan Sureda, en algunas de las dependencias de lo que se conoce como el Palacio del Rey Sancho (donde se alojaron Federico Chopin, George Sand y otros ilustres), las cuales están adyacentes a un antiguo monasterio Cartujo que estuvo activo desde el siglo XV hasta 1835, todo formando un conjunto conocido como la Cartuja de Valldemosa. Un amigo de él, Osvaldo Bazil, poeta dominicano, cónsul a la sazón en Barcelona, obedeciendo a razones que sólo podemos conjeturar, tuvo una ocurrencia narrada así por RD: Bajo el ala de la serenidad de la brisa nocturna, evoco mis días de Mallorca, sobre todo el de una tarde en que el poeta Osvaldo Bazil, se empeñó en vestirme de Cartujo. A los Sureda les supo bien la gracia y yo en verdad me sentía completamente cartujo, bajo el hábito que llevaba. Llegué a pensar que acaso era lo mejor y donde hallaría la felicidad. Y llegué a soñar, a sentir, en mí, la mano que consagra y acerca hacia la paz de la vieja cartuja. Y vi el púlpito de San Pedro en Roma, donde yo diría un rosario de plegarias que sería mi mejor obra y que abriría las divinas puertas confiadas a San Pedro. Quimeras, polvo de oro de las alas de las rotas quimeras ¿por qué no fui lo que yo quería ser, por qué no soy lo que mi alma llena de fe, pide, en supremos y ocultos éxtasis al buen Dios que me acompaña? En fin, acatemos la voluntad suprema…Es obvio pues que el poeta tenía una admiración especial por la vida Cartuja y fantaseaba estableciendo vínculos entre el apacible reino contemplativo y su ansia personal de superación espiritual. Podría servir de prueba que haya posado con toda seriedad –a juzgar por la expresión de su rostro– para un par de fotos que aquí muestro.

Ruben Darío con hábito Cartujo. Foto tomada en Mallorca en 191-(de la revista Poesía No 34-35)

Ruben Darío con hábito Cartujo. Foto tomada en Mallorca en 1913 (de la revista Poesía No 34-35).

Haberse disfrazado de monje y en cierto sentido haberse trasmutado en esa nueva personalidad aunque fuese por unos instantes pudiera obedecer a un deseo representativo de raíz psicológica que sugiere fascinación. Y juego con la idea de que se trata también de fascinación, sentida también de alguna forma, o mejor dicho, percibida desde un punto de vista muy diferente, por Corbusier, ambos personajes tocados por el prestigio del recio compromiso con la vida contemplativa que esa orden eremítica ha ejercido en el ámbito cultural de occidente. Y vale la pena ir a otra cita de Darío en su Autobiografía que abunda en lo que venimos diciendo: …La gracia virgiliana del ámbito mallorquín devolvíame paz y santidadSobre este castillo y su vecina Cartuja, como sobre todo aquel oro de Mallorca escribí una novela en los días de mi permanencia en esa tierra de Lulio (https://es.wikipedia.org/wiki/Ramon_Llull) (no me parece casual que escoja nombrar precisamente al poeta mallorquín, místico, filósofo y teólogo del siglo XIII Raimundo Lulio, cuya vida y obra debió conocer)…Los atraídos por mi vagar y pensar tendrán en esas páginas de mi “Oro de Mallorca” (quedó inconclusa) fiel relato de mi vida y mis entusiasmos en esa inolvidable joya mediterránea.

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Completo esta breve escapada hacia el gran poeta escogiendo algunos versos escritos ya en el ocaso de su vida (murió muy joven, a los 47 años) parte del “Poema del Otoño” que se me antojan muestra de un estado de ánimo crepuscular que bien pudo haber llevado a este hombre tan entrañable apenas uno abre un poco la puerta de su sensibilidad personal, a sentirse como si fuese un cartujo breve.

Es de 1913 y comienza así:

Tú que estás la barba en la mano

meditabundo

¿has dejado pasar hermano,

la flor del mundo?

Sigue, unas estrofas después:

Y sentimos la vida pura,

clara, real,

cuando la envuelve la dulzura,

primaveral

 

¿Para qué las envidias viles

y las injurias,

cuando retuercen sus reptiles

pálidas furias?

 

¿Para qué los odios funestos

de los ingratos?

¿Para qué los lívidos gestos

de los Pilatos?

Y como muestra de su modo de sentir en sus días finales, hay un poema con el que lanza una mirada a su andar vacilante, su vida andariega y su entrega a la poesía a través de la Fe heredada y tal vez recuperada:

 

DIVAGACIONES (1916, el mismo año de su muerte)

Mis ojos espantos han visto,

tal ha sido mi triste suerte;

cual la de mi Señor Jesucristo,

mi alma está triste hasta la muerte.

 

Hombre malvado y hombre listo

en mi enemigo se convierte;

cual la de mi Señor Jesucristo,

mi alma está triste hasta la muerte.

 

Desde que soy, desde que existo,

mi pobre alma armonías vierte

Cual la de mi Señor Jesucristo,

mi alma está triste hasta la muerte.

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Llego gracias a la red a un trabajo de Marta Sequeira, arquitecta portuguesa de la Universidad de Évora[1] titulado Cartujas Revisitadas, tras la pista de Le Corbusier, en el cual sugiere que Corbu conoció y estudió un tiempo antes de su Viaje a Oriente de 1907 la Cartuja de Clermont Ferrand, la Gran Cartuja, el primero de los monasterios de la orden, fundado por San Bruno, construido cerca de Grenoble, Francia, hoy región conocida como Chartreuse. Según Sequeira habría llegado a ella consultando el Dictionnaire Raisonné de l’Architecture française du XI au XVI siècle de Violle-Le-Duc cuya lectura era propuesta a los estudiantes por Charles L’Eplattenier el muy querido profesor de Jeanneret en la Escuela de Arte.

La Gran Cartuja de Grenoble. Muy reconstruida y con adiciones a la estructura original.

Capilla de San Bruno, cerca de la Gran Cartuja, parte del conjunto original del siglo once.

En 1903 los Cartujos fueron expulsados del monasterio por decisión del Estado francés. Aquí una imagen de la humillación de los monjes a manos de la fuerza militar.

Le Corbusier y su hermano Albert. La foto fue tomada poco antes del viaje de Corbu a través de Italia y “Oriente”. Foto incluida en el libro “Le Corbusier luí même” de Jean Petit.

Habla también Sequeira de una posible visita de Le Corbusier a la Cartuja de Pavía antes de seguir a Florencia y conocer la de Galluzzo-Ema, y se refiere a evidencias de que Corbu visitó en su viaje por Italia de Octubre de 1911 lo que fue la Cartuja de Roma, adyacente a las Termas de Diocleciano transformadas a partir de 1562 por Miguel Ángel en la iglesia de Santa María de los Ángeles y Mártires (por encargo del Papa Pío IV), la cual fue puesta bajo custodia de los Cartujos.

Termas de Diocleciano, también Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles y los Mártires.

Entrada a la Basílica. Miguel Ángel dejó intactos los muros de las Termas (luego intervinieron otros en las superposiciones internas).

Planta de las Termas-Basílica y de la Cartuja de Roma, adyacente a ellas. Plano de Nolli de 1748. Puede observarse el gran claustro arriba a la derecha, con las celdas.

Lo que quedaba del monasterio era ya un Museo que en los días en que Le Corbusier estuvo en Roma, era la sede de una exposición arqueológica inaugurada en Abril de ese mismo año. Van aquí unas imágenes de la iglesia y un plano, parte del famoso plano de Roma publicado por Nolli en 1748, que muestra la Cartuja junto a las Termas, e invito además a los lectores a estudiar el muy completo trabajo de la arquitecta portuguesa https://dspace.uevora.pt/rdpc/bitstream/10174/16865/1/Cartujas revisitadas. Tras la pista de Le Corbusier.pdf; a la vez que recomiendo leer el elaborado por Fernando Zaparaín Hernández de la ETSA de Valladolid, dedicado específicamente de la visita de Corbu a Galluzzo-Ema. https://dadun.unav.edu/bitstream/10171/18036/1/Páginas desdeRA08-5.pdf, Leer este último trabajo, pudiera decirse que lo resume todo sobre la famosa visita.

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Cartuja de Galluzzo en el Valle de Ema, cerca de Florencia.

Cartuja de Galluzo o del Valle de Ema. Planta.

Cartuja de Galluzzo

Cartuja de Galluzzo

Cartuja de Galluzzo. El patio del acceso

Cartuja de Galluzzo, Uno de los lados del patio de acceso

Cartuja de Galluzzo. El Claustro Grande

Es ahora cuando he podido conocer en imágenes la Cartuja de Galluzzo-Ema. Tal como escribí más arriba, me había llegado noticia del monumento muy probablemente a través del libro Précisions que leí en los meses anteriores a mi paso por Italia para regresar a Venezuela embarcándome en el barco Irpinia que partía desde Nápoles. Observo en ellas que el conjunto conserva la austeridad, la reciedumbre cartuja, de modo mucho más evidente que Pavía, ello aparte de que su emplazamiento en la colina con grandes muros de piedra sirviendo de fundamento, le confiere un carácter de recinto protegido, lo cual subraya la condición de ciudadela orientada hacia sí misma, uno de los aspectos que sedujo al joven arquitecto en formación, ansioso de referencias.

Pero vayamos a los testimonios escritos del mismo Corbu:

Dice hablando de sí mismo (Le Corbusier Lui même pág. 28): En la Toscana, cerca de Florencia, descubre la Cartuja de Ema que le va a hacer “captar la organización armoniosa de la vida individual y la vida colectiva exaltándose uno a otro y a uno por el otro”. 1907. Tengo diecinueve años. Tomo por primera vez contacto con Italia. En plena Toscana, la Cartuja de Ema coronando una colina deja ver los nichos formados por cada una de las celdas de los monjes a pico sobre un inmenso muro de fortificación. Entre cada nicho hay un jardín profundo, completamente protegido de toda vista exterior e igualmente privado de toda vista hacia fuera, El nicho abre sobre los infinitos horizontes toscanos del paisaje, encuentro personal consigo mismo. Detrás está la celda misma, unida por un claustro con las otras celdas, al refectorio y a la iglesia ubicada en el centro. Me invade una sensación extraordinaria. Percibo que una auténtica aspiración humana ha sido colmada: el silencio, la soledad; pero también el comercio (el contacto cotidiano) con los mortales; y aún realizar nuestros anhelos por asir lo inasible…

En Précisions pag 92 citado por Marta Sequeira: …Determinación de la unidad celular (que contiene la vivienda) de la malla de circulación (la red), en realidad, fenómeno de organización arquitectónica percibido en forma fundamental ya una primera vez hace quince años en la Cartuja de Ema en Toscana (libertad individual y organización colectiva)…

Y en la conferencia del 10 de Octubre está este párrafo:

“La célula a “escala humana”: está en la base.
 Permítanme que les muestre por qué caminos y cómo a través de veinte años de curiosidad atenta, han llegado unas certidumbres.
 El origen de estas indagaciones, por mi cuenta, se remonta a la visita de la “Chartreuse d’Ema”, en los alrededores de Florencia, en el año 1907. En aquel paisaje musical de la Toscana, vi una “ciudad moderna”, que coronaba una colina. La más noble silueta en el paisaje, la corona ininterrumpida de las celdas de los frailes; cada celda tiene vista sobre la llanura y tiene salida a un jardincillo en pendiente completamente cercado. Creí no poder encontrar nunca más una interpretación tan alegre de la vivienda. La parte trasera de cada celda se abre por una puerta y un portillo y da a una calle perimetral. Esta calle está cubierta por un arco: es el claustro. Por ahí funcionan los servicios comunes –el rezo, las visitas, la comida, los entierros–.
 Esta “ciudad moderna” es del siglo XV.
 La visión radiante me quedó fijada para siempre.
 En el año 1910, de regreso de Atenas, me detuve una vez más en la Cartuja.
 Un día, en el año 1922, hablé de ella a mi asociado Pierre Jeanneret; en el dorso de un menú de restaurante, hemos dibujado espontáneamente los “inmuebles-villas”; la idea acababa de nacer.

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La celda-vivienda en Galluzzo-Ema está provista de las amenidades de toda vivienda aislada. Se abre al sol, a la ventilación, también a la sombra. Es de dos niveles, balcón, terraza techada, jardín privado, relación directa con el corredor (claustro) de aprovisionamiento y conexión con la comunidad y el exterior. Adjunto un conocido esquema hecho por Corbu sobre la celda y además los dibujos que acompañaban la descripción de los Inmuebles-Villa.

Croquis de Le Corbusier mostrando las celdas de los monjes

Una de las celdas de los monjes en la Cartuja de Pavía. Foto cortesía del colega Pedro Sosa Franco. Las celdas de Galluzzo siguen el mismo modelo.

Los Inmuebles-Villas de 1923.

Planta de los Inmuebles-Villas.

Una comparación  entre los Inmuebles Villas y la Cartuja de Pavía. Pese a que la escala de Pavía es menor puede apreciarse como Corbusier guardó el principio del tipo estrictamente

Perspectiva de Corbu de un fragmento de la fachada de los Inmuebles-Villas.

Las terrazas de los Inmuebles-Villas en dibujo de Corbusier.

Propuesta inicial para el Quartier Frugés de 1924, no construida, (se realizó en viviendas unifamiliares) que seguía el principio de los Immuebles-Villas (pág 210 de Hacia una Arquitectura).

En Caracas se construyó en 1956-58 un edificio que siguió la idea de las casas elevadas, al estilo de los Inmuebles-Villas, llamado Las Quintas Aéreas, del Arquitecto Natalio Yunis (¿1924 -1980?)

Y termino diciendo que la relectura de Le Corbusier a propósito de estos recorridos por Italia y sus monumentos, ha sido estimulante. Le queda a uno más clara aún la razón por la cual la figura de este hombre destacó en su tiempo de tal manera: era persona de ideas propias enlazadas vitalmente con las que expresaron otros antes que él o en su momento, fundamento de una actitud ante el mundo de muy personal sabiduría. Y digo vitalmente porque se expresó siempre como si estuviera argumentando durante una conversación, respondiendo una pregunta, atendiendo a una inquietud, lejos de cualquier actitud académica, buscando incansablemente convencer. Dejó testimonio escrito sobre la sociedad, el arte, la política, la actualidad, la historia, siempre partiendo de sus obsesiones de arquitecto, de artista, con lenguaje llano, ajeno a toda idea de especialización o de arrogancia erudita, Su intención era exponer sus puntos de vista sobre la marcha general de las cosas, los cuales supo comunicar con extrema eficacia (lo he dicho antes), sustentadas por una cultura que ya otras veces he llamado humanista por su deseo en valorar lo que hemos heredado de las distintas manifestaciones culturales de los siglos anteriores, todo filtrado por un espíritu crítico fino y penetrante, siempre alerta, nada condescendiente. Virtud esta última, la de no ser condescendiente, que cada vez valoro más; aunque sepa, como lo saben en general por instinto todas las personas, que no es precisamente una cualidad que abra oportunidades y facilite las cosas. Y muy poco le facilita a los arquitectos, por lo cual generalmente el arquitecto es dócil acompañante del Poder, prudente participante en el banquete general, compañero de ruta del consenso, rasgos todos que parecen comunes a la mayor parte de los arquitectos del éxito actual. Y precisamente, haber llegado a tener el prestigio que tuvo, ser seguido por tantos, ser aún estudiado su pensamiento más de medio siglo después de su muerte, todo ello sin haber sido nunca condescendiente, apunta a su dimensión intelectual y artística.

[1] Sequeira dictó la charla Le Corbusier y las casas de los Monjes Blancos en Septiembre de 2016 en Bogotá, Museo de Arquitectura Leopoldo Rother – Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia