CONFECCIONES (24)

Oscar Tenreiro

Un amigo arquitecto gallego, treinta y tantos años más joven que yo, me escribe el pasado 15 de Agosto:

“Je vous salue Marie”…Hace apenas una hora hemos dejado Notre Dame du Haut, Ronchamp, después de pasar el día de romería…Hoy es un día grande, Santa María. Y hoy ha sido un día bien emocionante. Ver otra vez la capilla de Corbu, y verla llena de verdad popular en el momento de la celebración de la Eucaristía en su día grande ha sido un verdadero regalo…le puse unas cuantas velas a la Virgen que lucía radiante, luminosa, en su día, allá arriba entre los verdes, amarillos y rojos con que el maestro pintó la hornacina que la guarda (hoy vi como giraba a la tarde para volver a mirar hacia dentro de la capilla. Pasó el día mirando a naciente)…

Qué decir de esta obra maestra de Le Corbusier. Creo que nunca la había visto tan hermosa, tan elocuente y sabia. Cuanta grandeza en tanta humildad…

Notre Dame du Haut, Ronchamp, el pasado 15 de Agosto.

Notre Dame du Haut, Ronchamp, el pasado 15 de Agosto.

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Esas palabras me llegaron en un momento en el cual el ánimo quería seguir trabado por esas realidades funestas que los venezolanos de hoy vivimos habitualmente y que conspiran contra nuestra capacidad de elevarnos sobre las circunstancias. Un momento gris que se suma a otros también grises y a veces forman barrera.

Y despertaron en mí reminiscencias.

Que me llevaron en muchas direcciones, una de ellas hacia mi llegada a Chile un trece de Agosto de 1960 para iniciar mi vida adulta, casarme, fundar un hogar, teniendo muy presente que dos días después se celebraba la fiesta de la Asunción de la Virgen (de la Dormition como se la ha llamado desde los primeros siglos). Coincidencia de fechas que veía de modo especial en esos tiempos juveniles.

Y sentí el impulso de escribir sobre eso, sobre la coincidencia de entonces y la de ahora.

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Regresé hacia la Asunción y me impactó descubrir, tanto tiempo después de creer lo contrario, que la Dormition no se menciona en las Escrituras. No lo sabía y me asaltó el desconcierto. ¿Otro argumento más a favor de la duda?

Pero la reminiscencia era rica, amplia, y me llevó al primer libro que leí de Karl Gustav Jung, Respuesta a Job, que incluye una sección que me dejó una marca profunda que ahora reaparecía, comentario a la proclamación el 1º de Noviembre de 1950 por el Papa Pío XII (apenas dos años antes de la publicación del libro) del Dogma de la Asunción de la Virgen María. Y allí estaba en la web el texto completo del libro y al final el capítulo 19, titulado El Dogma de la Asunción de donde extraigo este fragmento, ahora lleno de nuevo sentido: “…Para la orientación histórica y racionalista, la Asunción significa una bofetada en el rostro, y lo seguirá significando mientras quiera seguir aferrada a los argumentos de la razón y de la historia…”

Ese salto por encima de lo histórico-racional para radicarse en la Fe podía en alguna forma, (sin que en ese tiempo juvenil estuviera yo consciente de ello), resumir mi actitud hace más de cincuenta años ante lo que la vida me iba ofreciendo. Y en ello, por motivos que sería largo explicar aquí, tuvo un papel muy fuerte je vous salue Marie. Por eso el 15 de Agosto nunca ha dejado de hablarme, como ahora me habló, más allá de los movimientos espasmódicos o problemáticos de mi fe religiosa.

La Dormition de la Virgen María, de Fra Angelico (1395-1455)

La Dormition de la Virgen María, de Fra Angelico (1395-1455)

La Dormition de Andrea Mantegna (1431-1506)

La Dormition de Andrea Mantegna (1431-1506)

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En la Respuesta a Job, hay muchas cosas que arrojan luz.

Por ejemplo, en el Prólogo:

…todo el que habla de estos temas corre el peligro de caer en uno de los dos bandos en pugna en torno de estos objetos. Esta disputa tiene su fundamento en el peculiar presupuesto de que algo es “verdadero” únicamente cuando se presenta o ha presentado como hecho “físico”…. El que algo sea una realidad “física” no es el único criterio de verdad. También existen realidades “anímicas”, las cuales no pueden ni explicarse ni probarse, pero tampoco negarse, físicamente.

Y ya en el capítulo sobre la Asunción:

…Desde hace más de 1000 años se daba por hecho que la madre de Dios se encontraba junto a la TrinidadPero una verdad de este género no se abre paso en el tiempo hasta que no es proclamada o redescubierta solemnemente

El 15 de Agosto me habló pues de nuevo. Enriquecí mi perspectiva de un tema difícil para quien soy hoy. Ahora habló a un hombre más prevenido, menos abierto, marcado ya por dudas y preguntas, el Otro del cuento de Borges (…el hombre de ayer no es el hombre de hoy sentenció algún griego…), a quien le ha sido necesario un gran esfuerzo para entender los mensajes que de modo tan sorpresivo surgían desde las frases espontáneas de mi amigo.

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Venidas desde un monumento que tiene mucho de mítico para nosotros los arquitectos. Donde se expresaron los dones de un hombre que siendo activísimo portavoz de un racionalismo de ruptura nunca dejó de tener conciencia de que la capacidad de la arquitectura para conmover constituía su atributo central, su objetivo más alto. Conciencia que le permitió abrirse al sentido de lo sagrado (…le sens du sacré…) y pronunciar una oración escrita con esa admirable caligrafía que echa raíces en el conocimiento técnico, y se expande en el concierto ordenado, riguroso, de muros y superficies, texturas, colores y la ausencia de ellos, de manejo de la luz, todo orientado como propósito último (esa secreta esperanza que todos los arquitectos tenemos y sólo en algunos se da) a dar cumplimiento a la tarea de convertir el edificio en homenaje, en este caso al misterio personificado por la Virgen en su hornacina. Un homenaje que mi amigo acierta al llamarlo grandeza basada en la humildad, atributo que le da al monumento el carácter de testimonio espiritual, o cultural si se prefiere, en el sentido más profundo de la palabra.

Es un modo de entender la arquitectura que hoy parece relegado, oscurecido por la codicia, pecado original de nosotros los arquitectos, siempre atraídos por causar efecto, por el brillo, por el pulimento, por el refinamiento. Con ese carácter su imagen permanece en nuestra sensibilidad. Ese monumento en el tope de una colina que era sagrada ya en los muy antiguos tiempos, se ha convertido, milagro de la gran arquitectura, en símbolo de la realidad del alma, de la cual habla también Jung en el texto que redescubrí. La emoción de un amigo perteneciente a otras generaciones, otras realidades geográficas y culturales, otros mundos de afectos, se hicieron mi emoción y a partir de ella se desplegaron muchos estímulos. Esa es la gran virtud del Arte, de las obras del ser humano que han logrado trascender.

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Pero tenía otras cosas que decirme el 15 de Agosto, en este momento tan oscuro que vivimos aquí, y que, insisto en ello, pesa sobre nuestro ánimo de un modo que a ratos parece definitivo. Somos objeto los venezolanos de un ejercicio de la malignidad desde el Poder político, de la manipulación, del abuso más despiadado, de un modo que nunca pensamos que sería posible y que lleva ya demasiado tiempo erosionando nuestra capacidad de resistencia.

Me apoyo entonces en el mensaje de estos momentos de reminiscencia, y regreso a lo vivido no para verlo con nostalgia sino para tomar nuevo impulso ante la realidad que se nos ofrece, problemática, difícil, confiado en que un espacio nuevo debe nacer, tiene que nacer.

Eso estaba ante mí cuando hace cincuenta y tantos años pretendía abrir un nuevo capítulo vital en un país lejano al nuestro que en ese momento parecía encerrar muchas enseñanzas. Desde allí creía ver abrirse caminos de realización. Y así fue. Más allá de los tropiezos, las señales más importantes permanecieron por encima de la confusión ocasional, de algún desvarío, de la desorientación, y me permiten hoy hacer estas reflexiones.

Desde esas vivencias reeditadas, enriquecidas, puedo decir con convicción que el próximo primer día de Septiembre será derrotada en mi país la mentira como programa político, la iniquidad como instrumento de sujeción. Me permite suponerlo la intensidad con la que me llegan las emociones de aquel 13 de Agosto lejano, antesala de una conmemoración solemne. Y se suma a ellas, afirmando la esperanza, la fuerza simbólica de un edificio.

(Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

CONFECCIONES (23) – SOBRE LA IDEOLOGÍA

Oscar Tenreiro

Khizr Khan, musulmán americano, pronunció unas palabras ante la reciente Convención del Partido Demócrata de los Estados Unidos, que contienen algunos de los más definitivos argumentos en contra de los simplismos de Donald Trump. Y entre ellos destaco su convicción de que una persona no calificada nunca podrá llegar a la Presidencia de su país. Y lo hago porque en esa sencilla afirmación, cuya validez en la práctica interesa mucho menos que su dimensión ética, se resume una de las más notorias razones para explicar el drama político que vivimos los venezolanos. Porque una de las peores herencias que nos ha dejado el desenfrenado populismo que ha regido nuestra política es la idea de que para ser Presidente de la República lo único requerido es ganarse las simpatías generales, o de las mayorías más bulliciosas, sin que importen, precisamente, las calificaciones. Un dejar pasar que ha permitido que la demagogia, decir lo que la gente quiere oir, simplificar realidades complejas, halagar al elector común, mentir a conveniencia, representar un papel y hacerlo máscara, la insinceridad y la hipocresía en resumen, se hayan convertido en credencial suficiente para regir los destinos de nuestro país. Porque es un hecho que aquellos que integran la banda, la camarilla, que controla hoy el Poder venezolano carecen de las mínimas calificaciones, comenzando por quien la preside (en apariencia) desde la supuestamente más alta magistratura de nuestra sociedad.

Pero si eso es un hecho, el que gentes de alta formación académica o profesional acepten de buena gana que ese alto cargo, o los de un nivel similar, sean ocupados por improvisados, no es porque sean incapaces de identificar las perversidades del populismo basándose en razones análogas a las que manejan habitualmente en su rol social, sino porque se está respondiendo, lo he comentado en algunos escritos anteriores, a una racionalidad alterada, a una construcción ideológica. La ideología se ha hecho para ellos, como puede llegar a serlo para toda persona, en una sumatoria de ideas que se estructuraron como un código moral y fundamenta sus preferencias, lealtades y convicciones y muy especialmente el posicionamiento político.

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Menos claro es el por qué la ideología pareciera escaparse o hacerse extraña a la racionalidad. Por qué lo ideológico impulsa conductas inexplicables, en cierto modo irracionales o moralmente cuestionables en personas dadas al pensamiento que tienen a la mano en su historia personal y en el conocimiento que han adquirido de otros, capacidad de sobra para descubrir esa irracionalidad.

Es la muy trillada historia del intelectual o académico que abraza causas injustas, que perdona perversidades, que justifica lo injustificable. Que vi reaparecer luego de leer Adiós a la Verdad un libro de Gianni Vattimo (1936) que en líneas generales me interesó (sobre todo sus argumentos en relación a lo religioso) hasta que la lectura se vió ensombrecida por su posicionamiento político, que se caracterizó en un tiempo, no sé si ahora con la misma intensidad (el libro es del 2009), por su admiración a la llamada revolución bolivariana. Simpatía sobre la cual me llamó la atención mi hija Victoria, quien pernocta en el mundo de la filosofía, haciéndome saber algo que me interesó mucho: la posible comparación que puede existir entre filósofos de la estirpe de Vattimo y los que yo he llamado en muchas oportunidades arquitectos del espectáculo. Gentes en definitiva que hacen lo que hacen interesados sobre todo en recibir el aplauso de los cultores de la actualidad, y que en el caso de los arquitectos se transforma en un pasaporte seguro para la más floreciente prosperidad personal. Es el mundo del éxito, ni más ni menos, con sus exigencias y sus chantajes. A Vattimo le venía bien para ganarse partidarios, sobre todo entre las izquierdas dispuestas a aplaudir todos los exotismos que parecen subvertir lo establecido, decir bien de nuestro Ausente pasando por alto sus malevolencias y arbitrariedades, los atropellos a la democracia y las manipulaciones a favor de su ambición de Poder que prepararon el terreno para la catástrofe actual.

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En fin de cuentas, esta ceguera por parte de importantes intelectuales ante la realidad política y sobre todo la catadura moral de los regímenes con los cuales simpatizan, ha sido casi un tópico, un tema recurrente. Trillado, tal como decía más arriba.

Pero además de la poca confianza que merece el olfato político de Vattimo y con ello las dudas que se despiertan sobre su coherencia intelectual, hay en su toma de posición respecto a un Régimen injusto, condición probada en todos los terrenos y a la vista de quien tenga un mínimo de agudeza, una alta dosis de irresponsabilidad, algo imperdonable en un filósofo.

Y es igualmente irresponsable a nivel local que Luis Britto García, sedicente escritor e intelectual venezolano quien dicho sea de paso se sitúa en un nivel bastante menor del de Vattimo (pese a los premios que le ha concedido el brazo cultural de la Dictadura cubana que es La Casa de las Américas), tenga la audacia de grabar un mensaje de apoyo a la revolución que se emite por las centenares de estaciones de radio al servicio de la hegemonía comunicacional del Régimen. Lo oí hace poco y me escandalizó que Britto sea capaz de ese gesto meloso y mediocre de apoyo a un Régimen que aparte de su giro hacia un autoritarismo dictatorial sigue empeñado en sostener una disparatada política económica que ha propiciado cuadros de precariedad y crisis generalizada de alimentación, salud y bienestar. Momentos en que el pueblo venezolano sufre como nunca en su historia.

Y lo de Britto García lo reproducen en el mundo de la arquitectura personas como el colega Fruto Vivas con su silencio calculado ante el drama político actual, ciego deliberado hacia la obscena corrupción presente en todas partes a niveles que parecen increíbles (como por ejemplo con el mercado negro del cemento, que él debe conocer como constructor, manejado por el generalato pública y desvergonzadamente) mientras sigue prodigando palabras y haciendo dibujos en un par de canales de televisión del Estado repitiendo una y otra vez el catecismo sobre arquitectura y saber constructivo popular que le han convertido en un autorizado exponente del folclore venezolano, mientras goza de la simpatía de la camarilla y los privilegios que concede. Yo no soy chavista, dijo una vez; los chavistas son frutistas. ¡Así se está por encima del bien y del mal!

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Pero volvamos a la cuestión ideológica.

Ya hemos esbozado explicaciones en escritos anteriores acerca de la incapacidad deliberada de estos hombres de pensamiento para ver las claras, en muchos casos clarísimas, manifestaciones del mal en los diferentes contextos. Es imposible que Neruda, por ejemplo, no tuviera noticias del genocidio promovido por el estalinismo, que Sartre a su vez ignorara el sufrimiento colectivo en los países sojuzgados por la Unión Soviética. Que Heidegger no intuyera el Holocausto. Que Alejo Carpentier no viese las iniquidades que se sucedieron en los años cubanos en los cuales disfrutó de su cargo diplomático y las comodidades y privilegios parisienses. Y podríamos citar muchos más ejemplos de gente del más alto nivel intelectual, de fama universal, que decidieron cerrar los ojos en nombre de una ideología (o de sus rencores personales) ante la cara terrible de la maldad.

Pero aquí entre nosotros, la deliberada ignorancia parece excesiva. Que se nieguen a ver que lo que ellos llaman revolución, hoy es sobre todo una asociación oligárquica que ampara gentes que cuando no han robado sin escrúpulos, o ignorado las bandas criminales que actúan impunemente, han disfrutado de los más obscenos privilegios para ellos, sus familias y allegados. Y aparte de eso ¿Cómo no darse por enterados del escandaloso fracaso económico, de las miles de obras anunciadas y no ejecutadas, comenzadas y abandonadas, realizadas inadecuadamente, del abandono de la infraestructura de servicios, electricidad, agua, vialidad, del aumento de las áreas marginales, del deterioro urbano generalizado; todo ello con el trasfondo de un saqueo de los recursos a manos de los revolucionarios que sin exagerar, lo he dicho una y otra vez, carece de precedentes en la historia universal de los últimos dos siglos? Porque Venezuela se ha convertido en un caso único de cómo se destruye a un pais a base de dinero, esa paradoja que no tiene otra explicación que el desbordamiento del absurdo político cuyo origen moral indiscutible reside en la falta de contrapesos ante la maldad como arma política, una de cuyas caras es la mentira, otra el cinismo, otra la hipocresía…. ¿Cómo no ver, no querer ver, tan drástico cuadro?

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Y aquí interviene una lectura adicional sobre la cuestión ideológica que nos permite responder a la pregunta inicial. La ideología suspende la racionalidad cuando se toma como fundamento esencial de una conducta, como código moral religioso o no religioso. Se convierte en pensamiento congelado, unitario, cristalizado, sin grietas ya que cualquiera que se acepte sería el origen de su derrumbe. La ideología se diferencia de la disposición a pensar, del pensamiento, del filosofar, porque es en definitiva un sistema estático, nada dispuesto al cambio. La ideología actúa como sustituto, como engañoso espejismo que obstaculiza a la racionalidad porque invade como una especie de cáncer el espacio intelectual de quien se deja capturar por ella.

Y no es que eso le ocurra solamente a los de aquel lado, es decir, a los que generalmente prescinden de todo fundamento religioso, a los intelectuales laicos, a los liberales como gustan decir en los Estados Unidos pretendiendo agrupar en una categoría excluyente a quienes se alejan de una fundamentación religiosa; no, también afecta a los de este lado a quienes apoyándose en su manera de vivir la Fe en la trascendencia, en cierto modo la alteran, la transforman, se alejan de sus principios…y a partir de esa alteración fabrican ideología.

Quien juzga que el origen religioso de sus puntos de vista sobre las cosas del mundo lo salva de congelarse en el sentido ideológico, pasa por alto la tendencia natural de esos esquemas a preservar a toda costa su condición unitaria. De tal modo que el deseo de darle legitimidad superior a los posicionamientos políticos (o de cualquier otro orden) justificándolos por su origen religioso no es sino una ilusión. Pueden ser tan sesgados como el más sesgado de los puntos de vista afirmados en una moral no religiosa. Importa mucho entonces reconocer que lo verdaderamente religioso si hablamos desde la tradición evangélica, deja fuera la construcción ideológica (A Dios lo que es de Dios….). A eso se debe que tantos movimientos que se denominan a sí mismos como cristianos hayan cometido tan evidentes equivocaciones políticas.

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Que a partir de los argumentos de Vattimo en el libro que mencioné se abra este espacio adicional de reflexión sobre lo ideológico, es lo que me interesó más de su lectura, fuera de su posicionamiento. Y una cosa que me llamó poderosamente la atención porque me despertó asociaciones que estaban queriendo aflorar como conciencia, es su idea de que el mensaje cristiano propone en definitiva la secularización de la sociedad, es decir, la Caridad como regla de conducta, la búsqueda del otro más allá de las diferencias, el Amor al Prójimo como convicción, todo lo cual apunta a la tolerancia, a la aceptación de la diversidad incluyendo la diversidad religiosa. Llega a decir Vattimo y lo suscribo enteramente, que Voltaire el laico, el anticlerical, en su prédica a favor de la tolerancia estaba siendo profundamente cristiano. ¿Y cómo negar que la Declaración de los Derechos del Hombre como aceptación del valor de la persona humana, es el más importante aporte de la Revolución Francesa a la Humanidad más allá de sus numerosos errores, y su consecuencia posterior los Derechos Humanos como los conocemos hoy, insurgen en la conciencia colectiva venidos directamente del mensaje evangélico? ¿Y que en virtud de esa misma constatación, es indudable que la democracia moderna, si avanzamos más allá de las estructuras de Poder que propone y nos centramos en su respeto integral al ser humano, está enraizada en lo más esencial del mensaje de Cristo?

Es por eso que no puede existir, desde el punto de vista cristiano, ya lo dijo con claridad en el siglo veinte Jacques Maritain, un Estado confesional. El Estado visto desde la perspectiva evangélica estaría abierto a toda diversidad incluyendo la religiosa, sería necesariamente laico, un asunto que muchas veces olvidan los mismos cristianos y parece estar en oportunidades fuera del alcance intelectual de la cleresía.

(Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

 

 

 

 

CONFECCIONES (22)

Oscar Tenreiro

Este reciente recorrido por el pasado personal, apoyando mis recuerdos espontáneos con los más precisos proporcionados por cartas que conservaba y nunca había releído, ha tenido la particular virtud de permitirme reproducir lo que pudiera llamar el escenario emocional de mi tránsito entre la adolescencia y la adultez. Pedazo de vida que me lleva directamente hacia un aspecto de la realidad venezolana que ha tenido un peso fundamental en nosotros los de aquí, por acción u omisión, durante el último medio siglo. Me refiero a la lucha de la sociedad venezolana por encontrar un camino institucional estable, en definitiva el afianzamiento pleno de una democracia cuya legitimidad sea compartida por todos los sectores sociales. Es de la escena política de lo que estoy hablando.

Y no cabe duda que en una sociedad como la nuestra, en virtud de las especificidades que agigantan la presencia del Estado en todos los rincones, la política domina el panorama; si hacemos comparaciones, es evidente que se impone en el intercambio social de modo desproporcionado.

Lo puedo decir con mucha propiedad, como lo podría decir cualquier venezolano, si simplemente me remonto a las conversaciones de los adultos, sonido de fondo a lo largo de mi infancia, en las cuales retumbaba siempre la referencia al gobierno como un motivo recurrente, referencia asociada a las anécdotas, a los chismes, al recuerdo adornado de las disidencias, a los rumores de desavenencias militares, a las últimas votaciones si las había, a la reputación de tal o cual líder. Ese murmullo, a veces tan fuerte que se imponía sobre todo lo demás en tiempos de revolución (porque los venezolanos hemos vivido entre revoluciones) caracterizó mi vida durante tiempos iniciales pero nunca cesó de estar allí a lo largo de todos los años que siguieron, circunstancia que he compartido con mi generación.

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Esa es una de las más importantes diferencias entre un país que camina con dificultad hacia la consolidación de sus instituciones y otro que dejó atrás ese tránsito hasta hacerlo historia. En estos últimos, olvidando el afán guerrerista afincado en los nacionalismos que hasta el siglo pasado estuvo activo, si bien las crisis ocasionales, los eventos derivados de coyunturas, de controversias, (el reciente Brexit, el soberanismo catalán, el temor al terrorismo, la crisis de los refugiados, las luchas por y contra las reformas, el racismo), activan la vena política, la vida social se orienta hacia lo que cada quien hace, a la realización de los talentos y las llamadas individuales, hacia el trabajo diario y sus resultados. Resumiendo, la vida social gira, lo he recordado otras veces apoyándome en Rafael López Pedraza (1920-2011), en el instinto de hacer y sus consecuencias.

Porque la necesidad de hacer es fundamental en el ser humano, y resulta frustrante y en cierto modo ha sido la peor característica de sociedades como la nuestra, que lo que haya ocupado de modo avasallante nuestras vidas haya sido la actividad política, o más aún en muchos casos, el activismo político, que es un sustituto del hacer con la palabra, un hablar de hacer que no hace nada sino se supone crea las condiciones para que se haga algo.

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Y cuando me refería a la relectura de cartas y recuerdos sobre lo ya vivido, se me revela la enorme importancia de otro factor que se agrega pesadamente a la predominancia de la política como obstáculo al hacer: la constante presión de los reformadores radicales que actúan como una especie de barrera que quiere frenar todas las opciones para imponer la propia, la máxima verdad ya no sólo política sino universal: la de los revolucionarios, la del supuesto hombre nuevo (frase de eterno retorno), la del ejército de los buenos. La de los liquidacionistas, calificativo feliz usado por Felipe González para referirse a los sectores poíticos que hoy pretenden erigirse en Europa como fundamentalistas de un renacer que no es sino la misma letanía fundamentalista de derechas o de izquierdas adornada con otras palabras.

El discurso revolucionario explícito o implícito se apoya en sus medias verdades para prescindir del fluir democrático que transforma las oposiciones en compromisos. Se hace catecismo, evangelio, norma superior, que actúa como constante Espada de Damocles amenazante que desde hace tres cuartos de siglo gravita sobre la búsqueda democrática venezolana al igual que la de toda Latinoamérica. Porque Latinoamérica ha demostrado ser par excellence, el territorio mejor abonado para el discurso, para la articulación de las monsergas ideológicas, gracias a razones antropológicas, sociológicas, culturales o lo que sea, demostradas y sustentadas por el trayecto político recorrido por el continente desde comienzos del siglo 19, cuando supuestamente nos emancipamos, hasta el día de hoy, apoyado por esa especie de culto a un moralismo social tan solemne como vacío. El mismo que deja espacio para que un anciano dictador, tirano más tirano que todos los tiranos vivos, Fidel Castro, escupa ideología desde su cama de hospital ante la boba admiración de unos supuestos líderes latinoamericanos que se garantizan así el perdón ideológico de los revolucionarios.

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En nuestra adolescencia, recién recuperado en Venezuela el ejercicio democrático, vivimos en carne propia la amenaza estridente de esa Espada de Damocles. Venidos de un simple vivir según una enseñanza modelada por el mundo familiar sin conexión alguna con un activismo político de vanguardias, joven con sueños juveniles, nos sentimos impulsados, por razones que nunca podré explicar bien, a hacerle frente a las pretensiones hegemónicas del bando revolucionario recién alimentado por el furor universal despertado por la revolución cubana. Fue una lucha difícil, desigual, de adolescentes desprovistos tal como yo lo estaba, ante una especie de maraña de grupos, grupúsculos, las llamadas células, dirigidas o asociadas a personalidades ya maduras detentadoras de la verdad que ejercían apoyados por las superestructuras universales del marxismo-leninismo, en aquella época potentes, dominadoras, filtradas a través de todas las grietas. Las cartas a las que he aludido me recuerdan cuan intenso fue ese forcejeo, cuan desigual, cuan descarnado y también cuan ejercido con coacción, cuan estructurado a partir de la idea de la violencia necesaria, de la lucha cruenta que habría de conducir en los años siguientes venezolanos a dramas que esperan aún por ser reseñados, perdidos como están en la vena olvidadiza de una sociedad frágil y por ello mismo carente de memoria.

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En una situación como la que he descrito era lógico que no sólo en mi caso sino en el de muchos más, la arquitectura o cualquier otra actividad y el hacer vinculado a ellas fuese en cierto modo dejado en segundo plano, como a la espera de que las aguas regresaran a cauces más favorables. Y así fue una vez superados los momentos más duros de la controversia, aquellos en los cuales parecía inminente que los sectores revolucionarios asaltaran el Poder.

El tiempo pasó y la marcha general de las cosas se orientó hacia una vida más plena menos cargada por expectativas colectivas negadoras de la perspectiva personal. Y lo que parecía impensable en medio de los enfrentamientos también pasó: los más activos personeros del rupturismo se fueron incorporando al establishment político o académico hasta hacerse figuras de consenso. Los liquidacionistas se hicieron en definitiva más humanos, aceptaron ser lo que somos todos, parte de una sociedad que pugna por superarse sin pretender aplastar definitivamente al distinto, y en algunos casos dejaron atrás la rebeldía siempre necesaria hasta apaciguarse demasiado. Algunos hasta se hicieron vacas sagradas que repiten un discurso monótono e inocuo.

Una transformación que subraya dramáticamente cuanto de inútil hubo en aquel forcejeo que en sus etapas peores provocó pérdidas humanas innecesarias, destrucciones absurdas, desencuentros artificiales, tristes vestigios del afán de imponer la máxima verdad y sus instrumentos.

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Pero el daño estaba hecho. Los términos de la tensión política marcados por la amenaza subversiva revolucionaria influyeron decisivamente en la caída del crecimiento económico que continuó atado a la dependencia del rentismo petrolero. Y la necesidad real o ficticia de responder a la inundación de ideología venida desde los sectores marxistas, favoreció una contra-ideologización que fue el mejor caldo de cultivo de una especie de populismo de izquierdas que desde ese momento en lo sucesivo marcó fuertemente la acción del Estado. Lo he discutido en escritos anteriores en lo que se refiere a la arquitectura y la ciudad, porque esa visión populista que se generalizó en la actuación de todos los sectores políticos influyó en el rechazo ideológico de muchas de las buenas experiencias de tiempos de la dictadura y contribuyó al progresivo decaímiento de las exigencias de calidad en la arquitectura institucional pública promoviendo además una centralización burocrática que cerró puertas a la participación de los arquitectos o se hizo estrictamente clientelar. En resumen, el hacer arquitectónico fue drásticamente disminuido tal como ocurrió con todos los otros aspectos de la realidad social y cultural venezolana, una situación que se iría a revertir lentamente hasta que a partir de comienzos de los años setenta se acercó a la normalidad. Alterada de nuevo, no ya por las arremetidas de la subversión revolucionaria sino por la explosión populista alimentada por el inesperado boom petrolero de la segunda parte de la década de los setenta que desencadenó una euforia de gasto público irresponsable durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, y abrió las puertas a la corrupción de un modo que sería emulado y superado ampliamente durante la última revolución.

Y si bien es verdad que el populismo se afirmó y prosperó desde ese momento en adelante con títulos propios y fuera de la influencia ideológica directa del marxismo radical, las distorsiones que promovió en la acción pública fueron un factor decisivo en el deterioro del juego democrático venezolano. Y así puede decirse que es el credo populista y su erosión institucional el que sentó las bases iniciales de lo que se ha llamado el chavismo. Es la inercia populista, la demagogia exacerbada, la manipulación del fervor popular, el combustible que alimentó la deriva hacia la ideología marxista de la caricatura llamada revolución bolivariana.

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El resumen de todo lo dicho señala como las principales razones para la dramática situación que vive actualmente Venezuela a dos factores principales que funcionan como polos: por una parte la amenaza revolucionaria, inicialmente como subversión y en los tiempos actuales como liquidacionismo de lo que la democracia imperfecta fue logrando, también adornado como revolución. Y por la otra el populismo de izquierdas como fundamento ideológico nacido como reacción frente a la ideología revolucionaria y mantenido como coartada para justificar la errática gestión de la economía y el fomento del paternalismo de Estado por los partidos que ocuparon el poder alternativamente antes de 1998. Dos factores que han actuado como enemigos de la continuidad, de la estabilidad, de la necesaria confluencia de esfuerzos sostenibles (palabra de moda que en este caso ayuda) para que una sociedad como la nuestra avance.

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Este recorrido que hago motivado por el simple ejercicio de observar mi tránsito desde edades tempranas hasta un momento, el de hoy, me descubre las razones de fondo de las grandes dificultades para hacer fructífero hasta mostrar logros precisos, el esfuerzo que ha orientado mi vida de arquitecto hacia lo institucional público, por inclinación personal por una parte y porque el espacio de lo privado  se me hizo esquivo. Y pienso hoy que la principal de ellas, la determinante, en cierto modo la que se impone sobre todas las demás, es la presencia constante en la realidad venezolana de los dos polos que he descrito. Que han impedido de manera sistemática, vuelvo de nuevo a lo ya dicho, un hacer arquitectónico (en general y muy específicamente en el sector público) actualizado, acorde con los niveles de otras sociedades como la nuestra menos afectadas por nuestras taras político-económicas, libre en el sentido de sus exigencias internas para el desarrollo de un lenguaje, de una gramática culturalmente significativa, con influencia en la construcción de la ciudad y en la corrección de sus deformaciones. Impedimento que ha afectado fuertemente tanto a mi generación como a la de los que nos siguen y aún a la de los que vinieron después. Han impedido el prosperar de una arquitectura de aquí.

Mucho se ha hablado de este problema, generalmente ante audiencias restringidas, sin consecuencias, sobre todo cuando se repite la frase de que en Venezuela los buenos arquitectos construyen muy poco, o no lo hacen, frase que debería despertar conciencias, que debería suscitar esfuerzos por parte de los mismos arquitectos, pero que en definitiva ha quedado sin repercusión. Y el resultado es particularmente alarmante, bastando para ello darse cuenta de que en el último medio siglo es difícil enumerar una docena de obras de arquitectura venezolanas con vocación patrimonial. Y lo peor: en los últimos diecisiete años en los cuales hemos nadado en dólares petroleros, mientras en el mundo en general se han construido centenares de edificios dignos y de especial interés, en Venezuela apenas podríamos llegar a cuatro o cinco; y lo que es infinitamente peor: casi todos castigados ya por el deterioro y el abandono.

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