(3) ANTONIO OCHOA-PICCARDO

Oscar Tenreiro

Hay otro libro editado recientemente acerca del trabajo de un arquitecto venezolano al cual quiero dedicarle algunos comentarios que resumen y amplían las distintas cosas que dije tanto de él como de su autor en la presentación pública, que tuvo lugar el pasado Sábado 21 de septiembre en la sede de la Fundación Herrera Luque, Plaza de Los Palos Grandes. Palabras que en mi caso (acompañé a la periodista Angela Oráa y al colega Enrique Larrañaga), tuvieron un sesgo especial porque Antonio Ochoa Piccardo fue mi alumno en la Escuela de Arquitectura de la UCV, esa Universidad nuestra que resiste al acoso de la dictadura, el Alma Mater de tantos venezolanos comprometidos con el celo y el rigor de su disciplina. Y también es mi amigo pese a la diferencia de edad. Conozco y aprecio mucho a su familia y hemos mantenido un contacto cercano y estimulante a través de largos años.

Antonio ha trabajado en China, en Beijing para ser más exactos, durante los últimos casi-treinta años –desde 1993– y es allí donde ha logrado ir haciendo realidad sus talentos y algunas de sus expectativas como arquitecto. Y digo algunas porque los arquitectos, como todo ser humano, nunca realizan sus expectativas. Nació en 1956 en Julio, 63 años, hijo de Víctor José Ochoa y Sara Piccardo.

Víctor José, quien falleció el primero de Octubre de 2018, fue en su juventud un dirigente político muy activo de las izquierdas radicales (si bien fue miembro de un partido moderado que era URD–Unión Republicana Democrática) y precisamente a raíz de ello debió tomar el camino del exilio (a China porque Víctor José tenía relación con ese país) en 1967, iniciándose así para sus hijos, que son cuatro incluyendo a Antonio (Víctor, él, Adolfo y Sara), una experiencia de vida que tuvo a China y sus embrujos milenarios en el centro de la vida de estos muchachos venezolanos. A ello se refiere él en una parte del libro, y hace notar que llegaron a Beijing en medio del complejo y en muchos sentidos perverso proceso –perversidad que él señala– que fue La Revolución Cultural, lanzado por Mao en todos los rincones de su país.

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De qué modo conformó la personalidad de los hijos la experiencia, y cuál fue en el caso de Antonio la influencia que ella tuvo en su modo de ver las cosas y entre ellas la arquitectura, queda para especular, pero lo que sí es evidente es que parte importante de su infancia transcurrió en un ambiente singular, completamente alejado geográfica y culturalmente del de su país natal y en circunstancias especiales que resultan muy llamativas y Antonio rememora en una parte del libro. Si bastara un ejemplo para disparar la reflexión sobre el tema, baste decir que en una determinada etapa de su estancia allá, él y sus hermanos siguieron la rutina de los laodong, períodos de reforma personal por el trabajo previstos por la Revolución Cultural, tiempo en el cual, relata en el texto, regresaban del campo o iban a él a hacer labores, cantando junto a otros niños canciones revolucionarias, las cuales mientras más fuerte las cantaran mejor eran valorados por los que dirigían la actividad. O sea que en lugar de cantar venid y vamos todos con flores a María, como por ejemplo cantaba yo en mi infancia, Antonio cantaba canciones prescritas por el Partido Comunista Chino.

Pero ni Antonio, ni dos de sus hermanos que conozco mejor, iban a convertirse en adalides de la China de Mao, sino que más bien con el tiempo, y a distancia de su padre, han resultado conciencias despiertas ante los aspectos más dañinos de la visión totalitaria y las estridentes fallas del socialismo real y particularmente del Estado Vigilante que es la China actual. Lo cual permite destacar que lo que ejerció influencia duradera en ellos, mucho más que la ideologización, fue en realidad la cultura china y la manera china de estar en el mundo, lo cual llevó a Antonio a regresar e instalarse como arquitecto en Beijing en 1993, reanudando el contacto interrumpido cuando toda la familia regresó del exilio a Venezuela en 1970 y quedándose hasta cuando hace poco se estableció en Madrid manteniendo activa su oficina de Beijing.

Mucho antes que Antonio hubiese decidido regresar a China, su hermano mayor Víctor, quien por un período breve había sido mi estudiante –mucho más de mi hermano Jesús– en Caracas, a fines de los setenta, a la altura del segundo año de carrera, se fue en busca del embrujo chino–como se me antoja llamar la atracción que sentía por el lejanísimo Oriente– para terminar Arquitectura allá, radicarse en Beijing, aprender a hablar el mandarín a la perfección y hacerse chino podría decirse, tan fuertes fueron los nexos personales que estableció. Cuestión que al Estado Chino poca mella le hace porque al cumplir Víctor sesenta años las regulaciones para extranjeros le quitaron la autorización para trabajar bajo contrato, lo cual lo forzó, a pesar de sus cuarenta años de residencia, a salir de China. El desastre venezolano se opuso a sus deseos de radicarse aquí de nuevo, y siempre deseando mantener el contacto con China aún fuese como visitante, se trasladó a Kuala Lumpur, Malasia, donde ahora vive.

Como puede verse pues, los esfuerzos educativos de Víctor José padre tuvieron éxito, no en el sentido ideológico-político que él presumiblemente imaginaba, sino en cuanto a la búsqueda de un contexto más amplio, nutrido por una cultura y un modo de vivir, que les permitiera crecer como personas: todos sus hijos varones tuvieron fuerte relación con China, porque incluso el tercero, Adolfo, vivió seis años en Beijing y dos en Shanghai completando sus estudios de medicina. Hoy ejerce como Anestesiólogo en Caracas. Y esa experiencia de un padre como él puede servirnos de ejemplo a otros padres porque nos dice que lo que más vale de las relaciones padre e hijo son los contenidos éticos –en Víctor padre el deseo de formar a sus hijos, de no dejarlos derivar en el tumulto general– y mucho menos el señalarle una dirección precisa a esa formación.

Antonio Ochoa-Piccardo el día de la inauguración de la Plaza Bicentenario, cuando esta era una promesa.

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El libro, si me tocara definirlo en una frase, es una explosión de imágenes, mayoritariamente de trabajos de diseño interior tanto en Beijing como en otras ciudades chinas. También incluye renderings de concursos o encargos no realizados. Son imágenes potentes, que revelan el deseo de crear atmósferas mediante el predominio de un color determinado o con combinaciones de fuertes contrastes, asociadas a grafismos o sinuosidades en paredes, techos y pisos; y en algunos casos introduciendo objetos: cáscaras que definen sub-espacios dentro del espacio general, plafones que nacen desde el suelo o a media altura, o volúmenes de formas libres que presumiblemente rodean elementos estructurales o canalizaciones técnicas, dando a los recintos un particular dinamismo que pudiera caracterizarse como un modo de expresión personal. Siguiendo una idea que el mismo Antonio expresa personalmente, la intención fue mostrar las imágenes paseando al observador por ellas, como un coffee-table book, llevándolo de un proyecto a otro sin establecer diferencias claras entre ellos –ni siquiera cronológicas porque un mismo proyecto se incluye en páginas separadas– e identificándolos sólo en un índice fotográfico al final del libro. Se entiende así que la intención es conectar a quien recorre las imágenes con un universo estético unitario que no depende tanto de las exigencias del proyecto como de las intenciones del proyectista. Un universo en el cual los materiales, el color y las texturas –señalados como secciones del libro, como también el espacio– son las herramientas esenciales que se utilizan para definir lo que corresponde a las necesidades prácticas, dejando deliberadamente en un segundo plano hasta el punto que ni siquiera se enumeran, la descripción de estas. Lo cual permite pensar que se nos está diciendo con este libro, o mejor dicho con el trabajo de Antonio Ochoa, que el diseño interior es antes que un ejercicio práctico de distribución de actividades en un recinto, una oportunidad para una búsqueda plástica visual y táctil que sin embargo responde a exigencias sobre todo utilitarias.

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La explosión de imágenes, si se quiere aprender de ella, exige escoger preferencias. En mi caso aquí las menciono, advirtiendo que no estoy excluyendo sino señalando.

Comienzo con un trabajo de arquitectura que desde que lo conocí –sólo por fotos porque cuando mi única visita a Beijing en 1999 no estaba construido, ni siquiera proyectado– me impresionó especialmente. Es la única experiencia de arquitectura del proyecto a la construcción incluida en el libro, y por eso mismo, por su valor como statement arquitectónico, impulsa a desear que Antonio pueda construir durante muchos años más.  Porque la Cantilever House (2002), como se llama, que forma parte de un conjunto de casas construidas cerca de la Muralla China en Beijing (el nombre del conjunto es Comuna de la Gran Muralla) es una obra muy interesante. No sólo tiene la nada común virtud de situarse en el paisaje inmediato de un modo no sólo correcto sino impecable, apenas modificando la topografía y dejando que la pendiente pasea través de ella, sino que su volumen, su color contrastante con el entorno, ejerce como contrapunto naturaldel verdor de su entorno. Además, sus generosas terrazas-balcones son casi un manifiesto tropical en una ciudad donde ellas escasean tal vez por los rigores climáticos, tal vez por las herencias, tal vez por los temores chinos, que los hay y muchos, todos atributos –y otros que no menciono– que hacen de esta casa, de lejos, la mejor de las que se construyeron en la Comuna. Sin que sea ocioso mencionar que entre los arquitectos que en ella participaron –cada uno una casa– hay unos cuantos que se han convertido en celebridades (vale mencionar por ejemplo a Shigeru Ban, el japonés Premio Pritzker), circunstancia que permite recurrir al adagio que nos dice que más vale caer en gracia que ser gracioso, tan aplicable al juego de celebridades en el que participan los países poderosos. Juego sobre todo mediático al cual, debo decirlo, por su vaciedad y superficialidad, le presto mínima atención.

La Casa “Cantilever House” parte de la Comuna de la Gran Muralla, en Beijing. Doble página del libro.

El gran balcón de la casa: un “statement” personal y cultural.

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Uno de los trabajos mostrados es la sede de la Corporación Changyou, del 2014. Antonio no tuvo intervención en la arquitectura sino en los interiores: el edificio fue adquirido como obra gris. Según me explicó verbalmente (echo de menos en el libro ese tipo de explicaciones, al igual que planos o diagramas) Antonio hizo que la relación de las áreas de trabajo con el exterior se efectuara, por decirlo así, desde un territorio interno y no desde la fachada, creando algo como un segundo edificio, separado de la fachada por un espacio de circulación, identificándolo de modo claro y fuerte con un color distintivo aplicado en muebles, estructura, alfombras, conductos etc. Rasgo que se hace evidente sobre todo de noche, como lo muestra la impresionante la fotografía nocturna que se incluye y aquí vemos.

La sede de la Corporación Changyou, los interiores son obra de Antonio. Un manejo impactante del color que se percibe sin artificios desde fuera.

El gimnasio. Aquí el verde es el motivo.

 

El Kindergarten Muffy de 2011 también me interesó, sobre todo por el juego gráfico, aplicado en elementos que emergen de la fachada como franjas verticales superpuestas a ella, de color su revestimiento de mosaico de cerámica llegando a crear lo que pudiera llamarse un arcoíris petrificado cuyos tonos se repiten en superficies y rincones del edificio.

El Kindergarten Muffy. El edificio existía y fue intervenido interna y externamente.

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Y en clave más modesta por sus menores dimensiones destaco tres trabajos.

El Restaurant Garden of Delights en Beijing, del cual fue socio el arquitecto.  Se organiza en un difícil espacio largo y estrecho correspondiente al retiro de un edificio. El techo es una bóveda de medio punto de madera construida con durmientes de producción industrial, que sirve de encofrado a un sandwich de poliestireno y mortero con malla metálica. La bóveda se interrumpe regularmente por láminas traslúcidas de policarbonato también de perfil cilíndrico que dejan entrar la luz natural y son a la vez  fuente de  luz artificial.  El color se relega aquí a ciertos sitios,  los sanitarios por ejemplo,  dándole más bien protagonismo al mobiliario y a la madera –bóveda, paredes y piso– en búsqueda de calidez.   Un lugar muy especial que lamentablemente debió cerrar operaciones.

El restaurant Garden of Delights

El sanitario de Garden of Delights

En segundo lugar el Loft Cao Chang Di, un trabajo temprano, de 2006, con el cual me identifico tal vez por la forma como la estructura penetra, mostrándose, el techo falso de madera con sección en arco.

El Loft Cao Chang Di de 2006

Y en tercer término la casa Sampson´s Courtyard House, un trabajo que confieso me atrae fuertemente tal vez por tratarse de un tipo –la casa-patio– que he explorado personalmente y aquí está resuelto de modo soberbio. Se trata de una casa tradicional cuya hermosa, sencilla y mínima fachada externa es de piedra. El patio interno es alargado y estrecho, configuración muy típica en zonas urbanas de China. La fábrica estaba tan deteriorada que sólo se conservaron – me lo comunica Antonio porque no hay texto que lo diga– las paredes, siendo necesario reconstruir todo lo demás para lo cual se utilizó básicamente material de demoliciones, incluyendo la madera de la estructura del techo la cual se reconstruyó siguiendo modos de construcción tradicionales. Por su altura, por la dimensión de sus elementos y por su construcción muy tramada y llamativa, la estructura se hace protagonista de los espacios principales de la casa, contribuyendo a darle una atmósfera cálida, serena, muy hermosa. Al patio se le da un valor visual unitario rodeándolo de celosías de madera y además se lo altera con la atrevida inserción en él de la cocina, que lo divide en dos permitiendo además el paso protegido entre las alas a cada lado de él. La cocina tanto interna como externamente es de diseño industrial muy refinado, lo cual hace que contraste felizmente con las celosías.

La fachada de la Casa-Patio Sampson

Se reconstruyó la estructura del techo según pautas tradicionales con materiales de demolición.

La cocina, como objeto casi abstracto de factura industrial, irrumpe como contrapunto en el patio rodeado de celosías de madera.

Uno de los dos dormitorios. Madera y piedra.

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Para culminar esta descripción de preferencias, menciono a la Sala VIP del Museo de Planeamiento de Beijing (2004), en el cual paredes y techo se funden en un solo envoltorio de madera compuesto por delgadas láminas que se insertan a manera de tejas en un esqueleto como de cuadernas del casco de un barco, tejas que esconden a media altura del espacio lámparas que complementan la iluminación inserta en la cumbrera –la arista  más alta sobre la mesa central– solución que aparte de su atractivo visual garantiza una buena condición acústica. La mesa, foco principal del ambiente, es un diseño que revela conocimiento de las propiedades estructurales de la madera porque el tablero superior es un doble voladizo de canto particularmente esbelto, y su calidad de ejecución excepcional. En resumen se logró aquí un espacio visualmente muy rico a partir de componentes de diseño de muy difícil ejecución, facilitada ésta no sólo por el rigor constructivo chino, sino porque según Antonio le comunica al crítico chino Fang Zhenning en la entrevista inserta a lo largo del libro, fue posible utilizar un software CAD –Rhino– cuyo manejo estuvo a cargo de una colaboradora de origen británico que trabajó en este proyecto. Del cual puede decirse, en resumen, que por sí solo amerita ser publicado y conocido.

La sala VIP del Museo de Planeamiento de Beijing.

El plafón abovedado… ¡la mesa!

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Luego de este vuelo de pájaro sobre el contenido del libro, es necesario destacar que una de las virtudes de este joven –porque se es joven a los sesenta– arquitecto venezolano, es sin duda la modestia. Una modestia tranquila. Porque si cualquiera pudiera pensar al considerar que el libro fue publicado a sus expensas, que se trata del deseo de usarlo para gritar por encima de la muchedumbre, cuando se conoce el modo quieto como Antonio espera las reacciones de quien lo ve, sin ansiedad alguna, sólo dejando espacio para que cada quien considere lo que ve, queda claro que lo que ha deseado el autor es comunicarse, darle permanencia mediante la publicación a una experiencia ya larga que sin duda destaca por su singularidad, esperando del lector una reacción meditada, una palabra reflexiva.  Y digo yo por mi parte sin seguir especulando sobre la actitud del autor, que me alegra muy especialmente que un hijo de este país difícil deje de ser imitador y construya un lenguaje propio, cultive una visión estética y se mantenga firme hasta la realización de una obra sólida en un medio radicalmente distinto al que lo vio nacer. Medio que, si piensa uno que pese a esa presumible radicalidad ha permitido que un extranjero construya tan especiales cosas, pudiera ser que en el fondo no sea tan radicalmente distinto. Conviene dejarse espacio para pensar que el lejanísimo oriente no es en verdad tan lejano. Que pudiera estar más cerca de nosotros que aquellos geográficamente inmediatos. La historia de los Ochoa-Piccardo nos invita a considerarlo. Y después de todo, la obra de Antonio Ochoa, venezolano de pura cepa, ha sido construida  en esa lejanía.

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Y cierro con una acotación útil.

En la entrevista a la cual aludí antes, Antonio Ochoa hace distintas críticas, bien razonadas, a ciertos aspectos del modo como en China se ve, se practica y se debate la arquitectura. Críticas por cierto que los medios occidentales registran sólo de un modo muy leve, tal como si fuese delicado –o impertinente– ver lo que ocurre en China en tono distinto de la aquiescencia y la admiración acartonada –lo milenario, la sabiduría, lo legendario…– que se ha hecho típica de todo aquel que desde los países centrales se asoma al lejanísimo oriente. La cuestión es tan notoria que hace pensar que todo arquitecto (o crítico de arquitectura porque a ellos también les pasa) maneja sus opiniones sobre el ambiente chino con extremo cuidado no vaya a ser que sus opiniones le resten preferencias a la hora de una invitación, un homenaje, o una llamada a hacer un proyecto. Se hace gala pues de prudencia interesada, algo que siempre flota sobre la relación arquitecto-poder. Y los chinos tienen mucho poder, de eso no hay duda.

Es por ello que la sinceridad y agudeza con la cual Ochoa se expresa, diciendo cosas no complacientes, tiene un valor especial en cuanto revela honestidad intelectual, deseos de transparencia y muy especialmente algo que valoro en sumo grado: libertad para expresar puntos de vista sin el peso de lo políticamente correcto, sin temor a no ser tomado en cuenta o, más aún, sin el deseo de darse importancia como alguien plenamente integrado –que acepta todo de modo acrítico– a un contexto considerado exótico y que por ello mismo da imagen, da bomba como se dice en Venezuela. Está muy lejos su actitud de la de esos arquitectos estrellas que se pasean por el mundo como seres neutrales que solo hablan de sí mismos.

No voy a detallar las distintas opiniones con contenido crítico hacia el contexto chino que hace Antonio pero me quedo con dos: la que hace notar las arbitrarias y negativas transformaciones que sufrió el proyecto del Teatro de Ópera de Beijing de Paul Andreu (1938-2018) a manos de la burocracia arquitectónica, y el carácter puramente escenográfico-cosmético al cual fue reducido por esa misma burocracia el enorme envoltorio externo del Estadio Olímpico de Beijing –llamado el Birds Nest– de Herzog y De Meuron, que pasó de cumplir funciones estructurales a ser un costoso entramado metálico que oculta y aparenta. Reducciones o alteraciones que, en el caso de Andreu se conocieron sólo parcialmente casi como chismes; y en el del Estadio, presumiblemente por las razones que acabo de anotar, los arquitectos nunca las ventilaron públicamente.

A esa actitud de Antonio Ochoa hay que darle un valor especial. Es la de una persona libre de ataduras.

(2) ENCONTRARNOS

Oscar Tenreiro

Presentamos públicamente Todo Llega al Mar el pasado Viernes 20 de Septiembre. Ya he escrito antes sobre ese libro tan próximo a lo autobiográfico con imágenes de una arquitectura que quiso ser, junto a otra que cobró forma. Y sobre la importancia que tiene para mí y espero que tenga para quienes cercanos o lejanos han hecho objetivo importante de su vida del esfuerzo de construir, imaginar arquitectura o pensarla simplemente. Lo cual quiere decir que de alguna forma mi esperanza es que el libro sea una contribución a la tarea de ampliar los horizontes culturales de quienes vivimos aquí. Sin que deje de pensar en los que están más lejos, fronteras afuera, con quienes por encima de las diferencias de modos de vida, medios a la disposición, idioma y tantas otras cosas, compartimos aspiraciones y afanes.

Fue un momento que me conmovió por muchas razones. Una de ellas el impacto de las palabras de Enrique Larrañaga quien dijo cosas que si bien podría calificar de halagadoras, mucho más que eso y de un modo que me sorprende por lo inusitado –es por ello que me movieron emocionalmente– me enseñan a ver mejor mi conducta o mis obsesiones, me impulsan a la introspección. Efecto que también tuvieron pero por otros motivos, las palabras de mi hijo Esteban, ingeniero, promotor y constructor del lugar donde se realizó el acto (un pequeño hotel y sitio de eventos que llamó Verticem Space, proyectado por mí) quien siempre guiándose por el discurrir cronológico del libro, trasmitió de un modo muy natural las sensaciones y vivencias que a través de su desarrollo tuvo en algunas de las obras que aparecen en el libro, comentando cómo jugaba en los montones de arena de una de ellas –la casa Dib– mientras yo hacía la inspección, o contando lo que ante su curiosidad le dijo un obrero encargado del doblado de barras de acero en el sitio de obra de la Plaza Bicentenario. Y cuando digo por otros motivos me refiero a que sus palabras me hicieron ir hacia la relación padre-hijo y el modo como dejamos en nuestros hijos, sin estar conscientes de ello, ciertas huellas que se agrandan con el tiempo y se instalan en la memoria.

Y fueron también muy significativas, de modo diferente porque las orienta el punto de vista de un observador más alejado, las palabras que desde Valencia envió José María Lozano y esa tarde leyó Ramón Fermín, en las cuales este amigo entrañable de España hace comentarios que aluden a mis pasiones y mis inquietudes y se aventuran incluso a establecer conexiones muy sensibles que no puedo negar que me llegaron hondo. Y tiene Lozano además una fuerte comprensión del drama venezolano que hizo manifiesta al   expresar como cierre su solidaridad con nuestra lucha por recuperar la democracia.

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La ocasión se prestó, y así lo hice notar cuando cerré el acto e invité a examinar el libro, para hacer un llamado a ver esta acción de comunicar y testimoniar que es en definitiva Todo llega al Mar, como una realización en cierto modo colectiva, más que como un logro personal que alimenta un ego. Como un logro –lo sugerí al principio­– de la cultura arquitectónica venezolana, tan necesitada de pensamiento estructurador, de crónica reflexiva, de intentos para discernir sobre raíces y motivos. Me referí a lo que nos afecta a todos y que a menudo interfiere en las relaciones entre arquitectos: a los celos. Que están siempre en el origen de la mezquindad, ese defecto tan típicamente venezolano si examinamos someramente nuestra cortísima historia, presente de modo permanente en nuestro día a día impulsándonos a disminuir lo que no nos concierne directamente. Y dije entonces que desearía a esta altura de mi vida, cuando por razones de edad y considerando el momento que vive Venezuela no estoy robándole espacio a nadie en particular, pueda considerarse este libro con mente abierta y sin esas actitudes defensivas que parecen haber marcado aquí las relaciones entre arquitectos. Sobre todo en este momento tan difícil que vive el país, con una crisis económica única en su historia, la democracia usurpada, la situación general a niveles de catástrofe, criminales ejerciendo como dueños del Estado.

El acto fue en las terrazas de Verticem Space…un “espacio intermedio” que se abre hacia la lejanía de los Valles del Tuy

Otro aspecto de la reunión

Luis Polito al habla, Enrique Larrañaga, mi persona, Esteban Tenreiro y Ramón Fermín.

Enrique Larrañaga habla. Detrás de nosotros las colinas de la “Zona Protectora” de Caracas y más allá las que delimitan, azuladas, Los Valles del Tuy ¡20 de Septiembre de 2019!

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Ha sido necesario, a tono con las peculiaridades actuales de nuestro país, idear una forma para que la distribución no institucional del libro en Venezuela cuente con una reserva mínima de ejemplares. De la muy pequeña Primera Edición – ciento cincuenta ejemplares– me correspondió sólo una tercera parte que ya está medianamente comprometida, por lo cual hemos ideado un procedimiento para que los ejemplares en mi poder no se agoten y sean más bien parte de un fondo editorial rotativo que permite que cada adquisición financie la producción de otro ejemplar sustitutivo, parte de una Segunda Edición. Y como la técnica tipográfica digital utilizada permite tirajes muy pequeños, de veinte unidades, sólo se requiere un grupo de veinte participantes como garantía de la sustitución. Esta Segunda Edición sería seguida eventualmente de una Tercera y así sucesivamente.

Hicimos conocer ese Proyecto Editorial al terminar la presentación y se abrió una lista para los primeros veinte participantes. Aprovecho esta entrada del Blog para decirle a quienes se interesen en participar en las listas sucesivas, que lo hagan saber enviando un correo a la dirección nubia.rodriguez@gmail.com para recibir la información correspondiente.

Y con esta información de tipo muy práctico concluyo la reseña de lo que ocurrió una tarde que permanecerá especialmente en nuestra memoria, en especial en la de Nubia mi mujer y este casi ochentón que seguirá diciendo algunas cosas en este Blog…mientras el cuerpo aguante.

(1) 14 de Septiembre de 1992

Oscar Tenreiro

Me entero revisando mis papeles que precisamente hoy se cumplen 27 años de la muerte de Augusto Komendant, nacido en Estonia, hecho ingeniero en su país y en Alemania, emigrado a los Estados Unidos después de la guerra, amigo y compañero de trabajo de muchos arquitectos entre los cuales en lugar fundamental Luis Kahn, con quien construyó y soñó obras maestras; innovador –entre los más importantes del siglo veinte– de la tecnología del concreto armado.

La fecha me habría pasado desapercibida, como me sorprende que me pase con las fechas de las muertes de algunas de las personas más importantes de mi vida, si no hubiera sido porque estaba dedicado por un par de días a recordar y documentar mi relación con este personaje excepcional, amigo y sobre todo maestro, visitante de nuestro país un par de veces al compás de algunos de los trabajos que hicimos juntos. Y la recordé, no porque lo tuviera presente en la memoria sino porque casualmente se encontraba en Venezuela hasta ayer un coterráneo suyo, curador de una gran exposición sobre la obra y la vida de Komendant en el Museo de Arquitectura de Estonia, presencia que me obligó a revisar planeras y archivos en búsqueda de información que complementase la ya recogida por este joven estonio –su nombre es Carl-Dag Lige– en otra visita de hace algo más de un año.  Y entre los papeles apareció una tarjeta que me mandó su hija titulada In Memoriam en la cual bajo un dibujo de la cara de su padre estaban las fechas de su nacimiento – 2 de Octubre de 1906 – y de su muerte.

Esa inmersión por estos días en documentos que reviven el pasado, me despertaron no sólo las obsesiones de hace más de treinta años (mi última experiencia con Komendant fue en 1987) sino puntos de vista y modos de ver nuestra disciplina que todavía viven en mi conciencia como certidumbres que se oponen a la marea de simplificaciones y reduccionismos características de los tiempos que vivimos. Una de ellas, propia de la que se ha llamado la arquitectura del espectáculo, ve al ingeniero como una especie de traductor pasivo en términos técnicos de las ideas elevadas e inspiradoras del arquitecto; situándose en el polo opuesto otra que se cultiva en los países más atrasados o con menos tradición arquitectónica –como es el caso de Venezuela– según la cual el arquitecto es una especie de embellecedor, siempre suave y amanerado, de las ideas recias y realistas de un ingeniero que deberá tener siempre el control sobre lo que debe hacerse.

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Komendant y Jesús Tenreiro en mi casa. Probablemente en 1985.

A Komendant no era posible encasillarlo entre esos dos extremos. Desde el manejo de los primeros esquemas, su papel era extremadamente activo en la definición del camino a seguir. No asumía un papel rector imponiendo soluciones, sino que actuaba a la manera de un pastor que evitaba que las ovejas –llamando así a las ideas que están en juego al comienzo de todo trabajo– se descarriaran fuera del espacio de lo racional y justificable desde su perspectiva de ingeniero. Con la particularidad de que en él lo racional y lo justificable se afirmaban en una amplísima y variada experiencia y un manejo técnico de primera mano, recortados sobre el telón de fondo de un conjunto de principios éticos nacidos de su convicción de que estructura y arquitectura son inseparables y que la concepción de la arquitectura debe incluir siempre principios estructurales y constructivos firmes. Para él, entre los atributos de la arquitectura perdurable están los que atañen a la estructura y su construcción: no hay gran arquitectura que no atienda y dé respuesta apropiada y meritoria a las necesidades constructivas. Para él la arquitectura adquiría su dimensión más alta si respondía, al unísono con sus respuestas a necesidades y aspiraciones materiales y poéticas –estéticas– a las demandas y exigencias del ámbito de lo constructivo, entre las cuales siempre incluía, junto al rigor técnico, a la eficiencia y la economía. Y lo defendía buscando superar lo rutinario, situándose fuera de la zona de confort fundada en el camino ya recorrido, porque Komendant amaba la innovación, aceptaba el riesgo, quería ir más allá de lo que estaba asegurado por la repetición acrítica de lo que otros –o él mismo– habían hecho ya. Y sin embargo rechazaba la arbitrariedad, las decisiones basadas en caprichos o impulsos individuales.

Esa visión, que coincidía ampliándola y enriqueciéndola con la que comenzaba a desarrollarse en mi conciencia de ser arquitecto, estaba sin duda enraizada en el Movimiento Moderno, algo de lo cual Komendant no necesariamente era consciente, debido a que, más que una actitud intelectual, surgía en él de la práctica: de su manera natural de asumir la disciplina. Y no está demás decir que las tesis del posmodernismo, que ya tomaban forma cuando tuve el privilegio de trabajar con él, alimentaron una visión contraria defendida aún hoy, según la cual las necesidades artísticas –personales: el estilo propio– se imponen sobre la racionalidad constructiva. Postura que obligó a aplicar el adjetivo tectónico a la arquitectura como la veía Komendant y seguimos viéndola muchos, hasta dar la impresión de que la verdadera arquitectura –sin adjetivos– es la que admite el juego de los caprichos y las inspiraciones más o menos arbitrarias dictadas por la búsqueda de la novedad. O por una falsa idea de la creatividad o de los contenidos artísticos de la disciplina.

Komendant, el recientemente fallecido “Flaco” Alvarez y mi persona en la galería del Consulado de Vzla. en Nueva York el 10 de Abril de 1986, en la apertura de la exposición que organizamos “Graphics on Venezuelan Architecture”

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Ya he escrito en este mismo Blog y quienes me conocen de cerca me lo han oído más de una vez, que Komendant me cedió los derechos de la traducción al español y la edición del libro Dieciocho años con el arquitecto Luis Kahn que publicó en 1975, un año después de la muerte de Kahn, el cual es un examen de las circunstancias y experiencias que tuvo como participante en la concepción de las obras maestras de un arquitecto esencial: el último maestro del siglo veinte. Fue posible la traducción gracias al patrocinio y financiamiento del Colegio de Arquitectos de Galicia, institución que respaldó los esfuerzos del colega gallego Carlos Pita hasta hacer posible la salida del libro en 2001. Pocos lo conocen aquí en nuestro país porque fue imposible que nuestra Facultad se interesase en divulgarlo, pero tiene el mérito de hacer accesible al espacio de nuestro idioma una útil herramienta para comprender mejor la naturaleza de las relaciones entre dos personas excepcionales, compensando este las deficiencias de aquel y viceversa, y sobre todo las distintas y contradictorias facetas –porque el recuento de Komendant es sincero y no oculta lo problemático– que se presentan en el proceso de hacer realidad una arquitectura que supera lo rutinario y aspira a la permanencia. Es una contribución clave a la tarea de ampliar y profundizar el conocimiento de nuestra disciplina, despojándola del aura de coto cerrado dominado por los impulsos y las chispas creativas, alejado de la comprensión general.

Portada del libro “18 años con el arquitecto Luis Kahn” en español. Publicado en 2001.

Porque es necesario y siempre conveniente, lo he dicho muchas veces a propósito de este libro, ver a alguien digno de especial admiración, aquí Luis Kahn, como una persona común en el sentido de que lo afectan, como nos afectan a todos, períodos difíciles de desencuentro consigo mismo, dudas respecto a lo que debe hacer, o inseguridades originadas en fluctuaciones del ánimo. Ese papel tan esencial lo cumple con creces este libro el cual por otra parte pone en primer plano, al desentrañar la colaboración entre dos personalidades que son referenciales, la importancia de lo personal como oposición al anonimato típico de las grandes empresas de consulting que ya comenzaban a copar la escena en los años ochenta del siglo pasado y que hoy parecen haberse impuesto. La calidad de los resultados expresada en edificios como las Torres Médicas de Filadelfia (1957-61), los Laboratorios Salk en La Jolla, California  (1959-65) o el Museo Kimbell en Dallas Fort Worth (1967-72), todos ellos de valor patrimonial universal, son una reivindicación del diálogo personal entre responsables, el mejor antídoto contra la imagen del arquitecto genial y aspaventoso, dueño único de un lenguaje que se impone por encima de todo otro criterio en la configuración de la forma final del edificio.

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La importancia del diálogo interpersonal viene a ser uno de los mensajes que deja la entrevista que le hice a Komendant en Enero de 1985 –hace más de treinta y cuatro años– en su casa de Upper Montclair New Jersey, la cual incluí en la traducción española. Aún conservo la grabación en un cassette que decidí donar al Museo de Arquitectura de Estonia, pero fue necesario digitalizarla llevándola al formato de audio mp3 para quedarme con una copia antes de entregársela al curador visitante. Debí pues oírla de nuevo recordando y reviviendo algunas de las cosas de mayor importancia que aprendí de este hombre que tuve el privilegio de tratar de modo muy personal y con quien tuve experiencias venezolanas de mucho peso en mi vida profesional. El trabajo que originó nuestro contacto personal, que fue el Terminal de Transporte y Mercancías en los terrenos de la actual Mersifrica (1975), sólo llegó hasta Anteproyecto y se lo tragó el juego político, así como se tragó al proyecto de la Galería de Arte Nacional en Caño Amarillo –lo que iba a ser el Parque Cultural de Caracas (1980)– en este caso sumándose al oportunismo de colegas de cuyo nombre es mejor no acordarse. Hubo sin embargo otras oportunidades entre las cuales destacan la Plaza Bicentenario y el Teatro del Oeste (1981), edificios que pese a su destino desigual y también en gran medida difícil, se hicieron realidad parcial. Uno de ellos, el Teatro, muy fragmentariamente, y la Plaza, aunque castigada por la indiferencia y el deterioro típicos del poder público venezolano no pierdo la expectativa de verla algún día rescatada e integrada a los espacios públicos a disposición de los habitantes de Caracas, tal como fue concebida.

Primera Etapa (reconstrucción reciente en 3D-en gris claro las etapas sucesivas) del Terminal de Transporte y Mercancías con comercio y oficinas, propuesto en los terrenos del Mercado Mayorista de Coche

Corte fugado del módulo base del terminal. Es una estructura de vigas Vierendeel de concreto postensado.

La Plaza Bicentenario, junto a Miraflores, en 1986.

Komendant en visita de obra a la Plaza Bicentenario a fines de 1982, en diálogo con los ingenieros Martín Meiser (fallecido hace unos tres años) y Andrés Prypcham

Corte Fugado del Teatro del Oeste- Versión inicial

Lo que se construyó del Teatro del Oeste en lo que iba a ser el corazón del Parque Cultural de Caracas-Caño Amarillo

Lo que iba a ser el Parque Cultural de Caracas. A la izq. arriba la Plaza Bicentenario junto a Miraflores; a la derecha, diagonal a la estación del Metro la Galería de Arte Nacional y el Teatro del Oeste junto a la Quinta Santa Inés en cuyo lado izquierdo se ubicaba la escuela de Artes Plásticas Armando Reverón cuyo proyecto completo fue autoría de Henrique Hernández y Jesús Tenreiro. Hacia la derecha puede verse en “La Planicie” el Museo de Historia Militar. Abajo, parcialmente en los derechos de aire del Metro, un desarrollo de vivienda. Fue este un parque activo para Caracas, sueño truncado por la ambición política y el oportunismo.

En todo caso, este volver a vivir lo experimentado en carne propia, me lleva a ocuparme durante un par de entradas próximas en este blog, de completar mi testimonio de discípulo que habla de uno de sus maestros mediante algunas observaciones de carácter estrictamente personal que pueden serle útiles a otros para la tarea de comprender mejor la letra pequeña –que muchas veces se hace grande si bien un poco oculta– en la descripción de los procesos característicos de nuestra disciplina.

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Tarea por cierto, la de ser útil a otros, que es una de las finalidades de la publicación del libro que presentamos este próximo Viernes a las cinco de la tarde, sobre mi trabajo y aspectos de un modo de ver las cosas, el cual lleva el título Todo llega al mar, libro que fue publicado –ya lo he dicho aquí– por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valencia, España, y podrá estar a disposición de los interesados aquí en Venezuela, precisamente a partir de este 20 de Septiembre.

El libro es antológico, abarca más de cincuenta años de ejercicio. Eso lo hizo grande y profuso: tiene 421 páginas y 800 y tantas ilustraciones. Su presentación permitirá, aparte de llevar al conocimiento de los presentes los aspectos más o menos anecdóticos que condujeron a la publicación, oír las reflexiones del colega Enrique Larrañaga, las palabras que envió desde Valencia el colega español José María Lozano, y la visión que desde la ingeniería aportará mi hijo Esteban Tenreiro-Picón, además de unas palabras finales a mi cargo. Junto con ello explicaremos el proceso que se seguirá para adquirir los ejemplares que podrán ser vendidos (los de la edición actual tienen carácter no venal).