(4) OCHENTA

Oscar Tenreiro

 El pasado doce de este mes de Noviembre llegué a la cifra que oficialmente me convierte en un hombre viejo: ochenta años. Y aparte de las felicitaciones y un par de encuentros con la familia, pocos porque la mía, como todas las familias venezolanas de estos tiempos, está diseminada por el mundo y porque pareciera que a la alegría de vivir la ha sustituido la lucha por sobrevivir, estuve dándole vueltas a la idea de hablar sobre lo que representa para mí haber adquirido esta especie de certificado de vida larga que es ser octogenario. Y dado que me encuentro ordenando mis escritos con la idea de una publicación complementaria a Todo Llega al Mar, me tropecé con lo que escribí y publiqué en El Diario de Caracas el 14 de Noviembre de 1993 cuando celebraba haber cumplido cincuenta y cuatro años, es decir, hace veintiséis años. Lo titulé Entre sentimentalismos porque ya en ese entonces despuntaba en mi ánimo una recurrencia sostenida y podría decir cultivada (que se me ha hecho intensa en estos últimos años) a dejarme llevar por el sentimiento, dándole a esta palabra el segundo significado que le da la Real Academia: estado afectivo del ánimo, al cual agrego como complemento el de la palabra ánimo: Alma o espíritu en cuanto principio de la actividad humana. O sea que sentimentalismo sería entregarse a los afectos, a los principios del espíritu, no el ponerse cursipara usar la palabra venezolana– dulzón y sensiblero, rasgos que los anglosajones achacan al proceder latino.

Sea como sea, tanto hace veintiséis años como ahora, en tiempo de cumpleaños me muevo entre sentimentalismos.

Y aquí va lo que escribí entonces:

Hoy llego a los 54 años, escribo el 12, y como todo el mundo en su día aniversario, me pongo sentimental. El sentimentalismo es un defecto, parece ser. O mejor aún, algo así como una contradicción que nos puede llevar a derramar lágrimas por alguna nimiedad que dispara asociaciones íntimas que nada significan para los demás, mientras permanecemos insensibles ante asuntos de verdadera trascendencia. Es famosa la anécdota, cierta o no, que corre sobre Nietzsche durante sus semanas previas a la locura total: en una calle de Turín se abrazó desesperado, envuelto en un llanto inconsolable, a un caballo callejero que había sido golpeado por su propietario, ante la sorpresa y la parálisis de los transeúntes. El, el hombre que ha sido visto injustamente como una especie de poseso que anunció la muerte de Dios, parecía no poder resistir el sufrimiento del jamelgo. Un asalto de sentimentalismo sin duda. Por cierto muy alemán. Los mismos alemanes lo han denunciado siempre como defecto nacional.

Me pongo sentimental en las mañanas (me deprimo los domingos en la tarde), y por eso me deshice en efusiones cuando me llamó desde lejos mi hijo mayor, el primogénito.

Cuestión misteriosa ésta la del primer hijo. No todos somos primogénitos pero sí podemos proyectarnos en uno, así que lo que no recibimos por ese particular azar lo podemos dar por recibido en el hijo, o la hija, mayor. Reviví al oír su voz la noche de su nacimiento –no había cumplido yo los 22– cuando lo que oí fue su llanto desde una estancia cercana al sitio del alumbramiento. Si, sucumbí al sentimentalismo así como sucumbo ahora exponiendo estas intimidades en un diario, instrumento de comunicación, que nuestro admirado Le Corbusier señalaba como tema de un solo día destinado al cesto o a evitar que el piso se salpique de pintura. Son los libros lo que importa decía él precisamente en una entrevista periodística, pocos años antes de su muerte. Y tenia razón, pero aquí estamos de todos modos. Por motivos psicológicos, pero acompañados de la certeza de que a través del ejercicio de la escritura uno se obliga a ordenar el mundo que todos llevamos dentro en una cierta secuencia que va desde lo íntimo a encontrarnos con los otros. Que es una necesidad, de ello no me cabe ninguna duda, especialmente en situaciones como las que aquí vivimos donde tantas cosas se pierden en el parejo sentimentalismo del saludo efusivo o la convivencia festiva, todo bien chévere, pero evitando cualquier solidaridad que no sea politiquera, es decir asociada al poder o al disfrute de alguna posición. Nada de ponerse serio o trascendente ¡qué ladilla! la cuestión es el chistecito o el ingenio sifrino-intelectual. O sentarse bien rociado de espíritu a discurrir inteligentemente sobre todo lo que pasa, hasta de las propias frustraciones. Muy cultamente, muy densamente, muy argumentadamente pero sin que se plantee, al menos de manera consciente, alguna ascesis, alguna disciplina sistemática que no esté prometiendo retribución inmediata como la que ofrecen los tópicos que mejor circulan en los medios cultivados. Cosas buenas, por cierto, como la energía, o esas flores curativas, o el daily workout, pero que no alcanzan a sustituir el vínculo personal que quiere prolongarse en los que nos rodean con un mundo trascendente que al menos en nuestra cultura, nos pide presencia. Testimonio. Noción judeo-cristiana ciertamente, y a la vez motor de todo lo que vale la pena.

Claro está, podemos rechazar ese llamado al encuentro con los que nos rodean en nombre de una particular afiliación, o también de una ascesis pero dirigida hacia la propia  tranquilidad que se piensa parecida a la del monje o del anacoreta que se retira en soledad. Pero estos gestos, en su aparente condición de renuncia, son más bien reclamos al espíritu gregario que quieren destacar por contraste, con disciplinas a ratos inhumanas, lo que en realidad cuenta. Gesto muy distinto al del tibio que ve las cosas desde fuera.

II

Y a tono con el sentimentalismo nos viene una fantasía de confesión. No demasiado íntima sino mucho más liviana y aproximada al tono festivo que recién acabo de criticar. Porque uno se contradice, a Dios gracias, para mantenerse vivo. Y ya nos autorizó Borges a hacerlo sin cargos de conciencia. Confesar por ejemplo que a estas alturas de mi edad pienso que lo mejor de vivir aquí son las mujeres. Lo digo en múltiples sentidos, desde el sociológico que reconoce desvelos y sacrificios impuestos por situaciones y atavismos, hasta el epidérmico (o profundo) del enamoramiento imaginario, tan bellamente descrito por Proust. Que dura el tiempo que le toma a una puerta de ascensor abrirse y cerrarse, o a la mujer-imagen pasar de una acera a otra mientras la contemplamos detenidos por el semáforo. Enamoramiento que afecta a todo hombre, hasta a mi hijo Juan, de siete años, que al ver a la bella adolescente que trota todas estas mañanas por la subida a Los Pomelos exclamó: La vi y me enamoré enseguida. Al que se refiere también Nietzsche, sentimental, comparando esas mujeres con un blanco velero que cruza el horizonte: deseamos estar en él pero desaparece junto a nuestra nostalgia.

Hay que hacer exclusiones: mujeres de celular y voluntad exitosa, aspirantes a gerencias generales o a objeto, tías regañonas o burócratas convencidas, y a las que se toman demasiado en serio la condición profesional. Pero incluyo a todas las demás capaces de dulzura, que se saben dueñas del secreto de lo que en verdad importa en la vida: reconciliar, conectar, vincular, cultivar el silencio, vivir hacia dentro; ser, como dijo Robert Graves en un poema. Mujeres de coraje. Que saben darnos la mano. Y que comparten la belleza equívoca del mestizaje de sangre o de cultura. Han estado en mi vida mujeres así y me parecen naturales sólo de este lugar del mundo. Madres, hijas (de distintos tipos), y una esposa que no se llama Elsa como el poema de Aragon, pero podría decirle estos dos versos: He aquí que hace ya veinte años que soy esta sombra a tus pies / un fiel perro negro que gira en torno a tus talones.

Tuve razón cuando le dije a aquel alemán viajero: quédate aquí y encontrarás una mujer.

III

Acúsome padre también de haber tenido la fantasía de emigrar. Para deshacerme de tanta irracionalidad. Para poner las ganas de hacer en tareas más elevadas que las que con frecuencia exige un medio agresivo y difícil que parece no dar cuartel. Y te agobia continuamente con necedades más necedades que las necedades que agobian en todas partes. Entre ellas tus propias necedades que se potencian entre tanta necedad. Fantasía que compartí con muchos amigos y hasta con mis hijos menos dados que un cincuentón a aceptar el valor de lo sentimental: cariños, amores, lugares, temperaturas, modos de decir, sabores, talantes, enemistades, sábados en la mañana entre montañas. Que cuando tuve su misma edad me llevó a seleccionar un trozo de Unamuno quejumbroso para tomarlo como una especie de bandera para justificar la idea de hombre sin patria definida. Hay hombres, quizás pueblos enteros, incapaces de vivir hasta el fondo del alma, decía en su estilo tremendista el gran vasco. Y yo pensaba en lo que me parecía aridez espiritual del medio en que me formé, sin ser capaz de percibir otras señales, sin darme cuenta de las otras caras. Con la sensación de que mis inquietudes no podrían encontrar lugar propicio entre los amigos que había dejado al salir, beca bajo el brazo.

Y bien que estaba equivocado. Ahora no podría pensar en arraigarme en otra parte. Primero, porque siete hijos son suficiente raíz. Segundo, porque no concibo un aire como el de mi casa, a la que hice y rehice pensando que nada hay mejor para quien ama construir que poseer un lugar. Colonizarlo, delimitarlo, encuadrarlo, centrarlo, colorearlo. Nada hay como el placer de salir cada mañana a un lugar familiar y sentir impulsos de agradecimiento. Tercero porque me he habituado a un clima que no amenaza, que es en general nuestro amigo mientras no se ponga demasiado lluvioso. También a no temerle al Norte, a esos vientos y borrascas amenazantes que descienden oscuros descargando fríos y prestándose a tantas analogías como las que exploró el joven Jeanneret en su Viaje a Oriente. Al goce de un mar que no te hace tiritar, que es azul y claro, con un sol inagotable y alisios tercos. A tantos parajes que van marcando los recuerdos. Y cuarto, porque a pesar de todo, por encima de fracasos pequeños y grandes, sigo creyendo que aquí están todas las posibilidades de poner a prueba lo que mejor mueve nuestro ánimo: construir, pensar en construir.

IV

Acúsome también de haber dudado del sentido de lo que llamamos enseñar. De pensar que no valía la pena reunirme con gente más joven para abordar las dificultades de un oficio. Porque hoy cuando ya son unos cuantos los estudiantes con los que hemos convivido, pensamos que pocas cosas hay mejores, pese a incomodidades y ocasionales sobresaltos. La opacidad de ciertas tardes de Facultad no evita que ocurran descubrimientos, estímulos, encuentros, que se cultiven amistades, y sobre todo que busque su lugar alguna palabra, sugerencia, imposición o vehemencia, que se hace mensaje útil. Y además siempre nos ha sido grato estar rodeado de gente dispuesta, sinónimo de juventud, que no economiza entusiasmo y mantiene una alegría capaz de neutralizar la tendencia a la tristeza que suponemos compañera inseparable de lo que los anglosajones llaman midlife. Tal como leía estos días pasados en el libro de Julius Posener sobre el gran arquitecto alemán Hans Poelzig: todo profesor es como un actor. Uno llega al ámbito del Taller, sobre todo en las tardes de Seminario (una vez por semana) y se prepara a actuar. Se discurre, se argumenta, se deja lugar a dosificados excesos y se va dando un clima de comunicación entre una audiencia dispuesta y alguien que en ese momento quiere abrir paso al pensamiento. Es un bonito ejercicio que termina por alivianarnos de alguna ansiedad, y acaso deja lugar a que alguno de los oyentes guarde de esa tarde un gesto o una palabra que lo acerque a sus propias motivaciones.

Y ya no queda espacio para más confesiones.

Ni tiempo, debo apagar las velas.

**********

Hasta aquí lo dicho tiempo atrás. Me sorprendió lo actual que resulta para el hombre que soy hoy, a pesar de que ciertas cosas las diría de otro modo, evitaría algunas generalizaciones y pondría unas cuantas cosas más. Pero el tono general del escrito es el mismo de mis reflexiones de hoy y por eso lo revivo. Algunas de las cuales podrían verse como crepusculares, como pesimistas, pero que son más bien  incomodidades, por ejemplo respecto a algunas cosas venezolanas que no ceso de pensar –y de cuando en cuando decir– que están en el origen de la tragedia que estamos viviendo. Porque lo que hoy pasa es responsabilidad de todos, no sólo de ellos.

Y también agregaría algo que en ese momento dejé de advertir: la presencia permanente de esa especie de caldo espeso de emociones, encuentros, desencuentros, distancias, cercanías, afectos, distinciones, controversias, estímulos, tristezas y alegrías que es el mundo familiar. Me veo con frecuencia, de una manera como nunca me habría visto de cincuentón, ahora cuando –creo– todo me va llevando hacia lo esencial, como si fuese un prisionero de lo que en ese mundo se dirime, se resuelve o se suspende, se descubre o se esconde, se mueve o se detiene. Ahora al escribir estas cosas levantándome a deshoras para terminar de decir lo que quería decir, no puedo sino asombrarme de la variedad de los afectos (hablo del afecto en términos psicológicos como los sentimientos experimentados subjetivamente) que aparecen y desaparecen, se cultivan o se ignoran, se reconocen o se soslayan, en el espacio psíquico que puede decirse que es la familia. Como esa familia es grande y con mis siete hijos contribuí a hacerla mayor, a ratos me aturde y me confunde –¡sí, me confunde!– percibir la gran variedad de estímulos que de ella provienen. Y adquiere así un valor nuevo, hoy tan olvidado, tan ausente de ciertos lugares del mundo que pese a los avances, las riquezas, lo único que parecieran prodigar es la soledad, la frase bíblica que todos hemos escuchado: Creced y multiplicaos. Mejor no olvidarla.

¿Amanecerá para todos los venezolanos? (Caracas desde Los Aromos, Alto Hatillo, seis de la mañana, 17 de Noviembre de 2019).

 

 

 

 

 

 

(3) ANTONIO OCHOA-PICCARDO

Oscar Tenreiro

Hay otro libro editado recientemente acerca del trabajo de un arquitecto venezolano al cual quiero dedicarle algunos comentarios que resumen y amplían las distintas cosas que dije tanto de él como de su autor en la presentación pública, que tuvo lugar el pasado Sábado 21 de septiembre en la sede de la Fundación Herrera Luque, Plaza de Los Palos Grandes. Palabras que en mi caso (acompañé a la periodista Angela Oráa y al colega Enrique Larrañaga), tuvieron un sesgo especial porque Antonio Ochoa Piccardo fue mi alumno en la Escuela de Arquitectura de la UCV, esa Universidad nuestra que resiste al acoso de la dictadura, el Alma Mater de tantos venezolanos comprometidos con el celo y el rigor de su disciplina. Y también es mi amigo pese a la diferencia de edad. Conozco y aprecio mucho a su familia y hemos mantenido un contacto cercano y estimulante a través de largos años.

Antonio ha trabajado en China, en Beijing para ser más exactos, durante los últimos casi-treinta años –desde 1993– y es allí donde ha logrado ir haciendo realidad sus talentos y algunas de sus expectativas como arquitecto. Y digo algunas porque los arquitectos, como todo ser humano, nunca realizan sus expectativas. Nació en 1956 en Julio, 63 años, hijo de Víctor José Ochoa y Sara Piccardo.

Víctor José, quien falleció el primero de Octubre de 2018, fue en su juventud un dirigente político muy activo de las izquierdas radicales (si bien fue miembro de un partido moderado que era URD–Unión Republicana Democrática) y precisamente a raíz de ello debió tomar el camino del exilio (a China porque Víctor José tenía relación con ese país) en 1967, iniciándose así para sus hijos, que son cuatro incluyendo a Antonio (Víctor, él, Adolfo y Sara), una experiencia de vida que tuvo a China y sus embrujos milenarios en el centro de la vida de estos muchachos venezolanos. A ello se refiere él en una parte del libro, y hace notar que llegaron a Beijing en medio del complejo y en muchos sentidos perverso proceso –perversidad que él señala– que fue La Revolución Cultural, lanzado por Mao en todos los rincones de su país.

**********

De qué modo conformó la personalidad de los hijos la experiencia, y cuál fue en el caso de Antonio la influencia que ella tuvo en su modo de ver las cosas y entre ellas la arquitectura, queda para especular, pero lo que sí es evidente es que parte importante de su infancia transcurrió en un ambiente singular, completamente alejado geográfica y culturalmente del de su país natal y en circunstancias especiales que resultan muy llamativas y Antonio rememora en una parte del libro. Si bastara un ejemplo para disparar la reflexión sobre el tema, baste decir que en una determinada etapa de su estancia allá, él y sus hermanos siguieron la rutina de los laodong, períodos de reforma personal por el trabajo previstos por la Revolución Cultural, tiempo en el cual, relata en el texto, regresaban del campo o iban a él a hacer labores, cantando junto a otros niños canciones revolucionarias, las cuales mientras más fuerte las cantaran mejor eran valorados por los que dirigían la actividad. O sea que en lugar de cantar venid y vamos todos con flores a María, como por ejemplo cantaba yo en mi infancia, Antonio cantaba canciones prescritas por el Partido Comunista Chino.

Pero ni Antonio, ni dos de sus hermanos que conozco mejor, iban a convertirse en adalides de la China de Mao, sino que más bien con el tiempo, y a distancia de su padre, han resultado conciencias despiertas ante los aspectos más dañinos de la visión totalitaria y las estridentes fallas del socialismo real y particularmente del Estado Vigilante que es la China actual. Lo cual permite destacar que lo que ejerció influencia duradera en ellos, mucho más que la ideologización, fue en realidad la cultura china y la manera china de estar en el mundo, lo cual llevó a Antonio a regresar e instalarse como arquitecto en Beijing en 1993, reanudando el contacto interrumpido cuando toda la familia regresó del exilio a Venezuela en 1970 y quedándose hasta cuando hace poco se estableció en Madrid manteniendo activa su oficina de Beijing.

Mucho antes que Antonio hubiese decidido regresar a China, su hermano mayor Víctor, quien por un período breve había sido mi estudiante –mucho más de mi hermano Jesús– en Caracas, a fines de los setenta, a la altura del segundo año de carrera, se fue en busca del embrujo chino–como se me antoja llamar la atracción que sentía por el lejanísimo Oriente– para terminar Arquitectura allá, radicarse en Beijing, aprender a hablar el mandarín a la perfección y hacerse chino podría decirse, tan fuertes fueron los nexos personales que estableció. Cuestión que al Estado Chino poca mella le hace porque al cumplir Víctor sesenta años las regulaciones para extranjeros le quitaron la autorización para trabajar bajo contrato, lo cual lo forzó, a pesar de sus cuarenta años de residencia, a salir de China. El desastre venezolano se opuso a sus deseos de radicarse aquí de nuevo, y siempre deseando mantener el contacto con China aún fuese como visitante, se trasladó a Kuala Lumpur, Malasia, donde ahora vive.

Como puede verse pues, los esfuerzos educativos de Víctor José padre tuvieron éxito, no en el sentido ideológico-político que él presumiblemente imaginaba, sino en cuanto a la búsqueda de un contexto más amplio, nutrido por una cultura y un modo de vivir, que les permitiera crecer como personas: todos sus hijos varones tuvieron fuerte relación con China, porque incluso el tercero, Adolfo, vivió seis años en Beijing y dos en Shanghai completando sus estudios de medicina. Hoy ejerce como Anestesiólogo en Caracas. Y esa experiencia de un padre como él puede servirnos de ejemplo a otros padres porque nos dice que lo que más vale de las relaciones padre e hijo son los contenidos éticos –en Víctor padre el deseo de formar a sus hijos, de no dejarlos derivar en el tumulto general– y mucho menos el señalarle una dirección precisa a esa formación.

Antonio Ochoa-Piccardo el día de la inauguración de la Plaza Bicentenario, cuando esta era una promesa.

**********

El libro, si me tocara definirlo en una frase, es una explosión de imágenes, mayoritariamente de trabajos de diseño interior tanto en Beijing como en otras ciudades chinas. También incluye renderings de concursos o encargos no realizados. Son imágenes potentes, que revelan el deseo de crear atmósferas mediante el predominio de un color determinado o con combinaciones de fuertes contrastes, asociadas a grafismos o sinuosidades en paredes, techos y pisos; y en algunos casos introduciendo objetos: cáscaras que definen sub-espacios dentro del espacio general, plafones que nacen desde el suelo o a media altura, o volúmenes de formas libres que presumiblemente rodean elementos estructurales o canalizaciones técnicas, dando a los recintos un particular dinamismo que pudiera caracterizarse como un modo de expresión personal. Siguiendo una idea que el mismo Antonio expresa personalmente, la intención fue mostrar las imágenes paseando al observador por ellas, como un coffee-table book, llevándolo de un proyecto a otro sin establecer diferencias claras entre ellos –ni siquiera cronológicas porque un mismo proyecto se incluye en páginas separadas– e identificándolos sólo en un índice fotográfico al final del libro. Se entiende así que la intención es conectar a quien recorre las imágenes con un universo estético unitario que no depende tanto de las exigencias del proyecto como de las intenciones del proyectista. Un universo en el cual los materiales, el color y las texturas –señalados como secciones del libro, como también el espacio– son las herramientas esenciales que se utilizan para definir lo que corresponde a las necesidades prácticas, dejando deliberadamente en un segundo plano hasta el punto que ni siquiera se enumeran, la descripción de estas. Lo cual permite pensar que se nos está diciendo con este libro, o mejor dicho con el trabajo de Antonio Ochoa, que el diseño interior es antes que un ejercicio práctico de distribución de actividades en un recinto, una oportunidad para una búsqueda plástica visual y táctil que sin embargo responde a exigencias sobre todo utilitarias.

**********

La explosión de imágenes, si se quiere aprender de ella, exige escoger preferencias. En mi caso aquí las menciono, advirtiendo que no estoy excluyendo sino señalando.

Comienzo con un trabajo de arquitectura que desde que lo conocí –sólo por fotos porque cuando mi única visita a Beijing en 1999 no estaba construido, ni siquiera proyectado– me impresionó especialmente. Es la única experiencia de arquitectura del proyecto a la construcción incluida en el libro, y por eso mismo, por su valor como statement arquitectónico, impulsa a desear que Antonio pueda construir durante muchos años más.  Porque la Cantilever House (2002), como se llama, que forma parte de un conjunto de casas construidas cerca de la Muralla China en Beijing (el nombre del conjunto es Comuna de la Gran Muralla) es una obra muy interesante. No sólo tiene la nada común virtud de situarse en el paisaje inmediato de un modo no sólo correcto sino impecable, apenas modificando la topografía y dejando que la pendiente pasea través de ella, sino que su volumen, su color contrastante con el entorno, ejerce como contrapunto naturaldel verdor de su entorno. Además, sus generosas terrazas-balcones son casi un manifiesto tropical en una ciudad donde ellas escasean tal vez por los rigores climáticos, tal vez por las herencias, tal vez por los temores chinos, que los hay y muchos, todos atributos –y otros que no menciono– que hacen de esta casa, de lejos, la mejor de las que se construyeron en la Comuna. Sin que sea ocioso mencionar que entre los arquitectos que en ella participaron –cada uno una casa– hay unos cuantos que se han convertido en celebridades (vale mencionar por ejemplo a Shigeru Ban, el japonés Premio Pritzker), circunstancia que permite recurrir al adagio que nos dice que más vale caer en gracia que ser gracioso, tan aplicable al juego de celebridades en el que participan los países poderosos. Juego sobre todo mediático al cual, debo decirlo, por su vaciedad y superficialidad, le presto mínima atención.

La Casa “Cantilever House” parte de la Comuna de la Gran Muralla, en Beijing. Doble página del libro.

El gran balcón de la casa: un “statement” personal y cultural.

**********

Uno de los trabajos mostrados es la sede de la Corporación Changyou, del 2014. Antonio no tuvo intervención en la arquitectura sino en los interiores: el edificio fue adquirido como obra gris. Según me explicó verbalmente (echo de menos en el libro ese tipo de explicaciones, al igual que planos o diagramas) Antonio hizo que la relación de las áreas de trabajo con el exterior se efectuara, por decirlo así, desde un territorio interno y no desde la fachada, creando algo como un segundo edificio, separado de la fachada por un espacio de circulación, identificándolo de modo claro y fuerte con un color distintivo aplicado en muebles, estructura, alfombras, conductos etc. Rasgo que se hace evidente sobre todo de noche, como lo muestra la impresionante la fotografía nocturna que se incluye y aquí vemos.

La sede de la Corporación Changyou, los interiores son obra de Antonio. Un manejo impactante del color que se percibe sin artificios desde fuera.

El gimnasio. Aquí el verde es el motivo.

 

El Kindergarten Muffy de 2011 también me interesó, sobre todo por el juego gráfico, aplicado en elementos que emergen de la fachada como franjas verticales superpuestas a ella, de color su revestimiento de mosaico de cerámica llegando a crear lo que pudiera llamarse un arcoíris petrificado cuyos tonos se repiten en superficies y rincones del edificio.

El Kindergarten Muffy. El edificio existía y fue intervenido interna y externamente.

**********

Y en clave más modesta por sus menores dimensiones destaco tres trabajos.

El Restaurant Garden of Delights en Beijing, del cual fue socio el arquitecto.  Se organiza en un difícil espacio largo y estrecho correspondiente al retiro de un edificio. El techo es una bóveda de medio punto de madera construida con durmientes de producción industrial, que sirve de encofrado a un sandwich de poliestireno y mortero con malla metálica. La bóveda se interrumpe regularmente por láminas traslúcidas de policarbonato también de perfil cilíndrico que dejan entrar la luz natural y son a la vez  fuente de  luz artificial.  El color se relega aquí a ciertos sitios,  los sanitarios por ejemplo,  dándole más bien protagonismo al mobiliario y a la madera –bóveda, paredes y piso– en búsqueda de calidez.   Un lugar muy especial que lamentablemente debió cerrar operaciones.

El restaurant Garden of Delights

El sanitario de Garden of Delights

En segundo lugar el Loft Cao Chang Di, un trabajo temprano, de 2006, con el cual me identifico tal vez por la forma como la estructura penetra, mostrándose, el techo falso de madera con sección en arco.

El Loft Cao Chang Di de 2006

Y en tercer término la casa Sampson´s Courtyard House, un trabajo que confieso me atrae fuertemente tal vez por tratarse de un tipo –la casa-patio– que he explorado personalmente y aquí está resuelto de modo soberbio. Se trata de una casa tradicional cuya hermosa, sencilla y mínima fachada externa es de piedra. El patio interno es alargado y estrecho, configuración muy típica en zonas urbanas de China. La fábrica estaba tan deteriorada que sólo se conservaron – me lo comunica Antonio porque no hay texto que lo diga– las paredes, siendo necesario reconstruir todo lo demás para lo cual se utilizó básicamente material de demoliciones, incluyendo la madera de la estructura del techo la cual se reconstruyó siguiendo modos de construcción tradicionales. Por su altura, por la dimensión de sus elementos y por su construcción muy tramada y llamativa, la estructura se hace protagonista de los espacios principales de la casa, contribuyendo a darle una atmósfera cálida, serena, muy hermosa. Al patio se le da un valor visual unitario rodeándolo de celosías de madera y además se lo altera con la atrevida inserción en él de la cocina, que lo divide en dos permitiendo además el paso protegido entre las alas a cada lado de él. La cocina tanto interna como externamente es de diseño industrial muy refinado, lo cual hace que contraste felizmente con las celosías.

La fachada de la Casa-Patio Sampson

Se reconstruyó la estructura del techo según pautas tradicionales con materiales de demolición.

La cocina, como objeto casi abstracto de factura industrial, irrumpe como contrapunto en el patio rodeado de celosías de madera.

Uno de los dos dormitorios. Madera y piedra.

**********

Para culminar esta descripción de preferencias, menciono a la Sala VIP del Museo de Planeamiento de Beijing (2004), en el cual paredes y techo se funden en un solo envoltorio de madera compuesto por delgadas láminas que se insertan a manera de tejas en un esqueleto como de cuadernas del casco de un barco, tejas que esconden a media altura del espacio lámparas que complementan la iluminación inserta en la cumbrera –la arista  más alta sobre la mesa central– solución que aparte de su atractivo visual garantiza una buena condición acústica. La mesa, foco principal del ambiente, es un diseño que revela conocimiento de las propiedades estructurales de la madera porque el tablero superior es un doble voladizo de canto particularmente esbelto, y su calidad de ejecución excepcional. En resumen se logró aquí un espacio visualmente muy rico a partir de componentes de diseño de muy difícil ejecución, facilitada ésta no sólo por el rigor constructivo chino, sino porque según Antonio le comunica al crítico chino Fang Zhenning en la entrevista inserta a lo largo del libro, fue posible utilizar un software CAD –Rhino– cuyo manejo estuvo a cargo de una colaboradora de origen británico que trabajó en este proyecto. Del cual puede decirse, en resumen, que por sí solo amerita ser publicado y conocido.

La sala VIP del Museo de Planeamiento de Beijing.

El plafón abovedado… ¡la mesa!

**********

Luego de este vuelo de pájaro sobre el contenido del libro, es necesario destacar que una de las virtudes de este joven –porque se es joven a los sesenta– arquitecto venezolano, es sin duda la modestia. Una modestia tranquila. Porque si cualquiera pudiera pensar al considerar que el libro fue publicado a sus expensas, que se trata del deseo de usarlo para gritar por encima de la muchedumbre, cuando se conoce el modo quieto como Antonio espera las reacciones de quien lo ve, sin ansiedad alguna, sólo dejando espacio para que cada quien considere lo que ve, queda claro que lo que ha deseado el autor es comunicarse, darle permanencia mediante la publicación a una experiencia ya larga que sin duda destaca por su singularidad, esperando del lector una reacción meditada, una palabra reflexiva.  Y digo yo por mi parte sin seguir especulando sobre la actitud del autor, que me alegra muy especialmente que un hijo de este país difícil deje de ser imitador y construya un lenguaje propio, cultive una visión estética y se mantenga firme hasta la realización de una obra sólida en un medio radicalmente distinto al que lo vio nacer. Medio que, si piensa uno que pese a esa presumible radicalidad ha permitido que un extranjero construya tan especiales cosas, pudiera ser que en el fondo no sea tan radicalmente distinto. Conviene dejarse espacio para pensar que el lejanísimo oriente no es en verdad tan lejano. Que pudiera estar más cerca de nosotros que aquellos geográficamente inmediatos. La historia de los Ochoa-Piccardo nos invita a considerarlo. Y después de todo, la obra de Antonio Ochoa, venezolano de pura cepa, ha sido construida  en esa lejanía.

**********

Y cierro con una acotación útil.

En la entrevista a la cual aludí antes, Antonio Ochoa hace distintas críticas, bien razonadas, a ciertos aspectos del modo como en China se ve, se practica y se debate la arquitectura. Críticas por cierto que los medios occidentales registran sólo de un modo muy leve, tal como si fuese delicado –o impertinente– ver lo que ocurre en China en tono distinto de la aquiescencia y la admiración acartonada –lo milenario, la sabiduría, lo legendario…– que se ha hecho típica de todo aquel que desde los países centrales se asoma al lejanísimo oriente. La cuestión es tan notoria que hace pensar que todo arquitecto (o crítico de arquitectura porque a ellos también les pasa) maneja sus opiniones sobre el ambiente chino con extremo cuidado no vaya a ser que sus opiniones le resten preferencias a la hora de una invitación, un homenaje, o una llamada a hacer un proyecto. Se hace gala pues de prudencia interesada, algo que siempre flota sobre la relación arquitecto-poder. Y los chinos tienen mucho poder, de eso no hay duda.

Es por ello que la sinceridad y agudeza con la cual Ochoa se expresa, diciendo cosas no complacientes, tiene un valor especial en cuanto revela honestidad intelectual, deseos de transparencia y muy especialmente algo que valoro en sumo grado: libertad para expresar puntos de vista sin el peso de lo políticamente correcto, sin temor a no ser tomado en cuenta o, más aún, sin el deseo de darse importancia como alguien plenamente integrado –que acepta todo de modo acrítico– a un contexto considerado exótico y que por ello mismo da imagen, da bomba como se dice en Venezuela. Está muy lejos su actitud de la de esos arquitectos estrellas que se pasean por el mundo como seres neutrales que solo hablan de sí mismos.

No voy a detallar las distintas opiniones con contenido crítico hacia el contexto chino que hace Antonio pero me quedo con dos: la que hace notar las arbitrarias y negativas transformaciones que sufrió el proyecto del Teatro de Ópera de Beijing de Paul Andreu (1938-2018) a manos de la burocracia arquitectónica, y el carácter puramente escenográfico-cosmético al cual fue reducido por esa misma burocracia el enorme envoltorio externo del Estadio Olímpico de Beijing –llamado el Birds Nest– de Herzog y De Meuron, que pasó de cumplir funciones estructurales a ser un costoso entramado metálico que oculta y aparenta. Reducciones o alteraciones que, en el caso de Andreu se conocieron sólo parcialmente casi como chismes; y en el del Estadio, presumiblemente por las razones que acabo de anotar, los arquitectos nunca las ventilaron públicamente.

A esa actitud de Antonio Ochoa hay que darle un valor especial. Es la de una persona libre de ataduras.

(2) ENCONTRARNOS

Oscar Tenreiro

Presentamos públicamente Todo Llega al Mar el pasado Viernes 20 de Septiembre. Ya he escrito antes sobre ese libro tan próximo a lo autobiográfico con imágenes de una arquitectura que quiso ser, junto a otra que cobró forma. Y sobre la importancia que tiene para mí y espero que tenga para quienes cercanos o lejanos han hecho objetivo importante de su vida del esfuerzo de construir, imaginar arquitectura o pensarla simplemente. Lo cual quiere decir que de alguna forma mi esperanza es que el libro sea una contribución a la tarea de ampliar los horizontes culturales de quienes vivimos aquí. Sin que deje de pensar en los que están más lejos, fronteras afuera, con quienes por encima de las diferencias de modos de vida, medios a la disposición, idioma y tantas otras cosas, compartimos aspiraciones y afanes.

Fue un momento que me conmovió por muchas razones. Una de ellas el impacto de las palabras de Enrique Larrañaga quien dijo cosas que si bien podría calificar de halagadoras, mucho más que eso y de un modo que me sorprende por lo inusitado –es por ello que me movieron emocionalmente– me enseñan a ver mejor mi conducta o mis obsesiones, me impulsan a la introspección. Efecto que también tuvieron pero por otros motivos, las palabras de mi hijo Esteban, ingeniero, promotor y constructor del lugar donde se realizó el acto (un pequeño hotel y sitio de eventos que llamó Verticem Space, proyectado por mí) quien siempre guiándose por el discurrir cronológico del libro, trasmitió de un modo muy natural las sensaciones y vivencias que a través de su desarrollo tuvo en algunas de las obras que aparecen en el libro, comentando cómo jugaba en los montones de arena de una de ellas –la casa Dib– mientras yo hacía la inspección, o contando lo que ante su curiosidad le dijo un obrero encargado del doblado de barras de acero en el sitio de obra de la Plaza Bicentenario. Y cuando digo por otros motivos me refiero a que sus palabras me hicieron ir hacia la relación padre-hijo y el modo como dejamos en nuestros hijos, sin estar conscientes de ello, ciertas huellas que se agrandan con el tiempo y se instalan en la memoria.

Y fueron también muy significativas, de modo diferente porque las orienta el punto de vista de un observador más alejado, las palabras que desde Valencia envió José María Lozano y esa tarde leyó Ramón Fermín, en las cuales este amigo entrañable de España hace comentarios que aluden a mis pasiones y mis inquietudes y se aventuran incluso a establecer conexiones muy sensibles que no puedo negar que me llegaron hondo. Y tiene Lozano además una fuerte comprensión del drama venezolano que hizo manifiesta al   expresar como cierre su solidaridad con nuestra lucha por recuperar la democracia.

**********

La ocasión se prestó, y así lo hice notar cuando cerré el acto e invité a examinar el libro, para hacer un llamado a ver esta acción de comunicar y testimoniar que es en definitiva Todo llega al Mar, como una realización en cierto modo colectiva, más que como un logro personal que alimenta un ego. Como un logro –lo sugerí al principio­– de la cultura arquitectónica venezolana, tan necesitada de pensamiento estructurador, de crónica reflexiva, de intentos para discernir sobre raíces y motivos. Me referí a lo que nos afecta a todos y que a menudo interfiere en las relaciones entre arquitectos: a los celos. Que están siempre en el origen de la mezquindad, ese defecto tan típicamente venezolano si examinamos someramente nuestra cortísima historia, presente de modo permanente en nuestro día a día impulsándonos a disminuir lo que no nos concierne directamente. Y dije entonces que desearía a esta altura de mi vida, cuando por razones de edad y considerando el momento que vive Venezuela no estoy robándole espacio a nadie en particular, pueda considerarse este libro con mente abierta y sin esas actitudes defensivas que parecen haber marcado aquí las relaciones entre arquitectos. Sobre todo en este momento tan difícil que vive el país, con una crisis económica única en su historia, la democracia usurpada, la situación general a niveles de catástrofe, criminales ejerciendo como dueños del Estado.

El acto fue en las terrazas de Verticem Space…un “espacio intermedio” que se abre hacia la lejanía de los Valles del Tuy

Otro aspecto de la reunión

Luis Polito al habla, Enrique Larrañaga, mi persona, Esteban Tenreiro y Ramón Fermín.

Enrique Larrañaga habla. Detrás de nosotros las colinas de la “Zona Protectora” de Caracas y más allá las que delimitan, azuladas, Los Valles del Tuy ¡20 de Septiembre de 2019!

**********

Ha sido necesario, a tono con las peculiaridades actuales de nuestro país, idear una forma para que la distribución no institucional del libro en Venezuela cuente con una reserva mínima de ejemplares. De la muy pequeña Primera Edición – ciento cincuenta ejemplares– me correspondió sólo una tercera parte que ya está medianamente comprometida, por lo cual hemos ideado un procedimiento para que los ejemplares en mi poder no se agoten y sean más bien parte de un fondo editorial rotativo que permite que cada adquisición financie la producción de otro ejemplar sustitutivo, parte de una Segunda Edición. Y como la técnica tipográfica digital utilizada permite tirajes muy pequeños, de veinte unidades, sólo se requiere un grupo de veinte participantes como garantía de la sustitución. Esta Segunda Edición sería seguida eventualmente de una Tercera y así sucesivamente.

Hicimos conocer ese Proyecto Editorial al terminar la presentación y se abrió una lista para los primeros veinte participantes. Aprovecho esta entrada del Blog para decirle a quienes se interesen en participar en las listas sucesivas, que lo hagan saber enviando un correo a la dirección nubia.rodriguez@gmail.com para recibir la información correspondiente.

Y con esta información de tipo muy práctico concluyo la reseña de lo que ocurrió una tarde que permanecerá especialmente en nuestra memoria, en especial en la de Nubia mi mujer y este casi ochentón que seguirá diciendo algunas cosas en este Blog…mientras el cuerpo aguante.