Otra vez el star system

Oscar Tenreiro / 25 Enero 2010

En los tiempos de la primera modernidad se dio forma a un marco ético que tuvo mucha influencia como moderador del natural deseo de construir de todo arquitecto. Hoy los principales rasgos de ese compromiso ético se ocultan tras los guiños filosóficos postmodernos y esa suerte de indiferencia a todo orden moral que los acompaña.

El arquitecto estrella de hoy, con las excepciones del caso, es hijo de esa indiferencia que lo distancia de cualquier ética colectiva y se ha hecho norma en el Primer Mundo para ser imitado en el Tercero. Parece estar interesado sólo en construir sus “invenciones”. En las entrevistas es cauteloso, para no estropear oportunidades, y expresa “sus” opiniones (no su pensamiento) sin otra aspiración que identificarse. Lo que publica funciona como los catálogos que muestran “modelos”: realizaciones regadas por el mundo al estilo de las firmas de “consulting”. Si, como en el caso de Rem Koolhass, formulan consideraciones generalizables, lo hacen en libros de lujo que exigen un glosario, tantos son los términos ad-hoc que etiquetan sesgos y manierismos “teóricos”, buscando clientes al señalar las virtudes del alto capitalismo. No ocultan su interés en las llamadas realidades “emergentes” que hoy son sobre todo países asiáticos o del Medio Oriente, potenciales constructores que aspiran colocarse en el mapa a base de crear “sitios de interés” con ayuda de la arquitectura acrobática. La estela de sus éxitos irrumpe en el mundo estudiantil universal no como un estímulo a la búsqueda de raíces culturales basadas en realidades locales que en tres cuartas partes del mundo son extremadamente problemáticas, sino como invitación a fantasear con ser el próximo que producirá el gesto original triunfante.

Convertirse en otro.

No sé si fue en El Adolescente de Dostoievsky, donde leí hace tiempo que el protagonista, pobre y desesperado, ansiaba convertirse en un Rotschild (la mítica familia de banqueros europeos) para superar su estado. Pero al reflexionar con cuidado se percató que esa transformación cambiaría también su modo de ver el mundo y en lugar de liberarse de sus problemas terminaría por entender las ventajas y la importancia de llevar una vida miserable. Así pasa, como con muchas cosas, en el mundo del éxito arquitectónico planetario, si llegas a formar parte de él lo haces tuyo y defiendes sus puntos de vista como nunca lo hubieras pensado antes. Esto lo he comentado otras veces y lo revivo al leer una entrevista en la que Alvaro Siza (1933), sólido arquitecto y pensador, busca múltiples subterfugios para no decir que la Casa de la Música de Oporto, de Rem Koolhass (1944), es un poliedro desproporcionado y arrogante. O cuando hace pocos días tuve que hacer acopio de paciencia para leer en Internet argumentos en pro y en contra sobre la absurda amiba tridimensional y gigante que Zaha Hadid (1950) desea plantar en el centro de Budapest. ¡Por Dios, si basta con decir que es una mierda! No la señora Hadid sino el edificio.

Hasta los de mayor coherencia intelectual como Rafael Moneo (1937), cuya arquitectura es contenida y correcta, creen necesario retroalimentar el circuito del brillo. Y decidió hace unos años publicar un libro sobre algunos de sus colegas del estrellato nacidos en Estados Unidos. Lo que nos hace sospechar maliciosamente que el motivo para entregarse a ese innecesario homenaje es convertirse en figura de consenso y con ello tener mejor acceso a los encargos americanos.

Responder a la necesidad.

Me pregunto cual de los edificios de ese mundo brillante y pulido podría tener el mérito del Hotel Imperial de Tokio, de Frank Lloyd Wright, que sobrevivió al terremoto de 1923 y sirvió de refugio de damnificados. O que tengan palabra alguna que decir sobre tragedias como las de Haití; sin hablar de las teorías urbanas inspiradas en las ciudades-emblema asiáticas, como las de Eisenmann (1932), que ni siquiera rozan las estructuras políticas que las regulan, imposibles de aplicar siquiera de lejos a la tarea de rehacer una ciudad desde la pobreza y la limitación.

Esas arquitecturas no tienen posible desarrollo más allá del autor y la circunstancia. Se explotan a sí mismas por encima del bien y del mal ante el aplauso o la cautela de una crítica cada vez más inocua e interesada.

Lo que señala la irrelevancia de esta última, dedicada a sostenerse a sí misma y a los doctorados y maestrías en las que medra, indiferente a todo compromiso con la arquitectura, temerosa de los juicios de valor. Si se luchó por décadas para llevar a la conciencia la estrecha relación que la arquitectura que tiene con la cultura en toda su amplitud contextual reconociendo que el edificio tiene un papel de instrumento, de testigo y testimonio que invita a escudriñarlo para emitir un juicio ¿cuando se revocó la necesidad de recordarlo? Ya dije que el filosofar posmoderno lo intentó pero hay cosas que una vez conscientes allí quedan, aunque se pretendan olvidar. El poder del éxito y la notoriedad ha impuesto un olvido táctico. Un silencio análogo al que se impone desde una visión política autocrática.
En eso se hermanan el marketing comercial y el marketing político.
Lo que puede llevarnos a pensar que la dictadura del éxito, la Nueva Academia la he llamado otras veces, nos plantea el deber de pronunciarnos, pese a estar intimidados por su presencia avasallante, temerosos de que el plantarle cara nos cierre puertas, nos convierta en disidentes en un mundo donde la disidencia es castigada con dureza. Como ocurre en contextos políticos autoritarios o totalitarios. De eso sabemos hoy los venezolanos, para no hablar de los cubanos, que lo padecen por medio siglo. ¿Podríamos decir entonces que la dictadura del éxito plantea también un problema de derechos humanos?

La Casa da Musica de Oporto nos recuerda la frase de Le Corbusier: “La proporción, esa nada que lo es todo y está en la razón de ser de las cosas” LC

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Acerca de castroferro

estudio de arquitectura y diseño formado por Jordi Castro María G. Ferro www.castroferro.com
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