Villanueva (2)

PorOscar Tenreiro

Comienzo destacando la seguridad con la que Villanueva afirma el valor artístico de la arquitectura advirtiendo de seguidas que “en el caso de la arquitectura, el grado de dependencia de las circunstancias exteriores …es inmensamente más alto y coercitivo”; reflexión que hace luego de decir que el arquitecto “es una personalidad sumamente compleja y contradictoria”.

Esa complejidad y sobre todo la condición contradictoria que pareciera ser parte de la “persona” ( su dimensión social y cultural) del arquitecto, es el resultado directo de la sujeción a veces despiadada a las condiciones externas (el cliente, la economía, el nivel de los medios de producción según enumera someramente Villanueva) que gobiernan y en cierto modo dirigen la producción de arquitectura.
No sostengo, y de ninguna manera se sugiere en las reflexiones de Villanueva, que no tenga que existir un diálogo activo y dinámico entre el cliente, portavoz podríamos decir de las “circunstancias exteriores” en todos sus alcances, y el arquitecto, sino que ese diálogo debe ser uno alejado en lo posible de la arbitrariedad y la superficialidad.

He mencionado otras veces que en medios como el nuestro, en un mundo institucional y culturalmente escaso, la situación es aún más dramática y se agudiza una suerte de lucha entre las aspiraciones del arquitecto y la posibilidad real de llevarlas a cabo. Lucha que se hace más ardua y problemática en el ámbito privado, en el que se imponen las nociones a menudo estrechas de promotores o clientes acaudalados, hijos, precisamente, de ese contexto que califico de culturalmente escaso y por ello mismo proclives a la simplificación, a la afirmación de le experiencia personal, coyuntural, por encima de la racionalidad o el simple saber profesional.

La tradición como defensa.

Porque el saber profesional del arquitecto, en ambientes sin suficiente tradición y sobre todo de pocas referencias, es muy fácil de cuestionar, de reducir, de ser calificado de “gusto” o de simple intuición, con lo cual se hace muy vulnerable al poder de decisión basado en el dinero o la posición social. Además, su dependencia de lo que piense una persona determinada cuyas flaquezas conocemos, lo aleja de la idea de rigor.

Una vez me comentó el maestro portugués Fernando Távora que en el diálogo con su hijo, también arquitecto, con alguna frecuencia las diferencias de opinión terminaban en un papá esos son empeños tuyos que lo desarmaba, dejándole claro que todos sus conocimientos, en general respetados por la gente extraña, en la intimidad eran fáciles de refutar. Un comentario que ilustra bien la lucha del arquitecto: cualquiera puede calificarlo de caprichoso. Se pasa por alto así el peso de los procesos de reflexión, las múltiples observaciones sobre el “cómo” y el “qué” que forman parte de la vida del arquitecto hasta convertirse en certezas. Certezas que sin embargo, son individuales, no demostrables.

Si esas certezas no son respetadas por la razón “práctica”, o “técnica” se atenta contra la coherencia del resultado. Algo que se comprende poco.

Távora ejerció en Portugal donde hay siglos de construcción, por lo cual la descalificación de las opiniones de un hombre de su trayectoria, era impensable en el ámbito público, razón suficiente para que pudiera construir en su país muchas obras de importancia.

Pero, repito, en un medio como el nuestro esos controles se hacen tenues y frágiles. Una carencia que recalca la necesidad de que se cultive en el dominio de lo público, de lo ejemplar porque proviene del consenso democrático (hoy en día lo público tiene que ser democrático) una visión respetuosa y promotora del ejercicio de la arquitectura. En una palabra: la calidad de la arquitectura dependerá en grado muy alto del papel promotor del Estado en todos sus niveles.

Democracia y Arquitectura.

Esa visión se ha hecho hoy en día común a la acción pública de la mayor parte de los países democráticos del Primer Mundo, y a ello se han debido muchos de los logros disciplinarios más recientes, estimulados por los aspectos positivos de la globalización: se buscan los mejores (en realidad o en apariencia) a escala global y eso tiene un efecto ejemplar. Se busca relacionar la acción pública de construir con el mérito. Razón por la cual desde hace mucho tiempo se instituyó el Concurso de Arquitectura (que no siempre, es bueno decirlo, escoge lo mejor) o la selección por credenciales disciplinarias, sistemas que se usan de modo rutinario en las grandes democracias del mundo.

Pero entre nosotros, particularmente desde la explosión populista de los primeros sesenta que explotó enchufada al petróleo a mediados de los setenta hasta llegar a la locura de hoy, se han reducido de un modo perverso los nichos en los cuales el arquitecto puede desarrollar sus expectativas. Fue incluso el caso de Villanueva.

Nuestros mejores arquitectos fueron relegados a una cierta marginación que contrasta con la riqueza de opciones que se les presentaban cuando la arquitectura venezolana surgió prometedora. Lo cual se ha querido explicar con las más diversas teorías económicas, políticas o sociológicas incluyendo la trajinada confabulación imperialista. Y es mejor resumir en un solo concepto: empobrecimiento cultural.

Culpo al populismo afirmado por un Estado que “reparte’ la renta petrolera promoviendo la cantidad sobre la calidad de ese empobrecimiento. Estado que hoy actúa entregado a una ideología que sacrifica a la idea de valor futuro toda noción de valor adquirido, despreciando el patrimonio de hoy. Se espera uno mejor, que habrá de surgir de la sumisión política y del culto a un caudillo. Aunque usted no lo crea.

No es un avión que será chatarra, es una construcción que vivirá siglos, encargada en 1950 por Nehru, líder democrático de la India, a Le Corbusier: el Capitolio de Chandigarh. Foto reciente de Carlos Pita, arquitecto gallego.

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Acerca de castroferro

estudio de arquitectura y diseño formado por Jordi Castro María G. Ferro www.castroferro.com
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