ENTRE LO CIERTO Y LO VERDADERO

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Prólogo

Hoy escribo de nuevo sobre un tema que no es específicamente venezolano pero que en nuestro país se ha convertido en crónico desde hace décadas: la desprofesionalización típica de la visión populista de la política. Las decisiones se toman sólo y exclusivamente en función de ganar un apoyo popular que se supone siempre vinculado al «asistencialismo» del Estado. ¿Quién conoce la dirección que tomará ese apoyo? La Dirección Política, por supuesto. A cargo de cúpulas dirigentes cuya principal preocupación es retener el Poder a toda costa y sostener una reputación benefactora que se deberá apoyar en decisiones que halaguen el «sentir» de las mayorías. Mayorías manipuladas políticamente, generalmente asediadas por la ignorancia. La consecuencia es clara: las decisiones poco tienen que ver con el respeto de límites y determinantes técnicas, se improvisan, se llevan adelante bajo urgencias que mediatizan procesos y terminan en resultados siempre incompletos. Y lo peor es que en una situación como la venezolana ya no son cúpulas políticas las que impulsan esas decisiones improvisadas, sino los impulsos incoherentes de un personaje que se ha apropiado de la totalidad del Poder.

Para los arquitectos el asunto puede ser trágico porque convierte una profesión que siempre está en el borde de ser innecesaria en aún más prescindible y aleja, a veces de modo permanente, la posibilidad de incidencia en ciertos temas que son sin embargo temas típicos de nuestra profesión. Es el caso de la vivienda que, por ejemplo en Venezuela, tiene casi cincuenta años dominado por la improvisación y toda clase de criterios expeditivos. La dimensión de los errores que se cometen es asombrosa, la pasividad general también, hasta el punto de que uno llega a creer que, como he dicho otras veces adoptando la frase del poeta cubano Heberto Padilla (1932-2000), a quien me he referido en muchas otras ocasiones, estamos Fuera del Juego.

Oscar Tenreiro / 10 de abril 2011

Viviendas y dirección política

Como la carencia de viviendas es un problema evidente en una sociedad como la nuestra, el tema de su construcción tiene aquí un contenido político excepcional.

Para los arquitectos debería ser un tema clave. Lo que llamamos «la modernidad» de comienzos del siglo veinte, hizo de la vivienda su consigna y se adelantaron innumerables experiencias, interrumpidas por las dos grandes guerras, pero de mucha importancia. El emblema de la renovación de objetivos para esa «nueva arquitectura», el más notorio y en cierto modo el más atacado, fue la famosa Unidad de Marsella (1952) de Le Corbusier, la «Unité», un prototipo semi-experimental que todavía es fuente de reflexión y de debate. Esos «prototipos» dejaron enseñanzas de mucho interés.

Y en Venezuela, durante el período más luminoso de nuestra arquitectura pública, que habría que ubicarlo en la época que arranca con Medina (1941) y termina con Pérez Jiménez (1958) se hicieron algunos de particular interés. Pero llegó el populismo con sus simplificaciones y nos cayeron encima los prejuicios marxistas por adhesión o rechazo (con frecuencia actuamos en sintonía con lo que rechazamos), se dejó de construir prototipos y hoy lamentamos su ausencia. Hasta llegó a verse mal tocar el tema, lo digo por experiencia.

El número se impuso. Y el número sigue reinando cincuenta años después: es lo único que maneja nuestro periodismo y lo único que discuten los medios políticos

Apenas se roza lo que no es ninguna nimiedad: la ciudad se hace con la vivienda y sus servicios. La última finalidad, la más importante en términos colectivos, de la vivienda, es hacer ciudad. Es fundamental que nuestra obsoleta cultura política entienda que no puede haber planes de vivienda que no consideren la formación de ciudad. En otras palabras: que todo plan de vivienda debe  estar asociado a un plan de mejoramiento para la ciudad donde se inserta.

Espacio público.

El proyecto de vivienda es también un proyecto de espacio publico, el generado por sus servicios y la propuesta de diseño urbano donde se ubica la unidad. Que debe estar Asociado a un Proyecto Urbano para la ciudad. Estas cosas ya son parte inseparable de la visión  europea. Francia, por ejemplo, creó hace treinta años el PAN (Programme pour une Architecture Nouvelle) para financiar los prototipos y hace continuos esfuerzos para mejorar las miserias de los «Grandes Conjuntos» de la posguerra, tal como lo hacen hoy los países de la antigua órbita soviética. Y lo irónico es que la billetera del Caudillo paga por los «sistemas constructivos» bielorusos, que son desechos de esa concepción. La amenaza de la monotonía inducida por los sistemas constructivos que se imponen a la arquitectura, y no a la inversa, ajenos a la continuidad urbana, concebidos como sumatoria de unidades que se «atapusan» en un terreno cualquiera, se pasa por alto. Son sistemas cuyos vendedores pululan por el mundo de los países segundones (en los primeros no tienen mercado), ofreciendo maquinaria y cobrando en dólares. Están aquí y ahora, tal como en tiempos de anteriores festines petroleros (CAP Uno por ejemplo), cual zamuros, dándole vueltas al dinero.

Eso lo saben quienes dirigen los planes de vivienda del régimen  Pero dirán en términos ideológicos que se vive una transición «revolucionaria». Es la transición desde la mediocridad hasta mayor mediocridad.

Y mientras tanto, la oposición nada discute para saltar por encima de estos vicios hacia una dirección política más lúcida que debería surgir (?) luego de la experiencia que hemos vivido. La verdadera revolución venezolana sería, en este tema, cambiar las perspectivas de cincuenta años de tradición populista.

¿Sol, qué quieres de mí?

Y a este panorama sumamos el desinterés por el clima. Se construyen madrigueras con cáscaras de concreto que encierran un calor insoportable. Pruebe usted tocar por debajo, al mediodía, una losa de techo de concreto de 10 cm. de espesor: es una parrilla de calor radiante (al calor radiante no lo neutraliza la ventilación). Y la hecha con los famosos «tabelones» es peor. Hay aislamiento térmico disponible pero no se piensa en ello. En las «petrocasas», un sistema ineficiente que usa paneles que el sol devora lentamente, se han gastado nada menos que mil millones de dólares. Pruebe usted entrar en una de esas casas y resistir allí media hora, en el Tuy, a las dos de la tarde.

Y no hay instituciones del Estado o privadas que velen por las condiciones de habitabilidad de las viviendas. No sé si lo ha hecho nuestro IDEC de la UCV, pero me consta que lo hacía hace décadas el CSTB francés: exigía mínimos térmicos y acústicos. Aquí no, estamos en el lejano oeste.

Y para completar, está la plaga de los «sistemas túnel», vaciados masivos de concreto. Preferido por muchos por «barato» y rápido. Promotores privados nuestros lo usan bastante sin importar sus pobrísimos resultados térmicos y acústicos, que lo llevaron al olvido en Europa. Y ahora el régimen lo acepta en los contratos iraníes (Maracaibo), bielorusos (Maracay) y chinos (Barinas). Con ellos el asunto es «llave en mano», pronto pago y se les perdona todo porque son «revolucionarios», según nos dice Aló Presidente.

Todo lo anterior muestra la locura  venezolana: por una parte el Caudillo que olvidó su inicial interés en mejores viviendas y quiere ahora, atropellando, llegar a los números sin importar cómo, es un buen militar. Junto a él profesionales que una vez se ocuparon de hacer las cosas bien y ahora vendieron su alma al diablo. Por otro lado, en la oposición, también se usa el número, pero para atacar. Se sigue la tradición política de hace cincuenta años. Y lo que he dicho no son exquisiteces de arquitecto, es señalar un grave problema cultural. Y político.

Petrocasas en El Tuy, confort mínimo, sin servicios, desconectadas de la ciudad: ghetto. Foto del 30 de Octubre de 2010