El badajo de la Tourette

Oscar Tenreiro / 31 de julio 2011

El campanario del Convento de Santa María de La Tourette es un fragmento que intriga en un edificio importante en la obra de Le Corbusier y en la arquitectura del siglo veinte. Un proyecto cuyos primeros esquemas datan de 1953 y se terminó de construir en 1960 con recursos económicos muy limitados. Corbu resolvió el campanario asumiendo la tradición de la espadaña, venida de la arquitectura de otros tiempos, una de cuyas definiciones es “campanario de una sola pared”. Particularmente común en nuestras iglesias coloniales más modestas. Y en la Tourette la espadaña es parte de la pared-remate del enorme volumen de la iglesia que flanquea la planta cuadrada del edificio.

Precisamente por su relación con ese volumen, el campanario llama la atención. Uno puede preguntarse si era el modo correcto, si el desbalance de escala entre él, visto como un objeto separado, y las paredes desnudas de concreto armado no es un problema, si pudo haberse resuelto de otro modo. Y por supuesto que hay opciones. Los imitadores de Corbu lo habrían hecho mejor, como decía Borges de los imitadores. Pero al final allí está, rotundo, directo, sin sombra alguna de rebuscamiento. Donde debe estar, como la rama de cualquier árbol, (pensamos finalmente). No lo cuestionamos, sólo nos intriga. Y tal vez por eso conservo siempre a mano la última foto que le tomé, que aquí muestro ampliada.

Y viéndola distraídamente en días pasados, me dí cuenta de un detalle: para dejar pasar el badajo de una de las campanas hubo que romper la esquina del soporte inferior de concreto. Así, tal cual, como solución inmediata que quedaría recogida para la  historia, le descargaron unos cuantos martillazos a la molesta esquina. Y allí está desde entonces sin importunar a nadie, como tantas cosas de la arquitectura que perdura.

La escasez.

La Tourette nos dice que la escasez y la limitación económica no son obstáculo para una arquitectura perdurable. Y destaca la austeridad como valor esencial. No una austeridad afectada, un “parecer austero”, forma del refinamiento muy a la moda actual, sino la austeridad vista como equilibrio entre medios y resultados. Una definición que me invento para complementar las tradicionales que aluden a la sobriedad y la frugalidad, para hacerla precisamente más vaga, como todo principio ético. Porque la austeridad no acepta una definición lineal, aplicable en todos los casos. La he llamado en otros momentos contención, y en ese preciso sentido es aceptación de límites. Esa vaguedad nos obliga a “mostrar” ejemplos. La Tourette es uno.

Pero este edificio habla también de un momento de la historia de Francia, de la de Europa, en el cual la arquitectura era mucho más que una muestra de poderío económico o emblema mercantil. Un momento universal en el cual el escenario de fondo de todo debate era ético, tal como ocurrió también en nuestro medio aunque ya no lo recordemos.

La admiración, el goce, la conexión que teníamos los jóvenes de ese tiempo con la arquitectura, tiene mucho que ver con eso, pese a que, como siempre ocurre, sólo unos pocos tuvieran conciencia de ello. Para nosotros el refinamiento era un antivalor. Se luchaba por darle forma en términos sobre todo morales a un mundo que se reconstruía en medio de conflictos y sufrimiento. La lucha entre democracia y totalitarismo, que además de económica y política era moral, influía en todas las actividades del dominio público. Y la arquitectura quería reflejar esas preocupaciones. Si ese deseo era vano, de todos modos influía de muchas maneras, una de ellas la búsqueda de una racionalidad ajena a los excesos. Un tema que la actual crisis económica debería poner en primer plano. Bueno para los “indignados” de España que a ratos parecen evadirlo.

Medias verdades.

Ya se cuenta por décadas el tiempo durante el cual se buscó devaluar el impulso ético de aquellos años. Se acusó de tantas cosas al “moderno” que se abonó el camino para el retorno de todos los “antivalores” del 19. De un modo muy contradictorio como era de esperarse, hasta llegar a este vendaval de medias verdades que se cruzan, cada una con su derecho a existir consagrado por la aceptación de la variedad, también como principio ético. Que de ninguna manera cuestionamos, sin que dejemos de apuntar la necesidad de señalar una dirección. La crisis actual exige una respuesta correctiva en todos los ámbitos de la actividad y la arquitectura no es una excepción.

El detalle del badajo en el campanario de La Tourette nos dice que la arquitectura perdurable no descansa en la perfección artesanal o industrial. Si este es un valor importante, que lo es, no es el definitivo. El hecho de que en el Primer Mundo los defectos de construcción hayan casi desaparecido no quiere decir que universalmente estén dadas las condiciones para que eso ocurra. Podría ser tiempo más bien para que el mito del “buen salvaje” influya en algo al mundo de la arquitectura hasta que se logre valorar lo difícil, lo problemático, comprometido sin embargo con el buen construir, con la proporción (una virtud que nos hace admirar Blois y desdeñar Versalles), los valores espaciales, el manejo de la luz, la dignidad tranquila. Y nos alerte ante la tentación del refinamiento.

Hace unos días veía un dibujo de una casa-boutique de Peter Zumthor (suizo, 1943, premio Pritzker 2009) que “parecía” construida con grandes losas de piedra superpuestas a la usanza de tiempos prehistóricos. Era de concreto armado construido ex-profeso de modo imperfecto. Una rudeza “fake”, pero atractiva y refinada, hermosa, análoga a la  del sultán que se disfraza de mendigo en las Mil y Una Noches. Es irónico: los países del perfeccionismo acotan lo rústico, lo dominan, para hacerlo admirable. ¿No es un camino falso?

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