El entierro de toda lógica

A uno le resulta difícil entender que haya gente fuera de Venezuela que tenga simpatías por el Régimen político que nos gobierna. Difícil digo si hablamos de quienes consideran fundamental que se respeten los derechos democráticos o se ubican fuera de las ataduras ideológicas que en el pasado sirvieron de soporte a silencios inexcusables frente a los horrores del nazismo o el estalinismo. Hace no más un par de días que una institución como Human Rights Watch emitió un informe en el que denunciaba lo que para nosotros los venezolanos es cotidiano: que en nuestro país se ha instalado un sistema que viene aplastando muchos de nuestros derechos, Un asunto que se hace especialmente notorio ahora cuando se inicia aquí una campaña electoral en la que hemos puesto las esperanzas para superar ese aplastamiento; sabiendo sin embargo que desde las alturas del Poder se violentan todas las normas de equilibrio vigentes en todo país democrático.

Y por eso resulta extremadamente irritante para los demócratas de aquí, así como debería serlo para todos los demócratas del mundo, que el ex-Presidente Lula haya tenido la osadía de apoyar la reelección de nuestro Dictador. Porque no debemos cansarnos de decirle a Lula que el mandatario actual venezolano ejerce como un dictador, a pesar de todas las máscaras que le sean habituales.

¿Qué puede estar pasando en el espíritu de Lula para incurrir en tamaño error? Es fácil decirlo, tal como lo escribí aquí hace dos semanas, la ideología le hizo pasar por encima de los hechos. La ideología sí, pero además el oportunismo frente a la generosa chequera del Komandante venezolano. ¿Y por qué no decirlo? la misma torpeza que llevó a Lula a criticar a los que en Cuba sacrificaron sus vidas en huelgas de hambre para exigir derechos que les eran negados por la Dictadura cubana. Un error de juicio que no merecía ser calificado sino como una inmensa estupidez. Porque el prestigio que se ha ganado Lula internacionalmente no impide que cometa estupideces. Y en relación con Venezuela ha cometido bastantes.

Lula, o muchos como Lula tendrían que reflexionar sobre ese insólito fenómeno que describimos en la entrada de hoy. Un fenómeno urbano apoyado por las autoridades “revolucionarias” pasando por alto, como insisto en decir en el texto, la más elemental lógica.

Y con ese tipo de cosas hemos tenido que convivir los venezolanos durante más de una década. Abundan a lo largo de todo nuestro territorio absurdos análogos a éste que han prosperado gracias al total dominio del Poder, configurado al modo de cualquier dictadura pero contando, por algo los Petroestados son casos especiales, con una abundancia tal de dinero que permitió crear una inmensa estructura de propaganda que tiene importantes ramificaciones internacionales, no sólo sosteniendo un canal de televisión internacional como Telesur sino financiando invitaciones a personajes “amigos” venidos desde todas partes del mundo (como en el reciente “Foro de Sao Paulo” reunido en Caracas) dispuestos a sostener que la lógica nada importa si lo que se pone en primer término son los lugares comunes de la ideología de izquierdas.

Y el caso de un monumento urbano convertido en un barrio marginal, en una “favela” de más de cuarenta pisos de altura es necesario que sea visto por el mundo en su estruendosa falta de sentido para que se reflexione sobre “el caso” venezolano.

EL ENTIERRO DE TODA LÓGICA
Oscar Tenreiro / 21 de Julio 2012

Si hay algo que podría servir de símbolo de la actual situación venezolana sería ese barrio-marginal-sobre-estructura-vertical-de-concreto-de-alta-tecnología que se ha venido formando, paso a paso, único en el mundo, en el centro de la ciudad de Caracas a pocos metros de las sedes de los bancos más importantes del país.

Se trata de la ocupación de la estructura de un edificio de oficinas que estaba en avanzado estado de construcción en 1994 en tiempos de la crisis bancaria venezolana. Iba a ser la sede de un centro financiero (Confinanzas) presidido por el Banco Metropolitano, que cayó arrastrado por la crisis. Tiene 46 pisos y 190 m. de altura y es proyecto de la oficina del Arq. Enrique José Gómez. Cuando se paralizó su construcción, el edificio se hallaba muy avanzado, con el muro cortina y los acabados externos en aluminio casi terminados.

Nunca ha estado claro por qué ese edificio permaneció abandonado durante todo el último período democrático de gobierno, pero, como ha ocurrido con tantas cosas, el Régimen actual continuó el abandono y lo llevó hasta el absurdo. Hasta convertirlo en el monumento más visible de la falta de lógica que ha minado la vida institucional venezolana reciente.

Durante años pasábamos junto a él interrogándonos sobre si podía haber razones para el abandono, hasta que desde hace unos diez años era evidente que poco a poco, desde dentro, se desmantelaba el muro cortina y los acabados exteriores para (era fácil deducirlo) revender el material a procesadoras de aluminio reciclado. Un vandalismo altamente rentable que ninguna autoridad trató de impedir. Que abarcó también escaleras mecánicas instaladas, cables eléctricos, tuberías externas y miles de metros cuadrados de cristales de seguridad.

Invasión.
Hasta que hace unos cinco años se produjo lo que desde la autoridad oficial se ha venido promoviendo en toda la extensión de la ciudad: un numeroso grupo de seguidores del Régimen, dirigidos por un célebre personaje, apodado “el niño”, quien desde entonces actúa como casero-dueño de la inmensa estructura, consumó una invasión. Comenzaron a aparecer, visibles desde los huecos dejados por el vandalismo en las fachadas, tabiques de arcilla, ventanas improvisadas, ropa colgando a secar. Todas las muestras típicas de las viviendas precarias de nuestros “barrios” marginales. Se ocuparon primero los pisos inferiores y se llegó más allá del piso veinte. El tráfico de personas entrando, saliendo, moviéndose internamente, se hace sorteando huecos para ductos mecánicos y como por supuesto no hay ascensores y las escaleras no tienen barandas, hay permanente riesgo de pavorosos accidentes (niños caídos al vacío) que han ocurrido con frecuencia. Se han improvisado sistemas de agua y drenajes de aguas negras que revelan, si uno alcanza a superar el estupor ante este descarnado manifiesto de explotación de la miseria, el ingenio típico de todo esfuerzo de supervivencia.

Sería demasiado largo enumerar las características de este insólito “asentamiento”, las tristes anécdotas de la difícil convivencia en condiciones de promiscuidad, las formas de organización que se han originado incluyendo moto-taxis que operan en las rampas del estacionamiento, el azote de la delincuencia, todas cosas denunciadas en el periodismo diario. Hasta se habla de que “el niño” es un delincuente reformado, practicante evangélico que llegó a fundar en uno de los pisos una capilla donde promueve la oración comunitaria. Y así por el estilo.

Lo ideológico derrotado.
Y es lo ideológico lo único que puede explicar que el Estado haya tutelado este fenómeno tan insólito, aparte de que se quisiese atribuirlo a una monumental ineficacia en el ejercicio de la autoridad pública, imposible dada la naturaleza represiva del Régimen. Naturaleza que es selectiva, se orienta hacia los “enemigos” y tolera todo de los “amigos”. Y quienes protagonizaron esta invasión son amigos, su acción no incomoda a quienes, ideologizados, ven la ciudad como un campo abierto para la lucha de clases. Ese edificio, además, iba ser expresión del muy perverso capitalismo. Degradarlo es un sinsentido que cobra sentido desde la ideología.

Pero su dimensión patrimonial es tal que lo ideológico pierde toda fuerza: esa estructura, el terreno donde se encuentra, una de las zonas más costosas de la ciudad, iba a ser sacado a subasta por el Régimen (se ha dicho) por 80 millones de dólares. Que la subasta hubiese tenido éxito es poco probable en un contexto de inseguridad jurídica como el que vivimos, pero esa enorme suma alcanzaría para solucionar las necesidades de vivienda digna de las 700 familias que allí viven y aún sobraría para servicios y un mínimo de 500 viviendas más. No hay prejuicio ideológico que oculte la obligación estrictamente racional de capitalizar ese patrimonio para orientarlo hacia la inversión.

Y aquí nos topamos con el descarnado drama venezolano: la optimización de los recursos del Estado no tiene ninguna importancia en términos ideológicos para quienes se empeñan en inventar una revolución cuyo verdadero sostén es el despilfarro abusivo de los recursos petroleros rentistas. Las desviaciones características de todo Petroestado se imponen: el dinero fácil permite ir contra cualquier lógica de sostenibilidad.
Quienes desde la Nomenklatura tienen el cinismo de hablar del laberinto político que los ha hecho privilegiados alegando que lo apoyan porque redime a los oprimidos y en tono de irresistible cursilería lo califican de muestra de amor, harían bien en considerar seriamente lo que este barrio vertical le dice a todos los venezolanos: aquí se ha enterrado la lógica a manos de la ambición de Poder.

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