Una charla en Weimar

Cada vez que recibo una invitación para hablar de mi trabajo, no lo tengo simple. Durante una muy larga etapa de mi vida no me ocupé de organizar lo que hacía, de documentarlo, de tenerlo ordenado y a la vista, con lo cual no hacía sino reproducir lo que era una constante en mi generación: hacíamos lo que nos era dado hacer…y a otra cosa. Para completar el panorama, cuando tenía un encargo nunca disponía ni de fondos adicionales ni de tiempo disponible para hacer planos de presentación publicables, o de reunir ordenadamente la documentación producida. Y las pocas cosas que fui logrando construir no las consideraba merecedoras de un registro fotográfico adecuado y de calidad.

De ese modo, de casi todo lo que hice durante dos décadas, desde 1962, dos años después de terminar mis estudios, tengo poca documentación, mientras que lo producido posteriormente, si bien está mejor documentado es complicado presentarlo de una manera ordenada.
No creo ser un caso especial entre la gente de mi edad. Es sólo muy recientemente cuando los arquitectos aquí en Venezuela documentan lo que hacen y lo preparan para publicarlo, siendo además parte del panorama el hecho de que no hay publicaciones de arquitectura locales que puedan competir en calidad a nivel internacional. Y las que hay funcionan con estándares gráficos muy poco exigentes.

Todo esto marca una distancia muy grande con cualquier arquitecto europeo, que ya desde los primeros esquemas se prepara para publicar, aparte de que no concibe hacer un trabajo que no esté correctamente documentado.

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¿Cómo ha influido en nuestro desarrollo personal el medio en el que hemos vivido?
Trato de responder esa pregunta pero resulta arduo, si no imposible, ser preciso. Lo que sé es que nuestras condiciones de trabajo son muy particulares. Por difíciles, siempre ajenas a una mínima estabilidad, amenazadas por la discontinuidad.
Pero detengámonos en la que menciono en la nota de hoy: la ciudad.

¿Cómo conciliar por ejemplo la búsqueda de armonía, de coherencia, que es el objetivo mínimo de nuestro trabajo de arquitectos, con el desprecio permanente a esos valores que se expresa en nuestras ciudades? ¿De qué modo nuestro trabajo se inserta en esa realidad?
Todas nuestras ciudades son muestras agresivas de una escasez de intenciones civilizadoras en términos de forma urbana, de continuidad, de coherencia. Han crecido a partir de la inversión privada que se suma sin otra ley que el aprovechamiento de lo disponible luchando por adaptarse, violándola cuando se puede, a una normativa legal “moderna” (¿?) ajena a la forma de la ciudad. Crecimiento que va con las preferencias de una clase media que lucha por escapar de la ciudad tradicional. Ciudad tradicional que se ha desmembrado, agredido, despreciado, mientras se crean enclaves relativamente amables donde puede aspirarse a una vida que en general transcurre ajena a la convivencia ciudadana: vida de automóvil que permite el traslado entre el hogar y el trabajo en ambiente protegido ajeno a cualquier conexión real con el espacio público, que, precisamente por ello, por carecer de presencia para los sectores más acomodados, se le presta apenas atención.

Y lo más notorio en ese panorama es que mientras en Venezuela esa situación de derrota se ha hecho común, en casi todas las demás ciudades latinoamericanas se vienen desarrollando planes que buscan revertir esa tendencia.

En el país donde más dinero en divisas extranjeras ha llegado a manos del Estado es donde menos se ha hecho. En una sociedad dominada y controlada por un fenómeno político que presume de ser revolucionario, la revolución no ha hecho de la ganancia de espacio público y la acción sobre la ciudad algo merecedor de interés.

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Pensaba estas cosas hace poco en mi reciente visita a Maracaibo, la segunda ciudad de Venezuela, atendiendo a una invitación de Distopía Lab, un grupo de arquitectos locales. Una ciudad que se percibe desde el automóvil, pasando rápidamente según lo permita la amenaza de los atascos, de zonas formales a informales, de sectores acomodados a desprovistos, de abandono a cierta civilidad, todo como una constante lucha de opuestos. Una ciudad que extiende su tejido de modo aparentemente indiferente a cualquier plan, que convive con un fenómeno natural único, el Lago de Maracaibo, sin apenas percibirlo, más bien ignorándolo. Ciudad que sabemos que tiene virtudes, como las tienen otras ciudades nuestras, pero que se ocultan tras la dinámica del traslado de un lugar a otro, la rutina fundamental de sus habitantes.

Estas incoherencias y desigualdades se repiten en cada ciudad venezolana. ¿Será ese radical divorcio entre nuestras aspiraciones como arquitectos y lo que acontece en la ciudad lo que nos define? ¿Lo que influye en nuestro modo de pensar el edificio?
Sea cual sea la respuesta me parece esencial que se piense en la conexión, que se trate de identificar.
Cada vez que tengo que exponer lo que he hecho, se me hace necesario ir a esta relación entre contexto y producción. Trato de encontrar las claves que han influido en nuestro desarrollo personal, más allá de limitaciones o talentos.

Y por eso me interno en una búsqueda no siempre exitosa para identificar mejor los límites y estímulos, dejando un poco aparte el esfuerzo de presentarme solamente como arquitecto que opera en una escena parecida a la de cualquier otra parte del mundo. No, somos de un lugar distinto, específico, que ha pesado sobre nosotros.

Y no lo hago para que me sirva de excusa por los errores u omisiones, sino para insistir en que la arquitectura está estrechamente vinculada a la vida y de ninguna manera puede ser juzgada fuera de la conexión con el espacio cultural donde se construye. En eso soy, definitivamente, hijo de un modo de ver la arquitectura esencialmente moderno.

Y aclaro, es moderno, no “modernista” como gustan decir los periodistas norteamericanos.

UNA CHARLA EN WEIMAR
Oscar Tenreiro / 8 de Diciembre 2012

La primera vez que estuve en Weimar, en la Escuela de Arquitectura que funciona en el edificio de Henry van de Welde (1863-1957) construido como sede de una Escuela de Arte que se transformó después en la Bauhaus, me sentí intimidado. Desde que entré en nuestra Facultad de Arquitectura en 1955, el nombre Bauhaus era muy sonoro y señalaba una experiencia que los estudiantes de entonces estábamos obligados a conocer. Y en los años posteriores inevitablemente caían en manos de uno textos, comentarios o libros que trataban sobre lo que ella había significado para el desarrollo del diseño y el modo como influía en los métodos docentes utilizados en la mayor parte de las Escuelas de Arquitectura de esos tiempos. Estar en la que había sido su sede inicial tenía para mí, pues, como lo tendría para cualquier compañero de generación, una especial repercusión. Sentía algo parecido a lo que se siente en muchos lugares de Alemania: que allí han pasado cosas que marcaron muy fuertemente al mundo, para bien o para mal, y que uno, aún desde muy lejos, en cierto modo fue testigo de sus consecuencias o tuvo noticia viva de ellas. Testigo lejano pero testigo al fin. Es el privilegio o, visto de otra forma, el peso que tiene en ese país y su cultura, el haber protagonizado episodios decisivos muy frescos aún en la memoria colectiva universal.

Me asaltaba una actitud reverencial el caminar por el edificio. En los descansos de las escaleras secundarias podía ver los murales de algunos de los maestros tantas veces nombrados, pintados simplemente (y por eso constantemente restaurados), porque se trataba de gestos espontáneos que no aspiraban a la permanencia. A ambos lados de la escalera principal sendos bustos de Van de Welde y Walter Gropius añadían un toque de solemnidad.

II

Pero esta era mi tercera visita y en fin de cuentas estaba en una Escuela de Arquitectura, una más, eso era todo. Las resonancias personales cedieron espacio a la realidad de estos centros de enseñanza, bastante parecidos en lo esencial a la Escuela en la que me formé, la de aquí, hoy transformada por los años pero no tan distinta de la que conocí como estudiante, siempre referencia cada vez que visito otra, por más distinta que parezca.

Y es que la enseñanza de la arquitectura difiere muy poco hoy, pese a todas las invasiones tecnológicas, de lo que ha sido desde los tiempos Beaux Arts, hace más de tres siglos: una experiencia de Taller dirigida por un profesor y sus ayudantes, en la que el estudiante aprende a partir de la prueba y el error; y sus aproximaciones a la arquitectura se van enriqueciendo con los conocimientos técnicos y el desarrollo de destrezas. Y cuando uno discute los trabajos con los alumnos, lo cual ya había hecho en anteriores visitas, al ver sus inseguridades, oír de sus expectativas, resulta evidente que entre la gente más joven de aquí y de allá hay más similitudes que diferencias.

Las verdaderas diferencias, las que conformarán la arquitectura que algunos de ellos producirán, son las diferencias culturales de la sociedad en la que viven. Son ellas las que los trascenderán, las que modelarán su proceder por encima de sus particularidades personales, dictarán sus conductas.

Esas diferencias se expresan fundamentalmente en la ciudad. Es la ciudad la que muestra el desarrollo cultural, es su portadora podría decirse. Y cuando uno se da cuenta que nuestra dirigencia olvida que en la forma de la ciudad, en su dinámica vital, en su capacidad de ser lugar democrático de tolerancia y convivencia, es donde se concreta y se expresa una acción política, hay mucho espacio para nuestro desaliento.

III
La ciudad venezolana es la muestra de que nuestras condiciones de trabajo y el medio que condiciona nuestra arquitectura están a una enorme distancia de las de un país como Alemania. Y por ello hablar del trabajo personal sin ensayar una referencia al contexto, me parece una omisión imperdonable. Como eso no siempre es posible, lo que está más a la mano es intentar trasmitir lo que uno es. Hablo de las raíces culturales que le han dado forma a mis preferencias, de los obstáculos de actuar en un medio marcado por el atraso, donde la arquitectura está muy lejos de ser parte de la escena cultural.

Y por allí va mi discurso, intentando situar las preocupaciones, las búsquedas, lo que considero aciertos. Me doy cuenta al hacerlo de las discontinuidades, de los caminos cerrados, de las dificultades a veces insuperables. Me muestro, podría decir, como parte de un medio lleno de pequeñas y grandes incoherencias, que también de algún modo me han marcado.

Aceptemos que hay historias personales diversas y que algunos por razones de temperamento o porque han vivido condiciones más o menos excepcionales (origen, medio, capacidad de adaptación) tienen una trayectoria más lineal, más predecible. Pero aún esas excepciones no hacen sino confirmar una regla problemática: un arquitecto en la Venezuela de hoy está y ha estado sometido a tensiones y exigencias radicalmente contradictorias que marcan lo que hace o espera hacer. Somos hijos de un medio en el que lo normal es la anormalidad ¿podemos ocultarlo? ¿es posible aparentar que no nos afecta?
Y se me hacen evidentes otro tipo de diferencias, que podría llamar generacionales y que afectan claramente a los países latinoamericanos emergentes: los más jóvenes se esfuerzan en aparentar extrema coherencia. Pareciera que sólo así pueden situarse en la escena internacional para merecer alguna atención, como lo atestiguan algunos nombres generalmente sureños que comienzan a circular en el mundo de la notoriedad.

¿Cuanto hay de sostenible, para usar ese término tan a la moda, en esa pretensión de ser más que el medio en el que se vive?

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