Compartiendo reflexiones y lecturas en fin de año

Oscar Tenreiro / 7 de Enero de 2012

Escribo con un curioso desgano, resaca del recogimiento de unos pocos días vividos hacia adentro en este fin de año tranquilo. Tengo el privilegio de vivir en un refugio que me permite contemplar la naturaleza en la que está mi ciudad, acompañado de algunos de mis afectos más entrañables.

Todo está dispuesto para pensar. Lo hago apuntando en tantas direcciones que los estímulos se anulan entre sí. Siento la presión del extraño teatro político que nos tomó por asalto y que me empeño, como tantos, en superar. Toma forma entonces una inconformidad alimentada por ideas fijas, deseos que parecen antiguos, proyectos inconclusos, intenciones acumuladas que se suman como en una nube perforada de ventanas abiertas por las lecturas, reflexiones, conversaciones y propósitos. El escenario de fondo es la curiosa quietud que entre las tres grandes fechas de fin y de comienzo de año invade una ciudad normalmente agresiva, bulliciosa y pendenciera.

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En Venezuela seguimos viendo cómo el absurdo político alimenta los más insólitos atropellos a cualquier noción democrática o, usando términos jurídicos, al Estado de Derecho. De lo vivido en estos ya muy largos años nos consuela la idea de que hemos aprendido, pero ese “aprender” está sujeto siempre a la duda porque hemos vivido demasiadas contradicciones, en lo personal y en lo colectivo, para poder decirlo sin reservas.

Hemos debido aprender, y no sólo los venezolanos, cuanta verdad hay en la sentencia de Norberto Bobbio, que califica al comunismo y al fascismo, por igual y sin hacer distinción alguna, de “utopías reaccionarias”. Hemos visto confirmado en carne propia ese dicho popular de que “los extremos se tocan”. Tanto la derecha como la izquierda extremas, revelan su contenido de error, inmenso error que ha dictado las más absurdas tragedias en la humanidad sin que pareciera haberse tomado conciencia de manera clara y definitiva. Y al decirlo tengo que insistir en referirme a la experiencia personal de haber visto como el abrazo a la utopía lleva hacia las más absurdas contradicciones, que además se aceptan sin perder la compostura.

Y ahora debemos enfrentarnos además, según los últimos acontecimientos, a la expresión teatral de la pantomima temática que se refiere a la posible ausencia del líder, del padrecito, del comandante-presidente, del dispensador de todos los favores. Recortada sobre un el confuso escenario que viene siendo nuestra circunstancia.

¿Cómo explicar esta mezcla de “revolución indetenible” y capitalismo salvaje; de “comunas del pueblo” y mafias clientelares; de “redención de los humildes” y tráfico de influencias, de comisiones, de negocios sucios, de “guisos” de todo orden; de “pureza revolucionaria” y enriquecimiento súbito de allegados y amigos; de “militantes del pueblo” y burguesía de obscenas fortunas, revolucionaria y contra-revolucionaria que se pasea por el mundo de las cinco estrellas; de “aguerridos luchadores” que en las filas de la revolución o en las de la oposición, relegan sus reclamos para entregarse a todas las formas de consumo y celebración?

Lo he dicho coincidiendo con muchos otros: es el dinero petrolero lo que sostiene esta locura. El dinero que alcanza para rellenar todas las grietas, que compra voluntades, que sostiene lealtades, que gana partidarios en el mundo externo (la hipocresía de los “países amigos” es toda una enseñanza) y en el interno, sosteniendo todos los absurdos. Es el “oro negro” que provee lo necesario para que todo lo imposible parezca posible.
Es un petroestado que se nos muestra en su opulenta miseria.

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No puedo dejar de ver atentamente lo que me rodea, pero lucho por no dejarme llevar por el escepticismo y el abandono que lo acompaña. Cuento para ello con la lectura y la búsqueda de señales a través de lo que me interesa. Me esfuerzo por dirigir la mirada hacia lo que puedo compartir más allá de nuestra circunstancia inmediata, con gente de distintas partes, de distintos orígenes, vinculadas a otros “aquí y ahora”. Y con esa intención acudo hoy a cuestiones cercanas a la intimidad, en sintonía con lo que en estos días se dice y se desea.

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Leí hace poco “Castellio contra Calvino” y más recientemente “El mundo de ayer”, obras de Stefan Zweig (1881-1942); escritor de gran popularidad en tiempos de entreguerras y que hoy se relee con interés. Me impresiona su universalidad, su pasión por la solidaridad humana, su Fe en la cultura como encuentro entre mundos diversos, como medio para superar diferencias. Es un judío universal que invita al encuentro y al rechazo absoluto a la violencia, esforzándose por ir más allá de lo que directamente le afectaba. Pero lo atrapó la desesperanza, la profunda depresión que lo llevó al suicidio en Petrópolis, ciudad sede del Brasil Imperial, cercana a Río de Janeiro, donde había decidido vivir su exilio escapando de la persecución nazi. Destino paradójico: cuando decide que todo está perdido, despuntaba, sin que él lograra verlo, el comienzo del fin de una guerra en la que su raza fue golpeada por todos los infortunios. No supo esperar. O no pudo. Su trágica impaciencia nos enseña a superar la nuestra.

En ambos libros encuentro mensajes que nos interpelan a los venezolanos de hoy. Hay por supuesto muchas distancias entre lo que nos ha tocado vivir y la inmensa tragedia de una guerra universal, pero algunas de las frases que escribió nos tocan. Escojo tres de su libro “Castellio contra Calvino” que lleva el subtítulo “Conciencia contra Violencia”.

“Cuando los ideales de una generación han perdido su fuego, sus colores, un hombre con poder de sugestión no necesita más que alzarse y declarar perentoriamente que él y sólo él ha encontrado y descubierto la nueva fórmula, para que hacia el supuesto redentor del pueblo o del mundo fluya la confianza de miles y miles de personas. Una nueva ideología -y ese es por cierto su sentido metafísico- establece siempre en primer lugar un nuevo idealismo sobre la tierra, pues cualquiera que brinde a los hombres una nueva ilusión de unidad y pureza, apela a sus más sagradas fuerzas: su disposición al sacrificio, su entusiasmo.”
“Pero fatalmente, estos idealistas y utopistas, justo después de su victoria, se revelan casi siempre como los peores traidores al espíritu, pues el poder desemboca en la omnipotencia, y la victoria, en el abuso de la misma”

“…toda intolerancia actúa de modo anticristiano…” Y esta definitiva verdad la dice un judío, revelando así su ejemplar visión del “otro”.
Y finalmente una frase que me parece la que mejor revela el espíritu que alienta su alegato a partir de la tragedia vivida por Castellio, marginado y oprimido por Calvino en nombre de la deriva ideológica que contaminó su espíritu de reforma hace casi cinco siglos, análoga a la de la inquisición católica:
“Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”

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Leí mucho tiempo atrás “La Montaña Mágica” de Thomas Mann. Era, por así decirlo, una lectura obligada en tiempos de mi adolescencia. Es seguro que se me escaparon muchas cosas de las que la novela, o su autor, dice, pero me quedaron algunas, además de la viva impresión que me causó. Una fue la percepción del tiempo, para mí en esos años un asunto que podía ser completamente ajeno y que sin embargo me quedó como un poderoso mensaje. Otra, el recuerdo del personaje Leo Naphta, jesuita que sostiene largas conversaciones con el protagonista central, Hans Castorp y su mentor circunstancial Giuseppe Settembrini. La personalidad y aspecto físico que imaginaba yo en este clérigo severo e intimidante, se me quedaron grabados en la memoria. Y muchas otras cosas que rememoro al leer comentarios sobre esta novela cuya dimensión me parecía abrumadora y ante la cual, para persistir en su lectura, hube de hacer uso de mucha fuerza de voluntad.

También en esos tiempos leí de Mann “Las confesiones del estafador Félix Krull”, lectura mucho más fácil. Descripción de un curioso personaje situado por el autor en ambientes europeos de entreguerras descritos con esa capacidad casi pictórica que es de las más valiosas características de su escritura, con algunos pasajes de erotismo muy atractivo para el joven que yo era. Y aunque no leí “La Muerte en Venecia” lo dí por hecho algunos años después gracias a la película de Visconti que le brindó otra oportunidad para revelar las estupendas dotes de actor a Dirk Bogarde y puso de moda entre los jóvenes la música de Mahler, o al menos un fragmento de ella.

Hoy regreso a Mann en busca de las virtudes de la novela como vehículo de expresión de la vida y del pensamiento filosófico, atributos que le otorgan un rango excepcional a ese género literario y que Mann domina con especial maestría, una de las razones de la intemporalidad de “La Montaña…” y del interés permanente de su obra. Leo en este momento “Los Buddenbrook” la obra temprana que lo llevó al éxito y no hace mucho escribí aquí sobre el “El Doktor Faustus”, novela que hace más de tres décadas tomé prestada de mi hermano Jesús y nunca la leí hasta que desapareció de mi biblioteca quien sabe por qué razón. La compré hace poco, y si bien se hacen patentes en ella las dificultades propias del deseo de describir la música (¡misión imposible!), su lectura es una reafirmación del alto rango de Mann como hombre de pensamiento. Algunos pasajes parecen fragmentos de un tratado de musicología y tal vez le confieren un indeseado hermetismo que apela a la cultura musical del lector. Pero aún así su texto impulsa a meditar en múltiples y bienvenidas direcciones.

De ella he podido seleccionar algunas citas que comparto:
-Sobre lo complejo del concepto de libertad:
“Hay en la libertad una tendencia constante a la inversión dialéctica. Pronto llega el momento en que la libertad se reconoce a sí misma en la obligación, realiza su esencia en la sujeción a la ley, a la regla, a la coacción, al sistema. Realizar su esencia significa que no deja de ser libertad.” Y responde el narrador: “-Por lo menos así lo cree ella -dije yo sonriéndome- Pero en realidad deja de ser entonces libertad, como deja de serlo la dictadura que nace de la revolución.”

-Una frase que parece dirigida a la arquitectura de éxito actual:
“… Éstos y otros se imaginan que lo aburrido se ha convertido en interesante únicamente porque lo interesante empezaba a resultar aburrido.”

-Y en cuanto a la importancia central del ejercicio crítico, dice el diablo en una conversación con el personaje central de la novela:
“El diablo pasa por ser la encarnación de la crítica demoledora. Calumnia, amigo, una calumnia más. ¡Maldita sea! Si hay algo que odie en este mundo, algo que le sea contrario, este algo es la crítica y su acción corrosiva. Lo que él quiere y lo que él da es el triunfo SOBRE la crítica, la espléndida irreflexión”

-Sobre hacer ideología con el Arte:
“El arte es espíritu y el espíritu no tiene por qué aceptar obligaciones sociales o comunitarias…Un arte que emprende “el camino del pueblo”, que hace suyas las necesidades de la masa, de lo vulgar, de la mediocridad, acaba por caer en el desvalimiento y sólo puede vivir de la ayuda del Estado. Favorecer un arte a la medida de lo más vulgar es estimular la peor mediocrida , es un crimen contra el espíritu. Tengo, por otra parte, el convencimiento de que las más osadas empresas del espíritu, las más libres, las más ofensivas para la multitud, acabarán siempre por ser benéficas para los hombres”.

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MI relación con lo religioso: difícil pero relación estrecha y fuerte, que forma parte de mi vida desde muy niño, herencia de unos padres nada indiferentes a ese mundo. Ella practicante muy estricta y hasta apasionada en su intimidad, él muy sensible al tema de la culpa o el castigo, profundamente arraigado en la idea de lo trascendente. Soy católico, pues, porque recibí esa herencia y porque me hice hombre y empecé a hacer mi vida con una fe fuerte que en cierto modo me arrastraba y me deparó algunas de las mejores cosas que he vivido y sigo viviendo. Pero si tuviese que definirme, que ubicarme, diría en primer lugar que “creo que creo”; y luego, que tal vez soy sobre todo “culturalmente católico” con pocas conexiones hacia un convivir eclesial. Me ayudan para decir estas cosas otras dos citas del Doktor Faustus: “En la Iglesia, incluso como es hoy, secularizada y aburguesada, veo yo una fortaleza del orden, una institución encargada de disciplinar, de canalizar, de contener la vida religiosa objetivamente y de evitar así que caiga en las aberraciones subjetivas…”. Y en cuanto a lo religioso: “La religiosidad es, quizá, la juventud misma, la relación inmediata con lo ignoto, la intrepidez y la profundidad de la vida personal, la voluntad y la capacidad de afrontar y de superar lo que la existencia tiene de natural y de demoníaco…”

Agrego que me resulta penosa la indiferencia bastante generalizada en este medio nuestro frente a lo religioso, no como ritual automático y convivencia con toda clase de representaciones (santos, promesas, rituales, eventos sociales, expresiones) que se dan por entendidas y comunes sin ir más allá, sino conciencia clara de que cesaremos y que nos puede intrigar ese “destino final”. Eso, la percepción de un posible destino, parece lo más extraño al ser venezolano típico para quien lo religioso pareciera constreñirse a una forma de convivencia social, y poco más.

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Concluyo con un fragmento de las notas de Rafael Luciani, venezolano, profesor, teólogo, sobre la Natividad. De ellas extraigo esta frase:
“Este es el reino que anuncia Jesús de Nazaret. Es la buena noticia que reconocen y acogen los pastores, los anawin, los no-violentos, que han padecido la violencia del poder político y la exclusión del poder religioso…Sólo puede haber Buena Nueva cuando esta trae reconciliación, porque de otro modo “el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt 11.12).

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