Villanueva y nosotros (I)

La semana pasada toqué el tema de la ceguera en personas de rango académico, incluso de los más ilustres pensadores, en relación a los conflictos de opresión y supresión de los derechos de la persona humana. Me movió a hacerlo, aparte de la larguísima historia que el tema tiene, la experiencia que tuve recientemente en relación al texto que hoy comienzo a publicar sumada a la actitud de un profesor de alto escalafón a quien tuve la ingenuidad de pedirle solidaridad.

En ambos casos pude comprobar la fuerza que tienen los esquemas ideológicos independientemente del nivel intelectual de la persona que cede ante ellos. Lo que me lleva a considerar, lo he dicho otras veces, como la más positiva consecuencia de situaciones como la que vivimos en Venezuela el que nos haya permitido derrumbar ciertos lugares comunes, y entre ellos el muy extendido de que la gente estudiosa es más capaz aproximarse a la verdad, oculta o encubierta por los hechos.

El otro lugar común tiene categoría de Mito, el de la Revolución, al que también le he dedicado espacio, en nombre del cual se divide la humanidad entre buenos y malos, haciendo que todo lo que hagan los buenos, por ruin que sea, resulte enteramente justificable gracias a su excelsa condición de instrumento para derrotar a los malos.
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La supuesta mayor capacidad del estudioso para aproximarse a la verdad es puesta constantemente a prueba. Pero de todos modos resulta sorpresivo e inesperado, en contextos como el que hemos vivido, ver como algunos prestigiosos se han convertido en piezas pasivas (o activas según el caso) del engranaje perverso de un Poder manipulador e ilegítimo. Los acontecimientos recientes de agresión a diputados de la Asamblea Nacional sumados a las ilegales presiones para forzarlos a aceptar el resultado de unas elecciones plagadas de vicios, el permanente abuso de las cadenas televisivas y radiales para bloquear los mensajes opositores que se trasmiten por un solo canal de alcance limitado, y el discurso radicalmente autoritario y excluyente de los más altos jerarcas del Régimen, demuestran de forma inequívoca que en Venezuela la democracia ha sido confiscada como culminación de un largo proceso a cargo de un hombre que falleció sin abandonar sus esfuerzos para erosionar la conciencia democrática de los venezolanos.

Pero la crisis política que vivimos no puede ocupar todas nuestras energías. Tendrá que estar allí y muy próxima mientras la vamos remontando, ahora con un liderazgo respetado y con arraigo popular indiscutible. Y puede ser el momento para pensar en otros momentos de nuestra historia y particularmente, en otros momentos del transitar de los arquitectos venezolanos en contextos difíciles de algún modo análogos a los que vivimos en la actualidad.
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Y surge entonces la historia personal de Carlos Raúl Villanueva como referencia casi inmediata. Que transcurrió precisamente en un tiempo en el cual la sociedad venezolana, tal como digo en el texto que comienzo a publicar hoy, luchaba con los mismos fantasmas. Lo cual ha llevado a muchos a justificar su actitud actual.

En efecto, hay un puñado de arquitectos de talento decente que han creído justificar su aquiescencia con lo que aquí viene ocurriendo en la esfera pública, un par de ellos su figuración como “arquitectos oficiales”, apoyándose en la conducta de Villanueva en el escenario de dos dictaduras interrumpidas por un breve interregno democrático. Justificación completamente descaminada como trato de demostrar en el texto que publicaré en tres partes, por razones que allí doy y que pueden ampliarse haciendo uso de muchos testimonios recientes y de la época, entre ellos el que hace un par de días daba Guillermo Morón un historiador nuestro de mucha trayectoria, cuando se refería al carácter del régimen de Marcos Pérez Jiménez, durante el cual se construyó la parte más significativa de la Ciudad Universitaria de Caracas.
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Uno de esos arquitectos, de gama alta podría decirse, José Fructuoso Vivas (1928), no solamente el arquitecto vivo más conocido en Venezuela, sino uno de los poquísimos que está en Wikipedia, escenificaba hace poco un arrebato compungido y lacrimoso en honor del Ausente durante una entrevista en la cual explicaba cómo había diseñado el catafalco que se encuentra en el Museo de Historia Militar. Era no sólo una conmovedora demostración de tristeza, sino un homenaje a la forma relampagueante como se ejecutó el catafalco gracias a la abnegada actividad de una cuadrilla de diligentes trabajadores, los mismos que en una semana habían improvisado una capilla católica en el Hospital Militar de Caracas para poder orar con más comodidad en beneficio de la salud del Caudillo que se encontraba allí gravemente enfermo. Sus palabras, aparte de su, repito, muy bien ilustrada demostración de tristeza que me recordó las que suscitó recientemente el líder de Corea del Norte, me pareció un curioso homenaje a la improvisación cuando quedó claro que el catafalco se había diseñado y construido en una semana para responder a los deseos del más alto gobierno quedando como resultado unas cuantas láminas de granito de dos centímetros de espesor pegadas con epoxi siguiendo un diseño en el piso en forma de flor.Toda la escena era sorprendente, pero más sorprendente aún era la comparación que podía establecerse entre el monumental memorial a Kubitschek construido por Oscar Niemeyer en Brasilia y esta especie de pobre migaja de último minuto edificada(?) para el Estado más rico en divisas extranjeras de América Latina.

Pero ese es el destino caricaturesco de esta Venezuela tan particular, emergida del petróleo y la admiración por los caudillos…caricaturescos.
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Nada como eso ocurrió en tiempos de Villanueva porque nunca, pese a la presencia autoritaria de una dictadura, se le llegó a exigir, o incluso sugerir a personas que estaban donde estaban en virtud de un valor personal indiscutible, como Carlos Raúl Villanueva, que expresaran en público otra cosa que lo que les correspondía desde su nivel intelectual no comprometido ideológicamente.

Con lo cual queda dicho todo para ilustrar lo inexacto de comparaciones que prescinden de los momentos históricos y sobre todo que pasan por alto el espesor cultural y humano de los protagonistas. No hay comparación posible entre los tiempos de nuestro maestro y profesor admirado de hace medio siglo y lo que escenifican hoy un puñado de adulantes. Si ya hemos mencionado un ejemplo actual podríamos mencionar otros de quienes por supuestamente cumplir un sueño de hacer determinadas cosas han caído en el foso de dar soporte a lo insoportable. Allá ellos con sus conciencias y su determinación “revolucionaria”. Darán cuenta, si cabe, en algún momento de su actitud. Pero por favor no incurran en la ligereza de citar a Villanueva para justificarse.

HACIA ALLÁ VAMOS
Oscar Tenreiro

En Venezuela se impondrá la verdad. Ahora cuando los jerarcas del engaño han sobrepasado todos los límites, más confiado estoy en que el Régimen cesará vencido por su corrupción moral. Y sin dejar de estar atento, regreso a lo habitual publicando aquí lo que la ceguera académica impidió publicar en otro lugar. Trata sobre el contexto político en el cual nuestro Villanueva debió trabajar y sobre las analogías con el hoy venezolano. Mantengo el título original. Irá en tres partes, hoy la primera:

VILLANUEVA Y NOSOTROS (1)

I
Carlos Raúl Villanueva, pese a lo que podría suponerse a raíz de sus logros como arquitecto, actuó en un medio que bajo una apariencia de normalidad padecía la misma lucha contra la ignorancia, fricciones entre opuestos, inmadurez y abuso político que vivimos hoy los venezolanos. Todo era más simple, porque el país contaba con 25 millones de habitantes menos, los conflictos eran más limitados y las estridencias se ocultaban tras una frenética actividad, pero los obstáculos a la modernización eran análogos a los que hoy padecemos. Se disfrutaba sin embargo de un ingrediente que hoy ha desaparecido: el optimismo y la confianza en el futuro, rasgos compartidos con un momento universal caracterizado por la idea de que la transformación física del paisaje usando la construcción como instrumento era el requisito de toda posible superación social. Eso y la resuelta decisión de formar el país construyéndolo fueron fuerzas centrales para la concreción del Proyecto de la Ciudad Universitaria de Caracas.

Y Villanueva tenía la enorme ventaja de actuar desde una posición cercana a las fuentes del Poder, heredera de una ascensión social protagonizada por su padre bajo la sombra de un Dictador, Juan Vicente Gómez. Estaba también vinculado familiarmente a una alta burguesía próspera y ambiciosa, por lo que puede decirse que había nacido en cuna de oro condición siempre útil para un arquitecto y particularmente significativa en un pequeño país que se iniciaba en los beneficios del rentismo petrolero. Durante sus años más activos como arquitecto no había todavía irrumpido en las conciencias de la clase política (porque todavía no existía una clase política) el populismo de inspiración marxista, suerte de enfermedad latinoamericana a lo largo de todo el siglo veinte, que por aceptación o por rechazo habría de marcar hasta hoy el proceso político venezolano.

Y esto último equivale a decir que la arquitectura no había sido asediada por la justificación ideológica que décadas después habría de denunciar Aldo Rossi y hoy casi no se recuerda, a pesar de su preponderancia en los años del surgimiento hippie, mediados de la década del sesenta del siglo pasado.

Villanueva era además uno de los pocos arquitectos de su generación cuyo espesor cultural y pasión por el oficio podía interesarlo en la maduración de una obra. Lo ayudaba, como le ocurre con frecuencia a algunos herederos cultos y ricos, un cierto desdén por aumentar una fortuna personal ya considerable. Y si agregamos lo fundamental, su temperamento y talento artístico, sus destrezas y su interés por el mundo de las artes plásticas, se comprende que desease dialogar como arquitecto con las corrientes intelectuales y artísticas de su tiempo, que conocía bien gracias a su formación europea.

Porque a veces se olvida que Villanueva se formó fuera del medio provinciano venezolano. Se puede decir en tono de caricatura que era una especie de francés local que hasta hablaba el español con acento. Y puede ser visto también como una rara avis que resolvió dejar de lado el universo especulativo que caracterizaba la actividad de su suegro, el promotor inmobiliario más importante de esa Venezuela que se iniciaba, y enfocarse en el manjar de oportunidades arquitectónicas que era el proyecto de la Ciudad Universitaria, que siguió inmediatamente a la experiencia de El Silencio, una obra de gran magnitud que se llevó adelante, privilegio petrolero, en tiempos de grave crisis internacional (1941-44).

II
A ese campus universitario dedica todas sus energías hasta 1958, cuando expulsado del Poder Marcos Pérez Jiménez, la Ciudad Universitaria fue sometida a las revisiones e interferencias populistas que iban a frustrar o hacer incompletos los aspectos finales de su desarrollo.

Pero durante 14 años la posición de Villanueva como motor intelectual de la Ciudad Universitaria fue respetada. Era figura central en el Instituto de la Ciudad Universitaria como arquitecto responsable, como promotor de la intervención de artistas, de consultores técnicos, como interlocutor de empresas de construcción extranjeras y nacionales de alto nivel, en un país que apenas se iniciaba en el dominio de las nuevas tecnologías.

Se sucedieron en esos años tres gobiernos cuyo origen y desempeño ilustran el difícil transitar venezolano; y sorprendentemente Villanueva navegó sin mayores sobresaltos por esos mares, contando siempre su obra con financiamiento generoso sin que se objetara su presencia o se vulnerara su capacidad de decisión. Logró convivir con el ambiente político de todos esos años practicando una difícil neutralidad o, si somos más exigentes, manteniendo una calculada pasividad. Pareció no reparar en las arbitrariedades que fueron progresivamente aumentando, en las limitaciones de la libertad de expresión, la violación de los derechos humanos, o las múltiples historias de corrupción. Sobrevivió al entrecruce de intereses, de violencias, de oportunismos, y ya en los últimos días previos al derrocamiento de Enero del 58, evitó cualquier pronunciamiento, mientras que, paradójicamente, su Ciudad Universitaria se convertía en importantísimo centro de protesta.

La obra maestra de Villanueva: el Aula Magna de la Ciudad Universitaria.

La obra maestra de Villanueva: el Aula Magna de la Ciudad Universitaria.

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