Lo mejor de nuestras vidas (a causa de una ausencia)

Es verdad que mezclar en la controversia política la pérdida por muerte de una persona de nuestro afecto, compañero con el que se han compartido muchas cosas, puede ser indebido, pero no puedo dejar de hacerlo porque sé, lo sabemos todos los un poco mayorcitos, que en los niveles medios de Poder y aún en los más altos, hay personas que conocían muy bien la alta capacidad profesional y humana de Joel Sanz (Premio Nacional de Arquitectura 2000). Que incluso uno de ellos, el de más alta posición, escribió públicamente una vez que un Premio Nacional, aparte de diplomas o medallas debía estar acompañado de algún encargo público. Lo hizo el 22 de Septiembre de 1991 con ocasión del Premio Nacional de Arquitectura concedido ese año a Jesús Tenreiro y tenía estrecha relación con el hecho lamentable de que los buenos arquitectos venezolanos construyan de modo casi marginal. Ese perverso sesgo lo describió como “…divorcio terrible entre arquitectura y sociedad que ningún premio puede contribuir a esconder.” Y agregaba: “…vemos como se premia a una persona …sin que la sociedad en su conjunto..la haga suya, se identifique con ella…yo, en lugar de Jesús Tenreiro, en vez de un Premio Nacional preferiría el encargo de un proyecto interesante. Sería sin duda un mejor estímulo.”

Se trata del colega Francisco (Farruco) Sesto Novás, hoy Ministro de Estado para la Transformación Revolucionaria de Caracas; desde los inicios de este Régimen en 1999 alto funcionario y durante varios años, en dos períodos, Ministro de la Cultura (2004-2008 y 2010-2011). Escribió desde 1989 hasta 1993, gracias a mi deseo de que estuviera presente en ese esfuerzo de comunicación, una pequeña columna llamada “Poesìa de la Ciudad” en El Diario de Caracas, hoy desaparecido como medio impreso. En ella expresaba sus puntos de vista relacionados o no con los temas de los textos principales a mi cargo, y nunca tuvimos diferencias en el tono o en los énfasis acerca de lo que queríamos comunicar. Y por eso puedo asegurar, en este caso concreto, que fue absolutamente sincero. Me permite decirlo además nuestra cercanía como socios en el trabajo y sobre todo como amigos muy cercanos. Cercanía que se prolongó hasta que en 1998 comenzó la pesadilla venezolana.

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Y le doy vueltas una y otra vez a la pregunta sobre la capacidad que tiene la ideología política, cuando se abraza como un centro alrededor del cual gira nuestra visión del mundo, de la vida y muy señaladamente de nuestro rol personal, para cambiar, erosionar, debilitar nuestras convicciones, para sustituirlas por otras, no sólo nuevas sino contrarias, negadoras de todo lo anterior. Se abraza el fanatismo, se actúa como masa indiferenciada siguiendo consignas, el sentido de secta sustituye al de comunidad. Y la visión de sí mismo se hace grandilocuente, desmesurada, se actúa a título de portador de un designio superior. La identidad de un “yo” se sustituye por la de un “otro” no complementario sino antagónico.

Por todo esto es explicable que Sesto no haya hecho nada por cambiar la rutina de hacer de los Premios Nacionales homenajes un poco vacíos, opacos y hasta intrascendentes, y muchísimo menos por que un arquitecto de la valía de Joel Sanz tuviese algún trabajo interesante y sobre todo lo construyera. No se lo permitía su nuevo yo porque estaba obligado a etiquetar al hoy fallecido como miembro de una terrible derecha que sabemos que no existe pero que se menciona a discreción para justificar lo injustificable.

En cuanto a los funcionarios menores, como por ejemplo el Director del Museo de Arquitectura Juan Pedro Posani y quienes son sus ayudantes inmediatos o subalternos, se mantuvieron de bajo perfil ante temas así. Y les ha bastado con hacer de esa institución un órgano más de la propaganda gubernamental y hablar sobre un interés en debatir que nadie compra, mientras, al menos él, prepara el próximo escrito laudatorio de la “revolución” o del Ausente, además de denunciar a los siniestros derechistas que expresan algún desacuerdo. Le ha faltado tiempo y concentración para que la institución que dirige, la cual según parece tiene un muy exiguo presupuesto, bastante menor que lo que gasta el Régimen en, por ejemplo, material antimotines, se dedique a la difícil tarea de recabar información, clasificarla, digitalizarla y prepararla para publicación, de los más importantes arquitectos venezolanos, mientras que presenta una exposición sobre la absurda y contradictoria Misión Vivienda. Un trabajo, el de reconstruir un legado, que definiría de la mejor manera el objetivo de un Museo de Arquitectura en Venezuela, porque si a los buenos arquitectos no se les abren espacios para que construyan, al menos deberían contar con la construcción virtual a través de publicaciones, videos o material gráfico en general, que tantas posibilidades hoy ofrece. Al decir lo cual aprovecho para sugerirle al Director del Museo que trabaje con los legados de Tomás Sanabria, José Miguel Galia, Jesús Tenreiro, Jorge Rigamonti, Gustavo Legórburu y, ahora, Joel Sanz. Que pase por alto el hecho de que ninguno de ellos rendía culto al Régimen y se dedique a preservar su herencia. Trabajo difícil y extremadamente lento que en el ámbito privado resulta muy problemático.

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En 1989, la Fundación Museo de Arquitectura, que se disolvió en los años siguientes y nada tiene que ver con el Museo creado por el Régimen, organizó junto con el Museo de Bellas Artes la exposición “La Casa como tema”. Los directivos de esta fundación, eran entre otros que me ha sido difícil recordar los colegas Celina Bentata, Jorge Rigamonti (1941-2006) y William Niño (1953-2010) y la exposición fue en las salas de Bellas Artes siendo su curador William Niño. Asistí a ella (tenía trabajos expuestos allí) y me encontré a la salida con un colega profesor de Historia de la Arquitectura de nuestra Facultad, a quien respeto pese al desliz que narro a continuación. En efecto, este profesor y amigo se burlaba de que en una de esas cronologías que siguen los acontecimientos universales relacionándolos con los locales, que estaba en una de las paredes a la entrada de la exposición, aparecía la fecha del nacimiento de Joel Sanz (se refirió a él en especial) junto a la de un acontecimiento europeo que no recuerdo. Se reía de que se llevara el nacimiento de Joel, a quien veía con frecuencia en los pasillos de la Universidad mientras transcurría la vida de todos los días, a la categoría de evento comparable con las grandes fechas universales. A ese colega y amigo hubiera podido yo hacerle notar, con la perspectiva que hoy tengo como persona mayor y como venezolano que ha visto como se distorsiona nuestra historia en nombre de mitos e irrealidades, que son hombres como Sanz los que construyen nuestra identidad cultural, que su nombre no se conoce fuera de nosotros pero se conocerá y tendrá el peso que para nosotros tiene gracias a su densidad, porque ella es perfectamente análoga, distancias guardadas, claro, a la de muchas figuras que han alimentado las tradiciones en las que abrevamos. Porque la tradición es un río muy ancho que no viene sólo de los centros dominantes, nace en todas partes sin que nos demos cuenta, incluso en el diario acontecer. Para construir con solidez nuestra cultura estamos obligados a vincular lo de aquí, por inmediato y rutinario que nos parezca, con las referencias, a ratos demasiado amplias o ajenas, que hemos recibido. Cuya aparente importancia oscurece las que están cerca de nosotros, a causa de nuestra dificultad para ver mejor hacia el mundo en el que vivimos.

Esa podría ser la mejor enseñanza de la ausencia de Joel Sanz.

LO MEJOR DE NUESTRAS VIDAS
(A causa de una ausencia)
Oscar Tenreiro / Publicado en el Diario TalCual de Caracas el 7 de Septiembre de 2013

Ricardo Lagos, ex-Presidente de Chile declara en una entrevista para El País de Madrid: En Chile, la dictadura nos robó lo mejor de nuestras vidas. ¿No podemos decir los venezolanos, exactamente lo mismo? Lo creo, y vuelve en mí esa convicción con toda su fuerza con motivo de la reciente muerte, súbita, del colega Joel Sanz, nacido en Noviembre de 1945.

Si dejamos aparte todo aquello que nos hace singulares, Joel era uno más de los venezolanos que han visto con estoicismo mezclado con una muy explicable sensación de frustración el transcurrir de los últimos quince años, dominados por una especie de reinado de la mediocridad y el resentimiento. Tiempo en el cual el desdén hacia la idoneidad profesional en provecho de la sujeción política ha sido la norma, con algunos momentos, muy raros y ya lejanos en el tiempo, de efímera apertura.

Sabemos que esa sujeción impuesta desde el Poder ha sido un mal venezolano, pero en este tiempo de espejismos revolucionarios ha llegado a niveles como nunca en nuestra historia. Y si los espacios de trabajo públicos para los arquitectos han sido aquí tradicionalmente una reserva para allegados y amigos, siempre hubo alguna posibilidad de que se abrieran oportunidades, algo que hoy resulta prácticamente imposible a menos que se cultive y rinda culto a la hipocresía.

En un escenario así personas como Joel Sanz, veraces, de cordialidad sincera pero nunca complaciente, conscientes de que su valor personal y profesional era resultado de un proceso de maduración profundo y auténtico, en el que las apariencias poco contaban, tenía necesariamente que verse en situación difícil, colocado en cierto modo al margen, en una frontera problemática.

II
Todos en nuestro mundo profesional hemos estado asediados por este contexto hostil y desde todo punto de vista absurdo en un país donde todo está por hacerse. Y la muerte de Sanz, Premio Nacional de Arquitectura del año 2000, nos lo hace notar, de nuevo, de un modo estridente y doloroso.

Toda muerte, eso creo, es un mensaje, una llamada, una señal a menudo incomprensible. Y para mí la de Joel Sanz, aparte de esa dificultad para entenderla, me induce en cierto modo a gritarle en la cara a quienes teniendo en sus manos la posibilidad de que gentes como él dijesen una palabra fuerte a través del hacer, de su obra, se mantengan pasivos o incluso sigan practicando esa absurda doctrina de la exclusión, asunto central del proceder público dominante aquí. Porque Joel era un arquitecto que pudo construir muy poco hasta llegar últimamente a enfocarse sólo en la docencia, pese a su muy sólida formación: conocimiento constructivo que se expresaba por ejemplo en el dominio del detalle, hábil y atractivo manejo de los materiales, un sentido intuitivo de las formas de trabajo de la estructura, y una gran facilidad para la organización del edificio. Todo unido a un sólido compromiso estético que lo llevó a proponer imágenes de arquitectura que deben perdurar aunque sea en el mundo virtual, tarea que corresponde realizar ahora a sus legatarios, sus colegas cercanos del mundo universitario (la Unidad Nueve de la UCV), compromiso docente que cultivó con entrega y una rara vocación. Porque no puede dejarse de relacionar la personalidad de Sanz con esa labor de profesor que estimuló en muchos el amor a la arquitectura, a la vez que insistía en la necesidad de rigor, de estudio y de trabajo fuerte, virtudes que le fueron propias.

III
Era Joel Sanz ese tipo de arquitecto nuestro que, sin estar demasiado consciente de ello, ejerce considerando suyas las mejores cosas de la tradición moderna: la forma es esencialmente resultado y mucho menos imposición previa, siendo la organización del edificio uno de sus orígenes; la propuesta estructural se asume como hilo conductor del proceso; el edificio resuelve problemas, responde a ellos, se vincula positivamente a un programa sin que este requisito se imponga; agudeza en la identificación de ciertas líneas maestras que orientan el diseño (la topografía, los accidentes naturales, las direcciones visuales en contextos urbanos); importancia de las proporciones: el hombre como referencia permanente. Agudeza ayudada por un talento innato, reconocible en su capacidad para el dibujo, expresiva, precisa, capaz de, incluso, llevarlo a la vez por direcciones opuestas, lo cual le provocaba no pocos conflictos. Y objetivos estéticos muy bien inscritos en nuestro momento histórico. Tal vez digo demasiadas cosas difíciles de expresar (recordemos que la arquitectura se muestra, no se explica) pero sé también que hay pocos arquitectos de ese tipo aquí y en cualquier parte, porque ha ido pesando demasiado la superposición de modas o tendencias orientadas por la pulsión artística.

No creo que haya entre los colegas de aquí, que ven en nuestra disciplina un sentido más profundo que el de simple medio de sustento, conscientes de su dimensión cultural, de las exigencias intelectuales en el sentido tan bien definido por Carlos Raúl Villanueva, que dude en decir que con la muerte de Joel Sanz pierde Venezuela uno de sus mejores arquitectos. Y lo más irónico, lo que precisamente nos lleva a increpar al puñado de colegas que conscientes o no de su complicidad son parte de una suerte de mafia sumisa que soporta directa e indirectamente la parodia política que rige a Venezuela, es que muere sin haber podido dejarnos lo que sus capacidades le hubieran permitido hacer. La cultura venezolana es la que pierde y eso cuenta, porque en ella se mostrarán las consecuencias de la desgraciada coyuntura política que hemos vivido, sea cual sea su nombre, durante quince años. Y ha hecho posible tantas cosas que nos han robado lo mejor de nuestras vidas.

De nuevo la medusa de Le Corbusier: lo luminoso y lo oscuro como díada

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