Sobre una muerte anunciada

Oscar Tenreiro / 14 de Diciembre 2013

La experiencia venezolana de la semana pasada es demasiado importante como para no referirse a ella. Y pienso que si vemos más allá de las apariencias es un hecho que el Régimen no podrá sostenerse mucho más tiempo y que Venezuela recuperará su democracia. No me extiendo aquí en explicar por qué lo digo, pero sí para examinar uno de los síntomas que explican lo que afirmo y atañe a nuestro campo, la ciudad y la arquitectura.

Avanza sin duda la consolidación de una nueva etapa del Régimen dirigida hacia un agotamiento absolutamente irresponsable, no sólo de los recursos económicos (algo señalado hace poco por un economista usando una y otra vez precisamente esa palabra: irresponsabilidad) sino de la poca racionalidad que existía en ciertas decisiones. Etapa caracterizada por un vendaval de absurdos e improvisaciones vendidas con palabras que los disfrazan de avances revolucionarios, siendo más bien regresiones o simples resultados de luchas entre camarillas de poder.

Al decir esto tengo en mente específicamente la política de acción sobre Caracas, que estuvo centrada en una disparatada Misión Vivienda de lógica imposible si se la ve fuera de la justificación ideológica que la sustentó: afiebradas hipótesis de impulsión de la igualdad social gracias a una especie de colonización de la ciudad. Promovida, según se decía, mediante la inserción de población pobre (mayoritariamente sin empleo fijo) en sectores urbanos de clase media (como cuña de cambio social ¿?) usando para ello sin seguir Proyecto Urbano alguno, la expropiación para construir viviendas de todo terreno subutilizado, no importaba donde estuviere. Viviendas de mínimas prestaciones, maquilladas con materiales de construcción de revestimiento y otros adornos, como techos metálicos y muros sinuosos en los niveles superiores, que pretenden lavarle la cara a una arquitectura surgida de la uniformización despiadada dirigida a evitar complicaciones. Se ignoraron los equipamientos porque se decía que eso sería objeto de otros planes que nunca se ejecutaron y se utilizó una inmensa cantidad de dinero hasta hoy mantenida en el más estricto secreto, apoyándose en lo que definitiva es el núcleo central de esta parodia revolucionaria: los dólares petroleros, despilfarrados y robados.
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Pues bien, el cuerpo directivo de esa política caraqueña, que canalizaba el dinero y su poder a través de un llamado Ministerio para la Transformación Revolucionaria de Caracas y la Oficina de Proyectos Especiales para Caracas, ha sido defenestrado, justo ahora después de las elecciones, para ser sustituido por otro a cargo del candidato perdedor de la Alcaldía Mayor de Caracas, quien suponemos disfruta de una confianza de parte del Alto Poder que se le niega a los que van de salida. Queda así a cargo del opulento Ministerio un gris periodista cuyas únicas virtudes conocidas antes de ser nombrado Ministro de Información hace menos de dos años, eran las de hacer poco atractivas entrevistas en un espacio estelar de la televisora del Estado, en las que balbuceaba lugares comunes.

¿Por qué destaco esto? Porque se trata del fin de la carrera revolucionaria, al menos en los altos niveles burocráticos, de gente que se empeñó en darle una cara profesional a las ansias de Poder de un Caudillo. E hicieron toda clase de acrobacias para lograrlo, siendo la mayor, la más notoria y cuyas consecuencias la convertirán en la más difícil de superar cuando se recupere la democracia, la Misión Vivienda en Caracas y los demás exabruptos de la Oficina de Planes Especiales. Y entre estos uno que pudiera ser el monumento más importante a la arbitrariedad que haya dejado como resultado la gestión de esta camarilla: un enorme puente sobre la Autopista del Este caraqueña, para peatones, llamado Puente Ecológico, que conecta los terrenos del aeropuerto (urbano, aún en funcionamiento) de La Carlota con el Parque de Este. Se comenzó a construir sin que existiera un plan completo de reacondicionamiento de los terrenos del aeropuerto y se desconoce de qué manera afectará sus adyacencias. Pero lo más notorio es que se anunció como un símbolo de la conexión del verde espacio de Burle Marx y lo que sería un nuevo parque para la ciudad, por eso su caricaturesco nombre. Y lo que hemos visto progresar es un típico y torpe puente de vigas prefabricadas con dimensiones estructurales excesivas que en sus estribos suponemos que soportará unas grandes jardineras para justificar su nombre. Todo un logro de diseño fake. Mentiroso, hecho a base de superposición de intenciones sobre un esqueleto simplista, adocenado, sin valor especial alguno. Y es que los puentes peatonales, como sabemos a través de la historia, incluso en el caso de los puentes colgantes en sociedades rurales y primitivas, son siempre una oportunidad de diseño y de inventiva estructural. Y en las sociedades industriales hay muchos ejemplos, sin que dejemos de mencionar entre los más recientes un par de puentes de Calatrava (los problemáticos de Bilbao y de Venecia) y el de Foster sobre el Támesis. Y esa tradición es replicada aquí, todas las distancias guardadas, por esta revolución gloriosa con una versión tropical del parto de los montes: un puente de carretera adornado con palabras, tan falso y tan esquemático como la mayor parte (hay algunas excepciones rescatables) de los edificios de vivienda que la fulana Misión ha hecho en Caracas.
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Y por eso creo que ese puente tiene el carácter de símbolo, no de una aproximación consciente a la integridad de un parque que es la mejor obra de Roberto Burle Marx, ni de las posibilidades de anexión a un espacio público de enorme importancia para la ciudad, sino de la hipocresía, el oportunismo y la cortedad de miras.

Y al referirme a él y al recordar una vez más las premisas ideológicas del plan de vivienda para Caracas, aludo en realidad a lo que ha sido la trayectoria de esa cupulilla de Poder representada por los hoy defenestrados. Que, debo decir para quienes esto leen y no conocen detalles venezolanos, que se trata de arquitectos.

Que fueron fulminados por el rayo protector del Caudillo que los elevó a posiciones que nunca se imaginaron. Allí se envanecieron hasta sentirse obligados a recubrir de nubes rosadas las acciones de un líder negativo que jamás será recordado en Venezuela como promotor de la unión y del amor a un destino común como lo ha sido Nelson Mandela. Y así como hicieron eso con la persona que les dio nueva vida, lo hicieron con los planes que tuvieron que improvisar y poner en marcha para garantizar la conservación del Poder que los elevó. Fueron un ejemplo de la crítica prostituida que mencioné la semana pasada. La sesgada por objetivos políticos y estrategias de manipulación de la opinión ajenas a toda premisa disciplinar. Ausentes por ello de los problemas reales de la ciudad y su arquitectura.

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Estos personajes se encontrarán de repente de regreso a su condición de personas sin poder o con poder disminuido por las nuevas camarillas. Enfrentados a la dura evidencia de que inventaron una inmensa ilusión para hacerle justicia al rango que les fue conferido y terminó transformándolos en otros. Que los llevó a traicionarse a sí mismos, o por lo menos a una buena parte de lo que hasta ese momento había sido su mundo personal.
¿Qué les queda ahora? ¿Rechinar de dientes como dice la Biblia? No lo creo. Se empeñarán en seguir cubriendo con tinta dorada lo que hicieron. Tinta dorada de pura ideología, nubes rosadas incapaces de darle la tranquilidad de haber sido fieles a sus conocimientos. Porque deberán reconocer que traicionaron lo que les había tomado una vida conocer.

Y los que no estaban en el tope de la pirámide de Poder, también arquitectos, ya veremos qué se les ocurre, a qué tabla de salvación recurren. Que será también el de la crítica prostituida que tan bien han sabido usar a través de los años. Para seguir flotando y no perder del todo el respeto que una vez tuvieron.

Leyenda de las fotografías:
Tres símbolos revolucionarios: los estribos del puente ecológico esperando las vigas prefabricadas, los muros sinuosos sobre la triste monotonía y los techos metálicos que nada protegen.

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