Una pequeña historia, necesaria (II)

Oscar Tenreiro / 28 de Diciembre 2013

Sigo con el rápido relato sobre la historia de la Ave. Bolívar de Caracas, buscando allí los argumentos que me permitirán ver mejor los fundamentos de lo que la Misión Vivienda ha venido haciendo en esa arteria, tan importante para nuestra capital.

Acompañé mis comentarios de la semana pasada con algunas de las ilustraciones aparecidas en el libro “El Plan Rotival” publicado en 1989 por el Instituto de Urbanismo de la Universidad Central. Esa publicación suministra buena información sobre la etapa anterior a 1958 (salvando la ausencia de documentación del proyecto de Cipriano Dominguez) pero es menos prolija en la etapa posterior. Todos los dibujos en blanco y negro que publiqué la semana pasada vienen de allí, incluyendo el esquema de Richard Neutra, que no es por cierto el más grande de los tres que aparecen en la imagen No. 14 (la leyenda no lo aclaró), sino el pequeño que amplifico hoy. El más destacado es una perspectiva de José Antonio Ron Pedrique, quien como mencioné, fue el arquitecto de los edificios gemelos que se construyeron en dirección Este junto a la Plaza Diego Ibarra.

En cuanto a la presencia de Maurice Rotival como inspirador y asesor del plan, sabemos que fue contratado de nuevo en 1946; lo cual explica su vinculación con la propuesta de Domínguez y con el resto de los estudios realizados por la Comisión Nacional de Urbanismo, fundada en ese tiempo. De su contratación da fe una publicación hecha a raíz de una nueva contratación en 1959-60, ya en tiempos de democracia, cuando el debate sobre la continuación de la Ave. Bolívar era particularmente intenso. Lleva el título “Acción sobre Caracas” y fue publicado suponemos a fines de 1959, pues carece de fecha. Contiene cuatro propuestas generales de desarrollo para Caracas expresadas como “Claves” e identificadas con letras, de las cuales la preferencial era la llamada “Clave D“, denominada “Ciudad Nacional Equilibrada” que es sobre todo el reconocimiento de las tendencias ya establecidas del crecimiento de Caracas. Se hace en él una completa justificación de la creación de una Oficina de Planificación que lleve adelante la nuevas propuestas de desarrollo del eje vial, la cual por cierto no aparece ilustrada allí sino que vino a conocerse públicamente en un artículo de “l’Architecture d’aujourd’hui” que comentamos más adelante. Pareciera que la intención del texto y las imágenes es más bien justificar la contratación recibida.

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Ya en ese momento, lo mencionaba la semana pasada, se venía imponiendo con mucha fuerza una visión distinta, moderna, para el desarrollo de la Avenida, que contrariaba los esquemas simétricos como el propuesto en 1939-49, a favor de modificaciones radicales sobre tierra arrasada dirigidas a individualizar los edificios públicos y crear espacios abiertos independientes de la retícula histórica, sobre la cual saltan plataformas que sirven de apoyo a torres o volúmenes bajos que se agrupan en una composición abstracta ignorando al resto de la ciudad.

Ese cambio de puntos de vista llevó a Rotival a proponer una imagen urbana radicalmente distanciada de sus puntos de vista del 46, que como ya dije fue hecha pública en el número de Febrero-Marzo de 1960 de “L’Architecture d’aujourd’hui“. Esta forma de hacer pública la propuesta puede deberse a deseos de confidencialidad del gobierno venezolano, y debo el conocerla tanto a la publicación del Instituto de Urbanismo ya mencionada como a la iniciativa del colega Odart Graterol, quien en correo reciente me llamó la atención sobre la misma.

La propuesta de Rotival deja ya en el pasado la de Cipriano Domínguez y llega hasta proponer la demolición del conjunto de El Silencio (que siempre consideró una violación de Villanueva al plan del 39, algo paradójico si se considera su propia violación) proponiendo unos volúmenes prismáticos rectangulares (edificios institucionales públicos, suponemos) en lugar de las viviendas, aparte de insistir en abrir la visual principal, como remate del eje, hacia el cerro de El Calvario con el Santuario de Simón Bolívar, tal como se había previsto en el plan del 39. En esa imagen se recogen criterios de organización urbana que serían asimilados por Ron Pedrique en el estudio que le correspondió llevar adelante menos de dos años después.

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Se ha opinado, sin duda con cierta razón, que Rotival violó su propio plan del 39 al adoptar el nuevo punto de vista. Prefiero decir que, simplemente, su concepción del deber ser de la ciudad varió junto con su desarrollo intelectual y técnico llevándolo a afiliarse a los puntos de vista en boga típicos de los sectores profesionales más actualizados del campo del Diseño Urbano, en tiempos de la posguerra. Cambió de rumbo, como por ejemplo aquí en Venezuela Carlos Raúl Villanueva “cambió de rumbo” en la Ciudad Universitaria en 1951-52 respecto al Plan Maestro que él mismo había propuesto en 1944. Modificaciones de este tipo son además características de los procesos urbanos, siempre sujetos a factores socio-económicos y políticos además de los económicos, que presionan hacia cambios que pueden ser contradictorios, sobre todo en países como el nuestro donde la dinámica urbana es en extremo cambiante.

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Vale la pena en este punto del relato que realizo, hablar de la actitud política sobre las distintas etapas del plan.

No cabe duda que el impulso recibido por el plan en tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez, quien encontró ya las bases administrativas previas durante los gobiernos inmediatamente anteriores, fue el que dio forma a la Avenida Bolívar tal como hoy la conocemos. Las expropiaciones por ejemplo, basadas en una ley que había sido diseñada y aprobada en tiempos de democracia, fueron adelantadas de modo definitivo en esa etapa, incluyendo las de los terrenos del extremo Este del eje, contiguos al Parque de Los Caobos al Norte y Sur de la calzada principal, los del Sur pertenecientes a lo que había sido la urbanización El Conde, muy exitosa comunidad de vivienda (poco grata tal vez desde el punto de vista urbano por su carencia de espacios verdes) construida a fines del gobierno (1908-1935) del “otro” dictador, Juan Vicente Gómez, como inversión privada a cargo promotores como Juan Bernardo Arismendi (futuro suegro de Carlos Raúl Villanueva) y Luis Roche, áreas que se incorporaron a lo inicialmente previsto para la Ave. Bolívar por razones que nos ha sido difícil identificar, aparte de la exigencias que planteaban las conexiones viales con el sistema arterial de la ciudad.

El hecho es que la democracia recibe un patrimonio de enorme importancia, con un muy alto valor económico que contradice la insistencia en señalar, durante los primeros años del populismo democrático, que el “Centro Simón Bolívar estaba quebrado“, expresión que recuerdo haber oído por parte de gente ubicada en los más altos niveles de gobierno en tiempos del período de Rómulo Betancourt (1960-65).

Parecía pues, desde el punto de vista político que la Avenida Bolívar se convertía en una suerte de papa caliente que nadie quería tener en las manos, de tal modo que, a pesar de los cuidadosos estudios financieros hechos respecto a la continuación de las obras, como el que publicó el Centro Simón Bolívar a partir de la propuesta de Ron Pedrique, tardó muchos años en materializarse, debido a los prejuicios políticos reinantes, típicamente populistas, sobre la posibilidad de intervención de la iniciativa privada, lo cual vino a hacerse realidad de modo sui-generis durante la Presidencia de Rafael Caldera (1968-1973) con el desarrollo llamado Parque Central, en los terrenos de El Conde.

Es esa identificación como mercancía problemática desde el punto de vista político lo que ha venido a caracterizar a la Ave. Bolívar a lo largo de las décadas que median desde el advenimiento de la democracia. A ello se ha debido en gran parte la sucesión de usos superpuestos y decisiones erráticas que han sido parte de su historia.

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Seguiremos con el relato. Incluyo aquí imágenes de apoyo del texto, incorporando al final algunas correspondientes a la propuesta Ron Pedrique.

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