Son compañeritos

Oscar Tenreiro /(Publicado en el diario TalCual de Caracas el 14 de Febrero de 2014)

Releyendo lo que escribí la semana pasada, me doy cuenta de lo risible que resulta recordarle a un estudiante que se supone que es de izquierdas revolucionarias una serie de conceptos que han sido universalmente, y lo fueron en Venezuela, defendidos por las llamadas izquierdas frente a lo que señalaban como distorsiones de la visión de derechas respecto a los vínculos de la arquitectura con las realidades económicas y sociales. Y el que uno tenga que hacerlo revela varias cosas.

Comencemos con una que ha sido muy debatida en el contexto europeo y que no hace mucho mencioné aquí a propósito de una entrevista que El País de Madrid le hizo al filósofo alemán Peter Sloterdijk (1947). Sloterdijk, filósofo de amplia obra, ha mantenido polémicas interesantes entre las cuales una sobre la carga que pesa sobre los alemanes en relación al complejo de culpa a causa del nazismo y sus fechorías. Y lo hace con un lenguaje que se aparta de lo políticamente correcto. Y en línea con esto último ha hecho demoledoras críticas a la izquierda política, a la que califica como una especie de banco en el cual las personas depositan sus reclamos a la sociedad para recibir como intereses determinadas posturas políticas que les proporcionan tranquilidad y los relevan de la mala conciencia. Pues bien, eso mismo puede decirse de gentes de las izquierdas nuestras que repetían ciertos conceptos críticos sobre lo que ocurría, para después entregárselos a un caudillo capaz de seducir, intuitivo y muy hábil en la simulación (no está demás recordar a Hitler) esperando recibir de él (y ahora de su imagen) la tranquilidad necesaria para olvidar todo lo que decían.

II
Y se da entonces la paradoja de que uno tenga que recordarle a un joven que suponemos se define como de izquierda y revolucionario cosas básicas relacionadas con el reconocimiento del espacio social y cultural en donde vive, algo que se suponía característico del pensamiento de izquierdas. Lo cual si demuestra por una parte la ausencia de contenido de las posiciones actuales de quienes en un tiempo quisieron ser vistos así y se vanagloriaban de ello (ser de izquierdas parece dar un cierto prestigio intelectual); por la otra revela la ausencia de honestidad intelectual de quienes se niegan a ejercer el espíritu crítico respecto a lo que se viene viviendo en esta parodia venezolana que se llama a sí misma revolución.

Desde luego que son deshonestos, puede y debe decirse, pero ¿donde queda entonces el estudiante? O más bien ¿donde puede quedar? En el limbo de quienes han sido arrollados por el afán de militancia y decidieron, como lo decidieron también sus mentores, llámense profesores, intelectuales dirigentes o líderes políticos, renunciar al espíritu crítico y convertirse en dóciles soldados de una situación política perversa. ¿Puede eso verse como una posición de izquierda en el sentido tradicional del término? ¿En el sentido que le asigna por ejemplo Norberto Bobbio? Por supuesto que no, aquí de lo que se trata es de pura y simple claudicación, de ver para otro lado, de venderse por un plato de lentejas figura bíblica a la cual le dediqué hace un tiempo un comentario.

El fenómeno no es nuevo y está más que documentado, siendo ejemplos muy citados la pasividad de Jean Paul Sartre frente a las barbaridades que se perpetraban en la Unión Soviética y la Oda a Stalin de Pablo Neruda, dos síntomas de ceguera inducida por el apego a los esquemas ideológicos. Análoga, guardando todas las enormes distancias, a la que aquí llevó a los profesores y académicos a guardar silencio ante la petición del eterno de lanzar gas del bueno a los estudiantes; y a callarse también ahora ante la orden superior de mandar a una cárcel para sentenciados por crimen, la de Coro, a unos liceístas que protestaban.

III
Fuera de lo ideológico hay ciertos hechos notorios. Hay uno asociado a la idea de traer a Richard Rogers: la pretensión de que la arquitectura del Régimen no tiene autor, que el autor es el pueblo. Esa tontería llevó a un arquitecto muy poderoso a prohibir que se señalaran autorías en la Misión Vivienda. Nos preguntamos si le exigirá a Richard Rogers que no figure en su proyecto. Y no lo hará porque el que invitó a Rogers, el Alcalde del Municipio Libertador, tiene más poder que él. Optará por callarse, como lo hacen ante los más grandes absurdos todos los arquitectos, ex-profesores, etc., que no quieren perder sus privilegios revolucionarios. Y que tampoco dicen nada ante la evidencia de que la invitación a Rogers se debe a tráfico de influencias: la amistad que este arquitecto tiene con el ex-Alcalde de Londres Kenneth Robert Livingstone que se manifestó en su momento como partidario del Ausente y con ocasión de su muerte apareció en televisión (You Tube), bastante ignorante de lo de aquí, evocando los lugares comunes de las izquierdas que mencioné, sin olvidar el detalle del regalo de 14 millones de libras en combustible que le fue entregado para los pobres londinenses. Livingstone, muy cercano a Rogers, simplemente gestionó para su amigo el contrato de un petro-estado. Y eso, que es bien sabido, lo callan los mismos que hace pocos años pedían crucificar a los compañeritos de partido que traficaban influencias sin el escudo protector de la etiqueta revolucionaria. Dejaron de ser críticos porque se hicieron compañeritos apenas tuvieron algo de un poder bien condimentado por la fe revolucionaria, la que les permite pasar de largo cada vez que tienen que explicar su conducta.

Termino. Esta página fue escrita antes del Miércoles. Y digo luego de la cadena en la que se mintió, anunciando además un concierto: Gustavo Dudamel ¿Hasta cuando eres emblema de este desastre? !pronúnciate¡ ¡tú no naciste en Los Angeles!

Cuba ¿el ideal de los compañeritos?

Cuba ¿el ideal de los compañeritos?

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