Transformar la rabia

Oscar Tenreiro / 8 de Marzo 2014

La semana pasada escribí que el Régimen venezolano actual puede perfectamente verse como una maldición. Basta para ello, decía, tomar conciencia de que su discurso ideológico ha tenido en la hipocresía y el cinismo sus principales fundamentos y en la mentira su arma preferida de lucha. Y también del perverso efecto que han tenido sus políticas en todo un pueblo, logrando dividirlo en facciones que se rechazan con violencia y embotando la capacidad de reflexión de mucha gente y entre ellas personas que suponíamos dueñas de un mínimo de lucidez. Régimen que se acerca aún más a esa definición cuando ata su proceder, como lo ha hecho, a la influencia de un modelo tiránico y totalitario como el cubano. Maldición de maldiciones aunque muchos se resistan a entenderlo.

Y en ese no querer entenderlo está precisamente la diferencia entre ser maldito o rebelarse contra la maldición. Porque todos los venezolanos, lo decía también, somos objeto de esa maldición. Somos malditos, sí, a menos que reconozcamos el por qué y enfrentemos la maldición con la única arma legítima y duradera, la de los valores éticos que prevalecen sobre la mentira. Y no hablo en términos religiosos. El concepto de maldición, si bien arranca en lo religioso, también se aplica en el ámbito de una fe que pudiéramos llamar neutral, el de la religión laica, el de las creencias ideológicas.

Puede sorprender este modo de ver lo que nos sucede, pero el día a día nos revela cuanto de cierto hay en él. Cuando vemos por ejemplo a un dictador manchado de sufrimiento actuar un ritual laico-religioso llevando la rosa blanca (del verso de Martí, supongo) como símbolo de lo que no practica. Al hacerlo está devaluando el símbolo, personificando la mentira.

II
Estos personajes han hecho su vida predicando contra las cosas que ellos mismos encarnan. Pretenden ser la liberación de viejas ataduras mientras excluyen e incluyen a voluntad en su mundo de creencias a quienes juzgan limpios de culpa. Son los nuevos inquisidores. Su insinceridad es la misma que revela Aliosha al decirle a Iván en ese episodio extraordinario de la literatura que es el Gran Inquisidor en “Los Hermanos Karamazov” de Dostoievsky,: “¡Tu inquisidor no cree en Dios: ése es todo su secreto!.” Sí, estos inquisidores no creen en el Dios que dicen defender. No creen en ninguno de los supuestos valores que proclaman. Se erigen en jueces siendo ellos dignos de ser juzgados. Y verlos actuar, observarlos “…llevar a los hombres, ya de un modo consciente …llevarlos engañados por todo el camino para que no se enteren de adónde los llevan, con objeto de que, siquiera durante el trayecto, esos seres lamentables se consideren dichosos.” (otra vez Dostoievsky) produce rabia, sacude la conciencia y nos puede enfrentar a la impotencia.

Hablé de esa rabia en lo que escribí. Rabia que nos impulsa en un sentido que puede ser destructivo. Riesgo, por cierto, que no la borra ni niega su existencia. Ya la psicología nos advierte que la rabia no puede ser reprimida, que debe ser canalizada, expresada de un modo positivo.

Y a la rabia la transforma la esperanza. Siempre lo converso con los hijos míos: las cosas cambiarán, no estamos condenados a ser siempre un país paralizado. A pesar de los desencantos ustedes lo verán.

La esperanza es una promesa que nos hacemos. Promesa que transforma nuestra rabia en espera paciente a la cual sumamos nuestros mejores esfuerzos.

III
La construcción de la arquitectura nos ofrece un símil con lo que vivimos hoy en Venezuela.

Lo que siempre me apasionó de esta profesión es que en el proyecto el edificio es una promesa. El dibujo de lo que va a ser, de lo que uno quiere que sea, despierta una expectativa que siempre tiene el signo más, que es optimista, que anuncia un realización. Ese fue una de los rasgos más hermosos del despertar del pensamiento arquitectónico y en general del pensamiento filosófico y artístico a comienzos del siglo pasado que los historiadores decidieron llamar el Movimiento Moderno. No se resignaba a aceptar lo que era, prometía lo que debía ser situándolo muy a la mano, practicando una militancia positiva, la de superar equivocaciones, mixtificaciones, errores de juicio. No fue nunca utópico pese a que en ciertos momentos cultivó la utopía. Y todavía hoy ese espíritu, el de usar lo que sabemos para hacer realidad lo que irrumpe en nuestra conciencia, pese a las regresiones del conformismo, sigue vivo y bien.

En las manifestaciones políticas de estos días hay una energía psíquica análoga, como ocurre con toda protesta a favor de la libertad de opciones, del cese de lo represivo, de que se suspenda la inaceptable presión, permanente, constante, abusiva, a favor de un pensamiento único. En las protestas hay una energía constructiva que señala el comienzo de la transformación de la rabia o la impotencia en fuerza de creación. Están cargadas de juventud y de deseos de futuro y eso es más fuerte que las mil caras de la mentira. Lo viejo, en el sentido de lo que antes marcó los momentos decisivos de esta sociedad debe quedar atrás, ser visto como cosa del pasado. Los instrumentos de la esperanza son otros. Los jóvenes quieren que el camino sea el de este momento histórico. No es cuestión de juegos de poder, ni de armas, ni de componendas palaciegas. No se puede perder la esperanza de que los venezolanos seamos la vanguardia de una lucha por derrotar la mentira sólo con la verdad. Como dijo una madre con su hijo a punto de morir, con una entereza que siempre estará en nuestro espíritu: ustedes enfrentan las ideas con armas. Y las armas no serán las que digan la última palabra.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.