La gota de perfume

Oscar Tenreiro /(Publicado en el Diario TalCual de Caracas el 28 de Junio de 2014)

Lo que escribí en las últimas dos semanas sobre algunos de los arquitectos del espectáculo lleva a reflexionar sobre la obra de quienes la gente de mi generación consideró referencias con valor propio. Porque algunos de ellos, a medida que maduraban sus recursos, iniciaron el proceso de revisión de la famosa frase “la forma sigue a la función” que elaboró Louis Sullivan (1856-1924) en tiempos del proto-modernismo y devino en principio ético, casi mandamiento, a lo largo de las primeras décadas del desarrollo de la tradición moderna.

La frase es sin duda simplista, lo cual siempre se decía al debatir sobre arquitecturas concretas cuyos rasgos no parecían calzar dentro de sus límites. Lo recuerdo de cuando era estudiante y en cierto modo repetíamos el impulso de superación de lo que algunos llamaron el racionalismo de comienzos del siglo, que ya se había iniciado en Europa poco después de los treinta, antes de la Segunda Guerra.

La arquitectura de Oscar Niemeyer por ejemplo, especialmente desde Brasilia en adelante, fue producto de la afirmación de un lenguaje personal en el cual la intuición de la forma ocupaba un espacio muy importante en la génesis del edificio, sin que ya Oscar se preocupara demasiado por justificarse con sus bien conocidos dibujos de tiempos anteriores que mostraban, tachadas, opciones apegadas a una lógica más elemental. Ahora daba sus decisiones por válidas sin rubor alguno.

Las columnas-vigas del pórtico exterior del Palacio de la Alborada, por ejemplo, nacidas por allí por 1958 o un poco antes, causaron perplejidad entre los arquitectos. Se veían, las veíamos así incluso los estudiantes, como un curioso amaneramiento.

II
Pero así y todo, no sólo las columnas-vigas se impusieron como una síntesis forma-función que pertenecía, era constitutiva, inseparable, del pórtico que en cierta manera define esa obra y que Oscar desarrolló después en otros de los edificios de Brasilia. Por esa coherencia que desechaba toda suposición de adorno, de maquillaje, se resolvían todas las preguntas. Y por más que alguien se empeñara en rechazarlas por razones de principio, irrumpieron en la imaginería arquitectónica de su tiempo con derecho propio. Niemeyer revelaba en esta obra, de su plena madurez como arquitecto (tenía poco menos de cincuenta años), algo que es el tema central de este texto de hoy: su condición de artista singular, de hombre de genio en el sentido de ir más allá de lo esperable sin perder con ello coherencia. Porque de allí en adelante habría de dejarle al mundo algunos edificios que están inscritos en la historia de la arquitectura universal (pienso, de nuevo, en Itamaraty en Brasilia) haciéndose acompañar en muchas oportunidades con artistas de primera línea: el grandísimo Cándido Portinari desde los tiempos de Pampulha en adelante; en Brasilia de Athos Vulcao y sus murales de cerámica; de Bruno Giorgi y la escultura de los Candangos en la Plaza de los Tres Poderes; o de Alfredo Ceschiatti con las figuras bíblicas de la entrada a la Catedral y las del espejo de agua del Palacio de la Alborada; todas intervenciones que se inscribieron sólidamente en el patrimonio cultural brasileño y universal.

Y cuando digo tema central a lo que me refiero es a la capacidad de una persona por transformar su obra en arte. La gota de perfume de la que hablaba Rafael López Pedraza y que he mencionado varias veces. Lo que le da trascendencia al gesto o al impulso; condición al alcance de pocos, de los más grandes o tal vez más afortunados. De quienes superan la tentación de ser admirados para obedecer a una coherencia interna, íntima, que surge de la intuición y la experiencia de un modo único. La que no se compra con el éxito y la notoriedad.

III
Y aparte de esa diferencia entre Niemeyer y los reposteros actuales, en sus mejores obras se impone lo auténtico sobre lo artificioso. Si es cierto que cede a la tentación de sobre-modelar el edificio, lo guían en su proceso las leyes primordiales de la construcción. La ley impuesta por el material. El concreto armado por ejemplo, para lo cual contó con la ayuda y las destrezas de su ingeniero durante muchos años, el pernambucano Joaquim Cardozo (1897-1978), también artista, gran poeta del Brasil.

Como contraste, nuestros héroes espectaculares de hoy siguen la cartilla de sí mismos pagando con buen dinero a Consultoras que hacen del impulso o el gesto algo construible. Aparece, sustituyendo la noción estructural reguladora, el uso del acero como urdimbre interna que se recubre, que se suaviza, que se esconde para elaborar el vestido High Fashion superpuesto y propio de cada ocasión.

Esa lucha por conectar la forma con sus raíces, con su justificación podría decirse, está presente por igual en muchos de los maestros-referencia que mencionaba al principio y acerca de los cuales escribiré algunas líneas. La búsqueda permanente del origen como decía Gaudí, no de la novedad. Un llamado hacia los valores primordiales de la cultura visual, hacia una visión de la arquitectura ajena al juego modoso que espera el aplauso usando lo artificioso, la falsedad.
Y además nunca encontraremos en el universo corporativo de una Consultora, lo que surge del alma de un ingeniero como Cardozo en el poema Arquitectura Naciente que fue compuesto en tiempos de la construcción de Brasilia. De él tomo estos dos fragmentos:

“…Planos de sombra y sol. Colmenas. / Hexágonos. Prismas de cera. / Un huevo. Un fruto. Una simiente / Que en tiempo límpido plantada / En suelo nocturno se perdiera, / Ahora nace, al fin se eleva / En piedra y en hierro organizada.”…
“…Y la nave quedó para siempre / Navegando el virtual viaje. / Vitruvio. Paladio, Bramante. / Lucio Costa -entre los navegantes-…

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