China y el espectáculo

Oscar Tenreiro / 19 de Julio de 2014

Busco hacia los fundamentos del modo de ver la arquitectura que ha llevado a considerar al espectáculo como un valor añadido, en ciertos casos indispensable.

El asunto es difícil, pero necesario para poder situarse frente a la avalancha de absurdos que esa noción hace pasar por meritorios.

Y haciendo una digresión vale la pena examinar, aún por encima, lo que viene sucediendo en un país cuyas autoridades han considerado que su arquitectura pública tenga ese carácter espectacular: China.

China en efecto ha hecho casi política de Estado el que los edificios públicos que construye sean novedades. Y su sector privado (uso cursivas porque el caso chino es especial) también ha ido con frecuencia por la misma senda. El resultado ha sido una danza de espectacularidades ad-hoc que no tiene parangón en el mundo, a la cual ha asistido complacido el mundo occidental gracias a las muy importantes oportunidades de negocios que ese inmenso país viene ofreciendo. Llega a parecer inexplicable si no fuese el destino común de las revoluciones, que una revolución proletaria haya olvidado principios éticos como la contención, la sencillez, la economía de medios, la relación equilibrada entre costo y resultado, la estética enraizada en el respeto a lo esencial; y que más bien se oriente al cultivo del exceso, el lujo, lo dispendioso, lo gigante, lo costoso, el adorno insustancial. Todo soportado por algo parecido a la esclavización de enormes contingentes humanos que reproducen la verticalidad del Poder y la pasividad de las masas, que con bastantes razones  identificamos con la China milenaria.

II

Y puede decirse que lo que ocurre con la arquitectura es aplicable a la evolución de ese país en todos sus aspectos. De allí la impresión de que lo ocurrido en China en las últimas dos décadas es una refutación de todas las fruslerías sobre el hombre nuevo-sociedad nueva que el marxismo-leninismo ha rumiado por más de un siglo para sostener ideológicamente regímenes políticos que han sido trágicas caricaturas.

Supongo que se ha escrito mucho sobre esa contradicción, pero poco se conoce. Por cada mil denuncias de los excesos del capitalismo occidental  y la globalización hay una o dos sobre lo que viene ocurriendo en el país más populoso del planeta. Es una prudencia incomprensible que sólo la explica el hecho de que para los sectores pro-chinos de las izquierdas extremas de hace poco, lo que pasa en China tiene que ser bueno; y para los negociantes de toda laya del mundo capitalista es mejor no decir nada porque se ahuyentan las posibilidades de negocios. El mundo pues, a la expectativa.

Pero para los temas de la arquitectura no hace falta tanta expectativa. No hay un solo desarrollo de vivienda colectiva en China, por ejemplo, que merezca ser citado por sus méritos urbanos, su calidad de vida o estímulo a la convivencia social, incluyendo la calidad de su arquitectura; mientras que en la convulsionada Europa de las primeras décadas del siglo pasado y las inmediatas a la Segunda Guerra, hubo decenas y hasta centenares de realizaciones que se convirtieron en modelos.

Pero habrá ríos subterráneos que desconocemos y no traspasan la represión de las jerarquías. Una muestra es la obra del joven arquitecto Wang Shu (1964) a quien le fue concedido  el premio Pritzker 2012. Su obra es muy interesante y revela una posición sólida. Pero llama la atención que en ella no figura la vivienda colectiva. Da la impresión de que se ha abierto paso protegido por nichos apartados de las esferas del alto poder oficialista.

III

Porque no cabe duda de que la China oficial desdeña los contenidos socio-culturales profundos de la arquitectura y se queda en lo superficial, tendiéndole los brazos preferentemente a lo que surge del frenesí de una expresión personal desordenada.  A una arquitectura que no tiene perfume (la gota de perfume), salvo el del éxito.

No hace sino un par de días veía un programa de la Deutsche Welle que mostraba varios teatros de ópera espectaculares incluyendo el de Guangzhou (el anterior Cantón), ciudad próxima a Hong Kong. Su Director hablaba del edificio con orgullo y calificaba de genio a su arquitecto, Zaha Hadid, implicando por supuesto que de genios se alimenta su país, y que el construir el teatro era un paso hacia la afirmación de valores culturales duraderos. El teatro se presenta como un inmenso poliedro sostenido por una armazón metálica oculta por plafones y recubierta de vidrio en las fachadas, logrando encubrir las disonancias volumétricas típicas del tema. El interior por su parte está tan sobado, como es típico de la señora, que es posible pasar la mano desde el suelo hasta la último rincón del plafón más remoto sin encontrar una arista.

No hay aquí lugar para la sorpresa y el descubrimiento progresivo, una de las virtudes esenciales de la arquitectura. Sucede lo contrario de lo que nos ocurre al visitar un edificio de Luis Kahn o Carlo Scarpa, cuando luego del impacto inicial, la presencia en la ciudad, el espacio, la luz, la atmósfera; poco a poco se van revelando detalles (una baranda, un encuentro de materiales, una junta, una pared bañada por el sol, una textura) que son como palabras que se dirigen a nuestra sensibilidad. Se despliega poco a poco el alma de la obra.

Pero en la Ópera de Guangzhou el alma que se impone es la de Zaha Hadid, sobrecargada de obsesiones expresivas sin perfume. Ver una pared que serpentea es verlo todo, nos atosiga con un sólo gesto. Se da aquí algo análogo a lo que ocurre con los edificios de Frank Gehry o Santiago Calatrava: son la prolongación de un sí mismo de apariencias.

Nada mejor que una arquitectura así, de un solo acto, para disfrazar la realidad. Aquí ocurrirá (parece) en Barquisimeto.

 

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