Nuestra caja de Dios

Jesús Tenreiro y yo veíamos la arquitectura de modo muy diferente, hasta antagónico. Lo he hecho notar en el pasado y lo digo hoy de modo más libre, porque a estas alturas de la edad y observando lo ocurrido en el mundo de la arquitectura, he podido entender mejor la importancia de la diversidad y la complementariedad entre los puntos de vista, las aproximaciones a la disciplina, de los diferentes arquitectos. Y la proximidad de sangre no tiene que ser unidad de puntos de vista, de posiciones ante el mundo, de modos de ver la vida. Lo podemos decir con propiedad quienes hemos sido padres de varios hijos. 

Aparte de eso, Jesús y yo éramos diferentes porque él fue sin duda una inteligencia precoz, muy despierta y ávida desde que era un muchacho, mientras que yo he sido de desarrollo lento, más perezoso, más mecido por el deseo de vivir. Le interesaban cosas que normalmente están fuera de las preferencias de la infancia o la adolescencia, y yo viví esas edades casi como las vive todo el mundo. Precocidad que también se manifestó en su aproximación a la arquitectura y lo llevó a destacarse entre sus compañeros, ya desde los primeros años de carrera, de modo muy evidente. Ese rasgo, cuando se trató de la vida profesional, hacía difícil trabajar con él porque tendía a señalar opciones diversas con demasiada facilidad y a “regresar cuando los demás íbamos yendo”. Talento fácil y superior podría decirse, y sabemos que el talento a veces impulsa hacia demasiados sitios a la vez. La facilidad puede ser problemática.

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Lo que más me atrae, lo que considero la palabra más fuerte, más inesperada incluso, de la Abadía de Güigüe, es su implantación, el modo como se apropia del sitio. La idea de “explotar” la planta y lanzar en las cuatro direcciones a las distintas alas (la iglesia, las celdas de los monjes, los servicios y el sector de huéspedes externos), todo a partir del claustro, tiene la calidad de lo paradójico que hacía notar hace dos semanas como eficaz recurso expresivo, a propósito de Lewerentz. La tendencia natural, siendo consecuente con los tipos históricos de monasterios, hubiera sido la de la concentración en el tope de la suave colina, en torno, precisamente, del claustro. Y se decide lo más arriesgado, abrirse hacia afuera envolviendo o atrayendo en cierto modo al paisaje. Cuando cada ala se queda sin soporte debido al desnivel topográfico, se adopta el recurso de Corbu en la Tourette: dejar la cota superior de cada cuerpo fija y bajar los volúmenes construidos desde allí hasta el terreno tocando a éste sólo con las columnas (de varias alturas en el caso del ala de las celdas) e insertando en el espacio intermedio los diferentes niveles. El resultado es dramático en su condición de contrapunto con el terreno que respeta y a la vez modifica selectivamente creando un diálogo de alturas y planos que confiere al conjunto una especial monumentalidad por otra parte tranquila y contenida.

El arranque de cada ala desde el claustro lo hace Jesús desde cada esquina según el principio de la cruz gamada. Se despliega así un trazado análogo al de Wingspread de Wright. El ala más corta y más alta que penetra en el claustro corresponde a la iglesia que en consecuencia asume la planta rectangular de origen basilical con un espacio de acceso semiabierto a modo de Nártex que recoge lateralmente la dirección de llegada desde fuera. Cierra el ala la torre-campanario en el extremo del rectángulo. que se eleva abrazada por los muros laterales dobles, de ladrillo sobre estructura de concreto, sobre los cuales va, como suspendido por entradas de luz en todo su perímetro, el techo de madera de dos aguas. 

Observar la planta, rigurosamente ordenada siguiendo una disciplina que era característica del arquitecto, rigor que fue sin duda una de las razones que vinculó a Jesús con el legado de Luis Kahn, produce placer: todo, podría decirse, en su lugar exacto. Y la expansión hacia el paisaje claramente legible.Y en todo el conjunto, ya armado, construido y vivo, multitud de detalles, de argumentos, de llamadas a la observación en las cuales uno encuentra acuerdos y desacuerdos.

Si reconocemos que uno de los santos laicos de Jesús, junto a Jung y Wagner, fue Luis Kahn, cabe preguntarse donde está Kahn en San José. En primer lugar, me parece que está, precisamente, en el rigor organizativo que exige que la planta, la huella del edificio, sea parte inseparable de lo que pudiéramos llamar su dimensión formal. Para Jesús, la “armonía” de la planta era tan importante como cualquier otro de los modos de mostrarse de la arquitectura. La planta era para él un mensaje estético, no en términos de programa ideológico como tal vez sería el punto de vista corbusiano, sino como documento de identidad inseparable del resto de los atributos arquitectónicos. Y si bien es posible detectar rasgos “kahnianios” en la Abadía, son rasgos ya asimilados, integrados, a su lenguaje. Se ha producido una asimilación. Ha surgido un modo de expresión que es singular.

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Jesús mi hermano mayor y mi madre se hicieron presentes en Santiago de Chile con ocasión de mi matrimonio con Delia Picón. Fue a fines del mes de Octubre de 1960 y el matrimonio se celebraría el 6 de Noviembre, seis días antes de mi vigésimo primer cumpleaños. Pasaron previamente por Perú, visitaron Cusco y seguramente Machu Picchu (escala de la cual guardo la foto que aquí pongo) y se quedaron en Santiago por lo menos tres semanas. Antes del matrimonio, Jesús y yo tuvimos oportunidad de darnos unas cuantas vueltas por la ciudad y sus alrededores visitando arquitecturas. Nuestro guía fue casi siempre Gustavo Munizaga Vigil, entonces recién graduado de arquitecto, como yo. Entre las visitas figuró la Unidad Vecinal Portales de Valdés-Castillo-Huidobro que estaba recién terminándose y nos produjo una grata impresión (hoy según parece casi en ruinas), alcanzamos a visitar Valparaíso haciendo contacto con gente de allá que, como les ha sido habitual, experimentaban, y estuvimos en el Monasterio Benedictino de Las Condes en las afueras (de entonces) de Santiago.

Es a esta última visita a la que quiero referirme.

No estaba aún construida la iglesia, que según entiendo fue terminada unos cuantos años después, pero el resto del Monasterio ya estaba formado, aunque por las fotos que recién acabo de consultar en Internet, me da la impresión de que el cuerpo que rodea uno de los lados del claustro no tenía el piso superior que hoy se observa.

Llegamos una mañana y nos recibieron tres monjes (¿o dos?), entre los cuales Gabriel Guarda (1928) quien abrazó la vocación ya siendo arquitecto, actualmente Abad emérito de la comunidad, quien tuvo a su cargo el diseño del Monasterio inicial y el de las adiciones posteriores, entre ellas la muy hermosa iglesia, patrimonio de Chile. Él y Jesús hicieron migas de inmediato y se retiraron ambos dando vueltas en torno al claustro en animado intercambio, mientras Munizaga y yo conversábamos en clave más terrenal (y religiosa, mi mayor interés en ese tiempo) con el otro monje. De allí nació una relación muy particular, si no de amistad, si memoriosa y siempre evocada de este lado del continente cuando la ocasión se presentaba. Me parece que hubo cartas esporádicas y Guarda tuvo conocimiento, tal vez lejano, del proceso de construcción de Güigüe. Digo lejano, pero los arquitectos huelen de lejos los edificios, porque muchos años después, durante una visita mía al Monasterio, cuando me identifiqué con Guarda y le hablé de Jesús y Güigüe me avanzó un “¡eso es como Versalles¡”, frase en la que sin duda había celos de arquitecto y no comprensión de monje. O tal vez agudeza, porque me parecería extraordinario que se pensara en San José-Junto-al-Lago, como palacio tropical. Hermoso y digno palacio, un palacio de todos, no de un soberano sino de una sociedad. Sitio ritual dedicado a lo más Alto.

Y concluyo llamando la atención sobre lo que llama la atención naturalmente: que se hayan encontrado el arquitecto de los benedictinos del extremo Sur con el de los benedictinos del extremo Norte, hace más de medio siglo, cuando el arquitecto de aquí no podía siquiera pensar en que tendría en sus manos la posibilidad de hacer ofrenda que finalmente le tocó cumplir. Es Providencial, creo.

 

                                                           NUESTRA CAJA DE DIOS

Oscar Tenreiro

(Publicado en el diario TalCual de Caracas el 22 de Noviembre de 2014)

Era inevitable que si hablaba de las Cajas de Dios me refiriera a un extraordinario ejemplo venezolano: la iglesia de la Abadía Benedictina de Güigüe de Jesús Tenreiro (1936-2007), terminada en 1990.

Lo que me impulsa a hacerlo tiene que ver con la colaboración estrecha que hubo, tanto en el caso de San Pedro en Klippan como en el de Ronchamp, entre un sacerdote o un grupo de ellos con el arquitecto. Leo por ejemplo en un artículo del arquitecto y amigo Carlos Pita en Obradoiro 34, revista del Colegio de Arquitectos de Galicia, que Lewerentz trabajó con el Pastor Lars Ridderstedten. Respecto a Ronchamp retengo el nombre del Padre Marcel Ferry que cité hace dos semanas. Es bien conocida la relación de Le Corbusier con el Padre Couturier a propósito de La Tourette, otra caja sobre la cual he escrito. Y en nuestro caso, la Abadía de Güigüe no existiría sin la amistad y el respeto mutuo entre Jesús Tenreiro y los benedictinos a través del Padre Otto Lohner (1937-2007), quien fue Abad de la comunidad y tuvo un papel central en el proceso que llevó a la construcción. Relación que comenzó a gestarse con las visitas que Jesús hacía al Monasterio que la comunidad tenía (desde comienzos del siglo veinte) en los límites del casco histórico de Caracas, conocido como San José del Ávila.

II

Porque una de las costumbres de Jesús, en búsqueda de una atmósfera propicia, era  visitar lugares tranquilos y aislados dentro de la ciudad o fuera de ella, lo cual le permitió poco a poco ir descubriendo el remanso de los benedictinos en el corazón mismo de Caracas, al principio para comprar hortalizas cultivadas por los monjes (lo cual mucha gente hacía), y luego con asiduidad variable, para asistir silente y apartado, a los oficios religiosos. A los cuales era muy sensible sin haberse acercado nunca a ningún tipo de ortodoxia, rasgo éste último completamente ajeno a su personalidad.

Esto me lleva a su modo de ser religioso, caracterizado por una búsqueda hacia lo más profundo del Misterio Cristiano, distante de lo piadoso. Ya desde su adolescencia tardía se separó de la práctica sin dejar de ser seguidor, desde la intimidad, del mensaje evangélico, que conocía en profundidad.  Desarrolló así, por así decirlo, una cultura, una visión del mundo, estrechamente unida a la idea de la trascendencia, fundamento de su entusiasmo por la obra y los aportes de Carl Gustav Jung cuyo legado, que conoció en toda su extensión, era para él motivo permanente de estímulo. Casi como un culto que modeló sus puntos de vista, orientó sus preferencias y le sirvió de escenario a su mirada intelectual y afectiva expresada en juicios, conversaciones, observaciones sobre todo y todos que podía verse como un sesgo absolutamente personal. Eso lo convertía en guía, en apoyo, en reto porque sus juicios podían ser tajantes, para quien se acercaba a él buscando con sinceridad algún tipo de orientación. Facilitado por un constante preguntarse sobre finalidades, orígenes, razones para vivir, muestras de una intensa vida interior en la cual, volvemos a ello recordando lo que mencioné a propósito de Le Corbusier, el sentido de lo sagrado ocupaba un lugar principal. Rasgo que no podía pasarle desapercibido a Otto Lohner cuando decidió que ese feligrés de conversación estimulante podía ser el arquitecto de la Nueva Abadía Benedictina de Venezuela. Porque como sacerdote con raíces sólidas  y amplia cultura sabía bien que reconocer la trascendencia, lleva consigo el respeto a lo ritual, manifestación humana que nos llega desde muy lejos. Y la casa del ritual es el templo.

III

De cómo se desarrollaron las cosas en lo sucesivo nada puedo decir porque fui sólo testigo lejano de las incidencias que llevaron a la Comunidad Benedictina a vender la propiedad de Caracas y a la obtención de un amplio terreno junto al límite Sur del Lago de Valencia, a poca distancia de la población de Güigüe.  Pero sí puedo hablar del enorme espacio psíquico, espiritual, que la experiencia ocupó en la vida de Jesús, quien entregó al proyecto una parte muy importante de sí mismo.

Y en este punto me detengo para recalcar lo que para mí es el sentido más alto de la experiencia de ser arquitecto y que se me presenta con toda su fuerza en la Abadía de San José de Güigüe: en lo que contribuimos a construir queda una imagen de lo que somos y sobre todo, como ocurre siempre con el esfuerzo de tocar aunque sea fugazmente al Arte, con lo que aspiramos ser más allá de nuestras limitaciones materiales. Por eso cuando repaso las imágenes de la Abadía con atención y deseo de entender, me parece que atiendo a la llamada de quien ayudó a florecer en mí el amor a esta difícil disciplina. Poco tiene que ver con el ser físico sino con lo que de él, precisamente, trasciende. Con sus sueños, con el esfuerzo de una vida entera por ser fiel a una tarea. Porque es eso, hoy puedo decirlo con libertad, el legado más importante que Jesús Tenreiro me dejó: la entrega.

Lo demás, lo que es la Abadía como arquitectura, sus características, la razón de ser de su fisonomía, en mí al menos, ocupa un lugar distinto. Que me mantiene a cierta distancia de la observación crítica que discurre sobre méritos, logros y aciertos en general. Tal vez, entre otras razones más complejas, porque estoy demasiado cerca. Lo harán quienes puedan apuntar desde un poco más lejos.

Y en tiempos más propicios abundarán observaciones que ubiquen a este edificio como parte esencial de nuestro patrimonio cultural, un reconocimiento que se hará realidad cuando esta sociedad frágil aprenda a valorar la arquitectura. Por mi parte señalo la importancia que para su materialización tuvo la relación entre dos hombres que desde perspectivas de vida diferentes, fueron instrumentos de lo Superior.

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