Distintas cosas

Oscar Tenreiro

Luego de lo que publiqué en el blog la semana que pasó, me adentré un tanto en la lectura de La Ciudad de Dios de Agustín de Hipona, ayudado por una selección de sus aspectos políticos hecha por Tomás A. Chuaqui, de la Universidad Católica de Chile, que descargué por Internet. Entendí mejor por qué este hombre ha llegado hasta nosotros como santo y Padre de la Iglesia Católica y uno de los más grandes genios de la humanidad, tan rico y profundo es su pensamiento. Y extraje de lo leído unas cuantas citas de las cuales comparto hoy un par, que ayudan a entender, mil quinientos años después de escrita La Ciudad de Dios, muchas cosas que han sido parte de la historia humana, algunas de las cuales hemos vivido en nuestro país en estos años convulsos en los que lo mejor de nuestras búsquedas como sociedad ha pasado a ser letra muerta.

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Comienza así el Capítulo IV del Libro IV:

“Si de los gobiernos quitamos la justicia ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala? Y estas bandas ¿qué son sino reinos en pequeño? Son un grupo de hombres, se rigen por un jefe, se comprometen en pacto mutuo, reparten el botín según la ley por ellos aceptada…”

Del Libro XIX, Capítulo XXI: “…define (Escipión) el pueblo, efectivamente, como una multitud reunida en sociedad por la adopción y común acuerdo de un derecho y por la comunión de intereses. Qué entienda él por adopción de un derecho lo va explicando a través de la discusión y demuestra así cómo no puede gobernarse un Estado sin justicia, porque donde no hay justicia no puede haber tampoco un derecho. Lo que se hace según derecho se hace con justicia. Pero lo que se hace injustamente es imposible que sea según derecho. Y no podemos llamar derecho ni tenerlo como tal a las injustas determinaciones de los hombres…así que donde no hay una verdadera justicia no puede haber una multitud reunida en sociedad por el acuerdo sobre un derecho, es decir, no puede haber un pueblo… según la citada definición de Escipión, o si preferimos, de Cicerón…Y si no hay pueblo tampoco habrá empresa del pueblo sino una multitud cualquiera que no merece el nombre de pueblo…la conclusión inevitable es que donde no hay justicia no hay Estado…”

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Han pasado cosas de importancia en estos últimos días.

Aquí hemos visto como los mercados se han llenado de gente que se pelea por comprar pañales desechables, papel higiénico, aceite comestible, azúcar y otras cosas, porque el abastecimiento de esos productos no cubre la demanda, gracias a la estrafalaria política económica que ha golpeado durante ya casi dos décadas nuestra capacidad productiva, puesta al descubierto por la caída de los precios del petróleo. Se dan espectáculos humillantes por todas partes. Peleas, disputas en larguísimas colas, familias enteras que van a comprar para poder llevarse cada uno el cupo permitido y reunir lo necesario…que muchas veces es revendido en las calles repletas de buhonería. Escasez generalizada que afecta también a la industria (como nos toca sufrir en la construcción), mientras el cinismo más agresivo se expresa en las declaraciones de los funcionarios revolucionarios o en cómplices ciegos que piensan que aquí no está pasando nada serio y que se puede seguir jugando al absurdo sin mayores consecuencias. Para eso es el más absoluto control del Poder.

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Pero mucho más grave que esto, porque en fin de cuentas lo que nos acontece a los venezolanos no le importa a nadie, es lo que acaba de pasar en Francia. Ante lo cual, sin que uno pueda de ninguna forma estar de acuerdo con la interpretación agresiva y criminal, ciega y fanática, de las enseñanzas del Islam, se nos hace necesario llamar la atención sobre la necesidad de respeto que toda religión merece, y sobre todo cuando se trata de sus símbolos. Lo que queremos decir con ello es que la burla a los sentimientos religiosos, si bien puede estimular una sana actitud autocrítica, e incluso ayudar a centrarse en lo más importante que, como enseñó precisamente Agustín de Hipona, es el hombre interior, puede ser una invitación a la expresión de la violencia ciega. Si defendemos con todo el énfasis posible la necesidad democrática de la libre expresión como un valor esencial frente a los ataques de una supuesta legalidad que castra y se vuelve contra la libertad, no puede olvidarse que la sátira puede ser un arma de dos caras. Una de ellas la del odio.

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Me envía el amigo Carlos Pita desde España un link para una entrevista http://www.march.es/videos/?p0=249&l=1 hecha hace dos años al pintor español Antonio López en la sede de la Fundación Juan March de Madrid. Me la manda impulsado por un cambio de opiniones debido a mis observaciones respecto al pintor académico ruso Iván Kramskoy y me hace la advertencia de que se trata de “un pinturazo”.

No conocía a López y a raíz del link pude ver por Internet algunas de sus obras para quedarme realmente maravillado. Veo allí algo que en la intimidad he comentado algunas veces: cómo ha llegado a convertirse en patrimonio vivo de la cultura española una visión de la pintura nutrida hasta muy adentro por los grandes maestros del pasado. Visión que uno ha podido intuir (se me hace curioso decirlo) en la capacidad expresiva de muchas gentes de España, tal como si fuese una especie de perfume o aroma que está en el aire de ese lugar del mundo. Lo digo en forma que quiere ser literaria pero habría tal vez argumentos sociológicos o hasta antropológicos para decirlo.

En todo caso, se trata de un extraordinario pintor que mi ignorancia me ocultó hasta ahora.

Ya venía yo en estos días reflexionando mucho, por razones muy personales, sobre un determinado acercamiento a la pintura a propósito de Lucien Freud (1922-2011), o, de modo más lejano, de Francis Bacon (1909-1992), y me llamó poderosamente la atención que este hombre dueño de un don especial, de modo sencillo y muy humano, sabio, que apunta hacia las cosas que lo motivan de modo muy certero y desinhibido, mencionara en una de sus repuestas a estos dos maestros.

A quienes lean esto los invito a la larga entrevista y ver, en lo que sea posible por Internet, parte de la obra de López, que adhiriéndome a lo que dice el amigo Carlos, nada tiene que ver con esa otra pintura, la de los mercados del arte, la de la sofisticación al día, la de las galerías que venden, la de los Koons, Hirsts, Warhols y demás…

San Agustín-BoticelliAgustín de Hipona, por Sandro Boticelli (1445-1510)

 

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