El estrellato de entonces

Si aceptamos que el Arquitecto, como Craig Ellwood citando a Luis Kahn recordó en una entrevista que publicamos aquí, está obligado a “hacer las ruedas redondas”, la consecuencia es que debe superar todo ensimismamiento vinculado a la idea de que lo que hace es una creación autónoma que sólo se refiere a sí misma. La racionalidad técnica es inseparable de su disciplina. Y la arbitrariedad, entendiendo por ello la toma de decisiones de diseño que se confunden con simples impulsos de mínimo respaldo racional, adquiere el carácter de una tentación.

Ciertamente muchas decisiones de diseño tienen raíces en la intuición, y la intuición no acepta racionalizaciones. Pero cada quien está obligado, si se afilia a lo dicho anteriormente,  a tratar de diferenciar lo intuitivo de lo caprichoso. Porque lo caprichoso carece de raíces o, mejor dicho las raíces de lo caprichoso, superficiales, nacidas de una actitud de juego fácil, llegan a ser contradictorias, confusas. El arranque, el impulso, el gesto inmediato, sustituye a la intuición. Citando a Jung que lo dijo refiriéndose a otro tema, diríamos: …el hombre “…actúa impulsivamente y es engañado además por todas las ilusiones que se generan cuando todo aquello que es inconsciente para él le sale al encuentro…”[i] El capricho sin embargo puede tener mucho sentido en otras formas de Arte. Los Caprichos de Goya, por ejemplo, son caprichos precisamente porque transgreden la realidad en un juego imaginativo que contraría a la lógica apoyado en la destreza pictórica y por supuesto en el genio de su autor. Son invenciones a la manera de los ademanes de un mago que crea universos ficticios, realidades irreales que sin embargo adquieren vida plástica independientemente de su origen gestual. Una actitud así está fuera del mundo de la arquitectura. En arquitectura el capricho tiene consecuencias perversas. Entre otras cosas conduce a la banalidad.

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A la diferencia entre éxito y prestigio le dediqué un ensayo hace unos años. He aquí un fragmento:

“Todo señala a que consideremos el prestigio como asociado a una ética. El éxito en cambio, carece generalmente de moral. Se pueden hacer interminables enumeraciones de personalidades históricas cuyo aporte en el campo de lo válido continua vigente, que fueron prestigiosas pero estuvieron muy lejos de ser exitosas. No puede olvidarse aquí la ancestral sospecha de que en el prestigio se produce una alteración moral cuando pasa a convertirse en éxito, que tiene lugar una transacción en la cual se erosiona la ética y se altera de algún modo el equilibrio psíquico personal. A ese respecto, vale la pena analizar la actitud ante la seducción del éxito que tuvieron los grandes artistas del siglo 20 y particularmente los arquitectos fundadores del Movimiento Moderno.”

Y me referí así a Luis Kahn:

” Ya en los años 60, Luis Kahn, conocido en los medios arquitectónicos del mundo desde la época de las torres médicas en Penn University pero siempre discutido como arquitecto formalista porque su obra se dio durante el auge teórico del neo-productivismo de esos años y los tempranos 70, era visto con extraordinario recelo en su país adoptivo, y sus intentos de trabajo con los grandes clientes corporativos que hoy buscan ansiosamente los emblemas que proporciona la arquitectura aceptada, culminaron siempre en fracasos. Aunque fue famoso, su fama le vino dada sobre todo desde el prestigio que pudiéramos llamar intelectual y muy poco vinculada al éxito fácil, a su aceptación. De ninguna manera fue un exitoso, y mucho menos lo fue en el sentido y con los alcances típicos de los arquitectos de firma de hoy. Estos hombres, que son pese a todas las distinciones que puedan hacerse, referencias esenciales para la arquitectura del siglo, encarnaron en su vida pública con gran coherencia, un papel cuasi-religioso impregnado de una ética que de algún modo fue sacerdotal y que por ello mismo debía, tenía, que distanciarse del mundo banal del éxito y sus derivaciones.”

 EL ESTRELLATO DE ENTONCES

Oscar Tenreiro 

(Publicado en el diario TalCual de Caracas el 7 de Febrero de 2015) 

Más que exitosas, las estrellas de la arquitectura que admirábamos en nuestros tiempos de formación  eran prestigiosas. Y con ello hablo de la diferencia que hay entre éxito y prestigio. El exitoso es conocido en todas partes y favorecido por la fortuna porque es eso lo que el éxito trae consigo. Mientras que el prestigioso puede serlo a pesar del rechazo de algunos y hasta de muchos, y los bienes de fortuna pueden serle esquivos porque su prestigio es sobre todo intelectual, o si se quiere, en ciertos casos, espiritual.

El tema es complejo, pero dejémoslo aquí para decir que ninguno de los miembros de la cuaternidad que llenaba el espacio en nuestros años de formación (Wright, Mies y Corbu, con Aalto o Kahn completando la cuaternidad) podía ser considerado un exitoso, a pesar de su gran prestigio. Si uno pudiera decir que Wright y Mies, se hicieron un tanto inalcanzables, como ocurre siempre con quienes tienen fama en Estados Unidos, de todos modos estuvieron muy lejos de las conductas que caracterizan a las estrellas de hoy.

Estos arquitectos que nos servían de referencia, o de modelos, con obra que admirábamos, eran por otra parte gentes relativamente accesibles.

Estando en París, era bastante fácil tocar la puerta en 35, Rue de Sèvres, el estudio de Le Corbusier, con algún pretexto a la mano. Era un lugar austero, carente de todo lujo o afán de impresionar en el sentido corporativo o comercial; daba la impresión de lo que era: un sitio de trabajo, de deliberación. Allí me acerqué un día cualquiera para preguntar si me darían trabajo en mis últimos meses de estadía como becario en Francia (lo cual generó posteriormente una negativa cortés por carta), y gracias a ese ambiente distendido cambié unas palabras con José Oubrerie, de cuya amistad fui favorecido muchos años después.

II

Bastantes anécdotas hay de Aalto, parecidas a la del colega Domingo Álvarez quien lo visitó (acompañado de un par de italianos) intempestivamente en su casa de verano y disfrutó de un largo rato de conversación. Y me he referido varias veces a la ocasión en la que el mismo Domingo y yo fuimos recibidos con amabilidad por Luis Kahn, junto a un par de argentinos pedantes, gracias a que yo lo había llamado por teléfono la noche anterior, luego de buscar el número en la guía telefónica. Y nos dedicó una buena hora de conversación-conferencia en una pequeñita sala de reuniones de su acogedora y modesta oficina en Filadelfia.

Un día, en los setenta y tantos, supe que mi colega, hace poco fallecido, Philippe Souchar, planeaba un viaje a Méjico y le dije que no dejara de visitar la casa de Luis Barragán. Averiguó la dirección y teléfono al llegar allá, y al día siguiente el propio Barragán se sentó con él a conversar y al final darle la dirección de su  capilla de Las Capuchinas.

Si se trataba de maestros de la arquitectura más jóvenes pero que no adoptaron nunca, por formación o convicción, el estilo de divas de ópera, la situación era parecida: Jørn Utzon y su esposa nos acogieron a mí y un amigo mallorquí, en Can Lis, su casa de Mallorca, para conversar, tomar unas cervecitas y hablar de pequeñas historias (por ejemplo sobre su experiencia en Kuwait), contadas como si hubiéramos sido sus amigos. Muestro aquí unas fotos de ese día.

III

Estas anécdotas dan cuenta de un rechazo a toda solemnidad fundada en una noción inflada de sí mismos. En segundo lugar que le daban espacio a quienes se acercaban en busca de fundamentos, ideas y motivaciones; lo cual nos lleva a una tercera razón, su apertura a la pedagogía, al ejercicio de abrir a otros el mundo de la disciplina que se practica. Hasta culminar en la cuarta: que se interesaban, como todo hombre de ideas, en ejercer un cierto tipo de militancia.

Ese modo de actuar, esa apertura, surge de entender a la arquitectura como herramienta, como medio para reforzar una visión del mundo. La arquitectura promueve modos de vivir y de actuar, en ella y en el espacio público. No es sólo fenómeno estético, expresión propia de un genio personal. Un concepto que induce en quien lo comparte el deseo de sumar voluntades a una tarea común: la de construir de una cierta manera, la de buscar seguidores intelectuales…o espirituales.

Y también viene de una actitud ante el otro, un otro que se presume motivado por el amor a la arquitectura y por ello compañero de ruta. Si bien sería ingenuo pensar que las exigencias de sus egos no contaban, no se permitían envanecerse vencidos por la necesidad de máscaras.

Y lo más importante, que hacían suya la idea de que la arquitectura puede aspirar a ser símbolo de un acontecer social caracterizado por el encuentro, no la diferenciación. Un punto de vista que reforzaba en ellos la conciencia de que el arquitecto no es un artista envanecido, sino un hombre al servicio de los demás. Y adoptaban una actitud de conexión con el que se acercaba, de cultivo del debate abierto, ajena a la pose excluyente.

Si uno está dispuesto a aceptar que pocos miembros del estrellato de hoy se afilian a ese modo de ver lo que hacemos como arquitectos y se ubican, arrogantes, au-dessus de la mêlée, puede del mismo modo entender por qué producen una arquitectura regida por los amaneramientos y los gestos inspirados que sustentan su fama. Arquitectura que en cierto modo los esclaviza porque los ha convertido en celebridades cuyos pasos por el mundo, en jet privado y con delegación acompañante, son parte de la actualidad. Una cara de nuestro oficio que no solo por extravagante sino por absurda e injusta con los valores más permanentes de la arquitectura, nos obliga a tomar posición. Y sobre todo a los jóvenes si es que se dan cuenta que el cacareo sobre sustentabilidad de estos tiempos debería ser también el de una sustentabilidad ética.

Siguen fotografías de Jørn Utzon y su esposa Lis. Y de su casa: Can (casa) Lis.

 

[i] Jung, Carl Gustav / Psicología y Simbólica del Arquetipo / Pag. 163, Edic. Paidós Ibérica / 1992

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