DIÁSPORA

Oscar Tenreiro

Durante estos viajes familiares para visitar a mis hijos en otros países se dan muchas conversaciones sobre Venezuela. Los matices de esos intercambios son múltiples y hacen de la necesidad de vivir fuera un tema que se abre en muchísimas direcciones.

Para mí, estas separaciones han sido una enseñanza. Difícil, porque vi siempre a la familia como un ámbito estrechamente unido a otro más amplio pero igualmente familiar que es el lugar donde nacimos, su geografía y el alma que en ella se va formando, tal como si ambos espacios fuesen hasta cierto punto inseparables. La veía como vinculada a un aquí por razones superiores, convicción que ha vivido conmigo desde siempre.

Esa visión suponía la cercanía física, pero ahora, de un tiempo a esta parte, nuestro mundo externo inmediato se ha hecho radicalmente problemático, se ha desdibujado, ha adquirido rasgos de identidad que nos parecen extraños, ajenos, casi agresivos. Los recuerdos llegados desde las conversaciones, comentarios, pequeñas frases, cuentos de los tiempos de mi padre o mi madre, ya ausentes pero su memoria viva en estos años míos, memorias que dibujaban lugares, expresiones, relaciones humanas, herencias familiares capaces de trasmitirme un espíritu que me pertenecía, amenaza con desaparecer arrasado por una extendidísima sensación de fracaso, de derrota, de disgregación. La Venezuela que tú y yo conocimos, me decía un amigo, ya no existe, desapareció. Se refería, creo haberlo escrito aquí una vez, al tiempo casi adolescente que pese a sus desigualdades y contradicciones alentaba esperanzas, aunque estas fuesen hasta cierto punto ingenuas si las veíamos desde lejos como las vemos ahora. Cuando lo dijo no lo compartí del todo, pero ahora ya no necesitaría decírmelo porque es una aplastante y dolorosa evidencia que se ha convertido en la refutación más tajante al llamado a la paciencia que hago constantemente ante quienes quieren salir de aquí. No importa donde se vaya, lo imprescindible es irse, salir de aquí. Y ya nada puedo decir para convencerlos de lo contrario. Yo también lo haría si no fuese porque me resulta una imposibilidad espiritual: eché raíces definitivas en este lugar.

Y ese impulso a escaparse de tanta locura, de tanta presión estúpida desde el poder político, y sobre todo querer vivir sin la permanente amenaza del asalto criminal despiadado y desalmado que es la más notoria construcción de estos años de confusión; logro perverso, maligno, verdadera monstruosidad social, ha hecho que todo nos explote en la cara, que las esperanzas parezcan boberías de ingenuo, que los sueños de construir arquitectura en nuestro caso se hagan más lejanos que nunca, que falten energías para plantearle inquietudes a los más jóvenes en las aulas universitarias, que además son hoy en día, en virtud del abandono económico y del deterioro infligido sin misericordia y sobre todo sin lógica alguna, una tristísima caricatura que revela hasta donde ha llegado el absurdo a instalarse entre nosotros.

Y la familia entonces se nos deshizo como presencia física y perdió hasta cierto punto materialidad. Ya no puedo abrazar a los míos con una mínima frecuencia. Sus hijos adquieren acentos y hasta idiomas extraños, sus memorias ya no estarán asociadas a las que quise trasmitirles, su destino estará marcado por culturas distintas, modos de ver el mundo nutridos por otros paisajes. Se me alejan irremediablemente los proyectos emocionales que alimenté.

Sueno demasiado terminante y en cierto modo avasallado, lo sé bien. Pero así lo siento y lo digo aquí, advirtiendo sin embargo que no estoy en modo alguno derrotado. Que no entrego mi ánimo al desencanto, que mi lucha personal sigue aunque los momentos de desaliento se hagan frecuentes.

Y rechazando la idea de derrota me hago ciertas preguntas ¿Quien le dio a esta pandilla de arrogantes dueños de privilegios, el derecho de hacer de este país terreno fácil para todas sus inconsecuencias? ¿De donde sacan la autoridad para borrar la historia grande y convertir en nostalgia la pequeña? ¿Cómo es que su labor de destrucción ha sido posible, que su estímulo a la más extendida corrupción en sociedad alguna, ha podido tener lugar? ¿Por qué esta pesadilla ha podido dominarnos?

Es indispensable que ensayemos respuestas sin darnos a la fácil tarea de acusar a los otros. Mucha responsabilidad en esta disgregación lamentable la tiene el sector social más educado que flotó tranquilamente en contradicciones que exigían una actitud, una posición, un decir ya basta y no lo hizo. O mejor, lo hizo en una dirección equivocada que abrió la posibilidad que se instalara esta enfermedad social que está carcomiendo las bases de todo lo que se luchó por fundar a lo largo de nuestra historia reciente.

El momento venezolano exige actitudes meditadas y sobre todo alejadas de la respuesta fácil que parece acechar por todas partes. Se impone lo que podría llamarse sublimación de la rabia en conductas meditadas, claras, que no se dejen influir por las provocaciones que desde el Poder se lanzan todos los días. Y mientras eso ocurre, uno lucha por superar el desaliento que produce esa diáspora lamentable, ese alejamiento de las raíces, esa forzada búsqueda de horizontes menos amenazados de violencia para aspirar a un futuro.

La desintegración del mundo familiar a causa de la imposibilidad emocional y material de hacer vida en medio de la destrucción social, es uno de los resultados más notorios de lo que ha sido la experiencia política reciente en nuestro país. Ese producto perverso debería hacer meditar a quienes  han apoyado lo que no puede llamarse de otra manera que espejismo insensato.

¿No es eso suficiente para decir basta ya?

 

 

 

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