ARQUITECTURA Y CULTURA (9)

Oscar Tenreiro

Es con la irrupción del populismo a partir de Enero del 58 cuando puede decirse que en Venezuela empiezan a definirse un conjunto de criterios referidos al modo de actuar del Estado en términos de política de gobierno. Y no es que antes no existieran, sino que el incipiente desarrollo democrático asociado a una tradición caudillesca que hizo derivar al país entre Golpes de Estado durante más de un siglo, los relegaba a un segundo plano, no eran el tema a debatir. Interesaba por sobre todo el dominio y mantenimiento del poder, no lo que se hacía o debía hacerse; y era especialmente la construcción de infraestructura y muy de lejos lo que se llamaba el ornato público, tímidas y siempre insuficientes actuaciones en el espacio público, lo que era visto como obra de gobierno.

Ya durante la Dictadura se había dado un salto cualitativo al llevar adelante obras de arquitectura institucional comprometidas con la construcción de espacio público urbano; y en los planes de vivienda se había abierto espacio para los arquitectos y la arquitectura, planes que, pese a las críticas que ya hemos comentado, eran una referencia imprescindible, al igual lo fueron los programas de construcción en salud y educación como punto de partida para la etapa que se iniciaba.

Era necesario ahora, en el ambiente democrático que iba estableciéndose, hacer explícitos los fundamentos que daban sustento a un nuevo curso de acción que quería diferenciarse claramente (lo cual justificaba el rechazo al ancien régime y daba legitimidad al nuevo orden de cosas) de lo que había sido característico de la etapa dictatorial. Era tan frágil la situación de la nueva democracia, acosada por el radicalismo de izquierdas y el militarismo amenazante a cada paso, que se revelaba como imprescindible formular un conjunto de ideas sustitutivo (una ideología leve) para las nuevas formas de orientar lo público.

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Sostengo que ese conjunto de ideas o principios fue influido de manera determinante por la visión populista que lo inundó todo y que he comparado con una explosión. Pocas cosas estuvieron a salvo de ser examinadas a través del filtro de esa especie de destilado del marxismo que por acción o por reacción se estableció en todas las mentalidades.

El proceso comenzó en cierto modo con la identificación que ya he mencionado de casi toda la arquitectura pública construida en la dictadura como suntuaria o faraónica. Fue un sesgo que adquirió el rango de prejuicio y sentó las bases para la sobrevaloración de lo cuantitativo y para el progresivo distanciamiento de nociones de calidad y durabilidad vinculadas al desempeño ante el uso y al paso del tiempo.

Y como en el campo de la construcción de vivienda social reina siempre el número, esa noción prosperó allí con especial intensidad. Como consecuencia, los estándares comenzaron a ser rebajados a la par que se iniciaba, destinándose para ello recursos administrativos públicos especiales, un esfuerzo técnico que copó la escena durante cierto número de años, dirigido hacia la normalización y la utilización de métodos constructivos industrializados considerados como requisitos superiores a todos los demás atributos de la arquitectura, siguiendo la influencia de las experiencias europeas en ese mismo sentido, particularmente las inglesas, y teniendo también como referencia el aparente éxito de los programas masivos de construcción de viviendas en los países del bloque soviético al igual que la Reconstrucción francesa. Si bien es verdad que hoy, ni en los países que fueron parte del bloque soviético ni en Francia se osa justificar el olvido de la ciudad y de la calidad arquitectónica a manos de la necesidad de cubrir los enormes déficits dejados por la guerra, en ese entonces había una sobre-valoración de la producción que se convirtió en tema preferido de la actividad crítica local que estimulaba la visión populista. Los clérigos moralistas a los cuales aludía la semana pasada ejercían su presión ideológica de modo tan intenso que todo aquel que se interesaba en los temas de la vivienda de algún modo era tocado por ella y se incorporaba al grupo que llegó a ser numeroso, de arquitectos que sostenían que la calidad era una añadidura, resultante de la correcta forma de construir (corrección que nunca pudo definirse).

Ese esfuerzo a favor de las virtudes de la producción fue conducido por un pequeño grupo técnico con la protección del Estado y produjo algunos resultados de interés que pudieron haber sido, abriendo la experiencia a la participación, el fundamento de un desarrollo fructífero. Pero terminó siendo víctima de la discontinuidad de las políticas característica de los cuarenta años de democracia que seguirían. Cesó de existir, como unidad técnica dependiente del organismo oficial a cargo de la vivienda (el Banco Obrero) a comienzos de la década de los setenta.

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Aparte de esos esfuerzos puntuales, los programas regulares comenzaron a manejarse, como ocurría en casi toda América Latina, a partir de desarrollos urbanos concebidos como sumatoria de edificios surgidos de proyectos-tipo, elaborados por arquitectos-funcionarios que se adaptaban a las limitaciones de los programas de inversión, sin posibilidad alguna para la innovación o para la propuesta de nuevas opciones. Y lo que es peor, ni en los programas especiales que buscaron la innovación técnica ni en los rutinarios llegó a tener preponderancia la ya débil consideración respecto a la necesidad de arquitectura institucional y espacio público como instrumentos para construir la ciudad.

Atrás pues quedó, como un buen recuerdo nunca emulado, la experiencia de Villanueva en el Taller del Banco Obrero (TABO) caracterizada por su dinamismo y la incorporación abierta del talento joven. Estuvo flotando desde el comienzo de lo que se anunciaba como una nueva etapa y terminó agobiada por la falta de empuje y la rutina, el prejuicio populista de que la calidad de la arquitectura y la creación de ciudad con la vivienda como instrumento era un asunto de segunda importancia, un objetivo artificial propio de mentalidades burguesas. Prejuicio ya no asociado a un pensamiento vinculado al marxismo sino cultivado por el sector profesional que prosperó al abrigo de los dos partidos políticos que se alternaron en el poder. Tuvo éxito la prédica ideológica reduccionista. Se comenzaba a crear una cultura.

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La arquitectura de la vivienda social se convirtió en tema de viviendistas, arquitectos considerados expertos en el tema, y hasta el día de hoy Venezuela es uno de los pocos países latinoamericanos en los cuales ese inmenso espacio de carencias ha estado totalmente fuera de la esfera de acción de los arquitectos. Ha sido visto siempre como propiedad de grupos técnicos inmersos en la burocracia pública muy pequeños y relativamente anónimos, que paradójicamente han fijado las pautas para la inversión de enormes sumas de dinero público que han regado el país de mediocridades.

Con el estímulo de este modo de proceder en circuito cerrado, entre iniciados, al abrigo de la noción de especialización, paso a paso se fue creando una especie de mafia excluyente de iniciados en el tema. Para poder ser parte de ella era necesario, en primer lugar aceptar la idea de que todos o casi todos los arquitectos que creen que la arquitectura puede ser un arte son adversarios, parte del enemigo a vencer. Y en segundo lugar que el aspirante se auto-mutile, que abandone las nociones básicas sobre calidad y pertinencia de la arquitectura propias de su vida anterior para sumergirse sin reticencias en un mundo de cifras y rendimientos particularmente técnico o, simplemente, aquel en el cual se resuelven los problemas de la concepción del edificio por la vía de la menor resistencia.

He hablado en pasado pero podría perfectamente estarme refiriendo al presente. Todavía se piensa entre los arquitectos expertos en vivienda que quienes vemos el edificio como parte de un patrimonio cultural compartido por todos, no calificamos para actuar junto a ellos. En un área que en virtud de su complejidad debería buscarse la participación y el aporte, predomina sin embargo el prejuicio. Y si nos referimos a uno de los aspectos más delicados y de mayor importancia en cualquier política pública de vivienda en Venezuela como es la acción sobre las áreas marginales, la situación es aún peor: hay que ser barriólogo (experto en barrios marginales) para poder ser aceptado en el más simple foro de discusión. Lo cual por cierto le da un mérito especial a la actitud de apertura que prosperó durante un corto período en el Consejo Nacional de la Vivienda en 1999-2000 al principio de lo que se convertiría en la dictadura actual .

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Que esa mutilación haya sido aceptada hasta convertirse en modo de proceder, en punto de vista aceptado y practicado;  en cultura como he dicho, es lo que nos debería preocupar. En primer lugar, en las Facultades de Arquitectura, que a veces parecen estar ensimismadas, muy poco se ha dicho al respecto, para no hablar de una tendencia que se da con frecuencia entre los profesores, de trabajar a partir de modelos recibidos de otras realidades culturales que nada tienen que aportar en este aspecto específico. Y el organismo gremial que trata de representar a los arquitectos, carece de opinión, de sustancia, erosionado por su falta de respaldo jurídico. No ha habido pues en la opinión pública ningún contrapeso a las distorsiones que he venido mencionando.

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Voy llegando hoy al objetivo clarificador que me propuse al comienzo de estos escritos. Darle fundamento a las razones por las cuales sostuve inicialmente (y lo recuerdo a los lectores porque pudo haberse perdido de vista) que lo acontecido más recientemente en Venezuela en cuanto a la impunidad con la que la Misión Vivienda ha actuado y hecho realidad sus absurdos, no son fracaso de la arquitectura venezolana sino de la cultura arquitectónica de nuestra sociedad. Porque el trayecto recorrido en materia de vivienda social, en un país dependiente como depende Venezuela de la acción del Estado, es una de las facetas de la formación de un modo de ver la arquitectura y la responsabilidad de los arquitectos en el medio venezolano. Es, por así decirlo, la construcción de una cultura a partir de la incultura.

Incultura que, vuelvo sobre mi tesis, ha tenido como su principal ingrediente la visión populista que impone la noción de cantidad sobre cualquier incómoda visión de calidad. Y sobre todo ignora a la ciudad, pasa por alto al mayor problema que encara nuestro país, el problema urbano.

Y lo ocurrido en el campo de la vivienda también ha sido el caso en otras áreas, de lo cual me ocuparé más adelante.

 

(Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

 

 

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