CONFECCIONES (4)

Oscar Tenreiro

Las construcciones de Gómez, aún en la Maracay de hoy y casi un siglo después de haberse realizado, siguen pareciendo superpuestas, es decir, no asimiladas por la ciudad. Un caso muy concreto que ya hemos comentado es el del Hotel Jardín, que transformado en los años sesenta en sede de la Gobernación del Estado (no tengo claro qué institución pública lo ocupa hoy), en lugar de haber sido restaurado y adaptado a los nuevos usos manteniendo su nivel de edificio-monumento para la ciudad, fue objeto de las típicas remodelaciones de nuestro período democrático que no son más que adaptaciones hechas a la ligera con mínimo respeto por lo preexistente, construidas con apresuramiento y un nivel bajo de acabados que invita al deterioro. Y produce tristeza preguntarse si alguna vez habrá dinero para una empresa tan importante superando la tentación del tratamiento cosmético (pinturita aquí y allá, reparación de frisos, limpieza que no es recurrente…) que se ha hecho recientemente. Rescate que no sólo tiene sentido por los edificios en sí sino por la ciudad que los acompaña, que también, como ha sido el caso en toda Venezuela, ha sido tratada como si se quisiese desaparecerla para ser sustituida por esa colcha de retazos que constituye el panorama urbano moderno de las ciudades venezolana. Expandidas de modo desigual, donde cosas de cierta decencia comparten la mesa con la simple especulación ramplona, y los centros históricos han sido invadidos por una utilización de tercera clase que los llevó a ser, casi, lo peor de toda la ciudad.

Porque ya es tiempo de dejar atrás la práctica de destinar algún dinerillo para ocultar el abandono y hacer lo necesario para que el monumento se asocie a proyectos urbanos serios, ambiciosos; y a la vez sostenibles porque la ciudad vive en ellos. Y eso no está a la vista porque cuando ha habido dinero sobrante, como ha sido el caso en los diecisiete años últimos, a nadie parece habérsele ocurrido destinar parte de él a una labor tan fundamental para la dignidad de Maracay. Con lo cual se afirma dolorosamente esa noción de insostenibilidad que hemos comentado y que también se hizo patente con lo ocurrido con el Hotel Maracay, inversión de los tiempos de otro Dictador (Pérez Jiménez), enorme conjunto recreacional que fue abandonado progresivamente hasta ser hoy una especie de despojo respecto al cual se anuncian operaciones de rescate muy poco creíbles en el contexto actual venezolano

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Pero hay un aspecto aún más importante para la ciudad que sigue pasando desapercibido a pesar de su enorme importancia. La relación entre la ciudad y el Lago de Valencia, cuyo extremo Este se extiende por parte del límite Sur de la ciudad.

Ya Gómez había intuido la importancia del lago, porque como bien se ha hecho notar, vivía los lugares y paisajes en torno a la ciudad, un aspecto en el cual revelaba su condición de hombre del campo, de la tierra. Y a pesar de que la ciudad que yo viví carecía completamente de cualquier relación con ese recurso natural que permitiera sospecharlo, el Dictador había iniciado un movimiento en su utilización que para su tiempo era de mucha importancia. Lo percibí de niño de un modo tangencial que sin embargo se ha afirmado en mi memoria y la de mis hermanos.

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Los Domingos en la tarde era día de paseo para la familia. De paseo en carro, como ya desde esa época se venía estilando en Venezuela entre quienes tenían acceso a ese medio de transporte. Y mi padre lo tenía porque los vendía, de marca Dodge en su negocio a pocos pasos de nuestra casa (la Panamericana de Automóviles, antes Casa Philco). Y a esas horas dominicales ya se había atenuado la tensión creada por las llegadas tarde de mi padre a causa de su sábado de copas, y era posible hacer algo junto con los niños, que debo recordar que eran numerosos, cinco, exceptuando tal vez al mayor, Jesús, que ya podía ir sólo donde algún amigo.

1.Calle Principal de Maracay. El primer carro fuera de alineamiento es el Dodge 1948.

Ave. Bolívar de Maracay. A la derecha la Casa Philco. El primer carro fuera de alineamiento es el Dodge 1948.

 

Papá y mamá, endomingados, se sentaban adelante y todos nosotros atrás, apretaditos, en un Studebaker negro de 1941 y más tarde en un Dodge modelo Fluid Drive de 1948, azul y con asientos de cuero también azules. Nos alternábamos las puntas, porque el disfrute del paseo aumentaba si se iba sentado junto a la ventana. ¡Punta atrás! o ¡punta adelante! era un grito común antes de salir, y a veces se producían peleítas que exigían intrevención superior y hacían que mamá desde el asiento delantero diera una cuantas órdenes y eventualmente repartiera algún tequichazo.

El destino era en primer lugar Turmero, en dirección Este, porque ya llegando al pueblo rodeaban al carro bandadas de muchachos vendiendo cachapas recién hechas. El próximo, regresando a la ciudad, pasándola y dirigiéndose como quien iba a Valencia, al Oeste, era la garita que custodiaba la entrada a la Base Aérea de Boca del Río y de allí en adelante. Ese era invariablemente el paseo, intercalándose a veces una subida más allá de El Limón, hasta donde comenzaban las curvas de la carretera hacia Ocumare de la Costa.

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Y tanta cercanía a una base aérea se debía a que en Maracay casi todos los mejores terrenos planos estaban ocupados por instalaciones militares. En plena ciudad había un aeropuerto al cual me dirigía muchas veces en bicicleta para distraerme viendo aterrizar y despegar aviones de entrenamiento (los famosos AT-6 americanos de cuando la Segunda Guerra) y hacia el Noreste quedaban los enormes terrenos de lo que se llamaba San Jacinto, hoy urbanizados de la peor manera, como puede esperarse. La Base de Boca del Río era parte de ese conjunto militar y se entraba a ella a través de una carretera muy recta que desde la garita terminaba en un sitio justo al borde del Lago, que llamábamos, no sé si correctamente, Punta Palmita.

Mi hermano Edgardo aprovechaba la famosa recta de Boca del Río para, colgando en el espaldar del asiento delantero, apoyar las dos manos en la pierna derecha de papá para supuestamente obligarlo a acelerar. Papá era un chofer de lentitud exasperante, pero se prestaba a la comedia haciendo como que si la presión lo obligara a pisar el acelerador. Tal vez llegábamos a ochenta, y Edgardo regresaba a su asiento antes de que llegáramos frente a la Plaza de las Guacamayas.

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Gómez había construido allí un embarcadero al borde del lago, precedido por esa plaza que recuerdo hermosa, con árboles en el centro y en el perímetro o en las esquinas, no recuerdo bien, unas esculturas naturalistas representando guacamayas, obras del escultor Alejandro Colina, hoy bastante olvidado pero que tuvo importantes encargos gomecistas entre los cuales el enorme (me pareció enorme la primera vez que lo ví) San Juan que supongo que está todavía en la Plaza Bolívar de San Juan de los Morros. Autor también de la estatua de María Lionza de Caracas, que aún mutilada parcialmente la trompa y reparada malamente, sigue allí en una Autopista caraqueña.

El embarcadero era un espectáculo especial, porque a su vera, semihundido en las aguas del lago estaba recostado, semihundido, pintado de gris, uno de esos barcos impulsados por paletas, parecidos a los que uno ve en películas sobre el Mississippi americano pero más pequeño, que según mis padres había sido traído por Gómez para travesías turísticas por el lago que se realizaban en su tiempo con mucho éxito, siendo sobre todo los familiares de Gómez y allegados los que disfrutaban del paseo.

No he leído en ninguna parte nada sobre el famoso barco. Me intriga especialmente cómo lo llevaron hasta allí. Supongo que desarmado porque no creo que habría en Venezuela condiciones para llevarlo completo como si se tratase del barco de Fitzcarraldo.

Que ya no figure en la memoria colectiva porque se murieron los que lo conocieron o simplemente por ignorarlo, es una prueba más de la absoluta prescindencia que los venezolanos de hoy practican respecto a las cosas que han importado en el pasado.Y no lo digo para resaltar el aspecto costumbrista y nostálgico tipo Venezuela de ayer que tan inútil ha demostrado ser, sino porque revela la falta de relación con el lago, conocido ya en mi niñez sólo poque en él había una isla (la Isla del Burro) en la cual funcionaba un correccional también obra de Gómez. Aunque me llegué a bañar en él una vez y recuerdo que molestaban las muchas algas que crecían en las partes llanas, algas cuya proliferación, según los especialistas, se debían al escurrimiento de los abonos químicos de los cultivos.

(Y algo que quiero verificar: un maestro nos dijo una vez que además del otro nombre del Lago, que es el de Tacarigua, se lo conocía como el Lago 22 por tener 22 kilómetros de largo, 22 metros de profundidad y ¿22 kilómetros cuadrados?, además de otro 22 que no recuerdo. ¿Será cierto?).

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El asunto es que los restos del barco desaparecieron en brazos de la incultura militar sumada al olvido. Y no he sabido nada más de la Plaza de las Guacamayas hasta el punto que me temo que haya sido engullida por el Lago.

No he ido al lugar a averiguarlo porque ya ni siquiera soy capaz de orientarme en la expansión de una ciudad de la cual me fui, espiritual y físicamente, hace ya más de medio siglo y con la cual he perdido toda relación, tal vez impelido por esa especie de rechazo que se desarrolla en los arquitectos cuando confrontamos la realidad con lo que pudo haber sido. Pero a lo largo de mi vida he tenido demasiadas veces la impresión de que la sociedad en la que me hice persona, en el país al cual me atan tantas cosas, priva por encima de todo un inmediatismo que oscurece toda capacidad de ver las cosas más allá de lo drásticamente utilitario. En ese Maracay que conocí y en sus alrededores, que en cierto modo fueron el estímulo para el desarrollo de lo que soy, experimento hoy el mismo desaliento que despierta este ejemplo de desidia e irresponsabilidad que es la situación actual del Lago de Valencia.

Y lo más característico de este ignorar lo importante, un estigma permanente de nuestra sociedad, es que se ha convertido el lago en amenaza debido al aumento del nivel de sus aguas, producido por fenómenos hidrográficos atribuibles a la improvisación, que no es el momento ni el lugar para detallarlos. Este fenómeno que según entiendo es corregible con inversiones fuertes pero imprescindibles, ha hecho que lo que es una bendición de la naturaleza se vea como amenaza, con lo cual hay razones adicionales para dejar a un lado la necesidad de tomar en cuenta un recurso natural excepcional hoy convertido parcialmente en cloaca, sus riberas sin aprovechamiento alguno, ignorado como tantas cosas de aquí. Que sin embargo nos regala su belleza en el paisaje, notoria cuando se contempla desde los altos de Rancho Grande en ruta hacia la costa.

Allí seguirá para cuando la lucidez abra paso a la acción.

(Van fotos que ilustran este texto y los anteriores)

(Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

2.Banco Agricola y Pecuario frente a la Plaza Girardot 1

Banco Agricola y Pecuario frente a la Plaza Girardot

El Banco Agrícola y Pecuario diagonal con la Catedral (Calle Mariño)

El Banco Agrícola y Pecuario diagonal con la Catedral (Calle Mariño)

La Plaza Bolívar y sus alrededores

La Plaza Bolívar y sus alrededores

La Plaza Bolívar y los cuarteles, más alla el Hotel Jardin

El Hotel Jardín

El Hotel Jardín

Entrada al Hotel Jardín

Entrada al Hotel Jardín

El patio interno del Hotel Jardín. Se aprecia algo de la rotonda donde funcionaba el Bar-Comedor

El patio interno del Hotel Jardín. Se aprecia algo de la rotonda donde funcionaba el Bar-Comedor

Patio Interno del Hotel Jardín. A la derecha la rotonda del Bar-Comedor

Patio Interno del Hotel Jardín. A la derecha la rotonda del Bar-Comedor

La Catedral de Maracay desde la Calle Mariño.

La Catedral de Maracay desde la Calle Mariño.

La Plaza de Toros hoy.

La Plaza de Toros hoy.

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