CONFECCIONES (13)

Oscar Tenreiro

La inmensa crisis que vive Venezuela, ni siquiera comparable a la que resulta de una guerra sino más bien a una situación de suspensión drástica de la vida productiva, nos oprime el espíritu. Se manifiesta entre otras cosas por una escasez de todo lo necesario para hacer algo. En el caso de la construcción, ya lo he dicho otras veces, la escasez es aún peor de la que podría esperarse como secuela de un conflicto cruento. Todo en medio de una especie de multiforme caos en el cual el crimen domina, mientras la camarilla dirigente oficialista se niega a aceptar la realidad y sigue conduciendo a un país entero a la más miserable ruina, un estado de cosas que llevó a Felipe González hace poco a hablar de imprevisibilidad y de tiranía para referirse al régimen venezolano. Vivir esa realidad agresiva, absurda, hace demasiado difícil el simple acto de intercambiar ideas y puntos de vista que estén más allá de mantener la vida. Es una parálisis que no se revela en su asombrosa dimensión porque la vida continúa y la encubre la línea de auxilio hacia la población que el Régimen ha tendido, un irracional subsidio a los alimentos básicos que ha creado una economía artificial para millones de personas que viven de su reventa multiplicando su costo hasta 1000 veces. Acompañada además de realidades que serían imposibles de concebir en un país normal, como por ejemplo la parálisis de la educación universitaria porque no hay dinero sino para sueldos (el más alto no llega a los 40 dólares); miles de empresas en descanso forzado que pugnan por permanecer abiertas; cierre técnico de la industria siderúrgica y la extracción y refinación de aluminio propiedad del Estado; crisis del suministro eléctrico; racionamiento de agua, hospitales en el suelo y decenas de muestras más de un deterioro como nunca experimentado por este joven país por el cual ha transitado la riqueza. Un escenario deprimente y frustrante sobre el cual se recorta la increíble noticia de que el año pasado se gastaron 3000 millones de dólares en equipo militar.

Ante un cuadro así resulta realmente difícil conservar una mínima compostura y, repito, tratar de intercambiar ideas.

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Sobre arquitectura pienso que tiene muy poco sentido decir algo porque cualquier argumentación termina contrastada con un agresivo estancamiento que pareciera decirnos que las aspiraciones de construir carecen de importancia. Y menos aún interesa hablar sobre la ciudad, sumergida en una aplastante decadencia, carente de planes fuera de los desesperados intentos de la burocracia no dominada por el oficialismo de abrir discusiones tan irrelevantes que mueven al escepticismo. Porque la crisis, con la inactividad, la parálisis que la acompaña, ha impulsado la rigidez, ha ahuyentado la frescura, ha hecho del conformismo hábito, compensado por un estar al día artificial, sostenido por una ilusión de universalidad cortesía de Internet.

Pese a que estoy convencido que el pueblo venezolano terminará echando del Poder a la pandilla heredera de la irresponsabilidad, de todos modos me cuesta encontrar motivos para comunicarme con los demás en clave reflexiva, para abrir algún modesto diálogo, como lo intento en este espacio semanalmente. La situación me invita a vivir hacia adentro, a encerrarme en el aislamiento y esperar que la paciencia no se escape. He escogido entonces deliberadamente escribir sobre etapas tempranas de mi vida, no en plan testamentario, como me señaló un amigo cuyo talante se inclina a ese tipo de juicios, sino como muestra de lo que ha sido un trayecto de vida no demasiado diferente a muchos otros trayectos de quienes han sido mis contemporáneos en este lugar del mundo. Y así, reconociéndonos en una especie de historia común podemos saber mejor quienes somos; y si hablamos desde la arquitectura, entender cuales han sido las raíces que podemos llamar espirituales donde ella se afirma.

Raíces que por ejemplo bien poco tienen que ver con las celebradas estrellas del firmamento arquitectónico de la opulencia, opulencia que se niega incluso a reconocer las desgracias de pueblos enteros que en definitiva padecen lo que padecen en gran medida gracias al desdén de los que sostienen la comodidad, lo predecible, por encima de cualquier otro valor humano. Hablo por supuesto de la llamada crisis de los refugiados, pero podría estar hablando de cualquier otro síntoma de esa indiferencia frente al mundo que muestran quienes están en el tope de la pirámide.

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Y de quienes están en el tope corresponde hablar a propósito de la muerte de Zaha Hadid. Ya proliferan por la web los elogios de ocasión y palabras rimbombantes sobre la cultora de una aproximación a la arquitectura totalmente ajena a las señales de disconformidad, con frecuencia terribles, que se muestran por todo el mundo. Una arquitectura que está a años luz de la necesidad y el compromiso solidario y simboliza muy adecuadamente la superficialidad de la pasarela fashion de la arquitectura internacional. Una arquitectura cuyas raíces están en la búsqueda de celebración y originalidad unida a un sello personal por encima de cualquier otra cosa, como lo demuestra por ejemplo que la fallecida jamás pronunció una palabra acerca de los sufrimientos de su pueblo de origen, Irak. Fue ya bien crecidita, a los 22 años, cuando se radicó en el reino Unido,  formada como ser humano, y podría haberse esperado de ella algun pensamiento sobre sus raíces. Pero no, no se conoce en su discurso alguna referencia inteligente a la sangre que la antecedió, demostrando con ello una especie de neutralidad angelical que nos lleva a preguntarnos hasta cuando se va a seguir adorando a gentes sin ombligo, que sólo reconocen lo que les permite escalar cada vez más alto. ¿Donde está la cultura, la palabra que sobre cada uno de nosotros tienen las herencias recibidas?

Si esa es la imagen de una arquitectura celebrada, me digo, nada importa la celebración, cuestión que por supuesto puedo decir tranquilamente desde este país oscuro y desde el anonimato que encarno.

No es el legado de la señora Hadid lo que puede representar una referencia de valor para lo que podría esperarse haciendo uso del más rotundo optimismo como nuestro camino a seguir, ni siquiera como referencia lejana, como método, como aproximación. Sostener que puede serlo porque era una especie de genio de nuestra disciplina, como se ha dicho ya, muestra las enormes distancias culturales y económicas que nos separan de quienes así se expresan. Falleció una persona de éxito sí, no hay duda de ello. Talentosa también. Hábil por supuesto (logró construir a escala monumental en todo el planeta). Construyó edificios que quedarán como referencia de un momento cultural del mundo, eso no corresponde negarlo. ¿Pero un genio? ¿Una estrella que arroja luz? Por favor, no.

Lo cual nos lleva a otra cuestión, la importancia de ser celebrado. Y la idea muy dudosa de que la celebración acompaña al genio. Cuestión que habría que plantearle por ejemplo a ese joven, el último premio Pritzker, que se corta el pelo al estilo rebelde, y da renovados motivos de orgullo a quienes desde el sur del continente se siguen sintiendo (es parte de la atmósfera que por allí prospera) por encima del bien y del mal. Y como sabemos que su trayectoria indica inequívocamente que la respuesta es afirmativa, vuelvo a decir lo mismo: poco importa la celebración, generalmente resultado de la convención, mezclada por supuesto, como siempre, con unas gotas de hipocresía.

Volvamos pues hacia la vida normal, la de todos nosotros, la que nada tiene que ver con el éxito planetario. Hacia las cosas que nos han importado, hacia los días cuando el mundo se iba abriendo, prometedor, ante ojos de niño todavía libres de prejuicios.

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Ir hacia Ocumare de la Costa requería cruzar la selva lluviosa que es hoy el Parque Nacional Henri Pittier, lo que en ese entonces se conocía (y tal vez aún hoy) como Rancho Grande, nombre que cuando lo asociábamos al corrido mexicano requería de una aclaración adulta.

Una vez escribí aquí que las primeras travesías las recuerdo como pasajero de un Studebaker modelo 41 que ocasionó bastantes problemas a mi padre, particularmente con una bendita correa del ventilador que parecía estar siempre pronta a fallar. Era de color negro, no por preferencias especiales sino porque durante esos años de guerra era por lo visto el único color disponible. Y claro, lo de la correa era importante porque la carretera subía desde Maracay (400 m.s.n.m.) hasta un punto de la Cordillera de la Costa que tal vez podía llegar a los 1200 o algo parecido a lo largo de pocos kilómetros, fuertes pendientes y muchísimas curvas, para después bajar hacia las riberas del río Ocumare junto al cual discurría la carretera dejada inconclusa en ese sector desde los tiempos de Gómez.

El viaje era un tanto incómodo para los niños porque siempre alguien se mareaba, particularmente los que se sentaban en el centro porque no habían sido favorecidos con el sorteo de las puntas. Era un inconveniente que se superaba abriendo bien las ventanas y a veces sacando un poco la cabeza hacia afuera, algo que se nos permitía pero hoy en día sería muy mal visto. Y que nos privaba del hermoso espectáculo que siempre está a la mano en esa privilegiada zona de Venezuela, con una flora realmente espectacular envuelta siempre en un manto de neblina que le daba y le da un aire de misterio. Ante nuestros ojos, luego de dejar atrás los yagrumos que revelaban una mayor altitud, pasaban los grandes helechos arborescentes, los altos árboles que ocultaban el sol, cierto tipo de palmeras, uñas de danta de diversas clases, las rocas enormes cubiertas de musgo entre las cuales destacaba una, dejada al borde de la carretera desde los tiempos de la construcción, muy grande, con una cara lisa en la cual se había grabado un poema, un soneto, que seguramente habría sido del gusto del dictador de entonces (al de ahora sólo le interesa abusar del Poder).

Uno alcanzaba a leer sólo el primer verso: En esta piedra a la vera del camino… porque papá nunca se detuvo para leerlo completo por miedo a los otros carros.

He buscado de nuevo esa piedra en posteriores viajes pero tal vez a causa del deslave de hace casi treinta años la carretera tomó otro rumbo o la piedra fue arrastrada al precipicio por el fango. Y ya nunca podré leer el soneto.

(Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

 

 

 

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