SUBVERSIÓN /CLOSET IDEOLÓGICO / DISIDENCIA

Oscar Tenreiro

Como la radio escapa parcialmente a la hegemonía comunicacional, pude oír hace unos días a la Rectora de la Universidad de Oriente-Ciudad Bolívar, narrar como los estudiantes que manifestaban el día anterior, escapando de la represión, se habían refugiado en las oficinas de Rectorado. La policía había entrado en los terrenos de la Universidad violando su autonomía, rompió las puertas de la oficina y en el forcejeo y persecución sobre escritorios, sillas, archivos, destrozaron el local y asesinaron con un disparo que desde el cuello atravesó su cráneo, a uno de los estudiantes, impidiendo luego la llegada de las ambulancias hasta que finalmente, fallecido el joven, se retiraron dejando una escena que al describirla, destrozos regados de sangre, quebraba su voz.

Ese testimonio, junto a muchísimos otros entre los cuales selecciono dos algo más recientes ( https://www.lapatilla.com/site/2017/05/26/risas-que-salpican-sangre-por-alejandro-sosa-rohl/ https://www.facebook.com/roberto.ayala.188478/posts/10158667687065257 ) que son demostraciones irrefutables de la oscura insensatez que se ha hecho política de Estado en Venezuela. Aún más recientemente, el pasado 31 de Mayo, ingresaron a la Clínica privada  donde trabaja mi hijo mayor, médico, 27 heridos provenientes de la manifestación que se desarrollaba a unas veinte cuadras de distancia, al menos quince de ellos con heridas de bala (perdigones de metal), uno de ellos en estado grave, su hígado y pulmón perforados. Habían sido víctimas de una emboscada de las fuerzas represivas, que los rodearon agrediéndolos con bombas lacrimógenas y escopetas con perdigones de metal en lugar de los de goma. Ese mismo día, un obrero que transitaba cerca de donde había pasado la marcha sin participar en ella, fue impactado en la cara por una bomba lacrimógena, la foto impresionante de su herida circuló por las redes sociales. Y como no se hizo presente ningún fiscal del Ministerio Público para iniciar averiguaciones, los médicos se limitaron a tomar fotos de las heridas incluyéndolas en el informe del tratamiento.

Esa misma tarde del 31 el Ministro de Defensa apareció en la TV estatal diciendo que la oposición disfrazaba de Guardias Nacionales a sus agresoresMostraba ese cinismo descarado, indignante, que exhiben los personeros oficiales para negar la realidad. Insisten en culpar una derecha asesina ignorando el salvajismo de sus cuerpos represivos y las muertes que sus instrucciones han producido.

Ese constante descansar en la mentira, o en la media verdad, fue sobre todo lo que el pasado 25 de Mayo movilizó a muchos venezolanos residentes en Galicia cuando se supo que esa tarde en un pequeño museo municipal cercano a Pontevedra tomaría la palabra para hablar de la situación en Venezuela, Francisco de Asís Sesto Novás, nacido en Vigo, arquitecto, ex-Ministro, gallego transformado por el Poder en la antítesis moral de los gallegos que han ennoblecido a Venezuela. En las calles cercanas al Museo se congregaron muchos compatriotas, pacíficos pero resueltos a contrarrestar las previsibles mentiras, usando la libertad que da toda ciudad democrática, la que aquí no tenemos, para decir fuera del local la verdad de un país empobrecido, vejado y humillado, convertido hoy en una sombra de lo que una vez fue.

El acto fue suspendido por razones de seguridad (la seguridad para mentir impunemente).

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Este personaje dispuesto a mentir al igual que los de su secta en el Poder, instalado en sus intereses personales y separado con empeño de todas las cosas que lo desmienten, habla de la derecha asesina (constante mención en su Blog, lleno de ideología barata) porque prefiere ocultar detrás de esa frase su incapacidad para entender lo que está pasando realmente aquí. La ideología es para él un filtro a través del cual pasa sólo lo que la justifica. Es la intolerancia disfrazada con razones. Que cuando la experimentamos en nuestro trato con los demás nos incomoda, pero cuando se hace obstáculo para la convivencia general, cuando afecta nuestro modo de vivir en sociedad, se hace insoportable. La ideología lleva a convertir en normal el uso constante de la mentira como arma política como ha ocurrido entre nosotros en los últimos años. Y cuando, al comienzo de esta pesadilla, todavía los personeros del Régimen no se habían hecho suficientemente cínicos para mentir abiertamente, entonces pretendían razonar a base de medias verdades. Y la media verdad puede ser peor porque se desliza desapercibida.

Todos los populismos, de izquierdas o de derechas, se apoyan en medias verdades. Pueden así ser aceptados sin mostrar su verdadera naturaleza que con frecuencia encubre al fanatismo. El nazismo y el fascismo nacieron de la manipulación de medias verdades; la dictadura cubana las ha utilizado por décadas; el apartheid surafricano también; los yihadistas conquistan adeptos repitiéndolas una y otra vez y asociándolas a la manipulación religiosa. Medias verdades son los argumentos que manejan personajes como Trump, Le Pen, Putin, Farage, y tantos más. La media verdad explotada en términos ideológicos es el recurso más querido por el autoritarismo y es útil además para sentar las bases de un posible totalitarismo: fue a base de medias verdades que se hizo del Poder la revolución bolivariana.

Medias verdades, que cuando ya se han puesto al servicio de un asalto exitoso a la totalidad del poder, se sustituyen por mentiras que se expanden a base de cinismo. Es eso lo que ha ocurrido en Venezuela. La verdad la fabrica el oficialismo y quienes están a su servicio, como el gallego de Pontevedra, a la medida de su estrategia para conservar el Poder.

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Pero el filtro ideológico también actúa en quienes se han distanciado del Régimen pero no se deciden a romper con él abiertamente, impedidos como están de superar el entramado de ideas congeladas que motivó sus lealtades iniciales. Son personas que lograron preservar la soberanía sobre sí mismos pero cuya visión del mundo sigue filtrada. Están todavía dentro del closet ideológico: aún no se han decidido a asumir con decisión su disidencia.

Es el caso de alguien que conozco y a quien llamé movido por el estado de ansiedad que se me ha hecho característico de estos días. Me hizo llamarlo el respeto que le había tenido por su conducta independiente y abierta, no forzada por prejuicios políticos, en el tiempo en el cual se desempeñó como alto funcionario al comienzo de la revolución. Actitud fundada en una visión profesional seria que terminó costándole el cargo. Quería oírlo para saber lo que pensaba sobre lo que podría ocurrir ahora, él, quien fue parte de la locura cuando todavía no parecía locura. Nos ha unido una amistad pese a su fidelidad a una visión del mundo en cierto modo antagónica a la mía, tal vez porque busco en él, como he buscado en otras personas, no siempre con un final feliz, la complementariedad.  Luego de un intercambio inicial sobre la gravedad del momento, lanzó como frase suelta un yo no creo en la democracia que me anunció lo poco que podía esperar de la conversación. Porque al decir eso, hoy, alguien ya formado, está obligado a señalar en qué dirección se orienta (¿prefiere entonces el régimen clerical Iraní, el populismo represivo de Putin, la democracia otomana de Turquía, la confesional de Israel, el centralismo comunista-capitalista de China, la monarquía Tailandesa?) pero es evidente que le impulsó a pronunciarla el simple deseo de marcar distancia ideológica; tenía que decirme que él y yo no pisábamos el mismo suelo: él allá, yo aquí. Luego habló despectivamente de esos carajitos que tiran piedras a los policías sin advertir que tiempo atrás, ante una represión incontrolada como la que estamos sufriendo, él hubiera sido uno de ellos. Continuó, ante mis argumentos, poniendo en duda los videos y fotos donde se muestran civiles disparando a los manifestantes, algo absolutamente fundado en pruebas; y finalmente, cuando le hablé de que en lo más alto del Poder están instalados unos cuantos criminales comprobados, puso en duda tal criminalidad sugiriendo inventos o fabricaciones ajenas (tal vez de la CIA), como en algún caso extranjero que mencionó. Interrumpí de modo abrupto la conversación; en diez minutos, mi respetado amigo disidente cuestionó la democracia y la importancia de la honestidad, mostró su ceguera ante la realidad, y negó la crueldad represiva; fue demasiado para mi paciencia.

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Esa en realidad no es una anécdota personal sino más bien una muestra de la conducta que puede esperarse de alguien cuyos juicios de valor están determinados por la rigidez ideológica. Que nos obliga a pensar, en el contexto actual de lucha crítica, sin pausa, a favor de la democracia, acerca de lo que podemos esperar de la disidencia cuando ésta no proviene de la superación de esa rigidez sino de una decisión hasta cierto punto privada, un desacuerdo, una distancia que deja al disidente mirando los toros desde la barrera. Ese tipo de disidencia que permanece distante de los valores democráticos, realizada dentro del closet ideológico que protege de la confrontación, es completamente irrelevante en estos momentos duros, cuando parece jugarse de modo definitivo nuestro destino como sociedad. Concierne sólo al disidente y le quita parcialmente la mala conciencia y el miedo a ser señalado por los de dentro con severidad ideológica análoga a la que él practicó, pero nada nos dice a los que luchamos, nada agrega que sea bueno celebrar. Es asunto privado. Si la disidencia no va acompañada del reconocimiento de haber errado, implícita o explícitamente, resulta oportunista.

Hay muchos ejemplos en la historia de la inutilidad de este tipo de disidencia íntima. Como la de quienes se oponían a la segregación y luego al exterminio de los judíos en tiempos del Holocausto y lo mantenían oculto, fuera de las luces de lo público. Así procedieron muchos, incluso personajes notorios, que se escudaron en una prudencia injustificable demostrativa de un temor de tomar partido. Como la de los habitantes de Weimar que veían pasar frente a sus casas en dirección al campo de concentración de Buchenwald los camiones cargados de seres humanos y decían al interior de sus familias en voz baja que no estaban de acuerdo.

En las actuales circunstancias venezolanas, realmente extremas y hasta desesperantes porque luchamos contra los que tienen las armas, lo que uno le pide a los disidentes es coraje para sumar otras voluntades desde dentro. No que se concedan a sí mismos el derecho a guardar distancia de quienes todo lo arriesgan en la lucha por recobrar la democracia. Uno les pide riesgos que compensen su silencio anterior. Eso ha sido lo más valioso de la Sra. Fiscal. Ella calló cuando no debió callar, pero ahora habla con valentía. Son disidentes de ese tipo, convencidos del valor de los derechos democráticos, hoy en grave peligro, los que necesita Venezuela. Porque esta es la hora de los disidentes. De quienes tengan el valor de ver ahora y rechazarlo, el camino que sigue una dirigencia manchada, que por salvarse a sí misma, niega lo que inicialmente decía defender, pretendiendo llevar a Venezuela por un rumbo contrario a su mejor historia.

Y digamos esto con claridad: no hay proceso político estable en la Historia, que haya creado tradición a lo largo del tiempo en ruta hacia su perfeccionamiento, cuya dirigencia haya prosperado afirmando su poder en el robo del dinero público, en prácticas de criminalidad común y el manejo abierto y cínico de la mentira. De todo esto hay en la camarilla detentadora del Poder venezolano, y sólo por eso sabemos con seguridad que tiene sus días contados. Su derrota vendrá. La  búsqueda de la democracia que ha sido siempre bandera del pueblo venezolano es la garantía.

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