DIGRESIONES (12)

Oscar Tenreiro

He podido dar un examen general al contenido del tratado De Re Aedificatoria de Alberti, deteniéndome en algunas partes, gracias a las posibilidades que nos da Internet, y como consecuencia me ha parecido útil ocuparme de él de un modo más detallado. Di con la edición facsimilar en pdf de la traducción del latín al español a cargo de Francisco Lozano que se publicó en 1582, la cual va precedida de una especie de nihil obstat, una aprobación, de parte de Juan de Herrera el arquitecto de ese extraordinario monumento de la arquitectura, precisamente de tiempos del Renacimiento tardío, que es El Escorial (1563-84). La complementé con una selección de fragmentos en traducción moderna también obtenidos en Internet. Y descubro muchas cosas que vale la pena comentar.

Alberti

La primera de ellas es que el tratado, al igual que el de Palladio, es bastante menos solemne o de difícil lectura de lo que me había imaginado a partir de los comentaristas, particularmente los que ejercen en función académica, quienes se empeñan en convertir el objeto de su interés en algo complejo para lo cual es necesario algún tipo de iniciación que no esta al alcance de la mayoría. Me recordé del juicio que le merecía a Gianbattista Vico (cuya distinción entre lo cierto y lo verdadero motivó el título de este Blog) el clima intelectual prevaleciente entre los académicos de su tiempo y que expresó con la frase la confabulación de los doctos refiriéndose al papel oscurecedor que cumplen quienes hacen de intérpretes de las ideas de otros o incluso los divulgadores de sus propias ideas, complicándolas con exceso de palabras y conceptos con el fin de aparentar meritoria altura intelectual. Porque, repito, Alberti se expresa con sencillez, con espontaneidad y con toda claridad, de modo que no solamente es posible seguir sus ideas fácilmente sino que hay ciertas partes en las cuales la lectura corre sola, con naturalidad.

De Re Edificatoria, Portada de la traducción al español de 1582

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También entendí mejor por qué se dice que De Re Aedificatoria es el primer escrito de Teoría de la Arquitectura de los tiempos post-helénicos, porque pese a que en algunos momentos Alberti se deja llevar por la tentación de definir los atributos de la arquitectura que conducen a la belleza (la hermosura es el término que se usa en la edición de Lozano) y con ello entra en los territorios movedizos de un filosofar que sólo conduce a sí mismo, el tratado es principalmente un ejercicio de enumeración, descripción y documentación de los conocimientos técnicos vinculados con la construcción; comentarios sobre la región, la ciudad, el terreno donde se construirá y el edificio en sí; un conjunto de referencias históricas con énfasis en la tradición helénica que se intercalan a lo largo de todo el texto e incluyen algunas descripciones; observaciones sobre proporciones, dimensiones, criterios geométricos; y consideraciones acerca de la naturaleza de la arquitectura y las atribuciones y deberes del arquitecto en términos que casi lo convierten en un manual de deontología para arquitectos. Se trata pues de un esfuerzo por recopilar las principales cuestiones, hasta ese momento, relativas al ejercicio de la arquitectura y requeridas por aquello que parece ser lo que más lo motiva: establecer ante la sociedad de su tiempo la profesión de arquitecto. Todas cosas que merecen muy acertadamente el calificativo de Teoría de la Arquitectura si concebimos a ésta como suma de teorías parciales y no en el sentido que se le da hoy en el mundo académico. Porque hoy se habla entre quienes se ocupan de elaborar ideas a propósito de la arquitectura en foros, discusiones y cursos de pregrado o posgrado, como si existiese efectivamente una Teoría específica, unitaria, que puede formularse y trasmitirse a otros como fundamento de nuestro ejercicio. Equívoco respecto al cual he escrito en oportunidades diversas comenzando con un trabajo que presenté en mi Facultad hace algo más de veinte años donde entre otras cosas sostengo que se puede hablar de pensamiento sobre o desde la arquitectura, pero en ningún caso de Teoría. El conocimiento de la arquitectura no se basa en una teoría que le sea propia; es una suma de conocimientos técnicos (cada cual con su propia teoría), del ejercicio de la observación y la descripción (la arquitectura se conoce por vía ostensiva, la arquitectura se muestra) y de la experiencia, compartida con otros o por vía más personal, de proyectar y construir.

Pero el nombre persiste y los teóricos se multiplican.

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Cuando cursé mis estudios (entré a la Facultad en 1955) todavía no existía una burocracia docente ansiosa por justificarse y aparentar méritos y teníamos un profesor bastante serio, Santiago Goiri, nacido en Bilbao y emigrado a Venezuela de niño, miembro de la primera promoción de arquitectos egresada de la Escuela de Arquitectura fundada en 1946, que nos dictaba una materia llamada Teoría de la Arquitectura, la cual, rememorando, veo ahora que estaba concebida con intenciones muy similares a las del tratado de Alberti, no porque Goiri hubiese seguido conscientemente pautas tomadas de tan lejos en la historia sino porque se trataba de un discurso relativo a lo que se quería del arquitecto, lo que se le exigía, menciones al tema de la construcción como ejercicio técnico y todas las demás cosas que, como hemos dicho, están en forma análoga en De Re Aedificatoria. Sorprende ver, me sorprende personalmente, que, si le restamos la insistencia característica de su tiempo y de los siglos que siguieron en referirse casi obsesivamente a la antigüedad clásica, el discurso de Alberti es curiosamente similar en cuanto a sus intenciones, al muy modesto discurso, nada erudito, sencillo y sin pretensiones, deseoso de iniciar a jóvenes que poco sabían de la arquitectura, de nuestro profesor, casi cinco siglos después de Alberti.

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Me ha parecido interesante, luego de mi trabajosa lectura, incluir aquí unas cuantas citas de Alberti como una muestra de su estilo expositivo y como complemento parcial de las cosas que hemos afirmado respecto a su contenido. Las extraigo de la traducción de Lozano porque la contemporánea se toma licencias expresivas que me parecen contrarias a la sencillez del lenguaje albertiano.

Incluyo primero una cita de una obra escrita por Alberti unos años antes de la que nos ocupa que abre un espacio de reflexión de bastante interés. Está en la obra titulada Momus que según leo es un tratado satírico-moral sobre el príncipe y el Estado, escrita unos años antes de De Re, y me llamó la atención sobre ella una de las fuentes consultadas. Así:

Y después, aquellos bravísimos arquitectos que con tanta pericia habían construido el mundo actual, eran ya todos viejos y decrépitos; aquella categoría de técnicos excluía del todo la posibilidad de una realización más bella, elegante y duradera en el tiempo respecto a la ya construida que despertaba la más alta admiración en cualquiera de sus elementos. Y si se hubiera querido poner a prueba a los nuevos arquitectos, ya se había tenido suficiente demostración de su valor en la construcción del arco de Juno, para no dar otros ejemplos: ciertamente la gente no andaba equivocada cuando comentaba que había sido construido con el único fin de caerse durante los trabajos de su construcción…”

Habla pues aquí Alberti con extrema admiración de la arquitectura de los tiempos inmediatamente anteriores a su generación induciéndonos la pregunta de la razón por la cual en cierto modo la ignora a lo largo del tratado al insistir y hasta cierto punto imponer, porque sin duda lo logró y se extendió en la obra de los tratadistas que lo siguieron, la idea de que los méritos principales de la arquitectura, sus más altos valores, se expresaron y cultivaron casi exclusivamente durante el pasado helénico, un punto de vista derivado del enorme impulso de rescate del tiempo clásico que fue propio del Renacimiento y que sin duda estaba, para usar el término Junguiano, en el espíritu de los tiempos. Y a él se pliega necesariamente, como nos plegamos todos en cada momento histórico al espíritu del tiempo que vivimos, cuando dice en el Libro Sexto de De Re… Capítulo III (35-40): El arte edificatorio ( lo cual he podido aprender de los escritores antiguos) derramó en Asia la primera superfluidad (por decirlo así) de su juventud, después floreció entre los Griegos, finalmente alcanzó en Italia la madurez perfecta…Era pues en el pasado greco-romano donde se debía abrevar. Ya no podía haber discusión en los siglos que siguieron. Lo cual no obsta para que Alberti se exprese en sentido crítico respecto a Vitruvio, como lo hace en el Capítulo Primero del Sexto Libro:

Vitruvio, escritor sin duda muy instruido pero de tal manera despedazado con el tiempo, que en muchos lugares faltan cosas y en otros se echan de menos muchas. Se agrega a esto que estas cosas las escribió no adornadas, porque hablaba de manera que a los latinos les pareció haber querido escribir griego, y a los griegos haber hablado latinamente: pero su modo mismo de escribir testifica no haber sido ni griego ni latino. De suerte que es justo que pensemos no haber escrito para nosotros lo que escribió, y no le entendemos… (y de seguidas incluye Alberti este apasionado deseo de preservar la arquitectura del pasado): Nos restarían los viejos ejemplos de cosas puestas en los templos y teatros, de los cuales como de los mejores profesores aprendemos muchas cosas, pero veía (no sin lágrimas) como se van destruyendo de día en día, y que los que por ventura se edifican en nuestros tiempos se deleitan más en nuevos desatinos de necedades que no en aprobadas razones venidas de las obras muy loadas, por lo cual cosas nadie negará que en breve esta parte (por decir así) de la vida y del conocimiento, de todo punto habría de perecer.

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La siguiente cita, del Capítulo II del Libro Primero, que habla del origen de la arquitectura, recuerda lo que hablaba también nuestro profesor Santiago Goiri sobre el origen de la arquitectura (la cubierta, decía Goiri, la protección, es el tema esencial de la arquitectura) con otras palabras y otros ejemplos: Al principio el género de los hombres buscó para sí algunos espacios de sosiego en una región segura, y hallada área (terreno) o planta cómoda y agradable para su necesidad, se asentó allí y ocupó aquel sitio, de suerte que no quiso que en un mismo lugar se hiciesen todas las cosas domésticas y particulares, sino acostarse en una parte, en otra tener el hogar y en otra poner las demás cosas para el uso. Y de aquí comenzó a imaginar como se pondrían los techos para que estuviesen cubiertos del sol y de las lluvias y para hacer ello añadieron después los lados de las paredes, sobre los cuales se pusiesen los techos, porque así entendían que habrían de estar seguros de las heladas, las tempestades y de los vientos lluviosos. Finalmente abrieron en las paredes desde el suelo a lo alto vías y ventanas, por las cuales lo uno se diesen entradas y salidas, y lo otro se recibiesen luces y fresco en los tiempos claros, y recibidos por ventura dentro de la casa se purgasen el agua y los vapores. De esta suerte lo ordenó cualquiera que fue aquel que instituyó al principio estas cosas (aquí una de las constantes citas sobre la antigüedad clásica, en este caso la mitología), o la diosa Vesta hija de Saturno, o Eurialo e Iperbio hermanos, o Gellio y Traso o el cíclope Tisinchio. Así que de esta suerte pienso haber sido estos primeros principios de hacer los edificios, y estos primeros órdenes. Y finalmente entiendo este negocio haber crecido con uso y arte hallados varios géneros de edificios, hasta tanto que la cosa se ha hecho casi infinita, porque unos se constituyen públicos, otros particulares, otros sagrados, otros seglares, otros para el uso y necesidad, otros para ornato de la ciudad y otros para deleite de los templos. Pero nadie negará que todos no manaron de esos principios que hemos dicho, los cuales, las cosas siendo así, es cosa clara que todo el negocio de edificar consta de seis partes que son estas, región, área (terreno, lugar), partición, pared, techo y abertura. Estos principios si fueren primero sabidos vendrá a ser que las cosas que hemos de decir más fácilmente se entiendan……

Y también puede decirse que son de nuestro tiempo las palabras con las cuales define al arquitecto, también un eco lejano de las que siempre hemos oído decir.Están en el Prólogo (30-35):

Pero antes de que vaya más adelante me parece declarar a cualquiera que me tenga por arquitecto por qué no traeré al oficial de carpintería para que le comparéis con todos los varones de las demás ciencias, porque la mano del carpintero es instrumento del arquitecto. Pero determinaré que es arquitecto quien con cierta y admirable razón, y camino, hubiere aprendido a definir con el entendimiento y ánimo, como también determinar con la obra, cualesquiera cosas que por movimiento de pesos, reunión y ayuntamiento de cuerpos sean cómodas hermosamente a los principales usos de los hombres, las cuales para que las pueda hacer tiene necesidad de aprehensión y conocimiento de otras muy buenas y muy dignas: así que tal será el arquitecto.

Y Alberti llega incluso a otorgarle al arquitecto la capacidad, mediante su inventiva en relación a las fortalezas, defensas de la ciudad, artificios diversos y máquinas de guerra, la potestad de ayudar como factor esencial en el ataque o la defensa de las ciudades, llegando hasta decir: y lo que es más principal, el arquitecto vence con pequeño ejército cuando falta el soldado.

Termino con dos imágenes de una obra esencial de Alberti que comentaremos en la próxima Digresión.

Santa Maria Novella, Florencia-Obra canónica de Alberti, donde puso en práctica sus teorías sobre las proporciones, derivadas de la arquitectura clásica (1456).jpg

Estudio geométrico de Santa María Novella de Alberti.jpg

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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