DIGRESIONES (31)

Oscar Tenreiro

La cuestión de la percepción de la arquitectura y su relación con las condiciones de naturaleza nos ofrece algunas claves para conocer mejor los caminos que ha recorrido la apreciación de la arquitectura, el juicio que de ella nos hacemos. Entre otras cosas puede ayudarnos a entender por qué le damos valor especial a ciertas arquitecturas hasta considerarlas parte del patrimonio colectivo, hacerlas nuestras, darles el rango de imagen que en cierto modo nos identifica hasta hacerlas parte de un paisaje que consideramos que nos pertenece, así como hacemos nuestros en el sentido psíquico, otros accidentes del escenario que nos rodea. Mientras que otras, por más deseos que hayan tenido sus constructores para dotarlas de atributos capaces de atraer la atención, por más recursos que se hayan empleado para acicalarlas y hacerlas atractivas, no pasan de ser lugares cuya fisonomía se diluye en nuestros recuerdos sin dejar huella permanente. Y es que estamos hablando específicamente de la percepción, del modo como vivimos la arquitectura y el impacto que tiene en nosotros, dejando aparte lo que más nos ocupa a los arquitectos, el qué y el cómo construir, que si bien depende de la percepción, puede hacerse, deliberadamente o no, indiferente a ella, y sería ese grado de indiferencia lo que le da valor positivo o negativo a una arquitectura. Acercarme fugazmente a un aspecto de la percepción, el inducido por las condiciones de naturaleza, que influye en el juicio que nos hacemos de la arquitectura incluyendo la que nos viene de la historia, examen que deja fuera deliberadamente las condiciones o atributos que deberían caracterizar a lo que se construye –terreno lleno de indeterminaciones y cuestiones enteramente subjetivas– es lo que intentaré en lo que sigue.

Ferdinand Bellermann (1814-1899). Plantación de Azúcar cerca de Puerto Cabello (1845?), Venezuela. Obsérvese la búsqueda del espacio de sombra en el corredor de la casa de hacienda.JPG

**********

Empecemos por reconocer como poco probable que los arquitectos o, más simplemente, las personas cuya mirada hacia la arquitectura es reflexiva, formulen un juicio de valor bien fundamentado, es decir, no una simple opinión sin respaldo, sin que de alguna forma se filtre en la elaboración de su juicio el deseo de estar en sintonía con una actualidad que define lo que se lleva, lo que se trajina en términos de moda, cosas que están constantemente a nuestro alcance como mercancía a través de los medios de comunicación y nos llegan desde fuera con intensidad abrumadora, desde realidades a veces radicalmente opuestas a las nuestras y sobre todo marcadas por el predominio económico de los países centrales. Dicho en otras palabras, nuestro juicio está de modo habitual condicionado por puntos de vista producto de geografías naturales y culturales distintas e incluso antagónicas a las que nos rodean. Con lo cual queda dicho que, de un modo que podríamos considerar decisivo, el estar en sintonía con la actualidad nos obliga a tomar como nuestros en alguna medida haciéndonos imitadores, posturas, criterios, conceptos, vulgarizados por los medios de comunicación –y cada vez más por la web– que pueden pasar por alto asuntos fundamentales propios de nuestro entorno habitual y natural.

Esta es una cuestión que se ha explotado mucho desde la perspectiva político-cultural y se ha trajinado hasta el exceso. Ha circulado en el mundo del arte sin demasiada insistencia porque la literatura o las artes visuales –no así las artes de la escena– están mucho más protegidas de su impacto, pero en el campo de la arquitectura está mucho menos presente y en general tiende a ignorarse si no fuese porque la constante búsqueda de lo pintoresco parece considerarlo cuando se descubre algo –o alguien– fuera de los circuitos de novedades habituales del Primer Mundo: es la excepción de la regla. Y una de las razones de que sea así es la ausencia en ese lugar del mundo distante geográfica y socialmente de los centros, lugar que puede ser cualquiera de nuestros países, de un pensamiento con raíces firmes, profundas, que permita conocer mejor, desarrollándolas, las especificidades del contexto, lo que lo hace diferente y menos vulnerable al impacto de lo que circula fuera de él. En otras palabras, exige espesor intelectual para poder diferenciar entre lo esencial y lo accesorio, lo cual nos lleva directamente al debate cultural. Si en un medio dado el debate (debate podría ser equivalente a crítica) es pobre en recursos, si no está estimulado por una producción (la arquitectura exige la construcción) mayor será la propensión a apropiarse de lo que viene de fuera en el espacio virtual de la información al instante. Que hubiese un debate sólido, que hubiese producción igualmente sólida aún en circunstancias políticas desfavorables, y la solidez de sus culturas en suma, es lo que permitió el surgimiento en España y Portugal, en tiempos de la avalancha posmodernista que se apoderó de los países centrales como una enfermedad contagiosa, de una arquitectura independiente de los malabarismos teóricos del momento, justificadores de absurdas regresiones estilísticas en la concepción del edificio. La arquitectura de España y Portugal, en ese período, y por razones que no hay lugar para discutir aquí, vino a ser una arquitectura de resistencia que atrapó el interés general y tuvo una calidad mucho más que aceptable.

**********

Si nos detenemos en el caso venezolano, es indudable que ha habido poco del espesor del cual hablo. Si bien uno entiende que personas –un puñado– que intentaron propiciar un debate en los años sesenta del siglo pasado eran de buena formación, de talento, estudiosos y atentos a un rigor intelectual, y un par de ellas arquitectos de alto nivel, podría decirse que crearon el debate filtrando sus puntos de vista de manera tan marcada por la ideología política, concretamente por un marxismo acrítico de sí mismo y propiciador de la antidemocracia, que utilizaban los argumentos arquitectónicos como con pinzas, temerosos de contaminarse con blanduras capitalistas. Alguno sigue activo hoy, ya completamente expuesta su inconsecuencia, pero no puede negarse, es lo lamentable, que propiciaron la formación de una actitud intelectual –en los más jóvenes, esencialmente sus seguidores ideológicos– incapaz de acercarse a la arquitectura con un mínimo de frescura, lo cual hizo un daño que hoy podría calificarse de irreparable (tan estables han sido sus consecuencias en sus seguidores) a lo que pudiéramos llamar la pequeña historia del desarrollo de nuestra arquitectura, oscureciendo nombres, contaminando memorias, arrojando sospechas sin otro fundamento que una estrecha visión ideológica.

Este comentario local puede verse como una digresión dentro de otra, porque no era de eso de lo que deseaba ocuparme, pero enredémonos en ella.

**********

Ese peso ideológico no era exclusivamente venezolano sino latinoamericano. Un peso que los acontecimientos políticos de las últimas décadas han terminado por despojar de su máscara pseudo-intelectual para revelar su radical hipocresía y especialmente su mínima consistencia como contribución a un juicio de valor útil para el desarrollo de un pensamiento. Pero su peso fue determinante en el discurso de profesores, académicos o diletantes durante casi todo el siglo veinte a partir de los años sesenta. La historia de la arquitectura que se impartía le rendía mayor o menor tributo pero siempre lo consideraba, y se formaron varias generaciones de estudiantes –algunos reconvertidos después en profesores– que repetían sus esquemas sin estar muy conscientes de ello.

El haber sido el primero de estos arquitectos devenidos en críticos que con su postura, sus argumentos, su acercamiento a la arquitectura y los arquitectos, su actitud desprejuiciada, a veces light y por ello abierta a equivocaciones, su irreverencia y su indudable autonomía intelectual es el mérito principal de William Niño Araque, a quien menciono con nostalgia de su presencia. Sus pares, es decir quienes incidían de alguna manera en el escaso y esporádico debate venezolano, no le perdonaban precisamente su irreverencia, y cargados como estaban –y algunos aún están– de sus prejuicios y lugares comunes venidos de la ideología marxista, lo atacaban a la sordina, en privado o en la cátedra, reprochándole –con cierta razón, habría que decir– su tendencia a inventar etiquetas o trivializar cuestiones importantes, la cual hacía difícil situarlo o esperar de él puntos de vista suficientemente sustentados, o más bien justificados en términos académicos.

Este pasado 19 de Diciembre se cumplieron 7 años de su muy temprana muerte. No es un recurso sentimental de ocasión que aquí diga que ha hecho falta, porque lo aseguro no sólo por cuestiones vinculadas al afecto sino –para mí lo más importante de su presencia en este mundo– por esa, no buscada por él, condición de cuña, de frontera, de ruptura, de distancia, con el examen ideologizado de la arquitectura venezolana. Y aparte de eso, ya de por sí importante, estaba su capacidad de convivir civilizadamente con gentes de diversas visiones, pasando por alto, porque era propio de él ignorar las distancias calculadas de los que no lo querían bien, las divergencias a veces importantes. Si bien al mismo tiempo transitaba con bastante comodidad y no poco entusiasmo por los terrenos de la frivolidad, aspecto de su personalidad que me era muy difícil aceptar.

Como estas cosas las he estado escribiendo en clave personal me voy a permitir ahora hablar de algunas cosas que he evitado decir en otros momentos al hablar de quien fue, hasta cierto punto, como todo en él y acaso en mí, mi amigo.

William Niño y el fotógrafo Vasco Szinetar en Bogotá.

***********

Recuerdo en primer lugar un artículo suyo publicado en el diario El Nacional con título que se me escapa en el cual se atrevió a expresar juicios críticos muy comprometidos y –en mi opinión de entonces– muy certeros acerca de cierta arquitectura del éxito venezolano de ese momento. No sólo me sorprendió sino que me apresuré a aplaudirlo, para encontrarme un tiempo después, al conversar con él o si no recuerdo mal en alguna aclaratoria posterior de su autoría, con una curiosa actitud contrita como tratando de decir que se le había pasado la mano en el artículo, el cual había causado polémica e intervenciones de los afectados ante los dueños del diario. Una actitud por cierto muy de él, que podría explicarse con el refrán –que creo es venezolano– de tirar la piedra y esconder la mano, lo cual practicaba con original desenfado como si tratara de controlarse a sí mismo o tal vez movido por llamados a la prudencia desde su círculo íntimo, que en esos tiempos más juveniles –hablo de fines de los años setenta– escandalizaba un poco con su ocasional audacia. Y ese artículo fue como su bautizo de fuego, una confrontación con la difícil realidad de los celos profesionales, tan típicos de nosotros los arquitectos como bien me hizo notar alguna vez –aunque yo lo sabía sin aceptarlo abiertamente– mi maestro ingeniero, Augusto Komendant.

 

 

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.