DIGRESIONES (33)

Oscar Tenreiro

Publiqué el último texto en este blog el primer día del pasado mes de Febrero, y es sólo hoy 31 de Marzo cuando regreso a él. Ya me encuentro en mi país, sometido, como lo estamos todos los que vivimos aquí, a los efectos de la irracionalidad convertida en instrumento de dominio; situación tan absurda, tan negativa, tan ajena a todo lo que uno tiene derecho a esperar, que resulta muy difícil superar lo inmediato para lograr una mínima calma espiritual. Pero surgen de todos modos razones para extremar la paciencia, síntomas positivos de que va afirmándose en todos los niveles sociales un sentimiento colectivo poderoso, unánime, de rechazo a un estado de cosas sostenido por el abuso, la represión, la bajeza moral, y la mentira repetida de modo incesante para hacerla verdad. Y saca uno entonces fuerza para insistir en pensar con la escritura, aislándose del día a día abrumador.

Es así como me reconecto con ideas dejadas en suspenso, una de ellas sugerida por la lectura sobre la vida de Alejandro de Humboldt, lectura de la cual me ha quedado una curiosa sensación de solidaridad con el personaje, en quién junto a sus andanzas de explorador, a las constantes manifestaciones de su deseo de conocer y su notable palabra escrita, se evidencia la inmensa admiración que profesó a la naturaleza americana. Pasa a convertirse entonces en alguien cercano, quien comprende, quien comparte, algo que el europeo de hoy desdeña y el americano del norte, dominado por el poder de sus hábitos y sus congelados estilos de vida, observa siempre desde lejos como si se tratara de lo que no le concierne.  Y es así, siguiendo el legado de gente que vivió construyendo las raíces más profundas de la cultura, como adquieren nuevo brillo las preguntas de siempre.

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Ahora en estos tiempos de hombre mayor, tal vez porque vivo en un lugar que me facilita la observación y el disfrute de lo natural, tal vez porque el amor por el mar, grabado con fuerza en tiempos de infancia, me llevó a vivir de modo intenso, ya mayorcito, la vida del agua, la brisa constante, el sol, las figuras de lo que nos ofrece el espacio costero, horizonte y frontera que también me abrió la puerta a tierra adentro y las montañas azules, el caso es que mi disfrute de la arquitectura, además de tantas otras cosas sobre las que nos llama la atención, siempre termina llevándome a pensar, si no en el momento de la experiencia con seguridad en el recuerdo y la reflexión, en el medio natural donde se construyó. Entre todas las artes, la que de modo más claro lleva con ella las señales, las sugerencias, las particularidades del medio ambiente que la acoge es la arquitectura. La acoge y además como ya hemos discutido bastante, hasta cierto punto la determina, influye sobre ella de modo especial. Si es sensible a lo que lo rodea, el punto de vista en el cual se sitúa el arquitecto es original en el sentido que le daba Gaudí a la palabra, como origen. Porque es original, pertenece a un territorio específico, el mundo natural donde nace la arquitectura que juzgamos y la que queremos edificar. Y además de todo eso, volviendo a lo ya dicho, vemos la arquitectura de modo distinto según sea el medio natural donde estemos.

Ya comencé a hablar de estas cosas en las Digresiones (30 y 31) y me detuve en el tema de la percepción por la importancia que le otorgo para enriquecer el debate, a la vez que  señalaba la necesidad de que la crítica, el crítico de arquitectura, se sumergiera en la comprensión del medio, se alejara de la rápida visión periodística hoy exacerbada por las plataformas sociales, destructoras de la individualidad, para entender mejor las consecuencias de lo natural en la germinación de los valores que comenta. Y eso me llevó entonces hacia un venezolano desaparecido que consideré mi amigo, William Niño, comentario que interrumpió mi concurrencia a este espacio al que hoy retomo.

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Y además de la cuestión de la percepción, también ha sido parte de nuestras inquietudes la capacidad que la arquitectura tiene, o debería tener, para hablarnos, para remitirnos al medio natural en la cual se construye, convirtiéndose en expresión de lo que llamé hace un momento nuestra mirada, lo cual equivale a decir nuestro modo, el de este lugar, de contribuir a la cultura universal. Nos motiva el deseo de darle peso a la diversidad surgida de la correspondencia –o la repercusión– de lo singular de un espacio geográfico determinado, distinto a otros, en la configuración, o si se quiere en la persona del edificio, persona en el sentido de vínculo visible, que se muestra, con el espacio físico donde se ha construido. Diversidad que parece hoy ocultarse bajo la presión de la uniformización que discutíamos más arriba.

Y cuando la arquitectura se hace portadora de un mensaje de cultura, la arquitectura patrimonial –la auténtica, no la patrimonial-burocrática– expresa una mirada que caracteriza, junto a muchas otras miradas expresadas por el arte y las actividades humanas, a esa sociedad. Se puede convertir, casi, en figura de esa sociedad, o hasta en símbolo, de lo cual hay abundantes ejemplos. Figura compleja, múltiple, porque la arquitectura puede, como es el caso de otras expresiones del arte, apuntar en muchos sentidos diferentes, con especial precedencia –porque ello está en su origen, es parte esencial de lo que determina su concepción– hacia el medio natural donde se construye. Lo cual equivale a decir que toda arquitectura de valor aceptado, común, indiscutido, expresa junto a toda la multitud de rasgos propios de una cultura, el medio natural donde prospera: hay una relación inescapable entre buena arquitectura y naturaleza.

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Flor de Araguaney y Bucare vestido de capullos, desde mi casa.

Toda esta efusión respecto a lo que hacemos como arquitectos y el medio natural puede parecer un tanto exagerada, o innecesariamente subrayada. Y si ya he hablado de algunas de las razones que la han colocado en mi primer plano debo agregar otros hechos que contribuyeron.

En estos meses recientes fuera de mi país, con ocasión de unas charlas que debía dar en Alicante y Valencia, me entregué a una especie de examen de conciencia –un recuento de mi labor como arquitecto que arranca en mis primerísimos años–­ usando imágenes que había llevado conmigo. Ese esfuerzo memorioso que acompañaba a las lecturas que ya he venido mencionando, se sumó a la necesidad en que nos coloca la catástrofe venezolana y su diáspora de múltiples caras de reflexionar sobre nuestro origen, de adentrarnos en el sentido de tantas vivencias entre las cuales la de un medio natural calificado hace quinientos años como el de una Tierra de Gracia, escenario de tantas andanzas personales. He sentido desde esos días algo que pudiera llamarse impulso, ese tipo de movimientos del alma que los franceses designan muy bien con la palabra élan, que si bien se traduce impulso es más que eso porque sugiere una invasión de nuestra psique por una idea, por una intención.

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Es a consecuencia de todo ello que me interrogo –un poco ansiosamente– sobre los vínculos entre arquitectura y medio natural, ya examinada la cuestión de la percepción porque es obvio que ésta se resuelve con el conocimiento real de un contexto, viviendo sus sutilezas y dejando atrás la prisa inducida por los esquematismos en boga.

Y la ansiedad me llevó a la fantasía de enumerar los atributos que caracterizan esa arquitectura que habla del medio en una especie de lista abierta. Esa idea repentina, tan discutible y hasta ingenua por razones que veremos, se coló en las líneas que escribí en las Digresiones previas. Quería re-pensar, y lo digo así porque con ello no hago sino seguir la corriente de lo que se nos dice desde los primeros días a los estudiantes de arquitectura para después olvidarlo entre las modas y las imitaciones; quería, repito, volver a pensar que si la luz es otra y por lo tanto otros los colores, otras las texturas; si la sombra puede ser rechazada o buscada; si es fácil o difícil el reposo necesario para la contemplación; si hay calor o frío extremos; si la luz hiere o hay que buscarla, si se hace necesario el espacio abierto o el contenido, la ventana grande o pequeña; si la expansión del espacio interno hacia el exterior es mayor o menor; si en suma todo eso debe considerarse, la arquitectura, tal como se dice una y otra vez, debía estar marcada por esas diferencias junto a las cosas propias del lenguaje del arquitecto –a su vez influido por el medio natural– que en definitiva le darían a la arquitectura un sello distintivo. Distinción, diferencia, identidad, que permite superar la tendencia actual a la uniformidad, el consenso estético podríamos decir, que ha extendido por el mundo una actitud ante la arquitectura, un modo de situarse ante ella, de juzgar su valor, prescindiendo de la diversidad de origen y estableciendo algo parecido a un canon surgido de la arquitectura aplaudida en los países centrales.  Producto rutinario, sin la emoción de su genealogía –su origen y sus parentescos inmediatos– muestra de los avances tecnológicos de la opulencia en cuanto a innovación y riesgo o niveles de refinamiento, y poco más. La arquitectura se asemeja mucho hoy a un producto industrial que aquí es igual que allá surgido de factorías donde el acero inoxidable reina. Se realiza así, irónicamente, uno de los objetivos –la producción industrial del edificio– que la modernidad convirtió en bandera. A la cual se sumaron muchos formando parte del tropel de la vanguardia, pero que los más lúcidos –huelga nombrarlos– lo rechazaron después, los más significativos culturalmente, los más sólidos.

 

 

 

 

 

 

 

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