TODO LLEGA AL MAR (4)

Oscar Tenreiro

Y tal como he dicho, a mediados de 1957 comencé a participar muy moderadamente en actividades subversivas. Recuerdo por ejemplo que con la colaboración un tanto limitada de un amigo con quien había fundado un servicio de copiado para hacernos de un dinerillo extra que casi nunca llegó, quien tenía vehículo propio, lancé panfletos subversivos en las calles en las semanas anteriores al primero de Enero del 58, y también guardamos varias cajas de esos mismos panfletos en la sede de nuestro negocio mientras el contactoencontraba otros voluntarios.  Y el contactoera Luis Jiménez Damas, ya fallecido, estudiante del último año que se había hecho mi amigo y participaba activamente en la subversión, valioso arquitecto y profesor en los años posteriores. Era él uno entre tantos estudiantes que terminaron constituyendo una red que actuaba en todo el mundo universitario, el cual, repito, fue decisivo en el desmantelamiento del poder político del Régimen dictatorial.

El caso es que desde esos días y en lo sucesivo, mi vida universitaria estuvo estrechamente vinculada a la actividad política. Nunca descuidé mis obligaciones de estudiante, debo insistir en ello, pero me exigí muchísimo tratando de conciliarlas con la esfera política y eso sin duda las afectó, particularmente cuando un año después, a comienzos de 1959 terminé siendo el Presidente del Centro de Estudiantes de Arquitectura, responsabilidad que prácticamente tomaba todo mi tiempo. Los Centros de Estudiantes en ese entonces tenían importancia porque la Federación de Centros Universitarios, que los agrupaba, influía fuertemente en el debate político nacional, dominado por la lucha entre revolucionarios a la cubana (la Revolución Cubana había triunfado en Enero de 1959) representados en varios partidos incluyendo el comunista, y defensores de la democracia desde posiciones social-cristianas  (con las cuales yo me identificaba) y la social-democracia, grupos que formaban un frente político que culminó en un gobierno de coalición entre 1960 y 1965. Era un debate arduo, extraordinariamente difícil, que bordeaba la violencia y estaba cargado de una polarización ideológica que exigía preparación, estudio y discernimiento sometiendo a quienes habíamos dado el paso de asumir posiciones que insisto en llamar testimoniales, a una tensión considerable.

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Me he extendido hablando de estas incidencias políticas porque ellas tuvieron un papel muy importante en nuestra formación. En mi caso imprimieron una particular dinámica a mi vida en esos años cruciales y definieron preferencias que darían forma a mi sensibilidad personal en relación con la arquitectura. El componente social del trabajo del arquitecto, eso que más recientemente se ha llamado la responsabilidad social de la arquitectura empezó a convertirse en asunto primordial que me llevaba a orientar mis intereses y a cultivar una determinada conducta, sentándose así las bases de un visión del ejercicio de la disciplina que orientaría decisiones, modos de actuar, búsquedas, que de modo progresivo me llevaron, podría decirse, a construir un cuerpo ideológico que sirvió de base a lo que soy ahora. Y si bien es verdad que esa maduración de la cual he hablado modificó fuertemente la aproximación a la arquitectura que se delineaba en esos años iniciales, nunca he dejado de ver lo que hago fuera del foco que se hizo presente en ese tiempo, parte de una especie –sé que suena extraño– de ministerio, para el cual cada experiencia, todo intento de abrirse paso entre las distintas caras de la realidad era parte de un discurso ético en el cual pesaba mucho lo colectivo, lo que atañe al cuerpo social. Si bien es cierto que para quien observa mi trabajo ese escenario de fondo puede pasar relativamente desapercibido, para mí nunca desapareció. Ha sido una constante presencia emocional que me llevó a buscar con insistencia y utilizando muchas estrategias que funcionaban de modo irregular, cercanía con el Poder Público para lograr tener acceso a trabajos de Arquitectura Institucional que en el orden económico venezolano están monopolizados por el Estado en sus diversos niveles.

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La propia caída de la Dictadura fue como un cataclismo en la Escuela. Coincidió con la mudanza al nuevo edificio, cuyas superficies externas Villanueva trató con una policromía a base de tonos de azul concebida por Alejandro Otero (la cual por cierto, ya estaba siendo ejecutada cuando tuvimos el cursillo que mencioné) para la cual utilizó mosaico cerámico, material característico de toda la Ciudad Universitaria, el interior con murales estratégicamente ubicados a cargo de otros artistas. Ya había funcionado en él un taller de trabajo del último curso –del cual formaba parte mi hermano Jesús– organizado con el propósito exclusivo de participar en la Bienal de Sao Paulo[1], en un rincón en el cual nos habíamos ubicado utilizando la influencia de mi hermano, para hacer nuestro trabajo de Tercer Año dirigido por Martín Vegas Pacheco tres amigos y yo, lo cual nos permitió congeniar con los mayores y, lo mejor, asistir desde la segunda fila a a las visitas regulares en plan de corrección que Villanueva hacía. Y supongo –no puedo recordar con precisión– que allí nos quedamos hasta que culminamos el Tercer Año a mediados de 1958.

Y ya después del 23 de Enero se iniciaron tiempos bastante agitados. Durante las primeras semanas hubo múltiples asambleas en el recién construido –aún incompleto– Auditorio donde se sumaban capítulos de la cacería de brujas disparada desde el mismo 24 de Enero contra todo sospechoso de alguna relación –así fuese sólo de simpatía– con la Dictadura. Se pronunciaron discursos exaltados contra quienes no gozaban de la aprobación de los más radicales, aquellos que años después dirían lo contrario de lo que en ese momento les ganaba aplausos. Y como resultado hubo no pocos absurdos, no escasas injusticias, como por ejemplo la de expulsar de la Escuela a nuestro querido profesor Ventrillon acusándolo de arbitrario o de favoritismos indebidos (y de simpatizante perezjimenista), denuncias sostenidas por los más mediocres de sus alumnos, resentidos por haber sido supuestamente maltratados por un extranjeroque si algún problema tenía era simplemente el de ser hombre de carácter[2]. Fueron unas semanas que ensombrecieron los aspectos positivos –muchísimos– de los acontecimientos que abrían la puerta hacia la democracia y que para mí constituyeron una enseñanza esencial sobre los oportunismos, las inconsecuencias y sobre todo la carga negativa de las ideologías congeladas.

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Y a medida que iba transcurriendo el tiempo, sembrado intensamente con la controversia política, iba avanzando en nosotros lo que me atrevo a llamar conciencia de ser arquitecto, sometida siempre a los vaivenes de la actualidad.  Y tal como he dicho ya, en esos tiempos venezolanos se inclinaba la balanza, el peso de las distintas cosas que influirían nuestra visión de la disciplina, hacia la dimensión social de la arquitectura. Y comenzaron a menudear en el Taller los temas de la realidad, el discurso profesoral empezó a cargarse de ideología hasta llegar en algunos casos al proselitismo revolucionario; y el populismo que desde entonces impregnó a todos los sectores políticos en liza terminó, como siempre, simplificando lo complejo e imponiendo esquemas. Sectores marxistas con influencia académica se empeñaron en una labor –que no tardó en hacerse sistemática– de descrédito del rol de la arquitectura como expresión cultural, convencidos ideológicamentede que señalaban en la dirección de los nuevos tiempos, y como los sectores democráticos revelaban carencias intelectuales de importancia, no hubo el contrapeso necesario y la Escuela terminó perdiendo nivel intelectual a manos de la simplificación política. Esa coyuntura y el hecho de que nos fuimos haciendo conscientes de lo que ya he mencionado respecto al rol decisivo de la autoformación, fue erosionando el ascendiente que le habíamos venido concediendo a lo que esperábamos de la Escuela. Llegó a hacerse fuerte para mí –y para algunos de mis compañeros cercanos– la idea de que serían mis iniciativas, el cultivo de mis intereses y la profundización personal en el conocimiento, independientemente de lo que me ofrecieran las rutinas académicas, lo que contribuiría a despertar la conciencia de ser arquitecto.

 

 

[1]El trabajo, un conjunto de viviendas para los obreros de la mina de carbón de Naricual en el oriente venezolano, obtuvo el premio mayor compartido con la Universidad Waseda del Japón. El profesor guía fue Carlos Raúl Villanueva y se trataba de la Cuarta Bienal de Sao Paulo de 1957 que incluía una sección de arquitectura y otra dedicada a Escuelas de Arquitectura (Tercer Concurso Internacional para Escuelas de Arquitectura). Ignoro si esas secciones permanecieron en las Bienales posteriores.

 

[2]Ventrillon tuvo en efecto que irse de la Escuela, y estuvo a punto de salir de la Universidad, pero su amistad con el entonces Decano de la Facultad de Ciencias (Jose Vicente Scorza 1924-2016) le permitió crear la Cátedra de “Dibujo para Biólogos” en la Escuela de Biología. Fue una pérdida lamentable para la enseñanza de Arquitectura a manos del radicalismo marxista, culpable de tantas cosas destructivas como bien sabemos hoy los venezolanos.

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