VER LA VIDA (6)

Oscar Tenreiro

Para reconstruir el ambiente y los movimientos de mi padre luego de haber dejado el Seminario y comenzado su vida adolescente caraqueña estoy obligado a hacer conjeturas. Mi madre lo sobrevivió casi treinta años y habría podido responder a mis preguntas, pero murió hace ya tiempo –en 2004– y su conciencia disminuyó mucho antes de que yo pudiese siquiera pensar en escribir estas cosas. Pero esa obligación a suponer sin comprobar no parece ser un problema si pensamos que estoy tratando de conocer aspectos de la vida de alguien que fue, como también lo soy yo, uno más entre muchos que han vivido aquí y han dejado una huella no para la gente en general sino para sus cercanos, para quienes los conocieron y recibieron algo de él o ella. Es para decirlo en lenguaje que pudiera considerarse literario buscar las huellas de un desconocido, condición que en alguna forma nos afecta a todos. De hecho, se ha convertido para mí en constante pensamiento desde que me reconozco como viejo, y experimento la fuerza que lleva hacia el olvido, compañera de quien se va alejando de la vida. Mientras que tiempo atrás, no mucho, la consideraba aplicable a otros. Entenderlo mejor me ayuda a percibir de modo más completo, a sentir la hermosura de la vida aún con sus tropiezos. Cualidad que acaso se concentra en una frase: tener conciencia de sí; ser y estar. Vivir teniendo conciencia. Es el mayor don.

Se me ha hecho más claro también cuan ensimismados vivimos y cuanta distancia afectiva nos separa de quienes nos rodean, aun siendo activa y constante la convivencia. Y si afino este sesgo, si exagero, voy directo al lugar común para decir que vivimos en soledad. Mi padre vivió muy solo, hasta cierto punto se negó a la convivencia en el seno de una familia que era rica en vitalidad. Tal vez su lucha consigo mismo le impidió ver que la soledad puede desaparecer, anularse, ante el simple hecho de vivir y convivir con quienes nos acompañan de cerca o con alguna distancia. Y con ello se muestra algo superior: la vida en general nos habla de la trascendencia, señala lo que no puede expresarse. Pero a la vez –es la paradoja propia de estas reflexiones– usurpa su lugar. Cuando vivir se convierte en el centro, su dinamismo nos avasalla y oculta lo trascendente, busca ocuparlo todo. No vemos el más allá de la vida, porque vivimos. La vida con su brillantez desvía la mirada de lo esencial. Es la razón principal por la que los más jóvenes ignoran a los de más edad.

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Ignoré a mis padres en la parte final de sus vidas. Y en particular a mi padre. No traté de acompañarlo, lo vi de lejos, la vida me ocupaba demasiado. Seguiré intentando que de alguna forma hable a través de estas líneas, si bien será una voz débil por lo poco que sé de él. Mi deseo es serle justo sin importar el afán que tuvo de estar en su propio mundo separándose del que fue nuestro en los años de iniciación. Más que cualquier reclamo me importa agradecerle la vida que me dio, la mía y la de mis hermanos. También el que haya tratado de superar sus dificultades y siempre disminuir las nuestras, pese a todo su empeño de estar lejos. Y es que nunca dejó de estar cerca a su manera. Mi madre lo decía con cariño luego que él se fue, se apagaron los reclamos y quedó sólo el amor adulto.

Y debe haber quedado en ella también la huella de los años en los que se conocieron y decidieron hacer planes para un futuro juntos. Sobre esos tiempos confieso que me gusta pensar e imaginar, porque son tiempos no marcados por la sombra de las obligaciones y las diferencias, tiempos de proyectos de vida.

Y cuando lo hago, cuando trato de ir hacia un noviazgo que como todo noviazgo se presentaba como la antesala de tiempos destinados a la felicidad, se me hace presente un fenómeno que es común y sin embargo apenas se considera: sabemos poquísimo de la juventud de nuestros padres porque ellos se perfilan en nuestra conciencia ya muy establecidos. Coincidiendo con nuestro crecimiento y la afirmación de nuestras personas, los padres dejan atrás, aparentemente olvidada y sujeta a recuerdos en los cuales no estamos incluidos, su primera juventud, que es oscurecida en cierto modo por todo lo que trae consigo hacerse padre o madre, por el esfuerzo de convertirse en nuestros padres.

Antonio Jesús y Cecilia, de novios, en la casa de la familia Degwitz en Valencia.

Y sorprende entonces, me sorprende a mí ahora mientras me entrego a estas descrpciones, que de ese tiempo de primera juventud tan importante en la formación de la personalidad, los hijos sabemos muy poco. Pareciera que nuestros padres se hubiesen abierto a la vida sólo después de nuestro nacimiento. Y si ocurre que somos hijos de padres de treinta años[1]y no de veinte, como hoy se hace cada vez más común en ciertos sectores de nuestras clases medias, todavía menos sabremos de la etapa en la que ellos definieron muchas cosas, tomaron decisiones importantes, como la de casarse y concebirnos.

Tanto mi padre, pues, como mi madre, vivieron vidas jóvenes de las que muy poco sé, con la diferencia, que ya he hecho notar, de que ella nos contaba cosas y en ciertos momentos decidía evocar episodios, momentos o deseos de tiempos anteriores. Tal vez yo podría decir algo similar respecto a mis propios hijos, pero es indudable que en tiempos más recientes si bien sigue presente una cierta dificultad para conocer lo anterior a la  irrupción del hijo en el seno familiar, los vínculos que facilitan ese conocimiento se han multiplicado y sobre todo la fluidez de la comunicación entre padres e hijos se ha hecho mucho mayor y más transparente, más apegada a la veracidad. Sin que pueda decirse que haya desaparecido la dificultad, porque es estructural, inescapable, siempre estará allí como un obstáculo: conocemos de las vidas jóvenes de nuestros progenitores sólo una fracción.

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 De todas maneras, algo puede conjeturarse sobre los tiempos adolescentes de Antonio Jesús en la Caracas de 1920.

Entre otras cosas, por ejemplo, sé que comenzó a trabajar en 1921, a los diecisiete años de edad, en un comercio que alcanzó cierta notoriedad al menos hasta comienzos de la década del cuarenta, El Bazar Americano, fundado en 1916, el cual según datos que incluyó mi padre en un Curriculum Vitae elaborado muchos años después, era propiedad de Enrique Arvelo cuyo nombre aparentemente era sonoro en su tiempo. Vendían máquinas registradoras y artefactos eléctricos y estaba ubicado en una de las cuadras más concurridas del centro de la ciudad de Caracas que terminaba en la esquina de Sociedad. Allí se desempeñó como cobrador, oficinista y vendedor entre 1921 y 1923. Pasó después a ser empleado de las empresas fundadas por William H. Phelps, norteamericano radicado en Venezuela, fundador de una familia que sería muy influyente. Estuvo primero en El Almacén Americano donde desempeñó labores similares a las de su anterior empleo hasta convertirse unos años después, en 1927, por un corto período, en agente viajero, vendedor itinerante de los vehículos Ford, representados en el país por El Automóvil Universal, empresa igualmente propiedad de Billy (así se hacía llamar) Phelps, para desempeñar después una serie de cargos administrativos que lo llevaron a radicarse fuera de Caracas, primero en la sucursal de la ciudad de Maracay como sub-gerente durante dos años, luego en La Guaira y finalmente en La Victoria, donde estuvo cerca de cinco años hasta que fue trasladado a Valencia en 1934. En Valencia estuvo también cinco años, los dos primeros antes de casarse con mi madre el 22 de junio de 1935, a quien conoció luego de unos meses de haber llegado a Valencia. Continuó en Valencia[2]ya casado, hasta mediados de 1940 cuando con la familia se trasladó a Maracay para abrir en 1941 su propio negocio, la Casa Philco, que vendía artefactos eléctricos para el hogar de la marca Philco, bastante conocida en Venezuela en esos años.

Antonio Jesús y Cecilia con Jesús Antonio el mayor, tal vez Diciembre de 1936 (Jesús nació el 9 de Abril de ese año)

Antonio Jesús y Cecilia recién casados. La romanilla de la izquierda y la palma Washingtonia en un porrón son elementos característicos de las casas venezolanas republicanas. Esta foto la usé para un cuadro que pinté, cuya reproducción incluí en Ver la Vida (1).

Todo el proceso de formación en el mundo comercial de mi padre, fue pues especialmente largo, algo menos de veinte años, suficiente prueba de sus destrezas y su adaptabilidad, de lo cual fue prueba un punto alto, el haber ganado durante su último año como Gerente en La Victoria, junto con un colega de Maracaibo, Luis Villegas Febres, el concurso interno de ventas del Automóvil Universal.  Le valió un ascenso a Gerente en Valencia y el premio consistía en un viaje durante tres meses a los Estados Unidos –corría 1934– que incluía visitas a la fábrica Ford en Detroit, a distintos centros de distribución y a la Exposición Universal de Chicago que se realizó entre junio y noviembre de ese año. Haber merecido ese premio fue motivo de orgullo para él porque lo logró a pesar de que La Victoria, su sede, era una ciudad semi-rural muy pequeña. Orgullo justificado si se piensa que es un logro absolutamente personal en un país donde todo ocurría siguiendo las pautas de una red de influencias y vínculos sociales y económicos particularmente fuertes y limitantes. Y él no era más que un empleado de origen modesto.

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Decido quedarme con este punto alto porque ese fue un momento importante de la profesión de comerciante de Antonio Jesús. Había seguido en su evolución el típico esquema del self-made man, que comienza muy joven en lo más sencillo y se hace acreedor a sucesivos ascensos que lo llevaron hasta la Gerencia de una sucursal importante como era la de Valencia. De allí el lógico paso era como en efecto ocurrió, el de fundar su propio negocio ya maduro, a los 37 años y con cuatro hijos. Lo que vendría en lo sucesivo fue una lucha constante con adversidades que sin duda se debieron a su poca capacidad para ser agresivo y sumarse a las prácticas competitivas del mundo comercial. Su temperamento era ajeno a toda especulación, no era capaz de aprovecharse, trataba de actuar con transparencia; y era leal. Todas estas virtudes, para un comerciante eran defectos. Sin embargo, haber ganado el concurso de ventas fue lo que inició el proceso que lo llevaría a establecerse por su cuenta, además de permitirle conocer los Estados Unidos, que en ese momento era como el resumen de una particular modernidad que impactaba con fuerza en Venezuela pese a nuestros problemas políticos. Problemas que precisamente el año siguiente iniciaría con la muerte del Dictador en diciembre un proceso promisor abierto a nuevas referencias entre las cuales de modo señalado la del país que asomaba como un nuevo centro de poder que atraía todas las miradas y expectativas de un mundo que se enfrentaba a las crisis que llevaron hasta la Segunda Guerra. Nunca hablé con él sobre el impacto que en su sensibilidad tuvieron esos tres meses, pero el hecho significativo de haber conservado entre sus papeles personales un puñado de fotos que lo recuerdan y llegan hasta mí para ayudarme a hablar de un momento de su vida que se abría a un futuro positivo, me indica algo. El no fue toda su vida otra cosa que un hombre de trabajo que luchaba por abrirse paso, y parecía abrírsele un espacio promisorio.

Antonio Jesús, con un bastón en el centro de la foto, camina hacia la entrada de la Exposición Universal de Chicago en Junio de 1934

Pabellón Ford de la Feria de Chicago (1934) Justo debajo del aviso Ford pequeño camina semioculto Antonio Jesús, delatado por el bastón.

Antonio Jesús antes de abordar el dirigible que recorría los terrenos de la exposición.

El Pabellón Ford de la Exposición Universal de Chicago 1934, desde el dirigible.

Con Luis Villegas Febres el otro ganador del concurso de ventas, en un distribuidor Ford en Detroit.

Con un americano de la Ford en Kingston, Jamaica (escrito por mi padre detrás de la foto), esperando tomar un hidroavión. Supongo que Kingston fue una de las escalas en el viaje a EUA, el cual se hacía haciendo escalas en distintos puntos del Caribe.  e.

 

[1]Nací el 12 de Noviembre de 1939 cuando mi padre tenía 35 años. No se casó tan joven. Mi madre tenía 29, cumpliría treinta un mes después. Tampoco era tan joven como era común en su tiempo.

[2]En Valencia nacieron mis dos hermanos mayores, Jesús Antonio el 9 de abril de 1936 y Pedro Pablo el 27 de agosto de 1937, Carlota Elizabeth quien les sigue, nació el 12 de noviembre de 1938 en Maracay, yo en Caracas exactamente un año después. Edgardo el menor nació también en Maracay el 14 de abril de 1941.

 

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