VER LA VIDA (8)

Oscar Tenreiro

Nunca le oí mencionar a mis padres la ocasión en la que se conocieron. Sin embargo, es fácil imaginar cual ha podido ser el tipo de vida de cada uno de ellos antes de su encuentro en la Valencia de 1934. Él, recién llegado de su viaje a los Estados Unidos a encargarse de la Gerencia del Automóvil Universal. Ella, experimentando tal vez aún la melancolía producida por su íntima renuncia.

Puedo imaginarme también el modo como repartiría él su tiempo como joven gerente en una ciudad de la cual era fama en esos tiempos su condición de cuna de mujeres bellas. Ya con treinta años de edad presionándolo hacia el matrimonio, buena parte de sus ratos de ocio estarían dedicados a hacerse presente siguiendo los estilos de la época. Papel que según parece desempeñaba bien a juzgar por los comentarios que me hacían siendo yo cuarentón, señoras que encontraba casualmente y al oír mi nombre me contaban haber conocido a mi padre de soltero en La Victoria. Chucho tenía muy buena voz, era el recurrente comentario, que recordaba ocasiones, al parecer frecuentes, en las que Antonio Jesús interpretaba las canciones de siempre en los saraos victorianos en torno a 1930. Propios de una ciudad que si era pequeña tenía sin embargo orgullo de sí misma. Porque dicho sea al pasar, a comienzos del siglo y hasta que Maracay fue situada en el mapa gracias al dictador Juan Vicente Gómez, quien residió allí a partir de 1909, La Victoria tenía importancia. Ella y sus alrededores inmediatos –San Mateo, el Consejo, Tejerías– disfrutaba de la ventaja de ser el punto de arranque de la vía de acceso que comunicaba el interior de Venezuela con Caracas, lo cual tuvo alcances estratégicos de tipo militar, tanto en los lejanos tiempos de la guerra de independencia como en las luchas internas del caudillismo anterior a Gómez, que culminaban invariablemente con el asalto a la Capital. Ocupar La Victoria era condición necesaria para llegar a Caracas.

Pero de todos modos ser jefe en La Victoria no era lo mismo que serlo en Valencia ciudad de peso propio en la historia venezolana, capital del país por períodos breves durante los tiempos post-independencia, sus habitantes gente muy consciente de su valor social y cultural, hasta el punto de ser una sociedad un tanto cerrada y acaso excluyente, aún hoy. Integrarse a ese nuevo espacio no podía ser fácil para Antonio Jesús, pondría a prueba seguramente su adaptabilidad y sobre todo su capacidad de asimilarse a una dinámica más exigente, menos pueblerina.

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Cualquiera sea mi estado de espíritu, cuando reconstruyo los meses valencianos de mi padre se asoma siempre en primer plano –no puedo dejar eso de lado– que él era un hombre solo, su familia lejos de él y fragmentada en otras familias e intereses personales disímiles. Sus amigos dejados tras sí y él sin hogar establecido. Y lo peor, sin casa familiar en su memoria como tutela ejemplar, oculta por las nieblas de una infancia difícil. Una mutilación muy común, muy extendida en muchos y no por ello menos triste, de ese espacio personal portador de las huellas de un pedazo de vida, lo que todo hogar es para una persona adulta: sitio de referencia, punto cardinal, origen parcial de las imágenes que llevamos en el alma. Cuando se carece de él hay que remontar una cuesta en términos psicológicos. Le faltan a la persona, podría decirse, los primeros vínculos del tejido de visiones y sensaciones que atesoramos, se nos escapa el punto de partida: hay una zona borrosa en nuestro repertorio de imágenes esenciales. La casa familiar y lo que ella contiene como historia personal tiene un lugar insustituible en nuestra psique. Si carecemos de ella o se desdibuja entre conflictos y ausencias, debemos suplir o compensar esa carencia con otros recursos que pueden hacerse esquivos. Esa dificultad, precisamente, dejará su huella en la personalidad de quien iba a ser mi padre.

Cecilia sin embargo, era parte de una muy estructurada familia en la cual la falta del padre le otorgaba a ella como niña menor un rango singular. Eso, aparte de que la casa familiar en la Calle Constitución Sur de Valencia –hoy Avenida 100– a una cuadra de la Plaza Bolívar, donde más de una década después vivimos nosotros junto a la tía Alesia durante todo un año, era un lugar perfectamente reconocible, sitio de encuentro, espacio de intercambio familiar y social hacia el cual se orientaban los cuidados de sus numerosos hermanos, sin ninguno de los lujos que podrían suponerse por la condición acomodada, sino más bien austeridad –muy alemana por cierto– que acompañaba a la estabilidad, a la seguridad, precisamente lo que le faltaba a Antonio Jesús y le fue muy difícil lograr a lo largo de su vida.

A todo lo anterior tendremos que sumar la diferencia de modos de ver la vida y las circunstancias de quien ha crecido en un medio familiar en el cual todo está garantizado y quien lo ha hecho enfrentado a limitaciones desde la primera infancia y ha entrado a la adultez apoyado exclusivamente en su trabajo personal. Puntos de vista distintos y tal vez opuestos sobre la vida y las expectativas futuras, que trazan fronteras difíciles de superar.

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Como es muy escaso, casi inexistente, lo que puedo saber de los tiempos en los que Cecilia y Antonio Jesús se conocieron, debo apoyarme en lo que intuyo del mundo interior de cada uno ayudado por las huellas que me dejaron con su presencia, sus palabras y en fin de cuentas su modo de vivir. Trato de reconstruir entonces su estado de espíritu en la antesala de su vida en común, en los inicios, el tiempo en el que lo que esperaban vivir no había sido marchitado por las asperezas de los errores mutuos y los desencuentros. Cuando se amaban con confianza, cuando veían en el otro sólo promesas. Un andar juntos que repetía en ellos la historia de siempre: que el encuentro con el otro, su enamoramiento, sería su mejor recurso para superar diferencias y modos de ver la vida cuya existencia –por evidente– no podían haber dejado de reconocer.

Sin embargo, aceptar que nuestros padres vivieron amor de enamorados no está fácilmente a nuestro alcance. Los hijos tendemos a ignorar ese tipo de vivencias afectivas en nuestros padres, dominados por una visión casi utilitaria y sin duda egoísta de lo que ellos son para nosotros. Y descartamos, como un estorbo o una estridencia, el posible lirismo de su amor temprano. Podemos ser incluso insensibles –sobre todo cuando adolescentes– ante esa dimensión de su relación hombre-mujer. Así que desde una mirada en la cual los años transcurridos como hombre de edad me hacen echar a un lado las prevenciones de tiempos anteriores, logro dibujar mejor sus figuras como hombre y como mujer, me reconcilio con su amor de enamorados que se disponen a unir sus mundos.

Es el tiempo en el que Antonio Jesús y Cecilia compartieron los sueños y la poesía natural del amor juvenil. Que esos sueños no se hayan realizado, que como he dicho ya, las diferencias y distancias producto de lo que vivieron antes de conocerse hayan persistido y por ello mismo la vida en común haya seguido derroteros difíciles que incluyeron importantes desencuentros, no invalida ni devalúa su deseo de hacerlos realidad. Poner en primer término la importancia y los efectos de su amor romántico es hacerle justicia a la memoria de lo que cada uno fue.

Esta foto la he publicado otras veces en este Blog. Cecilia y Antonio Jesús de novios sentados en una de las raíces del uvero de Ocumare de la Costa. El mismo lugar donde nos sentaremos sus hijos, de niños

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Grandes obras de la poesía universal tienen como tema central el amor juvenil no sólo por la intensidad con la que se vive sino porque salta obstáculos, borra desequilibrios, concilia lo inconciliable. Entendí algo de esa fuerza y de como une a los distintos, cuando muy temprano, quinceañero, vi la película de Renato Castellani sobre Romeo y Julieta de Shakespeare (la vimos todos los hermanos), en 1954, apenas llegados a Caracas desde Maracay. En el famoso diálogo del balcón que comienza hablando de la luna de un modo que nunca olvidé, Julieta hace un resumen simbólico del amor al otro: tu persona…es el dios que adoro y en quien he de creer[1].El arte pues nos dice –me lo dijo esa frase– que el otro es como un dios para el enamorado. Y en su nombre las diferencias de familia, que en esa historia son radicales y hasta terribles, se disuelven en el amor adolescente[2].

Regreso del arte y hago mío sin reserva alguna el amor de enamorados de Cecilia y Antonio Jesús. Ella pudo decirlo ya de mucha edad, con tranquilidad, una vez que Antonio Jesús murió, hablando un poco consigo misma, o diciéndolo a propósito de cualquier otro tema. Y la oí –tomando distancia– un par de veces, pensando que era una compensación dictada por la ausencia definitiva de aquel con quien compartió cuarenta y tres años de su vida. Ahora me doy cuenta que estaba equivocado. Cuando hablaba de su amor por él lo hacía como añoranza, como reconocimiento de lo que había marcado su espíritu, de lo que estuvo, como he dicho, en el origen de su vida común. En alguna medida, al olvidar lo que oscurecía y echaba sombras en la relación, salvaba el tiempo como lo salvo yo ahora, ochentón, para darle el valor justo a lo que me ha importado. Ella simplemente regresaba a los inicios que en estas líneas quiero evocar.

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Se casaron, por supuesto. Y dieron todos los pasos para que naciéramos nosotros, así como nosotros los hemos dado para la generación siguiente. Me pregunto con frecuencia, por cierto, sobre todo desde hace un par de años, si no es esa una de las cosas esenciales en la búsqueda del sentido de toda vida: engendrar. Fue así para ellos sin duda. Si él no estuvo del todo consciente de esa manera de ver la vida porque se lo impedía una constante insatisfacción y una dificultad para la alegría puertas adentro, ella sin embargo vivió sus últimos años de lucidez –la llegó a perder parcialmente al final– siempre orgullosa de haber realizado la primordial tarea de ayudar a vivir.

Debe haber sido una bonita ceremonia. Fue el sábado 22 de junio de 1935, en la Catedral de Valencia, y pudo haber oficiado el padre Pedro Pablo Tenreiro Francia, no he logrado saberlo. En esa época los matrimonios se hacían en las tardes y a pesar de que ya eran tiempos de automóviles, como la casa familiar estaba tan cerca y allí fue la celebración, es probable que el grupo se haya ido caminando hasta allá para presidirla.  Las fotos muestran a Cecilia muy hermosa y sonriente en su atuendo nupcial y a Chucho guapo, serio y formal.

Cecilia y Antonio Jesús el día de su boda.

Esta foto en particular me gusta verla, Cecilia sonriente de un modo muy natural. Feliz..jpg

Comenzó ese día un período valenciano para la familia que se iniciaba del cual no tengo ninguna información. Podría decir ahora siguiendo la línea sentimental que he escogido, que vivieron felices y tuvieron muchos hijos como se dice en los cuentos infantiles, pero sería falso como es falso decirlo fuera del mundo de la ficción. Es verdad que tuvieron muchos hijos, pero no iban a vivir felices al estilo de esos cuentos, sino comenzó para ellos un trayecto de vida que nunca fue lineal y creó sin embargo el marco, el ámbito, en el cual me formé y se formaron mis hermanos. Del cual todos hemos podido decir –sé que hablo por los que se fueron– que nos permitió la necesaria libertad para nuestro crecimiento personal.  Y creo poder manifestar hoy, ochenta y cinco años después de aquel día, con toda convicción y la capacidad de ser justo con lo vivido que nos permite la mayor edad, que nuestra familia, pese a todas las dificultades, fue una familia en la cual hubo felicidad, no de la que hablan las fábulas sino la de la realidad, que nunca es lineal.

[1]Romeo y Julieta fue llevada al cine con la dirección de Renato Castellani en 1954. Y la frase está en este diálogo del Segundo Acto:  Julieta: No jures por la luna, la inconstante luna que en su rápido movimiento cambia de aspecto cada mes ¡No imites su inconstancia! Romeo: ¿Pues por quién juraré? Julieta: No hagas ningún juramento. Si acaso jura por ti mismo, por tu persona, que es el dios que adoro y en quien he de creer…

[2]Julieta tenía trece años. De Romeo se dice que tenía entre 16 y 18.

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