VER LA VIDA (12)

Oscar Tenreiro

Un día que habrá sido de Julio o Agosto de 1945, estuvo de visita en nuestra casa la Señora Peña de quien ya hablamos, maestra de Jesús Antonio durante el último grado de educación primaria, el sexto. La veo de pie –iba de pasada– conversando con mamá al borde del segundo patio mientras le entregaba un regalo, un libro grande y grueso, para ese joven a quien apreciaba tanto entre todos sus alumnos del San Pedro Alejandrino. Regalo que vino a tener una significación muy especial para el regalado y para el resto de los hermanos, cada uno a su manera. Se trataba de una edición especial en español de La Divina Comedia de Dante Alighieri ilustrada por Gustavo Doré[1].

Jesús se entregó de inmediato a la lectura, que sumada a relecturas posteriores llevaron a este clásico esencial a estar en él siempre como referencia; y durante la última década de su vida se refería a pasajes, frases, a la inagotable variedad de sus símbolos, como referencias para la conversación –y la reflexión íntima– buscando recalcar algún punto de vista o destacar algún pensamiento. Y en lo que a mí se refiere y lo creo igual para mis hermanos, si bien no éramos tan ávidos lectores por razones de edad y de modos de ser, también nos iniciamos en esa lectura tan particularmente profunda atraídos por las hermosas ilustraciones, motivo permanente de una gran curiosidad que hacía mover nuestra imaginación infantil al hojear el libro sentados en la cama de mi padre, porque allí en su cuarto reposaba el libro en una estantería junto a Don Quijote y un ejemplar empastado de Los Santos Evangelios que heredé. Puedo decir que en los años posteriores la resonancia en mi conciencia de esas imágenes regresaba a raíz de cualquiera de los comentarios que sobre La Divina Comedia o a partir de ella inundan el mundo de la literatura y el pensamiento. O cuando veía alguna de las tantas interpretaciones que le debe la pintura universal. Como la del Purgatorio de nuestro Cristóbal Rojas, del cual había una ennegrecida copia en la Iglesia de Maracay en uno de los altares laterales, imagen que me detenía a observar y comparaba con las de Doré, impresionado por el sufrimiento que trasmitían. Sin que dejemos de hablar de Beatriz porque es imposible dejar de hablar de ella, esa mujer luminosa que llevamos en el alma y que Doré propone resplandeciente: mujer, eterno femenino…que también a un niño hace soñar.

En el medio del camino de nuestra vida / me encontraba en una selva oscura…es el comienzo de La Divina Comedia.

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Que en el Maracay de los años cuarenta del siglo veinte, una ciudad-pueblo como la que hemos descrito, aparentemente desconectada del mundo, surja sin embargo la figura de una maestra que además de estar consciente del valor de una obra esencial de la cultura universal, piense que es importante ponerla al alcance de un muchacho de diez años en quien ve condiciones especiales y con quien ha establecido un vínculo de afecto nacido del deseo de educar y educarse, es una especie de milagro. O más que eso, o en lugar de eso, es la prueba de que la educación depende de las personas mucho más que de los sistemas y las técnicas pedagógicas. Y que tener iniciativas no convencionales fundadas en la experiencia y en una relación personal con el alumno a partir de la cual es posible intuir lo que le conviene a su formación, es más importante que cumplir con normas y programas. Porque Jesús no sólo se sumergió en la Divina Comedia con tan poca edad, sino que recordó siempre el gesto de la Señora Peña como un hito en su crecimiento personal. Y de eso hablaba cada vez que la conversación se aproximaba al tema.

Ese regalo nos abrió los ojos hacia la representación de un más allá cargado de poesía y de sugerencias. El ocio, siempre tan presente en los tiempos infantiles, podía entonces transformarse en oportunidad para volar en la nave segura de un mundo clásico comprometido con lo más permanente que muy poco tiene que ver con el consumo actual para niños, siempre acompañado de monstruos que no están en El Infierno de Dante a causa de una transacción moral-religiosa –castigo para el que hace mal– sino porque los dragones que vuelan o los misteriosos personajes que quieren acabar con la vida del protagonista dan buena imagen para la televisión y ayudan a vender un libro.   No es una inglesa habilidosa sino un poeta inmortal que no paga derechos de autor quien ocupó algunas veces nuestra capacidad de evocar, tal como lo haría cualquier niño que logre escapar de la oferta de dragones y gestos mágicos a cambio de dinerillo globalizado. Y si hoy, cuando reviso con ayuda de Internet las imágenes que estaban en el libro –el original desapareció– me maravillo por ejemplo con las visiones de Doré para la esfera celeste en Il paradiso, las que más me atraían cuando era niño eran las de los sufrientes del Inferno, o ver a un musculoso Caronte en su barca apaleando a los condenados. Seducción que ejerce la desesperanza, que a Jesús fascinaba y lo llevó a escribir en una parte, al fondo de su autorretrato –de las pocas cosas que pintó en su vida– Lasciate ogni speranza voi ch’entrate [2] terrible frase que Dante coloca en la boca de la caverna del Infierno.

Beatriz, eterno femenino, la Fe para algunos, se le aparece al Dante para guiarlo.

“Lasciate ogni speranza voi ch’entrate” dice a la entrada del Infierno.

El Demonio Caronte, de ojos de fuego, recoge a los condenados del Infierno

En el Infierno, Hércules toma en sus manos a Dante y Virgilio.

Uno de los tantos monstruos del Infierno.

El Dante y Virgilio en el Purgatorio.

Nuestro Cristóbal Rojas (1858-1890) pintó esta versión del Purgatorio al final de su vida. Había una copia en la Iglesia de Maracay

La Divinidad se muestra en El Paraíso ante Dante y Virgilio

En un nivel superior Beatriz, Eterno Femenino, Fe: vinculo entre Dante y lo más alto.

Nuestro Cristóbal Rojas siguió trabajando sobre la Divina Comedia hasta un año antes de su muerte (1889). Aquí “Dante y Beatriz en El Leteo” . De El Paraíso.

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Y cabe pensar que la Señora Peña nunca imaginó que su gesto tuviera tanta repercusión, lo cual emparenta su regalo con el cuadrito que me habló desde las paredes junto a la dirección del colegio. Muestras muy especiales ambas de la complejidad de los trayectos que siguen en nuestra psique personal ciertas vivencias.

Yo no tuve una Señora Peña en mis tiempos de colegial, pero sí algunos maestros y maestras que supieron encauzar mis inquietudes o que, por lo menos, me ayudaron a expresarme y a interesarme en el conocimiento. Y he podido ver, a lo largo de mi vida y de la vida de mis hijos que, pese a todo lo que pudiera actuar en contrario, si recurrimos a la metáfora puede decirse que nunca falta un ángel de la guarda en la vida del niño o del pre-adolescente, una persona movida por el afecto a quien está dispuesto a aprender, que asume el papel de pivote, de apoyo al proceso de formación, y abre alguna puerta que estimula y facilita. Como tuvimos en el San Pedro Alejandrino, entre las cuales mencioné dos, pero pude mencionar otras.

Como por ejemplo la Señora Schick a quien recuerdo no por afable o comprensiva sino por su acendrado esfuerzo por cumplir con su deber al buen estilo nórdico. Porque la señora Schick como su nombre lo sugiere, era proveniente de algún país del norte de Europa tocado por la guerra, que había terminado recalando en Maracay donde debía soportar un calor que evidentemente la agobiaba y la obligaba a usar durante las clases en el corredor del segundo piso junto a un viejo y desafinado piano, un pañuelo para secarse el sudor. Hablaba un español de marcado acento de por allá que nos hacía difícil entenderla; y como supongo que hablaba inglés a juzgar por lo que nos enseñaba, deben haberle dado el encargo de iniciarnos en ese idioma y en la música porque nos hizo aprender dos sencillísimos clásicos de la música infantil en inglés: Mary had a little lamb y My bonnie lies over the ocean[3] canciones que todavía canto. Y me parece ver todavía a la esforzada señora marcándonos los tiempos con palmadas y tratando de hacerse entender ante un grupo demasiado movido, bullicioso y juguetón que llegó hasta empujar una vez a mi hermana Carlota quien al caer se golpeó fuertemente la rodilla con un borde de las patas del piano, sufriendo el derrame del líquido sinovial que la hizo estar vendada un tiempo y le produjo unos cuantos trastornos en su vida adulta.

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Mientras relato estas cosas imagino a un populista izquierdoso pensando que a los Tenreiro-Degwitz nos educaron bajo influencia extranjera. Su credo ideológico prescribe cantar el Tucusito y leer a Rómulo Gallegos o el Popol-Vuh, en lugar de canciones en inglés o libros europeos, por clásicos que puedan ser. Le respondo que las cosas que nos enseñaron o hacia las cuales nos orientaron nunca fueron excluyentes, sino que se sumaron a nuestro mundo de referencias de modo natural como puntos de partida del proceso siempre complejo del aprendizaje. Y que, si bien es cierto que nunca leí ni yo ni mis hermanos el Popol Vuh, no sólo supimos en su momento lo que era, sino que Rómulo Gallegos también estaba en las estanterías no demasiado pobladas de nuestra casa –Obras Completas en Papel Biblia– dispuesto a suscitar nuestra curiosidad.

Y agrego a esa influencia extranjera lo que he comentado un par de veces en escritos anteriores y siempre le agradeceré a mi madre: que me regalara en mi cumpleaños número diez –o tal vez once– una edición en español de tapa dura de David Copperfield de Charles Dickens.

Mamá, lo he dicho ya, no era nada intelectual, o profesional. Era ante todo una mujer de sus hijos y de su hogar que no presumía, ni tenía fundamento para ello, de acercarse al mundo del intelecto. Pero tenía algo muy especial que le permitió actuar con tino en distintas circunstancias: era intuitiva y tenía mucha confianza en sí misma sin estar en absoluto apegada a lanzar opiniones sobre los eventos más lejanos a ella; en eso era distinta de sus hermanas, exceptuando tal vez la mayor, Elizabeth, más bien reservada. Porque mamá tenía opiniones sólo de las cuestiones que le eran inmediatas. No era, me ayudo con el inglés, opinionated, dada a opinar con arrogancia sobre cualquier cosa; iba con la vida que vivía, la que estaba a su alcance. Así que haberme hecho ese regalo tan sugerente en un momento clave de mi pre-adolescencia, debe atribuirse a la intuición. Me hizo feliz y me identifiqué con David, tal vez porque al apenas llegar a la segunda página, leí: …Fui un hijo póstumo, condición filial que desconocía y cuando me la explicó mi madre despertó en mí analogías. Que también surgieron ahora al revisar el ejemplar que le regalé a Juan Antonio mi hijo menor y leer la frase que concluye el libro –que hago mía– dirigida por David Copperfield a su esposa:

¡Que tu rostro siga junto al mío cuando llegue mi última hora! ¡Que cuando la realidad se desvanezca, como las sombras que ahora alejo de mí, pueda encontrarte a mi lado!…

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Jesús Antonio, desdeñoso, me daba a entender que Dickens era lectura auto-indulgente, fácil. Ya él a los catorce-quince años volaba alto y pensaba acaso que Dickens era para niños. Esa sombra me la quitó Jorge Luis Borges muchos años después con su respeto a la altura literaria de Dickens, que insistía en hacer notar. En todo caso al terminar con David pedí dinero a mi madre y fui a una librería que quedaba en la Bolívar a unas cuatro cuadras, más allá de la iglesia, a comprarme Historia en Dos Ciudades, escrita por Dickens diez años después de Copperfield, para nunca más olvidarme de la guillotina de la Revolución Francesa y las mujeres haciendo calceta a su alrededor mientras contaban las cabezas cercenadas: ¡una! ¡dos! ¡tres! …

La terrible guillotina como imagen de una Revolución

[1]Gustavo Doré (1832-1883) fue un artista alsaciano francés, pintor, escultor e ilustrador, considerado en su país el último de los grandes ilustradores e internacionalmente uno de los más famosos ilustradores del Siglo XIX. Entre sus trabajos más notables pueden citarse las ilustraciones para Don Quijote, La Biblia y la Divina Comedia (tomado de Wikipedia).

[2]Abandonad toda esperanza los que aquí entran.

[3]Internet me informa que es una tonada de origen escocés

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