VER LA VIDA (19)

Oscar Tenreiro

No he hablado en particular sobre ninguno de mis hermanos. Me he referido con frecuencia al menor, Edgardo, porque era quien más cercano estaba de mí (soy mayor que él un año y cinco meses), y al mayor Jesús por su especial presencia en la vida de la familia, y la mía de adulto.  Mi hermana Carlota Elizabeth como ya he dicho, era un año exacto mayor que yo, razón para suponernos igualmente cercanos, pero en aquellos tiempos los usos sociales acentuaban la diferencia de sexos en cuanto a conductas y proximidades, incluso dentro de las familias, por lo cual era natural que nos viéramos como pertenecientes a mundos aparte. Jugábamos juntos sólo ocasionalmente, por ejemplo dando vueltas por la casa con los velocípedos–triciclos– jugando quitipón que era un juego sobre todo de niñas [1], o cuando ella formaba parte de la tripulación de la balsa que armábamos en el segundo patio convirtiendo al piso en un peligroso mar. En Ocumare jugábamos en la playa. En las piñatas nos ayudábamos recolectando caramelos. Y cosas así. Aparte de eso, era indudable que entre ella y Cecilia funcionaba una dinámica diferente, ajena a la de los varones, por lo cual me confronto, ahora al rememorar, con mi ignorancia del mundo de ella en esa etapa infantil pese a que ya adolescentes e incluso en la adultez temprana tuvimos bastante contacto. Particularmente desde que nació su hijo mayor Carlos Alberto en 1959 y los tres o cuatro años que siguieron, gracias a nuestras inquietudes religiosas que nos hicieron cercanos y casi confidentes.

Carlota me llevaba exactamente un año, Aquí ella y yo frente a la romanilla. Ella 3 años y medio aprox.

Pero de la primera infancia de Carlota puedo decir que sé pocas cosas aparte de que era una niña linda que capturaba la simpatía de quien la conocía y disfrutaba de la atención dedicada de mamá. Y cuando digo que sé pocas cosas me doy cuenta que podría decir lo mismo sobre cualquiera de mis hermanos. Experiencia personal que me permitiría decir sin ahondar mucho ni apoyarme en lecturas que, pese a la tendencia normal del niño a lo gregario, a estar con otros, la primera infancia se vive hacia sí mismo, prescindiendo un poco de quienes nos rodean, como que si fuese necesario aislarse para facilitar la afirmación de la conciencia. Hacia el exterior se impone la relación con los padres y sobre todo con la madre, y los hermanos quedan en un segundo plano un tanto desdibujados hasta que ya madurando la conciencia empiezan a hacerse más importantes.

Una niña linda disfrazada en Carnaval…

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Quiero hablar sin embargo de ella porque su temprana y trágica muerte ocurrida hace tantos años (19 de Agosto de 1979) la convirtió en la primera de la familia cuya imagen se ha ido yendo indicándonos lo que significa el olvido. Y precisamente porque la conocí poco en la infancia, estuve algo más cerca en su adolescencia, nos vinculamos muy estrechamente en sus primeros años de matrimonio y después de nuevo la vi a la distancia hasta que murió, por todo eso digo, por todo ese ciclo de memoria y desmemoria tan ingrato y sobre todo tan absurdo si uno se pone a ver, quiero rajuñar [2] aquí y allá para recuperar un poco su figura y volverla a ver de cerca mientras me pregunto cosas de viejo.

Tengo a la mano para empezar tres episodios de los tiempos de la primera infancia. Es muy poco, casi nada, pero es lo que tengo en el recuerdo como algo que ocurrió entre ella y yo. Cosas de niños, de muy niños, que se parecen a las de todos los niños.

El primero ocurrió estando yo muy chiquito. Fue cuando Carlota, jugando con la cesta de mimbre para la ropa sucia donde se metía a reírse y hacer gracias –de lo cual hay fotografías– se le volteó la cesta y una tira de mimbre le rompió feamente la barbilla dejándole una cicatriz que se le fue borrando con el tiempo.

Ya he puesto otras fotografías de Carlota en la cesta. Era por lo visto su juego preferido a esa edad, tal vez tres años o algo menos.

El segundo lo ocasioné yo con mi torpeza. Recién hecha mi Primera Comunión trataba de rezar con todo cuidado las oraciones nocturnas y lo hacía en el cuarto de mamá donde, frente a su cama, como ya dije más arriba, había un altarcito con reclinatorio. Allí me arrodillaba, más que rezando distrayéndome con las imágenes y dejando vagar la imaginación haciendo que las oraciones tomaran más tiempo del necesario. Como mamá trataba de tener siempre prendida una velita desde la tarde hasta antes de acostarse, la llamita era también una buena oportunidad de distracción. Podía por ejemplo calentar la hebilla de mi correa para probar si era verdad que el metal se ponía rojo cuando se le aplicaba la llama mucho tiempo. Y allí puse una noche, nadie me veía, la hebilla en la llama. No se ponía roja, pero despedía un olor peculiar. Quise compartir el hallazgo con Carlota, en el cuarto de al lado y allí fui. Huele Carlota le dije y le acercaba la hebilla a la nariz, ella alejándose…¡pero huele! insistí avanzando la hebilla y ella no se movió…la quemé feo en la punta de la nariz, ella lloró, yo no hallaba qué hacer y pronto llegó mamá y creo que Edgardo sin que yo pudiera explicar lo que había hecho. El incidente después fue recordado a mis expensas durante largo tiempo.

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Carlota en su velocípedo de muy niña. El mío (el pereto) era más grande y destartalado.

El tercero fue involuntario y tuvo que ver con el velocípedo. Yo paseaba a Carlota, ella paradita atrás, y dábamos vueltas por los patios. En un momento dado, iba rápido y ella estaba descuidada, no esquivé uno de los albañales de drenaje y cayó en él la rueda delantera saliendo Carlota disparada, la cara primero, al suelo. Se protegió bien con sus brazos, pero rozó el piso con sus flamantes dientes delanteros, los de arriba en el centro, ya los definitivos (eso sería teniendo yo seis años, ella siete, o un poco más). Ella no lloró porque se había protegido, pero con los dientes había rozado el piso y se le partieron diagonalmente las esquinas internas, quedando en el piso dos triangulitos que llevamos de inmediato donde mamá. Mamá para que me los pegues, fue lo que dijo, frase que permaneció en el anecdotario familiar durante años cuando surgía la pregunta sobre los dientes delanteros de Carlota. Y aquí habría que decir que en la decisión de dejarse los dientes así durante todo el resto de su vida, llegando ese detalle a convertirse en parte de su personalidad, celebrado por lo demás porque le quedaba bien, ilustra mucho de lo que era su carácter. Y también el de su madre.

En esta foto, revelada y ampliada por mí a los dieciséis años –Carlota 17– fragmento de una un poco mayor, muestra los cortes triangulares en el centro de su sonrisa.

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Eso no impidió que las vueltas con los velocípedos continuaran. Más bien, en un momento dado que pudo haber sido poco después del incidente dental, se ocupó Jesús de nosotros los más chiquitos y propuso una modalidad diferente para los paseos: amarró un mecatico al que había sido su velocípedo ya candidato a chatarra y heredado por mí, se sentó, me pasó el mecate en torno al cuerpo y me convirtió por momentos –hasta que me cansara– en su caballo preferido. ¡Arre caballito fiel! me decía, y yo con orgullo de caballo eficiente corría por toda la casa transportando a Jesús de un lado a otro. Claro, trataba de convencerlo de que también fuera caballo, pero eso no ocurría. Creo que Edgardo fue caballo, o tal vez Pedro Pablo, pero Jesús siempre fue el auriga, y si aceptaba ser caballo sería por muy poco tiempo, tal vez una vuelta a la casa…y a otra cosa. En cuanto a mi velocípedo, ya sin gomas en las ruedas por lo cual hacía ruido y rayaba el piso ante el disgusto de mamá, medio desarmado hasta el punto de merecer el nombre de pereto[3] que le pusieron los hermanos (el pereto de Oscar era el comentario), permaneció siendo mi velocípedo por un tiempo hasta que ya no pudo más.Y di el salto cualitativo a la bicicleta, salto que merecerá una parte de estos relatos.

Sin que deje de mencionar ahora, siempre hablando de Carlota, que además de las piruetas en velocípedo nos hermanaba la fobia a las arañas, que por lo visto tenían madrigueras entre los resquicios del techo de caña amarga de los cuartos a un lado de los patios, preferiblemente en el cuarto de Carlota cuyo techo seguramente ofrecería más recovecos y de alguno de ellos las arañas salían a emprender exploraciones por las paredes. Yo, muy lejos de los actuales remilgos hacia estos seres, los consideraba totalmente repulsivos al igual que ella, que con sus gritos de cuando en cuando –no era demasiado frecuente– me alertaba de la aparición de una. Y allí acudía yo con una pantufla y con toda la furia a la cual me impulsaba la repulsión, a matar al arácnido, que por cierto eran bastante grandecitos – a veces hasta 10 cm. de diámetro con las patas extendidas– y no sólo no inspiraban ninguna condescendencia, sino que nos produjeron a ambos una fobia que no pude quitarme sino ya adulto, cuando también logré quitarme la fobia a las inyecciones adquirida luego de una operación de apéndice.

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Carlota siempre fue angelito en las fiestas de la iglesia en las que mamá participaba. Y en realidad los angelitos debían ser niñas porque ponerle a un varoncito un par de alitas de cartón y papel arruchado [4] resultaba demasiado delicado. Así pues, en cualquiera de las ocasiones en las cuales el padre Cabrera le pedía colaboración a mamá, Carlota era un angelito disponible, papel que representaba con mucha propiedad, y podría ser que hasta pensara –yo lo pensaba fugazmente cuando la veía allí detrás del altar– que el atuendo iba acompañado de alguna ventaja futura en el más allá.

La apoteosis de la Virgen Milagrosa fue la más notoria de las festividades que contaron con su presencia como actriz secundaria. Sé que fue un 27 de Noviembre porque tal es el día dedicado a esa advocación en el calendario de la Iglesia Católica, y Cecilia había convertido en misión de su vida fundar ese culto en Maracay, sobre lo cual ya contaré algunas cosas. La festividad era la entronización de la Virgen, se me escapa el año, pero creo que fue 1950, Carlota de doce años recién cumplidos. El Altar Mayor engalanado con muchas flores naturales–calas, azucenas, tal vez margaritas– porque había que derrotar la tendencia pueblerina que prevalecía antes de Cecilia –Jesús como asesor principal– de usar flores de papel. Música escogida a cargo de un tenor amigo, curero [5] que se acompañaba a sí mismo con el órgano eléctrico recién adquirido por la parroquia.Y fue todo un acontecimiento con el templo completamente lleno, mientras se celebraba una misa cantada con gran pompa. No se me olvida la figura delgada de Carlota con sus alitas allá atrás por sobre las flores junto con otros angelitos personificados por niñas cuyo nombre no puedo recordar.

Carlota había sido angelito en la Primera Comunión de Pedro Pablo y Jesús. Va la foto del grupo y luego un fragmento que encuentro especialmente sugerente, sobre todo para quien los conoció en persona.

Primera Comunión de Jesús Antonio y Pedro Pablo. A la izq. de Jesús, Enzio Matute, detrás de él Enilde su hermana, de angelito, y detrás de Pedro Pablo, Carlota, también de angelito.

Jesús pendiente de su ángel, que lo vigila muy serio.

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Carlota aportó su gracia en un par de cosas más. Una era su habilidad natural para actuar que se manifestó en una actividad que ella y yo disfrutábamos mucho. Además de reunirnos niños y niñas en las clases de música de la Sra. Schick, en ese mismo lugar junto al patio interno del San Pedro Alejandrino, pero en planta baja, bajo la dirección de una de las maestras, nos reuníamos a ensayar las comedias, cortas piezas de teatro infantil que se presentaban una vez al año, en el acto cultural de fin de curso. La representación era en el Teatro del Ateneo y resultaba notorio lo bien que Carlota se identificaba con el papel que le tocase apoyándose en su capacidad para aprender sus parlamentos y en una natural habilidad para actuar. Yo tampoco lo hacía mal y alguna vez participamos juntos.

De la segunda se me perdió casi todo de la memoria, pero la revivió muy parcialmente una vieja fotografía que me fue enviada por un compañero de ella quien guardó un afectuoso recuerdo de Carlota, sobre el cual se extendió hace unos años en un correo que perdí y con él los detalles que me narró. Era su madre, la señora Sozaya, él se llama Juan, quien había organizado y enseñado al grupo. Que era folclórico y debía bailar unas muñeiras gallegas. Conservé la foto que me mandó y aquí la incluyo. En ella está Carlota, ataviada como gallega. No sabía entonces que llevaba algo de Galicia en su sangre. Y creo que nunca lo tuvo en su conciencia.

Y además la señora Sozaya les enseñó a los niños una melodía gallega que aún tiene fresca en la memoria mi hermano Edgardo quien según parece asistía a los ensayos del grupo y tiene recuerdos que me trasmitió el otro día por teléfono llegando incluso a cantarla. Cualquier gallego que lea la letra que aquí pongo, estoy seguro de que revivirá la melodía:

A raíz Do Toxo Verde / E moi mala de arrincar-e / Os amoriños primeiros / Son moi malos de olvidar-e / Ai lara lala, ai lara lala / Ai lara lala ai lara lara laira.

El grupo preparado por la Sra.Sozaya para bailar Muñeiras, Carlota reclinada, la primera del lado izquierdo.

Fragmento de una foto tomada en Valencia cuando tenía unos seis años.

También en Valencia junto a sus primas Ana Teresita Degwitz Figueredo y Herminia Degwitz Acosta, y a la derecha Ricardo José Degwitz Acosta

Los cinco hermanos en Maracay.  Carlota aprox. de cinco años

[1] Se llama así en Venezuela un juego con una pelotica de goma y unas piecitas de plástico (llamadas yaquis) que debían recogerse mientras la pelota estaba en el aire, primero una por una, luego de dos en dos y así…

[2] Los venezolanos decimos rajuñar en vez de rasguñar que es lo correcto

[3] Objeto inservible que estorba, según la Real Academia. Se usaba mucho en esos tiempos en Venezuela.

[4] En Venezuela arruchar una tela o un papel es fruncirlo, manipularlo con una tijera para que se enrosque. No es un significado aceptado por la RAE

[5] Habitual en las cosas de la iglesia, este joven tenor de nombre Domingo Rodríguez, participó al año siguiente en 1951, y quedó de segundo, en el Concurso Nacional El Gran Caruso que ganó Carlos Almenar Otero, a quien el triunfo le cambió la vida

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