VER LA VIDA (35)

Oscar Tenreiro

Mucho se habla de la lectura como instrumento educativo esencial o como actividad que vincula a quien la practica con lo que pudiéramos llamar la sustancia del quehacer humano. Porque es el medio que permite conocer, por una parte, lo que está más allá de nosotros en el tiempo y el espacio; y también porque nos permite escuchar algunas voces de ese inmenso coro que es la humanidad a través de quienes asumen el papel de sus portavoces: los escritores, historiadores, filósofos, simples narradores, personas que se han rendido al deseo de escribir, que son víctimas de esa enfermedad como la calificaba Walt Whitman. Así que quien quiera ampliar sus horizontes, quien se entregue con tenacidad a la tarea de trascender lo que le imponen las circunstancias, con frecuencia estrechas y limitadas, terminará encontrándose en algún momento de su vida, seriamente y con la intensidad que corresponda a su personalidad, con la lectura.

Yo no podría decir que me encontré con la lectura cuando niño. Más bien es ahora de viejo, comenzando cuando pasaba la quinta década y haciéndose intensa en los últimos cinco años de mis actuales ochenta, que tomo como algo esencial a la lectura. No es que no leyera de niño, porque en esos años los niños leían, sino que no tuve el impulso –que sí tuvo mi hermano Jesús– de hacer de la lectura una actividad habitual. En cierta medida fui un newspaper literate  como llaman los americanos del norte a quienes leen sólo el periódico, porque efectivamente lo leía muy concentrado, empezando siempre con las noticias de las páginas deportivas –el béisbol­, mi pasión en esos años– siguiendo entre 1950 y 1953, que fue el tiempo  que duró, a la guerra de Corea [1], no por razones de fondo sino siguiendo la fascinación que producen las guerras cuando se ven desde fuera como  maniobras del poder sin considerar sus horrores y absurdos. También leía las revistas que llegaban a la casa por suscripción, particularmente Elite o Venezuela Deportiva –después Venezuela Gráfica– esta última con los primeros semidesnudos femeninos que atraían mi atención adolescente. Y no podía faltar los Domingos –ya lo he dicho– la lectura de las historietas o tiras cómicas, hoy llamadas comics, que venían como suplementos de El Nacional y La Esfera. En ellos destacaban los personajes de Disney o los hoy llamados super-héroes, incluyendo una muy inteligente y divertida, Lorenzo (Parachoques) y Pepita, por supuesto americana[2], de la cual me recuerdo siempre al tender la cama diariamente  porque se me aparece la imagen de uno de los episodios que Cecilia celebraba.  Y en la última página la historieta intelectual llamada en español El Príncipe Valiente [3]que requería una actitud más seria la cual en cierto modo nos enorgullecía.

Lorenzo y Pepita

El Príncipe Valiente, tira cómica inspirada en las leyendas medievales anglosajonas (Las caballeros de la Tabla Redonda y demás) estaba dibujada admirablemente y con respaldo gráfico casi académico (obsérvese aquí el soberbio castillo y el paisaje).

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Escribí antes que mi lectura más seria había comenzado con el regalo de Cecilia de David Copperfield de Charles Dickens y su Historia en dos ciudades que compré. Poco después se sumó Colmillo Blanco de Jack London, regalo también de ella. Más grandecito siguiendo el ejemplo de Jesús, leía a veces la columna Letra y Solfa de Alejo Carpentier también en El Nacional, buena iniciación en los temas de la cultura. Y me interesaron algunos de los libros de carácter político que tenía papá en su estantería, como El Cabito y Cuatro años de mi Cartera de Pedro María Morantes (Pío Gil) libros marcados por el odio político del autor a Cipriano Castro que si mal no recuerdo había editado El Nacional. También Gómez el Tirano de Los Andes del americano Thomas Rourke (me interesó mucho), que junto a trozos de Memorias de un venezolano en la decadencia de Pocaterra –papá tuvo una cierta amistad con él– fueron lecturas a las cuales les debo una temprana conciencia anti-dictatorial. También tenía papá La Trepadora de Rómulo Gallegos, de la cual leí algunos capítulos, y he mencionado antes a los poemarios más recientes de Luis Pastori, quien como amigo de papá se los había obsequiado (mi primera lectura de poesía, aparte de lo que entresacaba del libro sobre el Siglo de Oro Español). Y se me hizo afición comprar puntualmente Selecciones del Reader’s Digest que leía de cabo a rabo incluyendo sus libros condensados [4]lectura que con cierta razón Jesús ridiculizaba pero que me deparó momentos gratos y me acercó a contenidos de interés. Por ejemplo, el libro Viaje a Lourdes, de Alexis Carrel (1873-1944) científico francés, Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1912, famoso converso de Lourdes en 1903 [5], quien describió su experiencia en ese libro que, aún condensado, me impresionó enormemente y motivó mi viaje a Lourdes con mi primera esposa Delia Picón y mi hijo mayor Oscar Rafael de meses en 1962.

Alexis Carrel, científico francés (1873-1944)

En resumen, era una afición a la lectura sin ninguna pretensión, muy simple, nada anunciadora de aspiraciones mayores, movida por la curiosidad del niño o el adolescente que comenzaba a asomar su cara. Todo ello combinado con las exploraciones de la Divina Comedia y un constante hurgar en una enciclopedia para jóvenes que circulaba en esa época y papá compró junto con una pequeña estantería para los veinte volúmenes: El Tesoro de la Juventud. Todos nosotros la hojeábamos de cuando en cuando y de las imágenes que contenía –era ilustrada– aún recuerdo la página de la Anaconda en la sección de serpientes tropicales.

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En el Valles de Aragua debí cargar con la suposición de que yo era indócil y argumentativo y que necesitaba ser corregido, lo cual tal vez fue la razón para que me impusieran como castigo, sin que pueda recordar si hubo algún nuevo incidente que lo justificó, quedarme a barrer el patio de recreo todas las tardes después de clase cuando todo el mundo ya había salido.

Pero el castigo no fue algo inútil porque pude aprender algunas cosas acerca de esa actividad tan simple que acompaña desde siempre al ser humano. Lo primero fue descubrir que las escobas se fabrican para gente pequeña: deberían ser unos 20 cm. más largas y a juzgar por las quejas de toda persona mayor sobre los efectos del barrer en la cintura, no sólo tiene que ver con la altura mía –en ese tiempo no era tanta– sino con la de todo el mundo. Lo segundo fue que había que aprender a barrer, porque hasta ese momento yo pensaba que no había nada que aprender de la acción de barrer, sino que era algo que salía solo. Y estaba radicalmente equivocado: hay en efecto un aprendizaje. Y lo peor es que en ese tiempo de mi castigo en el patio no hubo nadie que me dijera: muéstreme como lo hace y yo le indico sus errores. Eso nunca sucedió. Y me quedé, lamento aceptarlo, sin saber barrer. Siempre me lo dice cualquier mujer que me vea hacerlo, porque a los hombres aparentemente el tema les tiene sin cuidado. –o usted– no sabes barrer. Y yo acepto el juicio, lo hago mal, me canso excesivamente, se me queda el sucio atrás…y muchas cosas más. Debo aceptarlo: no barrer. Y ya no estoy en edad de aprender, aunque lo intento cada vez que puedo.

Pero había otras cosas más interesantes en mis barridas del patio. No es que yo me pusiera a pensar profundo, sino que dejaba correr la imaginación al compás de la barrida mientras no hubiera que recoger algo grande o alguna cosa que me diera grima. Y al hacerlo estaba hasta cierto punto pensando, se me iba yendo el tiempo en alguna cosa muy lejana, muy distinta de ese feo patio. La imaginación me llevaba consigo y me ayudaba a pasar el tiempo hasta que recogía el último papel. Y a casa rápido para hacer los deberes y sentarme en el mecedor a leer El Nacional.

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Otra medida que debe haberse tomado para domesticarme un poco fue la de ponerme a recibir clases privadas; y lo digo porque mi rendimiento no ofrecía ningún problema como lo demuestran las notas de Sexto Grado que estaban entre los papeles que heredé de Cecilia. Y la verdad es que acepté recibirlas de buen grado.

Me las daba un profesor semi-retirado cuyo trabajo era precisamente dar clases privadas. Me causa gracia hoy que una de las materias  que me impartía el profesor  era Educación Cívica, de mínima complicación, por lo cual insisto en que estas clases eran más bien parte de un plan para domesticarme.

Debía tomar mi bicicleta después de cenar, me parece que dos veces por semana, y a eso de las siete y media, oscuro, tocaba la puerta de la casa del Profesor García para que me hablara de los derechos ciudadanos y demás temas durante tres cuartos de hora. Era en realidad algo claramente absurdo, pero lo acepté sin resquemores. La rutina consistía en dejar mi bicicleta en el zaguán de la casa, tomar cuaderno y lápiz y junto a la mesa del comedor de la familia tener la paciencia de oír a este bondadoso profesor retirado que olía a alcohol –una cervecita con la cena podía ser– y tenía los ojos siempre irritados.

Ignoro hoy durante cuanto tiempo recibí esas clases, pero si sé que el Sexto Grado lo pasé sin ningún problema.

Y a las dos formas de castigo les encontré el lado útil, otro rasgo indiscutible de la infancia: a todo se le puede encontrar algo bueno que ayuda a pasar el rato y si acaso algo más. Si no fuese así no recordaría tan claramente mis tardes de barrendero o mis tempranas noches casa del profesor García.

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Fue en el Colegio Valles de Aragua donde tuve mi primera experiencia política. Política en un sentido figurado porque aparte de que eran los años iniciales de la Dictadura de Pérez Jiménez (1950 y 52)  a nuestra edad era un tema que veíamos de lejos. Pero lo fue en cuanto a que se trataba de sumar partidarios para llevar a alguien a un cargo, que era simplemente el de la Reina de Carnaval del Colegio Valles de Aragua 1951. Y ese alguien era –fue mi idea– nuestra hermana Carlota. Me respaldó uno de mis compañeros de Segundo Año, Gabriel Montero, quien era el más amigo, pero se sumó Rafael Terán, de Primer Año, y otros más que no recuerdo, sabiendo que iba a ser difícil vencer a la otra candidata, Teresita Echegaray, muy atractiva y además muy mujer –unos tres años mayor que Carlota– quien era admirada por todos los estudiantes varones grandecitos. Como yo era el más empeñado en la candidatura me convertí en el Jefe de Campaña contando con el apoyo decidido de mi hermano Edgardo, de Sexto Grado, quien ayudó activamente durante la semana que duró la campaña y contribuyó a llevar adelante la estrategia que seguimos. Que fue la siguiente:  como tenían derecho a voto todos los cursos por igual comenzando con el Primer Grado, decidimos no insistir demasiado con los estudiantes de Secundaria, muy pendientes de Teresita, y más bien ganarnos a los de primaria, porque especialmente los de los primeros grados se encantaban con la gracia de Carlota sin necesariamente ocuparse de sus atributos femeninos que eran en realidad –noblesse oblige– menos impactantes que los de Teresita, a quien, dicho sea de paso, también yo admiraba. Y allí íbamos, a los primeros grados, con caramelos, papelillo y el encanto sencillo de Carlota a ganarnos a estos niñitos a quienes visitábamos en sus salones abriendo yo los fuegos con un discurso hablando del maravilloso carnaval que pasaríamos con la representación de tan hermosa reina. Edgardo y los amigos que nos apoyaban animaban el ambiente con papelillo y serpentinas (me imagino que papá era el financista), y tomaba después Carlota la palabra para preguntarles sus nombres, regalarles caramelos y darles a entender que la nave del carnaval del Colegio llegaría a puerto seguro bajo su mando. Formábamos en resumen una pequeña fiesta con apoyo entusiasta de las maestras que simpatizaban naturalmente con Carlota, al terminar la cual el curso casi completo quedaba comprometido a votar por ella. Creo que además hicimos una pancarta y algunos afiches en cartulinas que pegamos por todo el colegio. Y cuando llegó el día de las votaciones nos ocupamos de que los niños no dejaran de votar, sabiendo que en los cursos superiores teníamos también un buen apoyo entre nuestros compañeros y amigos. Y ganamos con facilidad, éxito que constituyó para nosotros los activistas una especie de victoria ejemplar que ahora al recordarla me ilustra acerca de la importancia que tienen estas cosas colectivas en los años juveniles.

Y llegó el día de la coronación. Trabajamos en la preparación del sitio del trono. Un tarantín de techo de zinc en el centro del patio. Pero era un lugar del trono tan significativo para nosotros como el de cualquier Reina. Papá le pidió a su amigo el poeta Miguel Ángel Alvarez que le redactara el discurso; Carlota debía pronunciarlo en un solemne acto en el cual estuvo todo el cortejo, yo incluido, los hombres con trajes y pajarita como si fuéramos de smoking. De lo que Carlota leyó, suficientemente cursi como corresponde y copiado en una especie de pergamino, recuerdo las dos primeras palabras: Honor y Prez… Yo no sabía lo que significaba prez y así la define la RAE: Honor, estima o consideración que se gana por una acción gloriosa. Fue gloriosa nuestra acción: Carlota se hizo Reina.

Coronación de la Reina de Carnaval del Colegio Valles de Aragua 1951 Carlota Eizabeth Tenreiro Degwitz.  La segunda sentada del lado derecho de Carlota es Natacha Padrón, hija del poeta Augusto Padrón. Detrás de ella mi amigo Rafael Terán.

Detalle de la foto:  detrás de la Reina yo, a mi izquierda de pie Gabriel Montero. A mi izquierda, sentada, Teresita Echegaray y a su lado Olga Viana. No alcanzo a recordar los demás nombres

 

[1]Me interesaba tanto en las incidencias de la Guerra de Corea que me hice un álbum con recortes de periódicos sobre los distintos  movimientos de los ejércitos, los aviones que utilizaban, las ofensivas y retrocesos…

[2]La creó un caricaturista americano llamado Chic Young. https://en.wikipedia.org/wiki/Chic_Young Su nombre en inglés era Blondie. Era aguda en cuanto a su modo de expresar las típicas situaciones de las parejas y familias de clase media

[3]Esta tira cómica, creada por el canadiense HalFoster https://es.wikipedia.org/wiki/Harold_Foster estaba dibujada con mucha maestría, hasta hacer de cada cuadro una imagen que recreaba viejos tiempos y paisajes. No gustaba a quienes buscaban sólo diversión pero para nosotros los hermanos era una especie de culto que sentíamos nos distinguía de algún modo. Todavía circula. Hay incluso videojuegos que siguen su temática.

[4]Selecciones de Reader’s Digest existe todavía https://es.wikipedia.org/wiki/Selecciones_del_Reader%27s_Digest y entiendo que circula en el mundo Latinoamericano. Tenía y tiene todavía una sección de libros condensados, libros a los cuales se les eliminan capítulos o secciones para reducirles la extensión, tal vez incluso –no he podido averiguarlo– en algunos casos diciendo las mismas cosas con menos palabras. Obviamente es una operación que atenta contra la unidad de la obra literaria, por lo cual los títulos que incluían eran sobre todo biografías, memorias, libros de viajes o de aventuras. En Internet pude obtener una lista de títulos disponible hasta 2015: http://revista-selecciones.blogspot.com/2015/01/indice-de-libros-condensados.html

[5]Alexis Carrel adquirió gran notoriedad en su país (Lyon-Francia) como científico importante https://es.wikipedia.org/wiki/Alexis_Carrel. Fue Premio Nobel de Fisiología-Medicina en 1912. Su libro acerca de su viaje a Lourdes y consiguiente conversión se hizo conocido en el mundo, en él se identifica a sí mismo con el apellido Lerrac (Carrel al revés).

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