Cuando la educación no es sino una palabra

Oscar Tenreiro / 27 de Abril 2009

Cuando la semana pasada hablé de la “visión ingenieril”, una deformación de la visión del ingeniero, basada fundamentalmente en el manejo de cifras, de rendimientos, de asuntos medibles, en el privilegio de lo expeditivo, creo haber dejado claro que no era atribuible sólo a los ingenieros sino a toda persona que desdeña lo no medible, lo relativo, lo complejo, lo “subjetivo”, lo que exige reflexión, lo que está más allá de las decisiones rápidas e inmediatas. La visión ingenieril es pues un problema cultural.

En nuestro espacio político esa deformación ha prosperado. Es verdad que el político tiende a hacer rutinariamente uso de las cifras, pero cuando éstas se manejan en sociedades con fuertes instituciones, terminan pasando por la criba de la tradición establecida, de herencias que se respetan, con lo cual son complementadas, o compensadas. Porque si hay algo propio de una sociedad madura es la noción de que no hay nada simple, todo tiene algún grado de complejidad. Mientras que en sociedades como la nuestra las cifras van y vienen, se acomodan a diversos fines, se manipulan y pierden sentido.

Todo esto lo conecto hoy con el tema de la educación.

A lo largo de todo mi ejercicio profesional (cincuenta dentro de un año) he oído una y otra vez que, en un país como el nuestro, la educación debe ser la primera prioridad de la acción del Estado y la sociedad toda. Para ser consecuentes con esa propuesta, que ha devenido en lugar común de la jerga política, se recurre siempre a las cifras: porcentaje de analfabetismo, de deserción escolar, se habla de número de estudiantes matriculados, de escolaridad mayor o menor, de cantidad de locales, etc. etc. Y en estos tiempos “revolucionarios” esas cifras son manejadas como dardos y contrastadas con las del pasado, que se suponen siempre tristemente menores. Millones de alumnos, miles de profesores, centenares de locales escolares “recuperados”. Y además de todo se proponen proyectos educativos adjetivados con lo “bolivariano y revolucionario”, se rebautizan las escuelas, se inventan ”misiones” destinadas a aumentar los números, se amplían los cupos, se establecen reglas, objetivos, contenidos, métodos; todos ellos asuntos medibles, normativos, cuantitativos, que señalan una supuesta voluntad política esclarecida.

Y detrás de esa parafernalia “ingenieril”, apenas hay menciones tangenciales, mínimas, a la concepción de la escuela como hogar para alumnos y profesores, como sitio de encuentro para la comunidad, como atmósfera promotora de silencio y reflexión, como espacio protegido del deterioro, como ámbito donde se crean condiciones de confort térmico y acústico como prerrequisitos para la concentración en el estudio, como lugar resistente a la vandalización, como institución promotora del mejoramiento urbano, como espacio compensatorio de las estrecheces de la marginalidad.

Gracias a esa omisión sigue siendo impresionante e inaceptable el número de escuelas venezolanas en estado ruinoso, sin servicios sanitarios decentes, en aulas donde profesores y alumnos se achicharran con 40 grados de calor, con techos de láminas metálicas sin aislamiento térmico que la lluvia hace retumbar forzando al silencio. Escuelas que han tenido que ser clausuradas y los niños reciben clases en galpones, bares, capillas abandonadas, espacios cedidos por las comunidades. Existe incluso algo que me pareció muy difícil de creer: que por carecer de locales escolares el Ministerio de Educación ha debido crear un “Plan Caracas”, según el cual se imparten sólo dos horas diarias de clase para poder acomodar los diversos turnos. Y todo ello en un país donde han rodado los dólares en los bolsillos de la casta política del régimen y en los discursos del Caudillo.

Es una situación que demuestra la terrible situación venezolana: se acepta lo inaceptable, se convive con lo ilógico, la vida sigue sin que se produzcan incomodidades frente a lo absurdo, no se hace un alto y se planta cara: se deja correr, se deja estar, se sigue en lo mismo, la vida continúa.

He hablado de este tema con amigos educadores. Les pregunto por qué el gremio acepta que las cosas sean de ese modo. Les pregunto y me pregunto si no es el local escolar y sus condiciones mínimas un requisito previo a todo esfuerzo educativo. La respuesta es vaga. Es un sí y es un no. La conversación deriva a la situación de la educación privada que no es mucho mejor. En Caracas hay tal vez centenares de Escuelas Primarias y Secundarias privadas que funcionan en casas, que no tienen campos de deporte, rodeadas de muros con alambradas, con baños insuficientes. Termino recordando mi experiencia de niño en Maracay: un colegio privado cuyos baños eran un lugar repugnante y asqueroso. Pero eso fue hace más de cincuenta años. ¿Es que Venezuela en realidad no ha cambiado?

Hago responsable de esta situación que desconoce la necesaria dignidad de la escuela y sobre todo el deber que el Estado tiene de fijar las pautas mínimas (¿sabía usted por ejemplo que en las escuelas no se aplican las normas para impedidos?) a eso que he llamado la “visión ingenieril”. Una escuela tiene que ser un sitio que dé un ejemplo a la comunidad que se sirve de ella. En las zonas pobres de nuestro país, la escuela debería ser el mejor edificio, el que produce el mayor orgullo, el que se convierte en referencia. No puede aceptarse que esa necesidad se diluya en cifras: que no hay más plata, que hay que rendir los recursos, que hay que dividir por dos o por tres o por cuatro lo que alcanza sólo para una escuela. Eso no puede continuar así. Allí hay que proponer una verdadera revolución, no este chiste malo que nos hunde progresivamente.

La oficina de psicopedagogía en una escuela del Estado Miranda, en tiempos de abundancia...y ”revolución”

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estudio de arquitectura y diseño formado por Jordi Castro María G. Ferro www.castroferro.com
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