La ideología como peso muerto

Oscar Tenreiro / 11 de mayo 2009

En los Diarios del gran escritor austríaco Robert Musil (1880-1942) se percibe entre muchas otras cosas, la intensidad con la que, en los tiempos de su madurez como escritor, se daba en su país y en Europa la controversia ideológica. Los cristiano-sociales (así se llamaban en Austria) los social demócratas, los socialistas y el bolchevismo-comunismo se disputaban el reino del discurso y Musil se ocupaba en encontrar coincidencias y contradicciones.

Se ha dicho mucho que ese interés por lo ideológico, ya hoy en Europa es asunto del pasado. Y tuve oportunidad de comprobarlo personalmente cuando a raíz de un escrito mío en el que mencionaba la inspiración marxista de una cierta crítica arquitectónica de los años sesenta, un amigo alemán al que le pedí leerlo, me decía que el marxismo o no le importaba o le tenía francamente sin cuidado. Se asombraba además un poco de que en mi medio intelectual siguiera ocupando algún espacio; asombro que yo trataba de disminuir explicándole que aquí esa vieja discusión ideológica se había reeditado artificialmente gracias al manejo del Poder de una camarilla apoyada en la demagogia, el caudillismo, el fracaso personal o el resentimiento social, esas constantes de nuestra historia.

Es verdad por otra parte que lo ideológico, entendido como “cuerpo de ideas” está presente en toda controversia democrática, pero es igualmente cierto que la tradición y la experiencia, génesis de las instituciones y de toda cultura, lo modera y lo regula. Lo ideológico estuvo presente en EUA durante la campaña de Obama; o en Francia con la de Sarkozy, pero una vez que ambos llegaron al Poder dejaron de lado la primacía del discurso. Lo ideológico no sustituye a la acción ni justifica errores.

Entre nosotros esa regulación fue muy tenue en tiempos de la Cuarta, y por eso el peor vicio de ese tiempo terminó siendo, una vez dejado atrás el consenso inicial post-Pérez Jiménez, el enfrentamiento entre los partidos a partir de una supuesta oposición ideológica que probó con el tiempo ser artificial. Los que se turnaban en el poder se veían como los buenos frente a los malos, preparando el terreno para lo que hoy ocurre y cultivando una dualidad dañina que aún se percibe en algunos vetustos dirigentes que se niegan a retirarse.

La creación de una Autoridad Metropolitana y la drástica erosión de las responsabilidades de la Alcaldía Mayor de Caracas (el acoso a Ledezma) es una decisión inspirada por consideraciones ideológicas. Ya es ideología en su grado más primitivo el absurdo alegato de que los votos de Ledezma son de menor calidad “popular” que los de Istúriz. Pero se ha hablado también de que para la “transición hacia el socialismo” de nuestra capital (¿?) era necesario quitarle autoridad a la oposición. Y se ha escogido como brazo ejecutor de ese atropello a Jacqueline Farías. Quien olvidando su actitud profesional de los tiempos de Istúriz como Alcalde, cuando éste no había optado por el cinismo adulante que lo caracteriza hoy, se inicia con declaraciones desafiantes, para que nadie dude de su vocación revolucionaria. Una actitud típica entre quienes se atropellan para decir que encarnan la voluntad del Jefe.

Y Farías fracasará. En primer lugar porque se va a pasar seis meses resolviendo los problemas administrativos del cargo inventado. En segundo lugar porque tendrá que hacerlo apoyándose en lo peor de lo peor: o los jalamecates de siempre o ese mundillo de oportunistas que se han acunado en la espesura revolucionaria para tener oportunidades. Aparte, claro, de los que guardan un silencio calculado. En tercer lugar porque el régimen debe guardar ciertas apariencias y presumir de ser instrumento de una voluntad popular; y lo que nace de la arrogancia, el atropello y óigase bien, de la exclusión pura y simple, no puede pertenecer a todos los ciudadanos.

Esa manipulación ideológica que aplastó al elector, al pueblo en definitiva, ha sido el fundamento de la inacción del “Poder Revolucionario” frente a los grandes problemas de nuestras ciudades. La ideología ha servido para no hacer. Ni siquiera el problema de la basura, de su clasificación, del reciclaje, ha sido enfrentado con seriedad, para no hablar de la congestión vehicular (¿como justificar la negativa a instrumentar paliativos como el “pico y placa?), la ineficiencia del transporte público o el estado de las escuelas o los centros de salud, del deterioro general, escandalosos. Se hablan tonterías sobre que la primera prioridad era la organización social y la promoción de una conciencia política, sin mencionar que el país ha tenido los ingresos en divisas más altos de su historia mientras la calidad de vida del ciudadano ha empeorado. Y allí no caben justificaciones ideológicas: el fracaso es claro aunque que todas las semanas se logre ocultar con cierto éxito (hasta que no se pueda), en ese show televisivo dedicado a promover la figura y el poder discrecional del Caudillo, logro principalísimo de esta “revolución”.

Por eso ilustro la página con la fotografía de Johan Santana. Porque en el deporte las ideologías sobran, se imponen los hechos, los logros, las realidades. El deporte es en ese aspecto lo opuesto a la política; y a pesar de que con él se hace política a posteriori de la competencia, lo que importa a los seguidores del atleta es que en fin de cuentas, como decía Deng Tsiao Ping, “cace ratones”. Que no hable, que actúe. Eso lo entenderá tarde o temprano nuestro pueblo. Y mientras tanto, ingeniera Farías, prepárese a no dejar de su paso por esa autoridad espúrea otra cosa que palabras, papeles, reestructuraciones …y despilfarro. Y prescindirán de usted cuando le convenga al Jefe.

Johan no habla paja, actúa. Dos hits en siete innings, diez ponchados, el Miércoles pasado ante los Phillis.

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