Otra enseñanza de Viena

Oscar Tenreiro / 12 de junio 2011

Puede ser interesante luego de que se celebrara la  semana pasada en nuestra Facultad de Arquitectura un encuentro internacional sobre la Investigación en Arquitectura hablar de la Casa Wittgenstein, que construyó en 1929, junto a su gran amigo y arquitecto Paul Engelmann (1891-1965), en Viena, Ludwig Wittgenstein (1889-1951), uno de los filósofos más relevantes del siglo veinte.

Porque la casa Wittgenstein es un ejemplo de investigación de la estética “moderna” si se considera la investigación como propuesta de proyecto o construcción del edificio, y no, como se ha extendido en los medios académicos, discurso explicativo. Desde esta perspectiva investigar en arquitectura no es diferente a construir o proyectar. Y la arquitectura mostrará lo que aporta a la disciplina sin necesidad de intermediación lingüística. Algo evidente para un filósofo que en sus “Investigaciones” asevera que la actividad artística se piensa haciéndola. Y LW asume la experiencia de la casa sin ningún tipo de aspaviento retórico sino como tarea, incorporando a la idea arquitectónica, sobre todo surgida de su amigo arquitecto familiarizado con los procesos de Proyecto, su visión técnica proveniente de una formación básica de ingeniero, asociada a una personalidad extremadamente rigurosa.

Esta postura despojada de toda pose intelectual emana sin duda del concepto de filosofía de Wittgenstein que viene a ser como una liberación de la sensación de inadecuación que asalta a quien se asoma a la espesura de la tradición filosófica. En mi caso, me ayudó a verla como resultado de la pulsión muy humana de usar el lenguaje para explicar el mundo y acaso ser subyugado por su “embrujo”, como él llamó a la tendencia a pensar que todo lo que nos rodea es susceptible de ser explicado con palabras.

Un modo de pensar ejemplar

Pude llegar a un cierto grado de familiaridad con el legado de LW motivado inicialmente por uno de sus aforismos en relación al arquitecto y sus tentaciones. Lo he repetido tantas veces que no voy a hacerlo de nuevo, invitando más bien a leer el libro que recoge sus pensamientos sobre “Cultura y Valor” publicados en nuestro idioma con ese mismo título.

 

 

El caso es que en ese aforismo y tres o cuatro más que se resumen en no mucho más de 100 palabras es todo lo que LW escribió sobre arquitectura. Demostración evidente de su rechazo a la explicación, que pareciera, precisamente, exigirse como requisito de la visión de la investigación que he mencionado. Y además, insisto, no era arquitecto en el sentido académico. Había estudiado Ingeniería en Berlìn con interés especial en la aeronáutica, pero de allí en adelante, esperando doctorarse en Inglaterra, se inició en el mundo de la filosofía. Siendo su familia muy acomodada y estando desde fines de la Primera Guerra y luego de haber publicado su “Tractatus…” ( obra que habría de abrirle un espacio único en el pensamiento filosófico) en una crisis de identidad que lo llevó a tomar varias decisiones muy radicales, se incorporó al encargo que su hermana Gretl le había hecho al amigo de la familia, Paul Engelmann, para construirle una casa en Viena. Se registró como arquitecto, lo cual era posible sin requisitos académicos en ese tiempo, y se sumergió en la construcción de la casa como capataz, hasta el punto de que sus exigencias vinieron a convertirse en un obstáculo para la relación de trabajo con Engelmann, quien en un momento dado dejó en manos de Ludwig la terminación de la vivienda. Le dejó el mando, podría decirse, algo que los arquitectos sabemos bien lo necesario que es para garantizar resultados en ciertas instancias.

Artesano y Guardián

Mucho tendría que decir a propósito de esta casa, no tanto de ella misma, porque pienso que de la arquitectura se pueden decir pocas cosas aparte de describirla, sino por su papel de hito en la experiencia vital de una persona que no he cesado de admirar y estudiar desde que el colega Manuel López lo mencionó despertando mi curiosidad en un foro de nuestra Escuela. Por hoy me atengo al hecho de que se haya convertido en patrimonio (de la humanidad podría decir, pero hoy lo es sólo de Austria) un edificio construido por un arquitecto de relativamente poca importancia como Engelmann (por otra parte, personaje muy interesante) con la colaboración de un no-arquitecto. Una razón es sin duda que LW es un protagonista del pensamiento moderno,  pero la que encuentro definitiva es que la casa es un producto refinado y singular de las tesis sobre arquitectura que prosperaban en ese momento histórico. Tiene un valor icónico respecto a un modo de hacer arquitectura. Engelmann había sido discípulo de Adolf Loos y Wittgenstein llegó a Engelmann gracias a su recomendación. Y Loos (1870-1933) era un arquitecto de enorme influencia en la Viena de ese tiempo. Hizo ideología en términos tajantes; “Ornamento y Crimen” es un ensayo suyo en el que equipara la ornamentación con la perversión. Y Wittgenstein, brazo financiero de la propietaria y defensor de principios por encima de caprichos hizo de radical ejecutor de esas enseñanzas. Dirigió el diseño de innumerables detalles que hoy suscitan admiración y preservó a la obra del gusto “doméstico”, y mientras Gretl le entregó su confianza, el resto de la familia tenía opiniones hostiles y hasta negativas.

Y hoy la casa es muestra viva de una particular visión de la modernidad. Es un ejemplo del “raum plan” de Loos, el diseño de espacios interconectados con sus propias proporciones; de  la arquitectura “blanca” y el uso de técnicas nuevas; y es ajena a toda idea de decoración superpuesta. Es rigor técnico, no discurso, como origen de una estética. Es investigación de la más valiosa. Es esta, creo, su mejor enseñanza.

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