Archivo mensual: septiembre 2011

Ser arquitecto

En los tiempos en que estudié arquitectura (mi primer año fue en 1955) abrazar la causa de una arquitectura renovada, continuadora tardía de los impulsos de la primera modernidad, era casi como participar de una ideología y hasta de una militancia de fuerte contenido ético. Los estudiantes de arquitectura podíamos sentirnos parte de un movimiento, una comunidad que en muchas partes del mundo hacía propaganda a favor de un modo de ver la ciudad, con la arquitectura como instrumento de superación social, de acercamiento al arte, de vinculación a la memoria histórica, de ubicación frente a lo que ocurría. Medio siglo después, el estudiante de hoy no creo que tenga esa misma sensación de pertenencia a una suerte de milicia transnacional. Las afinidades ahora tienen mucho menos que ver con principios de orden ético y más con preferencias que exagerando un poco pudiéramos llamar “estéticas”, y asumiendo el papel de censor, modas. Pero en mi generación, cuando el sujeto se tomaba las cosas en serio, afirmaba sus puntos de vista con dureza, se hacía excluyente, actuaba siguiendo un guión de rebeldía. Seguir leyendo

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Estancamiento

Cuando siendo estudiante de arquitectura visité a Chile en 1959, una señora me preguntó con toda seriedad si aquí había universidades. He contado esto otras veces y ahora lo hago para recalcar que a un chileno promedio de clase media … Seguir leyendo

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Charles Ventrillon

Hace cincuenta años tuvimos un profesor en la Facultad de Arquitectura que enseñaba a dibujar. Su enseñanza nada tenía que ver con trucos o fórmulas sino con fundamentos, con lo que precede al acto mismo de dibujar, podría decirse. Nos decía por ejemplo que era importante observar en general, lo cual consideraba una virtud especial; y observar el objeto que se quería dibujar con la mayor atención, para entenderlo. Buscar en él proporciones y direcciones. Ritmos. Cosas todas difíciles de definir, vagas. Dibujábamos con carboncillo y usábamos atriles. Nos exigía colocarnos con la distancia adecuada frente al atril, medida con el brazo estirado para lograr amplitud en el gesto, en el trazo. Nos hablaba de evitar el detalle, de no dejarnos llevar por él sin antes haber esbozado la totalidad. Nos exigía mucho, nos acosaba casi y era duro con los que creían saber, porque decía que había que renunciar a lo aprendido para moverse con libertad. Apuntaba siempre a que buscáramos nuestra propia capacidad de expresarnos. Y no buscaba de su rol de profesor razones para ocultar su modo de vivir, de ver las cosas, de situarse frente a la vida. Seguir leyendo

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