Privado-Público

La actual crisis europea, que tan fuerte ha tocado a España, nos ha hecho pensar, de nuevo, sobre las distancias y afinidades que tenemos con la Madre Patria.

Podría calificarse de afinidad la tendencia a vivir los obstáculos como derrotas definitivas. Con una mentalidad de todo o nada. Rasgo que, según se dice mucho aquí, hace que la gente trate de anotarse siempre a ganador. Da la impresión de que para nosotros perder no es parte de un camino con tropiezos que no niega una futura ganancia. Y da la impresión también que la gente de la península tiende a ser así, si no fuese porque el acendrado sentido español del honor con la lealtad como un valor superior, termina moderando las conductas. El peso diverso de los contenidos éticos termina pues diferenciándonos.

Pero hay una cosa en la que sí nos parecemos mucho. En la dificultad para darnos cuenta de que ha llegado el momento de torcer un rumbo y luego, al hacerlo, asumir las consecuencias. Por una parte se reacciona ante los hechos tardíamente y por la otra se intenta reducir los problemas que esa reacción suscita a una simple oposición de puntos de vista, desdeñando las complejidades, simplificando para evadir la responsabilidad colectiva. Rasgos que, si somos muy esquemáticos pueden darnos ciertas claves para explicar parcialmente el origen y el desarrollo de la actual crisis española.

Porque desde que se hizo clara la gravedad de los problemas económicos, llama la atención que la prensa española pareciera ocuparse sobre todo de reportar cómo una mitad del país enumera las culpas que la otra mitad tiene en relación a lo ocurrido. Se aviva así un escenario de discrepancias que muy lejos está de promover el acuerdo necesario para superar la crisis, ocultando de un modo que produce gran estupor para quienes observamos desde fuera, lo que pudiéramos llamar la madurez de una sociedad de fuertes y muy establecidas raíces culturales.

Nos asalta esa misma sensación cuando nos llegan comentarios desde el mundillo de los arquitectos, referencias de cosas que se escriben y se comentan formal o informalmente respecto al papel que cumplió la arquitectura del espectáculo como emblema o manifestación temprana de los excesos que condujeron a la crisis de España.

Desde luego que era obvio que las fiestas arquitectónicas que se venían celebrando en España tenían mucho de irrealidad. No había que ser un muy agudo observador para caer en cuenta de los excesos. Se hacían en España edificios con un nivel de refinamiento poco frecuente en los países más ricos del planeta. Poca gente lo hacía notar fuera de los comentarios a la sordina, entre amigos. Al parecer, la “intelligentsia” del mundo arquitectónico, los críticos, los historiadores, los comentaristas, la gente del mundo académico incluso, no tenían una posición clara, o por lo menos no lo hacían notar en relación al frenesí del liderazgo público y privado por embarcarse en construir cosas que sorprendía estuviesen al alcance de la economía del país. Y más bien resultaba evidente que muchos de los críticos más conocidos eran los primeros en integrarse a la fiesta.

Y ahora, al llegar abiertamente el impacto de la crisis, reproduciendo ese talante simplificador al que me referí más arriba, se ha empezado a hacer común en los comentarios que se publican en España la devaluación en bloque de las experiencias arquitectónicas de los años recientes, metiendo todo en el mismo saco. Es una búsqueda de culpables muy similar a la que se respira en el mundo económico y político, muy combativo pero sospechoso de inmadurez.
La incómoda consecuencia de ese reduccionismo es que se comienzan a desconocer los aspectos positivos del enorme esfuerzo en equipamientos colectivos de todo orden que se hizo en España en las últimas dos décadas. Un esfuerzo que, pese a todos los muy condenables excesos quedará sin embargo como patrimonio de una sociedad.

Lo que inspira mi nota de hoy es, precisamente, una crítica al movimiento pendular que hace que lo políticamente correcto del momento sea denostar de arquitecturas y arquitectos sin establecer diferencias. Algo que se hace muy necesario cuando, como lo hago, se compara con lo que ocurre en algunos otros lugares del mundo donde el “surplus” financiero no se dirigió a los equipamientos colectivos sino al puro reciclaje bancario, que en fin de cuentas le deja poco a la gente en general, fuera de los que lo protagonizan.

Y tomé el ejemplo de Barajas, porque ese edificio no es motivo de mi admiración sino me inspira grandes distancias, pero, será porque como paso obligado en mis visitas familiares a la península, lo he conocido un poco y se presta como ilustración de lo que quiero decir.

Esas grandes distancias se centran especialmente en el modo como Rogers ve la arquitectura, marcado por el afán de exhibición de un determinado modo de construir (High-Tech) que se asume casi como dogma. Un “mira mamá sin manos” antagónico a la necesidad de propiciar el silencio psicológico que Augusto Komendant destacaba como uno de los más importantes atributos de la arquitectura de Luis Kahn.

Durante este último viaje contemplaba por ejemplo las enormes vidrieras a ambos lados de la nave (va anexa una foto), que son una buena muestra de lo que en la nota llamo la “descomposición en partes independientes” asociada a una insistencia que, repito, bordea lo dogmático, en trabajar todos los detalles del edificio utilizando elementos tensores que se exhiben. Exhibición que exige por razones de mantenimiento el uso intensivo del acero inoxidable. Material que está por todas partes, en luminarias, sostén de las luminarias, difusores de aire acondicionado, soportes de señalización, relojes, parlantes o defensas, marcos de puertas, puertas, y la lista podría seguir. Y no digo que no haya razón para ello pero sí que se convierte en razón debido al modo de diseñarlos.

La búsqueda de la luz natural me parece motivo de elogio y así lo destaco en la nota, pero menos elogiable es que para no interferir con ella, todos los puentes que comunican entre los distintos cuerpos del edificio tengan pisos de cristal templado y laminado y sus estructuras sean a su vez nuevo motivo de exhibicionismo.
Queda claro pues que Barajas, pese a los méritos que destaco en la experiencia respecto a su valor patrimonial, es una muestra de la arquitectura de la opulencia, tal como podría serlo buena parte de los edificios del mismo arquitecto o de algunos de sus compañeros de ruta high-tech que han convertido a la arquitectura en un despliegue de efectos cuya sostenibilidad la proporcionaron sobre todo los ríos de dinero que los hicieron posibles. No está en el concepto que origina al edificio, como nos decían los viejos y olvidados principios de la racionalidad moderna, sino en el esfuerzo, una vez construidos, por hacerlos sostenibles a base del dinero y la tecnología de los países poderosos. Es una culebra que se muerde la cola.

PRIVADO-PÚBLICO
Oscar Tenreiro / 22 septiembre 2012

El Metro de Nueva York es un servicio público de calidad ínfima. Cumple con la función de transportar a la gente con un material rodante ya obsoleto y sólo comenzado a renovar recientemente, la mayoría de las estaciones son sucias, la iluminación pésima, la renovación del aire tal vez sea adecuada pero uno tiene la sensación de estar respirando aire atrapado por siglos, los materiales son los de hace cien años; y muchos de los accesos no son mecanizados. Esta situación en la ciudad más importante del mundo tiene que ver con la noción muy estadounidense y seguramente lógica desde el punto de vista estrictamente económico de que cada servicio público debe ser autofinanciable; y cada ciudad responder por sí misma con la mínima intervención del Gobierno Central. Por ello ese servicio recibe subsidios federales sólo de modo limitado y para proyectos específicos. Un rasgo de política económica que se apoya en la marcada resistencia de un sector de la opinión de ese país, a aceptar que el “dinero de los contribuyentes” (el sacrosanto “tax payer” americano) se destine a subsidios. Es un modo de ver lo colectivo insolidario, elemental en su conservadurismo prejuiciado del papel del Estado en las sociedades modernas. Una actitud que ha llevado a gentes del mundo económico como hace muy poco al Premio Nobel Paul Krugman, a calificar de locura la actitud del Partido Republicano, que quiere convertirse en representante único de un sistema de valores del americano que sólo ve su propio mundo. Para quien la ciudad es su automóvil, Hysteria Lane (el suburbio de las “esposas desesperadas”), la autopista y el Mall; siendo el downtown, la ciudad, sólo para trabajar. Y como consecuencia de esa visión la crisis económica debe pagarla el directamente afectado, no todos los “Tax Payers”. Sólo importa lo privado, es la divisa.

La vieja Europa.
La otra cara de esta moneda la ofrece la vieja Europa. La Unión Europea, tarde pero según parece aún a tiempo, toma medidas que harán de la crisis un asunto compartido, es decir, se supedita, si bien a regañadientes, el individualismo nacionalista al interés común. Lo cual plantea por otros caminos el tema privado-público.

Porque en stricto sensu hacerse co-responsable económico de las dificultades de otro país, por la crisis del Euro, implica una noción de solidaridad ante lo colectivo (difícil, resistida, pero real) que bien podría tener su correlato en la necesidad de que lo colectivo en la ciudad, la creación de espacio público, su preservación, sea asumida como un tema colectivo, como política de Estado. En este momento de crisis en el cual las presiones económicas han adquirido un peso enorme en la opinión pública europea, conviene no perder eso de vista. Es un asunto que debe estar en la mesa en el momento de evaluar lo hecho y proponer rectificaciones.

En este preciso sentido la situación de España puede verse con más benevolencia de lo que es usual por estos días. Y me estoy refiriendo al equipamiento público español, a lo que ese país ha hecho en arquitectura institucional y en los planes de creación y preservación del espacio público. Que más allá de los excesos, que fueron muchos, merecen elogios que hoy se emiten con mucha cautela.

Porque no todo fue la frivolidad del “efecto Guggenheim” y el deseo de convertir a España, junto con los emiratos del Golfo Pérsico y la China del “lujo asiático”, en el país en el que los arquitectos estrella lograban construir lo que era visto como demasiado costoso, o arbitrario, en el resto del mundo. Y quiero recalcar que muchas de las obras institucionales que no alimentaron la crisis fueron consecuencia de una concepción de lo público que enriquecerá el patrimonio urbano de España. Y eso es un mérito que no puede dejarse de lado.

Barajas
Reflexionaba sobre eso a propósito de que volví a pasar recientemente por la Terminal Cuatro de Barajas-Madrid, del arquitecto británico Richard Rogers (1933), terminada de construir en 2006. Viniendo de Miami, un aeropuerto sin interés, enredado, hecho a retazos, de mal gusto, era para mí inevitable hacer comparaciones. Entre un modo de ver los servicios públicos pensando sólo en el rendimiento, que desdeña la cultura arquitectónica; y como contraste el esfuerzo de una sociedad por hacer de la enorme inversión de un servicio como éste una oportunidad para ampliar el marco de lo posible.

Y digo esto sin ver en la arquitectura de Barajas un ejemplo a seguir, como ya he escrito otras veces. Antes bien, creo que ese modo “HighTech” de Rogers, según el cual todo evento constructivo en un edificio debe ser descompuesto en partes independientes que se ensamblan individualizándolas, se convierte en una retórica reiterativa, un manierismo de alto costo, muy distante de la buena arquitectura de España. Sin que uno deje de destacar méritos, como la muy hermosa secuencia de falsas bóvedas de acabado natural que cubren la enorme nave, o la búsqueda de luz natural, caso ejemplar en un aeropuerto. Pero el afán de convertir lo tecnológico en motivo expresivo permanente hace caer en caricaturas como la del espacio para el equipaje, tratado como una catedral cruzada por puentes de piso de cristal en la cual las figuras piadosas son unos descomunales dispersores de aire acondicionado, blancos y con aspecto de totems que presiden el solemne ritual de recoger las maletas. No es para tanto diría cualquier buen arquitecto español, y a lo mejor lo han dicho. Pero es obligatorio pasar por encima de esas distancias para resaltar, podemos decirlo, la postura cultural que hay detrás.

La falta de medida de muchas obras arquitectónicas del espectáculo no debe ocultar los valores positivos del esfuerzo de España por hacer de la arquitectura un instrumento para mejorar la vida pública.

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