Maracay, Ocumare, el Uvero

El consenso general establece que de los tiempos de niño sólo se recuerdan las cosas buenas. Lo cual no es verdad pero adquiere cierta credibilidad porque de ese pasado se tiende a olvidar, en algunos casos con esfuerzo, las cosas desagradables. Que siempre las hay, y con bastante más frecuencia de lo deseable.

Pero asumamos por ahora, sin entrar en detalles, que nuestra niñez fue básicamente feliz y que lo grato, lo que ha permanecido en el recuerdo, es sobre todo positivo o al menos supera y hasta oculta lo negativo. Niñez, que tal como digo más abajo transcurrió en un pueblo de provincias venezolano, Maracay, a ciento y tantos kilómetros de Caracas, de clima muy caliente y enormes dificultades para asumir la categoría de ciudad, dificultades que comparte con muchas “ciudades” venezolanas que no pasan de ser pueblos grandes, demasiado poblados para la vida urbana que ofrecen, característica no muy estimulante de un país en crecimiento.

El hecho es que allá vinieron a tener mis padres después de haberse casado en Valencia sesenta kilómetros más hacia el Oeste. Y establecieron el hogar en una casa que, para variar, había pertenecido al dictador Juan Vicente Gómez y después de haber pasado por varias manos de las cuales no quedó registro, terminó siendo casi regalada a mi madre por uno de sus acaudalados hermanos mayores, residente en Valencia, donde ella había nacido. Y allí habría de vivir la familia durante un poco menos de veinte años.

Mi padre, quien de soltero había sido vecino de La Victoria, cuarenta kilómetros más cerca de Caracas, se sentía muy confortable en Maracay. Tenía buenos amigos con los cuales sostener tertulias en los viernes de copas que se vinieron a convertir en el dolor de cabeza de mamá y como consecuencia de todos los hijos, y parecía sentarle muy bien el calor que podía tornarse en abrasador durante algunas épocas del año.

En cuanto a los hijos, creo que heredamos de mi madre una cierta antipatía por el pequeño pueblo que para ella era imposible de igualar con Valencia donde ella había nacido, que hasta había sido capital de Venezuela y por ello mismo disfrutaba y disfruta de un abolengo que se le escapa (aún hoy) a Maracay.

Pero de todos modos se imponía en nosotros la mayor virtud de esa zona de Venezuela, su naturaleza. Los valles de Aragua, que se extienden desde las estribaciones del ramal cordillerano que limita a Caracas por el Suroeste son muy hermosos y feraces y sirven de antesala a un fenómeno natural que ha sido terriblemente castigado por las imprevisiones venezolanas: el Lago de Valencia. O de Tacarigua como se le conoce también; un receptor de los drenajes naturales de toda esa gran extensión de tierras que han sido ocupadas de un modo anárquico y destructivo al mejor modo tercermundista, fuera de toda consideración hacia la preservación de un paisaje excepcional.

Como ha ocurrido también con las zonas costeras entre las cuales Ocumare de la Costa, lugar que tan fuerte huella dejó en nuestra familia.

Nuestra casa de Maracay era una de esas casas republicanas, construida en los primeros mil novecientos, heredera de la casa peninsular andaluza, a su vez heredera de las mucho más remotas casas de las urbes romanas, como debería saberlo un arquitecto pero que sólo pude comprobar en mi única visita a Pompeya hace ya cincuenta años. Constaba de zaguán con su portón externo que se cerraba de noche y en el otro extremo la puerta interna que era donde estaba el timbre. Una doble puerta que me recuerda la divertida anécdota de mi padre cuando en pijama o tal vez menos que pijama, se acercó al portón a recoger el periódico una mañana, solo en la casa (ya el resto de la familia se había mudado a Caracas), y se le cerró la puerta interna. Tuvo que esperar a algún peatón para que le avisara por teléfono a uno de sus amigos para que viniera a rescatarlo y buscar a un cerrajero.

Pero regresemos al zaguán, que corría lateralmente a la sala principal, el “salón de estar” como aprendí a decir estudiando arquitectura, o “living room” como afectadamente decían las señoras venezolanas de clase media en los años cincuenta. Esa sala, como en todas las casas de ese tipo, era de uso ocasional con sus ventanas de barrotes que daban a la calle, y en la parte interna los asientos en mampostería donde (observación de rigor en estas descripciones) las damas solían sentarse para, apoyando los brazos en un cojín que se ponía sobre el rellano, observaban a los pasantes y ocasionalmente establecían conversación con gente amiga que no “pasaba adelante” para hacer visita porque los apremiaba algún asunto.

El zaguán desembocaba en el corredor que daba hacia el patio interno dividido en dos por un espacio cubierto que diferenciaba esta casa de otras similares, y a un lado, pegado de la sala, ya estaba el primer dormitorio, al cual se adosaban todos los demás, con ventanas al patio. El paso sin mojarse si llovía, frente a las ventanas de los dormitorios, era posible gracias a unas marquesinas de esqueleto metálico y piezas de vidrio de distintos colores, cuyo reemplazo en caso de rotura era siempre un dolor de cabeza.

No creo equivocarme si digo que vivir en esas casas no era considerado propio de gentes actualizadas, sino un resabio de tradiciones con las cuales la gente no quería identificarse. Ahora es casi un lugar común decir que eran de lo mejor, pero en esos tiempos lo típico era aspirar vivir en una “quinta” es decir una casa con retiros laterales y un jardín que la separaba de la calle, para seguir, no faltaba más, los modelos del Norte. Tal vez los adultos se apegaban más al viejo estilo de vida pero los más jóvenes le tenían poca simpatía. Con lo cual queda claro que las modas son las modas y a todos nos afectan, por tontas que sean.

Pero aunque esto ya está largo, no quiero dejar de mencionar a la pintora que motiva el texto a continuación. Josefina de González era en efecto de esas personas para las cuales pintar era una necesidad. No supe si había recibido clases alguna vez, pero lo hacía con suficiente dignidad no exenta de eficacia si nos atenemos a sus dotes para reproducir pedazos de naturaleza o de esa ciudad a paso lento que era Maracay. Y esa capacidad de representar la realidad, de figurarla, que es como un hálito que se resiste y resistirá a abandonar alguna vez la pintura, se nos revela de cuando en cuando pese a las limitaciones o torpezas del pintor, que porque ama ese quehacer hace lo que puede, lo que está a su mano. Alejado en este caso de toda pretensión a presentarse como “creador” que desea alguna reverencia. A estas alturas de mi vida, esa sencillez, esa simplicidad, no puedo negar que me conmueve.

El psiquiatra venezolano José Luis Vethencourt ( 1924-2008) nos decía en una charla en la Facultad de Arquitectura hace veinte años que un importante personaje había escrito que en su casa había un cuadro de un pintor desconocido que representaba una ventana abierta hacia el paisaje en cuyo alféizar había un pequeño limón. Cada vez que distraídamente fijaba su mirada en el cuadro, era el limón lo que lo atraía. Y que ese limoncito siempre estaba en su memoria, pese a que el nombre del pintor había desaparecido. Creo que el personaje era Carl Gustav Jung y si no lo era la anécdota le cuadra muy bien.

Las imágenes, por humildes que sean, se nos graban a veces en el alma.

MARACAY, OCUMARE, EL UVERO

Oscar Tenreiro / (publicado en TalCual el 15 de Septiembre de 2012)

I

Todo niño establece en algún rincón, hasta en grandes espacios naturales o artificiales, sus dominios. Con la edad adulta esos lugares se recortan en el recuerdo como escenografías inmutables en las que transcurrieron episodios entrañables o se vivió alguna rutina.

Me ocurre así, y a mis hermanos también, con Maracay, donde viví hasta los trece años. Y en mi caso, tal vez por ser arquitecto, esa escenografía memoriosa reproduce los edificios, muchos hoy desaparecidos o transformados, que aspiraban a darle al soñoliento pueblo rango de ciudad. Edificios de los tiempos de Juan Vicente Gómez, dictador venezolano entre 1908 y 1935, quien al rechazar la capital para vivir en Maracay, se impuso la tarea de civilizarlo con la arquitectura.

Esos edificios cuando los conocí, estaban sin embargo abandonados, o casi. Entregados a un olvido que a mi visión de niño le parecía natural. Porque Gómez era sobre todo tema de conversación de adultos, y me parecía muy distante en el tiempo.

No era tanto el tiempo transcurrido sin embargo. Gómez había muerto en el 35 y yo caminaba por allí a los nueve años. Como nací en el 39 habían pasado sólo trece años. Mucho tiempo, es verdad, para un niño ¿por qué para los mayores?

Porque estamos marcados por la división artificial del tiempo que pudiéramos llamar social o institucional, en compartimientos separados y distantes entre sí. Los tiempos institucionales están estrechamente unidos a los tiempos políticos. Dependen de ellos. Lo político termina por fragmentar los tiempos institucionales. De allí que hasta las ciudades, como es el caso del Maracay de mi infancia, avanzan o se detienen, progresan o retroceden, a tono con la continuidad o discontinuidad de los tiempos políticos. Es atraso cultural y económico que corre conjuntamente con el atraso político.

Los edificios de Maracay con los que el dictador quiso hacer ciudad de un pueblo tenían que ser abandonados por ser símbolos de un tiempo político que se condenaba en bloque, que se quería execrar, someter al desprecio. Y hasta equipamientos industriales muy avanzados para el momento, como los Telares de Maracay (enorme edificio del cual salía un ruido ensordecedor), el Lactuario, El “Gran Ferrocarril de Venezuela” y muchísimas otras cosas, fueron sometidas a este insensato abandono.

¿Por qué ese rechazo debía dirigirse a los edificios y no a las normas jurídicas, las leyes o los procederes políticos? Por nuestra incultura, nuestra pequeñez, nuestra insuficiencia; y sobre todo nuestra muy frágil tradición urbana.

II

Y unido a estos mundos maracayeros tenía que figurar Ocumare de La Costa, otro de los lugares preferidos del Dictador y sus iniciativas de constructor. Un sitio natural en la que me ha parecido siempre la costa más hermosa del Caribe (la de Carabobo y Aragua) donde estableció nuestra familia una estrecha relación con el mar venezolano, con los alisios que lo refrescan, con su capacidad de seducción, con sus gentes, Juan Plate, Rigoberto, Evaristo Díaz, Gregoria Balcázar, todos ya fallecidos, gente generosa, imagen de lo más auténtico de nuestra herencia humana: el pescador artesanal de nuestro mare nostrum, baluarte de una cultura dinámica, que sigue viva pese a todas las amenazas.

Para viajar hacia el mar se pasaba por la montaña de Rancho Grande (hoy Parque Henri Pittier). Antes de llegar a la parte más alta se veían, arriba en la ladera de la impenetrable selva pluviosa, los vestigios del Hotel que Gómez había empezado a construir en la montaña, abandonado ya sabemos por qué, donde el famoso naturalista estadounidense William Beebe (1877-1962), conocido de mi padre, quien en 1934 había junto con Otis Barton descendido casi un kilómetro en el mar en una batisfera, había montado un pequeño museo de ejemplares vivos que maravillaban a nuestros ojos infantiles.

Ya montaña abajo se pasaba, a lo largo del hermoso río, junto a la Hacienda La Corina, también de Gómez dueño de todo, donde había vacas de buena raza que pudimos ver ordeñar hasta que fueron envejeciendo y muriendo junto con la hacienda y los hábitos productivos. Y a la orilla del mar se llegaba luego de pasar un puente colgante de madera sobre el río, que crujía tanto que asustaba, por una carretera inconclusa sobre terraplén que superaba las tierras bajas, inundables, que antecedían a la barra de arena de la playa.

Allí, como preámbulo de la vista del mar había uno de esos restos de las aspiraciones de civilizar de la dictadura: un espacio techado, le decían el Kiosco, frente a un árbol de uva de playa junto a una casa de los nietos de Gómez y del otro lado el hotel, una casona de dos pisos que siguió prestando modestísimos servicios por unos años más. Lo regentaba la señora Lourdes quien servía pescado frito desde una cocina detrás del hotel, cuya higiene era siempre puesta en duda por mi madre.

Ese lugar no se aparta de mis imágenes personales y de la de mis hermanos. Moneando el uvero viejo y maltrecho, se fracturó un brazo uno de mis primos. Tengo una foto de mis padres, ella con una guitarra, sentados en una de las ramas bajas, en plan de enamorados. Y nos reuníamos allí entre amigos para disfrutar de esos momentos, pura alegría de vivir, que para un adulto mayor se antojan inalcanzables.
Y es de agradecer que Josefina de González, muy amiga de mi madre, quien vivía a media cuadra de nuestro colegio San Pedro Alejandrino de Maracay, le gustase pintar y haya tomado al uvero como motivo para dejarnos la imagen de ese rincón. Luis Eduardo Niño, viejo amigo, nos envió la foto que me revive el recuerdo. Y a Josefina, ahora de viaje, mi agradecimiento. Ella pintaba por placer, no le importaba no ser artista…y lo era, a su manera.

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