125 cumpleaños

He hecho esfuerzos, como tantos venezolanos, para seguir adelante “en lo que sabemos hacer” y aquí estamos, más allá de nuestra tendencia a pensar que importa bastante poco para la “marcha general de las cosas”. Continuamos en lo nuestro, tratando de no perder el deseo de comunicar nuestro modo de ver las cosas. Confiando en que, a la larga, es eso sobre todo lo que quedará como modestísimo y limitado testimonio de nuestra mirada, que es singular como lo es la de toda persona. Nos dio por escribir, y continuamos.

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Tengo el recuerdo de que Jorge Luis Borges en una charla sobre la Inmortalidad, se refirió al renacer a través de la literatura. La escritura puede estar silente a través del tiempo en un olvidado libro, siglos en no pocos casos, hasta que su música atrapa a quien decida abrirlo y leer en un momento cualquiera. Y comienza allí para el lector una conversación, grata o ingrata, acaso emocionada, haciendo el papel de discípulo o de adversario, de compañero o de admirador, de seguidor o de frío examinador, con el autor, guiado por el sentido que logra captar en las palabras que éste, con mayor o menor acierto dejó allí. El autor, sus personajes, sus ideas, cobran vida de nuevo, de modo fiel o imperfecto según la capacidad del lector. Y por eso la lectura puede verse como una forma de asomarse a la inmortalidad.

Y ocurre que en uno de esos momentos de tranquilidad previos al Domingo en que se impuso en Venezuela, de nuevo, el atraso, reviví a un viejo maestro y tuve una conversación con él recordando las circunstancias de su muerte y también la fecha de su cumpleaños. No he olvidado a Le Corbusier, más bien lo tengo presente con frecuencia, pero para muchos arquitectos, sobre todo los más jóvenes, su legado se ha ido ocultando en las brumas del tiempo. Ya no lo veo con los mismos ojos de mi juventud, eso es obvio decirlo, sino a través tanto de mis buenas y malas experiencias como de mis propias limitaciones, que son más numerosas de lo que desearía. Me sigo identificando mucho con su forma de ver la arquitectura, forma que no voy a intentar resumir aquí porque lo haría de manera esquemática, lo cual me repugna especialmente en su caso porque si hay algo que puede decirse de esa “forma” es que es muy compleja y llena de sutilezas ocultas detrás de su constante empeño de ser directo y simple, de evadir toda tentación de andar por los mundos metafísicos.

Y al decir esto último estoy precisamente señalando un aspecto de su “forma de ver”, que influyó mucho, muchísimo, en un encuentro de hace muchos años con este hombre y que trataré de narrar aquí porque nunca lo había hecho antes y me parece que es necesario hacerlo en este preciso momento. Me tomará por cierto algún espacio, lo cual me obligará a escribir por capítulos, siendo éste el primero.

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Durante el tiempo libre que me dejaban mis obligaciones de ayudante de Taller como jovencísimo profesor contratado por mi Escuela de Arquitectura en La Universidad Central de Venezuela, había estado estudiando sistemáticamente las Obras Completas de Le Corbusier. Mi interés por él y su obra, que había comenzado en mis años de estudiante de modo muy incompleto y como parte del general interés que en esos tiempos despertaba su figura y sus actos, se había acrecentado durante el tiempo, un año escaso, en el que viví en París con una beca de mi Universidad. Pude antes de regresar a Venezuela visitar Ronchamp y la Tourette y apreciar el curioso esfuerzo de los arquitectos franceses activos en esos años por superarlo y dejarlo de lado, protagonistas bastante irreflexivos de la inmensa mediocridad que era la arquitectura francesa en ese tiempo, y contrastarlo con la indiscutible y poderosa vigencia como testimonio fundamental, de su obra y su pensamiento.

He dicho innumerables veces que ya entonces, contrariamente a lo que insisten en decir los historiadores, se veía por todas partes entre los arquitectos un empeño de deshacerse del “peso” de Le Corbusier como pensador y como constructor, tal como si se deseara liberarse de límites que se consideraban inconvenientes. Comprobaba yo al percibir esto lo que siempre ocurre con las figuras que se adelantan a su tiempo, esas personalidades que Nietzsche llama “intempestivas” (como la de él mismo, así dice) y que fastidian a todo el mundo a la vez que suscitan admiración y hasta celebración. Una relación amor-odio facilitada por la general incapacidad para comprender o emular a la figura excepcional, anunciadora y en cierto modo profética. Si no bastara el recuerdo nada deleznable del Crucificado sería suficiente con examinar las circunstancias de casi todos los grandes hombres que han existido, contando por supuesto con muchas honrosas excepciones, que lo son porque ya no se recuerdan las resistencias que se les opusieron en su momento.

Influido pues por el estupor que me producía la admiración hacia el Maestro y la actitud de negarlo, tan abundante y persistente, decidí un día impulsado por alguna cosa que me estimuló y que bien pudo haber sido, por ejemplo, la lectura de la carta a Rex Martienssen que menciono en la nota de hoy, escribirle a Corbu para invitarlo a colaborar con un número especial de una revista que se publicaba en nuestra Facultad (se llamaba Punto), en la cual creía yo que podría participar activamente.

Así que decidí escribirle al Maestro directamente. Le comenté de mi intención al colega Augusto Tobito ( “ancien” del estudio de Corbusier, ya profesor en mi Escuela, quien hacía unos años había regresado a Venezuela) quien sonrió asomando sus dudas respecto a una posible respuesta. Y sin embargo lo hice, y Corbu respondió. Lo hizo con una breve carta cuyas características comentaré después, acompañada por un dibujo y otras cosas que conservo como un tesoro. Se descubrió así para mí, un joven de veintitantos años, anónimo y de un oscuro país, de un modo totalmente inesperado, una faceta de la personalidad de este hombre que la gente se empeñaba en desdeñar: su interés por hacer pensar a otros y sobre todo a los jóvenes, a los que comienzan. Y especialmente, porque de eso es de lo que hablo en la nota de hoy, del deseo de que su legado germinara en las tierras del Sur.

125 CUMPLEAÑOS
Oscar Tenreiro / (Publicado en el diario TalCual de Caracas el 20 de Octubre de 2012)

Confieso que no me resulta nada difícil escribir sobre Le Corbusier, quien cumplió el 6 de Octubre, 125 años y murió el 27 de Agosto de 1965, de 77, nadando en su Mediterráneo.

Y cualquiera me diría que este suizo-francés sospechoso de calvinismo poco tenía que ver con el mar en el que cien pueblos han vertido su llanto. Pero Corbu era un hombre del Sur por vocación, por decisión de vida, por sensibilidad, por razones del espíritu. Y además no era calvinista, ni ateo, sino tal vez agnóstico.

En sus cuadernos de viaje, publicados en tres volúmenes que guardo y a veces abro descuidadamente, está la frase incansablemente hacia el Sur acompañando unos dibujos hechos desde el avión en el que viajaba, fascinado por eso que hoy no fascina a nadie, ver la tierra desde lo alto. Era durante un viaje a la India, mientras cruzaba los Alpes.

Así resumía Corbu su pasión por ir hacia un mundo cultural de horizontes más amplios, más completos, más diversos, más allá del Norte europeo, mundo que dejó en él desde muy joven, como lo demuestra su primer libro “Viaje a Oriente”, una huella profunda que marcó su ambición de universalidad. De ese libro seleccioné hace tiempo esta frase: Estas nieblas, con su pesado ropaje, hacen bajo estos cielos una impresión de brutal salvajismo. Siento con espanto la perturbación del Norte sobre las cosas nacidas para la luz. Se refería a las tormentas que vienen hacia Estambul, pero para mí siempre ha sido una metáfora del conflicto entre dos modos de ver el mundo ante los cuales el joven viajero en cierto modo toma partido. Es como una anticipación de su anhelo por escapar del establishment académico que vivía como permanente obstáculo a sus ideas de apertura. Cuya presencia restrictiva y mezquina parecía esfumarse en las tierras meridionales deseosas de modernidad.

II
La lucha de Corbu con el sol, o dicho de otro modo, su diálogo con la fuente de la luz natural inspirada por el deseo de controlarla y hacer de ese control parte esencial de su arquitectura, es un mensaje que parece dirigido sobre todo al mundo tropical, al mundo del Sur. Y por eso tuvo un desarrollo tan amplio en estas tierras, como lo demuestra particularmente la arquitectura moderna en Brasil y Venezuela y por supuesto sus experiencias en India. No en vano, además, fue en una ciudad mediterránea como Marsella donde se construyó su primera Unidad de Vivienda, en la cual se materializó entre otras cosas esenciales de la arquitectura moderna la realidad del vacío lleno de sombra como protección del edificio.

Su viaje a Argentina y Brasil de 1929 a raíz del cual escribió el libro “Precisiones”, es el comienzo de una relación intensa con nuestro espacio cultural. Poco después establecía nexos más allá de las selvas ecuatoriales con gente como Rex Martienssen (1905-1942), pionero de la arquitectura moderna Surafricana, a quien en 1936 le dirige una carta que es todo un programa ético para los arquitectos. Carta que leía con frecuencia a mis estudiantes y volví a leer como invitado al Congreso Surafricano de Arquitectos en 2002, alzando la voz en esta línea: yo quisiera que los arquitectos se convirtieran en un factor de inspiración para la sociedad.

Ese impulso hacia la complejidad de lo universal forma parte esencial de la personalidad de Corbusier, impulso ausente hoy entre los exitosos, confiscados por su estrellato, obsesionados por una visión reductiva de nuestra disciplina. Y destaco al decirlo la importancia de sus vínculos personales con gente de estas latitudes. Pese a que pudiera inspirarlos el deseo de conseguir encargos que en Europa parecían menos probables, su motivación más profunda era la búsqueda de un espacio intelectual más abierto, menos prejuiciado. asociada a su fascinación por una geografía que admiraba. Bajo una luz como ésta la arquitectura ha de nacer, escribe en “Precisiones”.

Su relación con Lucio Costa (1902-1998) fue particularmente estrecha. Pude comprobarlo al leer la conmovedora e íntima carta en la que Lucio le narra las circunstancias de la muerte de su esposa en un accidente de automóvil en Inglaterra. En Argentina tuvo amistad con Juan Kurchan (1913-1972) y Jorge Ferrari Hardoy (1914-1977), quienes trabajaron con él en París. Y más tarde con Amancio Williams (1913-1989) a propósito de la casa Curutchet. Sin olvidar a la seductora mecenas antiperonista Victoria Ocampo (1890-1979) fundadora de la mítica Revista Sur, para quien realizó esquemas de una vivienda nunca construida. No es casualidad su mención al venezolano Augusto Tobito (1921-2012), colaborador en su Taller, en el extraordinario prólogo al último volumen de sus Obras Completas. Y para el colombiano Rogelio Salmona (1927-2007) quien fue también colaborador, era obligatorio citar ese tiempo de aprendizaje. Y dejó entrada a la admiración ingenua, como la de un servidor, quien se atrevió a pedirle por carta un aporte a la revista Punto, de nuestra Facultad de Arquitectura, que motivó una contestación personal, reveladora de una inesperada modestia.

La relación que tuvo con nuestro Villanueva, puede ser vista como la de maestro-discípulo. Fui testigo de su emoción al recordar al amigo cuando tomó la palabra en un foro realizado a raíz de la muerte de Corbu. La voz de Villanueva se quebró al recordar sus vínculos con el ausente. Y como participé en el foro esa tarde (éramos Villanueva, Juan Pedro Posani y yo) pude leer al final una frase que enviaba un mensaje para el momento que vivíamos y que hoy nos sigue interpelando: No hay verdad en los extremos. La verdad fluye entre dos orillas, delgado hilo de agua o suma avasallante de ríos, diferentes cada día.

Vi de reojo una sonrisa escéptica luego de leerla. ¿O sería más bien cínica?

Esta foto de Willy Rizzo, que se expone junto a otras estos días en París, recuerda al Corbusier cotidiano, al hombre, al ser humano que va con nosotros.

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