Populismo (I)

Vengo ocupándome desde hace cierto tiempo del tema del populismo. Otras veces lo he tocado, aclarando que no me refiero sólo al populismo político sino al populismo en general. A los arquitectos el tema nos concierne porque si hay algo que daña la visión general que se tiene de la arquitectura es el populismo.

Esto no parece tan a la mano para un europeo porque en ese medio cultural la arquitectura está bien establecida, pero entre nosotros sirve de apoyo muy activo al argumento de que lo importante es la mínima eficacia del edificio y no los valores arquitectónicos. Se hace esencial satisfacer la necesidad inmediata de las mayorías aunque con ello se sacrifiquen valores importantes y entre ellos los contenidos culturales de la arquitectura.

Pero el populismo tiene múltiples caras. Y así como reduce en nombre de una supuesta eficacia también amplifica y distorsiona en nombre de la siempre deseada popularidad. Que varía entre sitios disímiles del mundo. De tal modo que en sociedades opulentas el populismo se expresará de modo aparentemente contrario al que asume en sociedades empobrecidas. En el Primer Mundo puede hacerse entonces sustento de la arquitectura del espectáculo, carnada para el gusto mayoritario, ávido de novedades brillantes y efectistas. Desdeña, también allí, los contenidos culturales.

No cabe duda entonces de que el verdadero antídoto del populismo es el esfuerzo por ir más allá de las apariencias y las presiones circunstanciales de la opinión masificada. La reflexión, la justificación racional de lo que se desea hacer es su principal enemigo.
Y uno puede jugar un poco con las diferentes caras del populismo.

A mí particularmente, desde un tiempo a esta parte, me ha llamado mucho la atención la forma como el populismo ha tomado posesión del espacio religioso.
Nosotros los arquitectos recibimos lecciones que vienen desde la más remota antigüedad, de la arquitectura religiosa. Y en mi caso personal puedo decir que las principales experiencias que he tenido de la capacidad expresiva de la arquitectura me vienen de templos del pasado, viejos lugares de culto que traen hasta nosotros desde tiempos remotos las intenciones de hacer perdurable la Fe mediante la construcción como su símbolo. Templos paganos y templos cristianos, deidades múltiples o el Único Dios. Y en este último caso, el templo católico viene dejando una huella primordial en el paisaje desde los más remotos siglos.

Y he aquí que los esfuerzos de clérigos y jerarcas de esa misma Fe en países como el nuestro donde la pobreza es mayoritaria, insisten en que la dignidad del templo reside en su eficacia y no en sus valores arquitectónicos. Y la pobreza exige simple construcción, no austeridad que tendría mucho sentido sino una no-arquitectura, podría decirse. Los templos son entonces espacios supuestamente neutros, como galpones industriales donde en lugar de máquinas o mercancía hay fieles y un altar. O en otros casos se ofician los ritos en el mismo sitio donde se juega algún deporte o se celebran festividades, como ocurre en tantos colegios católicos venezolanos. Y para completar el triste cuadro, la música de los cantos piadosos que acompañan el rito es una mezcla de melodías tomadas de algún bolero de moda. Sólo falta el tongoneo de las coristas de un cantante con guitarra eléctrica para completar el decadente cuadro. ¿No es ese un típico panorama populista? ¿Cual es el criterio que lleva a considerar que la gente más humilde tomaría como ofensivo para la solidez de su Fe que el templo sea un lugar en cierto modo superior, especial, que tenga condiciones que le son específicas y exigen un esfuerzo económico de mayor nivel? ¿Y por qué la música debe ser, no ya sencilla en su estructura, que podría justificarse con reservas, sino ramplona, vulgar, adocenada, ridícula?

Pero el soplo populista nos puede afectar a todos, porque los más observantes insisten en que debemos superar esas minucias, recomendación que poco tiene de religioso sino mucho de simple ideología…populista.

Describo más abajo lo que ocurrió en los tiempos políticos de mi adolescencia que en cierto modo reproducen los que se han vivido en mi país a lo largo de dos siglos, tiempos de comienzo en los que prevalece una mirada superficial, arrogante, que pretende iniciar la historia y prescindir de lo anterior. Y me viene a la memoria mi actitud de ese tiempo, a mis dieciocho años, recién iniciado el proceso democrático en 1958, cuando me dio por considerar por ejemplo la Ciudad Universitaria de Villanueva, donde habían transcurrido mis primeros tres años de estudio, como que si hubiese sido una empresa dispendiosa, parcialmente injustificada ante tantas carencias populares. Me había conquistado el populismo. Hasta enfrascarme en una discusión con el hoy colega Gerónimo Puig sosteniendo que lo que se había hecho en estos edificios que hoy admiro era excesivo. Él me lo recriminaba y hoy me doy cuenta de lo falso de mis argumentos de entonces y de lo fuerte que puede ser la seducción del populismo. Ante lo cual pido excusas medio siglo después al compañero universitario.

Populistas son sin duda los argumentos que se esgrimen hoy en el Primer mundo en crisis, cuando se trata de corregir los excesos que condujeron a la situación actual. He escrito varias veces que el tono que adoptan algunos de los comentaristas de diarios y revistas importantes es como el del convertido que explota en denuestos contra su antigua fe. Suena falso y sobre todo muy insincero. Hace poco leía por cierto, a propósito de la Bienal Iberoamericana de Arquitectura unas expresiones laudatorias por parte de una comentarista que parecía como el descubrimiento de una verdad hasta el momento oculta, cuando en definitiva lo que ha habido por parte de Europa (y de gentes como ella misma, es decir divulgadores de la arquitectura) es pura y simple ignorancia de toda geografía alejada de los principales ejes de Poder.

Este rasgarse las vestiduras que se ha puesto de moda es rampante populismo. Revela además el eterno mirarse a sí mismo del mundo occidental de primer rango, que convierte el arrepentimiento por no haber dicho lo que había que decir en su momento en descubrimiento apresurado de virtudes cediendo a la urgencia creada por la mala conciencia. Se yerra entonces cuando se buscan méritos, y se señala equivocadamente, con superficialidad, desconociendo antecedentes y trayectorias que han estado ocultas y que sin embargo tienen mucho que decir.

Hay autenticidad en el mundo nuestro. Como hemos vivido en constante lucha con crisis y contradicciones de mucho calibre, hay, bien es verdad, pocos logros Nosotros mismos los hemos relegado, pero existen y deberán tomar su verdadero lugar en el debate más amplio más allá de los arranques populistas.

POPULISMO (1)
Oscar Tenreiro / (Publicado en el Diario TalCual de Caracas el 27 de Octubre de 2012)

Recuerdo con claridad el estado de ánimo que imperaba en Venezuela en los tiempos inmediatos a la caída del régimen de Marcos Pérez Jiménez, la que pensábamos sería nuestra última dictadura, el 23 de Enero de 1958. Había un ambiente festivo que facilitaba la percepción de algo así como un todos a una que llegaba hasta el curioso sentimiento de que la autoridad ya no era necesaria porque las cosas de la ciudad, el respeto a la ley por ejemplo, se resolvían sin necesidad de intermediarios. Era una situación de utopía, obviamente más psicológica que fundada en hechos pero no por ello menos real. Al menos para la gente de mi edad, 18 años, y además universitario comprometido, lo que lo hacía a uno parte de los buenos y por ello mismo dotado de una autoridad moral que los más entusiastas veían como autoridad real. La policía, envuelta en acciones represivas el 21 y el 22, cuando había estallado la revuelta, se había esfumado y tal vez sólo quedaban (no alcanzo a recordarlo bien) lo que en Venezuela acostumbramos a llamar fiscales de tránsito o sea policía de circulación.

En esa situación ser estudiante universitario era ser capaz de desfacer entuertos; hasta el punto de que llegué junto con algunos compañeros, provisto de un brazalete que nos identificaba como de la brigada estudiantil, a ser llamado para resolver problemas entre familias que habían ocupado los apartamentos recién terminados de los superbloques al norte de lo que hoy se llama barrio Pinto Salinas. Una familia Russian, orientales de Carúpano, Edo. Sucre, alegaba precedencia para ocupar un apartamento frente a otra familia cuyo nombre no recuerdo y nosotros los estudiantes teníamos que decidir quien tenía razón. Menudo problema dejar la justicia en manos tan jojotas.

II
Cuento esto para recordar que esa sensación de que la historia del país comienza con uno, flota en la mente de todos los venezolanos. Porque si a nosotros nos pasó lo que describo, a nuestros padres también les ocurrió en grado menor cuando la muerte de Gómez 23 años antes, a los abuelos 27 años más atrás cuando Gómez sustituyó a Castro, quien sostenía que el país comenzaba con su Revolución Restauradora. Y desde allí hasta los tiempos donde nació nuestra historia institucional republicana se sucedieron innumerables comienzos, cada uno prometedor, arrogante, recargado siempre de palabras destinadas a ser mentira.

El populismo es muy amigo de los comienzos, cuando estos desdeñan las herencias, los procesos, conflictivos o no, que los causaron. Todo comienzo que desprecia el pasado trata de complacer al afán de las multitudes por dar forma inmediata a lo nuevo, a lo que corrige errores anteriores. En cierta manera, los comienzos siempre generan sesgos ideológicos populistas, por más equilibrados que ellos sean.

Así pues, que sin abundar más en terrenos tan complicados, podemos decir que el constante comenzar venezolano a lo largo de dos siglos puede ser una de las razones del apego nuestro por el populismo, presente en todos los mundos y mundillos, en todas las mentalidades. Y de un modo tan agudo que pareciera que lo llevamos en la sangre.

III
El populismo ha venido a convertirse en un rasgo característico de los tiempos que corren gracias sin duda al acceso masivo a la información. Eso de la arquitectura del espectáculo es populismo en estado puro. Y si al ver que se ha ido demasiado lejos se quiere cambiar de rumbo al instante, a base de manipulaciones propagandísticas, otorgando privilegios selectivos aquí y allá, como fue el caso de la Bienal de Venecia, eso también es populismo.
Hace unos dos años recibía yo por Internet un Power Point de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Santiago Calatrava, consistente en una serie de fotografías con leyendas laudatorias de esta obra, ya para entonces muy ajena a mi interés. Seis meses después pude conocerla y cuando a los dos días expresé en un foro de la Universidad de Valencia mis reservas ante ella tuve la impresión de que pisaba terreno delicado, sensible. Y cuando poco tiempo después escribí algo en este espacio, recibí un E-mail que me increpaba por mi atrevimiento. Más recientemente sin embargo, habiendo estallado ya abiertamente la crisis económica, se empezó a convertir en un lugar común hablar mal de ese conjunto. Y la desconfianza ante el ingeniero-arquitecto valenciano ha llegado a un nivel tal que hace poco recibí otro Power Point sobre el despilfarro en España que incluía una veintena de edificios entre los que figuraba un edificio de Calatrava, el Palacio de Congresos de Oviedo, de estridentes voladizos no necesariamente más gratuitos o efectistas que los de Valencia. Este paso del elogio o el silencio aquiescente al rechazo militante, en tiempos tan inmediatos, no puede ser explicado sino como resultado de la exigencia populista.

Y tiene entonces todo el sentido del mundo preguntarse donde estaba la crítica en estos años, no sólo en el caso de Calatrava sino de muchos de los arquitectos que hicieron de la disciplina un juego estilístico justificado sólo en una suerte de histeria expresiva ensimismada y onerosa.

Surge en este caso y en muchos otros la necesidad de interpelar a la crítica, de hacerle preguntas a quienes han pretendido marcar las pautas del debate sobre arquitectura en muchos casos enfrascados en juegos de lenguaje para iniciados o académicos; y en otros, sobre todo en la última década. Sirviendo de compañeros de auto-celebración de las figuras aceptadas y consagradas.

E interpelar fue mi intención, hace ya largos quince años, al escribir un texto que llegué a discutir de modo muy somero con colegas de la Universidad.
Volveré sobre el tema. El asunto exige espacio.

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