Oscar Niemeyer

Al poco tiempo de entrar a estudiar arquitectura a fines de 1955, tuve en mis manos un libro sobre la obra de Oscar Niemeyer, firmado por Stamo Papadaki, alguien de quien poco he podido averiguar aparte de que era historiador y critico cuyo legado reposa en la Biblioteca de la Universidad de Princeton en USA. Lo puso en mis manos mi hermano Jesús que ya por ese entonces se acercaba al final de la carrera, y pude ver entonces las imágenes de la obra de este arquitecto que empezaba a sonar en el mundo con mucha fuerza.

Estaba allí por supuesto la ya famosísima iglesia de Pampulha con los murales de azulejos de Cándido Portinari. Y su influencia entre nosotros se hacía notar a pocos metros del lugar donde nos sentábamos en las mañanas entre clases en el viejo edificio de la Facultad, hoy Ingenieria: en el comedor universitario que Villanueva había construido en 1951. Ese comedor, de techos abovedados a los cuales se llegaba por un pasillo techado sinuoso que arrancaba en un pequeño pabellón que era la librería universitaria y estaba revestido de azulejos, era un claro reflejo del impacto que había causado en nuestro arquitecto el conjunto de Pampulha construído en 1941 en Belo Horizonte por Niemeyer, bajo la iniciativa de Juscelino Kubitschek, para entonces Gobernador del Estado de Minas Gerais, Brasil. Nuestro comedor habría de ser demolido en los años setenta pese a la campaña en contra liderada por Paulina, la hija de Villanueva, quien se enfrentó sin éxito a esos arranques arrogantes de la democracia de entonces, perfectos antecedentes de la dictadura que hoy tenemos. Y al comedor que mucho nos gustaba lo sucedió un lamentable edificio encargado a un amigo del partido en el Poder entonces. Tal como hoy se hace. ¿Hay muchos motivos para extrañarse?

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Pero sigamos, hablaba del libro de Papadaki. En él se mostraban una y otra vez los edificios del muy joven Niemeyer (48 años), los de volúmenes prismáticos, acompañados siempre de unos croquis que pretendían demostrar que seguir las columnas hasta el suelo era un error, que debían recogerse en columnas de dos puntas, de bordes redondeados, que liberaban la Planta baja y le conferían la deseada transparencia integradora con el paisaje circundante. Este gesto era una indudable influencia de Marsella-Corbusier, pero Niemeyer había elaborado el diseño mediante la elegancia que le era propia, hasta hacer de las columnas objetos autónomos (las de Marsella muestran más claramente su deuda con lo estrictamente constructivo) que anunciaban lo que habría de ocurrir apenas cinco años después en los primeros palacios de Brasilia.

Me impresionó personalmente eso que llamo elegancia, cuando en 1958 recorrí la Planta Baja del Hospital Sudamérica en Río de Janeiro, junto a la Lagõa, laguna natural que sirve de punto focal en una zona de la ciudad, uno de esos edificios de pórticos regulares y volumen prismático que Niemeyer construyó por ese tiempo. Me gustó mucho y me interesó especialmente la idea de separar el trayecto de médicos y pacientes del de los visitantes, en pasillos paralelos adyacentes a las fachadas, recurso que al parecer era demasiado costoso para tomarlo como ejemplo. Y la planta Baja, en efecto, permitía la integración visual hacia los bellos jardines que me parece eran de Roberto Burle Marx (y aquí acudo a la ayuda de Carola Barrios quien me ilustrará al respecto apenas lea esto).

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Mi reencuentro con la obra de Niemeyer sería ya en mayo de1961 con una visita a Brasilia inaugurada el año anterior que motivó mi primer artículo sobre arquitectura, publicado en la revista de nuestra Facultad Punto, en el número de Noviembre de 1961. Ya allí, eso que llamo elegancia en el diseño y que podría merecer otro nombre, se manifestaba en las columnas de los palacios de la Plaza de los Tres Poderes. Su primera realización había sido en el Palacio de la Alvorada (maravilloso nombre por cierto), lejos de la Plaza, terminado tal vez dos años antes de la inauguración, cuyas imágenes habían circulado por el mundo. Ese modo de unir los pórticos entre sí en el sentido largo del edificio con gráciles vigas curvas de gran curvatura y el desarrollo de mayor a menor ancho desde su base hacia la punta superior, eran un evento estético, escultural en el mejor sentido de la palabra y sobre todo, he de detenerme en esto, radicalmente originales. Siempre he querido visitar ese Palacio tan resguardado de los curiosos que sólo se ve a la distancia desde las verjas, porque creo que se trata de un edificio único, irrepetible, que resume lo mejor del lenguaje estético maduro de un gran artista, un icono del arte de quien he llamado una y otra vez hombre excepcional.

En el Palacio del Planalto, sede del Ejecutivo, hay otra versión de ellas que también está muy lograda por la escala especial de este gran edificio, cuyas plantas superiores, con oficinas que dan hacia unos hermosísimos jardines internos, pude visitar en ese entonces.
Mi visita siguiò rumbos interesantes pero me detengo aquí porque considero que en este corto espacio debo hablar de otras cosas más bien anecdóticas.

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Mencionar por ejemplo que fui testigo (muy jovencito, apenas quince años y me preparaba a entrar en la Facultad), de una conversación entre Niemeyer y nuestro Fruto Vivas (1928) en la que este le preguntaba por la “presencia del pueblo en la arquitectura”. No recuerdo la respuesta de Niemeyer pero sí la ocasión y el lugar. Fue en la terraza del edificio Sur de la Ave. Bolívar (Arq. Cipriano Domínguez 1904-1995) edificio directamente influido por el Ministerio de Educación de Niemeyer-Corbusier. Allí, en unas oficinas que me parecían fabulosas en cuya mezzanina funcionaba la Sociedad Venezolana de Arquitectos, entre volúmenes y muros sinuosos recubiertos de mosaico cerámico de una terraza con vista a la Ave. Bolívar en plena construcción, se realizaba la fiesta inaugural del IX Congreso Panamericano de Arquitectos, al cual permitían inscribirse a los estudiantes. Yo no lo era todavía, lo sería en un mes más porque el Congreso tuvo lugar en Septiembre de 1995 (¿o Agosto?). Recuerdo esa conversación tal como recuerdo a Maurice Rotival (1892-1980) diciendo en inglés ante un grupo y señalando con un amplio gesto a todo el centro Simón Bolívar donde ya estaba concluida la estructura de las torres:…”When I planned this..” ante la mirada un poco abobada de los presentes, yo incluído. Otras veces he escrito sobre esto, tan marcado lo tengo en el recuerdo, porque para mí, en cierto modo, refleja lo que era la Venezuela de entonces para los arquitectos jóvenes: tierra de muchas promesas.

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Las circunstancias de la visita de Niemeyer me intrigan hoy. Fruto Vivas, a quien llamé hoy para confrontar memorias, me dice que Niemeyer había venido para lo del proyecto del Museo de Arte Moderno y coincidió con el Congreso. Yo tengo otra versión porque recuerdo con toda claridad que cuando Oscar estaba en lo del Museo de Arte Moderno dio una charla en la Facultad de Arquitectura vieja a la cual yo asistí ya como estudiante. En ella Niemeyer habló por supuesto de las columnas de dos o tres puntas y su pertinencia; y de otros proyectos o edificios construidos, dibujando esquemas con carboncillo sobre papeles desplegados en un atril, a la mejor manera Corbu. Lo hacía con extraordinaria destreza y al concluir la charla los estudiantes más cercanos al atril se abalanzaron sobre los dibujos para quedárselos.

Esa charla tuvo que haber sido a fines del 55 o en el 56, para que yo pudiera haber sido ya estudiante, aparte de que el 56 es la fecha que se reconoce para el proyecto del Museo. Ya esperaré el veredicto, aquí también, de Carola Barrios, pero entretanto contradigo a Fruto diciendo que Niemeyer vino dos veces con pocos meses de diferencia. Ya los protagonistas, en todo caso, se han ido yendo de nuesro mundo; incluyendo uno que podía haber zanjado la diferencia de fechas: Henrique Hernández (1930-2009) quien junto a Fruto y otros colaboró en el Proyecto del Museo.

También recuerdo otras cosas menores de esa fiesta que me resulta divertido mencionar aquí. Una que yo, a pesar de mi extrema juventud, me sentía como en casa; otra, que se servía un buffet en el cual había hasta lechones de esos que llevan una manzana en la boca; la tercera, que apenas se llegó al nivel alcohólico necesario los más jóvenes empezaron a bailar entusiasmados, destacándose casi como líder del grupo a Luis Jiménez (1933-1993) que la emprendió con un Charleston (era la moda-retro de entonces) teniendo como pareja, si mal no recuerdo, a Mariluz Bazcones; y la cuarta muy importante para mí: ese lugar, esa terraza del edificio Sur era un manifiesto exultante de la arquitectura moderna de ese tiempo. Y ello ocurría en un pequeño país de América Latina que se asomaba a la modernidad. Venezuela tenía entonces sólo 4 millones de habitantes y Caracas casi un millòn.

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Alargo hoy demasiado esta introducción, pero no se me me puede quedar sin decir aquí algo que para nosotros los venezolanos debería ser enseñanza central.

Oscar Niemeyer ocupó un enorme espacio en la arquitectura brasileña durante toda su larguísima vida. En los años sesenta del siglo pasado, cuando apenas terminaba la experiencia de la primera Brasilia, acaparaba la escena. Porque Brasilia en sus edificios monumentales más importantes es su obra exclusiva.

No creo que eso haya sido cómodo para todos los arquitectos brasileños. Pero si fue así, muy poco trascendió hacia afuera. Había arquitectos de mucho peso (pensemos nada más en Vilanova Artigas, Rino Levi, Sergio Bernardes, Paulo Mendes Da Rocha, Joaquim Guedes, incluso el gran Alfonso Eduardo Reidy quien murió en el 64, o Lelé, a quien menciono en la nota, y muchos más que se me escapan) que tenían todas las credenciales para estar presentes en la capital del país de modo más destacado. Lelé tuvo una presencia decisiva, es verdad, en la Universidad de Brasilia (edificio conocido como el Minhocão- la serpiente o el gusano) pero los demás muy poca, al menos la que se conoce.

Y lo que me interesa destacar es que, pese a toda esa presencia excesiva y permanente, los edificios de Oscar se han conservado impecables e incluso han sido ejecutados por todos los gobiernos, incluída la dictadura que lo llevó al exilio. Se han respetado y mantenido por encima de cualquier consideración personal y sobre todo de cualquier idea de exclusión política. Que eso sea un mérito atribuible al modo de ser brasileño, algo así como un respeto al talento especial, me parecería de un valor excepcional. No me atrevo a asegurarlo pero lo lanzo como una de las hipótesis. Otra podría ser que en Brasil, un país tan grande con un sector privado muy poderoso, en el cual, además, el Poder Público está muy descentralizado y las gobernaciones de los diferentes Estados tienen mucha autonomía, con Alcaldías económicamente fuertes, se mantuvieron espacios de participación para los arquitectos, independientemente de lo que hacía el gobierno federal. Esta última parece una hipótesis bastante plausible, pero lo que más interesa es que la presencia de Niemeyer estuvo en cierto modo asociada a una tranquila y muy madura aceptación de su valìa, pese a que ya en los últimos años resultaba hasta irritante el peso de un hombre que acusaba senilidad.

Todo esto, en definitiva, contrasta con la insólita actitud de exclusión política que ha sido típica del mundo venezolano. Que ha alcanzado niveles escandalosos en tiempos recientes para desgracia de nuestra arquitectura y nuestra cultura.

OSCAR NIEMEYER
Oscar Tenreiro /(Publicado en el diario TalCual de Caracas el 9 de Febrero de 2013)

Supero el cerco que la realidad política nos tiende diariamente a todos y decido hablar de Oscar Niemeyer (1907-2012) cuya longevidad cesó el pasado Diciembre.

Ya una vez escribí que había tenido el privilegio de conversar con él en su estudio de la Ave. Atlántica frente a Copacabana en 1994. Hablamos de su Memorial de América Latina, conjunto que se había terminado hacía poco (1989), de su casa en Río-Gávea que nunca he dejado de admirar y de otras cosas que ya olvidé, aderezadas con algunos recuerdos de su ya muy lejana visita a Caracas en 1956 para el proyecto del Museo de Arte Moderno encargado por Inocente Palacios (1908-1996).

Hombre de voz queda y hablar pausado, de baja estatura y cordialidad más bien escueta, fue muy comunicativo y hasta cariñoso durante la hora y tantos que me dedicó, siempre teniendo sobre la mesa un pliego de papel de croquis en el cual, con pequeños dibujos explicativos, documentaba su discurso. El día anterior yo había estado con Lucio Costa (1902-1998) quien me había hablado de Joao Filgueiras de Lima, Lelé (1932) como un arquitecto interesante de las nuevas generaciones, así que se lo mencioné y se expresó en términos admirativos y de amistad sobre alguien de una generación más joven. Pero hasta allí llegaron sus comentarios hacia lo de afuera, porque Niemeyer parecía estar totalmente entregado a sí mismo, muy consciente de su valor personal y poco dispuesto a hablar de otros, incluyendo a quienes podían haberlo influido, como por ejemplo Le Corbusier, respecto a quien le pedí un comentario recordándole su colaboración con él para el Ministerio de Educación en Rio de Janeiro, 1936.

Dijo muy poco pese a ser indudable que la obra temprana de Niemeyer fue influida por el suizo-francés y que además lo unía a él una admiración natural que se deja ver en la carta fechada en Enero de 1963, publicada en las Obras Completas de Le Corbusier, en la que dice de la obra de Corbu: ¡Qué hermosura! ¡Qué obra extraordinaria! ¡Qué lección de idealismo y convicción profesional!

II
Una admiración que no implicaba sujeción sino capacidad para entender no sólo al otro, al diverso, al distinto, sino también al Maestro. De quien fue diferenciándose a medida que re-elaboraba con sus puntos de vista personales el legado moderno.

Porque nada hay más superficial que pretender, como insisten en señalar los periodistas anglosajones (ver el obituario de The Ecomomist en Diciembre pasado) que Niemeyer es una refutación del funcionalismo moderno de Corbusier, al cual le dio poesía. Comentario que muestra, además de ignorancia, la manía norteamericana (y muy de periodista) de clasificar para evitar pensar.

De todos modos, a ese equívoco contribuyeron las poses recientes de Niemeyer al ser entrevistado. Desde su regreso al Brasil post-dictadura en 1985, Niemeyer había empezado a ser un imitador de sí mismo un tanto afiebrado; y si en él seguía palpitando su genio de artista, sus obras de ese período comienzan a resentirse de un amaneramiento que roza el Kitsch. Del cual siempre padeció un poco pero que en sus años finales se exacerbó. Y ya después le dio por hacer literatura trivial y al gusto general con las curvas, la mujer y la poesía, de un modo que tuvo mucha audiencia pero tan superficial como su insistencia en glorificar su comunismo de salón.
Esa flaqueza se nota ya en el Mausoleo a Juscelino Kubitschek, obra de 1981 que se resiente de un monumentalismo basado en el tamaño y los efectos hasta convertir a JK en un Emperador. O en el Panteón de la Patria Tancredo Neves, construido en 1985, inmenso espacio oscuro en el que discurren miniaturizados, eventos museográficos vinculados a la historia del Brasil, sin consideración al grano fino que toda arquitectura exige.

III
En todo caso, tanto en estos edificios como en las obras que construyó en esas décadas finales late siempre el genio artístico de un hombre excepcional, quien hizo de sus obras parte del patrimonio artístico brasileño.

He tenido oportunidad, aparte de las obras de Brasilia, de visitar el Memorial en Sao Paulo y el Museo de Niteroi en los suburbios de Río de Janeiro. Si en lo que se refiere a Brasilia, no puede negarse que la Plaza de los Tres Poderes pero en particular el conjunto del Congreso enriquecido con los murales internos de Athos Bulcao y otras extraordinarias obras de arte, es arquitectura trascendente, creo que Itamaraty (Ministerio de Relaciones Exteriores) inaugurado en 1970, es una obra central del siglo veinte. No puedo decir lo mismo del Memorial o Niteroi. Por una parte me sumo a la crítica que le oí en Sao Paulo a Joaquim Guedes (1932-2008) en cuanto a los excesos estructurales del Memorial, pero lo peor es el muy torpe manejo de la luz natural en la Biblioteca y el ambiente de sala de juego del Auditorio. En cuanto a Niteroi me parece un mal Museo sin que eso me impida reconocer el efectismo impecable del inédito volumen blanco plantado en el litoral rocoso.

Por contraste casi todo lo que hizo Niemeyer desde Pampulha (1940-41) hasta Brasilia (1960) se sostiene en la tradición arquitectónica moderna con fuerza propia y vocación patrimonial sólida. Como es el caso del edificio Copan (1951-57), que aquí mostramos, sorprendente edificio de viviendas, comercios, cines y teatros cuyas características formales marcadas por los aleros de protección solar que reflejan la luz natural al interior de las viviendas, su trayectoria sinuosa y su riesgo como sede de usos diversos, superan con creces los problemas de habitabilidad que lo han afectado.

Y resumo diciendo que la arquitectura de Niemeyer alcanzó momentos muy altos, pero que el haber vivido tanto no lo ayudó y más bien lo tentó con la banalidad que muestran muchas de sus obras recientes.

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