Todo llega al mar (I)

En los años iniciales de la democracia post-Pérez Jiménez se generalizó en Venezuela la concesión de becas en dólares por parte del Estado para estudiar en el exterior, una primera manifestación de lo que pudiera llamarse el populismo “selectivo” de un petroestado en ciernes. Yo fui beneficiario de una de ellas, que me concedió el CDCIH de nuestra Universidad Central de Venezuela (UCV). Era de 325 dólares y me la concedieron porque había tenido un rendimiento aceptable como estudiante y porque nuestro decano en 1960, Julián Ferris (1921-2009), solidario siempre con el mundo estudiantil, me ayudó a obtenerla. La utilicé como parte importante de mis planes de vida que incluían estar un tiempo en Chile, donde hice una pasantía de un año en la Corporación de la Vivienda y colaboré con el Arq. Jaime Bendersky en su Taller de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile; y otro en Francia donde pasé un segundo año, atendí a un Seminario organizado por el Ministerio de la Construcción, (conferencias sobre los planes de vivienda, prefabricación, visitas a obras en París y sus alrededores; Georges Candilis, Marcel Lods, Paul Chombart De Lauwe, Jacques Dreyfus, investigador del confort térmico en la arquitectura, fueron algunos de los conferencistas); y trabajé en la oficina de Guy Lagneau (1915-1996) (Lagneau, Weill y Dimitrijevic, arquitectos del Museo de Le Havre (1961), que hacían también trabajos en las ex-colonias francesas, correspondiéndome hacer unos estudios para la ciudad de Abidjan, Costa de Marfil. Regresé a Venezuela en Setiembre de 1962; había partido en Agosto de 1960.

En Chile me topé con la relativa inocuidad de las burocracias del Estado, que gerenciaban fondos muy limitados en tiempos en que la economía chilena era de una modestia y precariedad que contrastaba drásticamente con las ínfulas de la Venezuela optimista y sin embargo destinada a ser devorada por el populismo, de donde yo venía. La experiencia humana sin embargo del escaso año y medio que pasé allí tuvo una palabra muy fuerte en mi visión del mundo, por lo cual nunca dejaré de ver a Chile como una segunda patria, pese a que poco la reconozco con su barniz actual, al día y muy brillante.
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En Francia mi tránsito fue de otro tipo. En lo humano, si hablamos de contactos personales, nos mantuvimos (estaba ya casado y con mi primer hijo) en un relativo aislamiento, aunque desde luego abrí mejor los ojos hacia Europa y particularmente hacia la cultura francesa. Coincidí allá con algunos compañeros de estudios, lo cual nos facilitaba las cosas, mientras iba conociendo el panorama arquitectónico de estos tiempos todavía tempranos de la recuperación europea de la posguerra. Panorama poco alentador por cierto, como he comentado otras veces; muy mediocre, dominado por el esfuerzo de re-equipamiento urbano y dominado específicamente por la frenética actividad exigida por los “grands ensembles”, los grandes conjuntos de vivienda de los suburbios de las grandes ciudades francesas, que crecían con intensidad para lograr enjugar los impresionantes déficits que habían dejado en ese país las dos guerras, los rumbos de la economía y la controversia política. En ese espacio donde parecía no haber otra opción que tratar de “adornar” una arquitectura utilitaria y adocenada, con excentricidades de maquillaje a la manera de Émile Aillaud (1902-1988) que terminaron un par de décadas después en esa apoteosis del kitsch que fue el conjunto “Les Arènes de Picasso” del español-francés Manolo Nuñez Yanowsky, derivación de las andanzas ampliamente publicitadas de Ricardo Bofill; en ese escenario de mínimo interés, repito, descollaba como si se tratase de un discurso sin audiencia alguna la figura y la obra de Le Corbusier. Las experiencias de Marsella, Nantes-Rezé y sobre todo el corpus doctrinario corbusiano, contrastaban drásticamente con la visión tecnocrática y unidimensional que orientaba los programas oficiales, esquemáticas y pobrísimas reducciones de las propuestas urbanas que siempre defendió Corbu.
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No sólo para mí sino para los otros compañeros venezolanos que por esas fechas se encontraban en Francia, resultaba un asunto muy difícil de entender la casi nula repercusión que la obra y la enseñanza de Le Corbusier tenía en los medios arquitectónicos franceses. Darse cuenta de esto era ya la explicación de que por ejemplo el edificio sede de la Unesco (1953-58), en lugar de ser encomendado a Corbu, hubiese sido encargado a un arquitecto de tan relativo interés como Bernard Zehrfuss (1911-1996), si bien en colaboración con Marcel Breuer y Pier Luigi Nervi, colaboración que podría ser el origen de las cosas rescatables en un edificio cuyo principal mérito es tener importantes obras de arte y estar bien construído. Beneficio que sin embargo los franceses le negaron siempre a Corbusier, quien dejó en París sólo la pequeña joya suiza del Pabellón de la Ciudad Universitaria; el del Brasil, ambos técnicamente bien equipados e iniciativas de gobiernos “extranjeros”, o la Ciudad Refugio del Ejército de Salvación iniciativa privada de la Princesa de Singer-Polignac, heredera norteamericana de las máquinas de coser, notoria mecenas del arte y particularmente de la música, edificado en tiempos difíciles (1929-33) y castigado después durante mucho tiempo por el abandono.

Esa que pudiéramos llamar sorpresa para jóvenes arquitectos que nos habíamos durante nuestros estudios conectado de un modo u otro, tal vez no doctrinario (sesgo venezolano) pero sí en conocimiento de la dimensión de la obra y la importancia de sus tesis, vino a ser un acicate, un estímulo para acercarnos de modo más consciente a la obra de Le Corbusier.
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A mi regreso a Venezuela, en Octubre de 1962, acepté el cargo que me ofreció Oscar Carpio, Decano en ese entonces, como profesor interino a Dedicación Exclusiva en la misma Facultad donde había hecho mis estudios. Allí estuve un tiempo, más de un año, afectado siempre por la sensación de que mi tiempo no tenía utilidad aparte de mi presencia en las tardes día por medio como ayudante en el Taller de Martín Vegas Pacheco (1926-2012). Las mañanas eran en general muertas, por lo cual, tal como comenté hace poco en este mismo espacio, decidí adentrarme en el trabajo y pensamiento de Le Corbusier. Haber estado en mis últimas semanas europeas en La Tourette había sido decisivo. Con el dinero que el Seminario francés asignaba a “material de estudio” había comprado las Obras Completas resumidas (1910-60) pero en la Biblioteca de la Facultad estaba la edición íntegra. Decidí entonces estudiarlas de modo ordenado y secuencial. Fui beneficiario entonces de lo que muchos años después me comentó Kenneth Frampton: esos volúmenes resumen todo el método, el programa de trabajo, de la Arquitectura Moderna. Todavía conservo algunas de las fichas que hice de esas lecturas, en las que anotaba lo más relevante. El caso es que, a medida que me sumergía en el estudio, mi interés por lo que leía, asociado a la maduración de esa especie de militancia espiritual que por el modo de exponer sus ideas y la pasión con la que lo hacía, solía suscitar Le Corbusier en quienes se interesaban en su obra, fue alimentando en mí el deseo de ir más allá de esa admiración pasiva.

Así nació el capítulo primero de su futura invitación a Venezuela.

Un buen día, escribí ante el escepticismo de los conocedores, una carta que podía parecer ingenua, inspirada en la confianza de que su destinatario entendería que la motivaba un deseo de apertura y sobre todo sinceridad. Tuvo respuesta generosa y su mensaje aún me conmueve. Mensaje que no envejece, dirigido a cada uno de nosotros.

TODO LLEGA AL MAR (1)
Oscar Tenreiro
(Artículo publicado en el diario TalCual de Caracas el 1o. de Junio de 2013)

Con la edad, la muerte de amigos cercanos o lejanos, de personas con quienes hemos compartido fragmentos de vida, equivale a ir perdiendo la memoria. El asunto comienza a hacerse evidente con la historia familiar cercana, respecto a la cual parece haber muchas versiones distintas y ya se ausentaron los mayores que estaban siempre a la mano para aclaratorias. Respecto a lo más público, un buen día se hace evidente que cosas que uno da por sabidas, situaciones, consensos, ya no las puede discutir para evitar inexactitudes sino con un puñado de personas, con algunas de las cuales se ha perdido todo contacto. Y en un país cómo el nuestro con instituciones muy débiles y en un contexto en el que es usual inventar la historia sin que nadie proteste, se puede sentir la necesidad de relatar algunas experiencias ya que puede ser útil, para uno mismo y para los demás, dejar constancia de cómo fueron, sobre todo si uno participó en ellas con alguna intensidad.

Es lo que vengo haciendo desde hace algún tiempo aquí: comunicar pequeñas historias que en algunos casos pese a ser muy personales arrojan cierta luz sobre circunstancias que siendo parte de mi punto de vista, pueden disparar asociaciones útiles para un ámbito más amplio. Y en otros casos se trata de episodios que nacidos de algún arranque del momento, terminaron teniendo alguna significación, sobre todo desde la perspectiva actual.

Uno de esos episodios es el de la invitación que se le hizo a Le Corbusier para trabajar en Caracas, asunto en el que estuve involucrado de modo muy activo. Se hizo realidad a partir del entusiasmo que provocó en mí una carta sobre la cual he escrito en otras oportunidades.

II
El hecho concreto es que mi interés por Le Corbusier y otras incidencias, me impulsaron a escribirle pidiéndole una contribución al número especial de la revista Punto editada por la Facultad y él había contestado enviando un dibujo para la portada, en carta fechada el 4 de Julio de 1963. La revista nunca se publicó y hoy tengo planes para ese dibujo que espero poder cumplir: lo muestro aquí, cincuenta años después.

Me parece evidente que ese documento revela el interés de Corbu en señalar la dimensión ética de su esfuerzo de comunicación con los demás, como marco que es de una frase que puede ser vista como un proyecto de vida, como afirmación de la idea de que todo esfuerzo conduce a una totalidad y termina siendo comunión: todo llega al mar, palabras de su puño y letra superpuestas sobre la caligrafía de un viejo esquema del delta del río Ganges que trazó mientras lo sobrevolaba en uno de sus viajes a La India. A la una de la tarde del 13 de Noviembre de 1954: he aquí las riberas de La India, escribió entonces. Los trazos del dibujo básico los enriqueció con unas pinceladas de gouache azul, todo con instrucciones precisas para la impresión de la portada.

Para mí este dibujo ha sido siempre una llamada. Lo veo como un mensaje simbólico, poderoso, imperativo casi, acerca del destino de toda acción humana como contribución a un patrimonio común que nos trasciende y le da sentido a cada tarea. Eso, además del significado especial de que un hombre de la importancia de Le Corbusier, desdeñado y atacado pero a la vez halagado y reconocido, especialmente en esa etapa de su vida, hubiera decidido dedicarle un tiempo de reflexión y recogimiento a unos desconocidos. Gente de este lugar lejano y confuso, ajeno, representada casualmente por un casi adolescente solicitante de atención. Gente que acaso podía estimular en él su siempre presente papel de sembrador.

III
Ese especial regalo y las implicaciones que del gesto podían esperarse, produjo distintos efectos. En mí por supuesto se renovó la intención de publicar pero surgieron problemas inesperados con el Director de la revista que motivaron mi alejamiento de ella. El camino hacia la publicación tendría que ser otro. Eso no me preocupó demasiado pero sí empecé a sentirme afectado al comprobar los pocos recursos que tenía a la mano para adelantar la tarea. Mi experiencia crítica era mínima, aparte de que escribir sobre la obra de Corbu aportando puntos de vista en cierto modo nuevos, nacidos en una generación más joven, era particularmente difícil pese a todo mi entusiasmo. Me sentía incapaz de intentar un ensayo sobre algún aspecto de su obra, de ir más allá de una descripción sobre lo que había leído y experimentado. Convoqué a una primera reunión (invitados: Jesús Tenreiro, Augusto Tobito, Magalie Ruz, Jorge Rigamonti, guardo de ella un guión) que me permitió explicar el ambicioso y difícil proyecto. Villanueva, a quien le enseñé el dibujo, me había prometido escribir algo y allí lo dije, Tobito fue discreto sin comprometerse, Jesús no asistió, Rigamonti prometió ampliar un buen trabajo que había hecho como estudiante y Magalie aportó ayuda moral aparte de que fue en su casa donde nos reunimos. Hoy no quedamos en este mundo sino ella y yo; y debo ser yo el que recuerdo más detalles, tan desalentado estaba al ver que me había propuesto una tarea problemática.

Tenía entonces que buscar otro camino y pensé entonces que la publicación podría ser el resultado de una visita del protagonista. Había condiciones especiales que tal vez permitirían invitar a Corbu a trabajar aquí, idea que habían estimulado mis lecturas sobre sus experiencias latinoamericanas y particularmente acerca de sus tres visitas a Bogotá entre 1947 y 1951. Como mi esposa era Delia Picón Cento (1937-2008), madre de mis primeros cuatro hijos, hija de Mariano Picón Salas quien era Secretario de la Presidencia de la República a fines del período presidencial (1959-1964) de Rómulo Betancourt, había la posibilidad de conexiones que podían abrir una puerta.
Hablé con Don Mariano y se abrió una opción.

Carta respuesta de Le Corbusier con las instrucciones para el ensamblaje del dibujo

Carta respuesta de Le Corbusier con las instrucciones para el ensamblaje del dibujo

El gouache pintado sobre los demás datos de la portada, delineados en lápíz. Se ven las letras para la inserción de los demás dibujos

El gouache pintado sobre los demás datos de la portada, delineados en lápíz. Se ven las letras para la inserción de los demás dibujos

Fotocopia del dibujo original de los "carnets de viaje" de Le Corbusier: el delta del Ganges, fecha y hora del dibujo

Fotocopia del dibujo original de los “carnets de viaje” de Le Corbusier: el delta del Ganges, fecha y hora del dibujo

La frase de su puño y letra, que Corbu quería destacar

La frase de su puño y letra, que Corbu quería destacar

El dibujo final para la portada, hecho hoy con Photoshop

El dibujo final para la portada, hecho hoy con Photoshop

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