Repostería arquitectónica

Oscar Tenreiro / 7 de Junio 2014

Mi amistad de tiempos jóvenes con el hoy fallecido Gonzalo Castellanos Monagas, arquitecto, pintor y sobre todo intelectual honesto que dejó huella entre nosotros, nació durante un viaje por el Sur del continente que he comentado en este espacio otras veces. Viaje inesperado a mis 18 años (Gonzalo me llevaba casi cuatro) que habría de marcar mi vida de un modo especial.

Apenas amaneciendo al día siguiente de nuestra llegada, dando un paseo por el centro de Santiago, Gonzalo, señalando un edificio que si mal no recuerdo era el del Club Inglés, institución santiaguina de vieja data, me comentó que era una buena nuestra de repostería arquitectónica. El había leído algo donde se decía eso a propósito del culto desmesurado al ornamento típico de la arquitectura decimonónica, y desde entonces lo tenía a la mano como arma polémica.

De allí en adelante me apropié de la frase y la evocaba al encontrarme frente a los casos extremos de ese modo de hacer arquitectura que tanto desarrollo tuvo y del cual Venezuela ofrecía pocos ejemplos. Casos extremos entre los cuales, años después, sería para mí notorio el del monumento romano a Vittorio Emanuele II de tiempos de Mussolini, exorbitante torta de novias de tamaño descomunal que ejemplifica el mal gusto y la desmesura de una época y una sociedad.

Y ese exabrupto se construyó, con toda la intención de recordar grandezas, sobre la colina que delimita el Foro Romano, desde el cual afortunadamente poco se percibe, pero, lástima, casi al lado de una de las más hermosas plazas del mundo como lo es la del Campidoglio de Miguel Angel, prodigio de discreción, donde la escala humana y las proporciones reinan triunfantes. Colmada de elogios por el crítico argentino Jorge Romero Brest durante una conferencia que dictó aquí en tiempos de mis estudios hasta el punto de convertírnosla en obligada visita si alguna vez íbamos a Roma.

II
Y cuando pude ir me paseé por ella atento, dándome cuenta de que viendo en dirección a la torta, como bienvenida protección ante el insulto del pretenciosos monumento, se levantaba otro ejemplo de máxima austeridad, bendecido por la escasez que impidió siempre recubrir su fachada de ladrillo rústico con los mármoles, cornisas y pilastras que más de un gobernante debe haber deseado colocarle, la basílica de Santa María de Aracoeli, desnuda, pobre, admirable, coronando una larga escalinata.

Se trata pues de un conjunto arquitectónico que refleja las inmensas contradicciones que propicia el Poder y que terminan pervirtiendo los valores de la arquitectura. Por un lado el genio y la lucidez, también la medida y la sobriedad; y por el otro la desmesura y la megalomanía de quien creyó que las glorias del pasado de un pueblo exigían representación con el gigantismo y la cosmética arquitectónica a la carta como instrumentos preferidos.

Para mis ojos jóvenes, ya curtidos sin embargo con los valores de la visión moderna que orientó mi formación, el estridente monumento era una agresión de tanta gravedad que encontraba obligatoria su demolición, asunto que según creo alguna vez se llegó a plantear apenas finalizada la Segunda Guerra, radicalismo que sigo viendo con toda simpatía pese a una inviabilidad que pudiéramos llamar social y cultural, la que exalta el argumento de que toda época merece dejar marca en la ciudad a pesar de sus defectos y flaquezas.

Inviabilidad que yo no estaba en capacidad de entender cuando, alojado en un hotel desde el cual se veía a lo lejos el logro repostero, reflexionaba sobre la importancia de la austeridad y la contención. Valor moderno, repito, pero también valor de alcances éticos reforzado hoy por la referencia que crece en el espíritu al recordar por ejemplo que el sepulcro de Cristo es cobijado por una modestísima iglesia románica erigida sobre restos de la cueva original, cuya reciedumbre contrasta con los deseos desordenados de destacar la solemnidad del lugar a base de adornos y colgajos dorados que pueblan el interior del templo y quisieran expandirse más allá de los muros medioevales para poder proclamar grandeza con artificios.

III
Una lección fundamental que nos llega a propósito de estos ejemplos, es que la grandeza no exige excesos para ser recordada y venerada, sobre todo cuando es grandeza real, cuando echa sus raíces en las profundidades de la condición humana. Lección primordial que tiene innumerables ejemplos en la historia y que se olvida siempre gracias a la vanidad y la ligereza. En Venezuela tenemos un buen ejemplo.

Y volvemos a la repostería para decir que la que señalaba Gonzalo era la repostería de la superposición, la del ornamento que tanto se criticó y produjo el famoso artículo titulado Ornamento es delito, de Adolf Loos. Pero hay otro tipo de repostería que convierte al edificio mismo en ornamento. No se trata de superposición de elementos sobre superficies, en bordes y límites, tal como lo quiso rescatar el posmodernismo dándole cierto grado de legitimidad que hoy aceptamos, sino de manipulación del edificio como un objeto que quiere modelarse según alguna preferencia estética. Como se modela una escultura podría decirse, pero prefiero más bien hablar de objetos utilitarios como jarrones, vasos, ceniceros, floreros, porque el edificio siempre cumple con una función práctica.

Es una manera de ver la arquitectura de la cual el Oscar Niemeyer de los últimos años dejó algunos ejemplos entre los cuales destaco el del Museo de Niteroi, al cual se suman recientemente muchos otros bastante menos felices, sobre los cuales vale la pena hacer un comentario, a riesgo, como siempre cuando se trata de asuntos relativos al arte, de no encontrar razonamientos claros. Pero lo intentaré en la próxima semana.

Leyenda de las Fotografías:
La primera es de la torta para el Rey. Siguen fotos de Aracoeli y la plaza del Campidoglio, culminando con una que desde el Foro Romano permite ver un pedacito de la torta. Finalmente, el Niemeyer complacido de sí mismo.

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