Lentejuelas de titanio

La nota que se publica hoy en TalCual exige un comentario introductorio como los que estuve haciendo durante un tiempo.

Es claro que lo que pueda decirse desde este problemático lugar del mundo sobre los caminos que ha ido tomando cierta arquitectura de alto nivel, aparentemente admirada y elogiada pero a la vez sujeta a fuertes críticas no siempre bien fundamentadas, no hace mella alguna en “la marcha general de las cosas”…de la arquitectura. Y menos si ese decir se realiza a través de un modesto semanario de poca circulación y se confronta con el generalizado prejuicio del mundo académico respecto al espacio periodístico.

Esa idea de que la prensa escrita sólo lleva consigo superficialidad e inmediatez tiene por supuesto mucho de verdad, pero igualmente, no creo que el esfuerzo de hacer de la prensa escrita vehículo de ideas válido y de peso pueda devaluarse totalmente.

Sé de algunos columnistas con vocación de escritores que consideran sus incursiones simples “bagatelas”. No es mi caso. Lo que escribo aquí es fruto de toda la reflexión de la que soy capaz. Eso sí, las limitaciones de espacio me obligan en muchos casos a ser esquemático y a evadir fundamentos, pero me parece bien que así sea porque el género de la “crítica” se recarga tanto de palabras y elaboraciones que sus alegatos toman la forma de “ladrillos” que poquísimos leen por pesados y exceso de palabras.

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Que la arquitectura del espectáculo haya florecido de modo tan intenso es un fenómeno “pop” similar al de los discos de oro y el éxito de las bandas de Rock. Van y vienen sobre supuestos méritos, quedando sólo una cosa segura: pronto poco recuerdo quedará. Es además un fenómeno típico del capitalismo opulento, es decir, se originó en los grandes países de la economía mundial y se ha venido afirmando a base del dinero fácil de cualquiera de las últimas burbujas del mundo financiero o de la cornucopia petrolera. Poco tendría que ver con los países marginales o periféricos, o con los llamados emergentes, pero believe it or not, en algunos círculos de esos países parecieran cotizarse bien esos pasaportes a la “actualización” que son los antivalores promovidos por el dinero fácil. Y en los petro-estados regidos por autoritarismos ni se diga; de eso los venezolanos sabemos: pronto tendremos aquí nuestro traje de lentejuelas de titanio.

Pero ese florecimiento se debe también a la asombrosa vacuidad de la crítica de arquitectura. En el texto de la nota me refiero muy de pasada a la creación artificial y sobre todo inculta de ciertas “categorías críticas” que están en el origen de la construcción de unos cuantos de los absurdos de los “espectaculares”. La parafernalia intelectual de algunos de esos arquitectos ha sido vista por conspicuos personajes de la crítica internacional como alta cultura, lo cual sumado al ignorante empeño sobre todo anglosajón de encasillar en el pasado a todo arquitecto respetuoso de la bendita diversidad permitida por el ángulo recto, esa clave musical reguladora de la melodía, ha terminado por sentar bases artificiales pero sólidas pese a todo, para los saltos de inspiración de una banda de mediocres muy celebrados.

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La mención que hago en la nota de distintos nombres pertenecientes a las generaciones siguientes a la de los fundadores del Movimiento Moderno, exige estar acompañada de un mínimo conocimiento de la obra de esas personas. Ello revelaría con creces lo que digo sobre la diversidad, pero a la vez señala la enorme cantidad de puertas que esos arquitectos abrieron para ser exploradas y enriquecidas por todos nosotros, sin haber sido favorecidos por las posibilidades de construir que han tenido los personajes que hoy ocupan todas las reseñas de los medios de comunicación. Al conocer en profundidad obra y motivaciones quedaría clarísimo que el proceso de ampliación de la tradición moderna no pasó por una simple negación en términos de “filosofía al instante” sino que fue una confrontación culta, sometida a la prueba de la obra, enraizada en los valores más profundos que comenzaron a abrirse en las primeras décadas del siglo veinte. No hubo en ninguno de ellos envanecimiento artificial para entrevistas de televisión, sino un pulso delicado con lo heredado de los originales. Tal vez mataron al padre, pero se llevaron también lo que este tenía en los bolsillos, como dijo una vez (lo cité en algún momento) Pierre Boulez de su lucha con Schömberg. No tengo el espacio ni las ganas de entrar en detalles a propósito de cada uno de ellos, pero no está demás citar sus nombres para insistir en que constituyen legión. No es pues la actualidad que vivimos la que abrió nuevas vías, esas vías se han venido abriendo pacientemente y de modo tenaz por décadas. Es eso lo que quisiera que entendieran mejor (lo digo en el último párrafo de la nota) los arquitectos más jóvenes. Para ellos en realidad es este esfuerzo de síntesis. Esquemático lo reconozco, pero los esquemas también nos sirven.

LENTEJUELAS DE TITANIO
Oscar Tenreiro
(Publicado en el diario TalCual de Caracas el 2 de Agosto de 2014)

Después de la expansión del Movimiento Moderno a comienzos del siglo pasado, se inició un proceso de revisión de los principios que se consideraban el fundamento de la arquitectura moderna, los cuales corrían el riesgo de transformarse en dogma limitante. De transformarse en estilo, y más precisamente en estilo internacional, calificación que fue precisamente el lema de la famosa exposición del MOMA de Nueva York, que con el título Modern Architecture – International Exhibition organizaron en 1932 Philip Johnson y Henry-Russell Hitchcok.

Usar ese calificativo cuando entre los postulados del Movimiento Moderno figuraba el rechazo a la idea de estilo, responde a la tendencia de la intelligentsia norteamericana de circunscribir los movimientos de renovación a nichos que permiten su coexistencia con los usos tradicionales. Esos nichos son etiquetados y así van perdiendo su potencial renovador.
Cuando ese par de influyentes personajes etiquetaron como estilo la nueva arquitectura, facilitaban su coexistencia pacífica con el mundo académico, evitando enfrentamientos radicales ajenos a los usos de la sociedad estadounidense. Los radicalismos quedaban así confinados al debate europeo, reflejo abierto de las controversias de entreguerras. A partir de ese momento, en Estados Unidos, la apertura hacia las nuevas ideas podía verse a conveniencia como una adhesión estilística. Un sesgo que décadas después se impondría con el postmodernismo y aún hoy se maneja en cualquier reseña crítica, sobre todo periodística, cuando se insiste en llamar modernista a cualquier arquitecto ajeno a las modas del momento.

II
Lo cierto es que ya desde los años anteriores a la Segunda Guerra venía tomando forma una relectura del sistema ético propuesto por la modernidad.

El mismo Le Corbusier, avanzando desde su papel de pionero ideológico, comenzaba a transitar caminos más libres, como ocurrió por ejemplo con la casa de fin de semana para Mme. De Mandrot (1929-31) donde utilizaba los materiales en clave localista logrando un resultado que lo separaba del mundo de superficies blancas, ventanas en banda horizontal y el plan libre de los años anteriores. Los arquitectos nacidos a comienzos del siglo veinte, que podrían ser considerados ya una segunda generación, manejaban un lenguaje más abierto a lo intuitivo, menos rígido, modos de hacer conectados con culturas locales, búsquedas en un mundo estético menos atado a razones y más a intuiciones. Se desarrollan intelectualmente en un tiempo de intensísimo debate que les proporciona una perspectiva más clara de la posible evolución de las ideas iniciales mediante el aporte de sus experiencias, en algunos casos excepcionales. Cito algunos: Luis Barragán (1902), Alvar Aalto (1898), Carlos Raúl Villanueva (1900), Lucio Costa (1902), Oscar Niemeyer (1907), Marcel Breuer (1902), Franco Albini (1905), Luis Kahn (1901) Carlo Scarpa (1906), Jose Luis Sert (1902). Todos ellos, con niveles de producción disímiles y con obra y enseñanza de mayor o menor trascendencia, ampliaron la tradición moderna llevándola hacia una mayor madurez. Un proceso ignorado deliberadamente por los apóstoles posmodernistas de los primeros años setenta, que prefirieron congelar el Movimiento Moderno en sus expresiones iniciales, rígidas sin duda, para justificar la revalorización de viejos temas del siglo diecinueve. Como el regreso de la ornamentación, la idea de estilo que hemos discutido y, en general, la mirada académica.

III
La generación inmediatamente posterior continuó esa labor de ampliación. Allí están los nombres de Giancarlo Di Carlo (1919), Amancio Williams (1913), Eladio Dieste (1919), José Antonio Coderch (1913), Alejandro de la Sota(1913), Aldo van Eyck (1918), todos ellos (y muchísimos que me faltan) parte de una escena de extraordinaria diversidad, demostración irrefutable de la riqueza de opciones de la nueva arquitectura.

Es precisamente esa diversidad la que me empeño en señalar. Sobre ella se construye la siguiente generación, la de James Stirling (1926), Carlo Aymonino (1926), Aldo Rossi (1931), O.M. Ungers (1926), Clorindo Testa (1923), Tomás Sanabria (1922), José Miguel Galia (1919), y de los norteamericanos Robert Venturi (1925), John Hedjuk (1929), Charles Moore (1925) y Peter Eisenman (1932- junto a Venturi los únicos vivos hoy).

Destaco a los nacidos en Estados Unidos porque son los únicos que fueron vistos por la crítica (y por ellos mismos) como iniciadores de un nuevo comienzo. Ni siquiera fue el caso de Rossi, quien identificaba su pensamiento como examen crítico de las nociones modernas pero implicando su carácter complementario. Pareciera, insisto en ello, que son las peculiaridades del debate intelectual americano lo que produjo un cisma artificial al aislar la forma de abordar la arquitectura de esta penúltima generación (la última sería la contemporánea nuestra) para que fuese vista como una opción estilística.

En resumen, y sería la conclusión de las reflexiones de hoy, los espectaculares son tan modernos como los demás mortales, y se deben tanto como ellos (como nosotros) a los mismos criterios éticos hechos conciencia por la modernidad. Ellos no tienen pues, licencia (estilística) para hacer de un edificio un jarrón, un cenicero o un traje que acumula capas de titanio en lugar de lentejuelas. La única licencia que podrían tener es la que les daría su genio. Y es precisamente de eso de lo que puede dudarse. El éxito, la fama y la notoriedad no son la gota de perfume. Que lo entiendan los comentaristas, pero por sobre todo los arquitectos más jóvenes. Para que enfoquen bien su admiración.

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