Kant y el adorno

Oscar Tenreiro / 19 de Agosto 2014

(Publicado en el diario TalCual de Caracas el 16 de Agosto de 2014)

Me resulta arduo retener los conceptos filosóficos. Me ocurría en mis años de bachillerato, cuando se estudiaba filosofía. Ya en primer año de arquitectura me era imposible suponer condiciones teóricas para resolver los temas que nos planteaban. Si se trataba de “diseñar un muro” así, en abstracto, me paralizaba la idea de que un muro no podía tener vida independiente de un sitio, un material, unas necesidades. Se lo decía a los profesores y ellos sonreían condescendientes.

Dicho esto puede entenderse mejor que cuando hace un tiempo compré un ejemplar de la “Crítica de la Razón Pura” de Kant (1724-1804) su lectura me resultó casi imposible.

Pero los hijos tienen virtudes de las que carecen los padres. Y mi segunda hija, Victoria, ahora en España, tiene un gusto especial por la filosofía que me ha ayudado cuando trato de ir más allá de mis capacidades. En días pasados, a raíz de las cosas que venía escribiendo, me mandó unas páginas de “La Crítica del Juicio” de Kant que le parecía se conectaban con los puntos de vista expresados por Craig Ellwood y de los cuales me hice eco. Veamos:

….”Pero si el adorno mismo no consiste en la forma bella, si está puesto, como el marco dorado, sólo para recomendar, por su encanto, la alabanza al cuadro, entonces llámase “ornato” y daña la verdadera belleza.” (Immanuel Kant “Crítica del Juicio” 1790).

Unas líneas antes Kant define el adorno así: “Incluso los llamados “adornos” (Parerga), es decir, lo que no pertenece interiormente a la representación total del objeto como trozo constituyente, sino, exteriormente tan sólo, como aderezo, y aumenta la satisfacción del gusto, lo hacen, sin embargo, sólo mediante su forma, verbigracia, los marcos de los cuadros, los paños de las estatuas o los peristilos alrededor de los edificios.”

II
Kant es considerado el fundador de la modernidad en filosofía, más de un siglo antes de lo que los historiadores de la arquitectura (y del arte) han llamado el Movimiento Moderno. Y es para mí sorpresivo ver como el esfuerzo filosófico de identificar la belleza con lo esencial rechazando el ornamento, haya tenido lugar a tanta distancia en el tiempo del famoso escrito Ornamento y delito, en el que Adolf Loos en 1908 lo decía.

Para Kant el ornamento era, si no delictuoso, al menos dañoso, innecesario. Y me sorprendió aún más darme cuenta de que lo que estaba claro para el pensamiento filosófico haya sido ignorado en las décadas posteriores. El siglo diecinueve fue en efecto un tiempo de culto al ornamento que llevó a la arquitectura a un callejón sin salida, al tiempo que en otros ámbitos del arte en las postrimerías del siglo tuvieron lugar excesos análogos.

Eso nos lleva a lo que decía la semana pasada sobre la poca relevancia de los conceptos filosóficos para el hacer. La razón no establece caminos para el arte. El arte responde a la mirada propia de un tiempo histórico. Así, la arquitectura decimonónica y cualquier otra forma de arte del mismo período respondió a lo que el momento exigía. Se redescubría la antigüedad clásica y se evocaba como escenografía superpuesta o como cita. Además, el ideal romántico parecía acicatear las elaboraciones reiterativas para usarlas como llamadas de atención, como alegatos. La extensión se impuso a la precisión, lo profuso a lo escaso. El adorno se hizo herramienta a la mano, se generalizó. Hasta que se hizo evidente que no era posible continuar por esas sendas. Se habían ido cerrando todas las puertas.

Es entonces cuando surge el impulso del cambio, impulso que como en muchos otros aspectos de la actividad humana, quiere basarse en los fundamentos, quiere ir al origen, con el objeto de purificar. La arquitectura de comienzos del siglo veinte se hizo blanca, prismática, desnuda, la literatura quiso despojarse de la anécdota, la poesía del rigor de la rima, la música del exceso de instrumentación, de lo rimbombante, de la orquesta hipertrofiada, de la duración, de la notación tradicional. La pintura hizo del color en sí mismo un motivo de exploración, el teatro se despojó de personajes y variaciones. Y así en todos los niveles.

III
Tal vez siguiendo esa senda, Rem Koolhas, propone en la actual Bienal de Venecia una vuelta a los fundamentos. Suponiendo que eso es lo que propone, porque no parece claro que descomponer el edificio en sus partes tenga que ver con los fundamentos.

Pero concedamos que tuvo el deseo de decir en ese foro internacional que ya era suficiente, ser portavoz del agotamiento; él, que ha protagonizado no pocos excesos. Probablemente por eso se lo tacha de cínico, porque parece olvidar la parte que le corresponde en el fomento de la intemperancia de la arquitectura de hoy. Cuando proliferan toda clase de aderezos y se han experimentado todas las variantes, incluyendo la que nos ha ocupado: hacer de todo el edificio un adorno.

Adorno que han buscado muchas ciudades: un edificio que aumente la satisfacción del gusto, para así atraer visitantes y mover su economía. Como la tradicional ciudad de Graz, Austria, en 2003, cuando fue Capital Europea de la Cultura y quiso adornarse contrató al británico Peter Cook (1937) quien le construyó algo espectacular, una de las estrafalarias amibas que promocionaba su grupo Archigram en los sesenta del siglo pasado.

Con lo cual se vuelve a lo del efecto Guggenheim: hacer de la arquitectura instrumento de atracción a toda costa. Se comete el error de convertir en valor esencial lo que es una añadidura: lo bueno puede ser buscado, pero no necesariamente lo buscado es bueno. El tal efecto es una fabricación del mundo de la publicidad. Un síntoma más de que, como ocurrió en tiempos románticos, se han ido cerrando todas las puertas.

Tal vez asistimos al preludio de un cambio.

Leyenda de las fotografías:
Dos aspectos de la Kunsthaus, Galería de Arte, de Graz, Austria, obra de Peter Cook en 2003.

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