Navidad

Siempre me ha gustado en los días navideños quedarme en esta ciudad, aunque sea en una relativa soledad porque muchos de los cercanos salen lejos, a sus terruños o, si pueden, más lejos. Y disfrutar de la luz de un sol que se ha desplazado más al Sur e ilumina la serranía del Avila de un modo especial, sobre todo en las mañanas cuando está despejado que es casi siempre, menos hoy, por cierto. Y como en el medio venezolano se suspende toda actividad menos la del comercio de regalos, se disfruta de una tranquilidad que comienza el 25 y permite transitar sin atascos e incluso concertar encuentros tranquilos con los amigos que se quedaron, a quienes todos los años pienso que voy a ver y no lo hago.

La luz parece más transparente y penetra el verde que rodea mi refugio de un modo especial que me hace agradecer. Y no dejo de alimentar un deseo que supongo en todo padre de familia de muchos hijos: el de verlos reunidos en el día de la celebración, como ocurría a veces en casa de mi abuela en Valencia en Año Nuevo, noche que disfrutábamos mucho los niños hasta un punto que grabó ciertas imágenes acompañadas de alegría.

Los tiempos dan otras satisfacciones, así que tal vez me quede sin ver cumplido ese deseo de convivencia familiar, siempre tan esquivo, que imagino a la manera de las familias italianas, todos a la mesa y por supuesto yo presidiendo y tomando la palabra con talante sentimental. Que se justifica siempre en el ámbito familiar porque hay unos cuantos muy queridos que se fueron, algunos que no han llegado o algún desencuentro que dejó huella. Y esas cosas se recuerdan sentimentalmente y hasta tendría lugar un lloriqueo, lo sé porque ese rasgo se me ha acentuado con la edad.

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Aunque uno no quiera atribuirle valor a la Epístola que se lee con frecuencia en los matrimonios, es natural que los hijos dejen “a su padre y su madre”. Pero hay quienes los dejan demasiado. Me pasó a mí un poco. Mi madre me llamaba siempre y me decía: “Cacho ¿Cuando vas a meter el dedo?” Se refería a marcar el número en los teléfonos de esa época. Y yo me excusaba de mi distancia, que sin embargo era real, lo veo ahora. Yo “hacía un punto” de mi independencia cediendo a esa cierta estupidez que anida en la juventud e impulsa a no ser deudor de demostraciones de afecto.

Sé por otra parte que la vida impone tantos deberes, precisamente estúpidos, que esconden lo valioso. Es una de las formas del pecado original, tener siempre pendiente una obligación que te hace dejar a tu gente un poco de lado, como en segunda fila.

Es lógico suponer siguiendo al catecismo, que en el Paraíso Terrenal no había que cazar, pescar o cultivar. Tampoco llevar el carro al taller, llegar temprano, hacer una tarea o pagar el derecho de frente (mi madre convertía eso en tragedia). Todo se resolvía en la contemplación de Lo Más Alto. Que lo más importante desaparezca ante las ocupaciones de una existencia que en definitiva será polvo y olvido, tiene aspecto de castigo, de maldición. Sí, no hay duda, por allí ronda la noción de pecado original. Y aunque lo sepamos no podemos superarlo. Así que no entenderemos a nuestros padres y dejaremos de lado a nuestros afectos. Respecto a los padres, que no sea así es un mandamiento, pero pocos se lo toman en serio. Como me pasó a mí y ahora pretendo que a mis hijos no les pase.

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Mariano Picón-Salas me comentó una vez (1961) que se había encontrado en un acto oficial con Monseñor Rincón Bonilla, entonces Obispo Auxiliar de Caracas. y que le había dicho que la tarea principal de la Iglesia era hacerle publicidad a los Diez Mandamientos. Pero el poco sentido del humor y escasa agudeza de Monseñor le quitó gusto a esa ironía que recuerdo ahora porque realmente asombra cómo las cuestiones más esenciales resultan ocultas detrás de la hojarasca.

Ese sería un deseo importante para estos días: continuar persiguiendo lo que más debe importar. Ser más selectivo, despojarnos de tantas cosas que importunan (algo que puede aplicarse a la arquitectura). Y aunque sea demasiado pedir cuando se trata de las humillaciones que hemos sufrido desde el Poder los venezolanos, la lucha por no dejarnos envenenar el espíritu sigue vigente y hay que alimentarla.

Y es necesario recurrir a la distancia, a la reflexión desde más lejos, al esfuerzo de encontrarse con lo que importa.

Por eso la nota de hoy, aunque surge desde el recuerdo promisorio de un nacimiento quise ilustrarla con el Cristo en el Desierto de un gran pintor ruso que desconocíamos y que el mundo electrónico nos permitió descubrir. Retirarse para pensar mejor. Para él, un Dios omnipotente (si es eso en lo que creemos), fue necesario. A nosotros el episodio nos dice que es una tarea siempre pendiente la de ejercitar la capacidad para ver las cosas con distancia, para no perdernos en lo secundario.

Es lo que quisiéramos nos dispensen estos días navideños..

NAVIDAD

Oscar Tenreiro

(Publicado en el diario TalCual de Caracas el 20 de Diciembre de 2014)

No puedo negar que cuento los días que nos separan hasta que se manifieste, con claridad inequívoca, la voluntad general por que cese esta larguísima pesadilla política que, lo repito una vez más, se ha llevado parte importante de nuestras vidas y ha conducido a un país entero a la disgregación.

Tal vez es ese deseo, el ver establecida en la dirigencia más alta ya de un modo seguro y permanente una actitud solidaria, abierta y honesta, alejada éticamente de la mentira y el cinismo, con la totalidad de los venezolanos como beneficiarios y no las conveniencias de una secta de seguidores incondicionales, es el que más me motiva en estos días cuando se habla tanto de deseos. Entre los cuales no falta por cierto el de la prosperidad.

Y allí, en ese punto específico, el logro de la prosperidad social, es donde se expresa mejor la persistente ceguera de la clase política en el Poder. Porque el camino que han seguido señala en dirección contraria. Para ellos la escasez, la dependencia servil, el clientelismo populista, son requisitos para una futura felicidad que es sólo retórica. Por eso huyen hacia adelante para escapar de responsabilidades, apelan una y otra vez a la cartilla ideológica y su principal argumento es la agresión. Una conducta que promueve el odio y la confrontación pero nunca la prosperidad.

Habrá que esperar y tener más paciencia. Que no nos tome por asalto el escepticismo. Y para eso nos apoyamos en ciertos sueños, en esperanzas nacidas de las motivaciones de toda una vida. Y en los afectos cercanos que en estos días parecen activarse

II

Leo en este momento unos textos de Marguerite Duras (1914-1996), Los Cuadernos de la Guerra, que nos enfrentan, con la fuerza de una escritura que desnuda las cosas, sin sentimentalismos, a cómo la crueldad de la guerra construye el odio. En su caso, es odio a los alemanes, a quienes responsabilizaba como grupo humano, en bloque, sin excepciones, de los inmensos atropellos cometidos en Francia: “Pero ¿por qué recordarme que quedan niños en Alemania? ¿Por qué recordárnoslo en este momento? Quiero mi odio pleno y entero. Mi pan negro…” Y uno de sus personajes: “… Me gustaría que ya no quedara ni uno. Ni siquiera los niños, si hiciera falta los mataría yo misma…”

Porque el odio se apodera de la persona. No cede. Se convierte en un peso que marca la conducta.

Y aquí se ha echado mano del odio como herramienta política. Se ha alimentado con la mentira y el cinismo. No hemos tenido guerra cruenta entre naciones pero sí un continuo enfrentamiento que se considera imprescindible como modo de gobierno. ¿Cómo juzgará la historia real, la que se escribirá más allá de manipulaciones ideológicas, a quienes se entregaron a esa tarea perversa?

En estos días, ocultado tras la poderosa inercia de las celebraciones y los lugares comunes que se mencionan, se rememora un nacimiento que, por encima de las diferencias religiosas y las distancias culturales, los siglos han identificado con el encuentro y las mejores cosas de la convivencia humana. Se habla de amor, de paz, de solidaridad y de buena voluntad. Virtudes, o valores, que se asocian a una felicidad cuyo rostro se insinúa en esta época del año. Una Navidad Feliz no es entonces un lema político que se echa a rodar apoyando, como se ha hecho, el consumismo con campañas de precios reducidos bajo amenazas, encubriendo así groseramente la crítica realidad económica. Sería más bien un momento para reconocer la necesidad de abrirse hacia los otros, de promover el encuentro entre opuestos. Encuentro que, entre otras cosas requeriría hacer un esfuerzo sincero de parte del Poder Político por entender a la totalidad de nuestra sociedad

III

Eso no va a suceder, por supuesto, pero es necesario decirlo para que no se olvide que es condición necesaria para reconstruir, para rehacer, para renacer.

A quienes aspiran a una Venezuela abierta hacia el mundo y, como decíamos al principio. democrática en el sentido más amplio del término, debe importarles la superación real de las diferencias que sostienen el odio. Ese sería un propósito acorde con estas semanas o días en los que se habla, muchas veces como letra muerta, de tantas buenas cosas. Pese a todo, y sin dejar de lado la insistencia en una actitud crítica alerta, soy de los que cree que superar el actual estancamiento y la reiteración, siempre odiosa, de los lemas e intenciones políticas que han tenido agobiada a nuestra sociedad, requiere transparencia de espíritu. Decir siempre lo que uno debe decir, pero sin el deseo de destruir.

Siempre he pensado que de esta experiencia venezolana podría resultar un ejemplo para el mundo, en el sentido de que fuimos capaces de superar el agobio de una camarilla de promotores del odio, sin utilizar ese odio como arma arrojadiza. Voy hacia el espíritu del discurso de Fermín Toro ante la Convención de Valencia en 1858, tal como me quedó grabado en la memoria, tal vez de modo inexacto, después de habérnoslo leído Gonzalo García Bustillos a nosotros estudiantes de cuarto año de bachillerato: no se trata de repetir la historia de venganzas frente a un pasado que nos ha hecho sufrir, que nos ha oprimido. Se impone una actitud diferente, capaz de superar las diferencias y abrirnos hacia el futuro.

Es de eso de lo que se trata ante los tiempos que nos toca vivir. Y me parece que esta Navidad es propicia para recordarlo.

Estamos ya comenzando a construir lo que será la nueva etapa venezolana. Podrá parecerle a muchos ilusorio, podrá ser incluso refutado con el escepticismo que parece anidar fuerte (¡junto al odio!) entre los venezolanos, pero soy de los que creo que hay que deshacerse del resentimiento. Y la Navidad es buen tiempo para decirlo.

Cristo en el desierto por Iván Kramskoy  (1837-1887)

Cristo en el desierto por Iván Kramskoy (1837-1887)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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